A la luz de la luna llena
A John le encantaba el ruido de las posadas de Skellige.
Pero lo que más le gustaba eran los baños de agua caliente.
No eran muchas las veces que un brujo podía disfrutar de las comodidades de la vida asentada, ya fuera por escasez de coronas o por falta de tiempo. La Senda no era precisamente un modelo de vida sencilla, pero era lo que John sabía hacer.
Lo bueno de la Senda de John, era que no la hacía solo.
Entreabrió ligeramente los ojos, lo justo para ver entre las pestañas, cuando sintió el olor del tabaco. Lo primero que vio fueron unas largas piernas blancas acercándose a él. Con cuidado de no ser descubierto, subió la vista por ellas hasta una cresta de cabello oscuro y unas caderas estrechas igualmente pálidas.
Su estómago se contrajo en un nudo muy agradable.
— ¿Te gusta lo que ves, brujo?
—No sé de qué me hablas —replicó John, volviendo a cerrar los ojos.
Sherlock acababa de dejar la bata colgada en el biombo de mimbre que pretendía dar cierta intimidad al baño (sin éxito ni necesidad), y John abrió los ojos, sabiéndose descubierto y sin querer perderse el espectáculo.
Ver pasear a Sherlock desnudo, a la luz de las velas, era una delicia para la vista. La luz amarillenta de las llamas ondulantes se reflejaban en su piel creando brillos difusos y aportando cierta calidez visual al frío blanco de su cuerpo. Las mejillas y el pecho estaban ligeramente cubiertos por un suave rubor rojizo, y John dejó que sus ojos vagaran perezosamente por las líneas que dibujaban los músculos y los huesos, recorriendo el torso, deleitándose en las curvas suaves de los pectorales y en las afiladas colinas de los huesos de sus caderas. En la V de su cintura y la redondez de unas nalgas que parecían estar casi fuera de lugar al ser la única parte blanda de un cuerpo tan poco entregado al sedentarismo y las grasas.
Y luego estaban los rizos oscuros y salvajes que coronaban su cabeza, largos hasta que casi cubrían sus hombros. Sherlock no tenía por costumbre dejar que su cabello se descuidara tanto hasta crecer. Solía pensar que era incómodo. Cuando John lo conoció, siempre lo había llevado cuidadosamente recortado a la altura de las orejas, manteniendo los rizos intactos pero controlados. Con el paso de los años, no obstante, poco a poco había perdido la habilidad o el interés por atender los cortes tan a menudo, y solo se tomaba la molestia de hacerlo cuando encontraba a un barbero que estuviera, a su juicio, lo suficientemente cualificado.
Eso sí, largo o corto, siempre estaba limpio, reluciente y suave, sin un solo enredo.
John, por otro lado, había aprendido a cortarse el pelo descuidadamente con el cuchillo. Y aunque Sherlock era quien hacía esa labor más a menudo por él, alegando que al menos no parecía tan desaliñado si los cortes de los mechones no eran tan al azar, seguía notándose que se había hecho sin las herramientas apropiadas.
Unos ojos azules como el mar le devolvieron la mirada cuando por fin decidió posarse en ellos, y sus labios se curvaron en una sonrisa.
—Mentiroso.
Vio como se recogía el cabello en un moño, sosteniendo los rizos con una de las plumas de gaviota sobre el escritorio de la habitación en la posada, y se inclinó para alcanzar algo más allá del biombo. Lo que dejó a John con unas vistas muy estudiadas y muy agradecidas de la anatomía del mago.
Provocador.
Sonrió, cerrando los ojos de nuevo. Instantes más tarde, el agua se movió y notó el roce de la piel fría contra la parte exterior de sus piernas, antes de notar el peso de otro cuerpo sobre su regazo. Unas manos suaves de dedos largos rozaron su estómago bajo el agua, bastante más frías de lo que lo estaba el baño, haciendo que su piel se erizara. Siseó, sin abrir los ojos, y notó unos labios sonrientes contra la cicatriz de su hombro.
Sus manos se dirigieron sin dilación hacia las suaves nalgas y se fijaron allí, acercando el cuerpo de Sherlock al suyo y amasando.
Escuchó un ronroneo proveniente del punto en el que algún lugar bajo su barbilla y abrió un ojo experimentalmente. Sherlock parecía muy concentrado en su tarea, que se trataba de seguir con sus labios todas las cicatrices de John que tuviera al alcance. Y no es que a él le importara, la verdad.
— ¿Has conseguido ya las hierbas que necesitas? —preguntó, agachando la cabeza para poder mirarle. El mago pasó los labios sobre su pectoral izquierdo, rozando con ellos el sensible pezón, atrapándolo entre sus dientes y apretando con cuidado antes de tirar, sacándole un ronroneo a John.
—No. Le da mala espina vender cicuta tan cerca de la fortaleza. Me imagino que los guardias habrán tenido algo que ver en eso. Nadie quiere tener a un viejo vendiendo potenciales venenos cerca de un jarl, mucho menos de Bran.
La mueca de desagrado en el rostro de Sherlock no hizo más que sacarle una risa al brujo.
—Es comprensible.
—Es aburrido. Nadie llegaría tan lejos. Y de todos modos, si alguien de la corte deseara matar a Bran, usaría métodos mucho más efectivos y discretos que comprar cicuta al herborista local para conseguirlo.
John inclinó la cabeza para besar la suave sien de Sherlock cuando éste se enderezó para apoyarse correctamente y poder verle, una mano en su hombros bueno, la otra aferrada al filo del barreño.
— ¿Cómo cuales? ¿Se te ocurre alguno bueno?
Sherlock sonrió, mostrando todos los dientes.
—Podrían verter setas en el hidromiel —respondió, encogiéndose de hombros como si fuera lo más normal del mundo pensar eso.
—Simple. Y desordenado. No habría manera de controlar si matas solo a Bran o a alguien más.
—Cierto, John. Bien visto. Quizá no seas un observador tan horrible como pensaba.
Las manos de John se cerraron sobre las nalgas del mago, apretando, y éste dio un salto por la sorpresa.
—Gracias por el crédito, abejita. ¿Alguna otra idea brillante?
Sherlock se acomodó en su regazo, con una expresión petulante en el rostro. Después meció hacia adelante las caderas, presionando, haciendo que John cerrara los ojos y lo empujara hacia él. La respuesta del brujo a tan intrigante movimiento fue ir en su busca, alzando las caderas también, buscando apoyo en la superficie del barreño para afianzarse y poder maniobrar.
—Podrían simplemente asesinarle. Acercarse a él lo suficiente… Cuando estuviera vulnerable… —murmuró, y su voz sonó como el ronroneo de las panteras justo antes de atacar.
John asintió, con una sonrisa de medio lado.
—Creo que veo por donde vas —Sherlock le devolvió la sonrisa, y las velas que iluminaban la habitación se apagaron con una suave brisa. La única luz de la estancia venía a través del grueso cristal de la ventana, junto a la puerta por la que el mago había entrado instantes antes. El brillo blanco de la luna sobre su piel desnuda la hacía aún más blanca sin la cálida interrupción de las llamas, y parecía desprender un halo propio — ¿Querrías hacerme una demostración de la técnica? Solo para futuras referencias y prevención, por supuesto. Hay que estar preparado.
Sherlock se inclinó, apretando los labios para disimular su sonrisa, y cerró los dientes sobre su hombro, hasta que la piel estuvo cerca de ceder. Al suave gruñido proveniente de la garganta de John le hizo finalmente sonreír, retirando los dientes.
—Con mucho gusto.
Lo que más le gustaba a Sherlock de tener que desplazarse por las islas a caballo, eran los paisajes salvajes. La vegetación y la atmósfera de Skellige era completamente distinta a la de Velen, Novigrado, Oxenfurt o Wyzyma. La tierra el Velen era seca, el verde de las plantas era sucio. En Skelligue, las zonas que no estaban lo suficientemente al norte y no estaban cubiertas por la nieve o el hielo, tenían tierra húmeda y blanda donde los pies se hundían al caminar, dejando profundas huellas. John siempre prefería rastrear en ese tipo de espacios porque requería menos esfuerzo encontrar, seguir e interpretar. Las huellas dejadas por los objetivos eran más claras. Sherlock lo sabía aunque nunca lo hubiera dicho en voz alta.
Los acantilados, por ejemplo, era algo que Sherlock echaba de menos cuando estaban en el continente. No solo porque eran una fuente inagotable de investigaciones, contratos y casos (gente despeñada, nidos de sirenas o arpías, y multitud de cosas arrastradas por la corriente en las rocas de debajo), sino porque el sonido del mar le resultaba relajante. El vaivén, el compás de las olas rompiendo contra las rocas le encantaba.
Fayrlund fue un buen sitio desde el principio. No solo por la proximidad del pueblo con los acantilados (cosa que garantizaba que Sherlock saldría a pasear cerca de ellos cuando pudiera), sino que poseía una amplia extensión boscosa y un río. Eso solía ser una llamada a los brujos. Los monstruos preferían zonas tranquilas donde anidar y vivir. Un bosque con río parecía el lugar perfecto para ello.
El tablón de anuncios estaba, naturalmente, lleno de avisos. Pergaminos, papeles y pedazos de cuero viejos escritos a carbón, clavados en la madera. Algunos de ellos estaban amarillentos por la humedad, o incluso por la misma antigüedad. La madera del tablón tenía musgo creciendo a sus pies, y enredaderas subiendo por las patas y cubriendo gran parte de la parte trasera, asomando al frente. Las tallas eran prácticamente imperceptibles.
Sherlock se acercó, haciendo frenar a Silver para situarse junto a John. El brujo ya había desmontado, y se había acercado al tablón para ver si había algo para él. Mientras John observaba atentamente, con rápidas lecturas en diagonal de los textos, Sherlock echó un vistazo en derredor. No es que el pueblo en sí mismo fuera la gran cosa.
John tomó uno de los pergaminos y lo arrancó del tablón, estudiándolo con atención.
— ¿Algo bueno?
—Eso creo ¿Qué opinas?
Sherlock arqueó las cejas y suspiró.
—Es un buen papel. Buena caligrafía también. Probablemente lo haya puesto el jefe. Si presionas un poco conseguirás un buen precio —analizó, echando un vistazo al anuncio del contrato.
John frunció los labios, asintiendo, y dobló el papel, guardándolo en su bolsillo. Luego desmontó, palmeó el cuello de Ben y cogió sus riendas, guiándolo hacia el abrevadero junto a la posada. Sherlock echó un último vistazo al pueblo, dándose cuenta de que los corrales donde debería haber bastantes animales, estaban prácticamente vacíos. En una de las últimas casas del pueblo, junto a la linde del bosque, un hombre reparaba la valla de madera de su corral, con los pies hundidos en el agua del riachuelo. Cuando levantó la mirada y se encontró con la de Sherlock, dio un respingo, bufó por la nariz y siguió trabajando.
Espoleó el caballo en dirección a la posada, concentrando su mirada de nuevo en el brujo, que se encontraba atando las riendas de Silver a un poste. Cuando Sherlock llegó, John estaba sacando un saquito de monedas de una de las alforjas con las que pagar al posadero, presumiblemente. Cuando todo estuvo arreglado, con los caballos atados y todo lo necesario encima, John le tiró el saco.
—Pide alojamiento, yo voy a buscar al jefe para que me explique algo más sobre el contrato.
Sherlock cazó el saco al vuelo sin demasiado esfuerzo, sopesando. No había mucho dinero dentro, algo que no le sorprendía en absoluto. Tras algún desafortunado altercado, ya habían perdido dinero ambos, asaltados o pagando tasas inexistentes a cambio de poder atravesar "peajes". Dejaban la mayoría de su dinero en el banco Vivaldi o, en su defecto en el Cianfanelli cuando se encontraban en el sur.
—Te acompaño.
John arqueó una ceja.
—Sherlock...
—No voy a entrometerme. Solo quiero comprobar algo —aseguró.
El brujo lo observó un momento antes de poner los ojos en blanco y hacer un gesto para indicarle que le acompañara.
La tierra húmeda del camino y el aire frío del invierno no estaban haciendo ningún bien a Sherlock, que odiaba tener los pies húmedos, así que algo debía haber captado poderosamente su atención si quería acompañar a John a buscar al jefe del pueblo después de tantas horas a caballo. John se preguntó qué podía ser, y si tendría relación alguna con el trabajo que esperaba conseguir.
Había notado un aura extraña en el pueblo, como si se le estuviera escapando alguna obviedad. Había algo en el pueblo que no estaba bien, más allá de la falta de gente. Quizá tenía que ver con el bosque, tan cercano al pueblo y tan frondoso. Los bosques de Skellige siempre habían tenido ese efecto en John. Tan frondosos, tan oscuros y grandes, que literalmente cualquier cosa podría ocultarse en ellos y jamás ser vista. O perderse dentro, y no ser encontrada.
No fue demasiado difícil encontrar la casa, pues era la más grande después de la posada, con un poste indicador en el crucero del camino. A John le sorprendió comprobar que la cara trasera de la casa daba directamente al bosque, lo que hizo que un escalofrío le recorriera la espalda. Podía ser un brujo, y podía ser uno de los mejores en su trabajo. Pero eso no quitaba que a veces tuviera miedo. O que hubiera cosas que prefiriera no hacer por... respeto a lo desconocido. Sherlock era un poco menos sensato que él en ese sentido, arrojándose a las situaciones sin considerar el peligro. Factor que, según Greg, su amigo, lo habría hecho mucho mejor brujo que mago. John no estaba tan seguro. Al fin y al cabo, un brujo incauto es un brujo muerto.
Además, Sherlock era letal a su manera, no necesitaba ser un brujo para eso.
Llamó a la puerta, esperando, y se giró para ver de reojo como Sherlock se agachaba bajo la ventana y miraba el suelo, sacándose los guantes.
—¿Qué estás haciendo?
Sherlock le ignoró. Como de costumbre, pensó. Pero no le dio tiempo a decir nada más, porque la puerta se abrió y un hombre de espaldas anchas, con una camisa y una capa de pieles de lobo sobre los hombros salió a recibirle. Tenía una expresión adusta, las cejas y la barba pobladas, y el cabello oscuro recogido en una coleta baja. Una viejas cicatrices que parecían hechas por las zarpas de un oso le cruzaban la cara desde el lado derecho de la frente hasta el izquierdo, una de ellas deformando un costado de su boca en una extraña mueca de desagrado.
—Freya te bendiga, brujo ¿Vienes por el anuncio?
John asintió, sacando el papel del bolsillo, olvidando lo que fuera que estuviera haciendo Sherlock bajo la ventana.
—Me gustaría oír un poco más de información antes de poder decidirme, pero sí.
El hombre movió la cabeza, comprendiendo.
—Por supuesto. Soy Bjorn ¿Cómo debo llamarte?
—John Watson. Un placer.
Bjorn se hizo a un lado, abriendo la puerta e invitando a John a pasar.
—Muy bien, John Watson. Adelante, pasa. Te contaré todo lo que sabemos hasta ahora con un poco de hidromiel.
Cuando terminaron la cena (pan y queso, un poco de agua para Sherlock, vino caliente para John), se encaminaron a la habitación, donde un par de catres les esperaban. Sin demasiado ceremonia, John se sacó las espadas de la espalda, dejando las fundas colgando de una silla, y luego procedió a quitarse los guanteletes, abriendo y cerrando los puños para desentumecer los dedos. Sherlock, por otro lado, se había deshecho de la pesada capa de viaje y de su petate, ambos abandonados sobre lo que pretendía ser un tocador, pero era un viejo baúl sin llave ni cierre. Después, John empujó una de las camas hasta que estuvieron juntas, y se desplomó en ellas de espaldas, con los brazos extendidos y la mirada fija en la telaraña entre las dos vigas del techo. Si se concentraba podía oír las patas de la araña paseándose por encima de sus cabezas.
—¿Has conseguido sacarle algo más? —preguntó Sherlock, que estaba sacando libros de su petate. Algo sobre bestias y maldiciones, al parecer.
La noche había caído en Fayrlund para cuando John salió de la casa. Bjorn le había contado que los vecinos cerca del bosque llevaban meses quejándose de que alguien estaba robando su ganado. Al principio había sido poca cosa. Una gallina una semana, un cerdo que había huido por una valla rota la siguiente. Pero que conforme el tiempo pasaba, las desapariciones de los animales eran cada vez más frecuentes y en mayor número. El mes anterior había desaparecido el rebaño entero de ovejas. Habían enviado un explorador al bosque, siguiendo el rastro que había quedado después de la lluvia, y habían encontrado un par de cadáveres completamente descuartizados cerca del río, y un tercero del que solo quedaba huesos limpios y roídos. John había desestimado esa prueba en favor de los lobos. No sería la primera vez que las manadas causaban estragos entre las pruebas que usaba para rastrear a los monstruos, ni tampoco la última en la que los lugareños confundirían a unos depredadores insistentes con otro tipo de criatura.
No obstante, la forma en la que desaparecían los animales hacía sospechar a John que podía tratarse de algo más que meros lobos.
—Hemos acordado que si esto se resuelve rápidamente, considerará pedir algo más a los lugareños para aumentar la recompensa. En caso contrario, la paga se mantiene en lo ofertado. Trescientas cincuenta coronas no es un mal precio, de todos modos —meditó John, sopesando.
—No. No está nada mal. Es más de lo que recibiste por el ciempiés gigante.
John hizo un gesto con el dedo, dándole la razón sin siquiera tener que levantarse de la cama.
—Oye. Tengo una pregunta que seguro que tiene una respuesta ridículamente obvia, pero que no se me ha pasado por la cabeza, así que ilústrame ¿Qué demonios estabas haciendo bajo esa ventana?
Sherlock cogió uno de los libros, se acercó a la cama, y se subió encima, con su pomposa y cara ropa de cama. John no podía entender como alguien podía estar cómodo con esos camisones, aunque solo fueran para dormir. Eran poco prácticos y no protegían demasiado. Aunque claro, dormir en calzoncillos tampoco es que resultara ser el método de protección más fiable. Lo observó sentarse, con las piernas cruzadas, y conjurar una pequeña bola de luz mágica, flotando junto a su cabeza. John siempre pensaba que parecía una luna, blanca y radiante, con una suave aureola alrededor.
—Había arañazos en la tabla de la ventana, ¿no te fijaste? —comentó, haciendo un gesto en su dirección, con los brazos alzados.
—No —gruñó, levantándose hasta quedar sentado. Luego maniobró para quedar de espaldas a él, y sintió como sus largos dedos empezaban a trabajar con los cierres de su armadura, deshaciendo los nudos —. Estaba un poco ocupado.
Escuchó un chasquido de lengua tras él, y el tono ausente de Sherlock.
—El corte parecía hecho con algo afilado, como si lo hubieran golpeado con una espada o un hacha. Pero cuando me acerqué vi que no era regular, y había más. Parecían marcas de garras, y aunque no encontré huellas en el suelo, sí que vi mechones de pelo enganchados en una de las juntas de la valla que llega hasta el río. Lo que me hace pensar que algo salió de la casa, y era peludo.
— ¿Salió? ¿Algo como qué? ¿Un perro?
—Los cortes no eran tan profundos. Si algo hubiera intentado entrar, se habría apoyado con más fuerza para impulsarse y saltar al interior. La altura de la ventana es considerable, y la tierra debajo siempre está húmeda, no es un salto fácil. En cambio, al salir solo hubiera tenido que impulsarse para terminar. Estoy barajando que fuera un perro, pero encontré el pelo a más altura de la que llegará uno normal. Quizá un lobo, o algo por el estilo.
John frunció el ceño, con una mueca extrañada.
— ¿Quién dejaría entrar un lobo en casa? Bjorn no me mencionó nada al respecto.
—Exacto.
Se deshizo de la armadura cuando ésta se aflojó sobre sus hombros, pasándosela por la cabeza y dejándola sobre la silla donde estaban las espadas. Después se giró, doblándose para tirar de las botas, y cuando se deshizo de éstas, pasó a los pantalones. Mientras preparaba la ropa sobre la silla de modo que estuviera lista para ponérsela a toda prisa si fuera necesario —un viejo hábito adquirido durante su aprendizaje, y que nunca había dejado de practicar—, siguió dándole vueltas a la cabeza.
—Crees que tiene relación. Las marcas en la ventana, y la desaparición del ganado.
No era una pregunta.
Sherlock cerró el libro, alzando la mirada para observarle.
—No es la primera desaparición de animales que vemos, y cuando todas las sospechas apuntan a un lobo, normalmente es que es un lobo —apuntó, con calma —. Dime, John. Por casualidad no habrás mirado al cielo desde que ha anochecido, ¿verdad?
Frunció el ceño, sin entender muy bien a qué venía eso, hasta que conectó los hechos con las palabras. Maldijo entre dientes y se inclinó para mirar por la ventana y ver que, tras las nubes cargadas de agua que entraban desde el mar, brillaba una luna redonda como un plato, muy parecida a la luz mágica de Sherlock, solo que muchísimo más grande.
Luna llena.
Genial.
