Apolo tiene que reconocer que volcancito tiene carácter, por confundida que esté, pero considerando que acaba de despertar en paños muy menores y con un desconocido al lado, sin saber bien qué pasó, cualquiera pierde los estribos. Por otro lado, Hefestos recuerda un antiguo amor y recibe una advertencia de parte de un amigo suyo.
¡HOLA A TODOS! Admito que este fic no me dio tanta guerra como el anterior, así que aquí lo tienen: con este, ya solo queda el fic de Radamanthys para que vuelva a ver qué pasa en el Santuario de Athena. Para referencias a mi estilo y a ciertos aspectos del fic, lean 'Littera Minima' y sus secuelas. En esta ocasión, sumen 5 años a las edades del canon. O si les resulta más fácil y menos complejo, dense una vuelta por el perfil de Ekléctica, donde encontrarán la línea de tiempo oficial: al principio de cada año aparecen las edades.
Un especial agradecimiento a Seika Lerki, Tsuyu Ryu y Ekléctica (El Concilio del Fic), madrinas y lectoras de prueba de este fic, que además de incentivarme y animarme a escribir, aplacaron mis instintos asesinos y varios personajes vivieron para contarlo.
Una recomendación especial, si quieren ver este universo expandido, lean "Madness of Love", de Lady Seika Lerki y el omake "Lo que Sueño de ti" y las adorables miniserie "Familia" y "Futuro" de Ekléctica. Finalmente, "Luz Amatista", de Tsuyu Ryu, es una joya. Las conversaciones que las inspiraron a ellas, de paso me inspiraron a mí para retomar este hábito mío de escribir fanfictions. ¡VAYAN A LEER! =D
Saint Seiya, la trama y sus personajes pertenecen al genialísimo Masami Kurumada y a quienes han pagado por el derecho respectivo. No estoy ganando dinero con esto, nada más entretengo a mi imaginación y le doy más trabajo a mi Musa. D8 ¡NO TENGO FINES DE LUCRO!
ADVERTENCIA.
Cualquier coincidencia con la realidad, con situaciones reales y semejanzas con personas vivas o muertas, es una mera coincidencia. Se pide criterio y discreción por parte de los lectores. Debido a la naturaleza de algunas escenas gráficas, se pide extra cuidado. No me hago responsable de castigos, lesiones, o penas capitales derivados de la lectura de este capítulo.
¡No intenten nada de esto en casa!
"XXI. VENDETTA"
("Venganza")
Capítulo 1: Anhelos Perdidos.
Parque nacional de Bukit Barisan Selatan. Indonesia.
15 de agosto.
¡PLAAAAAAAF!
"¡AAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAH!"
Sin lugar a dudas la mujer era un volcán. No necesariamente en el sentido figurado: se reconocía en la especial configuración de sus ojos, su presencia, ese grito incapacitante que parecía paralizarlo todo y que brotaba a granel de su garganta y, por supuesto, aquél inesperado gancho izquierdo. O más bien palmada. Antes que Apolo pudiera reaccionar encendiendo su cosmo para poder moverse, la mujer le asestó un bofetón de aquellos que le hizo perder el equilibrio y botó al suelo. En aquél momento dejó de gritar y se incorporó, retrocediendo asustadísima, viendo tanto al dios como a los tres mortales que le acompañaban y que se cubrían los oídos.
Respiraba agitada, sin dejar de cubrirse con los brazos. En el pánico inicial, no atinó a sujetar el pareo que le habían puesto encima, pero para cuando lo vio enredado en sus piernas (efecto de su agitado retroceso), tomó consciencia de su desnudez. Agustín, quien se aseguraba que Apolo estuviera bien, apartó la mirada al igual que Jack, cuya pose de combate no tranquilizaba a nadie. Marcelina reaccionó y, tras darle un zape a su compañero para que no mirara tan fijo, se acercó a la mujer con las manos extendidas, en un claro gesto de paz.
"Tranquila, no pasa nada."
"¡¿QUÉ hago desnuda?! ¡¿Qué Me Hicieron?!" Exigió saber en su propio idioma. Marcelina llegó hasta ella y le ayudó a estirar el pareo.
"¡Cálmese señorita! No le hemos hecho nada." Explicó Apolo, mientras se sobaba la mejilla. ¡Siglos que no recibía un buen gancho izquierdo como aquél!
"¡AAAAAAAAH! ¡ALÉJATE, PERVERTIDO!" Le gritó en indonesio. Se volvió entonces a Marcelina, quien la cubrió con el pareo, momento que aprovechó para ajustárselo mejor. "¿Quiénes son ustedes? ¿Cómo llegué aquí?" Le preguntó llena de miedo.
Obviamente no le entendieron palabra alguna. Apolo arrugó la nariz y se levantó: caminó hacia la mujer decidido y encendió su cosmo. Puso su mano sobre la cabeza, y aunque la chica quiso escurrirse, no pudo escapar. Se sintió como si le volteasen agua tibia sobre la cabeza: el cosmo del dios rápidamente se ajustó a la presencia de la mujer y esta se calmó un poco, aunque no por completo. Su propio cosmo se hizo evidente y no perdió de vista la mirada de Apolo mientras este se agachaba hasta quedar a su nivel.
"Eres un dios olímpico…" Dijo la mujer en un griego inseguro. Esta abrió los ojos a toda capacidad al descubrirse hablando en otro idioma. "¡¿Qué Lengua es esta?!"
"Es griego amiga. Y tienes bonito acento." Le dijo Marcelina, con voz suave.
"Soy Apolo, hijo de Zeus. ¿Quién eres, volcán?"
"…"
La mujer se encogió sobre sí misma, como queriendo desaparecer. Miraba muy desconfiada a Apolo: había escuchado historias sobre este dios. En aquellos momentos sus memorias estaban muy dispersas, y parecían comenzar a ordenarse a un ritmo muy precipitado. Frunció el ceño y apretó los dientes, incluso enseñándolos.
"¡Aléjate de mi, degenerado!" Exclamó dándole un empujón, al tiempo que alejaba a Marcelina del alcance del dios, como intentando protegerla. Sin embargo la sibila educadamente declinó las aprensiones de la volcán.
Apolo cayó sobre sus posaderas y Marcelina corrió en seguida a ayudarlo. Jack y Agustín no se perdían detalle y aunque sus cosmos no estaban encendidos, sí estaban prestos a atacar de ser necesario. La mujer se puso de pie y se apoyó contra el árbol, ajustando de paso el pareo y acunando la mano con la que había empujado (y abofeteado) a Apolo. Al parecer le dolía, lo que no era de extrañar viendo lo inflamada que estaba.
"¿Quién le hizo esto?" Preguntó de pronto Jack, cerrándole la vía de escape. "¿Quién la encerró en aquél cristal?"
"¡No te importa, Metiche!" La mujer tragó saliva y sin dejar de acunar su mano, miró a los presentes. "¿Qué cristal?" Preguntó temerosa.
"Solo queremos ayudar." Le dijo Jack. "¿Estaba allí en contra de su voluntad?" El apolíneo entrecerró los ojos, desconfiado. Según él, todo inmortal (de la naturaleza que fuese) que salía de un sello, había llegado allí en contra de su voluntad y nunca era algo bueno.
"No lo sé." Dijo en verdad asustada. La pobrecita miró a todos, como buscando respuestas o alguna cara conocida. "No me acuerdo… estaba haciendo erupción… ¡no recuerdo nada más!"
"¡Tan típico de un volcán!" Rezongó Apolo. El dios estaba disgustado con la presencia de la chica, pero al mismo tiempo seguía en modo médico y la veía muy maltratada. Se tragó el prejuicio y trató de verse lo menos amenazador que pudo, mientras le mostraba sus manos vacías. "Luego nos ocupamos de eso. ¿Le parece si me deja revisar sus heridas?"
"No." La mujer hizo un puchero y se arrinconó más contra el árbol.
"Deje que el señor Apolo te revise." Le dijo Marcelina. "Sé que estás confundida, pero es lo mejor: es médico."
"¡NO! Este dios no tiene buena fama y yo estaba desnuda. ¡Quizás qué me hizo!" La volcán le dio un empujón a la sibila. "¿Qué me hicieron?" Se sujetó la cabeza con fuerza, como víctima de una migraña. "¿Estaba en un sello?"
"Sí, una flor de cristal." Le dijo Jack.
"¿Quién la encerró allí?"
"Creo… que otros volcanes. No sé, puede que no… ¡Todavía estaba en trance!"
La mujer relajó los brazos e hizo varios pucheros, mientras un caudal de recuerdos y emociones amenazaba con abrumarla. Como la viera más dócil, Apolo aprovechó la oportunidad para tomarle la muñeca inflamada, notando en seguida una fractura que no se explicaba por un simple bofetón a su divina persona, o al posterior empujón que le dio. Alguien la había lastimado a propósito antes de sellarla en aquella estatua de cristal, y quienes aplicaron el sello no se molestaron en curarla. O simplemente no pudieron. No tenían tiempo para tratamientos más largos como le hubiera gustado, por lo que aplicó una generosa cantidad de cosmo para sanarla.
Además se dio cuenta que la pobrecita estaba con mucho frío. ¡¿Con este calor?! Wow. Ella lo miró temerosa, mas no derrotada. Aunque aprensiva se dejó curar por el dios, más por conveniencia que por sumisión.
"¿Quién me liberó?" Preguntó con esperanza al cabo de unos instantes, observando a grupo uno por uno. Apenas recordaba las circunstancias en las que había sido sellada, pero poco a poco sus recuerdos se definían.
"Fui yo." Confesó Apolo, terminando de curarla. Quiso revisarle las demás lesiones. ¿Acaso había estado en una pelea? Estaba policontusa, como si hubiera estado en un accidente de auto de alta energía. La mujer intentó alejarse.
"¡No! Lo demás sana solo."
"No, no sana solo." Gruñó Apolo. ¡Cómo detestaba cuando se encontraba con pacientes que se negaban a ser atendidos! "Sé que los volcanes se regeneran rápido, pero hasta ustedes necesitan ayuda. ¡Estas heridas son de consideración!"
"¡Pero se cura! No necesito…" El rostro de la mujer mutó a sorpresa sublime, como si hubiera recordado algo de golpe. Fijó los ojos en Apolo. Sentirse al final de esa mirada tan intensa lo puso un poco incómodo, más con lo que siguió a continuación. "¡¿Tú me liberaste?!" Preguntó incrédula.
"Sí… No tienes que agradecer…"
"¿Está seguro que no me liberó uno de estos mortales?" Le preguntó compungida, como si aquello le pareciera un mal menor. "Cualquiera, menos tú… ¡Dime que no fuiste tú!"
"¡Hey! ¿Qué tiene de malo mi señor Apolo?" Gruñó Agustín muy a la defensiva. ¿Por qué todo el mundo insistía en menospreciar así a su dios? Cierto, era un inmaduro, pero en el fondo era buena persona. Mañoso como el dios que era, pero buen trigo a fin de cuentas.
"El señor Apolo es muy bueno: tendrá mala fama, pero mucho de eso es infundado." Defendió Marcelina, arrugando el rostro. La mujer negó con la cabeza, sin escuchar a los mortales, con la vista fija en la divinidad que tenía al frente, mirándole con el rostro lleno de disgusto.
"No, no tú… tú estás maldito por Eros, ¡Cualquiera menos tú!" Rezongó la mujer, tratando de abrirse paso entre el grupo. Sentía como si se sofocase y en la angustia encendió su cosmo. Quería huir de allí. "¡Déjenme Pasar!"
"¡No!" Jack intentó detenerla, pero… "¡ARGH!"… se quemó la mano.
"¡Lo Siento!"
"¡Oye! ¡Cuidado con mis Apolíneos!"
"¡No quiero que me toquen!" La mujer se abrió paso y se alejó unos pasos, sin perderlos de vista. La volcán volvió a mirar a Apolo. "¿Tenías que ser tú? Eres un dios. ¡¿No podías guardarte las manos?! ¿Cómo fue que rompiste el sello? No deberías…"
"Sí, sí, soy un dios y tú un volcán: ¡Te saqué del sello! Supéralo, que no es el fin del mundo." Apolo dio cuatro decididos pasos hacia la chica. "Estás lastimada, mujer. ¡Deja que te revise!"
"¡ALÉJATE!" Exclamó señalándolo con las manos. Retrocedió sin ver por donde iba y tropezó. Se dio un buen porrazo del que le costó levantarse, debido a que se enredó un poco con el pareo. Asustándose, más cuando recibió la inesperada ayuda de Apolo quien la levantó, dio algunos manotazos y comenzó a dar vueltas sobre sí misma, sin reconocer en donde estaba. "¿Dónde estoy? Esto no se parece a mi isla. ¡Mi Isla No Tiene Plantas!"
"Cálmese." Le dijo Agustín, como quien intenta calmar una bestia salvaje. "No es necesario que se aloque."
"¡¿Qué Insinúas?!" Gruñó la volcán, avanzando hacia Agustín. "¡¿Qué No Puedo Controlarme?!"
"¡Basta! Solo te queremos ayudar." Le dijo Apolo de mal humor, interponiéndose. "¡No Quemarás A Mi Gente!"
"¡Quemo solo en defensa propia! Y NO LO IBA A HACER. ¿Insinúas que soy una pirómana salvaje?"
"Qué Genio." Comentó entre dientes Marcelina, mientras revisaba la quemada de Jack, que se veía bien fea. El apolíneo resoplaba quedito para controlar el dolor y no gritar como niño pequeño: ¡cómo le dolía!
Aunque si lo hubiera hecho, nadie lo habría juzgado.
"¡Volcanes!" Rezongó Jack, de mal humor, al borde de las lágrimas. Siseó de dolor. "¡Con Cuidado, Marce!"
"No dije que fueras una pirómana, pero todos sabemos como son los volcanes." Gruñó Apolo perdiendo la paciencia. "¡Cálmate mujer! O harás erupción."
Momento… Si la mujer era una volcán y considerando que a estos no les gustaba mucho alejarse de sus casas… ¿Dónde estaba la montaña de esta mujer y exactamente quién era? Indonesia era un país volcánico, pero que supiera no había volcanes en el área. Hasta donde sabía, sus espíritus no se alejaban mucho de sus montañas si podían evitarlo
"¡NO!" Exclamó elevando su cosmo. "ESTOY CALMADA. ¡¿QUÉ TE HACE PENSAR QUE NO LO ESTOY?!" Bramó con firmeza. Una gota resbaló por la cabeza de los apolíneos, mientras Apolo tenía un tic en el ojo. Sin embargo la volcán continuó. "¡Pregunté Dónde Estoy! ¡RESPONDAN!"
"¡Cálmate, volcán!" Exclamó Apolo, elevando su cosmo en respuesta, y demostrando que era más fuerte que ella, al menos en cuanto a presencia. "¡O te calmo, tú decides! ¡Sigue así y vas a iniciar una catástrofe con tus berrinches!" El dios intentó acercase a ella. Ya estaba llegando al límite de su paciencia. "Estás herida, maldita sea: ¡Deja que te revise!"
"NO. No quiero que me pongas las manos encima, ¡Mujeriego!" La volcán cruzó una violenta mirada con él. "No debiste romper el sello. ¿Cómo te atreviste?" Le preguntó con angustia, casi al borde de las lágrimas.
Marcelina intercambió una mirada con Jack. ¿Qué era lo que no cuadraba? La extraña mujer había estado sellada en una escultura de cristal. ¿No debería estar agradecida porque la hubieron sacado? ¿Más aún considerando que había sido un dios como Apolo? ¿Qué era lo que no les estaba diciendo?
Apolo tragó saliva, sintiéndose algo dolido y ofendido por lo que la muchacha estaba diciendo. No sabía a qué se refería, pero algo dentro suyo se sintió angustiado al escucharlo. Frunció el ceño: no podía dejarse llevar por su inmadurez, la misma que le gritaba a voces que dejara que se pudriera sola y retorciera de dolor si no lo quería cerca.
"¡No seas insolente, Volcán! ¿Qué iba a saber yo que estabas en esa planta?"
"¡Pues No Tenías Que Andar de Metiche! ¿Quién te manda a manipular objetos extraños?" Ladró decidida, pero con los ojos vidriosos. "¡RETROCEDE!" Le exigió a medida que lo señalaba. Y a juzgar por el leve bamboleo de su cuerpo, seguía mareada. Apolo dio una patada en el suelo.
"¡NO! ¡Siéntate y Cálmate!, estás agitada y…"
"¡ESTOY CALMADA! ¡¿QUÉ NO ME VES?! ¡BRILLO DE CALMA!"
Ni bien terminó de exclamar con fuerza, un chillido espeluznante se dejó oír por toda la región, tan horrible que les puso la piel de gallina a todos. Venía del sur, de muy lejos, quizás de cientos de kilómetros de distancia, pero se había escuchado tal y como si hubieran estado en su mismo origen. Todos se voltearon en esa dirección, pero la volcán perdió los colores del susto y hasta se encogió sobre sí misma, llena de miedo. Retrocedió medio paso y se cubrió la boca, casi cayendo al suelo. Tal cosa no pasó desapercibida para Apolo, quien tuvo el extrañísimo impulso de ponerse por delante de la mujer en caso de que algo la atacase, pero se contuvo.
Otra cosa llamaba su atención… aquél chillido… eso… eso era…
"Eso sonó peligroso." Murmuró Agustín muy alerta.
¡Esa era la criatura que debían eliminar!
"Más de lo que crees, Agustín. Ese es nuestro enemigo." Gruñó el dios, quien se volvió a la volcán. "Esto no te va a gustar, pero… ¿Qué sucede?"
La volcán lo mirada a punto de caer en un ataque de pánico. Nunca había visto a un volcán tan asustado, ni sabía que podían llegar a estarlo. Cualesquiera que fuesen sus razones, verla tan aterrada le contrajo el corazón. Por breves instantes intercambiaron miradas. Apolo tuvo la impresión que la volcán ansiaba pedirle ayuda, de buscar refugio, pero no se animaba.
"¿Estás bien, volcán?"
"No." Balbuceó apenas. "Ya sabe… sabe que estoy libre…"
Fue un instante en el que todos aguantaron la respiración. La mujer pronunció esas palabras con tanto miedo, que ninguno quedó indiferente. Y aprovechándose esa sorpresa, y presa del terror, giró sobre sus talones y huyó.
Siete segundos después el grupo reaccionó y salió en pos de ella.
Monte Etna. Italia.
En esos momentos.
Aquél estruendoso chillido pareció resonar y rebotar mudo por las paredes y chimeneas de la montaña. No sabía de donde venía, o si en verdad había sonado, pero sí tenía claro que el volcán se había dado cuenta y, fiel a su naturaleza, alertó a quien ocupaba sus dependencias. Hefestos miró hacia arriba, con el ceño muy fruncido y quizás algo de alarma en el rostro. Dejó sus herramientas a un lado y prestó mayor atención. Todos sus asistentes lo miraron expectantes, como intuyendo que algo de importancia había ocurrido.
"Tengo algo que hacer." Anunció el dios quitándose el overol de trabajo. "¡No me Molesten! Vendré en seguida. ¡Que alguien termine esto!"
Uno de sus asistentes retomó su trabajo, pero no se detuvo a ver quien era. Hefestos salió de sus talleres y se adentró hacia el volcán, secándose el rostro con un pañuelo, y quizás arreglándose el cabello. Justo cuando estaba por llegar al corredor que llevaba a sus estancias personales (mansión subterránea), tomó un giro para entrar a un pasadizo que solo él usaba y que llevaba a otro sector del volcán, a donde pocos tenían acceso y que se hundía hacia el interior de la tierra.
Tenía que verla.
Hefestos no tenía horarios de trabajo. Dormía cuando le daba sueño y no se regía por regímenes laborales más o menos normales. A veces los proyectos que emprendían acaparaban toda su concentración y se olvidaba hasta de comer. Estar en el monte Etna, al interior de sus fraguas, sin contacto con el disco solar, contribuía al alocado patrón de sueño que llevaba. Hefestos no se hacía problema, tampoco Afrodita que apenas lo visitaba.
Eso y si es que se acordaba que él existía.
¡Condenada mujer! Estas cosas le pasaban de buena persona. ¡También de ingenuo! ¿En verdad había creído que por estar casada con él nunca le sería infiel? Afrodita nunca había ocultado su malestar por el forzado matrimonio, más aún porque, de casarse, ella hubiera preferido al belicoso Ares, con quien hasta el día de hoy le engañaba. Su vida era una farsa… pero no se animaba a ponerle fin.
Físicamente, Afrodita era muy parecida a Etna. Obviamente no eran iguales, pero tan similares que no pudo evitar enamorarse de la diosa cuando la vio por primera vez. O quizás tratar de ahogar un dolor con una ilusión que le permitiera olvidar su error de hacía tantos milenios atrás, cuando por culpa de su cojera no pudo llegar a tiempo para salvar aquella vida. Se engañaba a sí mismo y lo sabía, pero evitaba pensar en eso gracias al estruendo de su fragua, al golpeteo del metal contra el yunque, de las resonancias del volcán y quizás de las protestas de Tifón, quien yacía en lo más profundo de las cámaras de la montaña, encerrado por la mismísima Etna, quien le aseguró a Zeus que el bicho nunca huiría de su prisión de magma.
Ella ya no podía cumplir ese juramento. Pero para eso estaba él, para perpetuar su palabra y desde el día de su muerte, había cumplido a cabalidad. Su corazón podría estar obsesionado con Afrodita, pero en realidad ya tenía dueña y no era la diosa del amor y la belleza, sino de Etna, su preciosa volcán… quien yacía muerta al fondo de esa cámara.
Hefestos caminó más a prisa por el pasadizo hasta que éste comenzó a ensancharse. En aquél momento quitó urgencia a sus pasos, que se tornaron más respetuosos, como si no quisiera perturbar aquél sitio de descanso. Al menos una de las dos personas que allí tenían su última morada merecía toda la calma y paz posible y de eso se había asegurado toda su vida.
Hablando…
Hefestos se detuvo junto a una suerte de escultura de piedra, la cuál parecía tener la apariencia de un cuerpo calcinado y derretido. Estaba arrodillada en el suelo y miraba hacia arriba, en una pose que hablaba de un tormentoso dolor. No era para menos, pues unas siete espadas clavadas por la espalda le atravesaban el tórax de lado a lado. Él mismo se las había clavado y siempre se detenía a observar su obra: había procurado que el filo de esas hojas siempre se mantuviera afilado y que produjeran un dolor inenarrable, aunque su víctima estuviera muerta. Hefestos lo miró con asco y lo pateó en a entrepierna, a sabiendas que en el Tártaro, a donde él mismo lo había arrojado, esta criatura sentía dolor.
Le pasó por el lado y avanzó, llegando a un lugar muy especial. Allí su rostro cambió a pena y contento. Sobre un lecho tallado en la piedra y sobre mullidos almohadones, había un cuerpo petrificado. Era el cadáver de Etna, cuyo rostro lucía sereno y plácido: estaba vestido con finas sedas, pero no lucía ninguna joya. Era como si estuviera sumida en un sueño del que podría despertar en cualquier momento, pero eso nunca ocurriría. Etna yacía muerta, convertida en piedra volcánica, y era evidente que su fallecimiento había sido cualquier cosa menos calmada.
Bajo las sedas que la vestían, tenía un violento agujero en el tórax que la traspasaba de lado a lado. La criatura a la que Hefestos había atravesado de espadas la había asesinado: en su afán por conseguir la fuente del poder del volcán, atacó a Etna con alevosía y ella no alcanzó a defenderse bien. De un doloroso golpe le atravesó el pecho y le arrancó su poder, matándola en el acto, pero antes que se lo pudiera comer, Hefestos lo mató.
Llegó un segundo demasiado tarde para salvar a su amada, pero un segundo antes de que la criatura se saliera con la suya. ¡Maldita fuese su cojera! Le había costado el amor de su inmortal vida. Tomó a la mujer en sus brazos y, mientras lloraba desolado, prometió que siempre cuidaría de la montaña y que nunca la dejaría sola. Por esto, la dejó sobre un improvisado lecho y tomó el objeto que concentraba toda la fuerza del volcán, y lo puso a buen recaudo en un lugar solo conocido por él. Cuando volvió por su amada, esta ya se había convertido en piedra y su rostro, ¡su hermoso rostro!, fijado a perpetuidad en una plácida expresión.
A Hefestos le gustaba pensar que eso se debía a que estaba contenta con él y que lo había perdonado por su tardanza. El dios, casi con reverencia, se sentó junto al lecho de la fallecida volcán. No supo cuanto tiempo estuvo allí, admirándola.
"Mi bella Etna… Hoy luces hermosa." Le susurró con ternura, al tiempo que le acariciaba el rostro. "Amada mía… ¿Te di dulces sueños? ¿Esa sonrisa inmortal vale la pena?" Le preguntó un amor que rayaba en lo solemne. Entonces arrugó el rostro, preocupado. "No lo he escuchado, pero sus chillidos parecieran retumbar en tu corazón, y lo encogen de horror… el volcán está asustado." Confesó grave. "Es como si…"
"… Ahem."
Un delicado carraspeo le advirtió que no estaba solo con Etna. Hefestos apretó la mandíbula.
"… Creí haber dicho que no quería ser molestado." Gruñó sin siquiera voltearse.
"Mis disculpas, no quise interrumpir." Dijo una voz que llevaba un buen tiempo sin escuchar. Hefestos se giró sobre sí mismo para ver a un hombre de unos cuarenta y cinco, vestido de manera sencilla y abrigada, pero elegante y sosteniendo su sombrero en las manos. Hizo una venia respetuosa hacia el cuerpo de Etna. "Si no fuera importante, no habría venido."
"¡¿Vesubio?! Hmpf." Hefestos hizo una mueca de molestia. "Si te sacó de tu montaña y te trajo hasta acá tan rápido, entonces no dudo que sea importante. ¡¿Qué quieres?!"
"Los volcanes tenemos formas de viajar rápido, lo sabes. El magma nos interconecta a todos."
"No sé si eso sea bueno o malo. ¡Habla! Perturbamos el descanso de mi Etna querida."
"Creo que lo sabes… no sé si lo escuchaste, pero resonó hace unas horas."
¿Llevaba horas allí abajo? No se había dado cuenta. Solía perder la noción del tiempo cuando visitaba aquella tumba.
"…" Hefestos empuñó las manos y entrecerró los ojos. Sabía de qué hablaba Vesubio. "Es uno de esos malditos, ¿verdad?"
"Sí." Murmuró el volcán con algo de temor en la voz. "Ha resonado un devorador. ¿Acaso lo escuchaste?"
"No lo escuché. Pero lo sentí en las paredes del volcán." Hefestos miró hacia arriba, sin resistir el impulso de acariciar las pétreas manos de Etna. "Hacía tiempo que los devoradores de volcanes no aparecían. La última vez fue en Islandia. ¿A quién atacan esta vez los malabortados?"
"A un volcán en Indonesia. No es el Tambora." Explicó Vesubio con temor.
El volcán aferró su sombrero muy ansioso, algo demasiado fuera de lugar en su persona. A Hefestos no le extrañó en todo caso: los devoradores eran los depredadores naturales de los volcanes y tenían motivos muy justificados para temerles.
"Se supone no deberían molestarla después de su última erupción." Continuó Vesubio. "Tuvimos que encerrarla para que no siguiera desatando su furia. Fue hace unos ciento treinta años, más o menos. Rompieron el sello."
"¿LA sellaron? Eso me suena a femenino…" Gruñó Hefestos. Bastó una mirada con el Vesubio para que le cayera la teja. "Ooooh, es una mujer… ¡Vaya! Tiene que ser la sexta volcán de quien tengo noticia… ¿Quién es?"
"…"
"¿Vesubio?"
"Es Krakatoa."
"¡¿Krakatoa es una MUJER?! Ooooh, eso sí que me tomó por…" Y hablando de caer la teja, Hefestos abrió los ojos hasta más no poder cuando procesó mejor la información. La última erupción del Krakatoa había sido bestial y si había necesitado el esfuerzo conjunto de otros volcanes para detenerla, entonces el devorador que la acechaba no era para tomar a la ligera. En todo caso, no cualquiera podía romper el sello de una volcán… menos de esa en específico.
"Tengo entendido que los volcanes no iniciaron ese sello."
"No, solo lo concluimos, pero alguien más inició el trabajo. Faltaba el toque final cuando llegamos…"
"Sé que se requieren de condiciones muy específicas para romper un sello de esa naturaleza."
"No sabemos las condiciones que impuso Kelam cuando selló a Krakatoa. Solo sé que involucra un juramento. Asimismo sabemos que ese tipo maldijo al devorador que la atacó antes de morir, pero no de qué forma." Vesubio suspiró estresado, incluso se apretó el puente nasal. "Esto es grave: Krakatoa no debía ser liberada tan pronto."
Hefestos se puso de pie con una expresión muy lúgubre en el rostro. Con razón Vesubio estaba tan alterado, Krakatoa escondía un poder que superaba cualquier expectativa y con creces, y si había un devorador tratando de conseguir la fuente de esa pantagruélica fuerza, entonces la situación era más grave de lo se esperaba. Tomó aire: de pronto se le vino a la mente la reunión del Concejo de los Doce que Zeus había citado días antes, en donde Apolo había hablado de un monstruo de alquitrán que había que detener. ¡PERO CLARO! ¿Cómo no se dio cuenta antes? ¡Estaba claro como un cristal!
"¿Están seguros que es ella?" Pregunto Hefestos, quizás por cortesía. Parte de él no quería creer que se tratase del Krakatoa. "¡¿Quién la liberó?!"
"Los volcanes estamos por empezar a parlamentar sobre esto." Dijo Vesubio, mordiéndose la lengua, sin querer responder la pregunta. "Yellowstone amenazó con hacer erupción si no tomamos medidas drásticas para evitar que el devorador asesine al Krakatoa y se quede con su poder: No podemos dejar que Guntur cumpla su objetivo."
"¡Guntur! ¿Asumo que es el nombre del desgraciado?"
"Sí… En tres días iremos al Olimpo. Nos presentaremos ante Zeus con nuestra decisión." Vesubio suspiró.
"Tú no me estás hablando claro, Vesubio. Sé que los devoradores los asustan, pero ¡¿Qué pasa con ustedes?! En serio, ¡¿Irán con Zeus?!" Hefestos gesticuló con los brazos. "¡¿Por qué ante Zeus?! Creí que ustedes los volcanes solucionaban los problemas de los devoradores entre ustedes. ¡No me dejaron intervenir para salvar a mi amada Etna! ¿Por qué ahora buscan la ayuda de los olímpicos?"
Vesubio se rascó el cuello y esperó un momento a que Hefestos relajara la respiración, quizás para aumentar el suspenso. Momentos antes que la vena en la frente del dios herrero comenzara a pulsar peligrosamente, Vesubio volvió a tomar la palabra.
"Fue un olímpico, miembro del Concejo de los Doce, quien rompió el sello."
Hefestos no tuvo que hacer mucha matemática para saber de quien se trataba. Su rostro mutó en triste sorpresa. Negó con la cabeza… De todos los cretinos en el Olimpo, ¡Tenía que ser Apolo! Suspiró.
"… Oh, ya veo." Murmuró apesadumbrado. "Vesubio, ¿para qué me cuentas estas cosas?"
"Somos amigos, y por el respeto que le guardo a Etna, no podía dejarte al margen." Vesubio hizo una última venia de respeto y se calzó el sombrero. "Paz contigo, amigo."
Vesubio se despidió y, con paso calmado y respetuoso, se alejó, aunque no sin antes darle una buena patada al asesino de Etna. Hefestos no podía culparlo, él hacía lo mismo siempre que podía. Se volvió hacia Etna y la arropó con cariño.
"Las cosas se van a poner muy agitadas, mi amor." Le dijo tras un momento de silencio. "No te preocupes, cumpliré mi promesa, vida mía." Añadió mientras le acariciaba los cabellos. "A ver como ayudo al tarado ese. ¡No dejaré que otra sufra en vano!" El dios se pasó las manos por el rostro, de pronto apesadumbrado. "Explicar esto en el Olimpo va a estar divertido… ¡Quizás qué deciden los volcanes!"
Afueras de Palembang, Indonesia.
Dos días después. 17 de agosto. 10:49 horas.
La mujer se ajustó el vestido que llevaba puesto. Ya ni recordaba de donde lo había robado, pero servía. Le quedaba grande, pero cumplía el objetivo. El pareo con que se había cubierto las primeras horas estaba olvidado en algún tendedero: seguramente el mismo del cuál había robado el vestido.
La mujer se abrazó a sí misma y observó lo que tenía delante de sí. Aquella ciudad se expandía por donde alcanzaba a ver, y al parecer no estaba en un buen sector. Hacía calor, el sol pegaba con fuerza y el aire parecía sofocarla de manera especial. Pero era la ciudad de Palembang, desde donde podría cruzar hacia Malasia. Se preguntó por un instante si podría colarse a algún barco o algo así y si las cosas seguirían así de simples. No quería usar las redes del magma, no quería ver otros volcanes. No quería estar con nadie, así de simple; pero al mismo comenzaba a angustiarla tanta soledad.
¡Cómo había cambiado la isla! La última vez que había ido a Palembang fue en cierta ocasión en que fue a esperar a Kelam al puerto, tras una temporada separados. Pero eso había sido hacía más de cien años: los barcos ya no eran de madera, sino de metal y rugían con voces propias. No se atrevía a interactuar con la gente: hablaba el mismo idioma, pero los términos habían cambiado tanto que ni se sentía segura ni de lo que hablaba. Otra cosa era el dinero: aparte de que no tenía nada, las denominaciones y las monedas habían cambiado. ¡No los comprendía! Antes tenía un sistema para adivinarlo, pero ¿ahora? No. Ahora todo había cambiado y no entendía nada. Se mordió el labio… ¿Cómo iba a saber qué nave iba hacia Malasia y por cuál ruta? Si preguntaba podía verse sospechosa y a lo mejor la arrestaban o algo (le había pasado una vez).
¡BEEEEEEEP!
Un bocinazo que sonó detrás de ella, junto a ruedas que derrapaban con enojo, hizo que pegara un salto al costado.
"¡MUÉVETE, IDIOTA!"
Rápidamente se hizo a un lado, pero le costó recuperar la compostura por el susto. ¡Qué bestias más horribles! ¿De dónde habían salido? Eran espantosas. Siguiendo el flujo de la gente se deslizó entre ellas, tratando de llegar a algún lado. Siguió caminando, a veces medio corriendo, sin encontrar calles más tranquilas. Se supone que estaba en los bordes de la ciudad, no debería ser tan caótico, pero lo era y no se lo explicaba. ¡¿De dónde había salido tanta gente?! Se metió a un callejón más o menos desocupado, en donde comenzó a respirar para recuperar la calma.
Los ruidos de la ciudad sofocaron sus pensamientos, los bocinazos, los gritos, los motores… se sentía un poco abrumada por tanta novedad. Se miró las manos: su muñeca izquierda estaba sana, pero todavía tenía algunos moretones, quizás no tan pronunciados… le dolían los dedos de los pies, tenía frío y hambre. Quizás sed… quizás…
Flashback
"¡ERES MÍA, PERRA LOCA!"
Cayó sobre sus rodillas y manos, pero no detuvo el impulso de su caída. Guntur le había pegado a lo largo de rostro, quizás con la esperanza de noquearla, pero ella no era un volcán cualquiera. Se puso de pie en el acto y con el cosmo encendido, ordenó que gruesas rocas se abalanzaran sobre su enemigo. Por instantes fue aplastado por las mismas, por lo que corrió hasta el centro de su caldera. Las paredes rugían atronadoras y ella estaba cada vez más decidida a acabar con todo de una vez por todas.
La sujetaron por el cabello y pudo sentir el aliento asqueroso de la criatura. Dio un codazo hacia atrás y se zafó de aquél agarre, pero cuando quiso darle un puñetazo, Guntur le sujetó la mano por la muñeca y apretó tan fuerte que le astilló el hueso.
"¿Qué te creíste que podías jugar a la casa con ese infeliz?"
"¡SUÉLTAME!"
"¡MIRA LO QUE ME OBLIGAS A HACER!"
Guntur volvió a sujetarla por el cabello y la forzó a mirar hacia la pared que tanto horror le había significado momentos antes. Ahí, Kelam colgaba inerte, horriblemente torturado y profanado. Con la piel desgarrada y hecho un amasijo de sangre, apenas distinguible.
"¿Creíste en serio que tendrías un futuro? Tu corazón es mío para devorar. ¿Creíste que iba a dejar que ustedes se casaran?"
"¡Me caso con quien se me da la gana! No tengo que…"
"¡ERES MÍA!"
Guntur la azotó contra el suelo e intentó contenerla allí, pero ella se las arregló para dar patadas de vuelta y escapar algunos metros. Lo atacó con vapor hirviendo, y cuando vio que la criatura no aparecía, intentó acercarse al cuerpo.
Pero al mismo tiempo no podía. No quería. El corazón parecía que le iba a explotar de dolor ante aquella horrible escena. ¡Su adorado Kelam!
"… ¡Amor mío! ¿Qué te hicieron?" Se lamentó la pobrecita, temiendo por momentos que le explotasen los ojos de pena.
"Fue tu culpa… me obligaste a hacerlo…"
"¡Te voy a Matar!"
"… Cada persona con la que hables, todos morirán por tu culpa. ¡Eres mía! Deberías saberlo… Destrozaré sus cuerpos y le arrancaré las tripas…"
"¡SILENCIO!"
"No tienes escape… de mi no huyes… ¡Dame lo que quiero!"
"¡NUNCA!"
"… te perseguiré allí donde vayas…"
"¡PÚDRETE, BESTIA!"
Fin del flashback.
No supo en qué momento se había tapado los ojos para llorar, o cuando encorvó la espalda para dejar escapar sus emociones. ¡Debió haber ido a casa! ¡Cómo ansiaba volver a su volcán! (o lo que quedase de él), pero no podía. Guntur seguramente la estaba esperando allí y no podía arriesgarse. No debía acercársele sin un plan que asegurase su destrucción. ¡No podía hacer erupción de nuevo! No una decente al menos: no tenía tanta energía y algo dentro de sí misma se sentía quebrado. Tenía que matar a Guntur, pese al terror que le tenía, con sus propias manos, pero eso significaría su muerte. ¡Al averno con todo! Nadie la echaría de menos, solo era una volcán…
… pero quería ir al monte Kelam… a despedirse de su prometido. A pagar sus últimos respetos antes de pensar en un plan que le permitiese reunirse con…
"¿Te dicen Lola, verdad?"
"¿Huh?"
Lola se giró de improviso para ver a dos muchachos, que no podían tener más de diecisiete años. Los dos eran bien grandotes, uno más alto que el otro, y lucían sonrisas adorables. ¿Cómo sabían el sobrenombre con el que Kelam la llamaba? Ambos muchachos eran volcanes submarinos, y su presencia solo alteró a la mujer, quien de pronto se vio atrapada. Rápidamente supo que debía huir, era instintivo, no se quería quedar cerca de ellos.
"¡Se nos va a escapar!"
"¡Nada de eso!"
"¡OOOOMMPH!"
Uno de los volcanes pensó más rápido que Lola y le asestó un golpe tan fuerte en el estómago que la dobló sin aire en el piso, la hizo escupir sangre y la dejó inconsciente en el acto. El volcán más bajito le dio un empujón al más grande y se agachó junto a Lola.
"¡Casi la matas! La necesitamos viva o los mayores nos usan de cebo para el devorador ese."
"¡Fue lo único que se me ocurrió! No te vi haciendo nada." Dijo el grandote, mientras se cruzaba de brazos. El bajo rezongó molesto.
"Supongo que tienes razón." Dijo mientras tomaba a la mujer y se la echaba al hombro, como un saco de papas. "Vamos antes que se pregunten donde estamos."
Y sin perder más tiempo, echaron a la mujer dentro de una caja grande y juntos salieron a la calle, desapareciendo entre la multitud que nunca sospechó que secuestraban a una mujer.
Continuará
Por
Misao–CG
Próximo Capítulo: El Aro de Fuego
… Cayó de bruces y con notable estrépito. Si hubiera sido un mortal común y corriente, hasta se habría lesionado fuertemente las rodillas. Como le habían atado las manos a la espalda no podía hacer mucho y, por si fuera poco, no solo estaba sintiendo que la muñeca que Apolo le había curado dolía como si se la estuvieran masticando, sino que además saboreaba el metálico sabor de la sangre en su…
Nota Mental: Apolo recibió un buen trancazo, pobrecito, pero culpa suya por acercarse de ese modo a una mujer inconsciente. Al menos su enemigo ya se manifestó… no es por nada, pero este villano es uno de los que más me ha asustado. Sobre lo que hice con Hefestos… lo lamenté en el alma, pero necesitaba una historia fallida del estilo y digamos que Hefestos fue el elegido. Hermes se salvó con las justas, pero ya le va a estallar eso en la cara. Jejejejeje. Por cierto, quienes me siguen en el FB irán viendo distintas imágenes de los volcanes que sean nombrados cuando anuncie los capítulos, tanto como imagen central como en los comentarios. Para este fic, elegí la imagen de una litografía de la erupción del Krakatoa de 1883… y creo que este ha sido uno de los capítulos más largos que he escrito nunca. O.o Por favor, si detectan algún error tipográfico, de ortografía y redacción, me avisan para que lo pueda reparar. ¡GRACIAS POR LEER! =D
¿En qué pelea de perros estuviste que te quedó así el tobillo, Nice? Tienes que tener más ojo: le diré a Aioria que te vaya a visitar a ver si puede echarte una manito con algún masaje o algo. Así como los ves, los apolíneos y la sibila que acompañan a Apolo son lo más aperrados del mundo, y encima todo terreno. Son los únicos que no se quejan por las condiciones en las que suele meterlos el dios. Sobre cuánto va a sufrir nuestro querido e inmaduro Febo… pues… digamos que lo metí a una licuadora emocional. =D ¡MUCHAS GRACIAS POR LEER Y CUÍDATE MUCHO!
Jejejeje, pues sí, Lina, aquí viene el fic de Apolo, a ver si el tipo deja de llorar porque no lo tomo en cuenta. Bueno, ya que el tipo quería fic, lo puse a correr y me di gusto al respecto. ¡Que se dé con una piedra en el pecho, que bien lo pude dejar solo! Esas palabras de Apolo en el capítulo pasado lo metieron inadvertidamente en un lío. Tanto que decía que estaba solo, pues digamos que aburrió al destino y tiene al frente (más o menos) a una volcán con quien congeniar. Sí, le aplicaron ese dicho. Sobre Hera… está un poco deprimida y harta de Zeus, a quien no parece caerle el tejo en la cabeza de que debe enmendar el camino. Al menos Poseidón lo logró: hasta ahora ha cumplido su promesa y se ha portado bien con Anfitrite. Supongo que Zeus será un hueso duro de roer. ¡MUCHAS GRACIAS POR LEER Y CUÍDATE MUCHO! =D
BRÚJULA CULTURAL
Traída a ustedes gracias a Wikipedia o alguna otra página, según corresponda.
Monte Etna: Es un volcán activo en la costa este de Sicilia, entre las provincias de Mesina y Catania. Tiene alrededor de 3.322 metros de altura, aunque ésta varía debido a las constantes erupciones. La montaña es hoy en día 21,6 metros menor que en 1865. Es el volcán activo con mayor altura de la placa Euroasiática, el segundo en referencia a la Europa política después del Teide y la montaña más alta de Italia al sur de los Alpes. El Etna cubre un área de 1.190 km2, con una circunferencia basal de 140 kilómetros.
En la mitología griega y romana, Etna (en griego: Αἴτνη) era una ninfa siciliana, y de acuerdo con Alcimo, una de las hijas de Urano y Gea, o de Briareo. Simónides dijo que había actuado como árbitro entre Hefesto y Deméter sobre la posesión de Sicilia. Amante de Hefesto (o Zeus en algunos mitos) se convirtió en la madre de los Palicos (dioses de los géyseres). Se cree que el monte Etna en Sicilia recibe su nombre de ella, y que bajo dicho monte Zeus enterró a Tifón, Encelado, o Briareo. También se creía que en dicha montaña era el lugar en el que Hefesto y los Cíclopes hacían los rayos de Zeus.
Hefestos: (en griego Ἥφαιστος) Es el dios del fuego y la forja, así como de los herreros, los artesanos, los escultores, los metales y la metalurgia. Hijo de Hera (sin intervención de Zeus), era adorado en todos los centros industriales y manufactureros de Grecia, especialmente en Atenas. Era bastante feo el pobre, y estaba lisiado y cojo. Incluso el mito dice que, al nacer, Hera lo vio tan feo que lo tiró del Olimpo colina abajo y le provocó una cojera. Tanto es así, que caminaba con la ayuda de un palo y, en algunas vasijas pintadas, sus pies aparecen a veces del revés. En el arte, se le representa cojo, sudoroso, con la barba desaliñada y el pecho descubierto, inclinado sobre su yunque, a menudo trabajando en su fragua. Su apariencia física indica arsenicosis, es decir, envenenamiento crónico por arsénico que provoca cojera y cáncer de piel. El arsénico se añadía al bronce para endurecerlo y la mayoría de los herreros de la Edad de Bronce habrían padecido esta enfermedad.
Vesubio: (en latín Mons Vesuvius) es un volcán activo del tipo vesubiano (¡Duh!) situado frente a la bahía de Nápoles y a unos nueve kilómetros de distancia de la ciudad de Nápoles. Se encuentra en la provincia de Nápoles, perteneciente a la región italiana de la Campania. Tiene una altura máxima de 1.281 msnm y se alza al sur de la cadena principal de los Apeninos.
Es famoso por su erupción del 24 de agosto del año 79 d. C., en la que fueron sepultadas las ciudades de Pompeya y Herculano. Tras aquel episodio, el volcán ha entrado en erupción en numerosas ocasiones. Está considerado como uno de los volcanes más peligrosos del mundo, ya que en sus alrededores viven unos tres millones de personas y sus erupciones han sido violentas; se trata de la zona volcánica más densamente poblada del mundo. Es el único volcán situado en la parte continental de Europa que ha sufrido una erupción en el siglo XX. Los otros dos volcanes italianos que han entrado en erupción en las últimas centurias se encuentran en islas: el Etna en Sicilia y el Estrómboli en las islas Eolias.
La última erupción del Vesubio tuvo lugar en 1944, destruyendo buena parte de la ciudad de San Sebastiano.
Los griegos y los romanos consideraban que se trataba de un lugar sagrado dedicado al héroe y semidiós Heracles, del cual tomó el nombre la ciudad de Herculano, situado en la base del monte.
Volcán Yellowstone: Caldera de Yellowstone, o supervolcán de Yellowstone, es una caldera volcánica ubicada en el Parque nacional de Yellowstone en Estados Unidos. La caldera mide aproximadamente 55 por 72 km (sí, medido en kilómetros) y se encuentra en la esquina noroeste de Wyoming, donde se sitúa la mayor parte del parque del mismo nombre. La caldera se formó durante la última de las tres supererupciones que se produjeron a lo largo de los últimos 2,1 millones de años. Primero se produjo la erupción de Huckleberry Ridge hace 2.100.000 años, en la cual se creó la caldera de Island Park y la toba de Huckleberry Ridge. Luego, hace 1,3 millones de años, se produjo la erupción de Mesa Falls, que creó la caldera de Henry's Fork y la toba de Mesa Falls. Finalmente, hace 640.000 años, se produjo la erupción de Lava Creek que formó la caldera de Yellowstone y la toba de Lava Creek.
Esta bestia de volcán es actualmente, por su potencial destructivo, el más peligroso del mundo. En serio, si a esta cosa se le ocurre explotar… que nos pille confesados. No vamos a alcanzar ni a decir pío, porque la faz de la tierra se cambia. Y lástima por el país que lo aloja.
Palembang: Es la capital de la provincia de Sumatera Selatan (Sumatra meridional), en la isla de Sumatra, Indonesia. La ciudad es la sede de un arzobispado. Fue centro de un antiguo reino hindú que los holandeses abolieron en 1825. Forma parte de Indonesia desde el año 1950. La economía se basa en la industria textil y en una refinería de petróleo. Cuenta con un puerto en la desembocadura del río Musi.
Palembang es la capital de Sumatra del Sur, provincia de Indonesia. Anteriormente se la conocía como la ciudad capital del antiguo reino de Srivijaya. Srivijaya o Sriwijaya fue un poderoso reino antiguo malaya en la isla de Sumatra, la actual Indonesia, que influyó en gran parte del sudeste de Asia, convirtiéndose así en la ciudad más antigua de Indonesia, en la segunda más grande de Sumatra, después de Medan y la séptima ciudad más grande de Indonesia. A veces es apodada "Venecia del este".
Krakatoa: (en indonesio Krakatau) FUE una isla con tres conos volcánicos situada en el estrecho de Sonda, entre Java y Sumatra. Estaba localizada cerca de la región de subducción de la placa Indoaustraliana, bajo la placa Euroasiática. El nombre Krakatoa se usa para designar al archipiélago de la zona, a la isla principal (también llamada Rakata) y a un volcán que ha entrado en erupción en repetidas ocasiones y siempre con consecuencias desastrosas a lo largo de la historia. En mayo de 1883 comenzó una serie de erupciones que continuaron hasta el 27 de agosto de ese mismo año, cuando una explosión cataclísmica explosionó la isla en pedazos. Literal, la isla y la montaña voló por los aires.
Actualmente en su lugar ha vuelto a crecer un nuevo volcán, el Anak Krakatoa.
Tambora: Es un estratovolcán activo con una altitud de 2850 msnm ubicado en la isla de Sumbawa, Indonesia. La isla está flanqueada al norte y al sur por la corteza oceánica, y el Tambora se formó por una zona de subducción activa debajo de la isla, elevando el volcán hasta los 4300 msnm, convirtiéndolo en uno de los picos más altos del archipiélago indonesio del siglo XVIII. El 10 de abril 1815 entró en erupción, la que tuvo un índice de explosividad volcánica de IEV–7 (la escala va de 1 a 8, por cierto), y es la única erupción de ese tamaño inequívocamente confirmada desde la erupción del Taupo de alrededor de 180 d. C.6
Con un volumen de eyección estimado en 160 km³, la erupción del Tambora de 1815 fue la mayor erupción volcánica de la historia registrada. La explosión se escuchó hasta en la isla de Sumatra, a una distancia de más de 2000 km. Importantes cantidades de pesada ceniza volcánica cayeron tan lejos como Borneo, Célebes, Java y las islas Molucas. La erupción causó la muerte de por lo menos 71 000 personas, de los cuales 11.000 o 12.000 fallecieron por los efectos directos de la erupción; la mayoría de las muertes fueron causadas por enfermedades y hambre, ya que como consecuencia de la erupción se arruinó la producción agrícola en la región. Se cree que la cifra frecuentemente citada de 92.000 fallecidos es probablemente sobrestimada.
La erupción provocó anomalías climáticas globales, incluso un fenómeno conocido como invierno volcánico: 1816 se conoció como el año sin verano debido a los efectos de la erupción sobre el clima de Europa y América del Norte. Se perdieron cosechas y el ganado murió en gran parte del hemisferio norte, lo que condujo a la peor hambruna del siglo XIX.
Monte Kelam: (en indonesio: Gunung Kelam) es un domo granítico expuesto en Kalimantan occidental, en la isla de Borneo, parte del país asiático de Indonesia, y que se eleva hasta una altitud de 1.002 metros sobre el nivel del mar.
