TITULO: LENTAMENTE

Serie: Yu-Gi-Oh!

Pairings: S/J Y/Y

CategorySlash/Yaoi.

Raiting: G, R.

DisclaimerYo no poseo a los personajes de Yu-Gi-Oh!. Ellos pertenecen a sus creadores y respectivos socios comerciales. Esta solo es una historia escrita de fan para fans, sin fines lucrativos.

TiempoDespués del Torneo en Ciudad Batallas.

En calidad de Universo

Life

Joey pedaleó deprisa, pasaban de las ocho de la noche y había perdido la noción de los minutos.

No era por agrado ni mucho menos por acompañar a sus amigos; que más habría querido él que así hubiera sido. Pero todo difería de aquellos pensamientos.

Joey Wheeler en realidad terminaba uno más de sus empleos. Por las tardes trabajaba en una fábrica. Su oficio no distaba demasiado al de un simple obrero.

Había decidido tomar otros empleos por las tardes, de esa manera su economía se veía un poco más repuesta de lo que era en realidad.

No sabía cómo se las ingeniaba para trabajar, estudiar, realizar los deberes y muchas más cosas de las que en ese momento nada quiso saber.

Lo único importante era llegar lo antes posible a su hogar, o a la casa que consideraba su hogar.

La vieja construcción distaba mucho de ser una verdadera casa, pero mientras le diera techo, aunque no muy seguro, él se conformaba.

El trabajo solía terminar pasadas de las siete de la tarde, pero él había decidido hacer tiempos extras, los cuales eran bien pagados y hasta entretenidos.

Su horario jamás pasaba de las nueve de la noche, de lo contrario se arriesgaba a que el hombre rubio que vivía en su casa se enterara de sus oficios vespertinos.

Y ahí había una gran confesión.

Le ocultaba a su padre el empleo vespertino, por la simple razón de que temía conociera, que había más efectivo del cual echar mano.

En pocas palabras, su vida no era tan brillante como aparentaba.

Conocido era ya que vivía con su padre desde que su madre los abandonara y se llevara con ella a la única persona importante de su vida.

De eso ya hacía varios años en los cuales había pasado por todo.

Desde depresiones severas, hasta soportar a un padre alcohólico, que todos los días acudía a casa en busca de más dinero para alimentar su causa.

Su padre en realidad no pasaba demasiado tiempo en su casa, solo lo suficiente para recuperarse y regresar a las andadas.

Joey ya había perdido la cuenta de las veces en que intentó hacer entrar en razón a su padre. Nada servía, ni palabras ni consejos, solo el factor monetario que al hombre le daba la verdadera felicidad.

El rubio continuó avanzando en su desvencijada bicicleta, derrapando un par de veces en la acera húmeda. Pero nada en ese mundo lo haría detener. Debía llegar a su casa antes que su padre, de lo contrario…

Admitía, su padre jamás le había puesto una mano en cima, pero los gritos y la violencia psicológica que utilizaba con él, bien rendían sus frutos.

Joey sabía, que jamás nadie le creería si llegaba a relatar que temía a las palabras que su padre le lanzaba.

Palabras ofensivas que lo hacían perder la razón por minutos. Frases hirientes que podían matarlo en segundos a él y a su conciencia.

¿Para que quería entonces golpes físicos, cuando tenía los del alma?.

La sola idea lo hizo estremecer, propiciando casi una violenta caída al piso, que evitó como todo un profesional de la bicicleta.

Joey le daba a su padre todo lo que ganaba, o al menos lo que el hombre calculaba que tenía.

El muchacho de rubios cabellos tenía que ingeniarse perfectamente para vencer a su astuto padre en el terreno monetario.

Tenía que ser más sutil que su padre y actuar perfectamente bien sus palabras, aunque por dentro temblara cual pajarito asustado.

Por eso era imperativo que el hombre no se enterara de que por las tardes él trabaja extra y que por lo tanto, guardaba, en la segunda loza suelta a la izquierda de su habitación, una cantidad considerable que planeaba utilizar para sus estudios universitarios.

El padre de Joey, debía seguir creyendo que él era un bueno para nada, cuyo "único" trabajo no era suficiente para llenar sus expectativas.

Debía seguir creyéndolo así, de lo contrario sus sueños de futuro se derrumbarían.

Pero ahí no terminaban los problemas del rubio. Tenía que ingeniárselas para efectuar pagos e incluso pagar una que otra fianza para librar a su padre de prisión, a donde el hombre llegaba tras una de sus usuales peleas.

Joey tenía que pensar detenidamente cómo ahorrar energía, agua, gas. Tenía que ver que no faltase nada en la pobre mesa y que su casa no se terminara de desmoronar.

Él tenía que hacer todo eso y más, y tan solo con el raquítico salario que ganaba de sus empleos matutinos y unos cuantos más en fines de semana y vacaciones.

Joey no podía tocar su capital ahorrado, tenía que poder tan solo con lo que su padre creía que tenía.

El rubio cargaba sobre sus hombros una gran responsabilidad que nadie sabía y que a pesar de estar a punto de derrumbarse, continuaba sonriendo y tan impulsivamente Joey Wheeler, que absolutamente nadie jamás sospecharía de él.

Era amable y servicial, pero todo aquello lo estaba acabando poco a poco. Más no podía rendirse, al menos no en esos momentos.

Después de la preparatoria…su vida cambiaría.

El muchacho rubio frenó y se apresuró a bajar de la bicicleta. Después la ocultó perfectamente de la vista de cualquiera y se introdujo en la casa por el ventanal de su habitación.

Al parecer su padre no había arribado aun a la casa, porque todas las luces estaban apagadas.

Por eso, el chico se permitió suspirar con tranquilidad cuando entró en su habitación y comenzó a deshacerse de su uniforme de trabajador.

Poco tiempo después bajó a la cocina, en donde se apresuró a preparar cualquier cosa. Su padre siempre le exigía una cena "decente" y era lo único que no perdonaba por las noches, a parte de su botella de vino.

Y mientras trataba de pensar en el cómo comunicarle a su padre que tenían que arreglar el techo que goteaba, este apareció, dejando un golpe sonoro de la puerta tras él.

Como siempre, el olor penetrante del alcohol le indicó a Joey que su padre arribaba en "condiciones normales", por lo que pensó sería inútil entablar un dialogo decente con el hombre.

Hay quienes afirman que un ebrio o se torna más violento o sensible, pero el padre de Joey no compartía esas "cualidades".

El hombre en realidad era una combinación indescifrable entre autista e histérico. O al menos eso pensaba Joey.

-¿Qué hay de cenar?. Cuestionó el hombre rubio, sentándose en la pequeña mesa de la cocina.

-"Al menos no ha gritado. Buena señal". Pensó Joey, tranquilizando un poco a su tembloroso cuerpo.

-Lo de siempre. Respondió el rubio, acercando hacia su padre un plato con la cena.

El hombre miró con el seño fruncido el plato. Al parecer no era de su agrado, pero al final terminó comiendo lo que su hijo le daba.

Joey pensó que esa noche era buena. Su padre no gritaba, no hablaba demasiado. Al menos podría descansar un poco antes de comenzar con sus numerosos deberes escolares sin que su padre le exigiera que lo atendiera.

-¿Te pagaron hoy?. Preguntó el hombre rubio, mientras bebía el contenido de una botella medio vacía.

-Ha…más o menos. Tartamudeó Joey, esperando que su padre en realidad no sospechara nada.

El rubio se había valido de excusas tontas de falta de pago que al final resultaban perfectamente creíbles por su padre.

Eso le daba al menos el tiempo de pagar las cuentas que su padre ignoraba siquiera que existían.

-Estoy comenzando a sospechar de que me ocultas algo. Indagó el hombre en un tono casi inteligible.

-¿Yo?. No papá. Sonrió Joey, atreviéndose a lanzar una de sus clásicas risitas despreocupadas.

El hombre miró a Joey por unos momentos, después regresó la vista a su plato.

-Es extraño que el jefe de tú empleo no te pague semanalmente.

-Ya te dije que el diario ha tenido problemas papá. Además por ahora no puedo conseguir más empleos, por la escuela. Excusó el muchacho, bebiendo un poco de agua para refrescar su seca garganta.

-Deberías entonces dejar la escuela. Nada bueno te traerá. Un buen empleo es lo que necesita un hombre, no estudios que lo harán mediocre. ¿Para que quieres sentar tu horrible trasero en una silla todo el día?. Eso solo te atrofiará. Mejor usa tus brazos, que aunque flacuchos, servirían de algo.

Joey bajó la mirada. Su padre siempre lo denigraba con frases como aquella. El hombre veía una pérdida de tiempo en la educación y si el muchacho rubio no supiera que el hombre pasaba más tiempo en la inconsciencia que en la lucidez, habría temido verdaderamente que su padre lo sacara de la escuela.

Siendo él menor de edad aun, tenía que acatar órdenes, o al menos algunas.

-Ya…hemos hablado de eso papá. Murmuró Joey.- Y acordamos en…

-Si, si, como sea. Déjame comer esta mierda en paz. Gruñó el hombre rubio, haciendo que Joey reprimiera un gemido.

Su padre se esmeraba en menospreciarlo no solo físicamente, sino emocionalmente también.

Sabía que no debía atender a las palabras de un ebrio, pero no podía evitar sentirse atroz, cada vez que una hiriente palabra era dirigida hacia él.

Poco a poco iba perdiendo la confianza en sí mismo y estaba seguro de que tal vez algún día no volvería a hacer brillar la pequeña sonrisa de fe que aun le quedaba.

-Me retiro, sino se te ofrece algo más. Indicó Joey, levantándose de una mesa que apenas vio al muchacho jugar con su comida.

-Hablas como estúpido actor de televisión. ¿Qué es eso de "sino se te ofrece algo más"?. Basura. Masculló el hombre, haciendo una imitación burlona de la voz de Joey.- Habla como un maldito hombre, no como un mariquita de esos de cara bonita. Ya te he dicho mil veces que tú ni inteligente ni atractivo eres. Si lo fueras, créeme que ya te habría sacado ganancia en algo.

Joey mordió sus labios y tras la carcajada de burla de su padre, se retiró a su habitación.

Antes, le hacía falta respirar un par de veces con profundidad para infundirse ánimos después de las palabras de su padre, pero con el paso de los años la cantidad iba en aumento, por lo que después de casi cincuenta respiraciones, dejó que su cuerpo se rindiera sobre su húmeda cama.

Una gotera había en el techo y olvidando poner algún recipiente, la lluvia vespertina había caído sobre su cama.

Esa noche no solo dormiría sobre mantas empapadas, sino con la moral y el corazón cada vez más derrotados.

Antes de rendirse al sueño, olvidando sus deberes, miró la loza suelta cuyo contenido era el más valioso que tenía.

Deseba salir ya de esa vida. Por el bien de su mente y moral.

Seto Kaiba cayó rendido sobre su mullida cama. No se despojó de sus ropas, simplemente se recostó y cerró los ojos.

El día había sido agobiante, pero sobre todo estresante.

Por vez primera en su vida no se dedicó simplemente a trabajar y a teclear en su inseparable computador, sino que hubo pasado las horas de hastío más grandes de su vida, presentándole o mejor dicho, señalándole a Suichi Maky el personal de KC.

En realidad el abogado de su padrastro se había percatado de que Seto no era nada sociable y a pesar de que el hombre habría querido conocer a personas de más alto abolengo, tuvo que conformarse con los inversionistas y trabajadores de la empresa.

Para Seto, todo le daba exactamente igual.

Entre más rápido saliera de todo aquello, más pronto regresaría a sus asuntos.

De pronto había encontrado la idea de un matrimonio apresurado y obligatorio, ciertamente indiferente.

La persona que pasaría con él la vida entera, simplemente se limitaría a vivir en su casa, lo demás le importaba muy poco.

Seto había comprendido que solo sería un odioso titulo el que lo uniera a aquella persona. Él estaba decidido a no compartir más.

En realidad sabía que podía comprar el silencio de esa persona como quisiera. Así que entre más deprisa Maky eligiera a su futura esposa o esposo, mejor para él.

Seto pensó en lo extraño del apelativo "esposo", pero claramente Gozaburo había dicho que el género no importaba.

El joven empresario se sorprendió ante eso, pues si existió en la vida homo fóbico más grande, ese había sido sin duda su padrastro.

Pensando en eso, él jamás había meditado sus gustos particulares. Su vida giraba en torno a su empresa y hermano, lo demás siempre le importó muy poco.

Era adolescente, o estaba por finalizar esa espantosa etapa, que a su parecer iba cargada de demasiado estrés y hormonas, las cuales revoloteaban en su cuerpo como mariposas sin control y ciertamente al obsesivo Seto Kaiba, eso le molestaba.

Él gustaba de tener el control sobre todo y lo que en ocasiones asaltaba su entrepierna con urgencia, no estaba controlado.

Podía satisfacerse así mismo sin pensar nada más que en alivio, pero indudablemente jamás o al menos, no recordaba pensar en nadie en especial en esos momentos.

Recordó que las primeras veces habían resultado desagradables, pero mirando que sería solo ese modo el que lo "aliviaría" del descontrol, comenzó a realizar el acto con cierto gusto y tal vez un poco de placer.

Para ese momento, él era un experto en la autosatisfacción y de vez en vez, cuando su mente adolescente se rendía ante el descontrol, indagaba sobre el sexo y sus diferentes fases. Fuera con hombres o mujeres.

Seto jamás había tenido una novia o pareja y ciertamente la idea le resultaba estúpida e innecesaria.

El joven empresario tenía como lema el dedicarse simplemente a los negocios y en lo familiar, a su hermano.

Lo demás quedaba simplemente descartado. Tal y como Gozaburo se lo había enseñado.

Seto abrió los ojos y se encontró con el techo pulcro de su habitación. La única distracción que se había permitido tener en sus negocios, había sido el duelo de monstruos.

Era su delirio. Sobre las plataformas se transformaba y hacía fama a su invencible inteligencia.

Para él, era un placer que con nada se comparaba. Un juego de técnica y táctica, como el ajedrez.

Pero de invicto, había pasado a ser segundo y todo gracias a cierto muchacho de cabellos tricolor y a su Yami, el cual le resultaba ciertamente desconcertante y antipático.

Él continuaba sin creer en las historias del antiguo Egipto, a pesar de las numerosas pruebas que había a su alrededor.

Por eso continuaba también sin aceptar la amistad de Yugi, el muchacho de pequeña estatura pero de buenos sentimientos.

Él simplemente no había nacido para los sentimientos y así continuaría siendo, aunque se casara.

La palabra le trajo entonces desagrado y nueva apatía. Continuaba sin querer aceptar su destino, pero debía hacerlo si deseaba conservar su imperio.

Maldijo nuevamente a su padrastro antes de quedarse dormido.

¿Quién decía que su vida era sencilla?. El mundo no sabía nada. Pensaban que solo por ser genio, su existencia dejaba de ser complicada.

Se mofó entonces del mundo y deseo, por una vez, ser alguien más sencillo y no tan complejo como lo era él.

Pero eso jamás lo externaría, no era propio de él.

A Yugi Mouto le gustaba la lectura. Amaba las noches y las tardes en que podía escaparse de la vista de su abuelo para enfrascarse en algún libro grueso y de interesante contenido.

En ese momento depositaba uno de esos gruesos volúmenes en su mesa de noche y suspiraba con una sonrisita en sus labios.

Le resultaba comiquísimo que siendo un hombre, le agradaran las historias de amor, tanto como a Tea o a cualquier mujer podían gustarle.

Pero así era él, demasiado sensible para el gusto de alguien.

Más con el paso de los años había aprendido a no darle tanta importancia a ello. Mientras él se sintiera bien consigo mismo, lo demás sobraba.

Ciertamente se había convencido de que leer era lo mejor que podía hacer y ese día, al menos, le sirvió de mucho.

Por un lado estaba su amigo Joey. Algo malo sucedía con él y el rubio no había querido decírselo. A primera instancia insistió en preguntarlo, pero después de las múltiples evasivas por parte del rubio, desistió.

Era muy intuitivo y sabía que a su mejor amigo le sucedía algo.

Él siempre esperaría a que Joey acudiera a él, pero mientras tanto permanecería en suspenso y ciertamente preocupado por el rubio.

Joey era una clase de persona metafórica para Yugi. En ocasiones estaba triste, otras alegre, pero el ánimo que infundía y la sonrisa que siempre estaba presente en sus labios, lo hacían sin duda un ser humano excepcional.

Yugi apreciaba a Joey no solo por eso, sino porque el rubio había estado para él cuando más lo había necesitado, y aunque sabía que resultaba ciertamente egoísta con el resto de sus amigos, no se arrepentía en decir que Joey era la persona más valiosa para él.

Pero en esa parte y después de sonreír un poco, tuvo que suspirar profundamente.

Desde hacía tiempo que comenzaba a sentirse extraño.

Y no era precisamente un síntoma de enfermedad, sino de algo a lo cual temía nombrar, por creerlo simplemente imposible.

Siempre había aceptado su persona tal y cual era. Comenzando con su estatura y terminando con sus gustos extraños en algunas cosas.

Él se apreciaba, pero ciertamente en esos momentos en lo que aquella palabra "secreta" regresaba a su mente, no estaba tan seguro de su autoestima.

-¿Por qué a mi?. Preguntó al aire, decidido a mudarse de ropa y pensar en cosas no relacionadas con "ese" tema.

Comenzó entonces por despojarse de su camisa y se percató en el espejo de pieza completa junto a su armario, que el tiempo le había favorecido en cierta manera.

Jamás sería muy alto, pero al menos sus facciones y cuerpo comenzaban a cambiar de manera positiva.

Se sintió un poco halagado del reflejo que admiraba, pero cuando miró más detenidamente, tuvo que virar la vista y suspirar una vez más.

-Es que es imposible que pueda yo borrarte. Se dijo, sabiendo que en ocasiones miraba a otra persona en su reflejo.

El hecho de haber compartido con Yami un cuerpo y un valioso tiempo, habían sido para el muchacho de cabellos tricolor ciertamente agradable y desconcertante.

Se había acostumbrado a llevar de colgante su inseparable rompecabezas del milenio y enfrentarse con él, a oponentes legendarios.

Había sido una época no muy lejana, pero si concluida, pues Yami vivía entre ellos como cualquier persona "normal" y su rompecabezas descansaba en el museo central de la ciudad.

Su vida era ya de lo más normal y en ocasiones no podía acostumbrarse del todo.

Se desprendió los jeans y de inmediato se colocó el pijama, dejando al aire aun, su pectoral blanco y que comenzaba a ser bastante musculoso.

Algo de compartir amistad con el enérgico y atlético Tristán, se reflejaba en el ejercicio que realizaban por las mañanas y bajo la dirección del moreno.

En un principio Yugi odió la idea de levantarse temprano y ejercitarse, pero tras mirarse nuevamente al espejo, no pudo más que felicitarse por su elección.

-¿Puedo pasar?.

Yugi se sobresalto, pero indicó a su visitante que entrara a su habitación.

Yami respiró hondo antes de entrar a la habitación de su contraparte y después de cerrar la puerta, se dedicó a buscar la silueta que encontró al extremo opuesto del lugar.

El antiguo faraón se acercó lentamente, pero mientras lo hacía se percató de que su contraparte estaba mudándose de ropa y aunque Yugi tuviera ya sobre su cuerpo el pantalón del pijama, resultaba ciertamente desconcertante mirarlo sin camisa.

Yami no evitó el recorrer la figura del muchacho frente a él y descubrió que día con día el chiquillo se transformaba en hombre.

El antiguo faraón sonrió con sinceridad a su pensamiento.

Yugi, quien absorto se había quedado en mirar al piso, percibió la mirada de Yami y al instante se apresuró a colocar una camiseta cualquiera sobre su desnudo tórax.

-¿En que puedo ayudarte, Yami?. Indicó Yugi con serio sonrojo en el rostro.

Yami no pudo evitar sonreír con sinceridad. Adoraba, cuando su contraparte se sonrojaba con violencia.

-Solo subí para saber el cómo estabas. Hoy no has bajado en toda la tarde. Indicó el antiguo faraón, sentándose cerca del muchacho que desvió la mirada.

Yami compartía casa con Yugi y su abuelo, donde tenía una habitación espaciosa en el primer piso, junto a la puerta de la tienda de artefactos para duelo de monstruos.

Yugi tenía su habitación en el segundo piso y ciertamente esa distancia entre Yami y él, le gustaba. Al menos así se había hecho creer.

-Estaba leyendo. Ya sabes que cuando me enfrasco en algún libro no puedo soltarlo. Se excusó Yugi con una sonrisita, señalando el grueso volumen al lado de su cama.

-¿Las obras de Shakespeare?.

-Era un famoso escritor inglés. Sonrió Yugi, orientando al antiguo faraón en el tiempo.

-Si…creo que he escuchado hablar de él. Algo de haber vivido dentro de un rompecabezas casi toda una vida, es esta ignorancia del mundo que ahora me rodea. Confesó Yami, mirando con detenimiento la descripción de cada una de las obras de aquel libro.

-Eso puede sucederle a cualquiera. De todas formas sabes que todos estamos encantados en poder ayudarte. Sonrió Yugi, olvidando por un momento su vergüenza.

Yami le sonrió a su contraparte, depositando el libro en su lugar.

-¿De qué trata entonces el libro?.

-Son obras románticas y trágicas. Historias de amor que terminan en tragedia, regularmente. Otras son un poco más cómicas.

-¿Historias de amor que terminan en tragedia?. No suena de tú estilo Yugi.

El aludido se sonrojó. Yami sabía perfectamente sus gustos.

-Ya lo sé. Pero son historias que no puedo evitar leer una y otra vez, a pesar de su desenlace trágico. Sonrió el muchacho.

Yami no pudo evitar sonreír y mirar el rostro sonrojado de su contraparte. En verdad amaba el cuadro que miraba.

-Relátame alguna. Pidió el antiguo faraón.

-Bueno…no sé cual debiera sintetizar. Sonrió Yugi, olvidando nuevamente su sonrojo.

-La que gustes, pero que sea una de esas historias con final trágico.

Yugi bajó la mirada y pensó con detenimiento en cual sería la obra que a su contraparte le agradaría escuchar.

Yami siguió de cerca las reacciones de Yugi y no pudo evitar dejar a su corazón saltar.

Debía entonces confesar, que su antiguo corazón de faraón rebozarte de alegría se encontraba en presencia de aquel ser que había compartido con él tantas cosas.

Debía pues decir, que no era mero cariño fraterno el que sentía hacia Yugi, sino algo más fuerte que aun no se atrevía a confesar completamente.

No por miedo al rechazo, sino por miedo a que Yugi se apartara de su lado, como últimamente lo estaba haciendo.

No sabía el porque, pero a él comenzaba a desesperarle el hecho de que Yugi no lo mirara en clase y lo evitara en casa o en la escuela, si era posible.

El antiguo faraón debía comenzar a buscar una respuesta, de lo contrario estallaría.

-Ha, ya sé. Sonrió Yugi tras unos minutos de silencio.- ¿Qué tal Otelo?.

-¿Otelo?. Indagó Yami con sorpresa.

-Si. Es una historia muy trágica. De amor y celos. Un rey moro perdidamente enamorado de una dama blanca, pierde la razón tras los celos enfermizos que se ha ido forjando. Al final mata a su adorada y él se da cuenta demasiado tarde del crimen sin sentido que cometió.

-Suena interesante.

-Y lo es. Sonrió Yugi.- Es la historia preferida de Joey.

Y ante esto la sonrisa de Yugi desapareció de su rostro. Yami quiso por primera vez que aquel nombre no hubiera surcado la boca de su contraparte.

-¿Qué sucede?. Indagó Yami con sobresalto.

-Nada…solo que…me preocupa Joey. Suspiró Yugi, incorporándose de la cama para posteriormente arreglar su uniforme.

-¿Por qué?. Preguntó Yami.

-Porque se que algo le ocurre, solo que no ha querido decírmelo. Y ahí iba de nuevo otro suspiro que a Yami le sonó a bomba atómica.

-Comprendo que te preocupes por Joey pero…

Yugi negó, dejándole ver a Yami que no hablaría más del asunto.

Por inexplicable parecer, Yami tomó el libro de su contraparte, se incorporó y tras un "buenas noches" demasiado agrio para su persona, salió de la habitación de Yugi.

Los rasgos del antiguo faraón se encontraban contraídos y sus labios curvados en una mueca de disgusto presentaban.

Yami comenzaba a pensar que el motivo por el cual Yugi se alejaba de él, tenía un nombre.

Él apreciaba mucho al muchacho rubio de nombre Joey Wheeler, pero estaba comenzando a detestarlo, simplemente porque Yugi ya no le miraba a él como miraba a Joey.

-Otelo confió en su amigo y este lo traicionó. ¿A caso en esta historia sucederá lo mismo?. Cuestionó a la nada.

Claro que Yami sabía quien era Shakespeare y sobre todo Otelo. Pero debía aparentar ante su contraparte que no lo sabía, de esa manera degustaba sonrisas y palabras que Yugi le dirigía con afecto.

No, aunque le doliera, no podía dejar que Joey le quitara a su otra mitad. Yugi era suyo y tan enamorado se encontraba de él, que estaba dispuesto a realizar lo que Otelo, solo que en lugar de Yugi, sería Joey el sacrificado. Tal vez por el rubio era que su Yugi, lo estaba dejando de lado.

CONTINUARÁ....

He regresado de mi ausencia y debido a sus comentarios

Decidí apresurarme en continuar esta historia .

Muchas gracias por su apoyo y comentarios.

Saben, debo aclarar que esta historia no es tan melosa como las demás que he hecho hasta ahora.

Tendrá momentos dulces y rosas pero en la mayoría del tiempo es Angs, así que pase lo que pase no se decepcionen, que conforme la historia avance, las cosas se comprenderán.

Cuídense y espero que el capitulo haya sido de su agrado, su amiga:

KATRINNA LE FAY