Gui: Este fic participa en el reto #85 Tomaré otro Camino, del foro Alas Negras, Palabras Negras. Gracias por los reviews a Dani Valdez y jean d'arc. Segunda parte un poco dura de hacer, pero muy interesante.
Disclaimer: Los personajes no me pertenecen. Espero no habérselos estropeado al guapo de George Grrr Martin.
Tu sueño se hará realidad
Segunda
Dos reyes y una reina
Cersei amaba los torneos. Los caballeros en sus armaduras, las justas en las que ganaban los mejores. Simplemente le habría gustado poder participar en ellas. Lo único que ella podía hacer era sentarse en la tribuna y esperar a que su marido le hiciese el gran honor de nombrarla dama de la belleza. A ella, imagen misma de la fertilidad, quince años, con la pequeña Rhaella en brazos. Ella apenas tenía un año.
Pero alguien estaba de guardia ese día en el papel de "dama de la belleza" y no era Cersei. Rhaegar llegó con su montura brillante y su armadura brillante de brillante sueño hecho realidad… Había vencido a todos los participantes, a hermanos juramentados, a soldados curtidos y jóvenes rabiosos. Al caballero del Arbol Sonriente, en el que Cersei se imaginaba a sí misma.
La corona de flores invernales en la punta de su lanza resplandecía. Cersei estaba preparada para recibirla sobre su regazo. Pero Rhaegar desvió la estaca y le dio la corona a Lyanna Stark.
Ultraje. Vergüenza. Humillación. Jamás nunca nadie le había dado una sorda bofetada tan violenta como aquella.
Cuando vio la lanza desviarse no entendió lo que pasaba. Quizás Rhaegar no la había visto. Pero luego estuvo claro que la lanza tenía rumbo y el horror invadió a Cersei por todos los rincones de su cuerpo. Tanto que se le embotaron los oídos. Ya no oía nada, ni el jolgorio de los pobres al fondo, ni las conversaciones cordiales de los nobles, ni los relinchos de los caballos, ni las armaduras chocando entre sí. El espacio se había parado y el tiempo sólo transcurría alrededor de la lanza y la corona de flores. Y ahí estaba, la joven Stark, vestida de azul claro al lado de su hermano de pieles. Cersei lo adivinó antes de que la corona llegara a su destino.
Rhaegar sólo había ganado porque Jaime no era caballero juramentado. Pero lo habían nombrado para la Guardia Real y su puesto le aportaría gloria. En toda justa en la que participase vencería, incluido al príncipe de los dragones, con su cabello blanco y su jubón rojo. Le vencería, porque la rabia de Cersei pelearía con él. Y la coronaría reina de la belleza a ella.
Poco a poco le volvieron los sentidos a Cersei, porque se le fue el color de la cara a la mitad de la audiencia. Lyanna sonrió como una idiota. Robert Baratheon, su prometido, se levantó y se marchó de forma ostentosa. Cersei mantenía su posición erguida y a Rhaella contra sí.
El resto del tiempo pasó, no sabe muy bien cómo. Intentó no escuchar ningún comentario, siguió con la cabeza bien alta, y se fue en pos de Rhaegar que la vio venir con aprensión y la metió, pequeña niña insufrible, en sus aposentos para que no se oyese tanto el ruido de la discusión que sabía que venía.
Cersei le gritó de todo, le arrojó de todo y Rhaegar la miró sorprendido de ver tanta rabia en una niña tan pequeña. ¿Quién te crees que soy?, le preguntaba ella, con desprecio. Rhaegar no vivía en el mismo mundo. No le importaba quién fuese Cersei. No le interesaba, por muy rubia que fuese. No la respetaba siquiera. Quería ser un hombre y no tenía las agallas de hacerlo. No como Lyanna. Lyanna sí era excpecional.
Una vez se hubo desahogado, Cersei dejó marchar a Rhaegar y anunció que no quería verle. Su rabieta, sin embargo, fue tomada al pie de la letra. Aerys la mandó con la reina y el príncipe Viserys a Desembarco del Rey, con la compañía, por lo menos tendría consuelo, del recién nombrado Jaime Lannister, Hermano Juramentado de la Guardia Real. Cersei no supo nada de Rhaegar durante un tiempo y le vino bien. Mientras tanto, besaba a Jaime en cuanto tenía ocasión, aunque no se atrevía a más en aquel lugar en el que los muros tenían oídos, porque Aerys se estaba volviendo más y más paranoico.
No tuvo noticias de Rhaegar. Ni las quería. Por ella que se fuese a jugar a las guerras y a arrancarle notas melancólicas a sus instrumentos musicales. No recordaba por qué le había parecido tan guapo y perfecto. Miraba a su hijita Rhaella y veía en ella un sueño hecho realidad, y quería llorar. Mira que son estúpidos los sueños de las niñas de diez años.
En su sueño no aparecían esos soldados de caras hostiles, los pasillos vacíos, la soledad de las habitaciones luxuosas, Rhaella llorando todas las tardes a la misma hora. Tampoco estaba Aerys en su sueño, un hombre roto por su vida, destrozado por sus pensamientos, heredero de un linaje maldito que llevaba en la sangre a parientes matándose entre sí y a dragones destrozando el mundo.
Fue en aquella época en la que Cersei vio por primera vez el fuego valyrio devorar por completo a una persona. Había oído hablar del tema, pero el día que lo vio, se le revolvieron las tripas. Jaime montaba guardia e impedía a potenciales familiares o amigos acercarse a la víctima. Cersei no supo qué pensar. Quizás eso era el poder. Poder quemar vivo a un súbdito por conspirar contra él. Pero no las tenía todas consigo. No con aquellos alaridos insoportables y Rhaella gateando por los pasillos del mismo castillo.
Jaime le lanzaba miradas preocupadas, eso seguro.
Pero esas torturas no la afectaban, no tocaban a sus ideales ni a sus preocupaciones. No hasta la tragedia de los Stark.
Cersei no se había enterado de nada, y por eso mandó cortarle un dedo a su espía personal. Necesitaba más gente que le contase lo que ocurría, o no iría a ningún lado. Cuando oyó a Brandon Stark y sus leales compañeros insultar a su marido desde la ciudad hacia la Fortaleza Roja, ya era demasiado tarde. ¿Cómo podía acaso preguntar "¿por qué insultan a Rhaegar? ¿Qué ha hecho esta vez?"? La humillación volvió a ruborizarle las mejillas. Ella era la última que se enteraba, como siempre. Tuvo que recurrir a una doncella de la que no se fiaba. Dio resultado, y Cersei le cortó la lengua.
O sea que al final, Rhaegar se había fugado con Lyanna Stark. Vaya un príncipe. Que cuides a nuestro hijo, que es el príncipe que salvará el mundo. Qué estupidez, creer en leyendas y profecías. A quién se le ocurre. Quizás le decía lo mismo a Lyanna mientras le hacía el amor. El fruto de nuestro acto será el príncipe que salvará el mundo.
El mundo no necesitaba salvación. Llevaba ya mucho tiempo perdido.
Prueba de aquello fue el cómo Aerys capturó a Brandon Stark y sus amigotes. Cómo mandó llamar a sus padres. Cómo resolvió el problema del juicio por combate.
Cersei tenía la entrada prohibida por Jaime, por órdenes de Aerys, pero se coló igual a escuchar la sentencia. Entró en la sala justo cuando Aerys pronunciaba las terribles palabras: el capeón de los Targaryen será el fuego. La joven princesa volvió a oír los gritos de los supliciados por el fuego valyrio, y volvió a temer por Rhaella. Pero le pudo la curiosidad. Mató a la madre que había en ella y que quería huir del palacio con las manos en los oídos y los ojos de su hijita. No podía huir sin Jaime, y Jaime tenía que quedarse.
Ante ella, escondida entre múltiples cabezas con el pelo en una tela oscura y un vestido poco vistoso, montaron la máquina infernal. Brandon Stark pedía la cabeza de Rhaegar por haber deshonrado a su hermana. Cersei estaba de acuerdo con él, porque Rhaegar la había deshonrado sobre todo a ella misma. El deshonor siempre venía de los hombres, y siempre afectaba a las mujeres. Y Aerys le ató una soga al cuello, dejó una espada no muy lejos, pero no muy cerca, y colgó al padre inocente, al que le habían robado la hija y a quien le querían robar al hijo, sobre la hoguera. Padre valiente, que cumplía con su deber. Padre presente, que luchaba por sus hijos.
Si Cersei hubiese tenido a Lord Rickard Stark de padre, no se habría fugado con un príncipe. No habría iniciado una guerra estúpida. Quizás habría podido disfrutar. Quizás habría podido ser… Poco importaba eso entonces, ya que Cersei no tenía por padre a Lord Rickard Stark, y por eso, Lord Tywin Lannister no moriría quemado viendo a su hijo estrangularse a si mismo intentando salvarle.
No cerró los ojos. Se tomó la afronta como algo personal. Brandon y Rickard Stark representaban su orgullo y su integridad de mujer y Aerys y su fuego representaban el menosprecio de Rhaegar. Y miró todos y cada uno de los instantes terribles que actualizaron su propia tragedia personal. Cuando todo acabó, a Cersei le brotó el odio en el estómago.
Pasaron los días, como si aquello fuese posible, y la gente huía de la ciudad. Robert Baratheon se alzó en armas contra Aerys, y Cersei deseó que venciese. Y pareció vencer. Incluso mató a Rhaegar, que sin querer se encontraba en el bando de su padre, cuando siempre había querido derrocarlo. Estúpido Rhaegar. Menos mal que no eras tú el príncipe que salvaría al mundo.
La única procupación de Cersei era su papel de rehén en todo aquello. Y como había pensando viendo morir a Rickard Stark, no creyó que su padre viniese a ayudarla. Respondió a la llamada de Aerys como aliado y se presentó ante las puertas de Desembarco del Rey con un ejército. Les abrieron las puertas.
La ciudad no se movía como habitualmente, bajó el balcón de los aposentos de Cersei. Tywin Lannister avanzaba por las calles con una lentitud que hacía gritar a Cersei. Ella sólo tenía a Rhaella y guardias (que no Jaime, guardias cualesquiera alejados de los Lannister) ante su puerta. No sabía qué pasaba. Oía el silencio y se volvía loca.
Pero sí oyó los gritos y vio llegar a ser Gerold Hightower con órdenes de matarla. ¿Qué había hecho su padre? Ser Gerold tuvo la bondad, según sus propias palabras, de dejar a Rhaella con su ama y coger sólo a Cersei. La arrastró ante la sala del trono, desde la cual, según le informó, la llevarían a las almenas del castillo para que su padre la viera morir quemada. Cersei se debatió todo lo que pudo, pero los hombres de Ser Gerald era muchos, y hombres, y fuertes, y decididos. Sin un guisante de cerebro en la cabeza.
Ser Gerald irrumpió en la sala del trono seguido por sus guardias, listo para anunciar al rey que tenía a la princesa Lannister. Pero no quedaba rey al que anunciarle aquello. Ser Jaime Lannister, dieciséis años, miembro más joven y reciente de la Guardia Real, le sacaba en esos momentos la espada de la espalda al rey Aerys. Difunto rey Aerys. No la matarían. Jaime la había salvado. No la matarían.
El alivio duró poco. Los guardias de ser Gerold soltaron a Cersei que pudo gritar el nombre de su hermano mientras lo veía acorralado por tantas espadas como hombres le impedían moverse. Ante sus ojos, vio la batalla más hermosa que vería jamás. La lucha por su vida de un fogoso joven que estaba destinado a ganar todas las justas del mundo. Ningún torneo le proporcionaría a Cersei la visión de la fuerza en estado puro. Jaime se llevó por delante a cuatro de los seis guardias. Hasta que se les unió Ser Gerold.
Ser Gerold, de joven, tenía una reputación monstruosa. Casi mayor que la que sólo empezaba a tener Jaime. Cersei, ante tal superioridad numérica, no veía una salida eficaz para su hermano. Y nadie, nadie venía. Las tropas de su padre saqueaban la ciudad, y su padre no era consciente de lo precario de la situación de su hijo más preciado. Cersei no podía dejar de mirar, así que no podía pedir ni proporcionar ayuda alguna. Sólo seguía con los ojos cada movimiento de la espada de Jaime y unía su fuerza a la de él.
Ser Gerold hirió a Jaime, y Jaime hirió a ser Gerold. Un guardia aprovechó el momento para asestarle más golpes y heridas a Jaime. Le hizo tropezar con el cuerpo de uno de los soldados que había matado. Ser Gerold, medio tumbado en el suelo, asintió con la cabeza, y el guardia le hundió la espada en el cuello al verdadero príncipe de Cersei, a su hermano gemelo, a su media naranja. Es posible que Cersei gritara. No lo oyó. El guardia que mató a Jaime se arrodilló ante ser Gerold y le impidió morir.
Cersei, arrinconada contra la pared, vio al segundo guardia saltarle a la yugular. Fue entonces cuando ser Gregor Clegane decidió hacer su aparición en la sala y matar a los caballeros que quedaban vivos. Salvó a Cersei, pero Cersei quería morir, en el mismo día, en la misma hora que su hermano, como habían llegado al mundo. No le concedieron ese deseo. El cupo de sueños cumplidos por persona es pequeño.
Tywin hizo de su hijo un héroe a los ojos de Robert Baratheon, al que nombraron rey. Se agenció la muerte de Aerys como demostración de su lealtad a Robert. Y luego se enfrentaron al problema que representaba Cersei, destrozada en sus aposentos, y sobre todo su hija Rhaella, posible candidata al trono.
Podían casar a Cersei con Robert. Pero Rhaella era un problema. Si Robert tenía un hijo, lo casarían con Rhaella. Esa sí era una solución posible. ¿Podían volver a casar a Cersei? Ella no parecía por la labor. Robert tampoco estaba por la labor de casarse con quien fuera después de la muerte de Lyanna Stark. A Cersei aquello le provocó nauseas.
No encontró en su cuerpo fuerzas para luchar por ella misma. Su padre se la llevó a Roca Casterly donde su hermano Tyrion no se rio de ella. Por una vez. Ella no le hizo el menor caso. Por una vez. Rhaella se quedó en la Fortaleza Roja y le regalaron un gatito, pero no la dejaron salir. Robert se casó con Elia Martell. Cersei se dejó morir un tiempo, pero el tiempo lo cura todo, y alimenta el odio. Si algo le quedaba a Cersei era una hija. Una hija del príncipe. Una hija heredera. Una hija a través de la cual Cersei todavía podía ser reina.
Aquí os dejo 2399 palabras. Lo que hace un total de 4408 palabras para el reto. Cabe cabe.
Me gusta el cariz que ha tomado este final. Casi me apetece contar esta historia. Ya me diréis.
Gui
SdlN
