DULCE Y AMARGA NAVIDAD

Por Cris Snape


La Fea

Madrid, 24 de Diciembre de 1984.

Su jefe era un cabrón. Se parecía al viejo amargado de ese libro que tanto le gustaba a su hijo, el que recibía la visita de unos fantasmas y terminaba volviéndose bueno. Desgraciadamente, estaba bastante seguro de que don Felipe nunca cambiaría. Era un explotador y un facha que se pensaba que sus empleados eran esclavos. El sueldo que les pagaba era una mierda, les obligaba a firmar las pagas extraordinarias pero sin pagárselas y en la vida les había abonado las horas extra que debían hacer para no ser despedidos. Ni siquiera en Nochebuena tenía piedad y allí estaba él, llegando a su casa casi a las nueve de la noche. Tendría que ducharse a toda prisa y salir pitando a casa de sus suegros. Seguramente lo recibirían con malas caras y le lanzarían pullas envenenadas, pero tenía que aguantar. Por la parienta y los críos.

Aparcó el coche en el descampado que había frente a su bloque de pisos y pensó que los del ayuntamiento ya podrían darse prisa y alumbrar la zona correctamente. Llevaban meses dándoles largas, diciendo que ya se ocuparían de eso cuando se construyeran los otros edificios que había planificados.

Pensaba que el día no podía empeorar, pero al darse media vuelta tras cerrar el coche, pisó un excremento de perro. Se cagó en el de arriba y en el de abajo y restregó los pies por la grava del aparcamiento. Maldito fuera su jefe. Si encontrara otra cosa le iban a dar mucho por saco, pero la situación laboral en España era complicada y no era cuestión de perder el trabajo. Si al menos le subieran un poco el sueldo, podría sacar adelante a los críos y ocuparse de otros asuntos.

—¡Hombre, César! Al fin llegas.

Se estremeció de arriba abajo. Frente a él había tres hombres a los que no había visto al llegar, aunque tampoco le extrañó. Sabía perfectamente lo que eran porque en su familia siempre se había hablado de la magia. Su abuelo paterno fue un squib y siempre había tenido la esperanza de que algún hijo o nieto le saliera brujo, pero no fue así.

César siempre supo que era un error pedir ayuda a aquel tipo, pero estaba desesperado. Si no hubiera pagado la hipoteca un año antes, los del banco les habrían puesto de patitas en la calle a todos. Buscar a un prestamista le sirvió para salir del bache, pero su situación era aún peor que antes. Mucho peor.

Ingenuamente creyó que el Inquisidor le dejaría en paz durante aquellas fechas. Se equivocó. La Navidad le importaba un pimiento. Ya le había concedido una prórroga tres meses atrás y venía a por lo suyo. César recordó los golpes que recibió entonces y sintió como el pánico le paralizaba.

—Tomás. ¿Qué haces aquí?

—No me digas que se te ha olvidado nuestra cita.

A pesar de la oscuridad imperante, César sabía que el hombre estaba sonriendo. Quizá físicamente no fuera como esos tipos imponentes que solían acompañarle, aunque resultaba igual de intimidante.

—Es Nochebuena y pensé que...

No puedo seguir hablando. Tomás Torquemada se acercó a él lentamente y por un instante César tuvo la sensación de que flotaba en el aire. Se aproximó tanto que pronto sus rostros estuvieron pegados y pudo ver perfectamente su expresión. Parecía una criatura diabólica que estaba allí para llevarlo a los infiernos.

—¿Qué pensaste, César? ¿Qué me embargaría el espíritu navideño y dejaría los negocios para otro día?

—Yo…

—¿Tienes mi dinero?

Apenas pudo hablar. La boca se le había quedado seca y estaba temblando como un niño. Tres meses antes pudo darle ciento veinticinco mil pesetas, pero le debía cien mil más. Con su sueldo y los gastos escolares de los críos, le fue imposible ahorrar lo suficiente, menos aún a escondidas de su mujer.

—Tengo cincuenta mil pesetas en casa. Iré a buscarlas ahora mismo.

—¿Cómo has dicho?

—Que tengo el dinero en casa.

Tomás miró a los dos tipos que le acompañaban y se echó a reír. Uno de ellos, un tipo bajito y ancho, le acompañó de inmediato en sus burlas. El otro, un chico jovencito que parecía tener frío, no movió un músculo.

—¿Te estás burlando de mí, César?

—¡No! Yo… Necesito más tiempo, Tomás. Unos meses más y…

Torquemada le interrumpió agarrándole fuertemente por el cuello. César se quejó cuando su espalda se topó bruscamente contra un coche y luchó por controlar su miedo, cosa que le resultaba imposible porque sabía que la noche iba a acabar muy mal. Hubiera preferido mil veces tener que escuchar las sandeces de sus suegros y cuñados.

—Ya te concedí una prórroga, César. Soy bueno, pero no tonto. Cincuenta mil no bastan. Quiero mi dinero y no admito más excusas.

Le hubiera encantado ser un brujo para poder multiplicar los billetes que tenía escondidos en el bolsillo de uno de esos trajes que nunca se ponía. Le hubiera encantado volver atrás en el tiempo para resignarse al desahucio y a las habladurías de la gente. Le hubiera encantado no haber visto jamás a Tomás Torquemada, el Inquisidor, pero nada de eso era posible.

—Por favor.

Torquemada le miró unos segundos y le dio un empujón que le hizo trastabillar. César supuso que sus secuaces le darían una paliza que seguramente le dejaría medio muerto, así que le sorprendió enormemente que el prestamista sacara una pistola.

—Feliz Navidad, César.

El arma tenía silenciador, así que el ruido del disparo no fue escuchado por ninguno de sus vecinos. César no sintió nada al principio, pero el dolor no tardó más de unos segundos en aparecer. El Inquisidor le había dado en el estómago y le esperaban varias horas de horrible agonía.


A Tomás le iban las jovencitas. Antes de volver a su ático en el centro de la ciudad, se pasó por su prostíbulo favorito y escogió media docena de chicas, las que más le gustaron. En opinión del Inquisidor, la mejor Nochebuena debía pasarse rodeado de putas, bebiendo whisky de fuego y esnifando cocaína.

Ricardo estaba sentado junto a la ventana, observando el tráfico nocturno y sin pronunciar palabra. Dos de las chicas se le habían acercado para hacerle algunos mimos, pero se sentía demasiado asqueado para hacerles caso. Perfectamente se hubiera ido a su casa después de lo ocurrido con el desgraciado aquel, pero debía permanecer junto a Tomás. Últimamente andaba un poco mosca con él y no podía permitirse esas sospechas.

—Vallejo —Ese era Marcelo, el orangután descerebrado que le reía todas las gracias a Torquemada—. ¿Quieres?

Señaló las rayas de coca que había estado preparando sobre la mesa de cristal. Ricardo nunca tomaba drogas, así que se Marcelo limitó a encogerse de hombros antes de esnifar esa mierda y abalanzarse sobre una de las prostitutas. El desagrado de la chica era patente, pero no estaba de humor para preocuparse por ella. Estaba allí por dinero, ¿por qué tendría que darle pena?

—Te noto un poco apagado esta noche, Ricardo.

Miró a su jefe. Acababa de abandonar su dormitorio y sólo traía puesto un batín de seda que, francamente, era de lo más hortera. Ricardo sabía que se había metido allí con tres de las chicas y se preguntó, con cierta maldad, si habría sido capaz de satisfacerlas a todas.

—Si no hay ningún trabajo pendiente, creo que me voy a ir.

—Entiendo. Marce es una pésima compañía.

—Y además está intentando follarse a esa tía.

—¡Bah! Dudo que lo consiga —Tomás se acercó a la mesa para esnifar un poco de droga y a continuación le palmeó el hombro—. Puedes irte. Esta noche no ha salido como yo esperaba, pero ya no te necesito.

—Gracias tío.

Las putas muggles no hacían viable la desaparición, así que se encaminó hacia la puerta. Antes de salir, Tomás elevó un poco el tono de voz.

—Mañana tienes el día libre. ¡Feliz Navidad!

Ricardo sonrió tensamente y se fue. Una vez en el portal, se aseguró de que nadie le veía y se apareció en su propia casa. Cerró los ojos con fuerza, intentando alejar los recuerdos de esa noche de su mente e incluso estuvo a punto de llamar a una ambulancia. Apenas habían pasado dos horas desde lo de César Méndez, así que era posible que estuviera vivo y los médicos pudieran hacer algo por él. Llegó a plantarse frente al teléfono, pero se arrepintió en el último momento. Lo sentía por ese desgraciado, pero no podía permitirse ningún error a esas alturas. Cada día estaba más cerca de librarse de Torquemada y los demás y, aunque la muerte de César sería una desgracia, muchas otras vidas podrían salvarse si lograba su objetivo. Debía ser paciente y centrarse en lo importante. Sólo eso.

Se dejó caer en el sofá. Apenas pudo dejar la mente en blanco durante cinco minutos, hasta que vio el rostro agonizante de César y las tripas se le revolvieron. Ni siquiera pudo llegar al cuarto de baño y vomitó sobre la alfombra raída de su diminuto apartamento. Se recompuso como pudo, consciente de que tomarse cualquier cosa para calmar su malestar sería inútil. Quizá hablar con don Julio Cabrera le haría bien, aunque no podía joderle la noche a él también. Seguramente a esas horas estaría en la iglesia, inmerso en la Misa del Gallo y celebrando la llegada de Dios al mundo.

Ricardo sonrió con amargura. Tampoco quería pensar en eso, pero envidiaba a aquellos que podían pasar esa noche en familia. Él no tenía una familia. Su madre llevaba muchos años muerta, su padre seguía en la cárcel y no tenía a nadie más. Normalmente no le importaba estar solo, pero la Navidad siempre le amariconaba un poco. En cierta ocasión, cuando era un chaval, estuvo a punto de pedir ayuda a aquella sanadora. Amaia Vilamaior.

Sara…

¿Por qué siempre se acordaba de Sara cuando era Navidad? La imaginaba perfectamente en su casa de la sierra, con su familia, todos cenando copiosamente y siendo felices. A lo mejor él hubiera podido tener todo aquello. O a lo mejor se hubieran hartado de él a las primeras de cambio y Ricardo estaría en el mismo sitio pese a haber aceptado su ayuda cuando tuvo ocasión de hacerlo.

Tiró de su jersey hacia arriba y acarició la cicatriz de aquel navajazo que le dieron por culpa de Torquemada. Sí, Tomás era un auténtico cabrón pero en cuanto se librara de él, Ricardo podría tomar las riendas de los negocios. No habría más Césares moribundos en mitad de la noche, ni más cargamentos de droga ocultos mágicamente, ni más niños muertos. Cuando tuviera el control, todo sería mucho mejor. Aún tenía mucho trabajo por delante, pero lo iba a conseguir porque siempre lograba hacer realidad sus objetivos. Era un luchador nato. Todo un Vallejo.

La desagradable visión del vómito le sacó de su ensimismamiento. Agitó la varita para limpiarlo y justo en ese momento el teléfono sonó cuatro veces. Sonrió, en esa ocasión mucho más contento. Era Lorenzo Salcedo y le citaba en el sitio de siempre.


—¡Joder, Salcedo! ¡Qué elegante te has puesto esta noche!

Pese a no estar de humor para jaranas, Ricardo se mostró alegre y despreocupado frente a su colega. O al menos lo intentó, porque Salcedo le miró con los ojos entornados y no necesitó abrir la boca para dejarle claro que no se creía sus milongas. Resultaba inesperado que hubieran llegado a conocerse tan bien en tan poco tiempo.

—No he venido para hablar sobre mi vestimenta, Vallejo. Ni sobre la tuya.

Miró sus zapatos y arrugó la nariz. Ricardo se dio cuenta entonces de que tenían restos de vómito y se apresuró a limpiarlos, logrando que su acompañante se riera por lo bajo. Quiso decirle que era un idiota, aunque dudaba mucho que fuera a afectarle en lo más mínimo.

—¿Ha pasado algo?

—La Fea está muerta.

Bien. Ricardo apenas había tenido ocasión de tratar con ella, pero Salcedo la conocía bien y no tenía reparos a la hora de decir que era una auténtica hija de puta. Se ocupaba de repartir las drogas en la zona sur de Madrid y le gustaba torturar salvajemente a sus víctimas antes de matarlas. Ricardo dudaba que alguien lamentara su muerte.

—Provenzano es más gilipollas de lo que pensaba —Espetó, sonriente y satisfecho porque el plan hubiera salido bien.

—No te pongas chulito, Vallejo. Hemos tenido suerte y punto.

Ricardo no creía que lo ocurrido fuera cuestión de suerte. Salcedo y él se habían pasado medio año dejando pistas para que Bernardo Provenzano creyera que una de sus socias más importantes era una traidora y ahí estaba el resultado. Una menos. La victoria estaba cada vez más cerca.

Ahora era turno de Tomás. Algo se removió en su interior porque realmente le tenía ganas y no veía el momento de presenciar su caída. Sólo esperaba que el auror López cumpliera con su deber.

—¿Quién se va a quedar con la distribución en su zona?

—Yo.

Aquello era la guinda del pastel. Ricardo estuvo a punto de saltar de alegría y logró olvidarse de lo ocurrido con César. Lo habían pasado muy mal en los últimos dos años. Loren y él habían trabajado muy duro para llevar a cabo el plan y era maravilloso que todo les fuera tan bien.

—La guerra va a empezar. ¿Quieres seguir adelante con esto?

Salcedo asintió secamente. Nunca le había dicho por qué aceptó aliarse con él, pero había que ser muy tonto para no darse cuenta de que todo el asunto del crío de Provenzano le había afectado muchísimo. Como enemigo había sido terrible y más de una vez habían intentado matarse el uno al otro, pero como aliado era una bendición. Durante un tiempo, Ricardo pensó que era tan idiota como Marce, pero resultó ser mucho más listo y astuto de lo que parecía a simple vista.

—¿Cómo llevas lo de Torquemada?

—Casi lo tengo.

—Pues date prisa. Estoy hasta los cojones de todo esto.

—La paciencia es una virtud, Salcedo.

—¿Quién te ha dicho eso? ¿Un cura?

—Pues sí.

—Pues la mía se está agotando, Vallejo.

Ricardo sonrió y le palmeó un hombro. Le apetecía invitarle a una copa, pasar el resto de la noche con alguien que mereciera un poco la pena, pero si alguien les veía juntos estaban muertos. Los dos.

—Ya hablaremos después. Me vuelvo a casa.

Salcedo asintió y no añadió nada más antes de desaparecerse. Siempre hacía lo mismo. A Ricardo le gustaba chincharle asegurándole que era un maleducado, aunque cada vez lo hacía menos porque en cierta ocasión terminó siendo víctima de un hechizo bastante incómodo. "Mira lo maleducado que soy, mocoso", y Ricardo supo lo que era tener un grano en el culo. Literalmente.

Aquella Nochebuena empezó de la peor manera posible y terminaba muy bien. Al fin podía ver la luz al final del túnel y, cuando regresó a casa, durmió sin pesadillas.