CAPÍTULO 2
Casi lo logró. Avanzaba por el sendero ya cerca de su casa, con la cabeza agachada hacia la nieve cuando oyó el ruido del auto e instintivamente, empezó a apartarse del camino. La nieve lo había hecho resbaladizo y perdió el equilibrio, Kurt patinó y cayó al suelo con un golpe que le robó el aliento. El ojiazul oyó que el auto se detenía y que luego se cerraba una puerta, pero fue hasta que él se acercó y lo ayudó a levantarse que se dio cuenta de quién era el que lo estaba auxiliando.
—Blaine!
El nombre escapó de sus labios y su cuerpo se puso rígido. Ocho años no lo habían cambiado en absoluto, excepto para hacerlo aún más imponente. Todavía irradiaba esa aura de energía contenida que lo había excitado y fascinado en el pasado; el negro cabello era tan abundante y brillante como siempre y los ojos miel-ámbar poseían aún su magnético poder.
'Oh, Dios!', se lamentó en silencio. ¿Por qué, si debía encontrarse con Blaine, no se había puesto algo más sofisticado y llamativo que esa vieja sudadera y los raídos pantalones de pana? ¿Por qué tenía que volver a toparse con él sin el aplomo que había llegado a adquirir en los ocho años anteriores, en lugar de esa apariencia tan parecida a la que tuvo cuando era adolescente?
—Kurt, ¿te encuentras bien?
Blaine parecía preocupado, y cuando después de sacudirse la nieve del rostro y las ropas, Kurt lo miró, vio que él sonreía de la misma manera en que solía hacerlo en aquellos días, cuando trató de transformar el afecto de ese hombre, en algo más íntimo. Mientras el castaño contemplaba esos ojos preocupados, casi pudo convencerse de que aquella espantosa noche de verano nunca había sucedido.
El ojiazul se puso tenso y rechazó su ayuda para levantarse. Su voz estaba llena de indiferencia.
—Estoy bien, gracias.— Siguió hablando con una dureza que desvaneció la sonrisa de los labios del médico. —¿Siempre conduces sin pensar en la seguridad de otros? No es precisamente la conducta que uno podría esperar de un honorable miembro de la profesión médica.
Blaine lo estudió con seriedad.
—Conducía lo bastante despacio para detenerme a tiempo, y además casi nadie usa este sendero.— Señaló con calma.
Kurt sabía que estaba exagerando su reacción, pero era la única manera de controlar el impacto de verlo otra vez.
Los ojos ámbar escudriñaron el rostro pálido y las piernas temblorosas del joven, y el ceño de preocupación de Blaine volvió a hacerse evidente.
—¿Estas seguro de que te sientes bien?— Extendió una mano para ofrecerle ayuda, pero Kurt retrocedió de forma instintiva.
—Sube al auto.— Dijo el médico, sin dejar de observarlo. —Te llevaré a casa. No me tomará ni un minuto y como tu médico familiar...
—¡No eres mi médico!
Kurt pronunció las palabras antes de poder contenerlas y ambos se miraron fijamente por un momento; Kurt tenso y Blaine con los ojos entrecerrados y una expresión indescifrable.
—Kurt.— Su voz era cortante ahora y su gesto severo. —Escucha, no tiene caso quedarnos aquí discutiendo. Falta casi un kilómetro para llegar a tu casa. Aun cuando no te hayas lastimado, una caída como ésa suele producir una conmoción.
El castaño comprendió que era infantil y absurdo discutir con él, especialmente cuando sus nervios estaban tensos como cuerdas de violín y su corazón latía tan rápido, que casi le impedía respirar. Blaine tenía razón, sufría una conmoción, pero no a causa de la caída.
Con un leve encogimiento de hombros, se encaminó al auto. Blaine lo siguió y le abrió la puerta. Al hacerlo, su brazo lo rozó y Kurt retrocedió como si hubiera sido tocado por fuego. Totalmente ardiente.
—¿Qué pasa?
—Nada. No me gusta que me toquen, eso es todo.— Demasiado tarde.
Kurt registró la expresión en el rostro de su amigo de la infancia. Lo que había dicho era verdad, y fue la excusa que había usado con demasiada frecuencia. Blaine lo observaba con penetrante intensidad.
De repente, los labios de Blaine se torcieron en una mueca semejante a una sonrisa; esa expresión le confería un extraño y amenazador aspecto. Kurt se sonrojó al adivinar lo que él pensaba.
Perturbado, retrocedió y se apartó del auto.
—No quiero que me lleves, Blaine.— Dijo con voz temblorosa. —Prefiero caminar.— Y antes de darle tiempo a reaccionar, comenzó a andar por el nevado sendero con paso apresurado, sin siquiera pensar en volverse a mirar atrás, temeroso de que él lo estuviera siguiendo.
Era una sensación desconcertante y que le debilitaba las piernas, pero por fin logró llegar a la cerca del jardín, y fue hasta que entró en la casa que oyó que el motor del auto de Blaine se encendía. Comprendió que él debía haberlo vigilado durante todo el camino.
Bueno, como médico que era, no podría decirse que desatendía sus responsabilidades.
Cuando cerró la puerta frontal, su padre llamó desde el estudio.
—Kurt, ¿eres tú?— Al verlo a través de la puerta abierta, alzó las cejas con asombro cuando notó su ropa mojada. —Acaba de marcharse Blaine. ¿Qué te sucedió? Parece que te hubiera caído un iceberg encima.
—Casi.
Burt frunció el ceño.
—¿Estas bien?
—Sí... resbalé en el camino. Por suerte, no sufrí daño alguno.— sólo en mi orgullo. —¿Cómo se encuentra Carole?
—Se está reponiendo con rapidez, en opinión de Blaine, pero se lo podrás preguntar tú mismo esta noche. Él vendrá a cenar.— Miró a su hijo con aire culpable. —Carole lo invitó; le preocupa que viva solo en esa casa junto al hospital. ¡Ya sabes cómo es Carole!
Así que era Blaine quien había comprado esa propiedad que siempre le había gustado cuando era un adolescente. Kurt se sintió abatido al asimilar las palabras de su padre. ¡Sería imposible inventar una excusa para no estar presente esa noche!
—No tienes que preocuparte por la cocina.— Agregó el señor Hummel, interpretando mal la expresión de su hijo. —Carole dice que hay varias cosas ya preparadas en el refrigerador.
—¿Carole está despierta?— Preguntó Kurt. —Creo que subiré a verla.
—Hazlo, hijo. Ha empezado a quejarse de que se siente aburrida, pero Blaine le dijo que tiene que permanecer en cama por lo menos durante otra semana.
Cuando Kurt entró en la habitación que compartían, Carole Hummel se hallaba sentada en la cama, apoyada contra las almohadas. Carole era una mujer preciosa. Por dentro y por fuera. La había llegado a querer tanto! La mujer sonrió con afecto al ver a su hijastro y palmeó la cama, a su lado.
—Ah, ya llegaste, querido. Ven, siéntate a mi lado y platica conmigo. Me muero de aburrimiento aquí en esta cama, pero Blaine insiste en que no me levante.— Observó con cuidado al joven. —Ya sabías que él regresó, ¿verdad?
Carole Hummel tenía más intuición que su esposo, y se dio cuenta de la renuencia de Kurt para tratar el tema del doctor Anderson. Estaba enterada de su enamoramiento de adolescente, por supuesto, y no había podido adivinar qué había provocado que Kurt detestara la simple mención del nombre de Blaine. Sin embargo, conocía demasiado bien al ojiazul para interrogarlo. Así que, con toda calma, siguió hablando como si nada hubiese ocurrido.
—Invité a Blaine a cenar con nosotros. Un hombre que vive solo, rara vez come como Dios manda.
—Tonterías Carole.— La interrumpió Kurt con cierta irritación. —No hay razón alguna por la que un hombre no pueda cuidar de sí mismo tan bien como lo hace una mujer. Mírame a mi.
—Oh, no sugería que Blaine no fuese capaz de cuidar de sí mismo, cariño.— Explicó Carole con gentileza. —Pero él es un médico muy ocupado y estoy segura de que no tiene tiempo para comer como es debido. En el refrigerador hay una deliciosa pasta... podrías servirle eso. Siempre ha sido su platillo favo...
—Deja de preocuparte por Blaine, Carole. Trata de descansar.
...
No fue porque quisiera impresionar a Blaine por lo que se esmeró de forma especial en su arreglo esa noche, se dijo mientras se ponía un elegante pantalón color caqui que había comprado en Nueva York a sugerencia de Sebastian.
A pesar de la simpleza del pantalón, la prenda estaba diseñada para hombres que deseaban impresionar. Caía perfectamente bien en sus caderas. Lo cual era sin duda, la razón por la que Sebastian lo había convencido de que lo comprara, pensó Kurt con una sonrisa irónica, mientras evocaba las dudas que lo asaltaron cuando se lo probó. Eso había sido antes de que Sebastian le confesara sus intenciones; apretó ligeramente los labios al tiempo que se secaba y moldeaba el cabello.
Luego buscó una camisa blanca y para finalizar, un suéter violeta oscuro; tanto la camisa como el suéter mostraban sus tonificados músculos. Se puso de pie y se colocó unos mocasines cafés. No podía evitar sonreírle a su imagen en el espejo. Sí... Ese era el hombre maduro del presente, no el chiquillo que Blaine había humillado; nadie que lo viera ahora podría dudar de su madurez. Al alejarse del espejo no vio la sombra de vulnerabilidad que oscureció sus ojos, ni el leve temblor de sus labios.
El señor Hummel alzó un poco las cejas al verlo entrar en la cocina, pero estaba tan familiarizado ya con la ropa de su hijo y su sofisticación que no hizo comentario alguno. Kurt sacó la pasta del refrigerador y comenzó los preparativos para la cena. No podría evitar sentarse a la mesa con su padre y Blaine, pero tenía la intención de que, una vez terminada la comida, se excusaría con el pretexto de que estaba cansado.
Un intenso dolor, como si alguien le hundiera un puñal en el corazón, lo asaltó al recordar la cálida sonrisa del médico, como si en realidad le hubiera dado gusto verlo. Sin duda un doctor tenía que aprender a ocultar sus verdaderos sentimientos y él debía ser un maestro en ese arte.
Cuando oyó el timbre de la puerta, esperó un momento para que su padre fuera a recibir a Blaine, pero Burt no respondió al llamado, de manera que, reacio, él mismo fue a abrir.
El doctor Anderson se había quitado el traje formal que llevaba cuando se encontraron esa tarde y llevaba puesto un pantalón azul marino, con un suéter de lana y una bufanda gris. El cabello alborotado y sexy y, sus increíbles ojos miel enmarcados por unas espesas pestañas... ¡Alto, Kurt!. Blaine arqueó las cejas al verlo y, por un momento, algo parecido al pesar pareció ensombrecer sus ojos.
—Avisaré a mi padre que estás aquí.— Anunció Kurt con formalidad, apartándose para permitirle el paso. —La cena estará lista muy pronto.
Su padre, saliendo del estudio, se disculpó con Blaine por no haber escuchado el timbre.
—Convencí a Kurt de que cenáramos en la cocina. Nuestro comedor da al norte y, en esta época, siempre está helado. Vayamos a sentarnos.
Kurt se mordió el labio inferior con nerviosismo mientras los seguía. Lo último que deseaba era que Blaine compartiera con ellos la tibia intimidad de la cocina, donde podría observarlo mientras trabajaba. Sin duda, Blaine debía comprender lo difícil que era para Kurt enfrentarlo así, pero Blaine se comportaba como si nada hubiera sucedido, como si nunca lo hubiese lastimado y humillado de tal forma, que su alma había quedado marcada para siempre.
Mientras se esmeraba en dar los últimos toques a la cena, el joven pudo escuchar la charla de los hombres y también se percató de que el médico lo observaba constantemente. "No solo me mira," se dijo Kurt inquieto; "me está observando." ¿Por qué lo estudiaba así? ¿Pensaba que iba a coquetear con él? ¿Creía que todavía sufría de ese enamoramiento adolescente?
—¡Ah! ¡Pasta! ¡Mi platillo favorito!— Blaine sonrió cuando el castaño le sirvió la comida, pero Kurt se negó a responder. —Carole me contó que renunciaste a tu empleo en Nueva York.— Agregó con estudiada indiferencia.
—El hombre para quien trabajaba se marchará a Hollywood.— Respondió de mala gana.
El teléfono sonó en el vestíbulo y el señor Hummel se levantó para ir a contestar. Mientras estuvo fuera de la cocina, Blaine aprovechó la oportunidad.
—¿Qué sucede, Kurt?
El hecho de que tuviera necesidad de preguntarle le robó el aliento al castaño y, antes que pudiera contestar algo, su padre reapareció en la habitación.
Durante el resto de la cena, el médico dirigió su atención casi en exclusiva al señor Hummel. Ocho años antes, Kurt se habría sentido ofendido y hubiera hecho algún pueril intento de participar en la conversación, pero esta vez se alegró de que lo dejaran solo con sus pensamientos.
Después de la cena, Burt invitó a Blaine a jugar ajedrez y Kurt quedó en libertad de ordenar la cocina y luego subir a ver a Carole.
—No necesitas quedarte aquí conmigo, cariño.— Dijo Carole Hummel. —En realidad, estaba pensando en dormirme ya. ¿Por qué no bajas a charlar con Blaine y tu padre?
—Están jugando ajedrez.— Su madrastra rió.
—Recuerdo cómo te fastidiaba que Blaine tratara de enseñarte ese juego. ¿Te acuerdas?
Las memorias que Kurt no quería revivir surgieron en su mente: una imagen de su petulante rostro de adolescente, haciendo pucheros, mientras trataba de desviar la atención de Blaine del tablero de ajedrez hacia él. Eso ocurrió poco antes que Kurt se diera cuenta de la verdadera naturaleza de la extraña inquietud que parecía poseerlo.
—Siempre estabas demasiado inquieto para concentrarte— Agregó Carole con ternura. —Recuerdo que una tarde de domingo, levantaste el tablero y tiraste todas las piezas al suelo.
—Recuerdo que Blaine amenazó con darme una paliza por eso.
—Sí, también lo recuerdo.— La mujer rió y Kurt se preguntó si también se acordaba de cómo había terminado esa desdichada tarde. Él nunca lo olvidó.
Durante varias semanas se vio aquejado por un vago, pero constante sentimiento de aflicción e intranquilidad; quería estar con Blaine, pero cuando se encontraba con él, ya no se conformaba con su vieja y confortable amistad. Demasiado joven e inexperto para analizar sus propias emociones, se refugió en ataques de disgusto, con explosiones de mal humor. La amenaza de Blaine de ponerlo sobre sus rodillas para darle una tunda como castigo, había actuado como un balde de agua fría sobre sus apenas nacientes sentimientos y, desconsolado, Kurt corrió a encerrarse en su habitación, donde estalló en lágrimas.
Al día siguiente, Blaine lo estaba esperando cuando salió de la escuela. Le dijo que lo llevaría a su casa, y luego detuvo el auto en un sitio apartado.
—Lamento lo de anoche, pequeño.— Había dicho con suavidad. —Algunas veces olvido que ya no eres un niño.
Entonces, Kurt se echó a llorar otra vez, pero en esa ocasión no tuvo a dónde escapar y desahogó su desdicha en el hombro de Blaine.
Blaine lo había besado en la frente al soltarlo y le ofreció su pañuelo para que se limpiara las lágrimas. Ese fue el día en que Kurt confirmó que era gay y supo que estaba enamorado de él.
Semanas más tarde le confirmaría a Blaine y a su padre lo que era un secreto a voces... Kurt Hummel era gay. Blaine lo comprendió como nadie, Burt le brindó todo su apoyo. Carole lo abrazó... Finn se...
—Regresa, Kurt.
La voz burlona de Carole lo volvió de golpe al presente y aunque la escuchaba platicar mientras le acomodaba las almohadas y verificaba que tuviera todo lo que necesitaba, Kurt se preguntó qué diría ella si supiera que ya había aprendido a jugar ajedrez. Thad le enseñó. Thad, cuya paciencia lo convertía en un maestro excelente; Thad, cuya paciencia le permitía hacer caso omiso de las continuas infidelidades de su prometido, para el que una interminable serie de breves aventuras sexuales, era tan esencial como el aire que respiraba. Sin embargo, sin Thad, Sebastian sería muy desdichado. Era su pareja, vivían juntos y, a su manera, lo amaba.
Kurt lanzó un suspiro y se encaminó a la puerta. Las relaciones humanas le parecían muy complejas. Cuando era adolescente, había soñado con una vida perfecta que compartiría con Blaine, si él lo amara; imaginó que el amor sería suficiente, que nada más importaba, pero ahora sabía que cada persona tiene sus propias necesidades.
Él en lo particular, era demasiado anticuado en sus principios morales para iniciar una aventura con un hombre comprometido, en especial, un hombre a cuya pareja él conocía, y al que le tenía afecto.
A pesar de que encontraba perturbador el descubrimiento de que Blaine había regresado a Lima, sabía que tomó una decisión correcta al negarse a ir con Sebastian a Hollywood. Ya comenzaba a disiparse el poder magnético que él ejercía en sus sentidos ahora que estaba lejos de su avasalladora presencia. Quizá el deseo que le había recorrido las entrañas se debió más a la necesidad de un hombre inexperto por un despertar sexual, que al deseo que sentía por propio Sebastian.
Desde la humillación recibida por Blaine, él había mantenido su sexualidad bajo estricto control; no era ni sería jamás el tipo de hombre para el que el sexo podía tener un valor propio y muy elevado; pero había ocasiones... en especial a últimas fechas, cuando veía a los amantes abrazados, a las parejas de enamorados que se besaban y acariciaban... en que era asaltado por un intenso deseo, mezclado con una extraña nostalgia.
Y todo era culpa de Blaine; su severidad y desdén hicieron imposible para Kurt que fuese abierto y sincero respecto a sus impulsos naturales; le aterraba la idea de interpretar mal los sentimientos de un hombre y ser humillado otra vez.
Bajó a la cocina y comenzó a preparar una jarra de café para su padre y el invitado. Ya eran más de las diez y sin duda, Blaine recordaba que sus padres acostumbraban acostarse temprano.
Cuando les llevó la bandeja con el servicio, fue evidente que Blaine estaba ganando la partida.
—Me tiene acorralado.— Se lamentó el señor Hummel, con una mueca de fingido enfado, cuando su hijo le entregó una taza de café.
—Hmm.— Kurt estudió el tablero con actitud conocedora. —Otras dos jugadas y no podrás evitar el mate.
Su padre alzó las cejas con asombro, complacido.
—¡Vaya, vaya! ¡Parece que lograste aprender algo mientras estabas en Nueva York!— Volviéndose hacia Blaine, preguntó en son de broma. —¿Recuerdas cuántas veces trataste de enseñarle?
—Hay de maestros a maestros.— Replicó Kurt con acritud, y observó la forma en que Blaine fruncía el ceño al mirarlo.
—Y de alumnos a alumnos.— Replicó el médico con ironía mientras el señor Hummel miraba de uno a otro con cierto asombro. Kurt se alegró de que sonara el teléfono, rompiendo el tenso silencio. Su padre fue a responder la llamada y Kurt estaba a punto de seguirlo, cuando lo detuvo la voz de Blaine.
—Has cambiado, Kurt. ¡Y estoy seguro de que jugar ajedrez no es lo único que aprendiste en Nueva York!
El joven se volvió de pronto, con los ojos relucientes por la ira que Blaine siempre lograba encender en él con facilidad, pero antes que pudiera replicar algo, su padre regresó a la sala, frunciendo ligeramente el ceño.
—La llamada es para ti, amigo. Se trata de Sebastian.
—Mi ex jefe. Supongo que no encuentra algún guión o partitura importante en el archivo.— Sabía que estaba ruborizado y que Blaine lo había notado, pero la llamada de Sebastian lo dejó muy desconcertado.
Se apresuró a responder, enredando con nerviosismo el cordón del teléfono entre sus dedos mientras contestaba.
—Kurt, hermoso, no sabes cómo deseaba escuchar tu voz. Te extraño mucho. Regresa, por favor.
El ojiazul apretó los dientes. Siempre supo que Sebastian era perseverante cuando se proponía algo, pero creía haber dejado muy claro que no debía existir algo entre ellos.
—No puedo regresar, Bass.— Respondió con firmeza y frialdad. —Carole está enferma y me necesita.
—¡Yo también! ¡No sabes cuánto! Vuelve, Kurt.— Él comenzó a temblar. ¡Eso era demasiado, después del encuentro con Blaine!
—Es imposible, Sebastian.— Aspiró profundo. —Y no iría aunque pudiera. Ya te lo dije. Eres un hombre comprometido, y sabes cuánto quiero a Thad.
—¡Demonios! Escucha, Kurt.— De repente fue presa del pánico.
—No, no quiero escuchar más.— Apartó el auricular de su oreja, pero antes de que pudiera colgarlo, oyó a su ex jefe hablar con furia.
—No creas que te dejaré escapar tan fácilmente. Te quiero. te deseo... y puedo hacer que tú también me desees.— Aun con el receptor apartado, las palabras se escucharon con claridad. Kurt cortó la comunicación, estremecido.
—¿Y ese es tu jefe?
La dura voz de Blaine lo hizo volverse para mirarlo fijamente. Al descifrar la expresión del castaño, agregó con voz pausada. —Sólo venía a decirte buenas noches a petición de tu padre. No quise escuchar la conversación... ¿Lo amas, Kurt? ¿Es por eso que regresaste a casa?
—¡Está comprometido! ¡Vive con su pareja!— Gritó él con desesperación, detestándolo por verlo así cuando se sentía tan débil y vulnerable.
—Entiendo.
Sin duda, no fue compasión lo que Kurt pudo ver en los helados ojos color miel. Kurt movió la cabeza, con incredulidad y lo escuchó.
—Si puedo ayudar en algo.
Ocho años antes necesitó su ayuda, pero él lo rechazó; de repente, quiso lanzarle esa acusación al rostro y decirle que él era el responsable de que fuera la clase de hombre en que se había convertido, que era culpa suya que fuera un virgen de veinticinco años, con ideas ridículas y fantásticas respecto al amor y el matrimonio. Pero el sentido común le indicó que la culpa no era toda del médico, de manera que, en lugar de dar voz a su resentimiento, respondió con amargura.
—Deja de tratarme como si fuera tu hermano menor, Blaine. No necesito tu ayuda... ni como hombre ni como médico.
El rostro de Blaine se tornó serio de inmediato.
—Entonces, me despido.— Se detuvo un momento en el acto de pasar frente a Kurt, en dirección a la puerta, y agregó con tranquilidad. —Sólo dime una cosa. ¿Fue él quien te enseñó a jugar ajedrez?
Kurt frunció el ceño, intrigado por un instante.
—No... no fue él.— ¡Qué pregunta tan extraña!, se dijo. Estaba a punto de cuestionar por qué la había formulado, cuando Blaine avanzó hacia la puerta, la abrió y salió antes que Kurt pudiera decir algo.
—¿Ya se fue Blaine?— Preguntó su padre al entrar en el vestíbulo, un momento después. —Es un buen muchacho. Inteligente también.
Kurt arqueó las cejas y regresó al estudio para recoger las tazas vacías.
—Si es tan inteligente, ¿cómo es que ha vuelto aquí para trabajar como un simple médico de pueblo? ¿No le habría ido mejor en Londres?
—En el aspecto económico, quizá.— Aceptó su padre con expresión de reproche. —Pero Blaine sabe que hay cosas más importantes que el dinero. Por ejemplo, la lealtad y el cariño por su tierra natal.
—Creí que tendría más ambiciones, eso es todo.
—Ah, es ambicioso sin duda. De hecho, me estaba hablando sobre sus planes y expectativas. Intenta reunir dinero entre la gente de la localidad para comprar un lugar donde poner una clínica, y luego equiparla con el instrumental más moderno. Yo le prometí ayudarlo en todo lo que pueda con su proyecto. Ah, también le dije que sin duda tú te hallarías dispuesto a ayudarle. Es una buena causa, y estoy seguro de que logrará un gran apoyo de la comunidad. Después de todo, la clínica que Blaine piensa instalar sería un gran beneficio para todos. No piensa cobrar un solo centavo a quien vaya a atenderse ahí. Él correrá con todos los gastos.
El entusiasmo de su padre ante el proyecto del joven médico, no permitió que Kurt le dijera que no estaría dispuesto a hacer algo que lo obligara a encontrarse en estrecho contacto con Blaine. No había estudiado en NYADA para convertirse en el secretario particular de un medicucho de pueblo.
Irritado y molesto con Burt por su falta de intuición, llevó los trastes sucios a la cocina.
