2.-El Callejón Diagon

Aquella noche no pude pegar ojo.

Mis padres me habían dicho que al día siguiente nos pasaríamos por El Caldero Chorreante ,lo que sería mi primera visita al mundo mágico.

¿Cómo sería? ¿Irían todos con sombreros estrellados, o vestidos con ropa normal, como la profesora Mcgonagall?

¿Habría muchos más niños como yo, de padres no mágicos?

Las preguntas bullían en mi cabeza sin parar, y cuando me di cuenta, ya había amanecido.

Fui a la cocina, donde me improvisé un desayuno a base de mermelada de frambuesa y pan de molde.

En el salón, encendí la televisión, preguntándome si en Hogwarts funcionarían los aparatos electrónicos.

-Hermione…¿Qué haces despierta?

Mi madre se acababa de despertar, y estaba mirándome desde las escaleras.

-Nada, mamá, no podía dormir y me entró hambre. Sólo eso.-dije, dándole un bocado a mi improvisado sándwich.

-¿Es por lo del Callejón? Entiendo que estés nerviosa. Yo también lo estaría.-confesó, bajando las escaleras y sentándose a mi lado.-Estamos muy orgullosos de ti, cariño.

-¿Por?

-¿Cómo que por? ¡No todos los padres pueden presumir con que su hija es una brujita en ciernes!

-¡Mamá! ¡¿No se te ocurrirá…?

-¡Hermione, por el amor de Dios! ¡Es broma!- dijo, riéndose.

-Ah…-fue mi escueta respuesta, tras la cual comencé a reír yo también.

-Bueno, ¿qué te parece si nos preparamos un poco?

-Vale. ¿Y papá?

-Vete yendo a la habitación, dúchate y vístete. Yo mientras avisaré a papá.

-Está bien.

Subí a la habitación, me di una rápida ducha, y me puse unos vaqueros con una sencilla camisa blanca, y mi collar favorito: mostraba una serpiente y un león entrelazados, y colgaba de una cadena de oro.

Mis padres me esperaban en el porche.

-¿Lista?-preguntó mi padre, sonriendo.

-¡Listísima!- aseguré yo, esbozando una sonrisa aún mayor que la de mi padre.

Cogimos el coche, y tomamos la carretera a Londres.

Habíamos decidido pasar la noche con unos parientes que vivían por allí, eran primos segundos de mi padre, o algo así.

Cuando llegamos, era la hora de comer, así que apenas había nadie por la calle.

La calle Alley no quedaba muy lejos de donde nos alojábamos, y enseguida distinguí una puerta negra con un cartel que rezaba "El Caldero Chorreante."

-Aquí es.- dije, empujando la puerta.

El local no estaba muy iluminado que digamos. El humo que desprendían las pipas de algunos de los magos presentes se mezclaba con el aroma a alcohol, lo que cargaba el ambiente de una manera prácticamente insoportable.

-Ese debe ser. Iré a preguntar.- dijo mi madre, tan decidida como siempre. Era una de las cualidades que, afortunadamente, había heredado de ella- Perdone…

-¿Si?- respondió el hombre de detrás de la barra.

-Verá, somos…Muggles, hace poco descubrimos que nuestra hija es una bruja. Nos dijeron que usted nos ayudaría a llegar al Callejón…

-¡Ah, sí, sí, por supuesto!

Nos llevó hasta una especie de almacén que se encontraba tras la posada, y allí nos indicó los pasos.

-Verán, de momento, y hasta que su hija controle su varita, me lo podrán pedir a mí. Pero cuando la posea, tendrá que darles un toque a estos ladrillos exactos.

El hombre tocó una serie de ladrillos (que me apresuré a memorizar), y la pared de ladrillos se vio convertida en 3 gruesas columnas.

-Bienvenidos al Callejón Diagon.

Un infinito callejón se extendía ante nosotros.

Decenas de magos y brujas efectuaban sus comprar: algunos eran como yo imaginaba que era la gente mágica, otros parecían muggles normales y corrientes (tal vez lo fueran, eso no se podía saber).

-El Banco Gringotts es aquel edificio del fondo, allí podrán canjear su dinero. Bueno, está bastante bien indicado, así que…¡Buena suerte!

-¡Gracias!- respondieron mis padres al unísono.

-Será mejor que empecemos por el principio. ¡Al banco Gringotts!- dijo mi madre.

Según íbamos avanzando a través del Callejón, mis ojos se movían más y más rápido de un lado a otro.

Quería verlo todo: la tienda de dulces, la sastrería, la tienda de mascotas…

-Hoy no, cariño. De momento, solo compraremos lo necesario.- dijo mi padre.

-Vale…

Cuando entramos en Gringotts, noté el tremendo contraste entre este y la posada.

Todo era de un color dorado blanquecino, y estaba inmaculado, excepto las lámparas de araña del techo.

Eso se debiera, probablemente, a la estatura de sus empleados.

¿Enanos? ¿Elfos? ¿Gnomos?

Me decidí a averiguarlo en cuanto pudiese.

Tal vez empezara con desventaja, pero eso no me impedía ser la mejor de la clase, por mucho que fuera el mundo mágico.

-Disculpe…- dijo mi padre a una de las criaturas- Querríamos cambiar dinero muggle por dinero mágico.

-Mostrador número 5, señor.- respondió, con un cierto tono de desprecio, y señalando hacia la otra punta de la sala.

-Está bien, gracias.

Nos dirigimos hacia el mostrador, donde nos atendió alguien considerablemente más amable.

-Si…500 libras, ¿verdad? Bueno, esto se traduciría en unos 150 galeones. ¿Es para realizar las compras de Hogwarts?

-Sí, para primer año.

-Será suficiente.-dijo, entregándonos una pesada bolsita que contenía 50 monedas de oro- Gracias por acudir a Gringotts.

-No hay de qué. Buenos días.

-Buenos días.

-Bueno, ¿a dónde vamos primero?- preguntó mi padre, una vez fuera de Gringotts.

-¡A por la varita!- dije, emocionada.

-A por la varita.- confirmó mi madre, también un tanto emocionada- Es allí, ¿verdad?- dijo, señalando una tienda en cuyo cartel ponía: "Varitas Mágicas Ollivanders"

-Supongo.

Entramos en Ollivanders, y, una vez más, sentí el contraste.

El ambiente no estaba tan recargado como en El Caldero Chorreante, pero una gruesa capa de polvo cubría todo lo que podía ver.

Un hombre con espesa barba blanca y calvo nos miraba fijamente desde el mostrador.

-Señorita Granger, ¿no es así?

-Eehm, sí.- respondí. Dios, ¡¿Acaso todo el mundo mágico conocía mi nombre?

-Vamos a ver…-murmuró para sí mismo, acercándose a una estantería con cientos de cajas, y cogiendo una.

Me la trajo y sacó de ella un largo palo de madera lacada.

-Madera de roble, 32 centímetros, con pluma de hipogrifo.

Me quedé paralizada. No comprendía nada de lo que acababa de decir, ni tampoco que se suponía que debía hacer con la varita. Decidí agitarla, como en los cuentos de hadas…

La ventana del fondo del local se rompió en pedazos.

-¡Uy! Lo… Lo siento, de verdad…- dije, avergonzada.

-No pasa nada.-respondió el hombre, sonriendo.-Me parece que para ti…

Tomó otra caja, y posó la varita que contenía en mis manos.

-Madera de parra, 33 centímetros, con nervios de corazón de dragón. Creo que esta será la indicada.

-Está bien…- volví a agitar la varita, esta vez con éxito.

La pluma que había encima del mostrador comenzó a levitar, y supe que esa era la adecuada.

-¿Cuánto es?- preguntó mi madre, sacando la bolsita.

-7 galeones, señora.

-Adiós.

-Adiós.

Después, fuimos a Flourish & Blotts, donde, tras mucho rogar, conseguí que me comprasen un ejemplar de Hogwarts, una historia, y a un gran número de tiendas donde compramos el resto del material necesario, junto con pergaminos, plumas y tinta.

-Bueno, pues solo queda el vestuario.- dijo mi madre a media tarde, cuando el sol empezaba a caer.

-Podríamos ir a Madame Malkin.-sugerí- He visto que tienen los uniformes de Hogwarts.

-Está bien.-dijo mi padre-Cariño, vete tú con ella, yo iré a comprar algunos dulces.

-El que no quería gastos innecesarios…-dije, con sorna.

-Bueno, ya basta. Id a comprar esas túnicas.

Entramos a Madame Malkin, donde una simpática y regordeta señora vestida de malva nos atendió.

-Hogwarts, ¿verdad, cielo? Enseguida te atiendo, tengo que tomarle las medidas a otro chico, ¿sí?

-Podría darse un poco más de prisa.

Una gélida voz salió de uno de los probadores.

-Cariño, no eres el único cliente. Ya está, ¿sí? Dile a tu madre que son 10 galeones.

-Está bien.- dijo, saliendo del probador de cualquier manera-Ah, hola.- dijo, fijándose en mí.-Soy Draco Malfoy.

Tendió su mano, y yo se la estreché. No era guapísimo, que digamos (rubio platino, rostro afilado y una cierta expresión de asco), pero a mí me resultaba una tanto atrayente…

-Hermione Granger.

-Oh, no eres…

-No. Soy muggle. Quiero decir, mis padres son muggles.

-Ah…Bueno…Pues…-dudó un poco, como si hablar con una hija de muggles estuviese mal visto.-Espero que te vaya bien en Hogwarts.- dijo, con un semblante serio, tal vez demasiado serio.

-Lo mismo digo.- dije, sonriendo.

Tal vez le pareciese atractiva, o rara, porque se quedó embobado mirándome durante unos instantes; como yo a él.

Durante aquellos pocos segundos, me pareció que ambos conectábamos; por un momento, pensé si aquel chico paliducho y yo podríamos ser amigos; incluso, se me pasó por la cabeza que pudiéramos llegar a algo más…

-¡Ay!

Madame Malkin me había clavado un alfiler tomándome las medidas para una de las túnicas.

-¡Uy! Cielo, ¿te he hecho daño?

-Eh, no, no; no se preocupe. No ha sido nada.

-Bueno, pues esto ya está.-dijo, he hizo aparecer todas las túnicas, el sombrero y los guantes en el aire, tras lo cual los envolvió.- Son 10 galeones, señora.

-Aquí tiene.

-Gracias. ¡Tened un buen día, queridas!

-¡Gracias!

A la salida, nos encontramos con mi padre, que comía una especie de regaliz azul.

-¿Queréis uno? ¡Están buenísimos, de verdad!

Mi madre comió uno, pero yo lo rechacé.

-¿Seguro?

-Seguro, papá; ahora no tengo ganas de gominolas.

-Herms, ¿qué te pasa? Estás como atontada…-preguntó mi madre al llegar al coche.

-Nada, mamá; la emoción del día, supongo…

-Sí, lo más seguro.

Pero no eran los acontecimientos ocurridos durante las últimas horas los que ocupaban mi mente.

Era aquel misterioso chico, Draco…

Sólo habíamos charlado unos momentos, pero…

Sentía una increíble e incomprensible atracción hacia él.