ESTA HISTORIA ES LA ADAPTACIÓN DE UN LIBRO. NI LOS PERSONAJES AQUÍ EXPUESTOS, NI Glee Y/O El libro original de Relatos Oscuros... ME PERTENECEN.


Na/ Perspectiba de Quinn, aparecen Quinn, Puck y Harmoni


2-Visita Inesperada

Ocurrió en aquellos días, de forma más concreta, los del mes de noviembre más lluvioso que se recuerda en la ciudad, que me encontraba yo disfrutando de unas merecidas vacaciones; de las que, por cierto, hacía bastante tiempo que no disfrutaba, y de las que ya pensaba que nunca volvería a disfrutar.

En uno de los primeros días de las merecidas vacaciones, me desperté bastante tarde por la mañana, casi al mediodía. Miré a mi alrededor, y aguardé unos minutos en silencio. Me levanté de la cama, y descorrí las largas cortinas negras que cubrían la enorme ventana de la pared de mi dormitorio.

Sobre la ciudad caía tal cantidad de lluvia como no se recordaba desde los días en que Dios abrió las compuertas de los cielos, y trajo el Diluvio sobre la tierra. Mi cuerpo se relajó por completo mientras mis ojos de color verde observaban la torrencial lluvia cayendo sobre el cristal de la ventana; fijándome, casi sin querer, en esas gotas perdidas que se iban, y ya no estaban.

De pronto, un escalofrío sacudió mi alma, y estremeció mi corazón. Tuve el presentimiento de que aquél no iba a ser un buen día, aunque, en aquel momento, no sabría explicar muy bien por qué; de forma simple: era como si sólo lo supiera, sin poder dar una razón convincente de cómo, o de por qué.

Cuando me sobrepuse a esa macabra corazonada, salí del dormitorio, y bajé al piso inferior. Sin pensármelo dos veces, abrí la puerta principal, abrí el buzón, y cogí la única carta que allí se encontraba.

Volví dentro de la casa, cerré la puerta, y, tras sentarme en el sofá, abrí la carta. Un halo de frío me envolvió por completo cuando leí el remitente. Mi odiado amigo N. P. se había dignado a escribirme después de tantos años de ignorarnos de forma mutua. Aquello me confirmaba que, de forma definitiva, ése no podía ser un buen día.

Más por malévola curiosidad que por cualquier otra cosa, excluyendo de antemano cualquier aprecio, por mínimo que fuese, hacia su odiada persona, abrí la carta y la leí.

Estimada Amiga:

Sé que soy la persona de la que menos esperabas, o deseabas, tener noticias, ya que hace demasiados años que dividimos nuestros caminos debido a ciertas diferencias, que nos llevaron a romper nuestra otrora bien fundamentada amistad.

Sin ánimo de querer echar cosas pasadas en cara, te escribo para notificarte que, tanto mi esposa Harmoni como yo, nos dirigimos a hacerte una visita; si

bien tengo que admitirte que ha sido más por iniciativa suya.

Nada más lejos de nuestra intención estropearte los días de vacaciones; tan sólo es una visita de cortesía, para recordar tiempos pasados, que siempre

fueron, o nos parecieron, mejores.

Llegaremos a la ciudad en breve; es casi seguro que, para cuando recibas esta carta, nuestro avión ya esté aterrizando. Harmoni agradecería, y yo también, que nos fueras a buscar al aeropuerto. Te estaremos esperando.

Firmado:

Noah Puckerman

Si haber recibido noticias de N. P. después de tantos años no presagiaba nada bueno, saber que iba a venir de visita era aún peor. Y conocer que había sido idea de su esposa, la muy bella, y amada por mí, Harmoni, hacía estremecerse de miedo al mismo Diablo.

¿Y si esa visita fuese obra de este último, con el fin de permitirme llevar a cabo mi venganza, planeada con tanto cuidado y tanta malicia desde hacía ya tantos años?

Eso era lo que creía, ya que, si bien podía ser coincidencia que N. P. estuviese aquí de visita, el hecho de que fuese Harmoni quien lo propusiera hacía que todo adquiriera un nuevo rumbo, y tomaba un matiz siniestro en extremo.

Matiz éste que, sólo por lo siniestro que era, me gustaba de forma especial, y hacía que mi mente comenzase a maquinar la más truculenta de las venganzas; cuyo primer aspecto pasaba por ir al aeropuerto a recoger al visitante indeseado, y a la bella dama que le acompañaba; seguro que sólo por lástima.

Tuve que esperar menos de cinco minutos hasta que les vi salir del aeropuerto. Mi corazón se quedó sobrecogido ante la apariencia de viejo decrépito que mostraba N. P. Me aterraba pensar que sólo era un año y medio mayor que yo, y lo mal que se conservaba: su rostro envejecido, su cabeza sin pelo, sus ojos perdidos en mirar a ninguna parte, su cuerpo achicado embutido en un traje viejo y polvoriento… Me costaba creer que aquella persona tuviera poco más de treinta años.

Harmoni, por el contrario, estaba tan radiante como siempre. Siempre dije que esta chica era como el buen vino: mejora con los años. Años que la habían dotado de una fuerte presencia y personalidad. Su mano derecha sujetaba un paraguas negro, que los tapaba a ambos, mientras la izquierda la llevaba metida en el bolsillo de la chaqueta blanca que le cubría la blusa granate. Diré, aunque sólo sea por completar la estampa, que todo el vestuario de la bella Harmoni, salvo la mencionada blusa, era de un blanco inmaculado; mientras que yo, quizá en un intento intencionado, o no, de recordar los tiempos en los que mi corazón le perteneció, me personé ante ellos con mi vestuario negro más solemne.

Harmoni estuvo unos segundos buscando, hasta que sus preciosos ojos de color azul se clavaron en mi siniestra silueta, y en su bello y pecoso rostro se dibujó una sonrisa picara. De forma inconsciente, le correspondí con una sonrisa, pero ésta se me borró enseguida cuando le vi susurrarle algo al oído a N. P, y fui testigo del patético es fuerzo que tuvo que hacer para dirigir su mirada hacia mí.

Cruzaron la calle, y se detuvieron justo enfrente de mí. Estábamos bajo el toldo de un bar, por lo que Harmoni cerró el paraguas, y lo dejó apoyado en un lado. Sentí sus ojos azules escudriñándome por completo.

Parecía como si quisiera cerciorarse de que en realidad era yo.

- Tienes el abrigo empapado – observó, apartándose un mechón rubio de la cara -. ¿Has venido hasta aquí sin paraguas?

- Me gusta mojarme – repliqué -. ¿Han tenido buen viaje?

Puck tosió un par de veces; yo le ignoré.

-¿Aún no nos hemos ganado el derecho a que nos trates de "tú"? – preguntó, con una voz cansada y baja.

Le miré seria, reflejando en mi rostro todo el odio que por él podía sentir, pero tratando de ocultarlo por el enorme amor que sentía por Harmoni.

- Según la carta que he recibido hoy, veo que yo tampoco. Al menos, seguro que no por su parte. Así que, hasta que uno de los dos le conceda al otro ese derecho, esta visita va a persistir con ese tono de cortesía forzada, y nada sincera, que rezumaba la carta.

- Seguro que tú no hablarías con tono fingido – dijo Harmoni. Noté en esta expresión un cierto tono que me desagradó, y que me gustó -. ¿En qué tono hablarás en esta visita?

- Eso es tan sólo asunto mío – dije -. Le agradecería que no me volviera a preguntar sobre asuntos que considero sólo de mi incumbencia.

Había algo en la conversación de Harmoni, en su forma de hablar, en el tono de sus frases, la forma en que parecía pensar bien cada palabra antes de hablar, que me sugería muchas cosas, y ninguna buena. Estaba convencido de que aquella visita no iba a ser muy larga; y también de que Harmoni jugaría un importante papel en ello.

- De todas formas – dijo Harmoni, de repente -, tampoco estaremos mucho tiempo en esta ciudad. El lunes regresaremos a casa.

Esa frase era toda una declaración de intenciones. Sólo tenía tres días para llevar a buen puerto mi plan; lo que, para ser sinceros, tampoco trastocaba mucho el plan original. Una mera cuestión de ligeras e insignificantes variaciones; las más peligrosas, por otra parte. Requería más información, y Harmoni parecía dispuesta a dármela.

- Y ¿Dónde se van a alojar estos tres días?

- En ese hotel – el dedo de la bella rubia cortó el aire, y señaló justo al edificio que se encontraba ante nosotros -. Hemos reservado tres habitaciones.

Ese dato estaba fuera de mi ecuación. ¿Tres habitaciones? Ellos eran dos. Lo que significaba que se alojarían en habitaciones separadas. Lo que no me terminaba de cuadrar era quién se alojaría en la tercera…

¡Rayos!

Vi a Harmoni mirándome a los ojos, y sonriendo. Entonces lo entendí todo: la tercera habitación iba a ser para mí. Mi mente trabajaba a toda velocidad. Eso me daría más libertad para llevar a cabo mi funesto plan contra Noah Pero ¿Cuál sería el plan de Harmoni? ¿Tenerme cerca y vigilado, para que abandonase mis ansias de venganza? No; era inconcebible. Ella también tenía un plan: su propio plan. El cual yo desconocía por completo, y no sabía si chocaría de frente con el mío.

Pero, lo que en verdad me aterraba, era darme cuenta, y así lo entendí y supe, de que ambos planes, el mío y el suyo, necesitaban de forma imprescindible la participación de ambos.

De la unión del más bello ángel y el peor de los demonios era imposible que saliese algo bueno; por muy remoto que fuese.

¿O a lo mejor sí?

-¿Cómo que tres habitaciones? – pregunté, fingiéndome sorprendida -. Si ustedes son dos.

- Siempre tan observadora – dijo Harmoni, con sarcasmo -. Nos hospedaremos en habitaciones separadas. La tercera es para ti, si aceptas.

Observé la patética presencia de aquel hombrecillo ridículo al lado de la alta y esbelta silueta de Harmoni, cuya silueta rezumaba autoridad y una fuerte presencia. Ningún hombre podría negarse a ninguna orden o petición que saliera de esos suaves labios. Ninguna mujer podría negarse. Y eso, por lo visto, me incluía a mí.

- Si no es molestia para ninguno de ustedes, será un placer para mí acompañarles estos tres días.

- El placer será todo… nuestro. Démonos prisa; estar aquí no le hace nada bien a mi marido. Está muy delicado de salud.

- Vayan yendo hacia el hotel – dije -. Enseguida me reuniré con ustedes.

- La estaré esperando – dijo Harmoni, mientras me clavaba en el alma sus pupilas azules al pasar a mi lado para coger el paraguas -. No me haga esperar mucho.

La bella mujer abrió el paraguas, me miró una vez más, y se dirigió hacia el hotel.

Ahora que estaba sola, necesitaba tiempo para poner en orden mis ideas: Puck estaba mal de salud, lo que facilitaba el trabajo de librarse de él. Harmoni parecía estar muy dispuesta a tomar parte activa en esta historia. Y yo cada vez estaba más convencida de que esto no acabaría bien.

Pero ya habíamos llegado hasta aquí; no podíamos dar media vuelta y abandonar. Ya había cruzado el punto de no retorno.

En realidad, lo crucé cuando entré en el hotel, unos pocos minutos más tarde. Caminé hasta el mostrador de recepción, y pedí la llave de la habitación.

Cuando me la dieron, observé el único signo de que aquello, al final, pudiese salir bien: mi habitación era la número 13. Un poco de mala suerte era lo único que podía salvar aquel plan.

Monté en el ascensor, y pulsé el botón para ir a la segunda planta del hotel. Las puertas ya se cerraban, cuando una mano de mujer las detuvo. Harmoni entró en el ascensor, y éste subió.

Durante los segundos que duró el trayecto, no intercambiamos ni una palabra; ni tan siquiera una mirada. El silencio creó una atmósfera tan tensa que sólo se podía cortar con un cuchillo de fuego.

El ascensor se detuvo, y las puertas se abrieron. Invité a Harmoni a que saliera en primer lugar con un gesto de la mano, y ella sonrió y salió. Yo me quedé en el ascensor, y volví a bajar. Por la rendija de las puertas observé cómo Harmoni se giraba.

Estaba sentado en la cafetería del hotel, bebiendo un vaso de agua fría, cuando oí que la puerta se abría a mis espaldas. Oí el ruido de unos zapatos de tacón acercándose, y luego vi cómo Harmoni se sentaba en la silla que estaba enfrente de mí.

- Se encuentra hoy juguetona, ¿verdad?

- Sólo juego a los juegos que me interesan, señorita.

- Y ¿Qué juegos son ésos?

- Aquéllos en los que yo pongo las reglas.

- Y ¿está ahora en uno de esos juegos?

- Dígame lo usted.

- No sé a qué se refiere.

Bebí un trago, y le enseñé la carta. Harmoni la cogió y la leyó, como haciéndose la distraída.

- Recibió usted nuestra carta. ¿Y?

- Esta carta está escrita con una cortesía forzada y fingida que tira de espaldas. De lo que deduzco que el que la escribió no quería hacerlo. Es más: tengo la absoluta certeza de que Puck no ha querido escribirme esta carta, y, mucho menos, venir aquí; teniendo en cuenta el clima de esta ciudad, y su salud. Así que espero que me cuente usted su plan. O yo seguiré con el mío.

- Mi plan es el mismo que el suyo: acabar con él. El por qué no importa; sólo el cómo.

- El cómo es lo más fácil de decidir; lo difícil es hallar el por qué. Yo sé mi por qué; pero el que me interesa es el suyo.

- Cuénteme cuál es su por qué.

- Hace mucho tiempo que vivo en un Infierno de nieve, deseando que haya una buena chica que me eche de menos. Creo que desde que te perdí.

- Entonces, los dos compartimos ese Infierno de nieve, porque yo te echo de menos desde hace ya demasiado tiempo.

Mil preguntas imposibles de responder cruzaron mi mente en un momento; preguntas que, en un día normal, nunca haría a una hermosa joven con un vestido de noche rojo tan elegante.

Pero ése no era para nada un día normal, ni Harmoni era una chica cualquiera. De las mil preguntas, sólo hubo una que me pareció la más importante en ese momento.

- ¿Cuál es tu plan, Harmoni?

Harmoni se inclinó hacia adelante, y me susurró todo el plan: algo tan sencillo, que era diabólico en sí mismo. Por la enfermedad que padecía Puck, había que esperar hasta la noche del sábado para llevarlo a cabo. Pero, tal y como Harmoni me lo contó, valdría la pena esperar.

Yo concordé con lo que me dijo, y nos despedimos por esa noche. Subimos en el ascensor, y cada cual se fue a su habitación.

El sábado por la mañana, cuando me levanté, tuve una extraña sensación: era como si todo lo sucedido el día anterior no hubiese sucedido. Mejor dicho: como si hubiese sucedido, pero no de forma real.

Tenía alojada en mi pensamiento la idea de que todo aquello era un sueño. Y esa idea cobró mucha más fuerza cuando salí de la habitación, y observé a Harmoni de pie, en la puerta del ascensor, esperándome.

- Creo que ya me he ganado el derecho a que me hables de tú, ¿no crees?

- Siempre tan perspicaz, Harmoni. Ahora deberías preguntarte si eso es bueno.

- Mañana por la mañana lo veremos. ¿Recuerdas el plan que te conté ayer?

- Hasta el más mínimo detalle. ¿Has tenido en cuenta todas las variables a intervenir?

- Todas. Es imposible que algo falle.

- Lo imposible acaba por suceder. Recuerda esto que te digo.

- ¿Te preocupas por mí?

- No; me preocupo por que el plan salga como tiene que salir. De ti me preocupo cuando no pienso en el plan.

-¿No encuentras aburrido vestir siempre de negro?

- A la Harmoni de la que estaba enamorada le gustaba. Creo que has pasado demasiado tiempo con Puck. Nunca tuvo buen gusto. Y, para una vez que lo tuvo, te quitó de mis brazos. Te me escapaste de entre los dedos; medio ángel, medio cruel.

- ¿Bajas?

- ¿Es recomendable que nos vean juntas?

- Es imprescindible para el buen desarrollo del plan. Cuanto más estemos juntas, mejor saldrá.

Me encogí de hombros: dijera lo que dijera, iba a estar de acuerdo con ella. Era de esas mujeres. Montamos en el ascensor, bajamos a la planta inferior, dejamos las llaves en recepción, y salimos del hotel.

La lluvia, que durante todo el día de ayer había estado cayendo, se había convertido ahora en nieve. Una densa capa de nieve cubría todas las calles. Harmoni sonrió de forma siniestra al ver caer los copos de nieve sobre mi negro abrigo.

- Esto es más que perfecto para lo de esta noche –dijo -. Es más de lo que podíamos esperar.

- Propongo que nos separemos, y nos reunamos en el hotel a la hora acordada.

- ¿Es necesario?

- Imprescindible, como tú muy bien has dicho antes.

Con cara de resignación, Harmoni aceptó, y comenzó a andar calle arriba. Yo comencé a andar. No sabía dónde iba, y, la verdad, no me importaba. Mis zapatos negros hacían crujir la nieve a cada paso que daba. Estuve varias horas andando sin parar, dando vueltas; andando, sin más.

Cuando por fin me detuve, no sabía cómo, me di cuenta de que estaba otra vez delante de la puerta del hotel. No sabía cómo había llegado allí; y no quería saberlo.

Faltaban escasos minutos para la hora acordada, y corrí a reunirme con Harmoni en la puerta del restaurante del hotel.

La bella dama me estaba esperando a la hora convenida en punto. Vestía un elegantísimo vestido de color azul marino. Entramos en el restaurante, nos sentamos en un sitio que estaba cercano a la ventana, y cenamos mientras observábamos caer la nieve.

Tras numerosos brindis, la charla se alargó hasta bien entrada la madrugada. Salimos del restaurante, subimos en el ascensor hasta la segunda planta, y, tras despedirnos hasta mañana, entramos cada uno en nuestra habitación.

El día siguiente, el domingo, me levanté de la cama, me vestí, y salí de la habitación. Cerré la puerta con llave, monté en el ascensor, y bajé a la planta de abajo; donde fui al mostrador de recepción a dejar la llave. Transcurrieron unos pocos segundos hasta que Harmoni se juntó conmigo.

Casi al instante, el ascensor bajó de nuevo. Dos hombres transportaban en una camilla un cuerpo putrefacto y casi esquelético. El hedor llenó toda la estancia. Harmoni se acercó, y me susurró al oído algo que aún hoy no he olvidado: "En realidad, llevaba muerto seis meses. Tan sólo detuvimos el proceso de forma temporal". Le miré con fijeza, pero no supe qué decirle. Mi odiado ex amigo estaba muerto, y la chica que amaba estaba conmigo.

¿Qué más podía pedir?

Harmoni dejó la llave sobre el mostrador, se despidió del recepcionista, y abandonamos el hotel. De pronto, al cruzar la puerta, sentí una sensación placentera y agradable de calor, y entendí que aquello que estaba pasando era real, pero sólo en parte. Pero no me importó. Muy poco me importaba ya. Tan sólo una cosa: no despertar nunca de ese sueño.

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