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A ver, por fin he podido terminar este segundo capítulo, mucho más largo que el otro. Personalmente me gusta como ha quedado, aunque a veces pienso que el estilo de este capítulo difiere del primero, y eso me preocupa. Pero en fin, apelo a la buena voluntad de los lectores para que me manden sus opiniones al respecto y así pueda definir mejor mi estilo.

Ahora toca mi parte favorita, los reviews ^____^

Anaissi: Como ves lo he continuado ^___^ y espero que te guste mucho!

Anna Voig: Pobrecito Remsie-poo, odio hacerlo sufrir después de haber derrotado a Voldemort, pero beno...era necesario, muajajajajajajajajajaaaaaaaa

Marine: Ya me había fijado en que tu favoritos Sirius ^____^ pero no se si aparecerá en este fic, no se... ya me lo pensaré, quizá solo lo haga para darte una alegría, jajajajajajaja.

Alpha: Muchas gracias por tu review. Yo también creo que Remsie-poo merece todos los achuchones del mundo (es q es taaan mono...)

Daniela Lupin: Me halaga mucho que te guste mi fic, muchas gracias por tomarte la molestia de escribir un review. Por cierto, que estoy dando una vueltecita por tu web, está genial!

Luna: Jajajajajajajajajaaaaa, Remsie-pootambién esmi personaje favorito, lo sabes (aunque Andy... bueno, que no se ponga celoso, que él tampoco está nada mal...) Y mira, la verdad, no se aún como terminará este fic, así que no puedo asegurarte que le solucionaré la vida a Remus...

Kalisto: Ahí va otro capítulo (y bastante más largo) para que puedas decidir si el fic te gusta o no ^____^

Rinoa: Així que he fet que el Lupin t'agradi una miqueta més? Jejejejejeje me n'alegro mooolt!A més he seguit el teu consell i he fet un capítol bastant més llarg que el primer. Buenu, pel que sembla tenim mala sor pq no ens trobem pel msn, per tant em sembla que demà t'enviaré un mail amb el meu "projecte de fic" (encara no el tinc acabat...) del soujiro (aaaaaaaaaaaai, So-chan, que moooono que és!!!) i si vols també unes fotos que tinc guardadetes de l'Ewan McGregor on està per sucar-hi pa, jejejejejejejejejejejej... Apa, cuidat! ^____^

Gwen de Merilon: Exactament jo m'imagino el Lupin com l'Ewan una miqueta fet caldo (has vist el final de Moulin Rouge? Poz això) I es que quanvaig llegir que potser el triarien a ell per interpretar al Lupin a la tercera pelicula em vaig posar a fer bots d'alegria ^____^ .

És veritat, ta germana em va dir que eres historiadora, i medievalista, uooooo!!!!! (aaah, ets com el meu oncle, ell també és medievalista. Definitivament l'epoca medieval m'agrada molt, no se si jo també ho acabaré éssent...) Jo estic només a primer de carrera però ja em sembla fascinant... Estudio a Tarragona a la Rovira i Virgili, que per cert, sino ha sestat mai a la facultat de lletres, és un autèntic laberint... i ja tinc ganes d'acabar la carrera per fer el graduat en arqueologia, encara que no se si fer arqueologia clàssica o del quaternari (mmmmhhhh, personalment m'agrada més la del quaternari, però no ho se....) Buenu, m'alegro molt de que t'hagi agradat ^___^

I per cert, no t'enfadis, no et vull pendre pas l'Ewan,sempre el podem compartir, no?

Bueno, y sin más interrupciones de esta autora que trabaja por amor al arte y a los reviews:

(sí, sí, esta frase es la misma que en "alas en la oscuridad" pero mira, me he gustado y creo que la voy a poner siempre ^___^ )

Cap 2 Ebrius (Ebrio)

Profesor Lupin. Profesor... profesor Lupin... – El hombre parpadeó un par de veces al volver en sí y vio delante de él a una chica de cabello rojizo y rostro pecoso. Adivinó en seguida que se trataba de la menor de los Weasley.

– Hum... ¿sí?

– La clase ha terminado, profesor. – La chica miró algo sorprendida a sus compañeras.

– Oh... entonces pueden irse. – Algo desorientado Remus hizo un gesto con la mano y finalmente apoyó la cabeza sobre la mesa quedándose inmóvil por unos instantes; por segunda vez aquella mañana había quedado perdido entre sus propios pensamientos, desconectado del mundo, incluso desconectado de su trabajo.

De repente, alguien tosió disimuladamente y él levantó la cabeza sobresaltado. De pie, ante la mesa, una joven esperaba algo nerviosa; tenía el pelo rubio oscuro y rizado, ocultaba los ojos azules tras unas gafas pequeñas y cuadradas y agarraba tres o cuatro libros con tal fuerza que tenía las puntas de los dedos blancas.

–Ah, es usted, Moon. – Lupin pareció despejarse un poco. – Es cierto, dije que hoy le traería aquél libro, ¿verdad? – Ella sonrió y asintió con la cabeza. – Creo que lo tengo por aquí... – Rebuscó unos momentos en su bolsa hasta sacar un grueso libro encuadernado en cuero negro. – Aquí está; cien monstruos de la noche para iniciados, un volumen magnífico, sin duda. Cuídelo mucho, Moon.

Ella tomó el libro con delicadeza. – Claro, profesor, lo cuidaré como si fuera un tesoro.

Él esbozó una ligera sonrisa y con un gesto le indicó que ya podía irse. Obediente, ella anduvo unos pasos hacia la puerta, pero se detuvo con una expresión algo preocupada en el rostro. – Oiga, profesor, sé que no es asunto mío, pero... ¿se encuentra bien? Quiero decir, hace algún tiempo que está como ausente en las clases...

Él sacudió la cabeza. – Tranquila... es sólo que he pasado una mala temporada, ya sabe... – La chica, como todo el colegio, sabía que Remus Lupin padecía la maldición de la licantropía, por lo que se limitó a sacudir la cabeza y a seguir con su camino. – ¿Y usted? ¿ Su salud mejora?

Diane Moon asintió tímidamente. Ella también padecía su maldición particular, una extraña enfermedad que ni siquiera los mejores medimagos de San Mungo podían curar definitivamente y que años atrás ya se había llevado a su madre. La llamaban debilemorbus, sus víctimas eran presa de súbitos ataques en que el pulso se realentizaba, la respiración se volvía dificultosa y un intenso dolor inundaba sus músculos. Diane conocía muy bien los efectos de la enfermedad; los sufrió casi diariamente durante su sexto año en Hogwarts, lo cual la obligó a repetir curso y a tomarse la vida con un poco más de calma.

Diane permaneció unos segundos en la puerta hasta que una mano se posó suavemente en su hombro. Se giró con brusquedad, pero se relajó en seguida; se trataba de Faith McCarver, su mejor amiga.

La recién llegada sonrió abiertamente. – ¿Vamos? Tranquila. – Añadió con voz maliciosa. - Mañana volvemos a tener clase de Defensa...

Diane le dio un empujón amistoso y empezaron a andar hacia el Gran Salón. Ambas chicas hacían una extraña pareja: Diane era alta, de figura esbelta y frágil, y cabello rubio que le caía en amplios bucles por la espalda. Sus ojos azules se ocultaban tras unas gafas cuadradas y parecían algo apagados, y a menudo unas profundas ojeras marcaban su delicado rostro. Por su parte Faith McCarver era completamente distinta, ella poseía toda la vitalidad de la que carecía su amiga. Nacida en el seno de una antigua familia escocesa era dos palmos más baja que Diane y algo rolliza, y al contrario que su amiga siempre estaba en movimiento, observando todo lo que había a su alrededor con sus ojos oscuros y brillantes.

Tras una copiosa cena todos los Ravenclaw fueron hacia los dormitorios. Su residencia no estaba ni en una altísima torre como la de los valientes Gryffindor, ni en una húmeda mazmorra como la que preferían los de la casa de la serpiente, ni cerca de los jardines dónde los Hufflepuff podían contemplar todas las cosas que crecen en la tierra, no, la residencia de Ravenclaw estaba en una de las alas más silenciosas del castillo, justo en el borde del acantilado donde vientos perpetuos azotaban los grandes ventanales y apartaban toda nube que osara ocultar las estrellas.

Y precisamente observar las estrellas es lo que tenían pensado hacer aquella noche de miércoles los alumnos de último curso. Aprovechando la luna nueva subieron a la torre de astronomía cargados con cartas estelares, sextantes y complicados artilugios mágicos dispuestos a descubrir las maravillas que el universo quisiera mostrarles.

Lejos de allí, en Hogsmeade, madame Rosmerta se negaba a servir una copa más a uno de sus clientes.

– Lo siento, profesor, pero tenemos que cerrar. – La mujer retiró la botella vacía de licor que había sobre la barra y se frotó las manos con el delantal.

–S... sólo unna copita más, Rosssmerta. – Por la forma en que el hombre arrastraba las palabras, no era muy difícil adivinar que estaba ebrio.

–Creo que no le convienen tantas copas, Lupin. Será mejor que vaya a dormir. – La mujer apoyó una mano en su hombro, pero Lupin la rechazó con un movimiento brusco y golpeó la barra con el puño.

– ¡Yo decccidiré lo que mme conviene! – Se levantó apresuradamente y el taburete donde estaba sentado cayó estrepitosamente al suelo. Madame Rosmerta retrocedió asustada, era la primera vez que veía a Lupin borracho. Usualmente él era un hombre muy amable, pero estaba claro que el alcohol hacía aflorar lo peor de cada persona.

– Por favor, Lupin, márchese. – Suplicó por última vez, asustada. Afortunadamente él soltó un gruñido aterrador antes de irse tambaleando hasta la puerta.

En la calle hacía frío, mucho frío. Aún con el licor corriendo por sus venas Remus sintió la helada mordedura del viento, por lo que se cubrió mejor con su vieja capa y reanudó el camino de vuelta hacia al castillo; allí seguramente encontraría algo más para beber.

* Idiota, pareces una esponja. ¿De veras crees que vas a poder llenar este vacío con alcohol? *

– ¡C...cállate! – Le espetó a esa vocecilla irritante que oía dentro de su cabeza. – N...no necccessito t...tus sermones.

* Si no necesitaras ayuda no te encontrarías en este estado, lobito. *

La voz de su consciencia era cada vez más fuerte, pero Lupin sacudió con fuerza la cabeza y gritó con rabia, como si quisiera expulsar todos su demonios aullándole a una luna que aquella noche no se había dignado a aparecer. Finalmente la voz de su interior se calló, y él siguió caminando quizá aún más solo que antes.

Tiritando y asaltado por las náuseas, Lupin se apoyó en las gruesas puertas del castillo. Estas se abrieron con un estridente chirrido que hizo que cerrara los ojos instintivamente.

– C...condenado viejo. – Murmuró para sí mismo. – Hasss dejjjad...do la puerta abbierta para mí, ¿eh, Dumbledore?

Nadie contestó a su pregunta, pero las puertas se cerraron con otro chirrido burlón.

Trabajosamente subió las escaleras mirando de vez en cuando los cuadros que cuchicheaban a su paso. Entonces llegó hasta un oscuro pasillo presidido por una espléndida estatua de bronce, la estatua de Cynos el Rabioso, un mago cuyas aventuras hacía siglos que estaban olvidadas. Pero no fue la fantasmagórica figura lo que le sobresaltó, sino un recuerdo tan terrible como dulce.

Aún podía recordar aquella tarde de primavera, su aroma dulce y penetrante, el tacto de su piel, y también recordó a sus amigos, lo mejor que había tenido en su vida y que ahora sabía que jamás volvería a tener.

Con un gemido se apoyó en la pared y resbaló lentamente hasta el frío suelo de piedra.

* ¿No te gusta ser un lobo solitario, eh? *

Preguntó la misma voz en su consciencia.

– ¡N...no es mi culpa! – Gritó al inmenso pasillo vacío. – ¡Ellos me abandonaron! – Amargas lágrimas caían pos sus mejillas. Se sentó apoyando las rodillas contra su pecho y pasó la raída manga de la túnica por sus ojos, notando la aspereza de la tela gastada en la piel. – S...irius está demasiado ocupado viviendo la vida que durante tantos años le fue negada...

* Pero no es por Sirius, ¿verdad? *

Remus intentó en vano no escuchar, pero la voz era clara y fuerte en su cabeza.

* No es por Sirius que crees que ya nadie quiere al viejo Moony, no es por él que estás hablando contigo mismo en un pasillo húmedo, i tampoco es la razón por la que te has cerrado al mundo, y tu lo sabes. *

Él negó con la cabeza y más lágrimas cayeron manchando su túnica. La cabeza le dolía horrores.

* Oh, vamos... lo sabes, pero no quieres decir su nombre. Fue ante esta misma estatua, ¿verdad? el mismo lugar donde tan a menudo os encontrabais a escondidas, ahí es donde te rechazó. *

– ... Helen... – Dijo casi en un suspiro.

* Sí... Helen... ¿recuerdas cuanto la querías? Y ella te quería a ti... salvo por un pequeño detalle. *

– C...cállattte, no p...pienso escuchar más. – Dijo Lupin con un gruñido.

* Eres un cobarde, Remus. *

– ¡¡¡Cállate!!!

* Como quieras, pero recuerda que siempre puedes contar conmigo si necesitas hablar... Por cierto, creo que alguien se acerca. Ya nos veremos... *

Lupin hizo una vana tentativa de levantarse pero se precipitó nuevamente contra el suelo, así que se limitó a observar con ojos perdidos la temblorosa luz que se acercaba lentamente por el pasillo.

– ...¿Hola?... ¿Hay alguien aquí?...¿Peeves? – Una chica levantó su varita para poder iluminar mejor su camino. Se detuvo en el centro del pasillo para fijarse en la figura acurrucada en un rincón, tiritando. – Pro... ¿Profesor Lupin? ¿Es usted? – La figura gimió débilmente, por lo que supuso que estaba en lo cierto. – Por todos los santos, profesor, ¿qué hace en el suelo?

Se acercó con pasos vacilantes. Ya a varios metros de distancia se podía detectar el hedor a alcohol y suciedad que emanaba del cuerpo de Lupin. No obstante se arrodilló a su lado y tocó su frente.

Estaba ardiendo.

Al notar aquél inesperado contacto, Remus levantó la vista y sonrió abiertamente.

– ¿...Helen...? Helen... ¿Eres tú?. – Lentamente posó la áspera palma de su mano en la mejilla de la chica.

Ella visiblemente turbada negó con la cabeza. – No me llamo Helen, profesor, soy Diane Moon, ¿recuerda? de séptimo de Ravenclaw. Bajaba de la torre de astronomía y me a parecido oír que alguien gritaba...

– L...la cabeza me d...duele horrores, Helen. Deberíammmos volver a l...la torre Gryffindor.

–Tiene razón, profesor, vamos, le llevaré hasta su cuarto. – Diane aguantó la varita entre los dientes, pasó el brazo de Lupin por alrededor de sus hombros y tiró con fuerza hacia arriba.

– Espera, para, para, para, para.... – Lupin se tambaleó violentamente casi consiguiendo que ambos cayeran al suelo. Se llevó una mano a la sien. – E...este pasillo no p...para dde dar vueltas. Quiero sen...sentarme ottra vezz, Hel.

– Tarde. – Gruñó con los dientes apretados para no perder su varita mientras empezaba a andar. Diane se lamentó internamente de no ser más fuerte; apenas podía dar dos pasos sin perder el aliento y Lupin resbalaba peligrosamente hacia el suelo a cada momento. No imaginaba que pesara tanto, aunque claro, ahora mismo no quería ni pensar en los litros de bebida que podría haber en el estómago del profesor.

Miró a su alrededor sin buscar nada en concreto. Recordaba haber visto al profesor entrando en su dormitorio alguna vez, y sabía que la entrada se encontraba en algún lugar de aquél pasillo, quizá tras un cuadro, o una estatua, a saber. Por su parte Lupin no ayudaba mucho en su búsqueda, porque se limitaba a sollozar débilmente y a tropezar con cualquier obstáculo que encontraran.

Agotada tras varios minutos de búsqueda, Diane se apoyó en una pared lisa entre un par de pilastras jadeando. Lupin cada vez se le hacía más pesado y empezaba a notar punzadas de dolor con cada respiración. Entonces el hombre entreabrió los ojos y miró a su alrededor.

L...licccaon. –Murmuró.

Ella lo miró extrañada y Lupin le mostró una sonrisa vacía en el mismo instante que la pared en la que se apoyaban se abría con un susurro apagado.

Justo después resonó en todo el ala del castillo el sonido de dos cuerpos humanos colisionando contra el suelo, el de un reniego mal contenido y la risa incontrolada de un hombre ebrio.

– ¡Maldita sea! – Diane se incorporó buscando a tientas su varita que había dejado caer al gritar. Afortunadamente había encontrado (y muy dolorosamente, por cierto) el dormitorio de Lupin. El profesor seguía tumbado en el suelo, riendo espasmódicamente con la mirada perdida.

Cuando hubo recuperado su querida varitas da bajo el cuerpo de Lupin se apresuró a señalar la chimenea para que las brasas que había volvieran a arder con fuerza. Luego se acercó a Remus.

– Vamos, profesor, tiene que meterse en la cama o enfermará. – Lupin esbozó una sonrisa infantil y negó con la cabeza. Ella lo miró con la tentación de dejarlo durmiendo la mona en el suelo, pero entonces se fijó en sus manos azuladas por el frío, las arrugas de su rostro fruto del cansancio, en sus sienes cubiertas de cabello plateado y suspirando le pasó los brazos por debajo las axilas y empezó a tirar de él.

Tras lo que parecieron horas, Diane logró arrastrar el cuerpo casi inerte de Lupin hasta la cama. Ahora el problema sería subrilo. Se quedó unos momentos inmóvil, pensando.

De repente se golpeó la frente con la palma de la mano. - ¡Idiota! ¿Y tú te haces llamar Ravanclaw? El profesor Flitwick te hubiera convertido en sapo por esto. – Se regañó mientras sacaba la varita del bolsillo de su capa y apuntaba a Lupin. – Vamos allá... ¡Wingardium Leviosa! – De inmediato el profesor empezó a flotar hasta posarse suavemente sobre la cama. Con otro gesto más las raídas botas del hombre cayeron al suelo y finalmente Diane le tapó con una manta de cuadros escoceses.

Sentada en un lado de la cama la chica miró abatida su reloj. Ya eran más de las dos de la madrugada. ¿Qué haría si se cruzaba con Filch? ¿Decirle la verdad? ¿Decirle que volvía tarde de la torre de astronomía y que había encontrado al profesor de Defensa borracho y tirado en un pasillo? Probablemente el viejo conserje le obligaría a lavar el Gran Salón con un cepillo de dientes... ¡Pero tampoco podía quedarse en el cuarto de Lupin! (N/A: sí, sí, sería MUY tentador) y en caso que decidiera quedarse, sólo había dos opciones: en el suelo... o en la cama (N/A: lo sé, esto es aún MÁS tentador, si cabe.)

– Decidido. Me largo.

Tocó de nuevo la frente de Lupin. Seguía teniendo fiebre, pero al menos no tiritaba. Intentó levantarse, pero entonces se dio cuenta de que una mano áspera apresaba la suya.

Remus entreabrió los ojos y tiró de ella con fuerza. – Mmnnnnnnh... ¿ya te v...vas, Hel?

Diane se concentró un momento, tratando de olvidar la posición en la que se encontraba, es decir, a unos escasos diez centímetros del rostro de Lupin, prácticamente tumbada encima de él. – Ah... sí... tengo que irme.

– Bien. Nos vemos mañana, car...cariño. – Murmuró mientras pasaba lentamente un dedo por la columna vertebral de la chica y levantaba la cabeza.

Ella intentó apartarse, intentó evitar que los labios del hombre rozaran los suyos.

Tarde.

Cerró los ojos mientras sentía la lengua de Lupin que acariciaba gentilmente los labios, su mano enredándose en su cabello, y pensó que podría seguir besándole toda la eternidad.

Pero él era su profesor, le doblaba la edad y estaba borracho como una cuba. Por todos los santos, en realidad ni siquiera la besaba a ELLA. Diane rompió el beso bruscamente y retrocedió hasta la puerta. No miró atrás cuando se marchó corriendo por el pasillo con las mejillas ardiendo y un extraño vacío en el estómago.

Tampoco reparó en su varita, que seguía dónde la había dejado minutos antes, es decir, en el suelo del dormitorio de Lupin.

Fin del segundo capítulo.

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