¡Perdón por la demora, Jacque! Espero que disfrutes esta última parte de este humilde fanfic n_n


CONFESIONES

II


Aquellos días previos al cumpleaños número dieciocho de la más pequeña de los Yagami habían transcurrido tranquilos y sin muchos cambios para la mayoría de los elegidos. Mientras que para algunos se hicieron interminables debido a las ansias por la llegada del día de la fiesta, o para otros habían sido emocionantes y demasiado cortos.

Para fortuna de Takeru, luego de aquel día que encontró por casualidad a Mimi en la biblioteca y le había recitado varios de sus versos, ella había pasado gran parte de esas dos semanas con él, incluso se había cumplido su deseo de escribir unas líneas estando ella presente. Por eso a él los días le habían parecido durar apenas un suspiro. Todo era tan perfecto como los mejores cuentos de príncipes azules y princesas rosas.

—Es tan lindo y… real todo lo que dices, todo lo que escribes sobre el amor —dijo Mimi cuando Takeru terminó de recitar uno de sus versos. Su tono de voz extrañó a Takeru, de repente no parecía estar escuchando a la Mimi alegre que siempre había conocido—. Lástima que hay personas que se aprovechan del amor de otros y van por la vida rompiendo corazones y matando ilusiones.

Takeru frunció el ceño. ¿Era eso lo que le sucedía a Mimi? ¿Alguien había traicionado sus sentimientos? ¿Por eso la notó tan apagada en ese momento?

—Es parte de la vida —dijo mientras cerraba su cuaderno—. Es verdad que nadie tiene derecho a lastimarte, pero quien ama está expuesto a eso.

»El amor te da alegrías y también sufrimientos. Y por eso es lo único que nos hace sentir realmente vivos.

—Aun así hay personas que debido a sus malas experiencias se niegan al amor y deciden no volver a enamorarse.

—Eso es imposible —negó Takeru—. Solo mira a tu alrededor, Mimi: estamos expuestos a enamorarnos cada vez que parpadeamos. —Se tumbó en la hierba verde, ella lo imitó—. Quien dice haber decidido no volver a enamorarse se miente de una manera tan absurda.

Mimi volteó su rostro para poder observarlo, atenta a cada una de sus palabras. ¿Era posible que un chico de apenas dieciocho años hablara así?

Takeru tenía la vista dirigida al cielo, que a esa hora de la mañana era tan azul como sus ojos.

—Nadie es inmune al amor —susurró él—. Sí, cuesta volver a confiar. Pero solo se trata de encontrar a la persona indicada. —Volvió su rostro hacia ella y le dedicó una sonrisa espléndida y tan dulce que la embelesó.

Ella quería creerle. ¡Cuánto deseaba creerle! Creer en ese amor del que él hablaba con tanta pasión; en ese amor que ella tanto había soñado encontrar, pero que cuando creía haberlo hecho, la habían defraudado de la manera más cruel.

En un momento se encontró tan inmersa en sus cavilaciones que no se percató de que su amigo aún la contemplaba.

—¿Mimi? —la llamó al notar que había perdido su atención.

Fue entonces que ella volvió a centrar su vista en él. Sus rostros se encontraban muy cerca, tanto que pudo verse reflejada en sus pupilas.

«¿Quién es ella, Takeru? ¿Quién es tu inspiración? ¿En quién piensas cuando hablas así del amor, provocando ese brillo en tus ojos?».

—¿Qué tanto piensas? —inquirió el chico.

Ella no contestó. Se enderezó rápidamente, esquivando su mirada. Cuánto hubiera querido que alguna vez le correspondieran de esa manera en el amor.

—Ya debo irme a casa —se apresuró a decir.

El volvió a encontrar raro su comportamiento. Incluso llegó a creer que él había dicho algo malo.

—S-sí, yo también. —Se puso de pie—. ¿Nos vemos esta noche?

—Claro.


«Con todo mi corazón, Iori», leyó en voz alta el final de la carta escrita de su puño y letra. La observó con un gesto de disconformidad y luego de meditarlo por un momento, dobló la hoja de papel en un movimiento rápido y la metió en un sobre antes de que la inseguridad lo venciera una vez más.

A sus pies, junto al escritorio, un cesto se desbordaba de una enorme cantidad de bollos de papel, algunos estaban llenos de tachones, otros apenas tenían escrita una línea. Nunca pensó que expresar los sentimientos con palabras fuera tan complicado.

Se enderezó, guardó la carta en el bolsillo de su pantalón y salió de su habitación, camino a casa de Hikari. Estaba decidido: hoy le entregaría su confesión de amor a Miyako.


En la vivienda de los Yagami se encontraba todo listo para homenajear a la cumpleañera, incluso casi todos los invitados ya estaban presentes en el lugar. Por pedido de Hikari, la celebración se vio reducida a una simple y muy íntima reunión con sus amigos más cercanos, descartando la gran fiesta que con tanta ilusión habían organizado Taichi y Miyako.

—¡Yo voy! —gritó la castaña corriendo hacia la puerta, luego de haber escuchado el timbre.

En el camino tropezó con Jyou, quien casi deja caer una jarra repleta de jugo sobre la computadora de Koushiro; cruzó en medio de Daisuke y Miyako, que ya comenzaban su primera riña de la noche y de Ken, quien intentaba calmarlos; y tuvo que esquivar sin mucho éxito a una Sora cargada con bandejas de bocadillos, y si no hubiera sido por los rápidos reflejos de Iori, éstos hubieran acabado regados en el suelo.

Al abrir la puerta se vio encandilada por dos pares de ojos azules.

—¡Felicidades! —Se adelantó el menor de los recién llegados y la abrazó dulcemente.

Ella, sin soltarlo, dirigió su mirada al mayor y le sonrió, notablemente emocionada de verlo allí.

Cando los amigos se separaron, la situación se tornó un tanto incómoda para Hikari y Yamato; ninguno de los dos tomó la iniciativa en saludarse. Takeru, percatándose, decidió intervenir de inmediato.

—No seas tímido, hermano: felicita a Hikari —instó en un tono divertido.

Yamato lo fulminó con la mirada. Se acercó apacible a Hikari y besó su mejilla. Ese simple contacto se sintió como un chispazo que electrizó a ambos.

—Felicidades…, hermosa —susurró lo último haciéndolo audible solo para ella e inevitablemente para su hermano que aún estaba junto a ellos.

—¡FELIZ CUMPLEAÑOS! —exclamó Mimi adentrándose de manera atropellada en la vivienda. Se abalanzó sobre Hikari, ignorando a los hermanos rubios, y la atrapó en un efusivo abrazo, luego la miró de pies a cabeza y añadió—: Oh, my God. ¡Amo tu vestido! —Hizo que la muchachita girara para poder apreciarla mejor—. ¡Está precioso!... Y tú también.

La homenajeada hizo un gesto de agradecimiento, un tanto cohibida por la atención que recibía en ese momento; pues todos tenían los ojos puestos en ella gracias a la estrepitosa entrada de Mimi.

Luego la recién llegada se acercó a saludar a los demás. Cuando su mirada se cruzó con la de Takeru, ella le dedicó una débil sonrisa y se escabulló hacia la cocina para ayudar a Sora y a Jyou. Esa actitud hizo recordar al chico su extraño comportamiento de esa mañana.

—¡Muy bien! —exclamó Taichi apareciendo con un par de cervezas; le entregó una a Yamato—. Ahora que ya estamos todos, ¡que comience la fiesta!

Miyako vitoreó, ganándose un reproche de parte de Daisuke por ser tan escandalosa.

—Eh, yo también quiero una —se dirigió Takeru a Taichi, señalando la botella.

—Olvídalo, es solo para los adultos —le negó el moreno—. Pídele a Sora un vaso de jugo.

—¡Pero ya soy mayor!

—No esta noche —sentenció. Y el rubio se alejó resignado.


La fiesta transcurría muy tranquila, sin ningún hecho fuera de lo común: Daisuke comiendo por montones y Miyako regañándolo, Iori retraído en un rincón, Mimi charlando muy animada con Jyou y Koushiro, bajo la atenta mirada de Takeru, quien intentaba distraerse haciéndole conversación a Ken y Hikari, pero ésta última estaba más pendiente de que a su hermano no se le fuera la mano con el alcohol. Sora y Yamato, con la misma preocupación, estaban junto a él, intentando persuadirlo para que dejara de beber.

En ese momento Mimi se disculpó con los dos chicos y salió al balcón; Takeru contó hasta diez y disimuladamente fue tras ella. La encontró de espaldas a él, disfrutando de la suave brisa que mecía su largo cabello.

—Mimi… —comenzó a decir para llamar su atención—, ¿estás bien?

Volteó a verlo un instante, sonriéndole con un encanto del que solo ella era capaz y rápidamente volvió su mirada al frente.

—Sí. Solo salí a tomar un poco de aire.

El asintió y no volvió a preguntar nada. Se mantuvieron sin hablar, mirando hacia la calle, a los autos que pasaban, las personas que iban y venían. Por momentos la miraba de soslayo, iluminada por las luces de la ciudad. Nunca la vio tan hermosa y a la vez tan… triste. Tanto que tuvo que contener la imperiosa necesidad de estrecharla en sus brazos y protegerla de todo aquello que pudiera hacerle daño.


—¡De acuerdo, pelirroja! —Se puso de pie Taichi—. Dejaré de beber, pero si tú bailas conmigo.

Sin esperar respuesta por parte de Sora, la tomó de la mano y la condujo hasta el centro de la sala; le indicó a Koushiro que subiera el volumen de la música y comenzó a moverse con pasos descoordinados, provocando incontrolables carcajadas en su compañera. Miyako no se quiso quedar atrás y arrastró a Ken a la improvisada pista de baile.

Hikari y Yamato se miraron y, sin decir una palabra, se escabulleron hacia la cocina. Ella entró primero, él la siguió.

—¿Justo hoy tenía que venir a emborracharse? —se quejó ella, sus ojos vidriosos anunciaban su inminente llanto.

Él se acercó y puso un brazo en su hombro, en un intento de confortarla. Hikari se aferró a él y escondió su rostro en el pecho masculino.


—Siento haberme ido así hoy —susurró Mimi, quebrando por fin el silencio de sus voces.

—Eh… Descuida.

—¿Sabes por qué te pedí que recitaras tus versos para mí? —preguntó levantando la vista al cielo, vacio en apariencia, ya que las luces de los edificios no permitían apreciar ninguna estrella. Y sin darle tiempo a contestar, ella misma respondió—: Quería volver a ilusionarme con el amor.

Takeru se mostró confundido. No entendía a qué se refería.

—Así como me ilusionaba cuando de niña mis padres me leían cuentos de hadas y princesas —continuó—. Por eso cuando me dijiste que estabas escribiendo versos, no lo dudé dos veces, todo ocurrió en un segundo. Pensé: «Takeru es un chico muy dulce e inocente; seguro sus versos son rosas, bonitos, llenos del amor perfecto con el que una vez soñé».

»Y resultó no ser así.

»Con tus versos me mostraste las dos caras del amor: el sufrimiento y la alegría.

»Y hoy, en la conversación que tuvimos, me lo confirmaste. Y estoy muy agradecida contigo.

Takeru no contestó. Las palabras de Mimi le calaron tan hondo que se sintió incapaz de expresarse con las propias. Por eso lo siguiente que hizo ni siquiera lo pensó: desbordado por los sentimientos, la tomó por los hombros y le plantó un beso en los labios, que debido a sus nervios y al ser una impetuosa iniciativa no tuvo la dulzura que se imaginó las veces que había soñado besarla por primera vez.

Cuando ella logró reaccionar, intentó zafarse de inmediato. Entonces él la soltó.

—Pero… ¡¿Pero qué…?!

—Me-me gustas, Mimi… —farfulló completamente sonrojado, intentando normalizar su respiración—. Siempre me has gustado. Todos mis versos los he escrito para ti. Tú los inspiraste.

Su confesión la dejó estupefacta. ¡No podía ser posible! Se tapó la boca e intentó contener sus lágrimas. Lo siguiente que supo fue que estaba corriendo hacia la puerta del departamento de los Yagami, dejando en el balcón a un Takeru que se sintió incapaz de ir tras ella. Nadie en la sala la vio salir, ya que todos estaban entretenidos con el baile de Taichi y Miyako, quienes no estaban para nada sobrios.

En mitad de la sala, ambos cantaban y saltaban, riendo a carcajadas mientras chocaban entre ellos y con uno que otro mueble. En un intento malogrado de pirueta, la chica trastabillo y cayó. Iori, al verla tendida en el suelo, se apresuró a socorrerla; y junto a Ken lograron ponerla de pie y sentarla en el sillón.

—¿Te encuentras bien? —preguntó Ken.

—Mi tobillo… —chilló en respuesta.

—Déjame ver —pidió Jyou arrodillándose junto a ella.

Apenas tocó su pie para revisarlo, Miyako lanzó un alarido.

—Al parecer es solo una torcedura, pero necesitaras aplicar hielo.

—Voy por él —se ofreció Sora y salió corriendo a la cocina.

Taichi, quien sacó a relucir lo que le quedaba de sobriedad, la siguió, pero a paso lento, ella fue mucho más rápida.


—Taichi es un tonto —sollozó.

—Está bien. Podemos decirle mañana.

—Sí, como no. Con la resaca que tendrá no se soportará ni él.

Ese comentario y el tono de niña chiquita con que lo dijo hicieron que Yamato lanzara una carcajada.

—¡No te rías! —lo regañó apartándose de él, le dio un pequeño empujón que no lo movió ni un milímetro.

Él, sin poder contener el impulso, tomó entre sus manos el pequeño y dulce rostro de Hikari y la besó profundamente en los labios.

Con esa escena se topó Sora al cruzar la puerta, se llevó una mano a la boca por la sorpresa. Pero sabiendo que Taichi venía detrás de ella, se volvió rápidamente para impedirle el paso.

—¡Eh, pelirroja! Ten cuidado —dijo el chico tras chocar con ella—, tal parece que yo bebo pero tú te emborrachas.

—No. Aguarda, Taichi —rogó inútilmente—, no entres ahí.

Pero Taichi soltándose de su agarre e ignorándola descaradamente entró. Sora se tapó los oídos y cerró con fuerza los ojos: no quería saber lo que seguía.


Quedó pasmado, completamente paralizado. No podía creer lo que veían sus ojos: su amigo m-a-n-o-s-e-a-n-d-o a su hermanita.

Sus puños se cerraron con fuerza a ambos lados de su cuerpo, la rabia lo cegó por completo. Lo siguiente que supo fue que tenía a Yamato arrinconado en el suelo.

Hikari sintió como su cuerpo se convertía en piedra. Las palabras que con tantas ganas hubiera gritado, se atoraron en su garganta. Lo que tanto había temido acababa de hacerse un hecho ante sus ojos.

Su hermano bramaba como un loco, mientras que con sus puños lanzaba golpes por doquier; algunos a la cara del rubio, otros a sus costillas, muchos acababan en el aire, debido a que sus reflejos habían disminuido por el efecto del alcohol.

Yamato solamente se defendía, no hacia el intento de devolver los golpes, pero sí contraatacaba sus recriminaciones.

¡Cómo te atreves a propasarte con mi hermanita!, vociferaba Taichi. ¡Se supone que las hermanas de los amigos son intocables! ¡Las cosas se dieron así! Yo no lo busqué, respondía Yamato. ¡Sora, haz algo!, rogó Hikari cuando pudo recuperar el habla. ¡¿Pero qué?! ¡No sé! Tú siempre logras detener sus peleas.

Los que estaban en la sala no tardaron en hacerse presentes, pero ninguno se atrevió a intervenir en la disputa hasta que Sora se los pidió. Iori, Ken y Takeru intentaron separar a Taichi de Yamato, pero la rabia del chico era tan incontrolable que les fue imposible.

Parecía que el caos era interminable. Hasta que de pronto un grito pareció aplacar la furia de Taichi:

—¡AMO A HIKARI! —exclamó el rubio en la cara de su agresor mientras éste lo alzaba por el cuello de la camisa—. ¡LA AMO!

Los ojos azules parecieron explotar ante los cafés de Taichi, desbordaron de sinceridad y amor por aquella chica. Y el moreno supo entonces, aunque de momento no iba a admitirlo, que su amigo decía la verdad.


—¡Soy muy afortunada de tener a dos hombres que cuiden de mí! —exclamó Miyako colgándose de los hombros de Iori y Ken, quienes la habían acompañado hasta la puerta de su casa, dadas las condiciones en que se encontraba: ebria y accidentada.

—Qué cosas dices, Miyako —sonrió Ken—. Bueno, yo llego hasta aquí. Nos vemos mañana.

—Aguarda, Ken —lo detuvo la chica; y tomándolo de la camisa le dio un beso en la boca.

Miyako soltó a Ken y éste, completamente sonrojado, sin decir más, se fue.

Iori sintió que su corazón se rompía en mil pedazos; tantos como más tarde, esa misma noche, él mismo rompería la carta que con tanta ilusión había escrito y que debido a todo lo ocurrido, no había podido dársela. Ya no valía la pena.


—Eso es algo a lo que deberás acostumbrarte —decía Sora mientras sostenía unas compresas de hielo en los nudillos de Taichi.

—¡No voy a poder! —replicó mirando hacia donde Hikari curaba las heridas del rostro de Yamato con suma delicadeza y cariño; dándole pequeños besos en cada uno de los moretones—. ¡Eh, ustedes dos! —La pareja de novios volteó a mirarlo—. Nada de besitos ni mimitos cuando yo esté presente, ¿entendido?

Hikari suspiró con hartazgo, Yamato rodó los ojos. Al menos lo peor ya había pasado.


Desde que regresó de la fiesta de Hikari, Mimi no consiguió pegar un ojo en toda la noche, dándole vueltas y más vueltas a aquel beso.

En ese momento se encontraba desayunando con sus padres, o por lo menos su cuerpo estaba allí, pero su mente se hallaba muy lejos, navegando por ese mar azul que eran los ojos de Takeru.

Estaba confundida, no sabía cómo manejar ese asunto, cómo trataría al rubio la próxima vez que se lo encontrara. ¡Era el pequeño Takeru! Su más tierno amigo.

«El pequeño Takeru creció, nos pasa en altura y es mucho más maduro que cualquier chico de nuestra edad», escuchó la voz de Sora en su cabeza, diciéndole las mismas palabras que le había dicho esa mañana por teléfono.

Se llevó ambas manos a la frente y contuvo un quejido. ¿Por qué Takeru tenía que besarla cuando estaban tan bien así: siendo solo amigos? ¿Por qué tenía que ser tan lindo, tan atento, tan dulce, tan sensible y tan... tan…? ¡GUAPO! Sí. Takeru era muy guapo. Ahora que se ponía a analizarlo, muchas veces se había quedado colgada mirando su sonrisa; tan tierna que le recordaba a aquel niño llorón que conoció en el Digimundo; sus grandes y hermosos ojos…

«¡Un momento!»

Dio un respingo en su lugar, como si acabara de tener una extraña revelación.

—¡Me gusta Takeru! —musitó. Sus padres la miraron extrañados.

Se levantó de un salto y se dirigió a la puerta principal de la vivienda.

—¡Mimi querida, no has terminado de desayunar! —llamó su madre.

—¡Luego, mamá! Tengo que hacer algo importante.


Cuando abrió la puerta, se sintió abrumado por el sentimiento que le provocó la persona con que se encontró de frente. Era a la última que hubiera esperado ver.

—Mi-Mimi. Pero, qué sorpresa —tartamudeó—. Yo… siento mucho lo que suc...

No pudo terminar de hablar, ya que la muchacha tomó su rostro entre sus manos y se lanzó a su boca.

El muchacho quedó tieso, incapaz de responder a tan efusivo gesto de la castaña. Sentía que flotaba, que su alma se desprendía de su cuerpo y volaba por los cielos.

Ella lo soltó. Y al no recibir respuesta por parte de él, lo miró desilusionada.

—¿Acaso no te gustó? —reprochó como si fuera una niña, con su ceño muy fruncido.

La pregunta de Mimi lo devolvió a la realidad y antes de que se arruinara tan soñado momento se apresuró a decir:

—¡Claro que me gustó, Mimi! Me… encantó.

—Pues entonces… ¡Bésame, Takeru! —ordenó jalándolo hacia ella.

Y así se unieron, esta vez sí, en el más dulce de los besos.


FIN.


Nota: ¡Mil disculpas, Jacque! Ya sé que quedó un poco corto y apresurado. ¿Hay poco Yamakari en este capítulo? Sí, también lo sé. Pero ya te dije: voy a compensarte por publicar tarde. Y ahora también por los escasos momentos de tu OTP. n_n

¡Hasta la próxima!


Crystalina.