Francis había vuelto a desaparecer en un acto que dejaba al descubierto que aún era un adolescente, pero también delataba algo muy humano en él. Arthur se encontró sumamente impotente ante ese carácter suyo pero, lo que era peor, también estaba preocupado por lo que el futuro le depararía al otro. Él tenía claro que no estaría por siempre en el hospital, un vez que pudiera manejarse por sí solo y mostrara signos de una evidente recuperación, debería volver a casa. Definitivamente no pensaba hacerlo sin antes haber resuelto los asuntos pendientes con Francis. Poco importaba si decidía perdonarle o no, la prioridad era que su existencia cesara de una vez por todas, pero bajo los propios términos del chico, aquéllos que no había podido cumplir cuando aún estaba en vida. Le había contado su historia, sus propios pensamientos y la perspectiva que le concernía a él, y a pesar de ser consciente de todo ello y su actual condición, desconocía la razón de encontrarse ligado al mundo de los vivos. Puede que pensara que su suicidio fuera la causa, sin embargo estaba claro que él debió haber muerto tras el primer intento. Debía devolverle a ese momento para que llevara a cabo su propia voluntad. El problema principal remitía en saber dónde buscarlo, lo había esperado la noche siguiente, sospechando que se avecinaría lo peor con ello, pero nada ocurrió. No esperó a la segunda, esa misma tarde recorrió el edificio por todos los rincones que pudo, concentrándose en percibir esa energía tan característica que era Francis cundo se ocultaba de su vista.
Al cabo de cuatro días Arthur se enteró de las noticias, pues se había estado manteniendo al tanto de lo que ocurría en la habitación de Francis. La mujer que residía allí había sido retirada esa misma mañana, su familia la había trasladado a otro hospital y sabía que su lugar no tardaría en ser ocupado. Por lo que eso lo dejaba vacío por un corto período de tiempo, momento en el que podía volver a ser solamente de Francis y nadie más. Sabía que si quería tener una oportunidad debía tratar en ese mismo instante. Bajo el manto de la noche sería imposible la llegada de nuevos residentes, los que iban con un urgencia de último momento permanecían a emergencias. Ni siquiera consideró en tomar la silla de ruedas, hubiera causado que el traslado se hiciera aún más peligroso y estropeara la cautela. Arthur no deseaba ser descubierto, pero tampoco echar a perder el progreso que había logrado durante estos últimos tiempos, por lo que se vio en la situación de cruzar los pasillos mientras se sujetaba de las paredes empapeladas de amarillo. Le llevó mucho más tiempo del que le hubiera tomado de haberlo hecho en la silla, pero sabía que al final valdría la pena, ya si encontrara a Francis como si no, debía pasar desapercibido. La puerta con los negros números, que indicaban la habitación de la que trataba, no había sido cerrada con llave en absoluto. Se ayudó con la linterna de su teléfono celular, escaneó el interior antes de haberse metido por completo, pero no hubo rastro del fantasma. Arthur no perdía esperanzas de que apareciera, sin embargo se dijo a sí mismo que se sentaría allí simplemente para descansar las piernas antes de tener que volver a su cuarto. Se hubiera recostado en la cama, pero lo encontró extraño por el hecho de que la señora había estado allí hacía poco tiempo y, aunque ahora fuera completamente diferente, siempre sería el lugar de Francis. En su lugar, descansó sobre el mullido sillón para una persona, colocando una silla delante para sus piernas. Se distrajo con su teléfono durante los primeros veinte minutos, los cuales le pareció que volaron. Volvió a encender la linterna a fin de observar el interior del lugar con más detenimiento. A la vista no había nada que llamara la atención de manera especial, pero todo allí guardaba un significado. Para él en cualquier rincón, sobre cualquiera de las baldosas o contra alguna de las cuatro paredes podía haber ocurrido. Le costó no imaginarse a Francis, en su cuerpo de carne y hueso, llenando su cuerpo de aquellas sustancia hasta no poder más. Después del tiempo que hubo pasado allí dentro, lo consideró tonto el no intentar siquiera una vez probar la perspectiva desde la cama. Guardando el teléfono en su bolsillo, Arthur se subió al colchón de espaldas, sentado a los pies de éste y al voltearse, dispuesto a recostarse sin más, se detuvo para soltar una exclamación de sorpresa.
—¿Asustado? —inquirió Francis, mirándole desde el lugar en el que planeaba descansar.
—Si serás imbécil —exclamó, avergonzado por ser descubierto de esa forma, pero ya un poco más aliviado ante la intromisión—. Ahora soy yo el que se escabulle en tu cuarto —señaló Arthur—, debería ordenarte que cerraras los ojos.
—Te lo pedía porque me veo horrible —aclaró—, aunque si consideramos tu aspecto, lo que dices es válido.
Murmurando otro insulto, Arthur se acostó en el espacio que Francis le había dejado junto a él. Éste quiso saber qué hacía allí a esas horas de la noche, lo cual le respondió sin problema y sin censurar sus intenciones, en un extraño arranque de honestidad. Luego fue el turno de Arthur para cuestionarle, pues no lo había notado allí y no era normal que no pudiera sentir su presencia. El otro tampoco tenía idea de cómo había ocurrido aquello, pero a diferencia de él, poco le importaba.
—¿Es que todavía sigues enojado? —le preguntó.
—No tanto como enojado... —explicó Francis, buscando las palabras exactas para expresarse correctamente—. Me siento engañado, manipulado, para ser preciso. Lograste hacerme sentir culpable por no haberte dicho que estaba muerto, me exigiste que te contara sobre mi pasado —le replicó con tranquilidad—, cuando tú ya lo sabías todo.
—Te lo dije antes, Francis, era la única forma de conseguir que lo hicieras.
—No, no lo era —dijo con firmeza—, era la manera más fácil, pero no la única, en absoluto.
Reinó el silencio tras aquellas palabras, a lo que Francis se volteó para recostarse de lado y poder verle a la cara, pero el otro muchacho permaneció quieto.
—¿Acaso esperas que me disculpe? —preguntó Arthur. No obtuvo respuesta—. Lo siento —pronunció unos instantes después y, aunque no se hubiera girado para mirarlo, supo que aquellas dos palabras le hicieron sonreír—. La última vez que nos vimos, dijiste que estabas atrapado en este mundo por haber cometido suicidio.
—Así es —afirmó.
—Yo no creo que eso sea del todo cierto —le explicó, ahora sí mirándole a la cara—. Pienso que lo que en verdad te condenó fue el que hubieras fallado la primera vez.
—A pesar de todo lo que pasó —comenzó a decir, ya sin sonrisa en el rostro— aún tengo sentimientos, ¿sabes? Una parte de mí sigue siendo humana, aunque esté muerto. No soy un ser ajeno a todo al que debes mandar fuera de aquí. No es un suicidio lo que necesito para morir en paz.
—¡Pero si era justamente eso lo que querías! —exclamó Arthur, sin terminar de comprender sus palabras—. ¿Sino por qué otra razón ibas a intentarlo dos veces?
—Nadie realmente quiere suicidarse, Arthur. Al menos yo no.
—¿Entonces qué es lo que esperas ahora? —preguntó, realmente creyendo que para Francis no quedaba nada más que exigir de la existencia que llevaba.
Con un encogimiento de hombros, respondió:
—Espero poder llegar a volver a ser feliz.
Sólo porque se trataba de una situación delicada, Arthur reprimió el deseo de bufar como si de una tontería se tratara. Aunque realmente no era algo que debiera tomarse a la ligera, consideró que aún estaba a tiempo de intentar ayudarle en eso. Sin embargo, su falta de entendimiento acerca de los sentimientos del otro, y su obstinación por creer que la idea de intentar un nuevo suicidio era la solución, fueron las razones por las que no pudo ver que durante su estancia en el hospital él mismo había estado muy cerca de hacer realidad el pedido de Francis.
—En una semana me darán de alta —anunció, con su mirada fija en su traslúcido compañero, quien le dedicó una mínima sonrisa.
—¿Es que acaso piensas hacerme feliz en esos siete días? —dijo con su suave voz que mantenía el equilibrio de la noche—. A decir verdad, creo que serías capaz de lograrlo.
Arthur no dio ninguna respuesta que indicara que estaba en lo correcto, sino que se puso de pie e indicó a Francis para que le siguiera. Juntos retornaron a su habitación para, una vez más, recostarse lado a lado. Intentó pensar en las posibles maneras de devolverle la felicidad que había sido capaz de sentir siendo humano, pero todas requerían abandonar el establecimiento, cosa que sabía que no podía pasar. Desde que Francis había pasado a existir como un alma intangible, había intentado salir del lugar, siéndole imposible, pues al cruzar una puerta de salida se encontraba a sí mismo ingresando por otra. No había llegado a experimentar el exterior más allá de los ventanales y sus constantes visitas a los jardines y techos.
Tuvo que haber pasado toda la noche para que a uno de ellos se le ocurriera qué hacer. Arthur había participado de todas las actividades que debía seguir hasta su partida, por lo que sólo tuvo ocasión de encontrarse con Francis una vez entrada la tarde. Éste le sonreía como un niño, sin decirle todavía de qué se trataba su idea. Realmente no era la solución, sino más bien un pasatiempo hasta que algo verdadero surgiera. Le recordó a Arthur todas los deberes que no había realizado aún. Los cuestionarios de historia, los problemas planteados en el libro de química, las unidades que no había avanzando en matemática. Pero al cual él quería llegar puntualmente era el ensayo de literatura que no se había molestado en comenzar. Le habían asignado leer una novela que su madre tan amablemente le había comprado en cuanto se enteró. La portada estaba impecable, no había sido doblada ni descuidada, mucho menos abierta. Francis tenía la intención de hacer su cometido el leer todas las páginas y escribir el ensayo en lugar de él. No era la solución que le llevaría a recuperar su felicidad, pero hacía tiempo que no ponía sus ojos en un texto y se dejaba embriagar por su trama. Sin embargo, su propósito final era dejar a Arthur con algo para que le recordara. El joven lo asimiló todo en silencio, sin negar ni aceptar la idea al instante.
—Tú has eso —le indicó al cabo de un tiempo—. Se me ha ocurrido otra cosa, pero debo realizar todo en tu ausencia.
La palabra recuerdo había sido el disparador de lo que llevó a cabo a continuación. Cada tarde se emprendía en su proyecto, mientras que Francis tomaba todo el día para hacer lo suyo, con un cuidado y dedicación extremos. Las noches las reservaban para sus pláticas en la calidez de la habitación hasta que el cansancio vencía a Arthur. Por su parte, éste no salía de allí, siempre y cuando se tratara de sus tiempos libres. Había recolectado una buena cantidad de hojas blancas, totalmente lisas, de su cuaderno de la escuela. Con una idea del tamaño real de Francis en mente, había calculado cuánto ocuparía sobre la superficie, luego debía seguir el boceto, un tanto rústico, que realizó a lápiz. La parte más difícil había consistido en dividir la imagen entre las diferentes hojas de las disponía, el suelo de su habitación no era suficiente para que pudiera desplegar el total del dibujo. Hubiera pegado el papel a la pared, pero no podía estar a la vista de nadie y el ponerlo y quitarlo llevaba más tiempo del que podía utilizar para llevarlo a cabo. De esta forma, se vio en la tarea de dividir a Francis por partes a la hora de realizar los verdaderos trazos, encargarse de los detalles y nimiedades. La mayor presión había sido terminar aquella inesperada muestra de afecto en los siguientes cinco días, no hubiera querido esperar hasta el final en caso de que su plan fallara, lo cual entonces le parecía fuera de las probabilidades. Más de una vez se encontró a sí mismo dudando al respecto, preguntándose si no era ridículo el sentimentalismo de último minuto que le movía a hacer eso. Al final se repitió que ya lo había comenzado no había vuelta atrás. En cualquier caso siempre podía culpar a los arranques impulsivos que tomas desprevenidos hasta a los más sabios.
Concretaron la fecha en conjunto, ambos acordaron que el día anterior a la partida de Arthur cada cual presentaría ante el oto lo que habían realizado. Tomaría lugar a la tarde, casi entrada la noche. Arthur tomaría el té en su cuarto para ahorrar tiempo, luego vendría el otro joven con lo suyo ya terminado. El día no había tardado en llegar, Francis fue directo al lugar, procurando no ser capturado por ojos ajenos, pues sólo hubieran visto un par de objetos flotar por su propia cuenta. Sin duda había terminado el ensayo al que tanto empeño le había puesto, trataba estrictamente acerca del libro y de seguro obtendría una excelente calificación. Si bien no era nada personal, no dejaba de ser el único recuerdo que le dejaría a su amigo.
—No te molesta que lo lea después, ¿verdad? —inquirió Arthur, sin tener verdadero interés en el texto. Por otro lado le había llamado la atención la letra de Francis, era extrañamente prolija para alguien que no había escrito una sola palabra en los últimos años. Pero supuso que con tanto tiempo para terminar ya había tenido tiempo de perfeccionarla.
—No, está bien, pero más te vale hacerlo antes de haberte marchado —le indicó. Acto seguido, Francis dio tres pasos hacia él—. ¿Vas a darme ahora lo que es mío? —pidió con voz esperanzadora antes de cerrar los ojos, lo que Arthur aprovechó para alejarse hasta la cama.
—Lo haré, pero ahora date la vuelta y quédate donde ahí.
—¿Es esa clase de regalo entonces? —preguntó mientras hacía lo que se le había dicho. Desde la otra punta de la habitación, ya había comenzado a desplegar los papeles y a ponerlos en orden.
—¿A qué te refieres con eso?
—Digo que es un regalo material.
—Bueno, el tuyo también lo es, y no creo que sea nada malo.
—No, no es malo, simplemente inesperado.
Sin responder, Arthur se encargó de colgar en la pared cada parte del dibujo, procurando que las piezas encajaran exactamente donde debían. Una vez que hubo terminado le comunicó que ya podía voltearse a ver. En frente suyo, como si se tratara de un espejo al pasado, Francis descubrió una figura del mismo tamaño y forma que él. Maravillado, se acercó a ella, si bien no era un calco de su persona, era semejante. En aquel otro Francis, el que le miraba estático, tenía las mejillas sonrosadas y brillo en la mirada. Su cabello parecía flotar con el aire y sus labios denotaban vitalidad, los músculos ocultos debajo de las prendas eran invisibles al ojo del espectador, mas allí estaban. Ese joven hecho a lápiz tenía más vida que el verdadero.
—Soy yo —dijo por fin, reconociéndose en la pared—, o más bien, es quien yo era. ¿Cómo supiste que es así como me veía?
—No lo sabía, no tenía forma de saberlo, sólo lo imaginé —respondió Arthur por atrás suyo.
—Creí que si alguna vez volvía a ver una imagen mía de antes, no podría tolerarlo. Ya ves lo deplorable que estoy ahora —musitó y sin perder más tiempo cerró la distancia que lo separaba del dibujo. Se escabulló entre la pared y el papel. El ser una criatura intangible tenía esas ventajas. Colocó su rostro en donde estaba el otro trazado con lápiz, las manos en la exacta misma posición, y se mantuvo estático—. ¿Puedes verme ahora? —preguntó.
Arthur se acercó, creyendo que lo único que lograba Francis era lastimarse a sí mismo al hacer semejantes cosas, sin dejar de despreciar y burlarse de su estado actual.
—¿Puedes creer que alguna vez de verdad fui así? —habló de nuevo, dándole al dibujo un extraño efecto que parecía ponerle en movimiento—. En serio te lo lo agradezco, es como sentirme yo mismo de nuevo.
—Sigo viendo lo mismo que antes —comentó, sacudiendo la cabeza antes de colocar sus manos sobre las de Francis—. Al que conocí y este chico son el mismo. Eres la misma persona que interrumpió mi sueño tan sólo para molestarme.
Con una sonrisa cargada de picardía, dejó que su rostro sobresaliera por el dibujo.
—¿Ah, si?
Arthur bufó un poco, con la sola intención de dar la impresión de estar por encima de las circunstancias.
—No abras los ojos —le indicó. Francis procedió a cerrarlos y mantenerlos así durante los instantes siguientes, cuando el joven frente a él se aproximó para acariciarle los labios con los suyos. No estuvo seguro de si lo sintió o si no fue más que la ilusión por no poder verlo, pero no dejó de ser un beso, uno con el que supo que no había nada más que le faltara.
A pesar de que nunca se había propuesto tal pregunta, la incógnita surgió igual. ¿Cómo se llega al punto de encontrarse sin vida y aun así de pie al techo de un edificio, dispuesto a saltar, a cortar toda conexión con lo que una vez se hubo conocido y con lo que su mente se había acostumbrado ya? El viento soplaba, pero pasaba a través de su figura, la luz de la luna no proyectaba sobre sus finos cabellos, el frío nocturno no conseguía erizar su piel hecha de algo más allá de lo humano. En medio de todo el caos, del enmarañare de muerte y vida teñido por el aura de un alma en pena, Arthur estaba a su lado y, en contra de todo lo que su fantasmal existencia representaba, juraba que podía sentir la calidez de su cercanía. Mientras esos sus últimos años fueran reales, a pesar de que formara parte de su vida después de la muerte y no de sus días en carne y hueso, Francis se sabía feliz. Pleno y absoluto ahora, en paz condigo mismo y con su pasado, era capaz de arrojarse a su final. No había nada más que pudiera querer obtener de esta existencia. Ya no se trataba de una nada andante, había cesado la vida de aquel ser acomplejado y perdido en su propio interior, había logrado reencontrarse y aprender que considerar lo mejor para sí mismo podía no ser sencillo. De haber podido volver en el tiempo antes, él hubiera querido cambiar las cosas, pero no habría tenido sentido, si lo hiciera sabía que su forma de ver el mundo al final de la línea no sería la misma de ahora. No podía dejar que su destino dependiera de las acciones pasadas, ya fuera a partir o en oposición a ellas. Al asomarse hacia el abismo, al que sucumbiría todo lo que quedaba como último recordatorio de su vida, Francis no pudo sentirse más conforme de haber tomado su decisión. Ahora era estrictamente suya, no había nada que le detuviera o amarrara sus pies al suelo, ni siquiera él mismo.
