aquí les traigo el primer capitulo, espero lo disfruten


Capítulo 1:

La Orden Oscura

Nada tenía que ver el frío que me envolvió aquella mañana cuando salimos de la casa, ni que la neblina hubiese bajado tanto que apenas podía ver las hebillas de mis botas negras. No. Yo sabía que algo no estaba bien por el simple hecho que conocía bastante bien los gestos de mi maestro y en esta ocasión mostraban una determinación casi frívola. Por alguna razón, pensé que aquello significaba malas noticias para mí. Pero, como había aprendido en los años que había pasado junto a él, era mejor abstenerse de hacer algún comentario.

Así que me dediqué a observar cómo el paisaje cambiaba con rapidez por mi ventana, en el vagón del tren. Aún no sabía a dónde tenía planeado guiarme pero, si quería ahorrarme un golpe en la cabeza o en el hombro, era mejor continuar en la ignorancia. Pronto me aburrí de ver los campos y casas aisladas y, tratando de ser lo más discreta posible, me dediqué a observar a mi maestro. Me gustaba mucho su cabello, sobre todo su intenso color rojo que, a pesar de llevar bastante largo, no lo hacía ver nada femenino. Tal vez se debía a la mata de pelo que se había dejado en la punta de la barbilla o, en general, a sus facciones duras y cuadradas que sólo lo hacían verse más intimidante. Con todo, era bastante atractivo, por lo menos debía serlo ya que, en lo que llevaba de estos últimos meses, había cambiado como cinco veces de pareja. Las mujeres parecían dispuestas a hacer todo por él, lo que mi maestro aprovechaba bastante bien ya que, por ser un exorcista nómada por naturaleza, nunca tenía dinero para comer o para hospedarse, mucho menos para compartir algo conmigo. Y así, aunque me disgustara bastante, nosotros vivíamos a expensas de sus amantes.

Me pregunté qué habría sucedido con Kim, era agradable y parecía querer mucho a mi maestro, Cross, aunque, para ser sincera, todas siempre se enamoraban de él. Y, después, las dejaba. Eso había sucedido esta mañana, por supuesto, porque me obligó a hacer mi maleta y, sin hacer ruido, nos dirigimos a la estación.

Sin despedidas, sin promesas de retorno. Así era él y, a veces, se lo reprochaba (mentalmente, por supuesto) porque consideraba un verdadero acto de cobardía que las dejara de aquella manera, como si no fueran más que algo que se pudiera tirar…

—¿Qué miras, Allen? —gruñó él, atrapándome con mi mirada sobre su rostro.

Agité la cabeza de un lado a otro, con bastante energía, mi cabello largo y blanco se sacudió a mis lados.

—Nada.

Su ceja roja, la única que se podía ver en su rostro, se curvó hacia abajo, en un gesto bastante molesto. Sin embargo, lo dejó pasar, ya que se limitó a resoplar y desviar el rostro hacia la ventana, mostrándome su lado intacto, el que no estaba cubierto por un gran parche oscuro. Timcampy revoloteó un rato a su lado, hasta posarse en uno de sus hombros.

—Deja de mirarme.

Eso hice. Y desvíe mis pensamientos a lugares mucho más oscuros de mi memoria, como la noche en que mi padre murió. Los años habían logrado hacer un poco más borrosos algunos detalles, sin embargo, la sangre siempre estaba ahí. La veía en mis sueños, brillando intensamente, dirigiéndose hacia mí, desesperada por querer consumirme hasta destruirme… también. Parpadeé, intentando reprimir las lágrimas que esperaban escaparse de mis ojos; no quería que Cross notara lo débil que era, pero, en mi defensa, podría decir que la muerte de mi padre dolía como el primer día. A pesar de que ya tenía quince años, a pesar de que había recibido un duro entrenamiento en el exorcismo y podría considerarme una persona fuerte.

A pesar de todo, dolía.

Sabía que un licántropo había sido el responsable de la muerte de mi padre y que se fue, antes de acabar conmigo, también. Después, un destello bloqueaba lo demás y los recuerdos regresaban a una habitación oscura, donde Cross se había encargado de despertarme. Lamentablemente, él había llegado demasiado tarde por lo que jamás obtuve la respuesta que buscaba de sus labios.

Esa noche encerraba para una tragedia y un misterio, en ella se encuentra la razón por la cual mi cabello perdió su color, en ella está la respuesta que me aclararía por qué mi rostro está marcado o por qué mi mano ahora está roja y deformada.

Por supuesto, Cross me había explicado, después de analizar con detenimiento mi brazo y ponerlo a prueba, que se trataba de mi Inocencia, la cual me serviría para ejercer un buen trabajo como exorcista, por supuesto, si se me entrenaba adecuadamente. Pero saber qué era exactamente lo que me pasaba no explicaba cómo era que la Inocencia había llegado a mí.

El tren se detuvo y con él mis pensamientos.

Caminamos por una hora aproximadamente, una completa hora de silencio y cansancio, ya que mi maestro hizo que llevara todo el equipaje, según él para mejorar mi condición, aunque yo creía que era más bien para evitarse la molestia de arrastrar todo lo que llevaba en la suya. En fin, seguramente esa era la razón por la que los campesinos y la gente de la ciudad que cruzamos lanzaba miradas bastante divertidas en nuestra dirección: un hombre alto y fuerte, fumando tranquilamente un cigarro, seguido de una joven de cabello blanco, una capa roja y guantes negros, que arrastraba demasiado equipaje y que lucía como si acabara de correr un maratón. Claro que, yo era la única que les causaba risa, sólo algunas personas lo bastante decentes lanzaban miradas fulminantes en dirección a Cross, aunque, por supuesto, él las ignoraba por completo.

—Aquí termino yo, tú tienes que subir.

—¿Subir? —arqueé una ceja y, desgraciadamente, me di la vuelta para comprobar que había un enorme acantilado, en cuya cima se podía ver una figura apenas visible de lo que podría ser un viejo edificio— ¿Espera que yo suba hasta allá con todo este equipaje?

—No —respondió él, tranquilamente. Me quitó su equipaje de las manos—. Sólo con el tuyo.

—¿No va a venir conmigo? —odié como mi pregunta sonó tan necesitada, pero no pude evitar que escapara de mis labios. Aunque me costara admitirlo, no quería despedirme de él. Después de todo, era lo único que me quedaba.

Negó con la cabeza.

—Odio este lugar —resopló—, pero creo que a ti te hará bien.

Se despidió, lo vi darse la vuelta y, por un instante, tuve ganas de correr hacia él y abrazarlo y agradecerle por cuidarme todo ese tiempo, pero sabía que eso sólo lo incomodaría.

—Timcampy te hará compañía. Prometo volver a verte, Allen.

Mientras el golem se posaba en mi cabeza, vi a mi maestro desaparecer en la oscuridad. Después, me giré nuevamente para enfrentarme al recorrido que me esperaba. Me colgué las maletas lo mejor que pude a mi espalda y cintura y comencé a escalar.

Completamente agitada y arrastrándome, logré llegar a la hermosa y vieja puerta de la enorme construcción que se elevaba ante mí. Tras una gran exhalación, puse mi gran maleta en el suelo y me senté en ella, pensando cuál sería la mejor manera para presentarme ante personas que jamás había visto. Por un momento, sentí pánico, ya que pensé que una orden protegida de sacerdotes negros, jamás dejaría entrar a alguien como yo. Entonces fue que pensé en Timcampy.

Con cierto trabajo, debo admitir, me levanté y toqué la enorme puerta en cuyo centro una cabeza enorme de piedra (o por lo menos eso me pareció a mí) permanecía muda, como si fuese el guardián del recinto.

—No se permite la entrada a personas externas —emergió una voz masculina.

Me acerqué un poco más, girando la cabeza, intentando descubrir a los golems, si es que los había; ellos deberían de ser los que transmitirían mi imagen a los sacerdotes.

—Me llamo Allen Walker —solté, insegura—. Soy exorcista, fui aprendiz del general Cross Marian y vine aquí por su recomendación…

—Escucha —la voz al otro lado comenzó a sonar aburrida, como si mi historia ya la hubiera oído muchas veces—, el caso es que no podemos… espera, ¿ese es Timcampy?

Para toda respuesta, el golem describió unos círculos en el aire.

—Sí, mi maestro…

De nuevo, fui interrumpida por un estruendo al que le siguió la elevación de las puertas.

—Tim, mantente cerca —le susurré al golem y me arriesgué a entrar en una especie de amplio vestíbulo, cuyo interior había grandes pilares y diversos pasillos… Claro que yo no tenía la menor idea hacia dónde dirigirme ya que todo estaba desierto y no quería arriesgarme a perderme. Por alguna extraña razón tenía una extraordinaria capacidad para extraviarme en cualquier lugar.

—¡Bienvenida!

Admito que la reacción que tuve a su saludo fue un poco exagerada, pero es que, últimamente, no me sentía muy bien. Así que, cuando la chica exclamó cerca de mi oído, yo me di la vuelta y estuve a muy poco de atacarla. Por fortuna, en cuanto mi ojo maldito (como yo lo llamo) la examinó me di cuenta que sólo era una humana.

—Lo siento… ¿Te asusté?

—No —dije, tratando de cambiar mi postura y esbozando una extraña sonrisa, bueno, supuse que no había logrado sonreír adecuadamente ya que ella frunció ligeramente el ceño.

—¿Ibas a atacarme?

—No.

Siempre había sido muy mala para mentir. Y, por lógica, ella supo que no era verdad. Se cruzó de brazos.

—¡Lo siento! ¡Lo siento! Es sólo que… no conozco a nadie y…

Entonces, ella se rió. A pesar de que me sentía confundida por sus cambios de humor, me percaté que su chaqueta tenía unos símbolos parecidos a los de mi maestro, sólo que los de ella eran de plata. Eso debía significara que ella también era exorcista.

—No te preocupes, lo entiendo. Debes estar cansada e irritada por todo lo que tuviste que escalar hace rato. ¡Oh, y con todo eso encima! —dijo, señalando mi equipaje.

Lamento decir que me dio un poco de envidia su hermoso cabello oscuro, que se acercaba mucho al verde esmeralda, recogido en dos coletas largas sobre su cabeza. Su cabello tenía tanto color y el mío parecía que estaba muerto, como si le hubiesen quitado la vida.

—Me llamo Lenalee, soy hermana del jefe del cuartel y, de momento, a su nombre, te vuelvo a dar la bienvenida.

—Gracias —musité, un poco apenada, mientras ella me pedía que la siguiera.

Me mostró la cocina, una especie de sala de entrenamiento, y algunas habitaciones, por lo menos hasta que llegamos a la que usaba su hermano para trabajar.

Él, a diferencia de Lenalee, estaba vestido de blanco y también traía una especie de gorro sobre la cabeza, además de unas gafas.

—Komui Lee —se presentó rápidamente, restándole importancia.

Parecía bastante entusiasmado al verme llegar, bueno, por lo menos se notó contento cuando vio mi mano marchita. La examinó, se acercó a ella, observó el símbolo en el dorso, y después me pidió que la activara lo cual hice.

—Tipo parásito, ¿eh?

—¿Disculpa?

—Tu Inocencia, es tipo parásito, la más extraña de todas… pero… de eso hablaremos en la mañana, hoy debes estar bastante cansada Allen…

Asentí, esperando poder llegar a una cama y pronto.

—Lenalee te llevará a una habitación —dijo, sonriendo.

—Eh… Hermano, no tenemos habitaciones —replicó ella.

Komui se giró hacia Lenalee, observándola con extrañeza… o tal vez, ahora que lo pienso su expresión era mucho más parecida a una fingida inocencia.

—¿Qué quieres decir, Lenalee? —continuó, haciendo como que sacaba unas herramientas— En este recito hay varios exorcistas pero es demasiado grande como para…

Ella lo interrumpió, golpeándolo en la cabeza con una tablilla sujetapapeles que ni siquiera pude ver de dónde sacó.

—¡Las tienes ocupadas con tus experimentos!

—Tú sabes que todo lo que hago es importante —se excusó, tocándose el área golpeada con delicadeza, como si el golpe hubiese sido muy fuerte.

—Experimentos fallidos, chatarra…

—¡No es cierto!

—La mayoría lo son.

Komui la ignoró deliberadamente y se giró hacia mí.

—Mañana prometo tenerte una habitación para ti sola, pero esta noche tendrás que dormir en la habitación de Kanda.

—¿Ella no se molestará? —pregunté, esperando que fuera una mujer, porque no estaba dispuesta a dormir en la misma habitación que un hombre.

—¿Ella? —soltó Lenalee arqueando las cejas hasta que se perdieron en su fleco. De pronto, su hermano, estalló en una sonora carcajada.

—¿Te imaginas a Kanda vestido de niña? —cuestionó a Lenalee, entre risas, hasta ella parecía con ganas de sonreír pero se controló— Tengo que decirle esto…

—Creo que no le agradaría mucho —comentó ella, lo que hizo callar a su hermano repentinamente.

Tomando una pose más seria, asintió y se acomodó los lentes.

—Probablemente me golpearía —dijo y después me lanzó una mirada— y a ella también.

—¿Qué? —exploté— ¡Ni muerta compartiría habitación con un hombre y menos con uno que tiene ese carácter!

Lenalee puso una mano sobre mi hombro para calmarme.

—No te preocupes, él regresa hasta mañana en al mediodía —explicó ella—. Para ese momento tú ya estarás en tu nueva habitación y Kanda no se dará cuenta de nada. Sólo no toques nada que haya en su habitación y todo estará bien.

Tendría que haber discutido más (y estaba pensando en hacerlo), pero estaba tan agotada y, cuando me dejé caer sobre el suave colchón ya no hubo remedio; le di las gracias a Lenalee por conducirme hasta aquella habitación y me despedí de ella.

—Mañana mi hermano te asignará un guía y podrás comenzar con tus entrenamientos —dijo ella, sonriente.

—¿Un guía? —pregunté, a medio camino entre la consciencia y la inconsciencia.

—No te preocupes, después te explicaré.

Tenía planeado observar la habitación de Kanda detenidamente, sobre todo la cama, para dejarla exactamente como la había encontrado, pero era tan austera; apenas tenía algunos libros en un escritorio viejo y varios tipos de cuchillos (lo cual no me agradó) colgados en la pared. No parecía alguien muy animado, por lo menos no en lo relacionado a decoración. La misma habitación me hizo sentir un poco sola, era como si lugar mismo me recordara que apenas, aquel día, había sido abandonada por mi maestro.

Por fortuna, estaba tan cansada que mi mente no pudo continuar con aquellos pensamientos tristes; le dije buenas noches a Timcampy, quien se dejó caer a un lado mío inmediatamente. Era bueno tener algo de compañía, para variar.

—¿Quién eres y qué haces en mi cama?

Al principio consideré seriamente que se trataba de una pesadilla; aquella voz tan oscura y gruñona se parecía mucho más a la de un demonio que a la de un humano. Además, cuando abrí los ojos y me encontré con la alta y oscurecida figura al pie de la cama, cerca de la cabecera, creo que cualquiera estaría de acuerdo en que la reacción que tuve fue la más sensata: de un salto, ponerme de pie (en la cama) y soltar una aguda exclamación.

Me relajé un poco cuando distinguí el uniforme de exorcista cubriéndolo y después volví a alarmarme cuando me di cuenta que, aún de pie sobre la cama, apenas y lo superaba con unos centímetros, lo que significaba que debía ser mucho más alto de lo que yo pensaba. Además, nadie podía culparme de estar un poco asustada; sus ojos negros destilaban un malhumor que nunca creía haber visto en otra persona.

Entonces, para aumentar mi tensión, llevó su mano derecha a su espalda y sacó una enorme katana cuya punta quedó tan sólo a unos centímetros del centro de mi frente.

—Respóndeme —exigió con fuerza. Sin embargo, su mirada no tardó en inclinarse un poco más hacia abajo y hacerlo dudar, por un instante.

Fue justo en el momento que me di cuenta que (no podía creerlo) a pesar de estar tan cansada hacía unas horas, había tenido la energía suficiente para ponerme la primera bata de dormir que traía en mi equipaje: la más ligera y corta de todas.

Perfecto; las cosas no hacían más que mejorar.

—Mis ojos están más arriba —gruñí. Era increíble, el hombre me estaba apuntando con un arma y yo tenía que hacerme la molesta en ese preciso instante. Aunque, me ayudaba mucho saber que, en cualquier momento, podría activar mi Inocencia para defenderme.

Él sacudió su cabeza, como si quisiera quitarse algo de sus pensamientos y, por fin, dirigió su mirada hacia mi rostro, sólo que ya era demasiado tarde. Aprovechando su distracción, salté, di un giro en el aire y llegué hasta donde se encontraba la puerta, abierta. Estuve a tan poco de salir, pero él fue más rápido y bloqueó mi salida y volvió a apuntarme con su arma.

No sabía cómo era que había llegado con tantas horas de antelación, siendo que Lenalee me había informado que arribaría al mediodía, pero no había duda de que el hombre… bueno, ahora que lo veía bien no debía de pasar de los 18 o 19 años… en fin, estaba segura que él era Kanda.

—Tu nombre, ahora.

—Allen Walker.

Me percaté que su cabello oscuro era bastante largo y que se lo recogía en una coleta bastante bien amarrada sobre el cráneo. A diferencia del de Lenalee el cabello de Kanda se acercaba más al tono azul profundo. Además, ahora que lo veía bien me di cuenta que era muy apuesto…

Sacudí mi cabeza, había empezado a divagar y, en una situación como la mía, eso no era nada recomendable.

—¿Qué hacías en mi cama?

—Yo… ehh…

Por fortuna, en el umbral aparecieron tanto Komui como su hermana.

—¡Kanda, baja eso! —chilló Lenalee— Allen es una de los nuestros.

Aprovechando el momento, tomé la sábana que estaba sobre la cama y la envolví a mí alrededor, sólo así me sentí un poco más segura. Timcampy volvió a colocarse sobre mi cabeza y, en un murmullo, se lo agradecí.

—¿Qué hace ella en mi habitación? —cuestionó, como si, de pronto, yo hubiese desaparecido. Cada vez me sorprendía más la "educación" que tenía aquel joven.

—Pensamos que regresarías mañana al mediodía —replicó Lenalee, ignorando su pregunta— ¿Por qué llegaste antes?

—Terminé pronto la misión.

Como si estuviera en una reflexión importante, Lenalee puso una mano sobre su barbilla, pensando.

—Si te dejaron entrar… ¿Cómo es que no te dijeron que Allen estaba en tu habitación?

Se escuchó una tos algo incómoda, pero nadie le prestó atención.

—Eso es lo que quisiera saber, ¿qué hace aquí ella? —preguntó, señalándome con descaro. Yo le lancé mi mejor mirada asesina, pero no sirvió mucho.

—No teníamos ninguna habitación disponible, porque mi hermano la tiene ocupada con sus experimentos, por lo que se le ocurrió que, mientras llegabas, Allen podría pasar la noche aquí.

Kanda frunció el ceño; para ser sincera, era el mejor en causar escalofríos con sólo un gesto. Mis ojos fulminantes palidecían junto a su expresión de hielo, casi parecía como que hubiera nacido para la intimidación.

Se giró hacia Komui, quien levantó la cabeza al techo, fingiendo estar distraído.

—¿Por qué no me avisaste de esto?

—¿Qué? —Lenalee parecía confusa— Pero si apenas nos enteramos que llegaste…

Kanda negó con la cabeza, interrumpiéndola.

—Él me abrió la puerta.

—¿Qué? —esta vez me tocó a mí soltar la exclamación. Me acerqué a Komui y, como todavía pretendía estar más interesado en lo que había en el techo, lo tomé del cuello de su saco y lo sacudí con fuerza— ¿Por qué no le explicaste? ¿Por qué no lo retuviste para que yo pudiera salir antes de que llegara? ¡Este desequilibrado casi me mata!

—¿Desequilibrado? —escuché repetir a Kanda, en algún punto cercano a mí. Su voz parecía un tanto sorprendida, como si esa fuera la última palabra que esperara que le adjudicasen.

Lenalee soltó una carcajada.

—¡Estaba muy ocupado terminando un nuevo proyecto y se me olvidó que estabas aquí!

Gruñí, Komui se encogió como si esperara que lo golpeara y tenía ganas de hacerlo, sinceramente, pero Lenalee, aún riendo, me tomó de los hombros e hizo que retrocediera. Después, se calló de pronto, mirando en una dirección determinada, con expresión propia de los que han visto un fantasma. Seguí sus ojos y me di cuenta que Kanda había agachado la cabeza y tenía un puño sobre sus labios, como si quisiera evitar reírse, incluso me pareció que esta sonriendo… Aunque parecía un poco extraño, como si fuese de las personas que casi nunca transmiten ese tipo de expresiones. En fin, ya que muy pronto se dio cuenta de que lo observábamos y nos regresó la mirada con su malhumor acostumbrado, sinceramente pensé que me lo había imaginado.

Definitivamente ese hombre no tenía la capacidad de esbozar una sonrisa sincera, mucho menos reírse. Bueno, tal vez sólo para burlarse…

Nuevamente estaba divagando.

—Nuca vuelvan a ofrecer mi habitación —sentenció, con una voz que parecía venir del lugar más oscuro del universo. Hasta yo me estremecí, ahora entendía por qué ese exorcista provocaba tanto miedo.

—De acuerdo, pero…

—Necesito descansar, largo de aquí —dijo Kanda, interrumpiendo a Lenalee. Sólo hasta ese momento que el exorcista llevaba, en el hombro, un golem como el mío; bueno, era algo parecido, aunque ése era completamente negro y tenía unas alas semejantes a las de un murciélago.

—Lo que digas —soltó Komui, un tanto temeroso. Me pareció que mis gritos y maltratos todavía lo tenían aturdido, por lo que me sentí un poco mal por ello.

—Vámonos, Allen —me dijo amablemente Lenalee, me ayudó a tomar mis maletas—. Dormirás en mi habitación.

Asentí, agradecida, mordiéndome el labio inferior para evitar decir lo que pensaba: ¿Por qué no me habían dejado pasar la noche en el cuarto de Lenalee desde un principio? Pero, como dije, eso me lo guardé para mí.

—Hey, Moyashi —escuché la voz de Kanda, junto en el momento que cruzaba el umbral.

¿Moyashi? Yo siempre supe que era pequeña y delgada para mi edad, pero nadie me había llamado de esa manera, nunca. Odiaba ese adjetivo. Y, ya que estaba un poco al borde de la explosión, me giré hacia él con todo el enojo que me fue posible transmitir en la mirada.

—Tengo un nombre, si no te importa.

—Lo sé, Moyashi.

Estoy segura que mis uñas habrían llegado a su perfecto rostro si Lenalee no me hubiera tomado de la cintura para detenerme.

—¡Suéltame, suéltame! —le grité— ¡Sé que puedo hacerle daño!

—Por favor, Allen, no queremos sangre derramada —rogó Lenalee. Creo que ella se refería más a mi sangre que a la de Kanda, lo cual me enfureció más, pero, a pesar de todo, logré calmarme.

Kanda extendió una mano hacia mí. Por un segundo, yo lo observé, atónita.

—Mi sábana.

—¿Qué? —solté. Lenalee se tensó, detrás de mí, como si estuviera lista para volver a detenerme si me lanzaba contra Kanda.

—Dame mi sábana.

—Pero la necesito, tengo que recorrer el pasillo y… —me interrumpí en cuanto caí en la cuenta de que era inútil, a él no le importaba en lo más mínimo lo que me ocurriera.

—Vamos, Allen, deja de protestar y dásela. Casi todos están dormidos, nadie te verá… además, supongo que traes una bata…

—Sí, la traigo —gruñí. La misma que dejaba gran parte de mis piernas al descubierto y que dejaba ver todo mi brazo marchito.

Me la quité, procurando hacer una esfera deforme con ella y se la arrojé al rostro a Kanda; creo que no se lo esperaba porque di en el blanco, él único que se salvó de mi ataque, fue su golem, que revoloteó lejos en el momento adecuado.

Lo escuché soltar una especie de rugido, mientras retiraba toda la tela de su cara. Sus ojos llameaban con fuego negro.

Lo detestaba.

—¡Corre, corre! —exclamó Lenalee, mientras tiraba de mi brazo y me sacaba de la habitación; cerramos la puerta detrás de nosotras y nos apresuramos a su habitación.


subiré el siguiente capitulo en cuanto lo tenga listo jejeje