Había anochecido ya y la luz de farolas y neones bañaba las calles de Hasetsu, acunadas por una brisa suave que olía a mar. Los trabajadores que aquella hora salían de las oficinas caminaban animados por las calles, en busca de algún lugar en el que tomar unas copas con los compañeros y algunos estudiantes que acababan tarde sus actividades extraescolares o que habían pasado la tarde en el karaoke regresaban apresurados a sus casas. Y, como no, muchas bolsas de tiendas 24 horas llenas de comida preparada colgaban de las manos de aquellos más perezosos que no tenían ganas de cocinar.

—Se te ve apagado, Yuri —comentó Victor de improvisto, mientras se cruzaban con un grupo bullicioso de personas que sin duda iba a la búsqueda de algún bar—. Casi parece que no te haya hecho ilusión ganar la competición. ¡Al final voy a pensar que no estás contento de que me quede!

Yuri dio un respingo, regresando repentinamente a la realidad. Lo cierto era que no había abierto la boca desde que habían salido del Ice Castle.

—¡N-no es eso! —repuso, con más intensidad de la que habría querido, volviéndose hacia su compañero y negando efusivamente con las manos y la cabeza.

Después se llevó un dedo a los labios, mientras hundía la otra mano en el bolsillo de la chaqueta, meditabundo.

—Puede que… puede que en realidad no termine de creérmelo.

—¡Pues créetelo ya! ¡Has ganado! ¡Y ahora soy tu nuevo entrenador! ¿No estás contento?

Yuri se ruborizó y hundió el rostro en el cuello de la chaqueta, aprovechando que el viento se había vuelto más intenso y hacía frío.

—Sí —murmuró.

Aunque su voz apenas fue audible entre capas de ropa.

—No te he oído bien —canturreó Victor.

—¡Que sí!

—Que sí qué.

—¡Que sí que estoy contento de que seas mi entrenador! —bramó Yuri.

Aunque enseguida se arrepintió de haber sido tan intenso. Iba a disculparse con mil aspavientos, pero, para su sorpresa, cuando se volvió hacia Victor lo descubrió mirándole con aprobación, mientras sonreía.

—¿Qué?

—Me encanta cuando te muestras tal y como eres.

Yuri titubeó.

—Yo siempre me muestro tal y como soy.

—Es verdad, es verdad. Entonces reformularé mi frase: me encanta cuando alcanzo a verte tal y como eres. Como hoy, cuando patinabas. O como en ese vídeo que subiste a Internet, para que todo el mundo lo viera.

—¡Yo no subí ese vídeo! ¡Fueron Loop, Lutz y Axel! Y un día esos diablillos me las pagarán por ello. Yo jamás… habría mostrado algo tan vergonzoso a nadie.

—¿Ni siquiera a mí?

Con aquellas palabras que sin duda no esperaba, la cercanía de Victor se hizo tan patente para Yuri que todo lo demás desapareció por completo. Ahora sólo tenía ojos y sentidos para ese cuerpo alto y atlético, esa mano fuerte que se había posado sobre su hombro con toda naturalidad, esa mirada cómplice y reconfortante que se clavaba en él.

Yuri sintió un escalofrío. El deseo de ser acaparado por ese cuerpo zumbaba por todo su ser, en un ansia casi dolorosa.

¿Ni siquiera a él?

No, precisamente no a él. Porque ese vídeo era el modo que Yuri había encontrado para expresar (y para recordarse a sí mismo) cuán importante era el patinador ruso en su vida. La intensidad con la que lo admiraba y lo quería a partes iguales, la influencia que había tenido en su vida y en su carrera. Yuri era quién era gracias a Victor, e imitar el programa de su ídolo, trabajando con tanto ahínco para clavarlo, había sido como esa carta de amor que se escribe y que nunca se entrega.

Pero alguien había encontrado esa carta y la había echado al buzón. Y aunque los versos con los que estaba escrita podían llegar a ser difíciles de comprender, Yuri tenía un miedo atroz a que Victor los hubiese captado.

Porque entonces… ¿qué significaba todo aquello? Todo aquello de que Victor hubiese abandonado su carrera, se hubiese presentado en Hasetsu para convertirse en su entrenador y que estuviera ayudándole sin pedir nada a cambio (bueno, había dicho que le cobraría, pero…). Era una cuestión desconcertante, y en realidad Yuri no quería saber la respuesta.

Por eso, incapaz de responder a la pregunta, porque hacerlo suponía formular muchas más, se apartó de Victor como si se hubiese quemado.

—Venga, vamos —dijo, apretando el paso, huyendo de su compañero y de sus propios sentimientos—. El restaurante está por aquí y si no nos damos prisa no encontraremos mesa.

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Hacía mucho tiempo que Yuri no salía por el pueblo. Después de haber pasado cinco años en Detroit, sacándose el graduado y entrenando para acceder al Grand Prix de patinaje, apenas recordaba nada de Hasetsu, más allá de su familia, la escuela y el Ice Castle. Pero, por alguna extraña razón, ese pequeño restaurante de katsudon había permanecido intacto en su memoria. Y es que, aunque nadie superaba a la señora Katsuki cocinando ese plato, a Yuri le gustaba ir a ese pequeño local a comer con sus amigos, después de las competiciones o cuando aprobaban los exámenes. Era su pequeño refugio.

Por eso le alegró tanto encontrarlo todavía abierto y con la misma decoración de siempre. Con los mismos carteles pegados en la puerta, que casi no dejaban ver el interior a través del cristal, con las mismas reproducciones de comida en el escaparate, que ya empezaban a amarillear, con el mismo suelo limpio pero desgastado, con las mismas mesas de madera barnizada. Fue como volver al pasado, a un tiempo y a un espacio en el que todo estaba por delante y todo era posible.

Deslizó la puerta corredera y una nube cálida y densa lo golpeó. Olía a frito, pero también a hogar.

—Buenas noches —saludó.

Los tres comensales sentados en la barra se volvieron hacia él.

—¡Yuri! —respondió la dueña desde detrás de la barra con efusividad, al reconocerlo—. ¡Cuánto tiempo!

—Sí, ha pasado mucho tiempo. ¿Cómo está todo por aquí?

—Pues ya lo ves: vamos tirando. Los tiempos cambian y el turismo ya no es lo que era, pero seguimos al pie del cañón.

—Yo la veo muy bien. Y me alegra saber que el restaurante seguía abierto. Lo he echado mucho de menos. Espero poder venir más a menudo, ahora que me he vuelto a instalar en Hasetsu.

—¡Estaremos encantados de recibirte! ¡Y sabes que te apoyamos mucho en tu carrera! Pero, por favor, tomad asiento. ¿Qué os pongo? ¿Lo mismo de siempre?

—Sí, por favor. Y pónganos un par de cervezas también.

—Ahora mismo os lo sirvo.

Después de tan efusivo encuentro y sin saber muy bien dónde meterse o qué hacer, Yuri se dirigió fugaz hacia la mesa del fondo, casi corriendo. Era su mesa de siempre, la más escondida, y le reconfortó descubrir que estaba disponible. Una vez allí, se dejó caer en el asiento junto a la pared y se hundió en él como si intentara desaparecer. Ni siquiera se fijó en que Victor lo seguía y tomaba asiento frente a él, sin apartar la mirada de su figura ni un solo momento.

Sólo cuando las cervezas aparecieron ante ellos, como si fueran un fantasma travieso, se atrevió a asomar la cabeza de su escondite. Casi le sorprendió descubrir que Victor seguía allí. Por un momento había imaginado que el ruso desaparecería como por arte de magia.

—Con cada nuevo descubrimiento que hago sobre ti, te encuentro más y más fascinante —dijo Victor con una sonrisa.

Yuri enrojeció.

—¿De qué hablas?

Pero Victor ignoró la pregunta, mientras echaba un vistazo en derredor, analizando el local.

—Parece que conoces bien el lugar. ¿Venías mucho por aquí?

—Bueno. A veces. Con Yuko y con Nishigori. Cuando estábamos en el instituto.

—¿Con Yuko? —Victor se llevó una mano al mentón, pensativo—. Oye Yuri, deja que te haga una pregunta: ¿estás enamorado de Yuko?

Yuri estuvo a punto de atragantarse con la cerveza, a la que había acercado los labios. Tosió, azorado, y cuando hubo recobrado el aliento, repuso:

—¡Qué dices! ¡Yuko es mi mejor amiga! ¡Y está casada con mi mejor amigo!

—Eso no quita que…

Pero Yuri negó con la cabeza.

—Yuko ha sido siempre muy buena conmigo. Me ha ayudado mucho y es una parte importante de mi vida. Una parte muy importante. Pero no puedo verla como nada más que como una amiga.

—¿Por qué no?

—Porque… porque no.

—Ah. Entiendo. Pero alguien debía de gustarte en esa época, ¿no? Cuando veníais aquí, a comer katsudon con tus amigos.

—Bueno, sí. Había alguien que me gustaba.

—¿Y qué ocurrió?

—Nada. Nunca tuve la oportunidad de confesarle mis sentimientos.

—¿Nunca? ¿Por qué?

—Era… complicado. De todos modos creo que, de haber tenido la oportunidad de hacerlo, tampoco lo habría hecho. —Yuri hizo una pausa para darle otro trago a su jarra; un largo que le diera valor—. Supongo que para alguien como tú esto debe de sonar ridículo.

Victor también aprovechó para beber un poco.

—No te negaré que, en cierto modo, me es difícil de comprender. Nunca he tenido problemas en mostrar mis sentimientos por nadie. Creo que si alguien te gusta no hay nada más bonito y estimulante que contárselo. Puede que esa persona no te quiera, pero seguro que le agrada saber que es querida. Y si se da la combinación correcta, pues… ¡qué mejor que aprovechar la oportunidad!

»Pero, a pesar de ello, no lo encuentro ridículo y pienso que ese modo de actuar te representa muy bien. ¡Es muy Yuri! Aunque también deberías plantearte que a lo mejor a esa persona le habría gustado conocer tus sentimientos.

—¿A esa persona? —Yuri se echó a reír, sin duda empujando en parte por el alcohol que empezaba a subírsele a la cabeza—. Lo dudo seriamente.

—¿Por qué?

—Porque todo el mundo le quería y yo sólo era un adolescente inmaduro obsesionado con el patinaje. ¿Qué serían mis sentimientos comparados con los de todos los demás?

—Pero el amor de ciertas personas puede marcar la diferencia.

Yuri levantó la mirada.

Había algo en las palabras de Victor que lo había perturbado profundamente. Porque su compañero las había pronunciado con especial seriedad, sin esa pizca de ironía o burla que acompañaba casi cualquier cosa que salía de su boca.

¿Podía ser que…? Pero no, ni siquiera sabía de quién estaban hablando. Sólo lo había dicho para quedar bien.

Negó con la cabeza, como para apartar la confusión de su mente. Iba a decir algo, aunque no sabía muy bien qué, y justo en ese momento la dueña del restaurante apareció con una bandeja para servirles el katsudon, rompiendo el momento.

—Uno por aquí y otro por aquí. ¡Que lo disfrutéis! —les dijo.

—¡Qué buena pinta! Aunque el katsudon de esta tarde parecía mucho más delicioso. Me pregunto si todavía podría hincarle el diente.—¡V-Víctor!

—¿Qué? ¿No fuiste tú quien me dijo que lo mirara sólo a él, que te ibas a convertir en el kastudon más apetitoso de la ciudad? Y realmente lo conseguiste: eras el katsudon más apetitoso de la ciudad. Y me atrevería a decir que el más apetitoso de todo el planeta.

Yuri sintió un súbito calor subiéndole por todo el cuerpo. Y sin saber muy bien cómo ahogarlo, levantó la jarra y vació más de la mitad de un trago, intentando que el frío de la bebida lo ayudara a calmarse.