Descarga de responsabilidades: Yuri! On Ice, no me pertenece a mí -obvio-. Le pertenece a la gente que lo hace (?
Advertencia: Au onnagata. Yaoi. Trasvestí. No beteado.
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Onnagata
por: St. Yukiona
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Yamamba.
Viktor está cansado pero eso no le importa a Chris. En realidad, jamás le importa a Chris. Se supone que el banquete debería ser suficiente fiesta como para celebrar la tercera victoria del pentacampeón en lo que va de la temporada, pero no le satisface al suizo que ha sacado al ruso de su hotel apenas lo ha visto intentar escabullirse a dormir, y ahora lo lleva en uno de los taxis de lujo que la Federación tiene reservados para los deportista que deseen hacer turismo nocturno, estos taxis tienen la comodidad de que esperan a sus usuarios hasta que éstos terminan sus asuntos sin importar dónde o cuáles sean, a la federación no le conviene tener deportistas extraviados, secuestrados o asesinados –mucho menos drogados apareciendo en primera plana de algún periódico local—.
El ruso jamás ha sido del tipo que dé de qué hablar con chismes amarillistas, usualmente sus chismes son por sus arriesgadas decisiones que lo hacen ser quién es: El emperador que todos aman, no sólo en Rusia o en el continente asiático, sino en el mundo. En más de una ocasión ha estado bajo amenaza de su propia federación, pero siempre se ha mantenido al límite de guiñarle a Medusa pero nunca mirarla a los ojos. Jugar con fuego para no quemarse. Nunca es suficiente para el ruso, su lema siempre ha sido: Sorprender al público y recibir un poco de auténtico afecto. Su vida ha sido vacía desde que sus sables tocaran la fría pista pero le enorgullece ver lo feliz que puede hacer a su público.
—Esta noche lo vas a disfrutar mucho —romea Chris a su lado mientras se encarga de subir a redes sociales la selfie en forma "boomerang" que se acaban de tomar con las congestionadas calles de Roppongi como fondo. Los animales noctámbulos vestidos en tacones y lentejuelas se dispersan mientras las risas se vierten junto con la música volviéndolo todo un borrón de exceso y diversión.
El auto negro se detiene a los pies de una impecable alfombra negra que está custodiada por paretones unidos con cadenas, llevan hasta la entrada de un restaurante exclusivo, en cada extremo de la puerta dos estatuas impolutas vestidas de negros y lentes de sol. Llevan un comunicador en su oreja y uno de ellos se apresura para abrir la puerta del auto. Chris se baja primero y el grupo de paparazzis que siempre están ahí cuidando por quién entra o sale de ese restaurante se amontona a la cadena de seguridad. Han conseguido la nota de la noche, y los flashazos agobian a Viktor que ni siquiera ha salido del auto y que se pone sus lentes de sol porque la lluvia de luz le aturde un poco. Sonríe amablemente a todos, está cansado y no cree mantener mucho tiempo su mejor gesto. Chris lo abraza y ambos posan regalando un buen ángulo a los fotógrafos.
Uno de los custodios avisa por el comunicador que "Viktor Nikiforov y Chris Giacometti llegaron", no tienen reservación, pero no la necesitan, pedazo de campeones le dan algo de valor al restaurante. Después de dos o tres minutos avanzan hacia la puerta donde ya los espera el gerente de turno con una sonrisa serena a pesar de que el estrés le come la cabeza.
—Buenas noches, bienvenidos, es un placer recibirlos —dice mientras los guía por el vestíbulo—. De haber sabido que venían ustedes preparaba mi mejor mesa.
—¿Y qué no está disponible? —pregunta un sonriente Viktor sacándose los lentes, y sus ojos son tan azules como el hombrecillo los ha visto en televisión.
El gerente no es muy fan del patinaje artístico, pero algo sabe porque es lo que está de moda, sobre todo con las vísperas pasadas del campeonato mundial que se celebró la noche anterior donde Viktos Nikiforov, ni más ni menos ganó la medalla de oro, y Chris la de plata, es lo mejor que le ha pasado en la noche. Bueno, lo segundo mejor. Pues en su mejor mesa, con una reservación hecha con tiempo. Sentada en ceremonia absoluta de calma imperturbable, un futuro tesoro nacional: Kobayashi-hime, como le hacen llamar en la prensa (Princesa Kobayashi).
—Lo lamento de verdad —Viktor se pierde la mitad de la disculpa del hombre sin dejar de ver aquella aparición ataviada de seda y colores. Sus labios rojos rozando la punta de la pipa y después expulsando el humo del cigarrillo. El contraste entre lo moderno del restaurante y aquella persona con pintas históricas le parece una estampa que no puede desaprovechar. Saca su móvil motivado por la ansiedad de inmortalizar el momento y sin permiso o solicitud fotografía el momento preciso en que esa persona que ocupa la mejor mesa del lugar lanza para atrás ligeramente su cabeza para exhalar el veneno que es el tabaco.
Kobayashi se siente observada, siempre es observada como la persona pública que es. A esas alturas no le importa, pero ahí está en sus dos horas de calma que le permiten después de cada presentación, por lo cual curioso gira su rostro buscando la penetrante mirada que le ha taladrado, gira apenas cuando Viktor ha vuelto a presionar el botón para fotografiar con su celular. Kobayashi ladea el rostro y los pétalos de flores que cuelgan de la peineta sobre su frente caen simulando lágrimas. Rozan la piel de su mejilla y hay un ligero tintineo de las piezas metálicas que conforman el resto de las peinetas que ajustan el peinado de su espesa melena negra.
Piel pálida, ojos color tierra, labios rojos, un gesto imperturbable. Hay soledad en su mesa para cuatro personas. Una botella de cerámica que seguramente contiene –o contenía—sake, una copa cuadrangular de madera laqueada para beber el licor y una larga pipa negra. Su delgadísima ceja se alza y la mirada se le afila. Viktor siente que las piernas le tiemblan, ni la música lofi o el guardaespaldas que se ha interpuesto entre él y aquella mujer de kimono lo detienen para seguir observándola.
—Viktor —llama Chris y el ruso se gira a su amigo.
—Espera… —pide Viktor cuando Chris comienza a halar de él disimuladamente.
—No estamos en América, querido, no podemos tomar fotografías a otras personas solo porque sí.
—Esa persona, ¿es una geisha? —cuestiona Viktor con urgencia a Chris.
El encargado ha desaparecido justamente por el camino donde estaba aquella persona, habla con su guardaespaldas que señala a Viktor con cierto discimulo, Chris se siente un tanto nervioso pues el gorila no se ve para nada feliz aunque a la persona que debe proteger se nota más bien relajada bebiendo lo último del sake y dando los últimos bocados al platillo que degusta. Un par de personas miran al dúo que se ha sentado en la barra. Chris pide un par de copas, y apresura la suya apenas se la entregan.
—¿En qué estabas pensando? Aunque sea una geisha, estamos en un lugar público, ya sabes cómo son los japoneses para estas cosas —inquiere Chris mirando a Viktor.
Éste mira como poseso sin reparo hacia la mujer en kimono que se ha puesto de pie, apenas se le puede comparar con el brote de una flor en plena primavera, su espalda recta hace que luzca la caída plana de la espalda de su kimono y hay algo de inmoral –y lujurioso—en el escote que tiene el cuello del vestido que permite que la piel de su nuca se deje ver. Viktor debe apresurar también su copa y es detenido por la mano de Chris para que no cometa una imprudencia pues estuvo a punto de ponerse de pie para seguir como rata al flautista en el momento en que la mujer camina hacia una de las salidas laterales del restaurante. Seguido de dos guardaespaldas que van recogiendo las flores que nacen a su paso.
El gerente se acerca hasta ellos y antes de que pueda decir algo, Viktor lo toma de los hombros.
—¿Dónde puedo contactarla otra vez?
El japonés se queda mudo un par de segundos, y con gesto angustiado le responde: En el teatro Kabuki, es un onnagata, es Kobayashi Bando II.
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Viktor ha estado muchas veces en Japón, en algún momento durante vacaciones, otro por competencias, sobre todo por competencias, pero jamás ha entrado al teatro Kabuki porque no le había llamado la atención hasta ese momento, sin embargo le parece mágico apenas se baja del auto. Silba inconscientemente y se siente transportado en la época de los samuráis a pesar de ir vistiendo un traje Gucci, llevar en una mano un costoso arreglo de flores extranjeras y en la otra mano su iPhone, su entrada personal guardada dentro de uno de los compartimientos de su saco junto a una cigarrera que ha comprado de último momento en la LV, él no fuma, pero según se enteró en la web Kobayashi Bando II sí.
Desde la parte más alta de un costado del teatro cae una lona con el rostro de Kobayashi Ryunnosuke caracterizado de "Kaguya", la princesa de la luna. Lo sabe porque al pie de la luna hay una traducción en inglés del texto en japonés. Hay otros tres cartelones similares a ese, pero a Viktor le parece que el de Kobayashi Bando II es el que mejor luce, el que mejor iluminado está. A pesar que tiene ese toque peculiar de exceso de maquillaje y ornamenta que le dan el aire místico y teatral, bello e incorruptible, sigue transmitiendo la misma calma devoradora y atroz que percibió en aquella mesa en el restaurante hace dos semanas que estuvo en Tokio en la final del campeonato mundial. Antes tuvo competencia en China, por lo tanto no pudo movilizarse para ir tras su doncella, que resultó ser doncel, pero que poco importaba el género cuando el amor existía, porque él estaba enamorado de Kobayashi-hime.
La iluminaria roja y blanca da un efecto de infierno y gloria, sube por las escaleras del teatro y los reporteros hacen lo suyo. Esa noche solo posa dos segundos antes de entrar al edificio. De fondo musical en un volumen bastante bajo se escucha una pieza tradicional de cuerdas y una voz angustiosa que debe estar cantando algún drama o algo por el estilo, Viktor no sabe japonés así que no logra identificar que dice la canción. Todos visten de traje y largo, algunos fuman otros toman, conversan y él se apresura a tomar su asiento. Se siente emocionado de poder sentarse en una de esas butacas que datan de los años cincuenta pero que están en perfectas condiciones. Hay palcos pero todos estaban ya reservados cuando él intentó comprar ese aforo. Sin embargo, nota con buenos ojos como el resto de las personas que están a sus lados en lugares generales visten tan formal –o incluso más—que él, como cuando se iba al ballet ruso y todos llevaban sus mejores galas.
Una función sólo para conocedores.
Del teatro kabuki no sabía nada más que todos los personajes llevaban la cara pintada de blanco y usaban kimonos, que la mayoría de sus historias eran del Medievo japonés y había orquesta tradicional en vivo, o al menos lo supo en el momento en que escucha a una pareja de ingleses que está en el asiento del frente hablar sobre ello. El programa que le habían entregado al entrar estaba en japonés, francés y en inglés. Ahí decía que la historia que iban a disfrutar era Sagi Musume en los diez aniversarios del onnagata que representaría el papel princiál. Iba a ponerse a investigar desde su teléfono que era todo aquello porque nada le sonaba, sin embargo las luces se apagan y decide apagar también su celular así como el resto de los espectadores. El ruido del Tsuzumi da pie a que todos estuvieran enterados que en dos minutos comenzará la representación.
Los murmullos que había se apaga y la expectativa en el vientre del ruso crece exponencialmente junto con los telones blancos, pesados y brillantes que empiezan a abrirse al mismo tiempo que la iluminación general se extingue hasta que en lugar de ésta queda una luz azul, todo se tiñe de azul que proviene del escenario. En el fondo una pantalla que simula un cielo despejado en invierno. Un árbol que parece hecho de aluminio pues brilla y pequeños cristales que danzan en destellos, un pequeño cúmulo en el piso representa nieve. Y en el medio del escenario empieza a emanar humo blanco cuando se abre una puerta del fondo, lentamente, una figura se vislumbra.
La gente aplaude conmocionada y Viktor impaciente se acomoda en su lugar, no entiende que ocurre pero empieza a contagiarse por la emoción que esas personas, que si saben, parecen tener. Y entiende por qué el alboroto, pues los suaves movimientos de aquella aparición captan su atención, a pesar de que solo se deslizaba con un paraguas sobre su cabeza que evitaba que la purpurina que caía desde el techo y simulaba nieve le tocara. Una perfecta ilusión que se deslizaba por la nieve de Hokkaido a las faldas de la montaña, divagando en una pena que transmitía con solo el movimiento de su cuerpo, sus pies vestidos en tabis blancos se deslizaban con lentitud entre el camino de escarcha plateada. Sus manos deslizándose por el mango del paraguas haciéndolo temblar suavemente mientras lo cerraba con cuidado. Una capucha blanca recubría el rostro sin embargo, se adivinaba una persona hermosa pues sus movimientos eran por sí solos hermosos, su aura alrededor era hermosa, no podía ser alguien feo, ni siquiera si su apariencia física era fea, Viktor seguiría pensando que era algo divino. Algo tocado por el propio dios.
Se queda al borde del asiento cuando el paraguas cae y rueda por el escenario. Cuando las manos pálidas de quien está en escenario se unen hacia el cielo, y bajan acariciando el filo de la capa que termina también por caer a sus espaldas, deslizándose por el largo moño del obi que llevaba encima atado a su vientre y cadera. La respiración la contiene Viktor porque debajo de esa capa blanca y el gesto frío y distante, adivina el par de ojos con los que se topó aquella en medio de Roppongi.
La gente vuelve a aplaudir enardecida y ahora el ruso se les une también aplaudiendo.
Arriba en el escenario la mujer resuelve una complicada secuencia de pasos donde sus manos hacen volar las larguísimas mangas del kimono, sus pies se mueven a una espantosa velocidad dando la impresión de que apenas toca el piso. El blanco de la seda vuelva de un lado al otro, y el gesto sigue siendo imperturbable, pero la locura alcanza el climáx en el momento en que el personaje se desvanece contra el piso como la danza de una pluma que se deshace en una furiosa ráfaga de viento solo para descansar sobre el mar que la moja, la consume y la hunde con él.
El cuerpo en el escenario no se mueve durante medio segundo mientras que el koto alcanza notas insoportablemente bellas y angustiosas. Viktor no conoce la historia, no le interesa pero se conmueve cuando la mano pálida se alza hacia el cielo, no puede ver la cara de la actriz en el piso pues se la cubre con la otra manga. El biwa hace segunda al koto, pero es el shimizen el que los hace callar con un ritmo mucho más suave, se sincroniza con el modo en que la que está en el piso deja caer la mano de forma estrepitosa. Al son del shimizen se incorpora como una vara de nardo que crece en el lirio del río, su mirada sucumbe a la luz de los reflectores que mira de frente pero está bien porque el gesto se ve natural. Se incorpora con la misma elegancia de una gacela y nadie lo ha notado pero ha caído antes justo al lado del paraguas. Así que apenas le basta extender su mano, tomar el mango, abrirlo y moverlo de un lado a otro.
Dos personas vestidas de negro entran sigilosas al escenario. La mujer del paraguas sitúa el mismo delante de ella, mientras que de un movimiento brusco se pone de pie, y el kimono blanco con el que ha entrado, ha desaparecido. Ahora, en su lugar, hay un kimono de textil rojo.
La gente ovaciona y Viktor se queda estupefacto.
La magia de la simpleza lo envuelve.
Vuelve a moverse de un lado a otro, la nieve no ha dejado de caer brillante. Hace volar el paraguar y lo atrapa, su cuerpo gira y hace curvaturas mientras se apoya del paraguas que se abre y se cierra a voluntad. Lo tira hacia arriba para cogerlo sin ver, cae siempre en su mano en su problema. Sus pies no se equivocan, y la música parece emanar de su cuerpo. Cierra los ojos cuando las cuerdas del shimizen parecen ir más rápidas, y cualquiera puede segurar que están a punto de reventarse con la fuerza y rapidez con que son violadas, la mujer de rojo se posesiona en el medio del escenario para hacer hacia atrás su cuerpo, doblándose con la facilidad de un elástico, sus brazos hacen un arco perfecto, y sus manos tocan el piso, su gesto es de sufrimiento, pero un sufrimiento placentero que vuelve sádicos al público pues disfrutan de ese dolor emocional que transmite en su rostro.
Si el onnagata baila acompañado de los instrumentos de madera y viento, la nieve brillante que recubre ese cuerpo que amenaza con romperse en el escenario baila con los aplausos y las respiraciones contenidas del público.
Cuando las puertas que dan hacia los camerinos al anfiteatro se abren, los aplausos siguen cayendo junto con flores que adornan la cabeza oscura. El onnagata agita la cabeza para que los pétalos rosados caigan de su cabeza y sonríe haciendo leves reverencias a todos. Una más profunda a su representante y otra más al grupo de onnagatas que hay cercano a él.
Después de la emotiva función hay un pequeño convivió donde los invitados a la gala pueden conversar un poco con el celebrado de la noche, el protagonista de la puesta en escena. La fiesta formal por sus diez años de trayectoria sería en dos semanas más en Kyoto. Ese tipo de cosas solían celebrarse por todo lo alto, sobre todo por la relevancia cultural y artística que posee el onnagata que vestido con un kimono de fondo negro y estampado claro, las almohadillas rosadas y el obi dorado con bordados rosados más intensos que el resto de la tela. El cabello recogido en un moño sencillo sujeto por pasadores de oro y cintillas del mismo tono. Peinetas extravagantes de grullas y pétalos metálicos. Una bonita horquilla que simulaba un ramo de flores de sakura y en su cuello una gargantilla de gamuza de donde pendía un camafeo, quizás la única pieza que no era culturalmente adecuada pues era de origen occidental y no oriental como el resto del ajuar.
Viktor se mantiene cercano a la mesa de postre pues el mesero con los tragos pasa por ahí cada tanto. Ha tenido que esperar cerca de una hora para que el onnagata apareciera, después de la función quitarse el kimono y todo el maquillaje seguro que lleva su tiempo, y aunque el jet lag está amenazando con hacerlo caer rendido en poco, él se mantiene firme. Decide que vale la pena en el instante en que brevemente la mirada del onnagata se cruza con la de él. Pero es el japonés el que primero la aparta pues es llamado por alguien.
Lo sigue con la mirada sin perder detalle de sus movimientos. Son iguales que en el escenario: serenos, lejanos y cuidadosos.
Otra vez el guardaespaldas de aquella vez parece darse cuenta de que vigila al onnagata y se desvía hacia un pilar pues el enorme custodio se dirige hacia él, cuando está por escapar una mano lo detiene de la muñeca y Viktor se gira para soltar su mejor sonrisa y una excusa digna que lo libere de la imagen de acosador que probablemente ha proyectado.
—Viktor Nikiforov-san ¿cierto?
Viktor enmudece breves segundos mirando la mano que lo sostiene. Sus ojos vuelan hasta los avellana y cierra la boca pues se ha quedado sin palabras. De cerca la belleza de esa persona es mucho más impresionante que de lejos.
—Lamento molestarle—el inglés fluido con el que le está hablando el onnagata custodiada por dos enormes hombres parece totalmente impropio pues contrasta de forma violenta con la imagen que grita "Japón" por todos lados, inclusive más que el hecho que la voz que escucha es masculina y no el terso timbre femenino que espera –que cualquiera esperaría—, aún así el bonito kimono, las peinetas en la cabeza y el precioso rostro que no deja lugar a dudas de que esa persona es nativa y que absorbe toda la elegancia y distinción de la sala hacen que las piernas le tiemblen al emperador del hielo, a él, uno de los solteros más cotizados según revistas de pretensión social.
—Sí, soy Viktor Nikiforov—resuelve como puede. Se da cuenta que el moreno le ha ofrecido la mano como saludo y el ruso estrecha la delgada y suave mano del contrario—. ¿Usted es la señorita Kobayashi… digo señor… digo…? —¿cómo se debe de referir a este tipo de artistas? Se ve confundido y se siente morir cuando escucha como Kobayashi suelta una suave risa al notar el nerviosismo que salta en la actitud de Viktor "Tengo toda la confianza del mundo en todo momento" Nikiforov.
—Soy Kobayashi Bando II —murmura Kobayashi aprieta suavemente la mano del patinador—. ¿Esperabas a una mujer, cierto?
—No —responde Viktor mirándolo a los ojos sin soltarlo—. Te esperaba a ti.
—¿A mí? —ladea otra vez el rostro intrigado Kobayashi hacia el otro lado, pues a pesar de que es obvio que le esperaba a él Viktor lo ha dicho con cierto aire peculiar y enigmático.
—Sí, toda mi vida —hay breves segundos de sorpresa que enseguida son asaltados por la voz de Viktor que ahora sostiene la pequeña mano entre las propias, las aprieta con amabilidad—Bando. Vamos a casarnos.
—¿Qué?
—Vamos a casarnos. Tú y yo.
Anotaciones:
Tsuzumi: Es un tambor de origen chino, tradicional usado en la música en vivo para el teatro.
Tabis: Son las calcetas que se usan para las sandalias japonesas.
Biwa: Es un instrumento de cuerdas similar al bandolín.
Shimizen: Es un instrumento de cuerdas similar a la guitarra.
Koto: Es un instrumento de cuerdas que va en el suelo, tiene una apariencia de marimba y se toca con uñas como con las que se toca la guitarra.
Cronopios del autor: Este fic es de los que más me da no sé qué escribir porque bueno, hay todo un trasfondo con Yuuri y con Viktor, y con Bando. La imagen del Onnagata siempre, SIEMPRE, me ha parecido algo místico. Algo sobre lo que se me ha antojado escribir. Tuve que darme un clavado a libros de teatro kabuki y bueno. Espero que el proyecto les agrade tanto como a mí me está gustando escribirlo.
Haré unos dibujos para mostrar el vestuario de "Kobayashi Bando" en los siguientes días. ¿Quieren verlos? Síganme en mis redes sociales: styukiona(Insta) y St. Yukiona (Fb).
¡Gracias por leerme!
Yukiona.
Quien los ama de páncreas, corazón y pulmón.
