CAPÍTULO I. – Penumbra

La fuerte lluvia no deja de caer sobre la casa, tal pareciera que una nube se ha estacionado aquí arriba, han pasado días enteros sin dejar de llover y el hecho de que se me haya olvidado impermeabilizar el techo ya me está pasando factura; hay goteras por todos lados y en mi cuarto sólo hay un pequeño rincón seco, donde claro, tengo mi cama. Es un completo desastre mi casa, hay docenas de vasos, platos, cazuelas tiradas por el piso intentando aparar cada una de las gotas de agua que caen del techo.

Si tan sólo no hubiera olvidado poner el impermeabilizante al techo nada de esto estaría pasando, pero me daba igual estar mojada o seca, últimamente no me importaba mucho lo que pasara a mi alrededor, aún así la espinita de ir a comprar impermeabilizante me consumía los sesos, ya que, quisiera o no tendría que hacerlo tarde o temprano si no quería quedarme sin casa alguna.

Estaba hecha un ovillo en el sillón, cuando empezaron a escucharse truenos en el cielo, tal pareciera que no pensaba dejar de llover en varias horas más.

La lluvia continuaba cayendo, mientras tirada en el sillón como estaba, escuchaba como repiqueteaban las gotas en los trastes que yacían en el suelo, mi mente vagaba sin un rumbo fijo mientras pensaba que debería ir a comprar el impermeabilizante, no obstante mi cuerpo no se movía y ciertamente no quería hacerlo. Tenía pensando quedarme ahí tirada lo que restaba del día, con aquéllos truenos terroríficos se me imaginaban monstruos saliendo de cada esquina de la casa, lo cierto era que desde que era niña le tenía un miedo irracional a los monstruos o a lo que fuera que saliera de entre las oscuras sombras.

Estaba por levantarme del sillón para ir en busca de una cobija pues el frío se estaba volviendo insoportable, cuando en ese instante escuché, por encima del ruido de los truenos, que alguien llamaba a la puerta… dude varios minutos en decidir si ir o no a abrir, al final mi conciencia me venció y me levanté perezosamente del sillón para ir a ver quien era el que molestaba a estas horas de la noche.

Al abrir la puerta me encontré con la mirada triste y a la vez soñolienta de una pequeña niña de no más de 8 años, estaba completamente empapada de pies a cabeza y traía consigo sólo un vestido y una muñeca abrazada. Me quedé perpleja ante la situación en la que estaba, tenía a una niña en la puerta de mi casa, sin suéter y parecía perdida.

— ¿Estás bien? —fue lo único que se me ocurrió decir antes de hacer que pasara a la casa.

La niña me miraba con cara de agradecimiento, mientras en mi mente aquélla niña respondía a mi pregunta, con ironía, que estaba a la perfección. Una vez que la niña estuvo adentro cerré la puerta ya que entraba un frío despiadado. No podía imaginarme a la pequeña niña caminando mientras la lluvia la azotaba sin piedad, sin preocuparse por otra cosa que no dejar que su muñeca se mojase.

La niña seguía abrazando con fuerza la muñeca que traía cargando, no parecía percatarse de que estaba más que mojada y que le faltaba un zapato, mi mente comenzaba a divagar sobre lo que le habría ocurrido, sin embargo algo me hizo regresar a la Tierra, recordándome que tenía un ser viviente, además de mí, en la casa.

Me dirigí entonces al sillón donde quite la manta que tenía y envolví a la niña con esta, le dije que esperara un momento, subí a mi habitación donde tomé una toalla y otra manta más gruesa, desde arriba le dije que subiera; según recordaba, mi mamá decía que si te mojabas era mejor tomar un baño si no te querías enfermar, así que eso haría… bueno yo no, si no la niña.

— Este… te espero aquí afuera —le dije a la niña—, cuando termines me avisas para traerte la ropa ¿sí? —dije esperando que ya se supiera bañar sola.
— Sí, está bien —dijo después de un rato de silencio.

Salí de la habitación sintiéndome un poco menos presionada por el hecho de tener a una invitada sorpresa en la casa, mi cerebro reaccionó entonces y supe que debía llamar a la policía para que viniera por la niña, para que la encontraran sus padres. Bajé con lentitud las escaleras hasta llegar al teléfono de la sala, donde descolgué el teléfono y marque… esperé unos segundos y alguien del otro lado del teléfono contestó.

— Policía, ¿en qué puedo ayudarle? —dijo una de las secretarias o algo así.
— Sí bueno, este hablo porque una niña parece estar perdida, estaba caminando sola por la calle y entonces tocó a mi puerta, y pues está ahorita aquí en mi casa… —dije intentando resumir todo.
— De acuerdo, ¿edad de la niña? —dijo automáticamente.
— Pues parece que tiene siete u ocho años… —dije no muy segura.
— Bien, su dirección por favor
— Es en Koizora #15 a un costado de la hacienda Prussia —dije en automático, me recordaba a las solicitudes de estudios…
— Muy bien, en un momento estará ahí una unidad —dijo sin cambio alguno en su voz.
— Sí gracias… —dije escuchando como colgaban del otro lado.

Colgué el teléfono con lentitud, mi mente quería alejarse de ese lío e ir a refugiarse en el reconfortante vacío de mis pensamientos. No obstante, el apenas audible llamado de la pequeña me sacó de mis cavilaciones, recordé entonces que debía sacar la ropa de la secadora e ir a llevársela. Para mi fortuna su ropa no se había encogido ni nada por el estilo, la saqué y subí con un poco más de apremio las escaleras hasta llegar al baño.

— Ohm… traigo tu ropa, ¿puedo pasar? —pregunté, no fuera a ser que empezara a llorar o algo por entrar así nada más.
— ¡Sí! —dijo cantarina, parecía que el baño le había hecho bien.

Luego de un rato se vistió y salió del baño, aunque con la cara algo triste, la mire confundida y vi entonces que traía de la mano a su muñeca toda mojada.

— ¿Qué pasa? —le dije intentando no reírme.
— Es que… ella también quería bañarse, pero ahora no deja de estar mojada… —contestó extendiendo su muñeca para que la observara bien.
— Ah… bueno no te pongas triste, vamos abajo para que se pueda secar —dije levantándome del suelo y bajando las escaleras hasta el cuarto de lavado.
— ¿Segura que se va a secar aquí adentro? —dijo mirando con curiosidad la secadora y luego a su muñeca.
— Estoy segura, vamos métela…

Encendí la secadora y luego de unos 10 minutos la muñeca ya estaba completamente seca y sin rastro alguno de que se hubiese mojado…

— ¿Ves?... te dije que se secaría —le dije entregándole a su muñeca.
— Vaya… ¡eres muy inteligente! —dijo con una sonrisa en la cara

En ese preciso instante tocaron a la puerta, seguro era la policía, voltee a ver a la ventana y se veían las luces rojas y azules de la patrulla, me dirigí a la puerta y al abrir, la oscuridad atrapó mi cara y con ella mi conciencia.

Después de varias horas, o al menos eso me pareció, me encontré con que estaba en algún lugar extraño, era una habitación… pero jamás en mi vida la había visto; a pesar de que mi cerebro me gritaba que corriera, que intentara escapar, simplemente no alcanzaba a llegar la señal a mis pies y brazos, me sentía inútil… cerré los ojos rendida sin saber que más hacer, esperando que aquélla horrible pesadilla desapareciera una vez que abriera los ojos, lágrimas de impotencia caían de mis ojos sin poder contenerlas y un sollozo estuvo a punto de escapárseme de entre los labios de no ser porque escuché el chirrido de la puerta abriéndose.

Me quedé inmóvil y con los ojos cerrados rogando por escuchar una voz que me dijera que ya todo estaría bien, que aquélla pesadilla había terminado y que podía volver a dormir. Pero claro, nada de eso ocurriría, o al menos no en el momento inmediato, en lugar de una reconfortante voz escuché con temor el sonoro eco que causaban sus palabras, su voz era dura aunque no muy fuerte, sin embargo causaba temor de sólo escucharla, ni pensar en la cara que tal vez tendría.

Abrí los ojos temerosa de encontrarme con alguna de sus miradas, aunque por fortuna no fue así. La puerta se había abierto, en ese instante quise tirarme al suelo y fingir que dormía, pero a esas alturas ya no era creíble que estuviese dormida, en lugar de eso me quedé viendo fijamente la puerta, aunque sin querer, mientras que inconscientemente tenía las manos enroscadas a los lados, intentado en vano que me dejasen de temblar las rodillas.

Sentía que mis ojos se quedarían secos de no parpadear, no lograba dejar de ver fijamente la puerta mientras veía como una mano de hombre se asomaba por la misma, ya estaba dentro… ya no podría escapar, mis piernas seguían temblando como dos hilachos y mis dedos comenzaban a dolerme de tanto apretarlos; supongo que el miedo se veía claramente en mis ojos, y no era para menos, pues tenía frente a mí a un hombre bastante más alto que yo, de ojos entre rojizos y morados, cabello negro, largo y ondulado, con una sonrisa diabólicamente hermosa, no era el mismo hombre que había creído ver al abrir la puerta en mi casa, éste parecía ser el jefe, el otro muchacho estaba detrás de él con aburrida mirada, el hombre me miraba con curiosidad, pero sin demasiado interés.

El corazón se me detuvo prácticamente, cuando vi como el jefe daba un paso enfrente, fácilmente pude haberme desmayado en aquél momento de no ser porque aquél hombre me tomó tan fuerte del brazo que era imposible huir del dolor provocado…

— Vaya, al fin has despertado — dijo con tono siniestro
— ¿Quién… quién eres tú? — salieron las palabras de mi boca, aún sin dar crédito de lo que acababa de hacer, sentí como su mirada se hundía más en mí.
— Pero que chiquilla tan entrometida eres… Aome, ese es tu nombre, ¿verdad? —dijo tomando con su otra mano mi rostro.
—… —no lograba articular palabra alguna, un miedo irracional se había apoderado de mí en el instante mismo en que me había llamado por mi nombre.
— Bueno, supongo que no tiene caso ocultarte lo que es evidente, además… me parece que pasarás un buen rato por aquí. Verás Aome, la realidad es que tú no tenías nada que ver en esto, hasta que claro, le abriste la puerta de tu casa a esa mocosa...

Sin duda alguna se refería a la pequeña que estaba perdida, pero, que relación podría tener aquélla pequeña con estos hombres… una repugnante idea me vino a la cabeza, sin embargo, algo me decía que aquéllos hombres no buscaban algo así, más bien…

— Esa mocosa, es la hija de un joven señor, del cual supongo ya debes haber escuchado antes; sí, así es… debiste al menos haber escuchado de él aunque fuese una vez, después de todo se trata del medio hermano de tu novio… perdón, quise decir ex novio— un horripilante escalofrío recorrió mi espalda, ¿cómo era posible?... Inuyasha jamás me había dicho que su hermano tuviera una hija, aunque claro a él nunca le había gustado hablar demasiado de su familia— ¿es que acaso nunca te contó que su hermano tenía una hija?, vaya, supongo que ciertamente fue mejor que esa relación terminara— dijo con clara burla en su tono de voz.

Ridículamente de mis ojos comenzaban a salir cristalinas gotas de agua salada… qué tontería, llorar por una cosa así en un momento como este, como pude logré tragarme las demás lágrimas y aunque aún tenía algo empañada la mirada logré distinguir esa sonrisa que tanto miedo transmitía.

— Bueno Aome, ya que te he contado todo esto, pues no tengo nada más que hacer aquí —dijo con tono cansado—, pero no te preocupes… que si mis planes van de acuerdo a como yo planee, pronto tendrás aquí a Inuyasha y a su hermano, aunque quien sabe… bien podrían dejarte morir aquí, después de todo a ninguno de los dos le interesas.
—… no, no me has dicho quién eres —volví a repetir lo que había preguntado momentos atrás.
—… Tienes razón, que grosero he sido —su sonrisa se ensanchó un poco más dejando ver sus dientes blancos—, soy Naraku… un viejo conocido de Inuyasha y de Sesshoumaru —dijo encogiéndose de hombros.
— … —un nuevo escalofrío recorrió mi columna, es que no podía entenderlo… tan sólo escuchar su nombre aún me causaba dolor, aún no había podido olvidarlo, no había querido olvidarlo…
— Bueno Aome, te dejo a solas… tengo aún algunas cosas que hacer —dijo volteando a otro lado, dio media vuelta y salió por el mismo lugar por el que entró.

Nuevas lágrimas salían de mis ojos, me sentía tan tonta… si tan sólo me hubiera olvidado de Inuyasha como se suponía debía hacerlo seguramente nada de esto hubiese ocurrido, yo no me encontraría como una zombi, yo no estaría viviendo en esa casa… no estaría tan cerca de él.

Sentía que las fuerzas se me iban, me encogí en un rincón de la habitación a llorar como una niña pequeña, tenía la sensación de que ya nada importaba… otra vez esa estúpida depresión que me embargaba cada cierto tiempo, ahora recordaba que habría tenido que ir a visitar al psicólogo hacía unas dos semanas, según él porque necesitaba ver si el medicamento que me había dado estaba surtiendo efecto, pero, la verdad era que el frasco de pastillas que me había recetado aún seguía intacto…

Jamás se me había pasado por la cabeza el ir a visitarlo, tan sólo lo había hecho porque en la universidad así me lo habían dicho, tan sólo por la tontería que había hecho… lo recordaba bien y dudaba que alguna vez lo fuera a olvidar. Aquél día era lluvioso y me encontraba aún en mi casa, no tenía ganas de ir a la escuela, apenas hacía unos días que Inuyasha había terminado conmigo y la tristeza embargaba mi corazón; sin siquiera pensarlo ya me encontraba tirada en medio de mi habitación con un frasco vacio en la mano.

Momentos después desperté en el hospital, según me contaron había estado a punto de morir de una sobredosis de no haber sido porque mi compañera de habitación, cuando aún vivía cerca de la universidad, había olvidado algo y se había regresado a la casa, me encontró y llamó de inmediato a la ambulancia… francamente, me hubiese gustado más que no lo hubiera hecho.

Un flashazo, así de rápido sucedió todo… sin darme cuenta pasaron los años, había estado yendo al psicólogo y éste había accedido a no darme medicamentos, pero al parecer se había percatado de que últimamente me había estado deprimiendo de sobremanera, por lo que me había recetado esas pastillas. No obstante, no las tomé a pesar de que estaba segura de que de alguna forma aquello me ayudaría, quizá estoy loca, pero quería sufrir… esa era la única forma en que me sentía viva, la única forma en que en las noches podía dormir, la única forma en la que podía soñar con Inuyasha, soñar que aún estábamos juntos… que era feliz.

Un rayo de luz se filtró por la ventana haciéndome reaccionar, estaba sentada en una esquina de la habitación con los ojos aún llorosos y seguramente muy hinchados, miré con tristeza el rayo de luz, envidiándolo por un momento… él se encontraba libre, él estaba en todas partes, él seguramente sabría donde estaba Inuyasha.

— Inu… Inuyasha —cuanto dolía, dolía demasiado decir su nombre… pero, al mismo tiempo pronunciar su nombre extrañamente me traía tranquilidad, él siempre había sido bueno conmigo, siempre se había preocupado por mi… tal vez por eso jamás lo pude olvidar; después de todo… él no tenía la culpa de que su corazón perteneciese a otra persona, que perteneciera a ella, a Kikyo.

Respiré profundamente intentando en vano ahogar aquél sollozo que venía de lo profundo de mi pecho, aquélla angustia, aquél miedo no me dejaba tranquila… simplemente me sentía como una pequeña niña que ha sido olvidada en algún extraño lugar. Gritos… cerré los ojos al instante al escuchar un fuerte tronido, no estaba segura de que había sido eso pero, algo me decía que había sido un disparo. Mi corazón latía desesperado, quizá buscando la manera de alejarse de aquél lugar, sentía como mi pecho se oprimía del miedo… todo mi cuerpo temblaba y mis ojos se apretaban aún más, queriendo no escuchar ya más nada.

Aquéllos gritos eran espeluznantes… parecía, parecía que allá afuera se estaba llevando acabo una matanza, que rayos sucedía. Escuché unos pasos que se acercaban rápidamente, un portazo, mis ojos se apretaron aún más…

— Maldición… —escuché decir a Naraku, sin duda alguna era él— levántate —dijo con voz cansada, sin embargo a duras penas lograba respirar como para poder levantarme—, ¡que te levantes! —gritó desesperado jalándome de la muñeca, abrí mis ojos temerosa, de lo cual me arrepentí enormemente, aquél rostro mostraba mil emociones imposibles de definir… esa mirada esa mirada simplemente te dejaba petrificada, sentí como mis piernas se doblaban lo que hacía enojar aún más a aquél hombre. No obstante parecía que se contenía, pues cerró los ojos por un momento y al abrirlos volvió a ser aquél hombre tranquilo y calculador, aunque su mirada seguía siendo de demencia sus movimientos ahora parecían más seguros.

Sin percatarme si quiera ya nos encontrábamos caminando por un estrecho pasillo que se encontraba en penumbras, aunque seguía temblando como una gelatina no podía hacer más que seguir caminando pues Naraku aún me jalaba de la muñeca, íbamos a prisa aunque no llegábamos a correr, de repente la luz iluminó el camino que se ensanchaba frente a nosotros… ¡bum! un estallido, algo había explotado ahí afuera. Comenzaban a escucharse bastantes pasos que se dirigían hacia donde nos encontrábamos, y entonces alguien pronunció mi nombre… pero, ¿quién era? mi corazón se negaba a reconocer aquella voz.

— Aome… —escuche su voz, tan dulce como siempre, tan llena de confusión y alivio, sin duda era él, al fin había llegado.