"Destinado a perecer"


Cap. 02: El hombre del brazo de hierro.


Apenas había pasado una semana desde aquel singular encuentro que había acaecido entre las ruinas de lo que otrora fuera la ciudad capital de Fanelia.

Y Folken no se sentía a gusto.

La tregua con Van había sido sellada, efectivamente, con un mudo pacto de no agresión entre ambos hermanos... pero éso no venía a decir, ni de lejos, que tuvieran que hablarse.

Folken lo había intentado, muy tentativamente y a su sutil manera... pero Van le evitaba en la medida de todo lo posible. Le había dado un voto de confianza, sí, pero no le había perdonado ni su abandono, su afiliación al enemigo y todas las muertes que vinieron después.

Simplemente le había traído consigo de vuelta a Astoria, le había presentado ante la Cámara de Consejo del rey Aston (quien ya, por aquel entonces, se notaba que andaba severamente enfermo) y ahí le había dejado que se las apañase solo. Folken había tenido que recurrir a toda su labia y carisma para convencer a aquellos hombres codiciosos de que, a cambio de asilo político, les proporcionaría parte de la aberrante tecnología armamentística de Zaibach.

Tras aquello, le habían permitido convocar una reunión de las más altas autoridades de Astoria para prevenirles de que el resto de las naciones aliadas sospechaban de un acuerdo entre Zaibach y Astoria de apoyo mutuo a la causa para, a la hora de la victoria, repartirse tierras y poderes a placer.

Y había sido el propio Zaibach el que había propagado aquella tensa cadena de rumores que sólo generaban desconfianzas y partidismos, dejando a la nación de Astoria al descubierto, como había pasado recientemente.

El problema básicamente radicaba en que la nación portuaria temía las represalias de Zaibach, por ello mismo, pese a no ofrecerles apoyo, se plegaba a su mandato.

Zaibach, por su parte, había pedido la cabeza de Folken a cambio de no iniciar una guerra abierta con Astoria.

Sin embargo, Meiden Fassa, el acaudalado mercader, padre a su vez del consorte de la princesa Millerna Aston, Dryden Fassa, se había percatado de la posición que ostentaban ahora frente a Zaibach con el disidente Folken bajo sus alas.

Y aquello suponía un punto fuerte tanto político, como económico y armamentístico.

Así pues, tras un intenso debate en la Cámara de Consejo de Astoria, se decidió por unanimidad plantar cara al enemigo y conceder asilo político al Comandante desertor.

Las condiciones eran ir siempre con escolta las veinticuatro horas, y no precisamente para protegerle, además de entregar la espada que portaba al cinto como una ofrenda de paz.

Allí era un preso político, ni más ni menos.

Sin embargo, aquella opción era infinitamente mejor que ser un traidor y un expatriado.

Además podía tener cerca a Van, pese a su desprecio y su prolongado silencio.

Folken suspiró, volviendo muy reticentemente a la realidad en cuanto el capataz de los obreros le pidió más instrucciones.

Estaban sacando del mar con varias grúas gigantescas la que había sido su casa, su responsabilidad y su orgullo hasta hacía menos de un mes: la fortaleza flotante de Veewon.

Con aquello, se podría recuperar mucho material con el que empezar a trabajar desde cero. Al rey Aston y a sus consejeros les interesaba, principalmente, la capacidad de levitación del susodicho complejo militar.

El tema de las rocas antigravitatorias era, de hecho, un mecanismo de lo más simple basado en un cuidadoso circuito eléctrico interno de ondas de baja frecuencia conectado a un generador industrial que recibía su fuente de combustible a través de placas solares.

Aquello no tenía ningún problema en entregárselo. Es más, le parecía un avance tecnológico muy práctico y totalmente inofensivo.

El problema residiría más adelante cuando le pidieran guymelefs voladores equipados con metal glima. Aquello también iba por ondas eléctricas que permitían la manipulación del susodicho metal, voluble como el mercurio pero más consistente y muchísimo menos tóxico.

Y sabía que, más tarde o más temprano, aquella funesta tecnología caería en las poco adecuadas manos de mercaderes burócratas que se harían de oro con aquel magnífico descubrimiento.

Descubrimiento que, entre otras cosas, le pertenecía a ÉL. Folken había sido el descubridor de las propiedades del metal glima y, subconsecuentemente, el diseñador de las armas de destrucción que lo manipulaban.

En su momento, el simple hecho de diseñar tan devastadores artefactos había tenido un significado, una meta a conseguir de paz definitiva. Ahora sólo era un vulgar intercambio para conservar el pellejo.

Se había convertido en un vendido.

"Nos has hecho un bonito regalo, desde luego."

Folken se llevó la mano sana a la cabeza en un estéril intento de contener ésas memorias que amenazaban con desbordarle de un momento a otro.

Dilandau... aquel ser esquizoide e inestable, aquella pobre víctima de tan horrendos experimentos militares llevados a cabo en humanos para crear el soldado definitivo había tenido toda la razón.

A Dilandau lo habían moldeado para tener una mente analítica, práctica en sumo grado, escalofriantemente desprovista de toda compasión humana. Por lo tanto, sus observaciones, mucho antes de darse en él ése estado de descompensación mental y hormonal que lo habían inutilizado para el campo de batalla, habían sido lógicas, certeras.

Folken les había regalado el poder del terror.

Cambiando su semblante atormentado por su habitual máscara de estoicismo, Folken les indicó a los obreros los grados de inclinación que las máquinas deberían adoptar para no fracasar en la extracción de la hundida fortaleza militar.

Cuando aquello saliera a flote y lo desmontaran pieza por pieza, iba a tener que hacer frente a, seguramente, encontrarse los cadáveres de sus subordinados y de sus queridas, largamente añoradas, pupilas semihumanas.

Intentaría interceder por ellas, al menos, para que les dieran un entierro digno. Aún continuaba durmiendo mal por las noches por todo lo que había pasado... y la culpa le pesaba sobre sus hombros a cada día que transcurría sin ellas.

- Naria... Erya...

Ambas habían yacido con las cabezas de oro y de plata apoyadas sobre sus rodillas, como dos criaturas, como las niñas perdidas que habían sido a lo largo de toda su vida.

Erya reposaba a su derecha, siempre fiel, siempre alegre e iluminada, perseguida por la eterna sombra de la duda... de sentirse siempre en un segundo plano con respecto a su hermana gemela mayor.

Naria quedaba a su izquierda, merecedora finalmente de su brazo sano, de toda su confianza. Siempre seria, consciente, dueña en todo momento de la situación, protectora en extremo de aquellos a los que amaba, dejando siempre a su hermana menor saborear los triunfos que, por derecho, le habrían correspondido a ella.

- Mi Señor Folken... debes irte de aquí de inmediato... - le había dicho Naria con apremio en medio de los apagados matices de su cada vez más débil voz.

- No te preocupes por nosotras, no le tememos a la muerte... – había tratado de confortarle Erya, su eterna sonrisa aún imborrable de sus labios rojos – Y además... estamos muy contentas de haber podido estar a tu lado...

Luego se había hecho un momentáneo silencio, un silencio sepulcral, un silencio de agridulce despedida.

- Aléjate, por favor... no deseamos que nos veas morir... - había roto el silencio Naria, aún con sus últimas fuerzas, más preocupada por él que de ella misma.

- Adiós... - se había despedido Erya.

Caballero Folken. – había concluido Naria como broche final a una vida llena de penurias, rechazo, xenofobia y maltratos.

Él había sido la única luz en la vida de ellas... y ellas habían sido su único consuelo en aquellos años de oscuridad.

Folken tomó papel, carboncillo y regla y se dispuso a trazar un croquis a grandes rasgos de cómo debía estar conformada la fortaleza por dentro. Dibujó los pasillos, los niveles, los accesos y escribió una especie de leyenda que apuntaba los nombres de cada máquina, simplificadas por un icono de su elección.

Más adelante redactaría un informe acerca de los requisitos, los materiales y la restauración de las susodichas máquinas... pero hoy no, hoy ya estaba demasiado cansado.

Cuando terminó, dejó los materiales sobre la mesa del capataz y se marchó a darse una vuelta por los patios interiores de palacio y despejarse un poco. Y, cómo no, los guardias que se le habían asignado, le siguieron a una prudente distancia.

La verdad es que le daba un poco igual tenerlos pegados a sus talones todo el día hasta que cambiaban de turno cada ocho horas. Estando de Comandante en Veewon también había tenido una cantidad ingente de subordinados revoloteando a su alrededor por éste u otro motivo, todos necesitaban instrucciones, todos informaban, todos trabajaban en equipo... como los engranajes de una enorme máquina que no puede funcionar si uno solo de ellos falla.

Con éstos vigilantes no era lo mismo, desde luego, pero podía tolerarlos. El simple conocimiento de que podía noquearlos y deshacerse de ellos cuando le viniera en gana tranquilizaba su espíritu.

Es más, inclusive logró despistarlos por un par de horas en las que, más por evadirse de la realidad que otra cosa, hizo su camino a través de los pasillos de palacio a placer, deteniéndose a contemplar lo que le viniera en gana sin ser él contemplado a su vez.

También se atrevió, no si cerciorarse bien de que nadie se fijaba en su presencia, a salir al exterior, a la calle, a aspirar un poco de aire fresco.

Lo más gracioso es que se hartó en menos de media hora. La destrucción de tantos hogares y edificios comunes le comía la moral a marchas forzadas.

Regresó al castillo y decidió introducirse en una de las plazoletas con soportales que, además de aportar variedad arquitectónica a la rica capital portuaria, servía para entrenar a las monturas de los soldados.

Fue allí donde la vio correr. Como una exhalación, fibrada de brazos y piernas, de poco pecho a consecuencia del duro entrenamiento físico al que se sometía.

El corto cabello se hallaba húmedo en la base de la nuca, producto del sudor, las mejillas arreboladas, los músculos de las extremidades plagados de tics nerviosos... toda ella clamaba tensión liberada, malestar desbloqueado, rabia desinhibida...

Había toda una tormenta desatada en el interior de aquella muchacha.

Ella. La profetisa. La joven venida de la Luna de las Ilusiones.

La contempló adquirir velocidad, subir sus ya alteradas pulsaciones, golpear furiosamente con los pies enfundados en aquel extraño calzado de cordones el suelo arenoso... para, una vez se detuvo, exhausta, doblarse hacia abajo, reposar las manos sobre las rodillas huesudas y resoplar descontroladamente hasta que su respiración volvió a normalizarse.

Folken anduvo un buen rato escondido en las sombras que ofrecían los soportales, indeciso, no sabiendo muy bien qué era lo que le había llevado a detenerse allí.

Sabía que deseaba hablarla. Otra vez, como en Fanelia.

Ya que Van había optado por cerrarle las puertas de su estima y de su corazón, tal vez... y sólo tal vez, podría aproximarse a la persona más cercana a él. La chica parecía un alma cándida y afable, más reposada y razonable que el piloto de Escaflowne.

No es que tuviera en mente utilizarla... no como lo había hecho aquella vez en que manipuló su destino para que se enamorara del Caballero Caeli Allen Schezard.

No.

Sólo quería... oh, demonios, no sabía bien el qué quería de ella. Tan sólo hablar... una agradable conversación en la que no tuviera que mediar su estatus de prisionero político ni nada relacionado con la tecnología de Zaibach.

Sólo pedía éso.

Así pues, con calma, decidió dar el primer paso y aproximarse a ella, maravillado de la repentina paz de la que la joven parecía imbuida tras aquella sesión deportiva.

Caía la tarde en Astoria y el silencio circundante era de tranquilidad. Folken advirtió la cabeza alzada de la chica en dirección al cielo e identificó inmediatamente el objeto de su repentina melancolía: la Luna de las Ilusiones.

- ¿Echas de menos tu hogar? - fue el saludo con el que captó su atención.

La muchacha se giró con evidente sorpresa. El sudor aún resbalaba por su frente serena.

- ¿Folken?

Lo decía con tal naturalidad... con tal fluidez... sin reproche ni antipatía.

Folken no pudo evitar sonreír.

Hablaron durante un rato tranquilamente. La joven parecía cómoda en su presencia, habladora inclusive, muy honesta y transparente, una virtud poco común que Folken apreciaba sobremanera.

Ella, Hitomi, le hizo partícipe de un desafortunado comentario que había tenido con Van y que había provocado no ya sólo que éste se enfadase, si no que se cerrara en banda completamente.

Se lo dijo con toda franqueza, sin que él le hubiera preguntado nada. Y lo más gracioso del asunto es que la pobre sólo había querido hacer un intento de acercar a los hermanos, no pareciéndole bien aquella frialdad, aquel desdén por parte de Van... no era lógico... bajo su punto de vista, un hermano pese a todo sigue siendo un hermano.

- Sólo quería que recordase las cosas buenas que, seguramente, hubo entre vosotros antes de que desaparecieras – dijo Hitomi cabizbaja, sentada en el borde de la enorme fuente situada en el centro de aquella plazoleta – Pero se ve que prefiere escudarse en los últimos acontecimientos.

Folken, sin perder la sonrisa, le dio una mirada comprensiva.

- Van nunca cambiará de parecer, me temo – expuso tranquilamente, su cuidada máscara de reposo y tranquilidad intacta y en su sitio.

- ¿Por qué no querrá más que coleccionar malos recuerdos? - preguntó Hitomi ausentemente – Nunca puedo hablar bien con él, es como si tuviera permanentemente una pared de granito a su alrededor.

Y era cierto. Ésa "pared de granito" a la que la chica hacía referencia era producto de la soledad y la enorme responsabilidad a la que el ahora soberano de Fanelia había estado sometido desde muy niño. Vargas había sido el único soporte en el que descansar y ahora estaba muerto.

Folken no podía dejar de pensar que, pese a que él estuvo en la misma situación once años atrás, el carácter arisco y el dolor de Van eran culpa suya. Él le había dejado solo, él le había fallado.

No había sido un modelo muy bueno de hermano mayor en el que fijarse.

- ¿Y tú, Hitomi? - preguntó de pronto - ¿No tienes miedo?

La muchacha alzó la vista, confundida.

- Como bien sabes, soy un Manipulador del Destino que ha atentado en varias ocasiones contra vuestra seguridad – explicó el descendiente de Atlantis con una mirada fija y seria – Por no mencionar que mandé a efectivos militares para intentar secuestrarte no hace mucho.

Quería ser del todo sincero con ella. No se sentiría bien intentando ganarse la confianza de alguien con mentiras y medias verdades. Quería mostrarse tal cual era, sin trucos.

Observó a Hitomi sopesar éste punto.

- Admito que estoy algo inquieta... - comenzó tentativamente dándole una mirada fija – Pero...

- ¿Pero qué?

Hitomi tomó aire.

- Se te ha dado un voto de confianza. Creo que una persona puede cambiar si así lo desea... y no creo que tratándola con frialdad se le aliente a ser mejor de lo que era. De ser así... ahora mismo estarías actuando a la defensiva, ¿verdad? - Hitomi sonrió – Si no confías en la gente, la gente no podrá confiar en ti.

Folken se sorprendió de la capacidad de comprensión y empatía con la que estaba describiendo su situación.

Aquello le tocó una fibra que ni sabía que tenía... o, al menos, creía haber perdido largo tiempo atrás.

- Mi asilo político en Astoria podría ser parte de un complot – expuso, completamente anonadado de que a la joven ni se le hubiera pasado por la cabeza albergar ciertas reservas contra él – Podría estar aquí sólo como espía para, ante la mínima oportunidad, hacerme con el Escaflowne. Recuerda que Van y yo compartimos la misma sangre y podría tomar el control del guymelef en el momento en que quisiera. ¿Has pensado en éso?

Pero la sonrisa en el rostro de la joven parecía inamovible.

- De ser éso cierto, no hubieras advertido de las sospechas de las demás naciones sobre Astoria ni nos hubieras facilitado tecnología punta de Zaibach – resolvió con naturalidad – Además, quiero creer en ti y en que, algún día, Van también pueda verte ya no como un enemigo, si no como el hermano que eres. Como he dicho: si no confío en ti, tú no podrás confiar en mí, ¿verdad?

Sorprendido y conmovido a la vez, Folken volvió a sonreír al tiempo que sentía cómo liberaba un enorme peso de su corazón.

Aquella chica le estaba ofreciendo confianza, amistad... sin reservas de ninguna clase.

Era el regalo más maravilloso que le podrían haber hecho en aquel difícil momento.

De modo que ése es tu poder...

El poder de creer, el poder de abrir las puertas a quien muestra sincero arrepentimiento por sus malas acciones.

Y fue en aquel instante sin precedentes en que Folken Lacour de Fanel, traidor de traidores e idealista comprometido, comenzó a amar la belleza de ésa faceta sin igual de Hitomi.

Comenzó a amar su bondad.