-Tenemos que estar cerca. -le dijo Jane cuando se situó a su lado. Lisbon, pálida y sudorosa, siguió andando, imperturbable.

Jane sacó una tela negra de su bolsillo. Con un cristal que había cogido, la rasgó y agarró a Lisbon del hombro.

Ella se volvió, enfadada, pero Jane agarró su mano derecha, llena de sangre. Jane se fijó en el profundo corte que presentaba. Sin decir nada, la envolvió, firmemente. Lisbon aguantó la cura sin un quejido.

-Cómo pudiste creer que me engañarías... -dijo Jane, terminando de anudar la tela. Miró a Lisbon a los ojos, dolido.

-Perdona. -murmuró Lisbon. -Ni siquiera sé lo que hago...

Jane se apartó de ella, sabiendo que no le gustaba su cercanía.

-Ten fe, Lisbon. Llegaremos a la ciudad y todo acabará. La sede del CBI está cerca de las afueras de Sacramento...

-Viene un coche. -cortó Lisbon, alerta. Saltó a los matorrales de la cuneta. Jane la siguió.

- ¿Y qué? -dijo desconcertado. Lisbon le ignoró, estudiando atentamente la furgoneta que pasó a toda velocidad.

-Es la misma en la que nos trajeron aquí. -musitó Lisbon. Jane se alegró de ver que su instinto policíaco se ponía en marcha. -Va a descubrir que no estamos... Tenemos que seguir, Jane.

Salió de nuevo a la carretera y echó a andar con decisión.

-Tal vez no deberíamos salir a la carretera. -dijo Jane, poniéndose a su altura.

-Avanzamos más rápido que si...

- ¡Coche! -advirtió Jane. Ambos se ocultaron de nuevo.

La furgoneta volvía, más despacio que a la ida.

Jane cogió una piedra y, con su letal puntería –tal vez recuerdo de su infancia en una feria-, la arrojó contra la luna trasera del coche, sin lograr romperla.

El conductor detuvo el coche y bajó, aproximadamente a la altura a la que ellos se escondían.

-Ve. -musitó Jane, cogiendo otra piedra y arrojándola, errando a propósito esta vez. El joven secuestrador, que en esta ocasión había visto la dirección, se acercó a grandes zancadas.

Jane pudo ver cómo Lisbon se deslizaba hacia la furgoneta y subía dentro.

«Arranca», rezó en su fuero interno.

Después salió, con las manos en alto, ante la pistola del joven.

-Tranquilo, no tengo armas. -le dijo, fingiendo pánico.

- ¡¿Dónde está esa tía? -bramó el chico, probablemente más asustado que él.

-Yo... ¡No lo sé! ¡Me dejó tirado! -contestó con voz trémula. -Por favor, no dispa...

- ¡Cállate! -le gritó el chico.

No pudo añadir nada más, porque puso los ojos en blanco y se desplomó.

Jane bajó los brazos, con un suspiro. Cruzó una mirada con Lisbon, armada con una piedra, con la que había golpeado al chico en la cabeza.

-Realmente creí que te irías sin mí. -dijo Jane mientras Lisbon recuperaba su pistola.

-Ya. Desgraciadamente, la ley nos obliga a prestar socorro, incluso cuando el sujeto no lo merezca. -le replicó. -Vámonos de una vez.

-Sacramento, dulce Sacramento. -canturreó Jane al traspasar las puertas de la ciudad. Sin embargo, Lisbon aparcó, para su sorpresa. -¿Qué haces?

-Debes estar perdiendo facultades de observación. No tenemos gasolina como para ir hasta el CBI. Apenas queda para nada, así que es mejor ahorrar. -dijo, bajando del coche. Miró a su alrededor para orientarse, pero Jane la sacó de sus cavilaciones.

- ¡Lisbon! -dijo solamente. Ella se volvió, encontrando a Jane mirando el escaparate de una tienda de electrónica, fascinado.

-No tenemos tiempo para esto, Jane... -empezó ella, pero se calló al toparse con lo que Jane miraba, sin dar crédulo a sus ojos.

Los televisores del escaparate estaban en un canal estatal que emitía en ese momento un noticiero.

«Como ha sido recientemente confirmado por nuestras fuentes, los restos humanos encontrados frente a las oficinas de la Brigada Criminal de California pertenecen a la agente de dicha brigada Teresa Lisbon, desaparecida desde el pasado miércoles. Se ha identificado al asesor de la brigada Patrick Jane como autor de su secuestro y posterior asesinato. Agentes del CBI nos han asegurado que han visto a Jane en las cercanías del apartamento de la víctima, y afirman que no tendrán ninguna concesión con él, disparando en caso de posible huida.» leía la presentadora del telediario.

Tanto Jane como Lisbon miraban las pantallas, incrédulos.

-Esto se está volviendo demasiado enrevesado, incluso para ser nosotros. -dijo Jane, muy despacio.