EMBRUJADA
Por Cris Snape
DISCLAIMER: Todo pertenece a JK Rowling y su gente. No escribo esto con ánimos de lucro.
CAPÍTULO 2
El libro de cuentos
La segunda vez que visitó la casa de la familia Prewett, Percy pensó que parecía mucho más grande ahora que no estaba llena de gente. Cuando Molly se enteró de que su primo Raymond la había incluido en su testamento, se mostró desconcertada. Si bien era cierto que sus hermanos y Raymond habían jugado juntos en muchas ocasiones, ella nunca había sido muy cercana al difunto squib. Aún así, sorprendida y todo, no puso ninguna objeción a la hora de asistir a esa reunión cuando llegó el sábado por la mañana. Percy sabía que nadie había reclamado su presencia, pero le pareció adecuado acompañarla personalmente pese a que su padre se ofreció a hacerlo. Pero como Molly afirmó que la compañía de su hijo sería mejor, por aquello de conocer personalmente a Mafalda, al final fueron los dos solos.
Fue precisamente Mafalda la que los recibió. Tenía mejor aspecto que el día del funeral y ya no iba vestida de negro. Percy tuvo la sensación de que había recuperado a la mejor versión de su abnegada empleada y se alegró por ella.
-Buenos días, señor Weasley –Estrechó la mano de Percy y le sonrió brevemente como si hubiera sabido de antemano que acompañaría a su madre- Señora Weasley –Saludó a Molly con una inclinación de cabeza- Pasen, por favor. El señor Spelling no tardará en llegar. Acompáñenme a la salita mientras esperamos.
Percy y Molly siguieron a la joven hasta una pequeña sala cuyas ventanas daban al jardín trasero. Percy no había tenido ocasión de ver esa habitación durante su breve excursión anterior y encontró que la estancia era bastante acogedora. La luz entraba a raudales por la ventana y había una enorme televisión en un rincón de la habitación. Sentada frente a ella, Percy reconoció a la chica menuda del otro día. Mafalda había dicho que era Audrey, su hermana, y estaba cómodamente tirada en un sofá de cuero negro.
-Audrey. La señora Weasley y su hijo han llegado. Voy a buscar un aperitivo. ¿Les acompañas?
La chica giró un poco la cabeza y miró a Mafalda con desgana antes de encogerse de hombros y volver a su actividad anterior. La mayor de las Prewett pareció un poco descorazonada ante esa actitud y suspiró como si en el fondo se lo hubiera esperado. Después, miró a sus invitados.
-Sophie no tardará en bajar. Siéntense mientras traigo algo de beber.
Sin esperar respuesta, Mafalda salió de la habitación. Percy tuvo la sensación de que llevaba todos esos días sosteniendo el peso de la familia sobre sus hombros y que ya estaba un poco cansada de tener que hacerlo. Después, buscó un sitio donde acomodarse y decidió que lo mejor que podían hacer era ir hasta donde estaba la tal Audrey. La chica los miró de reojo y no mostró ningún interés por ejercer de anfitriona. Se la veía muy joven, tanto que era posible que esa actitud fuera una última muestra de rebeldía adolescente.
Percy sintió a su madre sentarse a su lado. La mujer miraba con disimulo todos los rincones de la salita, fijándose con especial interés en todos los cacharros muggles. Percy estaba seguro de su padre habría entrado en éxtasis de haberse visto rodeado por tanta tecnología y demás chorradas y estuvo a punto de esbozar una sonrisa.
Después de un eterno minuto de silencio, Percy decidió que sería conveniente buscar algún tema de conversación, por más que su acompañante no tuviera el más mínimo interés por mantener una charla. Se sentía bastante incómodo y su madre también lo parecía, así que cuando Sophie Prewett hizo su aparición, Percy experimentó un gran alivio.
La mujer, que era guapa y se movía con elegancia, sí vestía de negro. Percy observó que no llevaba nada de maquillaje y notó que sus ojos estaban un poco enrojecidos. Quizá la viuda era la que mantendría el duelo por el esposo muerto durante más tiempo. Percy y su madre se levantaron para saludarla y la mujer les sonrió con amable tristeza.
-Señora Weasley. Gracias por venir.
Molly iba a responder algo cuando Audrey habló. Percy no había tenido ocasión de escuchar su voz antes y la encontró un poco rasposa, como si llevara días sin utilizarla.
-Los buitres siempre acuden cuando hay carroña.
Percy vio a su madre entrar en tensión ante el repentino ataque. Quizá no había estado bien no haber mantenido ninguna clase de contacto con Raymond Prewett a lo largo de los años, pero aquel insulto gratuito los desconcertó a ambos. Y observando su reacción, enfadó a Sophie.
-¡Audrey! No seas maleducada –Le reprochó- La señora Weasley está aquí porque tu padre así lo quiso.
La chica, que se había levantado después de que su madre le regañara, boqueó como si quisiera decir algo, pero al final se mordió la lengua y se marchó prácticamente corriendo. Sophie Prewett suspiró profundamente y movió negativamente la cabeza.
-Por favor, disculpen a Audrey. Lo está pasando muy mal. Estaba muy unida a su padre.
-No se preocupe, querida.
Molly le dio una palmadita en el hombro como si quisiera quitarle hierro al asunto, pero era obvio que el comentario no le había sentado muy bien. Y no porque no lo encontrara justificado precisamente. Percy supuso que su madre se sentía un poco culpable porque la hermana de Mafalda tenía motivos para decir lo que había dicho. Era normal que desconfiara. ¿Quién no encontraría sospechoso que una prima desconocida acudiera a la casa familiar para la lectura del testamento de un hombre al que no había visto en años? En cualquier caso, Molly Weasley no era responsable de las decisiones del difunto Raymond.
Sophie les pidió con un gesto que se sentaran, apagó el televisor y se dispuso a ejercer de anfitriona. A Percy le cayó bien porque se la veía muy educada, un rasgo que siempre apreció muchísimo.
-Les mentiría si no dijera que su inclusión en el testamento de mi marido nos pilló por sorpresa –Comentó con bastante diplomacia Sophie- Raymond siempre fue un hombre bastante reservado en todo lo concerniente a su familia.
Percy se preguntó entonces si esa mujer sabría algo sobre la magia. Era natural pensar que sí, si convivía con Mafalda, aunque siempre era posible que se mantuviera en la inopia. Por lo que sabía, Sophie Prewett no era la madre de Mafalda. Su empleada no había entrado en detalles, pero siempre que hablaba de ella la llamaba "la mujer de mi padre". Normalmente, cuando uno hablaba de su madre no lo hacía en esos términos y Percy observó a Sophie con cautela, sabedor de que sería conveniente medir sus palabras para no meter la pata.
-Quizá no fuimos todo lo cercanos que nos hubiera gustado, señora Prewett –Molly intervino con suavidad- Y ciertamente yo tampoco esperaba recibir esta noticia.
-Raymond solía hablar con cariño de sus hermanos –Sophie sonrió con aire un tanto melancólico- Al parecer hacían bastante travesuras cuando eran niños. Siempre lamentó que murieran tan jóvenes.
-Fue una gran pérdida, pero hace mucho de eso –Molly, que siempre se entristecía cuando recordaba a sus hermanos, se removió con incomodidad. Percy se preguntó si la ausencia de Fred dejaría de doler alguna vez- Gideon y Fabian apreciaban mucho a su marido. Recuerdo que cuando mi padre los envió al internado en el que estudiaron, les apenó bastante que Raymond no fuera con ellos.
Al parecer, su madre también había optado por ser prudente. A Percy le pareció ver un brillo de suspicacia en los ojos oscuros de Sophie, aunque la mujer no comentó nada al respecto porque Mafalda acababa de regresar con una bandeja de té con pastas.
-He pensado que un tentempié no nos vendría nada mal mientras esperamos al señor Spelling.
-Es una gran idea, cariño.
-¿Dónde está Audrey?
-Ha sufrido uno de sus arrebatos. Debe estar encerrada en su cuarto.
Mafalda puso los ojos en blanco y se sentó al lado de su madrastra. Percy observó que se trataban como si fueran familia de verdad y comenzó a sospechar que nadie en esa casa vivía ignorante de lo que era la magia ni de lo que había sido Raymond Prewett.
-La señora Weasley me comentaba que tu padre y sus hermanos fueron muy amigos hasta que les llegó la hora de marcharse a Hogwarts.
Molly, que estaba bebiendo de la taza de té que Sophie le había tendido un instante antes, se quedó quieta. Percy sólo confirmó lo que venía sospechando y se alegró de no tener que andarse con secretismos. Eso era lo que menos le gustaba de tratar con muggles, el verse obligado a medir las palabras para no meter la pata.
-Mi padre se vio obligado a hablarle de mi condición a Sophie después de que a la pobre casi le diera un infarto después de ver uno de mis estallidos de magia involuntaria –Explicó Mafalda como si tal cosa.
-Al principio fue bastante desconcertante, pero una termina aceptando cualquier cosa cuando está enamorada.
Mafalda y Sophie intercambiaron una mirada cómplice y la mayor de ellas agarró la mano de la más joven y la estrechó cariñosamente. Percy, que nunca había conocido a ningún muggle en las mismas circunstancias que esa mujer, se planteó un montón de dudas al respecto.
-El hecho de que Raymond fuera un squib también ayudó bastante, porque a pesar de que Mafalda es toda una brujita, nuestra convivencia no se vio alterada en absoluto. Siempre hemos vivido bastante alejados del mundo mágico.
-Mi padre nunca se sintió aceptado por los brujos y creo que por eso no se puso en contacto con usted, señora Weasley. Tan solo mantuvo la amistad con sus hermanos. En realidad nadie le notificó su muerte. Supuso que se habían ido cuando dejaron de escribir.
Molly retuvo el aire en los pulmones y afirmó quedamente con la cabeza.
-Si hubiera sabido que Fabian y Gideon seguían siendo sus amigos, yo misma me hubiera puesto en contacto con Raymond.
-Mi padre nunca le dio importancia a eso, señora Weasley –Mafalda parecía dispuesta a no darle más vueltas al asunto- Entendió que usted tenía bastante con la pérdida que sufrió como para reprocharle nada.
Molly afirmó con la cabeza, agradeciendo que a esa gente no pareciera importarle el aislamiento al que habían sometido a Raymond. Percy no estaba seguro de que todo fuera tan bonito como Mafalda lo pintaba, pero si la joven había decidido enterrar todo el tema, él no era nadie para exponer sus dudas. Además, era obvio que su madre se sentía mejor ahora y esperaba que siguiera así por mucho tiempo.
-Entonces. ¿Raymond se sentía a gusto fuera del mundo mágico? –Quiso saber Molly después de unos segundos. Tanto Sophie como Mafalda la miraron con condescendencia.
-Creo que fue muy feliz, señora Weasley –Dijo Sophie, como si además de pensarlo deseara que así hubiera sido.
-En cualquier caso, no terminó convertido en una mala copia del señor Filch. Eso hubiera sido terrible. ¿Verdad, señor Weasley?
Percy, que hasta ese instante no había participado en la conversación, se sintió momentáneamente fuera de lugar. Por suerte, no tardó en captar el tono irónico en la voz de Mafalda y esbozó una sonrisa cómplice. Eran los únicos en esa habitación que habían tenido que sufrir al viejo conserje de Hogwarts y eso debía unirlos de alguna forma extraña y terrible.
-Absolutamente.
Mafalda se rió por lo bajo. Percy en realidad nunca se había planteado la posibilidad de que un squib pudiera encontrar la felicidad viviendo entre muggles. Había asumido que nacían condenados a sentirse desarraigados y que no tenían salvación, pero era obvio que a Raymond Prewett sí que le habían dado la oportunidad de tener una vida plena y que la había aprovechado. Nunca había conocido a ese hombre, pero en cierta forma se alegró por él.
Los cuatro estuvieron charlando durante unos diez minutos más, hasta que el señor Spelling hizo acto de presencia. Era un hombre joven, alto y robusto que usaba gafas y lucía una frondosa barba perfectamente recortada. Saludó a Sophie y Mafalda como si fueran amigos de toda la vida y, después de que se decidiera que la lectura del testamento se llevaría a cabo en esa misma habitación, alguien fue a buscar a Audrey y la ceremonia dio inicio.
Todo fue bastante rápido. Raymond Prewett otorgaba a su mujer una buena suma de dinero que le permitiría vivir holgadamente el resto de su vida, así como el uso y disfrute de aquella misma vivienda hasta el día de su muerte. El resto de bienes se repartía equitativamente entre sus hijas. Y eran muchos más de lo que Percy había imaginado. Al parecer, durante los años ochenta, ese hombre había realizado unas inversiones que llevaban décadas reportándole grandes beneficios y que lo convertían en un hombre muy rico. Incluso su mujer y sus hijas parecían desconocer la magnitud de su fortuna.
Percy comenzó a preguntarse cuándo le tocaría el turno a su madre y, cuando ya había perdido las esperanzas, el abogado anunció que a ella le correspondía heredar el contenido de la caja fuerte de su despacho. Hablaba de Molly Weasley como de "mi querida prima", y afirmaba que siempre había guardado un grato recuerdo de sus difuntos hermanos. Y ahí terminaba todo.
El señor Spelling no se quedó mucho tiempo más. Ofreció su ayuda incondicional para solucionar cualquier problema legal que pudiera surgir a partir de entonces y se retiró con bastante prisa. Las tres herederas permanecieron juntas durante un par de minutos, abrazadas y silenciosas, y Percy se sintió fuera de lugar, como un intruso que no pintaba absolutamente nada allí. Finalmente, Sophie reaccionó y se dirigió directamente a Molly.
-Supongo que querrá saber qué le ha dejado Raymond. Vamos allá.
Todos la siguieron mansamente hasta la planta superior. El despacho del señor Prewett estaba al fondo de un largo pasillo y contaba con una chimenea enorme y un montón de estanterías repletas de libros. Sophie fue hasta el cuadro que presidía la habitación, lo abrió como su fuera una simple puerta y la caja fuerte quedó al descubierto.
-Solo Raymond y yo conocíamos la combinación, aunque nunca sentí la necesidad de abrirla –Comentó mientras extraía un pequeño baúl de su interior- Aquí era donde mi marido guardaba los objetos mágicos que su padre le entregó en vida.
A juzgar por la forma en que estiró el cuello, ni siquiera Mafalda sabía de la existencia de esos objetos. Tanto ella como su hermana dieron un paso adelante, curiosas y expectantes, pero el baúl terminó en manos de Molly. La bruja miró a ambas chicas como si lamentara ser ella la primera en tener acceso a todas esas cosas y, entonces, Audrey habló.
-¿Por qué tiene que quedarse ella con esto? –Protestó, mirando a su madre. La rabia que demostró antes, en el salón, se había transformado en dolor- Era de papá.
-Es lo que él quería, Audrey.
Aunque Sophie acarició el rostro de la chica, había dureza en sus palabras. Percy vio como la joven se mordía el labio inferior y retrocedía. Mafalda la abrazó. Tenía toda la pinta de estar pensando en que aquello era definitivamente injusto, pero no abrió la boca. Molly observó la escena y, justo cuando Percy creyó que iba a coger el baúl para irse, comenzó a abrirlo.
-No tiene por qué hacerlo –Dijo Sophie, colocando una mano sobre la tapa.
-Lo sé, querida, pero creo que las niñas deberían ver qué era lo que guardaba su padre.
Intercambió una mirada con las hermanas Prewett. Percy pensó que su madre era una sentimental y que no tenía remedio, pero no le pareció que la idea fuera tan mala. Sonriendo, les hizo un gesto a las chicas para que se acercaran un poco más y abrió el baúl.
El contenido no era nada del otro mundo. Había lo que parecía ser una vieja varita deslustrada y un poco astillada, una corbata con los colores de Ravenclaw, un reloj roto y lleno de polvo, un par de galeones y un libro con pastas de cuero. Molly pasó los dedos sobre todo ello, suponiendo que había pertenecido al padre de Raymond, y volvió a mirar a las Prewett.
Ambas estaban expectantes. Sophie se había colocado detrás de ellas y las miraba con fijeza, mientras Mafalda entornaba los ojos y Audrey estiraba los brazos hacia el libro.
-¿Puedo?
Su voz sonó suave por primera vez desde que todo eso había empezado. Percy vio el brillo angustiado en sus ojos y supo que su madre no se negaría. Efectivamente, Molly afirmó con la cabeza y Audrey cogió el libro con ambas manos.
Era un volumen grueso y pesado con pinta de ser muy viejo. Era un libro de cuentos. Audrey lo dejó sobre la mesa y lo abrió por la mitad. Entonces, el polvo se elevó en el aire y la chica estornudó. Percy consideró que era perfectamente normal porque todas esas cosas debían llevar ahí un montón de tiempo, pero lo que ocurrió después no podría considerarse normal ni en un millón de años.
Audrey empezó a toser. Su madre le colocó una mano en la espalda y le dio un par de palmaditas, pero la chica empezó a retorcerse, presa de unas violentas convulsiones. Sophie la llamó y Mafalda la sostuvo, pero ninguna de ellas pudo impedir que cayera al suelo entre movimientos bruscos e incontrolables.
-¡Audrey! ¡Llama a una ambulancia, Mafalda! ¡Audrey!
Sophie parecía desesperada. Percy y su madre se habían alejado un poco para no entorpecer la carrera de Mafalda hacia el teléfono, pero la bruja no tuvo tiempo de llegar hasta él porque, tan rápido como había empezado, el ataque se detuvo. La cabeza de Audrey se desplomó hacia atrás, sus ojos se cerraron y todo permaneció en silencio durante un eterno segundo.
-¿Audrey? ¿Cielo, estás bien?
El miedo era palpable en la voz de Sophie. La mujer golpeó las mejillas de su hija, que permanecía inconsciente. Percy temía que el desenlace fatal se hubiera producido, totalmente extrañado por lo que acababa de pasar, pero por fortuna no fue así. Audrey abrió los ojos y miró a su alrededor con asombro.
-¡Audrey!
Sophie la abrazó con fuerza, pero la chica no correspondió al gesto. Parecía aturdida mientras se dejaba a hacer. De pronto, sus ojos negros se clavaron en Percy y reflejaron una emoción que antes no había estado allí.
-¡Ah! ¡Sois vos! –Dijo, mientras apartaba a su madre de un brusco empujón, se levantaba e iba a esta él- ¡Habéis venido a buscarme!
Percy parpadeó sin entender ni una sola palabra. Definitivamente algo no estaba bien. Buscó a su madre con la mirada. Molly tenía el ceño fruncido y parecía pensar exactamente lo mismo que él.
-¿Disculpa?
-Llevo mucho tiempo esperándoos, mi señor. Me llena de regocijo que al fin hayáis venido a rescatarme.
-¿Qué?
Sí. Algo no iba bien. O Audrey Prewett se había vuelto loca de repente o era él mismo quién había perdido la razón, porque definitivamente esa chica se creía lo que estaba diciendo. Entonces, Audrey se agarró a su brazo y cerró los ojos, absolutamente feliz.
-Vayámonos. Debemos casarnos cuanto antes.
Por fortuna, Mafalda aprovechó ese momento para reaccionar. Con decisión, apartó a su hermana de Percy, quien pareció agradecérselo enormemente.
-Ven, Audrey. ¿Te sientes bien?
La chica, lejos de agradecer el apoyo, se revolvió bruscamente contra ella y se abalanzó sobre Percy, abrazándose con fuerza a él y cambiando su tono de felicidad por uno absolutamente angustiado.
-¡Por favor, mi señor! No dejéis que la bruja me lleve.
-¡Audrey! –Sophie intervino, intentando poner un poco de orden en ese embrollo.
-¡No! –La chica buscó la mirada de Percy con desesperación- Salvadme, mi señor. Las brujas me han mantenido prisionera todos estos años. Cada día de mi vida he esperado por vos. Sacadme de aquí, no dejéis que me hagan daño. Os lo suplico.
Definitivamente eso estaba pasándose de la raya. Mafalda volvió a agarrar a su hermana y tiró de ella para que dejara de comportarse de esa forma, pero solo consiguió que Audrey comenzara a llorar con desesperación. Vacilante y sin entender absolutamente nada, Percy dejó que la señora Prewett lo sacara del despacho. Cuando la puerta se cerró, los gritos de Audrey se escucharon con más claridad.
-Por favor, váyanse –Pidió Sophie- No sé qué le ha pasado a mi hija, pero no está bien.
-Claro. No se preocupe. Vamos, Percy.
El brujo se mostró de acuerdo con su madre y juntos bajaron a la planta inferior y salieron a la calle. Percy quería irse a casa cuanto antes y, al mismo tiempo, creía que su presencia allí era necesaria.
-Eso ha sido muy extraño –Dijo su madre mientras buscaban un lugar en el que desaparecerse- Debe estar muy afectada por la muerte de su padre.
-Yo diría que es más que eso. ¿Te has dado cuenta de que se ha puesto así después de abrir el libro?
Molly cabeceó, un poco más preocupada que un momento antes.
-Deberíamos decírselo a Mafalda…
-Apuesto a que ya se ha dado cuenta. El lunes hablaré con ella.
-Sí. Esperemos que la pobre niña no tarde en ponerse bien.
-Sí. Esperemos.
Aunque Percy confiaba en que fuera así, algo en su interior le dijo que lo ocurrido iba a cambiar su vida para siempre. Tal y como comprobó un par de días después, no se equivocó en absoluto.
OoOoOoOoOoOoOoOoO
¡Tachán! He aquí el segundo capítulo. Realmente esperaba tardar menos tiempo en actualizar la historia, pero me ha sido absolutamente imposible hacerlo antes. Espero que os guste. Si es así, os recuerdo que dejar reviews no tiene efectos secundarios. De hecho, es bastante sano, así que ya sabéis.
Hasta pronto
