Ignorante

Salió de su habitación cerrando la puerta quedamente tras de sí. Sabía que era el momento adecuado; llevaba esperándolo todo el día, atareándose a propósito para que el ritmo de su vida fuera al menos proporcionado a lo que le rodeaba, igual de activo que las personas que convivían con ella. No quería llamar la atención de nadie, ni siquiera de las personas al servicio de su padre. Su hermana estaría encerrada en su cuarto o saliendo con sus amigas, para variar, así que no suponía un problema, o más bien una interrupción, y su padre estaba fuera por unos días. Apretó el bulto cuadrado contra su pecho y se dirigió a la sala de estar con pasos cortos, que era como habitualmente caminaba. Se sintió casi triunfadora cuando se dejó caer en el sofá y encendió la lámpara de la mesa de al lado en medio del completo silencio. La soledad no era algo que le molestara, mucho menos cuando estaba a punto de sumergirse en un mundo verosímil pero irreal, por lo que la calma resultó reconfortante como una cobija caliente después de una tormenta. La única luz de la habitación era la proporcionada por la lámpara y la del atardecer de afuera que se colaba por las ventanas. El lugar era acogedor, y sin embargo, apenas era consciente de eso. Se acomodó en la esquina del sofá, permitiéndose subir las piernas, no sin dejar de sentirse un poco culpable por ello, como si alguien pudiera reprenderla por tal acto. Se recostó de lleno en el respaldar y todo rastro de culpa desapareció al abrir el libro en su regazo, y entonces, pasados unos segundos, nadie hubiera conseguido llamar su atención al primer llamado, y probablemente, tampoco al segundo.

Sus ojos siguieron palabra tras palabra en las amarillentas páginas, y casi inconscientemente modificó su postura, estirando un poco las piernas, sin apartarse el libro de los ojos en ningún momento.

Cuando el tiempo fue imposible de ignorar, se sorprendió al ver por encima del perímetro del libro, y ver que afuera estaba totalmente oscuro. ¿En qué momento se había acostado, cara a la ventana? Podría haberse dormido, y en realidad tuvo serias dudas de que hubiera pasado lo contrario. En cualquier caso, nada de eso era tan importante como ver el siguiente capítulo, porque el autor tenía la maravillosa costumbre de dejar la última página del capítulo "a medio escribir", con palabras o diálogos que te hacían ir directamente a la siguiente página.

Creyó oír susurros y un ruido más fuerte, pero todo sonó tan lejano que no supo nada más, sólo sintió una superficie suave recibiendo su rostro…

Casi sintió sus párpados abrirse y aunque eso no fue lo que la despertó sí le hizo ser consciente de que se había quedado dormida; en cualquier caso, lo que interrumpió su descanso fue una incomodidad corporal, algo que le golpeaba el muslo tanto como para penetrar hasta sus sueños. Cuando se movió se dio cuenta que tenía una manta encima del cuerpo, lo que inmediatamente le llevó a preguntarse quién la había visto tan vulnerable, aunque no fuera consciente de ello en esos momentos. Con la pregunta martillándole la cabeza, se apartó la manta dejando que se deslizara hasta el suelo para luego apartarse ella misma. Lo que había debajo suyo, que la despertó por estarla golpeando, le destrozó el corazón: en medio de los cojines yacía su adorado libro, y con pesar en el alma, vio que la portada tenía una de las esquinas dobladas. La puso en su lugar rápidamente alisándola con la vaga esperanza que quedara más o menos como cuando lo había comprado. Después de intentarlo, suspiró con pesar y lo abrazó en su regazo, al tiempo que recogía la manta con la otra. No tendría caso quedarse leyendo; los ojos le dolerían más y, si era lo suficientemente descuidada, se volvería a dormir con más consecuencias para uno de sus tantos amigos. Cuando iba a medio camino, entre el umbral de la sala y el pie de las escaleras, sus ojos divagaron por la estancia, buscando, tal vez, a quien había sido considerado o considerada de arroparla. Entonces se fijó en la puerta y su vista se quedó allí por una milésima más de lo que había hecho en el resto de la instancia. La puerta… afuera… Hanabi. El corazón se le oprimió como un puño, presa de desesperación interna mezclada con vergüenza. En un breve instante se asomó afuera, sólo para comprobar que era tarde por las luces apagadas y la oscuridad que reinaba en la calle, y al cerrar la puerta pudo pensar con más claridad: su hermanita debía haber llegado hace mucho, si es que había salido, y si había salido mientras ella dormía, estaría en casa de todas formas. Pero eso no le quitó la amarga sensación de sentirse despistada y más aún irresponsable, por lo que subió más que para irse a dormir, para ver a su hermanita, aunque durmiera. Le calmaría sólo ver el bulto que formaba su cuerpo bajo las sábanas, y con esto en mente trató de ser lo más silenciosa que pudo hasta que llegó a los aposentos de su hermana pequeña. Intentó abrir, pero la puerta estaba cerrada. Curioso, pensó. Tocó suavemente con los nudillos, y casi susurrando dijo:

—Hanabi-chan… ¿estás dormida?

Nadie contestó, y siguió expectante por un largo minuto más. Justo cuando iba a retirarse oyó una serie de murmullos que no consiguió distinguir; pero supo al instante que Hanabi le abriría, y sintió remordimiento al haber tocado: lo más probable era que la hubiera despertado.

Mas el sonido de la puerta al abrirse hizo que su corazón diera un vuelco: se disculparía con Hanabi, por haberla despertado, y muy especialmente, por haberla descuidado.

La puerta se abrió por completo; Hinata emitió un débil grito ahogado, y pese a que la imagen frente a sí le exigía girarse, correr, volar, enterrarse, cualquier cosa para alejarse de ahí, el espanto la paralizó y por un momento ni siquiera fue capaz de apartar la vista. Las manos le temblaron tanto que dejó caer el libro y la manta sin siquiera darse cuenta, para llevarlas a los ojos. Y entonces, haciendo uso de toda la sensatez que le quedaba, alzó la mirada, en realidad cubierta por sus manos.

—K-Kiba-kun… —Su voz sonó tan temblorosa como las piernas, que estaban a punto de dejarla caer. Separó sus dedos con sumo cuidado y cuando lo hizo quiso que la tierra se la tragara ahí mismo, y miró a los pies de Kiba, desnudos, como el resto de su cuerpo…

—Oye, Hinata, tengo puesto los calzoncillos, puedes mirar si quieres.

Hinata se preguntó… no, no sabía qué se preguntaba. Hiperventiló un par de veces, y no apartó la mirada de donde la tenía, sintiendo cómo las mejillas le ardían. Kiba se giró hacia el interior de la habitación sin cerrar la puerta.

—Oi, Hanabi, adivina qué —dijo, con su habitual voz varonil alegre. Hinata se estremeció al escuchar el nombre de su hermana. Kiba continuó sin siquiera darse cuenta—: no estamos en mi casa, estamos en la tuya.

—¿Hanabi-chan…? —Logró musitar Hinata, atreviéndose a mirar a Kiba, pero a la cara.

—¿Qué? ¿Es en serio? —Oyó la suave voz de Hanabi, hablándole a Kiba casi tan desconcertada como… Al instante estuvo segura que Hanabi sabía que estaba ahí—¡Te dije privado!¿No te suena a hotel o algo? —y enseguida Kiba recibió el golpe de un peluche, mismo que atrapó y usó para cubrirse sus partes y luego volverse hacia Hinata.

—K-Kiba-kun… ¿Qué le pasó a tu ropa? —No se oyó decir eso; pero tal vez, y sólo tal vez, Kiba se había mojado la ropa, subió al cuarto de Hanabi porque Hinata obviamente estaba dormida…

Debió tener una cara chistosa al decirlo, pensó Hinata, (aunque todavía se cubriera con las manos la mayoría del rostro), porque Kiba sonrió al verla, cuando ella se moría de pánico y vergüenza ajena. Aunque, claro está, Kiba no se ríe precisamente de chistes…

Por el rabillo del ojo, Hinata vio que Kiba, todavía con su sonrisa, abría un poco más la puerta y con un gesto de la cabeza señaló hacia dentro. Antes de que se diera cuenta, Hinata ya había visto al interior y su mirada, de alguna manera inexplicable, había ido a parar directamente a la cama, donde reposaba su hermana, desarropada hasta la cintura, vistiendo una franela que le quedaba inmensa, que por poco le dejaba los senos descubiertos mientras ella, sin importarle o sin percatarse, se rascaba distraídamente la cabeza. Hinata ahogó un grito al verla y volvió su vista hacia Kiba. Éste le sonreía de una forma que no podía explicar, como si todo aquello le divirtiera.

—Créase o no, Hanabi estaba en celo —Dijo Kiba por toda explicación, y su sonrisa fue lo último que Hinata vio antes que le cerrara la puerta en las narices.

Hinata se dio la vuelta recogiendo sus cosas casi sin darse cuenta, y se marchó a su habitación con una sola cosa en mente: no era bueno ser ignorante, aunque uno no se percatara de ello.

Porque por ser ignorante no se había dado cuenta que su hermana, menor por cinco años, había perdido la virginidad mucho antes que ella.


Bien, espero haber cumplido las expectativas n.n Este fic sí me ha gustado, sobretodo porque en su primer capítulo recibió más reviews de lo que esperaba —recibió tres. Les agradezco mucho a estas tres personas que comentaron, porque me sentí tan feliz al ver sus comentarios que me animé a escribir la continuación para todos ustedes, y bueno, con este cap se terminó xD

Nos leemos!

Ja ne!