"Ningún hombre es tan tonto para desear la guerra y no la paz; pues en la paz, los hijos llevan a sus padres a la tumba, y en la guerra son los padres quienes llevan a sus hijos a la tumba"
Herodoto
Lo que no pudo ser
Matthew caminaba por las veredas de su barrio, silbado bajito y feliz. Sabía que en su casa le esperaba una gran sorpresa. Espiando por la cerradura del cuarto de su madre, la había visto esconder un paquete cuadrado, debajo de su cama.
Estaba seguro que le había comprado ese libro que vieron el otro día en la feria del pueblo, cuando su madre había insistido en que la acompañara para conseguir manuales de texto escolares para su curso. El pequeño la había seguido de mala gana, pero terminó pegado a una estantería que contenía innumerables libros que guardaban en su interior las más increíbles historias fantásticas. Un libro en particular -con la portada llena de colores y en el reverso la promesa de ingresar a un mundo de dragones y caballeros valientes con armaduras- le cautivó de tal forma, que no pudo dejar de hablar de él en el transcurso de los siguientes días. Y ahora, estaba casi seguro que lo iba a poder tener en sus manos. Iba a pasarse la noche en vela, leyendo y saboreando cada una de las páginas.
A Matt siempre le gustaron los cuentos. Espadas, hechizos, sabios mágicos, criaturas extrañas, las grandes batallas entre el bien y el mal...Desde que tiene memoria, esos temas siempre han sido de su interés.
Matt siempre pensó que vivir en un universo así, lleno de magia y poder y fantasía, sería muchísimo mejor que el mundo en el que vivían.
Matt no sabía que existían en verdad dragones y ancianos mágicos con barbas plateadas que parecían saberlo todo. Tampoco sabía que existían seres malignos, tales como los villanos de las historias que leía.
Matt nunca pudo leer el libro que su madre le había comprado. Un fulgor verde intenso fue lo último que vio antes de caer al piso, con los ojos abiertos.
Sin vida.
En lo alto del cielo se dibujaba una macabra calavera.
