Disclaimer.
Naruto, así como todo personaje, elemento o carácter dado a conocer en el manga o anime del mismo nombre y usados en este fic pertenecen a Masashi Kishimoto y demás personas que lo crearon, excepto algunos personajes de mi invención. Este fic lo escribo sin fines de lucro.
Espero les guste este capítulo; ya sé que debería estar escribiendo las enseñanzas de un demonio, de hecho ya termine la pelea de Hinata contra Neji, pero quedo mal y la volveré a escribir.
Capitulo 2. El artista
El había sido bendecido con una habilidad y lo mejor, es que realmente la disfrutaba, no muchos podían presumir de realmente amar su trabajo.
Siendo apenas un niño demostró talento natural, por lo que de inmediato fue puesto bajo las ordenes del viejo. Ese anciano era muy raro, a veces amable a veces severo, pero eso no impidió que el viejo le enseñara todos los secretos de la profesión.
Conforme se fue haciendo mayor y su talento se desbordaba, el mundo donde vivía se fue haciendo pequeño, consecuencia natural de esto, quiso conocer un poco del mundo; tuvo dudas de que le permitieran viajar, pero el viejo lo comprendió y apoyo; así fue como durante un par de años vago por el mundo, refinando su técnica, estudiando a los viejos y nuevos maestros.
Una tarde recibió la llamada que tanto había esperado; el viejo le cedería su lugar…era tiempo de volver.
Tuvo un año para ser presentado como el próximo encargado del negocio; en ese tiempo fue sometido a pruebas por todos los clientes y viejos conocidos del viejo, de ese modo fue ganando el respeto y confianza de los clientes.
Una de las razones por las que el viejo se retiraba era la poca paciencia que tenia con los nuevos clientes, no soportaba a esos jóvenes; no negaba que el empuje de la juventud estaba tomando el lugar de la vieja guardia y era consciente que así debía pasar, pero… ¡¿Por qué tenían que ser tan insoportables?! Necios, soberbios, inmaduros; no entendían que la yakuza era más que músculos y títulos universitarios; la sutileza y la tranquilidad eran cosas que estaban pasando de moda y eso le molestaba mucho. Por eso decidió dar paso a la nueva generación, el chico lo haría bien, no por nada lo entreno y superviso el mismo; ahora si, a jugar shogi, tomar el té por la tarde, copa de sake por la noche, discutir con Hiruzen, recordar los viejos tiempos con Homura y Koharu.
Los primeros días fueron el infierno para ambos: el viejo desesperado por no tener nada que hacer y al joven por tener tanto trabajo ¡maldita ironía de la vida!
Al cabo de tres meses ya le habían encontrado el modo a sus nuevas vidas, especialmente Sai; aunque posiblemente los más felices hayan sido los clientes jóvenes, ellos sí que estaban hartos del viejo, pero debido a su edad, su amistad con los jefes de los clanes… y a que corría el rumor de que era capaz de arrancarles las bolas de un solo movimiento, preferían no decir nada.
Se podía decir que su trabajo era simple y tranquilo: abría el local a las once, preparaba sus herramientas, si faltaba algo, se lo encargaba al viejo, hacia algunos diseños mientras llegaban los clientes.
Había dos tipos de clientes: los simples y los especiales.
Lo simples eran personas que acudían por moda, estética o porque necesitaban decirle algo al mundo; algunos realmente apreciaban su trabajo llamándolo arte, algunos otros no eran más que unos baka, esos en tres o cuatro año ya estarían buscando el modo de borrar su trabajo. Con ellos bastaba usar las maquinas y tintas comerciales, en apenas un par de horas ya estaba terminando un trabajo.
Por otro lado los especiales, esos trabajos requerían el máximo de concentración, distintos de los ya hechos y distintos de los que hará. Esos estaban más allá del arte, demostraban el compromiso de un hombre. Esos trabajos estaban reservados para solo un tipo de gente: yakuza.
Sai se convirtió al igual que su maestro, en el hombre preferido por los yakuza para llevar a cabo el Horimono, el tatuaje de cuerpo completo. A su pequeño local clandestino llegaban los nuevos yakuza, aquellos que pedían ser tatuados con una maquina y también aquellos que pedían el tradicional método, ese que causaba mucho dolor y por el cual estarían obligados a visitarlo un par de años, el tebori.
Sus trabajos merecían un calificativo: grandiosos. Leones, samurais, demonios, peces Koi, dragones, tigres, ¡parecían tan reales!...
Sus colores y formas eran de la mejor calidad, no había maestro que lo igualara; fue por eso que era visitado por yakuzas de todo Japón.
—Sai ¿Cómo va el negocio?
El chico levanto el rostro — va bien, sensei, creo que tendré clientes por varios años
El anciano sonrió un poco — has hecho un buen trabajo, sin duda tu técnica es excepcional
Sai se inclino sobre el hombre que tatuaba en ese momento, escuchándose el sonido de la piel rompiéndose — claro que es excepcional, después de todo es su técnica, sensei.
El viejo asintió, complacido con la respuesta del chico — un viejo amigo mío ha pedido que hagas el primer tatuaje de su nieto, mañana enviaran un chofer para llevarte a su casa.
El pálido rostro de Sai ni se inmuto, aunque realmente se sorprendió, no era común hacer el trabajo en la casa de los jefes — estaré listo por la mañana (supongo que el hombre no quiere arriesgarse a un ataque fuera de su casa).
Ese era otro de los motivos por los que el viejo y ahora él, eran tan solicitados: el silencio y la discreción. Esos atributos los convertían en gente de confianza; su viejo sensei tatuo a casi todos los jefes y ahora el tatuaría a los que en un futuro se convertirán en jefes de clan. Su discreción era altamente apreciada, sin querer, ellos eran registro viviente de los clanes.
El viejo volvió tiempo después — uno de los jóvenes está causando problemas, debes encargarte.
Sai guardaba sus instrumentos de trabajo — debe haber sido grave, no es fácil que den la orden.
— Ha perdido el control varias veces, está poniendo en peligro al clan y es capaz de iniciar una guerra.
El joven maestro de las tintas termino de arreglar el local y se dispuso a cerrar — ¿Quién y cuándo?
— Hidan, debes hacerlo en esta semana.
— Hai, sensei
El viejo y el joven salieron del lugar, desplazándose con total tranquilidad; llegaron a un parque, se sentaron en uno de los tantos bancos del lugar, disfrutando de la reinante calma; como si la orden de asesinar a un hombre no fuera importante… porque así era.
Hidan era yakuza desde adolescente, su lealtad y fuerza lo hicieron escalar posiciones; ahora ya siendo un adulto, era encargado de regentear algunos de los mejores negocios del clan. El problema comenzó cuando Hidan se volvió más violento y a la vez religioso; se volvió común que después de algún asesinato visitara alguno de los templos de la ciudad, solo para que días después actuara aun más violento, enfrentando clanes rivales y hasta clanes aliados; de seguir así, rompería el equilibrio y paz existentes, bastante tenían los jefes con estar cubriéndose de la policía como para iniciara una guerra entre Yakuzas.
El templo estaba a las afueras de la ciudad, siendo uno de los más antiguos de toda la nación. En la cima de la colina y rodeado por un bosque milenario, se alzaba la vieja estructura; una larga, muy larga escalera daba acceso al sagrado lugar; Hidan creía firmemente que las hicieron tan largas para que los pecadores comenzaran a arrepentirse.
Cayendo la tarde, y no llevando más de la mitad del ascenso, Hidan sudaba y resoplaba por el esfuerzo que le suponía llegar al templo, ardía en deseos de quitarse el traje de diseñador, pero primero muerto que perder el estilo.
El viento soplaba entre los arboles llevando las palabras susurradas por un joven de cabello negro y piel pálida, que escondido entre los arboles miraba al yakuza — Ninpou : Choju Giga
Hidan, nunca había sentido tan agotadora esa subida, incluso sentía un cosquilleo en el pecho; prefirió detenerse para recuperar el aliento pero seguía con esa sensación, ahora sentía como ese cosquilleo recorría por los hombros y cuello hasta subir por la nuca, comenzaba a ser preocupante; tal vez debería dejar de fumar… o ir al templo que estaba en el centro de la ciudad; una punzada atravesó su cráneo, como si varias agujas se clavaran hasta el hueso, el aire comenzó a faltarle, era como si algo apretara su cuello.
Baja la ropa del yakuza, el dragón de tinta hecho por Sai se movió lentamente avanzando por el pecho, enroscándose en el cuello para finalmente llegar a la cabeza clavando sus garras en el cráneo. Su cuerpo apretó con fuerza el cuello de Hidan, impidiéndole respirar; el hombre se retorcía, agitaba las manos, sus pulmones luchaban por conseguir algo de oxigeno; las fuerzas lo abandonaron y cayó pesadamente al suelo, pero el dragón seguía apretando hasta casi romperle las vertebras.
Lentamente el cuerpo del yakuza dejo de luchar, su retorcido cuerpo quedo sobre los escalones, en el rostro reflejaba la angustia y miedo que tuvo al morir. En cuanto el corazón de Hidan dejo de latir, el hermoso dragón de tinta retrocedió hasta ocupar su lugar original en la piel del yakuza.
Sai se interno en el bosque, sin prisas ni remordimiento inicio el camino a casa; al siguiente día tenía bastante trabajo y debía descansar pero una pregunta rondaba su mente; si en lugar de un dragón le hubiera tatuado un pez koi a Hidan ¿Cómo carajos lo hubiera matado? — creo que debo hablar con sensei.
Gracias a los que le dieron follow y fav a esta pequeña locura. Espero les siga gustando.
