La noche siguiente, luego de que sus tíos se fueran a dormir, Hedwig regresó a Privet Drive y Harry recibió un paquete de parte de Ron. Tal y como suponía, contenía algunas botellas de agua y un poco de comida que su amigo había podido escabullir a su cuarto sin que sus padres lo notaran. Lamentablemente, al no poder hacer magia durante las vacaciones, no había podido aplicar ningún hechizo conservador, pero le aseguró a Harry que la comida todavía estaría en buen estado cuando llegara. Además, en la carta que incluyó, le recordó que sus papás no tendrían ningún problema en enviarle más comida si lo necesitaba.
Harry lo consideró por varios segundos, pero rápidamente se paró, tomó un pergamino y le respondió que no era necesario, que con la comida que le acababa de enviar se las arreglaría, que solamente estaba cansado de la comida dietética que comían por culpa de Dudley, que no era nada de lo cual preocuparse. Estaba seguro de que Ron sería capaz de ver a través de sus mentiras y comprendería que iba mucho más allá de una dieta, ¿si no por qué le pediría agua también? Pero sabía que su amigo nunca le hablaría del tema, como nunca antes lo había hecho.
Sin perder tiempo, el pelinegro comió uno de los sándwiches y, tras beber un poco de agua, se sentó en el suelo. Tenía hambre. Seguía teniendo hambre. Quería seguir comiendo, pero sabía que, después de tantos días sin hacerlo, probablemente terminaría vomitando todo. Si sus tíos se enteraban que tenía comida, seguramente lo dejarían encerrado los dos meses que restaban de verano, sin dignarse siquiera a dejarlo ir al baño. Además, no quería ni imaginar la paliza que le daría Vernon si sospechaba que les había robado la comida a ellos o que le había contado a alguien que no lo alimentaban. No. Mejor quedarse con hambre y evitar correr el riesgo de que lo atraparan.
Se quedó sentado por un rato largo, observando el cielo estrellado, hasta que se volvió inevitable irse a dormir. Como cada noche desde la muerte de Sirius, las pesadillas no lo dejaron descansar por más de tres horas, después de las cuales se despertó sobresaltado tras verlo atravesar el velo… de nuevo. Afortunadamente, ya no se despertaba gritando como la primera semana de vacaciones. Las palizas de su tío se habían asegurado de erradicar este comportamiento. Sin embargo, no había forma de que pudiera comenzar a sentirse bien consigo mismo si todas las noches recordaba que él era el causante de la muerte de la única persona que se había preocupado por él. No podría comenzar a superar su muerte si cada noche la revivía en su mente, en sus sueños, sin control.
El día siguiente, por suerte, su tía recordó que ya no estaba castigado y lo dejó salir de su habitación a primera hora de la mañana. Luego de ir al baño, bajó rápidamente las escaleras, preparó el desayuno para los Dursleys y comenzó a realizar cada una de las tareas que le correspondían. Primero se dedicó al jardín, así no solo evitaría cruzarse con su tío antes de que se fuera a trabajar, sino que también podría terminar antes de que el sol terminara de salir. Era mejor evitar una insolación. Con la energía que tenía gracias a la comida que le había enviado Ron, estaba seguro de que podría hacer todas las tareas de la lista y evitar otro castigo; aunque nadie afirmaba que no fuera a castigarlo por algún otro motivo.
Cuando terminó de hacer todos los quehaceres (afortunadamente antes de que llegara Vernon), se dirigió al baño para ducharse rápidamente. Mientras se limitara a tardar menos de cinco minutos, sabía que su tía no le diría nada.
Ese día, sus tíos tampoco le dieron de comer. Era preocupante. O sospechaban que, de alguna forma (probablemente por medio de su anormalidad), Harry estaba consiguiendo comida o estaban dispuesto a matarlo de hambre, literalmente. Mientras estaba en su habitación, comiendo una porción de tarta de la Señora Weasley, Harry se prometió que no volvería a escribirle a Ron hasta la semana siguiente. Se las arreglaría con lo que tenía o pasaría algunos días más sin comer. Hasta ahora había podido sobrevivir los veranos con los Dursley, aunque nunca se habían mostrado tan crueles.
Afortunadamente para el pelinegro, los siguientes dos días parecieron pasar con normalidad… o tanta normalidad como podía esperarse en la vida de Harry Potter en Privet Drive. Sin embargo, la noche del 05 de julio, cuando regresó a su habitación después de realizar todas las tareas que le habían asignado, se sorprendió al encontrar en la ventana a una lechuza desconocida. Inmediatamente, recordó el poema que había recibido dos días antes y su corazón comenzó a latir rápidamente con anticipación.
Si te atreves a sorprender
la verdad de esta vieja pared;
y sus fisuras, desgarraduras,
formando rostros, esfinges,
manos, clepsidras,
seguramente vendrá
una presencia para tu sed,
probablemente partirá
esta ausencia que te bebe.
No es un error, Harry.
Lejos de encontrarse más cerca de resolver el misterio sobre quién le estaba enviando estos poemas, Harry se encontraba más perdido. Alguien que lo conocía muy bien le estaba escribiendo. Alguien que, por algún motivo, quería permanecer anónimo. Alguien que estaba intentando ayudarlo. Alguien que lo comprendía.
Entendía exactamente lo que quería decir ese poema, o al menos eso creía. La única forma de dejar de temer a sus demonios, de superar sus miedos, de dejar atrás todos los fantasmas que no se cansaban de perseguirlo es mirarlos a los ojos, comprender las formas que toman y qué es lo que ocultan detrás de ellos. Aunque, claramente, era mucho más sencillo decirlo que hacerlo.
En ese momento, Harry sintió que el sombrero seleccionador se había equivocado al enviarlo a Gryffindor. No tenía el coraje suficiente como para enfrentarse a sus propios demonios. Era mucho más sencillo comprender el papel que jugaban los demás en su vida que descubrir el propio. Era preferible atribuir la culpa a factores externos que reconocer su propia influencia en lo que ocurría. Pero no todo es tu culpa le recordó una pequeña voz en su cabeza. Contribuir enormemente en una causa no te hace el único responsable, volvió a decirle.
Consideró seriamente escribir otra respuesta y enviarla nuevamente con la lechuza, pero se dio cuenta que no tenía demasiado sentido. Era obvio que quien fuera que le estaba escribiendo no quería revelar su identidad y, aunque la curiosidad que sentía era cada vez mayor, decidió respetarlo. En algún momento le revelaría quién era, ¿no? Por ahora le basta con saber que las cartas estaban dirigidas a él, que había alguien que se preocupaba por su bienestar, que una persona estaba dispuesta a desafiar a Dumbledore y escribirle aunque el director hubiera ordenado que limitaran la correspondencia con Harry. Tal vez ni siquiera conoce personalmente a Dumbledore, opinó nuevamente la voz en su mente.
Nuevamente, por segunda vez en la semana, el pelinegro se fue a dormir pensando en la identidad que se escondía detrás de los poemas. Lo que Harry no sabía era que, el día siguiente, la calma que había reinado por cuatro días consecutivos en Privet Drive se vería interrumpida e, indirectamente, se debería a las misteriosas cartas que estaba recibiendo.
