Gracias por el beteo KidApocalypse! Segundo Capítulo, espero lo disfruten.

NOTA: los personajes NO me pertenecen, todos son propiedad de Marvel Comics y sus respectivos autores.


Capítulo 2

Redención

Círculo Latveria, castillo en las montañas.

Dos figuras caminan por los pasillos del Gran Castillo de Latveria. Sus rostros oscuros entre las sombras los oculta. Ambos llevan espesas capuchas sobre sus cabezas. Sus voces son susurros, apenas perceptibles en el silencio de la madrugada.

—¿Está completamente seguro de esto? —preguntó la figura de capucha negro. En su tono no hay duda, salvo una palpable inquietud—. La niña Maximoff es muy poderosa, ya la ha visto. Podría destruirlo todo en cuanto entre en una epifanía.

El hombre de la capucha verde lo miró con cierto recelo.

—Sé lo que estoy haciendo.

—Estoy completamente seguro de ello, mi señor, es solo que es muy arriesgado. Podríamos utilizar a la señorita Illyana o al joven Daimon. Ambos son grandes potenciales y cuentan con una ventaja, mi señor: ambos tienen pleno control de sus habilidades.

—Daimon e Illyana están conectados con el infierno. No es algo que necesite ahora. Phoenix aún con sus poderes es inexperta… para que esto funcione, se necesita algo de Caos.

El hombre de capucha negra escuchó las palabras de su superior, y no pudo discutir aquello, ni siquiera con toda su sabiduría.

—Por supuesto, amo Doom —respondió.


Redd se paseaba entre las ruinas de su antigua academia, con ojos nostálgicos y pensamientos de otra vida. ¿Cuándo fue la última vez que estuvo allí? ¿Y porqué todo esto la hacía sentir de alguna forma más… joven? Ciertamente no estaba segura de ello, pero mientras continuaba rozando las paredes con sus dedos, visiones de su pasado venían a ella. Veía libros levitando en el aire; luego cuatro muchachos corriendo por jardín junto a su lado. Un hombre calvo en silla de ruedas. Más objetos levitando a su alrededor. Un joven que la miraba con letales ojos rojos.

—¡Redd…!

Clinton irrumpió estrepitosamente en el pasillo, provocando que Redd volviera a la realidad de forma brusca. Los recuerdos perdieron su forma física como si el viento las hubiera soplado para hacerlas volar,

—Guoa. ¿Qué fue eso? —se detuvo en seco, asombrado y curioso en partes iguales por lo que acababa de ver.

—Son fragmentos de mis recuerdos en este lugar… creo.

—Bueno, yo no olvidaría a ese muchacho. Extraño.

Redd se pasó una mano por el pelo

—¿Ocurre algo?

—No vas a creer —le contó Clinton, su semblante reflejaba un buen ánimo—. Estuve por los alrededores, muy cerca de las aldeas, y he encontrado una gran cantidad de víveres y chucherías. Traje pan tostado y jaleas. ¿Quieres venir?

—A los niños les encantarán-dijo Redd.

Los dos se dirigieron al viejo salón de estudio, donde se reunieron con los demás. Al ver a los niños hacer un gran alboroto por los dulces que trajo Clinton, Redd no pudo evitar sentir que aquel lugar destruido volvía a tener vida. Una mirada de Arcángel, reflejo de sus propios pensamientos, la hizo sonreír.


Al anochecer, Pietro casi había terminado su jornada de trabajo. Amaba el circo, pero amaba más a su hermana, por lo que le urgía regresar al castillo, tomar a Wanda en sus brazos y girarla como hacía cuando eran niños; sólo así volvería a sentirse a salvo. Las constantes visitas de Víctor Von Doom a su hermana lo estaban poniendo paranoico, cosa que nunca aceptaría ante nadie, pero según lo que conocía de la vida a sus poco más de veinte años, las personas siempre hacían todo para interés propio. Y ellos habían sido usados por otros durante mucho tiempo.

—Hey, Pietro, ¿puedes llevar los vestuarios al camerino? Ya están por presentar la última función —le pidió Janet a toda prisa.

—Es mi última tarea de la noche —contestó.

El muchacho de pelo blanco entró al camerino pocos minutos después. Kurt lo recibió sonriente y ansioso.

—¿Escuchas eso, Mein Frein? —preguntó haciéndose de uno de los chalecos. Tomó, además, un sombrero de pirata y un parche—. Esos aplausos son los que me motivan día a día. Me hacen pensar que, después de todo, algún día no habrá distinciones por quienes somos.

Pietro no era tan positivo como Kurt, pero sus palabras le parecieron muy nobles. Tal vez, algún día. Si las cosas salían bien para ellos

—Seguro, Kurt.

—Mañana comenzamos a recoger —el hombre de piel azul suspiró con tristeza—. ¿Por qué no traes a tu hermana esta noche? Creo que le gustará —propuso.

Ese es plan —respondió Pietro.

—¡Necesito una espada! —inquirió un muchacho, alto galán y aspecto atlético ingresando a la habitación repentinamente —. ¡¿Dónde está mi espada?!

—¡Mein Gott, Simon! —exclamó Kurt sorprendido—. ¿La has perdido otra vez? Estamos a cinco minutos de entrar al escenario.

.

.

Poco más tarde, cuando Pietro finalmente regresó al castillo, encontró la habitación vacía.

Dejó caer cuanto tenía en las manos y rompió a correr por los pasillos, temiendo que sus pesadillas se estuvieran volviendo realidad. Y aún cuando corría en su desesperación, deseó ser más rápido, como en sus pesadillas. Porque aún en sus sueños más retorcidos él era capaz de ser tan veloz como una bala. Y siempre, siempre era podía rescatar a Wanda y huir con ella lejos, muy lejos.


Arcángel observó a Redd encender la fogata con una pequeña llama en forma de fénix. Ella se sentó alrededor, pensativa, y luego se abrazó a si misma de manera inconsciente. ¿Qué pasaba por su mente? Redd parecía tan ausente en ese instante, y a la vez tan inofensiva. Con tanto poder, ¿cómo era eso posible?

Arcángel intentó apartar sus ojos de ella y se maldijo por ser tan débil. Apretó los dientes y los puños como garras. Esto no estaba bien. Su mente y sus instintos salvajes peleando nuevamente en su torturada cabeza. ¿Podía Redd saber lo que estaba pasando dentro de él? Seguro que sí. Con una mirada feroz, volvió su atención hacia ella, buscando un rastro de alerta, pero Redd no parecía estar a la defensiva en lo absoluto.

—Has volado todo el día —dijo ella casualmente. Sus ojos verdes seguían clavados en la fogata.

—Es lo que siempre hago, Jean —respondió Arcángel con voz automática, como si fuera un robot.

Redd giró la cabeza hacia él, mirándole con sorpresiva ternura. Hacía mucho que no la veía así.

—¿No te cansas nunca, eh? —Arcángel no respondió y ella continuó. Lo próximo que le dijo lo dejó con los sentidos de puntas—. Sé lo que estás haciendo, Warren.

—Yo…

—Está bien. Todos lo hemos sentido, en algún momento —Redd levantó la mirada hacia el cielo estrellado—. Escapar. Hacia algún lugar, el que sea.

Arcángel, quien estaba apoyando en uno de los pocos muros que se mantenían en pie de aquella vieja estructura, de pronto se sentió pesado. Redd, no, Jean, estaba allí sentada, ignorando todo de forma tan sencilla. Después de todo, quizás Jean creyera que él todavía tenía un alma.

—Si reconstruimos la academia… —dijo Arcángel acercándose a la fogata y sentándose frente a Redd de manera que las llamas formaran un obstáculo entre ambos—, ya no estarás en anonimato nunca más… todo el mundo sabrá quién eres… quién eres ahora.

—Ya no somos los mismos de antes, Arcángel.

—Lo sé. Nosotros solíamos ser… buenos. Los perfectos aprendices que cambiaríamos el mundo —susurró antes de que se le escapara una risa amarga.

—Háblame de él —pidió Redd en otro susurro.

El hombre con alas de metal duró tres segundos para darse cuenta de quién se estaba refiriendo esta vez la pelirroja a su lado. Ella continuaba con la vista hacia el cielo, como si estuviera buscando algo allá arriba. El fuego de la fogata se reflejaba en sus ojos como una sombra ardiente.

—Él era un idiota —respondió Arcángel—. Le temía a sus poderes, como todos, la verdad. Pero se retraía de hacer muchas cosas. No me dí cuenta de que sentía algo por ti hasta que vi que lo mirabas igual… De cualquier forma fue lo suficientemente tonto para tardar en decírtelo.

—¿Lo crees?

—No puedes recordarlo; lo cierto es que él te amaba. Y tú a él. No era tan idiota como pensé.

—Ya no somos los mismos de antes —repitió ella casi para sí—. Pero me gusta pensar que sigo siendo Jean Grey. Estoy aquí, con el universo en la palma de mi mano, pero sigo siendo Jean Grey. Nada puede cambiar eso.

Arcángel la miró fijamente a través de las llamas.

—Estaré de tu lado —le prometió—. Cuando llegue el Apocalipsis, pelearé junto a ti. Hasta el fin —sin apartar los ojos de la pelirroja, le juró esto a ella y así mismo.

Redd seguía mirando las estrellas.


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