La primera página, algo muy frecuente en un diario, no iba directamente al meollo del asunto, sino que presentaba un poco a su escritor y propietario. A su escritora y propietaria, mejor dicho: la madre de Kristheia, quien ni siquiera conocía su nombre. Entonces, el asunto cambió, pues dicho apelativo figuraba como primer dato en el diario.

"Pravda Alitheia Gavin (nacida Means)"

Entre el nombre completo y el apellido había un tachón, bajo el cual se deducía que ponía "Means", su apellido de soltera. Seguramente lo rectificaría cuando se casó, pensó Kristheia. Empezó a leer, y no pudo parar una vez se sumergió por completo en la lectura de la verdad…

(...)

Mi nombre es Pravda Alitheia Means, aunque la verdad es que todo el mundo me conoce como Alitheia. Ahora mismo, tengo trece años, pero no puedo asegurar que acabe este diario con esa edad. Tengo planes para seguir escribiendo durante mucho, mucho tiempo. Tengo una historia que vivir, y me gustaría escribirla entera aquí.

Antes de comenzar con esa historia en sí (¡tengo mucho que explicar!) me gustaría presentarme un poco, hablar sobre mí un momento. Durante toda mi vida, me he criado en Rusia, con mi madre, pero ahora que ha muerto, consideré que era un buen momento para conocer por fin a mi padre biológico, por lo que vine a este país. Mi objetivo se dio por cumplido, y le conocí hace poco: se llama Aristotle, Aristotle Means, y aunque oficialmente es abogado, trabaja como profesor de abogacía en la Academia Legal Themis.

¿Qué puedo decir? Si he de ser totalmente sincera, su personalidad no me resulta del todo admirable. Y creo que el sentimiento es mutuo: a él tampoco le acaba de convencer mi modo de ser. Somos, ¿Cómo decirlo? Muy distintos. Él tiene un dicho que intenta inculcar a todos sus alumnos, por las buenas o por las malas: "El fin justifica los medios." Creo que es la frase más horrible que he escuchado jamás. Especialmente si se tiene en cuenta que mi padre la tiene diseñada para usarla en los tribunales.

¡Es obvio que no todo es justificable! En un juicio, lo único que debería importar es hallar la 'verdad', para que se haga justicia. ¡En un juicio no se debería ganar ni perder! En fin, no voy a hablar de eso ahora, es solo para confirmarme que sí, que somos completamente distintos, mi padre y yo. Por eso, cuando nos conocimos hace poco, chocamos un poco. No le conozco mucho, en realidad. Y tampoco sé si quiero.

No obstante, quizás no debería ser tan dura con él, al menos por el momento. Debería agradecerle algo: ¡Gracias a él, he conocido a alguien muy especial! No quiero mirarme al espejo ahora mismo, porque sé que me encontraría súper-colorada. ¡Por favor! ¡Creía que era mucho más madura! Pero bueno, será mejor que comience por el comienzo y me deje de cháchara.

Pues bien, resulta que yo, en el futuro, quiero ser abogada y luchar por la verdad, y ya que mi padre trabaja en una escuela legal, creo que es bastante normal que yo misma acuda a esta escuela a estudiar Abogacía. Sin embargo, y aunque me lo propuso, me negué a estar en su clase. Alegué que era porque no quería que mis compañeros pensasen que lo tenía todo hecho por ser mi padre el maestro, pero lo cierto es que tengo otros motivos: No quiero aprender su sistema de "El fin justifica los medios". Es… Repulsivo.

El caso es que estoy estudiando en la Themis a partir de ahora, pero no en la clase de mi padre. Es por eso que cuando acaban las clases tengo que ir hasta la suya para charlar con él de cualquier cosa. Llevo unos días haciéndolo y nada digno de mención, pero… Hoy ha sido diferente.

Al llegar a la clase de mi padre, él no estaba solo. Estaba enfrascado en una conversación con un alumno suyo: según mi progenitor, el mejor, el más brillante de todos. Al excelentísimo profesor le costó un rato percatarse de que había llegado y seguía charlando con ese muchacho, mientras yo estaba allí plantada sin saber muy bien qué hacer:

—Muchas gracias por todo, Profesor Means. Una vez más, sus enseñanzas son formidables. No lo hubiese hecho sin usted.

—¡Oh, de nada!—respondió mi padre, con una sonrisa la mar de estrafalaria.—Acabas de ganarte una estrella dorada como premio por tu humildad. ¡Llegarás lejos, chico!

—Lo siento, ¿Me estoy entrometiendo…?—musité, entrando.

Llamé la atención de ambos y, consecuentemente, se voltearon para mirarme. Cuando ese chico y yo nos miramos a los ojos, tuve la sensación de que el tiempo se paraba y me quedaba sin respiración. Es de mediana estatura, de pelo muy rubio, como el mío, y ojos de un azul precioso. También lleva gafas, y se le veía aunque tímido, seguro de sí mismo. (¡Es tan guapo! ...No hagáis caso de esto último.) La forma en la que me sonrió al verme fue tan cautivadora que seguro que me sonrojé. (¡Como ahora me pasa solo de pensarlo!)

—Oh, Alitheia. Eres tú...Querida.—espero que mi padre no haya pensado que no noté el tono de desdén con que me llamó.—¿Conoces a mi mejor alumno? Este muchacho, aquí donde lo ves, será ¡el mejor abogado del mundo!

—¡M-Me tiene en muy alta estima, señor!—comentó él, tímido.

—Creo que aún no tengo el placer de conocerle. Aunque me gustaría.—aseguré, con una enorme sonrisa.

Cuando dije eso, él mismo se presentó ante mí, sonriéndome en todo momento. Realmente es muy educado y elegante, y algo en él me ha agradado desde el primer momento. Se llama Kristoph, Kristoph Gavin, y tiene dieciséis años. También me ha asegurado que ha sido un placer para él conocerme, y no voy a decir el sentimiento no haya sido mutuo. Creo que nunca me he sentido de este modo cuando alguien me ha mirado.

Yo también me presenté a él, y no quiero ser creída, pero creo que le he caído bien. Me hubiese gustado estar a solas con él, por un motivo (¡Que nadie piense mal, ji, ji!) Mi padre enseguida empezó con el tema académico: que si Kristoph es todo un prodigio, que si Kristoph va a ser el mejor abogado, que si Kristoph es su estudiante estrella… No lo dudo. Y me alegro por él. Pero no quiero que Kristoph piense que solamente me interesa solamente por eso. Y mi padre no ha estado por la labor de ponérmelo fácil.

El hecho de que mencionase que yo soy su hija ya ha sido lo que faltaba: Kristoph es tan educado que inmediatamente ha multiplicado por diez el grado de formalidad con el que se refiere a mí. Yo… No quiero que solamente se fije en mí por ser la hija de su gran mentor Aristotle Means.

Pero siempre he sido muy rebelde, de alguna forma, por lo que he logrado que Kristoph me acompañe a dar un voltio, los dos solos. Obviamente, a mi padre no le iba bien, pero no le he dado tiempo para negármelo. Antes de que se diera cuenta, estaba de la mano de su mejor alumno camino de la puerta. Y sí, papá, te he visto fulminándome con la mirada. Pero poco me importa.

—Je, je, siento haberte sacado así de la clase, Kristoph.—me disculpé.

—Oh… No importa, Pravda Alitheia. Supongo que al profesor Means no le molestará hablar conmigo más tarde...—me comentó, con media sonrisa.

—Oh, claaaro, el gran profesor Means. Sería un pecado contradecirle…

—P-Por favor, no pienses que por ese motivo me molesta hablar contigo, Pravda Alitheia. No me importa, de verdad.—me aseguró, una y otra vez, como si quisiera convencerme de que mi padre y yo somos temas a parte.

—Tranquilo, Kristoph, no lo pienso.—le sonreí, para que no se preocupara. No me lo hubiera perdonado.—Cuánto lo siento, creo que he sido muy maleducada antes. Solamente quería… Hablar contigo, conocerte mejor. Y por favor, llámame solo Alitheia. ¿Y bien? ¿Qué me dices?

Un leve rubor apareció bajo sus gafas, al tiempo que se encogió de hombros con timidez. Supongo que ser el mejor alumno de mi padre en todo le aportó muchas cosas excepto popularidad con sus compañeros. Debe de ser duro… Pero solo quise que supiera que a mí no me interesaba por ser el mejor. Yo...Quería conocerle a él. Al verdadero Kristoph.

—C-claro.—musitó, algo cortado, mientras empezamos a andar por el campus.—Bueno, ¿Y qué quieres saber de mí, Alitheia? No es que sea demasiado interesante… No tengo mucho que contar.

—¡No digas eso! Estoy convencida de que eres un gran chico. Vamos, cuéntame. ¿Tienes familia? ¿Qué te gusta hacer, qué no?

Traté de hacer notar que me interesaba en realidad, porque esa era la verdad. Creo que me salí con la mía, pues Kristoph me sonrió y, aunque se mostraba algo tímido, me habló un poco sobre él. Nació en Alemania, y se vino a estudiar aquí siendo muy joven. Allí tiene a sus padres y a su hermano pequeño, a los que aprecia mucho. Hay algo que le gusta mucho: leer. Además, toca el violín, ¿No es elegante? No le gusta demasiado el deporte, y la verdad es que lo comprendo: no me lo imagino con un balón en las manos. Tiene unas manos preciosas y muy delicadas. ¡Sus uñas son mejores que las mías!

También le he contado un poco sobre mí, cuando me lo ha pedido tras terminar él. Lo ha hecho por educación, pero tuve la sensación de que de verdad le interesaba lo que le estaba contando. Mucho más de lo que a mi padre le interesa cualquier cosa que tenga que contarle, de hecho.

—Kristoph, ¿Puedo hacerte una pregunta algo personal?

—Claro, ¿Por qué no?—accedió, con una sonrisa luminosa.

—¿Por qué decidiste ser abogado? ¿Hubo alguna razón en particular?

Sigo creyendo que la pregunta le hizo pensar detenidamente. Quizás no se había dado cuenta antes, o quizás no sabía qué contestarme.

—Bueno… Yo creo mucho en la ley, ¿Sabes? Trabajar para garantizar su cumplimiento es algo que me fascina. Tu padre me ha enseñado mucho sobre leyes. Supongo que pensarás como él, ¿No?—me explicó.—La ley es absoluta. Todo se rige por ella: lo que es correcto y lo que no, lo que es bueno y lo que es malo… ¿Qué sería de la vida sin la ley?

—¿"La ley es absoluta"? No puedes hablar en serio, Kristoph.—no quise ser irrespetuosa, pero estaba empezando a olerme quién le había metido eso en la cabeza.—La ley no es absoluta, Kristoph. ¡Hay mucha gente que no ha obtenido justicia por culpa de la ley misma!

—¿Hum?—esto le sorprendió.—¿No eres de la misma opinión que tu padre?

—Pues no. De hecho, yo pienso completamente diferente. Lo más importante no es la ley, sino la verdad. Gracias a la verdad, la ley puede actuar con justicia. ¡Y no, Kristoph, el fin no justifica los medios!—le dije yo, tratando de ser simpática. Solo estaba ofreciendo mi versión.

—¿La...Verdad?—la sola mención de la palabra le hizo reflexionar.—¿De veras lo crees así, Alitheia? Así que es por eso por lo que no vas a la clase de tu padre: porque piensas diferente. ¿Verdad que sí?

—Vaya, ¡Lo has adivinado! Realmente no se te escapa una. Eres muy listo, ¿Lo sabías? Y sí, pienso de esa forma.

—Cuéntame más, Alitheia.—me pidió, realmente interesado.—Jamás había escuchado una opinión diferente de la mía en este tema. ¿Podrías hablarme más sobre el sistema de la verdad que tanto defiendes?

Por supuesto que podía y, de hecho, lo hice. No he intentado imponerle mi opinión a Kristoph, pero sí que la he compartido con él y él se ha mostrado muy intrigado al respecto. Y me parece que he conseguido que el chico de la ley absoluta haga un hueco en su corazón para la verdad.

—Visto de ese modo… Sí, la verdad es estupenda. ¿Cierto?

—Siempre lo he creído. Pero hey, no estoy menospreciando la ley ni nada por el estilo. Yo también quiero ser abogada, ¿Sabes? Pero creo que encontrar la verdad es la única forma válida de defender a mis clientes. Pero si tú piensas de otra forma, pues lo respeto.—le prometí, sinceramente.

—Bueno… Es cierto que tu padre me ha enseñado de forma muy distinta a tus principios sobre la verdad, y le debo mucho a mi profesor...—comenzó.—Pero creo que empiezo a entender también tu punto de vista. Y es tan respetable como el mío. La verdad también es importante.

Si mi padre hubiese oído esa frase salir de los labios de Kristoph, seguro que le hubiese dado un ataque. Oír a su alumno estrella decir que quizás a veces la ley no es absoluta… ¡Menuda blasfemia! No me arrepiento, sin embargo.

Después de nuestro intercambio de opiniones con respecto a la ley y a nuestra carrera de Abogacía, estuvimos el resto de la tarde charlando. En poco tiempo, nos hemos hecho grandes amigos. Kristoph es tan amable conmigo… Puedo hablar con él de cualquier cosa, y siempre está dispuesto a ayudarme en cualquier cosa que necesite. Realmente es… Un ángel.

(...)

El tiempo ha ido pasando, y ya hace dos años desde aquel día en que conocí a Kristoph. Desde aquel mágico día, somos los mejores amigos: salimos a ver una película en el cine, a tomar un batido o a estudiar juntos en la biblioteca. Nos prestamos los apuntes (corrijo, él me presta los apuntes, ji, ji) y nos ayudamos mutuamente en muchas cosas. Cuando algo nos hace sentir mal, acudimos al otro para que nos dé ánimos. Y aunque ambos discrepamos en algunas cosas, nos respetamos.

(Una vez, tras mucho insistirle, ¡Me dejó peinarle! Fue genial. Tiene el pelo tan maravilloso que parecía un pecado que alguien que no fuese el mejor peluquero del mundo se lo peinase. ¡Eso significa que confía mucho en mí!)

Si hay alguien a quien todo esto no le gusta un pelo, ese no podía ser otro que a mi señor padre. Supongo que se enteraría de lo que hablamos Kristoph y yo aquel día, e imagino que el hombre estaría que trinaba cuando se enteró de que su mejor alumno, que debía creer en el absolutismo de las leyes, respetaba la creencia en la verdad. Le da igual que sea su hija: no me considera una buena influencia para Kristoph.

Y a mí tanto me da: a mí nadie, por padre mío que sea, me va a alejar de Kristoph. Nunca he tenido un amigo como él, y me faltaría algo muy importante si me separaran de su lado.

Aún recuerdo lo que pasó el otro día. Kristoph salió de clase muy apesadumbrado. Estaba preocupada por él, por lo que le insistí hasta que me lo contó. Entonces, vi el límite hacia el que mi padre creyó que yo le había influenciado en el tema de la ley y la verdad.

—A veces, no es sencillo usar la ley a favor del cliente para que este salga declarado inocente. Hay ciertos obstáculos que lo impiden. ¿Quién sabe por qué a veces se complica la defensa?—preguntó mi padre a toda la clase, hasta muy poco después, que especificó.—Kristoph, ¿Respondes tú?

"Kristoph, demuéstrale al resto que eres mi mejor alumno y que has aprendido de mi tutela que la ley es completamente absoluta."

—¿Porque...Se prioriza el descubrimiento de la verdad?—respondió.

Se dio cuenta de lo que había dicho tan pronto como mi padre se lo quedó mirando boquiabierto. Me parece que mi querido amigo tiene que aprender a ser más discreto en cuanto a sus inspiraciones, si no quiero que mi padre me mate un día de estos. Por lo visto, se quedó después de clase y el excelentísimo profesor Means le dio una charla de que últimamente tenía unas respuestas muy "raras". Equivocadas, vamos. Lo tienen que ser para que sean raras en el alumno más brillante de la academia Themis.

—Tu padre me ha dicho que no pasa nada, que seguramente haya sido un pequeño despiste por mi parte...—me contaba Kristoph después, a la salida.—Pero igualmente, no dejo de pensar que le he defraudado.

—Ay, Kristoph, no seas tan duro contigo mismo. Sinceramente, creo que mi padre ha exagerado con "lo que es correcto y lo que no". Una pregunta así no tenía exactamente una respuesta correcta, eso ya es de libre deliberación personal. ¿No te parece?

No, no le parecía. Si se trataba de defraudar a su formidable mentor, lo que había pasado era que él se había equivocado. Porque la ley era absoluta.

—No me malinterpretes, Alitheia.—me dijo.—Es que mi graduación es dentro de poco, y… Quiero asegurarme de ser un buen abogado para merecerla. No puedo despistarme así si mi titulación como abogado es tan próxima.

Lo encuentro tan mono cuando se preocupa así por su reputación de futuro excelente abogado… Aunque sé que no tiene ninguna malicia.

—Eres el mejor abogado del mundo, Kristoph.—le dije, cogiéndole de la mano.—Te lo digo de verdad.—le dediqué mi mejor sonrisa.

Estaba a punto de agregar que era lo que mi padre le había dicho, por lo que si él le admira tanto, sería verdad, pero Kristoph me respondió algo que me dejó calladita por un buen rato.

—Si lo dices tú, Alitheia, debe de ser verdad. Gracias.—y me sonrió tan cálidamente que no sé cómo no me fundí en aquel instante.

Luego, fue él el que agarró mi mano. De repente, un escalofrío recorrió mi espinazo. Noté cómo mi corazón empezaba a latir tan fuerte que pensé que se me iba a salir del pecho. Me ruboricé hasta un límite que no quiero ni suponer.

—Kristoph… Eso… Eso es muy bonito. Gracias a ti. Estoy segura de que serás un maravilloso abogado. De verdad.

Nos quedamos un rato mirándonos fijamente el uno al otro. No sé qué cara de embobada debí de hacer en ese momento, pero enseguida Kristoph se ruborizó también. No sé si fue por lo que le dije, o… O por otro motivo.

—Alitheia… ¿Vendrás a ver mi graduación?

—Por supuesto que vendré a verte. ¡En primera fila, además! Negociaré con mi padre para poder ser yo quien te dé tu distintivo.—le guiñé el ojo.—¿Por qué lo preguntas? ¿Quizás prefieres que no venga?

—Nada me haría más feliz que que vinieras a verme.—me confesó, cerrando los ojos a causa de la enorme sonrisa que se le implantó en la cara.

No iba a faltar después de semejante petición, claro.

Una semana después, el famoso evento tuvo lugar en la academia Themis. Kristoph, con tan solo dieciocho años, se graduó con honores en Abogacía. Ahí estaba él, el alumno prodigio de mi padre, haciendo honor a su temprana fama como un genio. Y ahí estaba mi padre, fardando de su perfecto pupilo, al que había inculcado sus enseñanzas como a fuego en su mente.

Finalmente, las negociaciones surtieron su efecto. Abordé a mi padre durante una reunión de profesores, y le comenté lo de poder ser yo quien le entregara el distintivo a Kristoph, con el pretexto de lo buenos amigos que somos y eso. Tal y como me esperaba, mi progenitor se negó en redondo. Normal, ¿Qué esperaba? Yo tenía la culpa de que su mejor estudiante estuviese 'envenenado' con "chorradas" sobre la verdad.

Sin embargo, no todos los profesores fueron de mi misma opinión. Mi maestra, la profesora Constance Courte, a pesar de que el próximo curso dará Fiscalía, aseguró que era una muy buena idea. Al contrario que mi padre, la profesora Courte valora muchísimo la verdad, además de ser una excelente tutora. Yo sabía que ella estaba de mi parte.

Al final, se hizo justamente: con democracia. Y gané las elecciones. Podría darle el distintivo de abogado a mi mejor amigo cuando se graduara. Y así lo he hecho. Me ha hecho mucha ilusión. Incluso me he emocionado.

Tras una charla de mi padre que por poco nos deja dormidos a todos (¡no exagero!) tocaba licenciar al homenajeado del día: a Kristoph. Por fin iba a convertirse en abogado, después de todo su esfuerzo. Y yo estaba allí para verlo y compartir su felicidad con él.

—Estoy nervioso, Alitheia...—me susurró casi inaudiblemente desde las tribunas, y yo supe leer sus labios y contestar en un suspiro.

—Tranquilo. Estás genial. Disfrútalo, es tu momento.

Después de que el gran Aristotle Means nos metiera el rollazo del siglo, pude proceder a mi tan ansiado papel ese día. Me quedé plantada al lado de mi padre, estando ambos frente a Kristoph, que pese a ser un manojo de nervios, jamás ha estado tan elegante (¡Y eso ya es decir!) y educado. Él ha estrechado la mano de mi progenitor en una muestra de exquisito respeto por su mentor mientras el susodicho alardeaba del magnífico aprendiz que tenía.

—Nunca abandones el camino de la ley, Kristoph, y triunfarás.—anunció alto y claro, asegurándose, obviamente, de que yo lo escuchara.

—Muchas gracias, profesor Means. Me honra que haya sido mi maestro.

Dicho maestro le entregó un cuaderno bastante peculiar: de tapas azules con un logo dorado y algo medieval. Al parecer, solamente obtiene ese cuaderno quien se gradúa como el primero de su clase y, claro, Kristoph no podía no tenerlo. Simplemente, es imposible. La ley del cuaderno también es absoluta.

Mi padre llevaba en las manos el distintivo de abogado que pasaría a lucir con orgullo ya no un estudiante, sino un abogado. Un abogado novato, aunque un prodigio en su campo. Y el gran Means, dudo que por haberse olvidado, estaba a punto de ponérselo, pero la verdad no olvida:

—Tierra llamando a profesor Means...—le reté, extendiendo las manos.

Mi padre me recorrió con la mirada, con una ceja alzada. Yo solo sonreía, con las manos aún extendidas. Nada ni nadie me iba a arruinar el momento.

—Oh, pues claro, querida.—accedió, haciendo un círculo con sus dedos.—Casi lo olvidaba. Aquí tienes.

Aún tengo mis dudas al respecto, pero me reservé mis opiniones: en ese momento, Kristoph era mucho más importante para mí. Una vez tuve el distintivo, su distintivo, en la mano y me acerqué para colocárselo, él no dejaba de mirarme, expectante, con una enorme sonrisa en la cara.

—Que la ley -y la verdad- te acompañen siempre, Kristoph...—coloqué el reluciente distintivo en su solapa izquierda, donde está el corazón.—...y guíen tu corazón. Felicidades, ya eres abogado.

Con la mano derecha sobre el corazón, Kristoph agachó leve y humildemente la cabeza hacia mí, con un semblante de felicidad extrema. Algo en mí despertó entonces: algo muy especial. Algo que tanto Kristoph como yo confirmamos cuando nos miramos a los ojos.

A continuación, Kristoph, con su nuevo distintivo, se dirigió hasta la estatua de la Diosa Justicia, que sostiene una espada y una balanza y los ojos vendados, y le dedicó una pequeña reverencia, como es tradición, en un modo de demostrar que ahora él se había convertido en un siervo de la justicia. Luego, le tocó dar un breve discurso con motivo de su graduación.

Básicamente, estuvo hablando sobre la ley y sus aplicaciones, sobre su carácter absoluto y demás: en resumen, todo lo que había aprendido de Aristotle Means. También hizo mención al gran honor que le suponía la entrega del cuaderno de la superioridad y sobre cómo dedicaría su vida a luchar por el cumplimiento de la ley.

—...Aunque sé que encontrar la verdad también me será útil.—añadió al final, ya para acabar, lo que me sonsacó un suspiro de admiración. Me miró a mí.

Yo también le miré a él, por supuesto. Lo había dicho, y delante de mi padre. Me había topado con un verdadero valiente.

Observé de reojo a mi progenitor, que me observaba a la vez con irritabilidad: te estás metiendo donde no te incumbe, Alitheia. Pero no podía decirlo, claro, qué gran mácula en su reputación. Al notar que le miraba, me dedicó una exagerada sonrisa totalmente forzada. No trago, padre.

Al cabo de un rato, la ceremonia de graduación llegó a su fin, con un gran clamor para el nuevo gran abogado. Kristoph no cabía en sí mismo de alegría, lo cual me alegraba a mí también de la misma forma. Dos años de latente amistad comportan eso, me imagino. Cuando él es feliz, yo también lo soy. La sonrisa de Kristoph es la mía.

Nos dirigimos a la salida y no podía esperar para correr a abrazar a Kristoph y felicitarle por el éxito rotundo de su inminente carrera. Me lo encontré allí, hablando con mi padre, para variar. Perra suerte la mía...Me adelantó.

—Me sabe muy mal tener que decirte esto en medio de tu alegría por la graduación, Kristoph, pero… Aunque seas abogado, no podrás ejercer tu profesión hasta dentro de cinco años, tal y como marca la ley. Ya sabes, tenía que decirte la verdad.—Esa palabra le queda grande, lo siento.

—Lo entiendo, profesor Means. Si así lo manda la ley, así lo haré.

—¡Excelente!—aprobó él, haciendo un gesto de victoria con la mano.—Sabía que lo comprenderías. No temas, yo te ayudaré con trabajo jurídico para que ganes experiencia…

—¡Kristoph!

Fui corriendo hacia él, abrazándole con ternura. Estaba tan feliz por él...

—¡Muchas felicidades, Letrado Kristoph Gavin!—exclamé, posando la mano sobre su solapa izquierda, acariciando su distintivo… Y su corazón.

—Muchas gracias, señorita entregadora de distintivos.—rio con dulzura.

—Te firmaría un autógrafo, pero no tengo una libretita tan chula como la tuya.—bromeé.—Aunque si ahora firmas autógrafos en ella, quiero uno.

—En verdad, no.—me dijo, disimulando un poco.—No quiero usar el cuaderno para firmar autógrafos.

Su mentor se lo quedó mirando, expectante a que le explicara si se había perdido algo, pero Kristoph no comentó nada al respecto. En su lugar, seguimos hablando todos sobre el éxito de su graduación. Eso fue, sin embargo, hasta que Kristoph llamó discretamente mi atención y presionó ligeramente mi mano derecha. Quería hablar conmigo a solas.

Es un sistema que tenemos, algo que surgió solo al comienzo de nuestra amistad y vino para quedarse. Siempre que presionamos la mano derecha del otro, significa que preferimos hablar a solas. Y esta vez, Kristoph me lo había pedido así, por lo que si mi padre no estaba por la labor de dejarnos en paz con sus chorradas sobre 'el fin justifica los medios', yo misma iba a montar un numerito como medio que justifica el fin. Mi querida verdad, no te ofendas.

Me alejé con algún pretexto (no pude evitar mirar con recelo la sonrisa de alivio que articuló mi padre, para mi desgracia), y tan pronto como puse mis pies en un parterre alejado en el descampado, empecé a chillar:

—¡Oh, no, mis pies están en una zona prohibida, eso va contra las leyes del colegio! ¡Necesito que un abogado venga a defenderme!—grité, llamando la atención de un risueño Kristoph.—¡Kristoph! ¡Ayúdame, por favor!

Mi padre no daba crédito, cosa que me esperaba perfectamente, mientras Kristoph no pudo reprimir una carcajada. Llamándome, encontró una excusa perfecta para abandonar su escena y venir conmigo, riéndose por el camino. Una vez estuvimos uno junto al otro, nos alejamos un poco para charlar.

—¿Querías decirme algo, Kristoph?

—Pues… Lo cierto es que sí.—respondió, encarándome.—Sobre ese cuaderno del primero de clase y eso… ¿Recuerdas cuando te he dicho que no iba a usarlo para firmar autógrafos, sino para otra cosa…?

—Claro. Dime, ¿Qué es esa otra cosa? ¿Poner multas?

Volví a iniciar una carcajada que Kristoph se encargó de parar en seco.

—No, graciosilla. Quería escribir sobre mi vida en él. Desde que tú llegaste a ella, siento que tengo muchas cosas que contar.

—¡...Oh! Kristoph...—me sonrojé hasta las orejas.—E-Eso… M-Me alegra que… ¡...Jo, qué bonito! ¡Y...Qué sincero por tu parte por decírmelo!

Me contestó con una sonrisa. Me creo cuando me digo que tuve suficiente.

—Kristoph… Me alegro de formar parte de tu vida.—le prometí, alegre como unas castañuelas.—Y de que tú formes parte de la mía.

—Lo mismo digo.—me devolvió su más radiante sonrisa.—Eres una gran amiga, Alitheia. Porque somos muy amigos, ¿No?

Para ser ligera, debió de notarse mi leve mueca de decepción, algo extraño teniendo en cuenta que esa era la verdad. En lo más profundo de mi ser, surgió el acto reflejo de coger a Kristoph de las manos y, sin querer, (ahora que lo pienso, ni me di cuenta) presioné un poco su mano derecha.

Creo que no quería mandar ningún mensaje (¿O quizás sí…?), pero Kristoph lo interpretó como que sí. Poco después de cogerle yo de las manos, él me miró fijamente un momento para luego inclinar levemente la cabeza para besarme la mejilla con ternura.

Sobra decir que Kristoph es la última persona de la que me podría esperar algo así: quiero decir, es tan tímido y sobriamente correcto y controlado… Pero no voy a mentir: no me desagradó lo más mínimo. Se lo hice saber con la mirada y el rubor de mis mejillas. Ya tenía algo más que apuntar en la libreta del mejor de los mejores: que ahora me lo parecía aún más.

A continuación, nos fundimos en un cálido abrazo, mientras le susurré por enésima vez mis más sinceras felicitaciones por su graduación y él me respondía con sus enésimas 'muchas gracias', sin embargo apuesto algo a que eso fue lo último en lo que estábamos pensando en ese momento…

Yo, por mi parte, tampoco pude evitar pensar en algo cuando vi cómo nos miró mi padre. Kristoph no se enteró, pero yo sí. 'Te estás metiendo donde no te incumbe, Alitheia.'

(...)

Aquí traigo la continuación del fic, que ya se introduce un poco más en la historia en sí. Me hago cargo de que suena un poco cliché por ahora, es decir, todo tiene pinta de ser poco menos que perfecto, pero ya adelanto que esto es solamente para introducir la historia. Más que nada, lo comento por el momento porque no me gustaría dar la impresión de que el fic en su totalidad va a ser de ese modo, por lo que me gustaría ir advirtiendo.

Entre mis comentarios, añado que introducido el personaje de Aristotle Means, que sale en Dual Destinies, porque si bien no especifica al cien por ciento en el juego que Kristoph fue su alumno, tuve esa impresión, porque Klavier mencionó que la profesora Courte fue su maestra. Del mismo modo, pensé que era plausible que su hermano tuviese las enseñanzas contrarias, por motivos obvios que son motivos de spoiler XD En todo caso, me pareció oportuno comentarlo.

A continuación, responderé a las reviews que afortunadamente he recibido x)

draoptimusstar3: Estoy de acuerdo, si bien actualmente no siempre es una prioridad, la búsqueda de la verdad es un reto valiente. :) Puede acarrear muchos asuntos desagradables que prefieren permanecer ocultos, pero sin duda cualquiera que intente desentrañarla resulta de una valentía ejemplar :D Me alegro de que hayas leído mi nuevo proyecto, y espero que sea de tu agrado en el futuro :3

The Legend of DN: Confieso que no todas las conversaciones de los idiomas han sido redactadas desde mi conocimiento (en otras palabras, que el Traductor de Google saca de muchos apuros XD) Espero que con este segundo capítulo los celos no te sulfuren demasiado XD Cierto, la K legendaria, una letra preciosa donde las haya ^3^ Espero que te guste la continuación -3-U

Ya para despedirme por ahora, me gustaría decir que espero que guste a cualquiera que se anime a leerlo. Como siempre, estoy abierta a opiniones, preguntas, etcétera. Gracias a quien esté leyendo :D

Codelyokofan210399