Oopsy woopsy, tuve que editar esto de emergencia porque mi yo de hace un año había cometido algunos errors cronológicos. Pero whatever, aca está de nuevo el capítulo, corregido. Este lo tenía escrito, pero de ahora en más voy a empezar a escribirlos. Y postearlos, pero con menos de un año entremedio. Creo.

Anyways, gracias a los lectores que me dejaron algunas rewiews. Nunca pensé que alguien iba a leer esto

-2-

-Legolas ¿Cuántas veces te he dicho que no quiero que salgas con esa mujer?- Su padre caminaba de un lado para el otro cruzando el largo de su habitación con las manos unidas detrás de su espalda. Su cabello danzaba por debajo de su cintura cada vez que giraba bruscamente al llegar al otro extremo del cuarto– No parees comprender lo que significa que uno de nosotros se junte de esa forma con una criada-

-Ella es también una de nosotros- Legolas suspiró sentándose en el borde de su cama

-Ella es una criada, nada más que eso. Una criada-

-Padre…-

-Basta- Thranduil se detuvo enfrente suyo, con la preocupación ensombreciéndole la cara – Tauriel no tiene permitido cruzar el limite contigo. Eres más que un simple empleado. No olvides esto, Legolas. Si vuelves a escaparte con ella, la despediré-

-¡Padre!

-¡Recuérdalo!- sentenció pegando un portazo y dejando a su hijo solo con su rabia e impotencia a flor de piel. Legolas apretó los puños sobre sus rodillas, furioso. Su padre no estaría tan convencido de su amorío si hubiera visto como Tauriel lo recibió el sábado, apurada y desentendida. Tantas llamadas no habían sido porque él estaba llegando tarde, sino porque ella quería avisarle que no llegaría a horario. Legolas la esperó media hora antes de verla llegar sobre su moto, poniendo excusas tontas como que se quedó dormida y que no tuvo agua caliente, y que el plomero nunca llegaba y el trafico era un desastre. Pero sobre todo, se veía sonriente y energíca. Y apestaba al perfume de otro...

Lo único que hizo ese día fue perseguirla por todo el bosque, buscando un momento, un lugar para estar a solas y preguntarle por su perfume. Momentos que ella rechazaba con superficial amabilidad ¿Lo creía estúpido? ¿Creía realmente que el no se estaba dando cuenta? Volvió a su hogar envenenado de celos. Tauriel había recibido las rosas con gratitud. Las había olido y acariciado con sus delicados labios aterciopelados, y Legolas solo había mirado ¿Cómo un inútil ramo de rosas podía robarse los labios de la mujer que amaba?

No dejaba de sentirse un idiota por no poder hacer nada al respecto. El amor de su vida parecía escapársele de las manos y no tenia ni la menor idea de cómo atraparlo ¿Qué debía hacer? ¿Qué estaba mal en él? ¿No era lo que ella quería? Se dejó caer hacia atrás sobre su mullida cama, resignado ¿Qué quería Tauriel a fin de cuentas? Por mucho que le diera vueltas a asunto, solo podía traer a su mente sus derrotas, ninguno de sus aciertos. Porque simplemente no había ninguno que recordar.

Permaneció tirado hasta que uno de sus criados tocó suavemente la puerta avisándole que la cena estaba lista. Legolas arguyó que no tenía hambre y lo despachó sin mucha ganas de ser amable con nadie. Realmente no estaba en su personalidad la soberbia de tratar a sus empleados como personas inferiores a él, y detestaba cuando su padre se subía a un pedestal. Jamás entendería los sentimientos de su hijo por Tauriel, jamás entendería los sentimientos de su hijo de ninguna manera. Para su padre, cualquiera que fuera dos rangos menores que él no era merecedor de su palabra, o compañía.

Se levantó con esfuerzo. Sentía que le pesaba el cuerpo, y como había estado acostado boca arriba el dolor en su nuca había comenzado a molestarlo otra vez. Recodó las hojas de athelas que el florista le había dado –Que extraño…- murmuró.

De su bolso de cuero sacó el pequeño paquete y aspiró su olor, aun secas, las hojas desprendían un placentero perfume ¿Cómo el florista no pudo identificar un lirio ordinario pero sí una planta curativa distintiva de su gente? No todos conocían sus propiedades, incluido sus compañeros de universidad. Era un secreto bien guardado, una planta difícil de conseguir, elegía los lugares más caprichosos en donde crecer, y sin contar que su cultivo era muy costoso. Solo ese montoncito de hojas costaba una fortuna ¿por qué se lo regaló? Debió inspirarle mucha pena o de lo contrario no habría sido tan amable.

Sonrió débilmente. Tendría que agradecerle de alguna forma a Aragorn por ser tan atento con un desconocido. Se sorprendió a sí mismo al recordar su nombre con tanto desenfado. Chasqueó la lengua y se apresuró a pedir un cazo con agua caliente y una taza de té a través del teléfono que comunicaba cada habitación de su residencia con la cocina y el cuarto de empleados. Algunos malos hábitos nunca se pierden.

La semana siguiente transcurrió sin pena ni gloria. Los exámenes finalizaron junto con el semestre, el semestre finalizó con el ajetreo diario y Legolas podía ver claramente como su padre estaba complacido de tener a su hijo en casa y no usando el transporte publico todos los días. Lentamente la rutina universitaria se transformaba en la rutina de ¿la rutina? Las salidas de caza, la frívolas reuniones de la esfera social en la que su padre pretendía insertarlo, incluso las excursiones a escondidas para pasar un tiempo solo consigo mismo y no rodeado de gente que ansiaba complacerlo por obligación. Cada vez más se acentuaba el estereotipo de un caprichoso niño rico. Y no soportaba esa idea.

No había nada que lo apartara de su desesperada necesidad de saber de ella, que Tauriel no pudiera saber que él no le hablaba por miedo a perjudicarla le carcomía el interior. Era eso, o más bien, la duda si ella le importaba o no su repentino silencio. O si le importaba él. ¿Qué clase de vida era esa?

Decidió que necesitaba salir, adonde fuera. Odiaba su habitación pulcra y ordenada, odiaba el sentimiento de estar aprisionado que le generaba. ¿Cómo podía su padre soportar algo así absolutamente todos los días? ¿Cómo podía seguir adelante conviviendo con su propio narcisismo?

Tomó su morral, lo llenó con algunas cosas innecesarias y partió no sin antes pasar por el pequeño armario donde guardaba sus plantas y especimenes que se dedicaba a estudiar en su tiempo libre. Tomó el frasco de athelas y lo llevó. Podría pasar por la florería a devolver su amabilidad. Al menos haría algo útil antes de seguir compadeciéndose de sí mismo.

Afuera la primavera hacía un buen trabajo dejándole paso al verano, y el aire joven de la tarde despejó su mente de los pensamientos negativos que habían estado abrumándolo. Los suyos eran uno con la naturaleza, su padre podía llenar sus jardines con todas las plantas que quisiera, pero sin la libertad de las estaciones cambiantes, de la vida fluyendo naturalmente solo eran prisiones coloridas, cronometradas. Legolas emprendió camino calle abajo sobre las prolijas veredas que recorrían zigzagueantes el camino a la carretera principal. En ella pasaban la mayoría de los buses que llevaban y traían del centro a los trabajadores de las residencias. Solía usarlos para legar a su universidad, escapando de los costosos vehículos negros que podían llevarlo a donde quisiera en cuestión de minutos.

Lo cierto es que con su fortuna estudiar era ridículo, tanto como esperar veinte minutos al bus y otros cuarenta para llegar a su parada.

Rió para si mismo mientras el vehiculo retomaba su marcha con el fuerte ruido del motor y las casas empezaban a desfilar cada vez más aprisa. Poco después el camino dejó atrás la zona residencial más cara de la ciudad y comenzó a adentrarse en la urbe.

Cuando se bajó, Legolas se sorprendió de que las calles estuvieran tan desiertas en época de vacaciones. Las concurridas avenidas y apretadas veredas apenas estaban ocupadas por algunos autos y grupos de transeúntes mirando vidrieras o en las mesas de los cafés.

Pasear era tan gratificante, aunque ya se supiera el camino de memoria. Ni hablar de que ahora podía caminar tranquilamente sin tener que esquivar personas o…salvar un ramo de rosas. De ponto sintió una nube gris encima suyo. Claramente, despejarse no era lo mismo que olvidar. Palpó el frasco por encima del cuero de su bolso y decidió encaminarse a la florería. Después de todo, había venido con ese propósito.

La campanilla sonó al empujar suavemente la puerta de vidrio al entrar. Le costaron ciertos minutos decidirse a entrar de una vez. No entendía por qué ¿desde cuando? Devolverle las athelas era lo menos que podía hacer.

Pero se percató de que el local estaba vacío. En las estanterías había una nueva variedad de flores, pero nadie detrás del mostrador. Se acercó cauteloso a este. Un timbre pequeño descansaba en un costado. Lo tocó con suavidad una vez y se alejó unos pasos, esperando al florista.

Nada.

Alzó una ceja y volvió a tocarlo con un poco más de fuerza. La puerta donde desapareció el otro día a buscar las rosas estaba entreabierta pero no se escuchaba ningún sonido -¿No estará?- susurró acercándose nuevamente y tocando incomodo el timbre, sin éxito.

Definitivamente no estaba. Demonios. Él era tan malo interrumpiendo en la intimidad de los demás ¿debería asomarse por la puerta? ¿No sería demasiado para una precaria muestra de gratitud? Se paró a pensar ¿Entreabrir la puerta o irse? ¿Verse como un amable cliente o como un fisgón maleducado? ¿O un condenado idiota? Todas eran válidas. Además, quería verlo.

Para saludarlo, y devolverle las athelas. Las athelas.

Carraspeó y tocó la puerta -¿Hola?- musitó. Tampoco hubo respuesta. La empujó entonces para asomarse. Inmediatamente detrás de esta se extendía un corto pasillo que subía en una escalera de material vieja y manchada. Volvió a aclararse la voz y esta vez procuró hablar más alto -¿Aragorn?-

-¿Quién está por ahí?- Sin duda, era su voz. Venía desde el fin de la escalera, en lo que parecía ser una terraza.

Legolas trató de responder de inmediato pero solo logró balbucear ¿Qué? ¿Por qué? – Soy Legolas- escupió las sílabas como quien recién esta aprendiendo a hablar

-¿Qué?-

-S-soy Legolas- Escuchar su propio nombre salir de la boca de uno siempre es tan peculiar – Me regalaste un ramo de rosas el otro día- Cerró la boca ¿No sonó eso como si su cerebro funcionara más lento que su lengua?

-¿El chico que se tropezó conmigo y cayó?-

¿Se estaba burlando de él? -Lamentablemente- murmuró avinagrado. Se escuchó algo como cerámica rompiéndose -¿Necesitas ayuda?- volvió a gritar

-No, no te preocupes, ahora bajo- se lo escuchó un poco tenso, como si estuviera cargando algo pesado. De la nada se escuchó un estruendo y Legolas vio como una maceta bajaba rodando por los escalones, esparciendo todo su contenido -¡Maldición!-

Observó la patética macetita vacía ¿Subir o no subir? La recogió con cuidado de no mancharse la ropa y comenzó a subir la escalera lentamente, como si eso fuera a alivianar el hecho de que no le habían dado permiso para pasar -¿Hola..?- soltó indeciso cuando estaba a punto de alcanzar la terraza. En efecto, no se había equivocado, aunque más que terraza eso era un invernadero. Parte estaba cubierta por paneles de plástico sostenidos por una estructura metálica, y el resto al aire libre. El sol de la mañana pegaba sobre las plantas saludables y en Aragorn, quién miraba con frustración un enorme estante que se había caído y ahora todas las macetas con plantas nuevas estaban en el mismo estado que la llevaba en las manos -¿Disculpa?-

Aragorn se dio la vuelta. Tenía la misma pinta que el día anterior, el cabello a medio atar, la barba rala y los ojos grises bondadosos. Llevaba un delantal grueso por sobre su ropa simple: una camisa arremangada hasta los codos y un jean gastado. Sonrió sorprendido al verlo –Perdóname, no pude ir a atenderte, pero como ves, he tenido problemas técnicos toda la mañana- le dijo volteando hacia el caos de platines desperdiciados. Legolas subió los últimos escalones en silencio, todavía un poco incómodo por entrometerse donde no lo llaman.

-Lo lamento- murmuró acercándose a él- ¿Qué pasó?-

-Nada, esta porquería se oxidó por dentro- argumentó Aragorn como única resolución al problema- Estaba muy vieja además- chistó desenfadado – Ah, gracias por subirla- le dijo

-¿Eh¡ ¿Qué? –Legolas dio un respingo ¿Subir qué? Ah claro. Sí claro- No hay problema – le extendió el maltratado recipiente. Cuando se lo alcanzó, procuró no tocar sus manos. No podría explicar por qué, pero en su acartonada sociedad de alta alcurnia, las relaciones personales se llevaban en un plano donde los roces por casualidad eran considerados una desatención que excedía la torpeza. Todo tenía un doble sentido. Hasta las cosas más simples y estúpidas

-Entonces ¿qué se te ofrece? – la voz de Aragorn lo sacó de su repentino ensimismamiento. Legolas titubeó antes de responder

-Nada en realidad, vine a devolverte la atención del otro día- le sonrió cortésmente mientras sacaba el frasquito con las hojas, más frescas que las que le habían proporcionado y se las ofreció- Gracias por las rosas –

Aragorn se limpió en su delantal lleno de tierra. Aceptó de buena gana las hojas- ¡Gracias! Pero no te hubieras molestado ¿Funcionaron?- le preguntó

-¿Las hojas? Sí, claro. Me ayudaron a des..

-No, no- lo interrumpió gesticulando con las manos- Las rosas-

-¿Qué?-

-Si las rosas funcionaron ¿Cumplieron con su cometido?-

Legolas se quedó de piedra ¿Qué si funcionaron? No estuvieron ni cerca de orientarlo un poco en ese laberinto que se llamaba Tauriel. Pero no podía hablar eso con él, ni con nadie. Suspiro largamente. Olvidándose que Aragorn no tenía ni la más remota idea que le estaba pasando por la cabeza en ese momento. Pero era bastante duro no poder hablar con nadie sobre esto. Sobre nada- No- escupió secamente- No funcionaron-

Silencio. El sonido de la ciudad dormitando apenas se escuchaba en la terraza, aunque solo fueran unos pocos metros los que los separaban del bullicio. Legolas se sintió de pronto insoportablemente solo y descolocado.

-Oye, que pena-

-Bueno, dijo que estaban hermosas-

Aragorn lo miraba con el ceño ligeramente fruncido ¿Qué estaría pensando? Un tipo completamente desconocido se le plantaba en su negocio a expiar sus penas ¿Qué estaba esperando al venir? Legolas abrió la boca para disculparse por enésima vez en los cinco minutos que llevaban conversando cuando sonó el timbre de abajo. Ambos bajaron dejando atrás la embarazosa situación.

Era mujer mayor. Compró sin rodeos un ramo de claveles multicolor. Aragorn le agradeció y le dio el cambio. La ancana se fue del local arrastrando los pies. Se notaba que le costaba un poco el trato con la gente, aunque se había mostrado muy amable con él la semana anterior. Con la anciana había sido muy correcto, pero falto de esa energía simpática que pensó, le era inherente. -Bueno- Le habló cuando terminó de acomodar el dinero - ¿Se te ofrece algo más? ¿Cómo estás del golpe?-

Legolas, que se había mantenido del lado correspondiente del mostrador mientras atendía a la cliente, se alejó de los estantes para responder- Bien, ya casi ni lo siento. Y no, no realmente…solo quería agradecerte por ser tan amable- se sinceró de una forma ridículamente honesta- Ya te dije, vine a devolverte el favor-

-No deberías haberte molestado- Le sonrió Aragorn mientras se acomoda sobre el taburete detrás de la mesada – pero te lo agradezco, eran las últimas que me quedaban- Suspiró algo cansado. Más bien agotado-. Realmente parecía agobiado de todo esto

-¿Está muy complicado el día?- Legolas se sorprendió a sí mismo tratando de sacar conversación. Esa misma charla banal que su padre mantenía con los de su mismo nivel. A nadie le importaba de lo que se hablara mientras hicieran el suficiente ruido para tapar el resentimiento mutuo. Pero este no era el caso. Solo quería hablar con él. Le gustaba el sonido de su voz, los gestos de sus manos. Su simpleza.

-Algo, desde que estoy solo aparecieron los problemas. No ayuda que justo hoy al abrir el maldito rociador de arriba se haya estropeado. No puedo atender y arreglarlo al mismo tiempo. Creo que deberé cerrar por hoy- Comentó repasando sus manos llenas de mugre con el trapo destinado a eso

-¡Yo puedo ayudarte!- Legolas casi que gritó. Se aclaró la garganta y pasó a hablar con más tranquilidad- Es decir, yo puedo quedarme a atender a los clientes. Yo estudio botánica ¿recuerdas? -

-Bueno...- Aragorn se rascó la nuca, un poco incómodo- No sé. No podría dejarte a cargo así como así…-

Menos mal que no había forma de que pudiera ver la cara que puso, o como los colores abandonaron su rostro debido a la vergüenza que sintió, porque de lo contrario consideraría tragarse hojas machacadas de hiedra con tal de morirse ¡Por favor!- Tienes razón, que idiotez, es que pensé qu..-

-Pero por el otro lado, podrías venir mañana. Hoy me dedicaré a arreglar el rociador, pero necesito un ayudante en la tienda ¿Estás interesado? Será solo por el verano, media jornada-

-Claro- reparó Legolas enseguida – Sí, me vendría bien el trabajo – No creyó verse muy convincente con su camisa impoluta de Calvin Klein, sus zapatos de brillante y costoso cuero y su morral de primera marca. Pero trago saliva y trató de mostrarse lo más desesperado por sustento que pudo- Por la experiencia, los estudios, ya sabes. Pasantías. Todo suma-

Aragorn le sonrió ampliamente y volvió a tenderle la mano – Excelente. Pásate aquí como a las nueve, abrimos temprano ¿está bien?-

-Más que bien- le respondió concretando el saludo- Gracias-

El florista lo acompañó hasta la puerta vidriada de la tienda y volvió a despedirlo, sin ningún apretón o palmeada pero con una respetuosa reverencia. Legolas le respondió, gustoso de pareciera enterado de sus costumbres, y se marchó calle abajo sin ninguna dirección en particular ¿Trabajar? ¿En una floristería? De pronto su mochila emocional parecía menos pesada. Tendría cuatro hermosas horas lejos de su repelente mansión. Y quizás., solo quizás, podría demostrarle a Tauriel que servía para mucho más que el papel de irreverente niño mimado y ricachón que todo el mundo pensaba que era. Porque ¿para eso había aceptado el trabajo no? Para demostrarle a Tauriel que no era un inútil.