Capítulo 1: La rueda de la fortuna

El poderoso relámpago rugió en el aire, antes de que a potente luz del rayo partiera el cielo en dos e iluminara la tormentosa noche por unos segundos. La lluvia caía sin clemencia y el aire azotaba las ventanas, amenazándolas con abrirlas de par en par en cualquier instante.

Sin embargo, nada de eso podía afectar a la mujer que, sentada frente a una mesa circular, lanzaba las cartas una y otra vez.

—Siempre es lo mismo — murmuró ensimismada. Recogió las cartas y volvió a lanzarlas en una disposición especial. Junto sus cejas y miró de nuevo el resultado.

La torre y la rueda de la fortuna invertida

Llevaba meses buscando una respuesta en las cartas. Tenía un mal presentimiento y esas dos cartas se presentaban a ella cada vez con mayor frecuencia.

Tomó las barajas y las guardó. Caminó hasta su armario y extrajo una oscura capa de viaje, acomodándola sobre sus hombros y ocultando su cabello rubio. Tocaron la puerta de su habitación y sus ojos avellana viajaron de inmediato al lugar.

—Adelante.

Una chica morena entró al recinto circular, también vestía con una capa de viaje y en su rostro pálido se reflejaban las llamas de la tea que cargaba.

—Su majestad, los caballos están listos.

—Bien, Shizune. Partiremos enseguida.

Otro rayo rugió y la potencia del viento abrió las puertas de par en par. La reina caminó hacia ahí, y por un momento se detuvo a contemplar las sombras de los edificios del reino. Todos sumidos en una gran oscuridad, sintió que el mal podría estarse desarrollando en cualquier lugar, incluso en sus dominios.

— ¿Cree que sea un buen momento? El clima es imperioso.

—Pero nuestra misión es de carácter urgente. No podemos amedrentarnos con tan poca cosa —cerró la ventana de inmediato, la cual crujió por la fuerza del viento, y se giró hacia la chica.

— ¿Has mandado el mensaje a Dan? No sé cuánto tiempo nos tome esta pequeña aventura.

—Le he entregado el sello real junto con sus palabras, reina Tsunade.

—Bien.

La mujer rubia tomó una de las teas que estaban junto a su puerta y caminó apresuradamente por los pasillos del castillo. Era cerca de la media noche, la mayoría de los sirvientes se encontraba en sus habitaciones y unos cuantos guardias merodeaban por los corredores, apartándose apresuradamente al ver a su reina avanzar a grandes zancadas. Salieron al jardín trasero y cruzaron un pequeño túnel que las conducía a las caballerizas, donde dos corceles estaban preparados con su silla de montar.

El paje que las aguardaba se retiró al entregar los animales y las dos mujeres emprendieron la carrera hasta la salida de la ciudadela, una vez que cruzaron el puente elevadizo, giraron bruscamente a la izquierda, alejándose de las casas.

Tsunade murmuró unas palabras tan de prisa y tan bajo que fueron imposibles de escuchar, pero una pequeña abertura se fue formando en la roca frente a ella, lo suficientemente grandes para que pudieran atravesarla.

— ¿Nos iremos por…?

—Sí.

—Mi reina, ¿hacia qué nos dirigimos?

—Tal vez aun estemos a tiempo de impedir una tragedia, Shizune. Temó que la profecía ha comenzado.

—1—

Las mejillas se le colorearon violentamente mientras, paralizada, dejaba que las manos del niño colocaran una flor blanca en su cabello.

Abrió sus ojos, de un verde brillante e intenso, y logró ver como las pálidas mejillas del niño se coloreaban antes de que él apartara el rostro.

—Gracias… Sasuke-kun —le susurró. La respiración del niño se detuvo al escucharla y sintió como sus orejas comenzaban a arder aún más.

Giró sus ojos, de un negro obsidiana, hacia ella y abrió la boca. Sin embargo, sus palabras quedaron completamente apagadas por los gritos de dos niños que se acercaban corriendo. Los dos niños dieron un salto hacia atrás, separándose, con sus corazones bombeando más fuerte que antes.

—Eres un tramposo —renegó una niña de corto cabello rojo—. Solo a mí me has seguido.

— ¡Porque no te escondiste bien! ¡Te encontré enseguida, dattebayo! — El niño rubio que venía unos pasos detrás de ella se detuvo al ver a sus amigos y su sonrisa se dibujó de una forma deslumbradora. Corrió, dejando atrás a la niña pelirroja y se detuvo enfrente de la otra.

— ¡Te ves preciosa, Sakura!

La niña de ojos verdes, Sakura, volvió a sonrojarse violentamente, y acomodó un mechón de su cabello rosa detrás de su oreja.

—Gracias, Naruto —dijo, sin embargo, sus ojos se desviaron un momento hacia él niño a su lado.

A unos metros de distancia, dos hombres salían por la puerta lateral de las caballerizas y subieron la pequeña colina en busca del grupo de niños, mientras iban sumergidos en asuntos que no habían podido concretar.

Llegaron hasta la cima y lograron escuchar como el chico rubio alagaba a la pelirosa. Uno de ellos, también de cabello rubio y bondadosos ojos azules, sonrió complacido.

—Si se mantienen en una buena relación y bastante contacto, el matrimonio no será del todo un arreglo. Sino algo que surja naturalmente.

—Confió en que pueda ser así —respondió el hombre a su lado—. Quiero que sea feliz, ya tiene demasiado peso encima.

—Sabes que por nuestras posiciones, a veces tenemos que arriesgar nuestra propia felicidad por un bien mayor.

—Lo sé. Sin embargo, ellos no lo saben, ni lo entienden. Tampoco lo harán cuando llegue el momento y tú sabes lo complicado que puede llegar a ser —el hombre suspiro, y sus ojos cayeron sobre su pequeña hija—. Sakura es una niña soñadora y con muchas ilusiones. Tiene un gran corazón y por eso temó que sufra.

Volvió a suspirar y se giró hacia el hombre rubio de nombre Minato. Le sonrió, antes de levantar la mano y hacerle una breve señal que la niña entendió. Sakura se apresuró corriendo hacia él, levantando el vestido verde que ya tenía el dobladillo lleno de tierra.

—Es momento de marcharnos, Sakura. Despídete del rey Minato y tus amigos.

La niña hizo una reverencia al rey, pero no pudo ocultar la tristeza que de un momento a otro había opacado su bello rostro. Apretó sus labios, para no dejar salir sus quejas, y miró hacia atrás, a sus amigos que se apresuraban corriendo. Frunció el entrecejo al no ver al pelinegro entre ellos.

—No te preocupes, princesa —dijo el rey Minato, agachándose a su altura y atrapando por completo la atención de la niña— Naruto y Karin, te acompañaran en el gran festival de la primavera, dentro de un mes.

Ella sonrió y los dos niños, que habían llegado a tiempo de escuchar la noticia, se miraron entre sí, emocionados.

—Les encantará Puskara —les dijo la princesa Sakura—. En el festival, las flores florecen a la luz de la luna llena…

—Déjales algunas sorpresas —la interrumpió su padre, haciendo que ella se sonrojara de inmediato, nuevamente.

Los adultos rieron, mientras los niños comentaban lo mucho que se divertirían en el reino de las flores.

Se despidieron entre sí, como dictaba el protocolo, y luego bajaron la colina por un camino empedrado, hasta donde una comitiva de caballeros los esperaba sobre las monturas de sus caballos, rodeando el carruaje real de Puskara. Sakura miró hacia atrás una vez más, donde Sasuke se mantenía oculto en las sombras. Alzó la mano, en un pequeño gesto para despedirse, y él hizo lo mismo.

Al llegar junto al carruaje, las dos reinas charlaban animadamente y a una distancia prudente el sequito de caballeros se alzaba a una distancia prudente.

—Escríbeme en cuento llegues —dijo la mujer más pequeña, de una cabellera roja larguísima. Tomando las manos de la reina de Puskara, una mujer de miraba severa y cabello rubio—. Si sucede cualquier incidente, házmelo saber. Me encargare personalmente de reprender a Fugaku a su llegada.

La mujer pelirroja, de nombre Kushina, lanzó una mirada al caballero que permanecía más cercano, pero él no dio ninguna señal de haberla escuchado más allá de cruzar una mirada con la reina Kushina por menos de un segundo. La reina Mebuki de Puskara, sonrió de forma forzada.

—Kushina —llamó el rey Minato, lanzándole una severa mirada que la joven mujer ignoró—. Nuestros mejores guerreros los acompañan, además está la guardia personal del rey Kizashi, no habrá ningún inconveniente.

—Así será —aseguró Fugaku, el caballero de mayor confianza del rey Minato, acercándose. Su porte guerrero e inflexible, intimidaba hasta las personas del mismo reino. Llevaba el casco en la mano y vestía con la armadura completa, su capa roja colgaba sobre uno de sus hombros, ondeando al viento como un estandarte que demostraba su rango de general.

Volvieron a suceder otra cantidad de despedidas, y un momento después, la carroza oscura que orgullosamente portaba el símbolo de nenúfares en sus puertas, descendió, traqueteando, la colina del castillo, inmiscuyéndose en la ciudad llena de actividad.

La princesa Sakura miraba con nostalgia por la ventanilla. Le gustaba ese lugar, hecho de piedra blanca y arboles por doquier, lleno de torres con cúpulas y puentes que las conectaban.

Cruzaron el gran arco de la entrada principal, dejando atrás las murallas que los protegían en la cuidad. El avance comenzó a ser más rápido mientras cruzaban una planicie llena de campos de cultivo. Los ojos de la pequeña se fueron cerrando, arrullada por el vaivén del carruaje…

La angustia le aplastó el pecho. El frio aire le golpeaba el rostro y todo a su alrededor estaba obscuro. Sakura miró a ambos lados, no había nadie solo arboles sin hojas que se batían con fuerza. El suelo era rocoso y liso, y el único sonido era el batir de las olas de un mar encabritado varios metros debajo de ella.

Hola, princesa.

La voz grave y filosa hizo que un escalofrió la recorriera completa. Instintivamente, se sujetó con fuerza a un tronco seco, escondiéndose en su sombra de quien sea que la llamaba. Se asomó por un lado del árbol, hacia el lugar donde había escuchado la voz.

Había un hombre alto y con una larga túnica negra que le cubría todo el cuerpo, su cabello se movía con violencia. La capa, moviéndose al compás del viento, dejaba ver de tanto en tanto una larga y delgada espada sujeta al cinto de aquel hombre. Para ella no parecía un caballero, aunque su porte así lo indicaba, pero había algo en su aura que no era propio de un noble guerrero. Ningún hombre antes había logrado infundirle tanto miedo.

Se encontraba de espaldas a ella, al borde de un acantilado que se alzaba sobre un mar oscuro y aparentemente frio. Sin embargo, no tardó en girarse lentamente.

Sakura dio un paso hacia atrás, hundiéndose en la oscuridad. Una rama crujió a sus pies, sobresaltándola, pero también, llamando la atención del hombre.

Déjame verte —dijo dejando notar su curiosidad —. Acércate, hechicera.

La casi total oscuridad le impedía a ella ver el rostro de ese hombre, oculto entre sus cabellos largo y rebeldes.

Él dirigió su rostro hacia ella, y dos ojos rojos brillaron en la oscuridad…

La niña se levantó con un movimiento brusco. Su corazón palpitaba desembocado y un sudor frio le cubría el pálido rostro. Miró hacia todos lados llena de pánico y descubrió que se encontraba sola en el carruaje, lo cual, solo logró aumentar el pánico que sentía. Se asomó por la ventanilla, percatándose que ya había anochecido y miró unos cuantos centinelas paseando en sus guardias.

Soltó un suspiro, aliviada, mientras volvía a sentarse, recuperándose de la terrible pesadilla y fue en ese momento que notó la pequeña flor blanca tirada en el suelo y que antes, Sasuke, había colocado en su cabello. La tomó entre sus manos, contemplándola unos instantes, antes de volver a colocársela en el mismo lugar.

Saltó fuera del carruaje, buscando a sus padres, y miró el improvisado campamento que se había levantado. De la fogata solo quedaban algunos restos incandescentes, y unos cuantos caballeros deambulaban con antorchas en sus manos, el resto de la iluminación era la luna que brillaba con toda su intensidad.

El rey Kizashi estaba a unos metros de ella, discutiendo con Fugaku, caballero de Ignis, y su madre un paso detrás de su padre. Se acercó hasta ellos, sin que ninguno de ellos advirtiera en su presencia.

—Disculpe, Señor, pero creo que la mejor opción es regresar a Ignis y pedir el apoyo del rey Minato —decía el caballero, con su semblante ensombrecido — Él no los desamparará.

—Lo que dices, implica que abandone mi reino —rugió Kizashi indignado—. No puedo hacer tal cosa. Marcharemos hasta allá y apoyaremos la defensa de la ciudad.

—El muro occidental ha sido derrumbado. Los atacantes deben encontrarse en el interior. Aunque partáis en este momento usando los caballos más veloces, no llegareis antes del amanecer —contraatacó Fugaku velozmente —. La ciudad ha caído, pero si…

—Padre —llamó en un susurro Sakura, sobresaltando a los tres adultos — ¿Qué está sucediendo?

Kizashi la miró por un segundo que pareció eterno. No tenía ninguna de las usuales sonrisas que siempre le regalaba y a la luz de la luna, su semblante pálido, le pareció casi extraño.

—Regresa al carruaje, Sakura —dijo severamente.

En ese instante un caballo relinchó y flechas envueltas en llamas atacaron el improvisado campamento. La reina y la princesa soltaron un grito ahogado, y todos los hombres se apresuraron a desenvainar sus armas y alzar los escudos. Fugaku dio un paso hacia sus hombre, listo para luchar, pero el rey Kizashi lo detuvo.

—Tú y tus hombre vuelvan a Ignis —ordenó— Esta batalla es de mi pueblo.

—Su majestad…

—No —lo cortó—. Debes volver y llevar contigo a Sakura y Mebuki.

El leal caballero apretó su mandíbula y sus ojos oscuros se marcharon con impotencia. Miró al gobernante frente a él con infinita admiración, sabiendo que iría a esa lucha suicida por el honor de su patria, por su orgullo como rey, y más importante, por darle el único futuro que quedaba para su pueblo. Salvar a la legítima heredera y confiar que un día, ese agravio seria vengado. Asintió secamente y los gritos de batalla comenzaron.

El metal de las espadas chocando resonó en la noche y la luz comenzó a brillar en forma de terribles llamas que consumían todo a su alrededor.

Fugaku hizo retroceder a sus hombres, mientras los guerreros del reino de las flores se formaban en primera fila, bloqueando al enemigo. Tomó a la princesa entre sus brazos y le indicó a la reina que lo acompañara.

Caminó a grandes zancadas, sujetando con fuerza a la niña que se revolvía entre sus brazos intentando escapar.

La reina Mebuki observó a su esposo por unos segundos, con las lágrimas brillando en sus ojos verdes, pero sin derramar ni una gota. Ellos, menos que nadie, podían perder el temple y una mirada fue todo lo que se dedicaron antes de partir en caminos opuestos.

La reina montó un caballo negro, siguiendo de cerca a Fugaku con Sakura, y el resto de caballeros de Ignis detrás de ella.

La princesa pataleaba y gritaba, y ella apretó sus labios al verla.

—Sakura, compórtate — la reprendió.

Un sollozo murió a la mitad al escuchar a su madre, pero las lágrimas siguieron fluyendo de forma silenciosa.

Apenas escuchaba la voz del caballero gritando órdenes, las flechas pasaban zumbando sobre sus cabezas y al llegar a la parte más alta de la montaña, los árboles se abrieron para dar paso a un paisaje de pesadilla que se quedó grabado en su retina. El reino de Puskara, se encontraba a muchos kilómetros al oeste, pero las lágrimas que lo cubrían lo hacían completamente visible en esa oscura noche. Las catapultas y otras armas de asedio se encontraban al otro lado del rio que bordeaba la ciudad, lejos de las llamas infernales que hacían arder los techos, el bastión derrumbado y el castillo se alzaba solo y tenebroso en medio del caos.

La ciudad no había sido tomada, había sido destruida.

Sakura observó las torres que seguían alzadas y que parecían no iluminarse con las llamas. Sintió algo extraño revolverse dentro de ella, como si algo la atraía a esa lugar. Pero tan pronto como llego ese pensamiento, desapareció.

Fugaku se alejó en la dirección opuesta rápidamente. El sonido de los caballos llegaba hasta ellos de forma amortiguada y un grito femenino corto el aire y le congeló el corazón.

Sakura quiso buscar a su madre, pero el cuerpo de Fugaku era una muralla que la alejaba de la batalla a sus espaldas. El caballero soltó un alarido de dolor, las riendas se escaparon de sus manos y el caballo relinchó, elevándose en sus cuartos traseros, lanzándolos al suelo y corriendo sin ningún control

La niña y el guerrero rodaron por la colina. El sonido de pasos apresurados llegaba de todos lados.

Sakura miró hacia atrás, encontrando a su madre tendida en el suelo y el caballo negro sobre sus piernas. No tuvo tiempo de pensar en ella, cuando el caballero alzo su espada y cortó la punta de la flecha incrustada en su hombro izquierdo, tomó a la niña y corrió internándose en el bosque, escondiéndose entre los árboles que eran cada vez más grandes.

— ¡Ahí están!

El corazón de la niña saltó al escuchar la acida voz de sus perseguidores. Miró hacia atrás, una décima de guerreros ataviados en corazas oscuras y escudos circulares rojos, con tres aspas negras tallados en ellos, se acercaban a ellos. De repente, la tierra entre los atacantes y ellos se alzó frente a sus ojos, apartándolos de cualquier amenaza.

Fugaku se detuvo en su carrera y frunció el ceño al observar la pared alzada. Cuando volvió su vista al frente, había un niño a pocos metros de ellos. Apretó su espada con más fuerza, aunque ello mandase oleadas de dolor por todo su cuerpo.

— ¿Quién eres? —dijo de forma hostil.

—Síganme o morirán —fue la respuesta del niño. No podía ser mayor que Sakura, pero sus ojos de un extraño color verde azulado habían perdido todas las características de los niños. Estaban vacíos—. La señora Tsunade se encargara de ellos, pero deben seguirme.

Sakura miró a Fugaku inquieta y su corazón salió de su pecho cuando el guerrero la colocó en el suelo.

—Princesa —la llamó, clavando su rodilla en la tierra y quedando a la altura de la niña —.Mi deber ha acabado aquí, ahora debe continuar sola.

Ella negó, nuevas lágrimas formándose en sus ojos.

—No me dejes —le suplicó.

Fugaku pareció atormentado, su semblante regio había dudado ante el rostro descompuesto de esa niña, pero el conocimiento de su deber lo recompuso y gentilmente soló el amarre de esas pequeñas manos.

—Debes partir, princesa.

El caballero se levantó, caminando hacia la batalla y Sakura observó, por última vez en esa noche, como alguien se alejaba de su vida.

El niño pelirrojo la tomó de la mano y juntos corrieron a una cueva escondida entre las rocas.