Antes de comenzar con el segundo capitulo de este loco proyecto, quería agrader los favoritos y los reviews, que se agradecen mucho, en serio, me animan a seguir escribiendo. Bueno, la verdad es que no tengo mucho más que decir, así que espero que disfruten este capitulo y no olviden dejar sus comentarios.
Disclaimer: El universo de Los Juegos delHambre no me pertenece, es propiedad de Suzanne Collins. Yo solo me dedico a escribir esta historia para divertirme y dudo que mi sueldo aumente por ello. Cualquier personaje que no reconozcan es de mi total poder.
2. Despedidas
Canción: I'm Coming Home - Diddy–Dirty Money ft. Skyler Grey
Intento recordar cómo respirar, no puedo hablar y estoy completamente aturdida, mientras que mi propio nombre rebota como una pelota en las paredes de mi cráneo. Miro con pánico hacia el frente, en busca de la mirada de alguien que me dijera que esto había sido un chiste, un error, que mi nombre no había sido el que cogieron de la urna. Nadie dice nada y nadie sale a mi rescate.
El sollozo que escapa de los labios de Katri me devuelve a la cruda realidad y la miro a ella y a Spens por primera vez. Él la abrazaba por la espalda mientras que ella me miraba con los ojos llenos de lágrimas. A lo lejos escucho un grito ahogado, seguido por el llanto. Levanto la mirada y veo a mis padres y a Terran. Mi madre estaba de rodillas en el piso, llorando desconsolada con el alma arrancada del pecho, sufriendo la inevitable muerte de su única hija. Tal imagen me rompe el corazón y más lo hace ver la mirada desesperanzada que me envía mi padre. La multitud murmura con tristeza, muchos me reconoces por vender las plantas medicinales que crecen cerca del bosque o por atender a los enfermos en la parte trasera de la botica de mis padres cuando los pacientes no tenían dinero suficiente para pagar el tratamiento.
Dejo escapar el aire que he estado conteniendo en mis pulmones y los vuelvo a llenar con oxígeno. Me paré recta y lo más digna que pude, echando los hombros hacia atrás y levantando la barbilla. Cuando emitan la repetición de la cosecha esta noche, no verán a una niñita llorona, una enclenque, lo que verán es una chica digna y fuerte, que no se quebrará tan fácilmente. Una oponente.
Doy un paso hacia delante y no me hace falta aparta a la gente, ya que los otros chicos me abren paso, creando un pasillo directo al escenario. Comienzo a avanzar, pero Katri me toma la mano con tanta fuerza que me hace daño.
–Suéltame– le digo sin mover los labios.
–Gwen, no, no puede ser, Gwen– solloza. Quería abrazarla y confortarla, como siempre lo hago cuando la veo en ese estado. Pero ahora no podía hacerlo y me dolía en el alma tener que tratarla con tanta dureza, pero no tenía otra opción. A partir de ese momento todos los ojos de Panem estaban posados en mí.
No hace falta apartarla porque Spens lo hace por mí. Lo miro a los ojos y me asiente, tratando sonreír, fallando en el intento.
–Sube, Gwen– me anima, intentando que no se le quebrara la voz. Yo asiento, agradecida, y reanudo mi marcha.
Me detengo frente a los escalones. Respiro profundamente y me armo de valor para subir al podio.
–Ah que es una belleza, ¿no creen?– dice Fannia en un intento por alivianar el ambiente. Aunque no estoy muy segura de que si realmente se diera cuenta de la tensión que había o hablaba por hablar. De todos modos nadie respondió.
Fannia preguntó por voluntarias, pero como era de esperarse, nadie lo hizo. No cuando voluntario y cadáver fueran sinónimos. Y no los culpo, yo tampoco lo haría y me avergüenza decir que tampoco lo hice cuando Ashbay fue elegida.
Me quedo de pie junto a Fannia, no muy segura de qué hacer con mis manos, así que las sitúo tras mi espalda y saco pecho con la mirada en el frente. Esperaba tener una apariencia confiada, porque por dentro todo el peso del mundo se me había caído encima. Iba a morir y no había nada ni nadie que pudiera evitarlo. No a menos que hiciera algo para evitarlo. Hay unos cuantos aplausos nerviosos, pero la mayoría, por más sorprendente que pareciera, se mantuvo en silencio.
Quizás aún tenga oportunidades de ganar, de sobrevivir y regresar con su familia. Asegurarles una vida fácil, sin que Terran tuviera que preocuparse de las teselas y la cosecha. Sin preocupaciones por el dinero o la comida. Pero eso conllevaba a otra cosa. Tenía que matar a chicos de mi edad o menores para lograrlo. Y justo cuando comienzo a pensar en todos los prejuicios morales que estoy a punto de romper, Fannia se aclara la garganta.
–¡Bueno, pues, sigamos con el turno de nuestro tributo masculino!– exclama con una voz más chillona que de lo normal. Avanza hacia la urna de los chicos y saca de ella la primera papeleta que su mano encuentra, vuelve a paso veloz al podio y apenas si tengo tiempo de desear que no sea Clay– Barley Jardine.
No reconozco el nombre y alargo el cuello de manera disimulada para que de esa manera pudiera ver al chico que sería mi contrincante. Pero no esperaba encontrarme con esto.
Un chico, pequeño, de ojos y cabello oscuro, de rostro repleto de pecas y lo que más me alarmaba, de solo doce años. Ese niño, porque no se le podía decir de otra manera, iba a ser encerrado en una arena junto conmigo y otros muchachos a morir. Potenciales asesinos. Un niño de apenas doce años.
El pobre se tambaleó hasta el escenario, apenas logrando subir escalones de lo mucho que le temblaban las rodillas. En el fondo se escucha el inconfundible grito de una madre que acababa de perder a su hijo, un grito que me estremeció tanto como el de mi propia madre.
El verlo subir al podio, solo e indefenso, me hace ver la dura verdad. Tendré que matar a chicos como él para salir de la arena. Era repugnante y me avergonzaba de solo pensarlo. Si para sobrevivir tenía que hacer tal cosa, no estaba segura de querer salir viva.
Fannia pide aplausos para los valerosos tributos, pero esta vez no se escucha nada, solo el sollozo de los amigos y familiares que acababan de perdernos quizás para siempre.
Paso el resto de la ceremonia en blanco. No recuerdo en qué pensé o si pensé siquiera en algo. Solo recuerdo que desperté de ese transe cuando el alcalde nos indica a Barley y a mi que nos demos la mano. Su mano es pequeña comparada con la mía y sus ojos parecía los de un cervatillo desamparado. No le puedo mantener la mirada y termino por apartarla, avergonzada de que solo hace unos minutos consideré matarlo con tal de ganar.
Nos volvemos para mirar a la multitud, mientras que suena el himno de Panem.
«Bueno –pienso–. Hay otros veintidós tributos, tendría que tener muy mala suerte si tuviera que matarlo yo.»
•••
Quedamos bajo custodia en cuanto el himno acaba. Un grupo de agentes de la paz nos acompaña hasta la puerta principal del Edificio de Justicia. Una vez dentro, me conducen a una sala y me dejan sola. Miro a mi alrededor, sorprendida de los lujos que tenía la habitación. Alfombras bordadas, sillones y sofás de terciopelo verde, cortinas con detalles dorados y grandes ventanales. Me mantengo de pie y paseo por la habitación, acariciando la tela de los sofás. Éste es el momento que tienen los tributos para despedirse de sus seres queridos. Podría llorar ahora, en privado y con las personas que conozco, pero una vez fuera me llevaría a la estación de tren, donde me esperarían más cámaras. No podía salir con los ojos hinchados y rojos.
Así que me mordí el labio y reprimí las lágrimas, dejando escapar un sollozo que sonó a un gemido. No podía llorar, al menos no hasta que estuviera dentro del tren que me llevaría hasta el Capitolio.
La puerta se abre y entran Katri y Spens. Abrazándome nada más entrar. Me dejo abrazar, no me venía para nada mal, necesitaba apoyarme en alguien, al menos por ahora. Estuvimos así por un rato hasta que Spens me susurró en el oído.
–¡Debes volver a casa! Tienes que intentarlo, Gwen, tienes que prometernos que intentarás– me suplica con voz ahogada.
–Lo prometo– tengo que hacerlo, por mi familia y por ellos.– Los quiero, chicos.
–Y nosotros a ti, Gwen– dice Katri, estrujándome todavía más entre sus brazos. Se separa y toma mis manos para depositar un colgante de bronce con forma de rosa.
–No puedo aceptarlo– digo de inmediato al darme cuanta de lo que era. Era su collar, el collar que había estado por generaciones en su familia, el collar que nunca se quitaba.
–Quiero que tú lo tengas– insiste, cerrando mis manos alrededor del colgante.– Te protegerá y me sentiré mejor sabiendo que tienes algo mío contigo.
La miro a los ojos, a un paso de romperme a llorar, y la abrazo con fuerza. Sé lo que significa ese colgante para ella y el gesto que acababa de hacer no se podía describir con palabras.
Un agente de la paz entra en la habitación para decirnos que se ha acabado el tiempo, nos abrazamos una vez más y les susurro:
–Los quiero, muchachos.
–Nosotros a ti, Gwen– dicen al mismo tiempo antes de que el agente de la paz los tomara a los dos del brazo y los echara de la habitación, cerrando la puerta de un portazo.
Me vuelvo a sentar en el sofá con el alma en los pies, preparándome mentalmente para el golpe emocional que estaba a punto de recibir. La despedida de mi familia. No estaba segura de poder aguantar el llanto de mi madre y Terran, o la mirada de mi padre. Pero antes de poder planteármelo, los tres entran por la puerta.
Mi madre corrió hasta donde estaba y antes de que pudiera ponerme de pie ella se tiró al suelo y me rodeó la cintura. No me esperaba esto. Ella era la que tenía que consolarme, la que tenía que decirme que todo iba a salir bien. Sin embargo, ahí estaba, acariciándole el cabello y susurrándole palabras llenas de falsas esperanzas, ya que ni yo estaba muy segura de poder lograr salir viva de la arena.
Mi padre se sentó a mi lado y comenzó a hacer círculos con la mano en mi espalda, algo que hacía desde que era pequeña cada vez que mis hermanos o yo llegábamos a mitad de la noche a su habitación a causa de las pesadillas. Terran no tarda en unirse en el sofá y se abraza a mí igual que mi madre. Lo rodeo con mi brazo libre y lo acerco a mi cuerpo, intentando consolarlo.
–¿Dónde están Adam y Clay?– pregunto mirando a mi padre.
–Fuera. Quieren despedirse de ti individualmente– no sé por qué, pero esa información me estruja el corazón.
–Tienes que volver, Gwen– me suplica Terran. Yo me volteo a verlo y le acaricio el pelo.– Por favor.
–Haré todo lo que pueda– le digo y le doy un beso en la frente.
Una vez más el agente de la paz se asoma por la puerta y los tres salen, no sin antes abrazarme cada uno con fuerza.
–Te amo, hija– dice mi madre y luego se marcha junto con mi padre y Terran.
Quería decirle que también la amaba, a los tres, pero ya había perdido la oportunidad. Si muero, nunca más podré decírselos, al menos no en persona.
Los últimos en entrar son Adam y Clay. Adam abre los brazos y yo me lanzo a ellos sin dudarlo, hundiendo mi rostro en su pecho. Huele a tierra y a leña quemada, huele a nuestra casa, y su corazón late a un ritmo que a pesar de ser acelerado, parece tranquilizarme.
–Gwenie, escucha– me dice y su voz resuena en su pecho contra mi oído.– Tienes que conseguir cuchillos, mientras más, mejor.
–Adam...
–No, escúchame. Eres buena, más que buena, tienes la mejor puntería que he visto. Estás hecha para esto.
Estaba hablando lanzar cuchillos. En el Distrito 9 tenemos un pequeño mercado negro, al cual los agentes de paz hace la vista gorda, afortunadamente. Lo llamamos el Invernadero. El nombre suena tonto, lo sé, pero no hay nadie en todo el distrito que no haya entrado ahí dentro. Ahí es donde suelo vender en un pequeño puesto que tengo con mis hermanos las hierbas con dotes medicinales o plantas comestibles que consigo en el bosque. Mis hermanos suelen también vender carne de animales que cazan en el bosque mientras que yo recojo las plantas. Normalmente son animales pequeños, como conejos o ardillas, pero hacen buen dinero. Claro que mis padres y Terran no saben de esto, y si lo hacían, preferían fingir que no lo sabían.
En el Invernadero, además de vender plantas, comida, alcohol y otras cosas, también ahí suelen hacer apuestas con juegos de azar o de puntería, en los cuales suelo ganar. En el primero son solo probabilidades y concentración, mientras que en el otro era solamente tener buena mano. El segundo consistía en lanzar un cuchillo al centro de un blanco, el cual yo la mayoría de las veces acertaba, a pesar de que solían aumentar la distancia de lanzamiento cada vez que se trataba de mí.
Lo que Adam quería era que utilizara esa habilidad contra otro tributo, una persona.
–Adam, no sé si yo pueda...– la voz se me quiebra y me veo obligada a detener para evitar que lágrimas escaparan de mis ojos.
–Claro que puedes– me dice Clay, hablando por primera vez desde que entró.– Es la única manera y estás en ventaja, ya sabes qué clase de arma utilizar.
–Sí, pero eso significa matar a otro ser humano– dijo exasperada.
–Piensa que estás cazando con nosotros– me propone Adam.
–¿Están locos? Estos van a estar armados, piensan igual que yo y de seguro son más fuertes– dijo deshaciendo el abrazo y lo miro incrédula.– Y saben bien que nunca he matado a un ser vivo, ni siquiera una ardilla.
–Pero tú eres mucho más inteligente, de seguro te las ingenias con algo– me anima Clay.
–Pero...
–Gwen, te están encerrando en una arena con otros veintitrés chavales que están dispuestos a matarte con tal de salir, si no te decides por hacer lo mismo lo más seguro es que ellos no dudan en...– no puede terminar la oración, con solo pensar en aquella posibilidad los tres bajamos la mirada.
No podía renunciar. Clay tenía razón, si no los mataba yo, ellos me matarían a mí, por más duro y repugnante que sonara. Las manos me tiemblan, pero digo con seguridad:
–Lo haré– levanto la mirada y los miro a los dos a los ojos.– Pelearé.
–Todos te estaremos apoyando– me dice Adam y esta vez ambos me abrazan.
El agente de la paz entra y los toma a los dos del brazo, ambos se resisten.
–Te amamos, Gwen– me dice Adam, resistiéndose al agente de paz.
–Y yo a ustedes– alcanzo a decir antes de que cierren la puerta con más fuerza de la necesaria.
La estación de tren está cerca del Edificio de Justicia, y aunque nunca había viajado en coche, me mantuve seria, con las manos y labios apretados.
He acertado en lleno al no llorar, porque la estación está abarrotada de periodistas con cámaras apuntándome directo a la cara. El caso de Barley es todo lo contrario. No hay duda alguna de que el pobre estuvo llorando y no pude evitar pensar en Terran al verlo. Pensar que cuando cumpla los doce este podría ser él. Sacudo levemente la cabeza, apartando tal pensamiento de mi cabeza, no lo necesitaba, menos ahora.
Nos quedamos unos minutos en la puerta del tren, mientras que cámaras nos acosan, obteniendo buenas grabaciones de nosotros. Una vez dentro del vagón, las puertas se cierran y el tren comienza a ponerse en marcha.
