Con la sensación de ardor en su garganta Sakura saltó las escaleras de manera errada para llegar a la planta baja de aquella ostentosa —pero en esos momentos terrorífica—, casa cuando el cielo se blanqueó y el trueno que parecía haber caído muy cerca de su ubicación resonó por la estancia, provocándole un escalofrío mientras miraba a lo alto de las escaleras, temerosa de encontrarlo allí al acecho. Él había estado por asesinarla y aunque salió airosa la primera vez, de haber una segunda dudaba obtener el mismo resultado.

Con la mano masajeando su cuello, corrió hasta la puerta de la entrada y la abrió. La lluvia amortiguaba cualquier otro sonido en el exterior, así que no lo dudó, salió corriendo del sitio sin mirar atrás.

Sus pies descalzos chapotearon al entrar en contacto con el camino de grava húmeda que desembocaba en la acera. Recorrió los metros con premura, sintiendo sus pulmones quejarse por el esfuerzo mientras era empapada por la lluvia y buscaba, desorientada, una vía de escape. Miró a ambos lados sin ver mucho en realidad, desesperada por huir. No lo pensó mucho, corrió a su derecha, en su estado creía que por ahí había llegado días antes, aunque no sabía si se trataba de una alucinación o era la realidad. Una corriente de brisa fría traspasó su delgada bata que tan sólo la cubría hasta la mitad de sus muslos. Pero no se detuvo, siguió corriendo hasta que sus piernas protestaron y su pie recibió un pequeño corte en el talón con un fragmento de vidrio que se encontraba oculto entre la mugre llevada por la corriente.

Nerviosa volteó, rezando para no encontrárselo y suspiró. Nadie venía detrás de ella. Ahora solo caminaba a paso rápido mientras cojeaba y las gotas frías de la precipitación seguían mojándola. Todo a su alrededor la ponía de los nervios. Ni una casa contaba con las luces encendidas de decir que podría pedir ayuda al tocar a su puerta.

Su madre pondría el grito en el cielo cuando llegara en ese estado, pero era lo mejor. Nunca debió aceptar cuidar de una persona con la condición mental del azabache. Ella no estaba apta. Nunca lo fue. ¿En qué diablos pensaba? Al carajo la paga, los ahorros para la universidad, su vida era primero, no podía hacer nada sin ella.

Por una milésima de segundo por su mente pasó la idea de que probablemente estaba juzgando mal al Uchiha, no era su culpa ser un esquizofrénico después de todo, pero tan rápido como ese pensamiento vino, se fue. No podía tener consideración con el hombre que la había privado del oxígeno segundos antes, por más que en su interior las dos posturas batallaran en una disputa interminable.

Un sonido a su derecha captó su atención, por lo que con la respiración atorada en su caja torácica miró al sitio cuando un ronroneo se hizo constante.

Las luces la cegaron, por lo que entrecerró sus ojos antes de volver su vista a los pocos kilómetros que la llevarían hasta la seguridad de su casa y siguió caminando como podía; esperando que el auto siguiera su camino. Pero el conductor parecía tener otros planes.

Escuchó el zumbido del vidrio al ser bajado, pero no volteó ni siquiera cuando la llamaron.

—¡Hey! —insistía el desconocido—. ¿Puedo darte un aventón? —Sakura seguía en silencio—. Andar a estas horas sola y con ese atuendo es muy peligroso.

Ella lo sabía, por lo que lo sopesó. Iba semi-desnuda por un vecindario que parecía estar desolado con la lluvia y un corte del que no sabía profundidad como acompañantes. Sí, era peligroso pero al mirar al conductor que le había estado hablando, prefirió seguir de esa manera. Algo en él no le daba buena espina.

—Gracias, pero no —habló por fin, cubriéndose sus pechos desnudos bajo la bata con los brazos.

El automóvil iba a la misma velocidad que ella.

—Puedo ayudarte nena, lo necesitas. Sube —continuó el desconocido.

—Dije que no —espetó cuando la invadían los nervios por la perseverancia que mostraba el sujeto a la idea de que se subiera a su auto.

Un cliqueo la hizo detenerse momentáneamente y mirar atrás cuando escuchó la puerta del conductor ser abierta. El pánico nuevamente la recorrió cuando la sombra del hombre ahora en el exterior se proyectó al término de sus pies.

Su nariz comenzó a escocer cuando las ganas de llorar se hicieron presentes.

—Sube —ya no había tinte de amabilidad en aquella voz.

—No, déjeme sola... por favor —logró musitar retomando su camino a toda velocidad sin molestarse por la punzada de su pie.

—Sólo quiero ayudarte.

—No lo necesito —urgió temblorosa al escuchar los pasos del desconocido tras ella. Osaba seguirla y entonces lo confirmó, nada bueno iba a salir de aquella situación.

Una mano fuerte y callosa se cerró en torno a su antebrazo, sujetándole con fuerza y haciéndole daño.

En ese momento no sabía que habría sido peor, si quedarse en la casa de los Uchiha o haberse arriesgado a salir al exterior.

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En la habitación se instaló el silencio mientras una lágrima recorría el rostro de Sakura al compartir tales recuerdos. Konohamaru le dio su tiempo. Ella había sido atacada dos veces en la misma noche y eso a cualquiera podría afectarle. Ya comenzaba a hacerse una idea de como continuaba la historia cuando la pelirosa estalló en carcajadas de repente, demostrándole una vez más que con su persona nunca sabía que esperarse.

—¿Puedes creer mi mala suerte? —murmuró Sakura.

Konohamaru no compuso expresión alguna cuando le respondió.

—La mala suerte es subjetiva, señora Sakura, pero...

—¿Pero qué? —interrumpió la mujer.

—Nada. ¿Puede continuar o quiere que lo dejemos para mañana?

—¿Ya vienen a hacer una nueva ronda de supervición?

—En unos minutos —respondió él mirando su muñeca.

—Entonces todavía contamos con tiempo suficiente.

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El terror la dominaba al completo mientras Sakura era arrastrada al interior del auto contra su voluntad. Lloraba bajo la lluvia aunque la misma hiciera imposible que se distinguiera su llanto. Mientras forcejeaba, lloriqueando y tratando de pedir ayuda, el desconocido intentaba meterla dentro y ella, al realizar un movimiento deliberado, fue a chocar su cabeza contra la parte superior del auto. Su vista se nubló ante el impacto y su cuerpo se volvió lánguido, por lo que solo contaba con su capacidad auditiva y del tacto; logró distinguir como era soltada bruscamente. Su cabeza parecía haber sido desprendida de su cuerpo por lo que le costaba tener total control de sus movimientos. A lo lejos y borroso distinguió manchas movedizas y jadeos furiosos provenientes de alguien que no lograba ver, así que pensó que alguien la defendía, mientras caía en la inconsciencia. Un susurro de esperanza escapó de sus labios mientras cerraba los ojos.

«Sasuke.»

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Un agudo dolor de cabeza se abrió paso en su cráneo mientras intentaba abrir los ojos. La luz le molestaba en demasía así que se decidió por mantenerlos cerrados, esperando que la puntada pasara, pero transcurridos un par de minutos nada cambiaba. Se llevó la mano derecha a la cabeza que parecía tener los latidos de su corazón y algo le cayó sobre el pecho. Como pudo abrió un ojo, encontrándose con una serie de cables que se afianzaban en su brazo y parpadeó confundida. Lo primero que hizo fue preguntarse donde se encontraba, cómo y cuándo había llegado a la habitación temporal de la mansión Uchiha.

Con una mano libre tocó su cuerpo y se alejó la sabana delgada que cubría su cuerpo, descubriendo que portaba un conjunto que no recordaba haber extraído de su bolsa.

Su cabeza volvió a protestar mientras hacía un esfuerzo por incorporarse y fue entonces cuando distinguió un carraspeo a su izquierda, un sitio en el que no había deparado.

Lentamente y con suma dificultad giró su rostro. Los ojos parecieron querer salírsele de las cuencas cuando lo distinguió sentado en un sillón pequeño a su derecha.

Los recuerdos de la noche anterior regresaron a su mente y volvió a temerle. Él se encontraba allí, de nuevo, después de atacarla. Pero, ¿por qué?

La puerta de la habitación se abrió y por allí apareció un señor de edad avanzada con unas hojas en su mano.

—Ya han llegado los análisis —musito antes de levantar la vista. Deparó en ambos y les saludó antes de acercarse a la cama donde la jóven yacía—. Hola, Sakura. ¿Cómo te sientes?

—Aturdida —razonó.

El doctor le lanzó una sonrisa tranquilizadora y miró hacia donde Sasuke se encontraba.

—¿No han tenido tiempo para hablar? —preguntó.

—Se acaba de despertar —comentó Sasuke, erizándole la piel a Sakura ante su voz. Ésta misma le brindaba tantos recuerdos confusos que su cabeza volvió a punzar de dolor.

—Bien, entonces aprovecharé para ponerte al tanto, Sakura —captó su atención—. Fuiste atacada anoche —la pelirosa no lo interrumpió, recordaba a la perfección el rostro del tipo que la obligaba a montarse en el auto después que ella escapara de Sasuke. Inconscientemente llevó su mano hasta la garganta para acariciarla de un lado a otro—. Has llegado aquí inconsciente por un fuerte golpe en la cabeza, para ser más específico en la cien —le señaló la misma—. ¿Me estás siguiendo?

—Sí, doctor.

Él asintió.

—Has estado en observación toda la noche. A domicilio, porque así él lo quiso —señaló a Sasuke—, y estos son los resultados de las pruebas que te he hecho —ella tragó temerosa de lo que diría a continuación—. Estás en perfecto estado, solo ha sido un susto —suavizó—. Tienes mucha suerte de que te rescataran cuando lo hicieron. Y lo del tobillo sanará solo, así que puedes estar tranquila.

Su dentadura se tensó ante esto último. El único que podía haberla rescatado era la misma persona de la que huía. Esa era la explicación lógica que encontraba. Su atacante pasó a ser su salvador. ¿Ahora debía darle las gracias?

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—¿Sasuke la salvó y le brindó atención médica de calidad la misma noche en que trató de ahorcarla?

—Se podría decir... —supuso Sakura.

Konohamaru aclaró su garganta cuando una pregunta surcó su cerebro. Era lo más lógico pero al parecer con ella todo carecía de eso, de lo más sencillo y fundamental, la lógica.

—¿Después de eso fue a casa?

Vio a la ojijade asentir con lentitud.

—Al día siguiente me fui.

—¿Por qué no ese día?

—Seguía aturdida y el doctor me obligó a estar de reposo.

—¿No le incomodó tener la compañía de uno de sus atacantes? —quiso saber el más joven.

—Claro que sí, pero después llegó una enfermera que no me dejó sola ni un segundo. Y lo admito, bajé la guardia.

—Pero igual se fue al día siguiente, ¿no es así? —preguntó frunciendo el rictus.

—Sí, aunque —Sakura le sonrió escuetamente— ¿quieres que te cuente algo curioso?

—Por supuesto.

—Una vez estuve libre... regresé.

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—¿Por qué has tardado tanto en venir? —preguntó su madre cerrando la puerta después que Sakura entrara.

Se detuvieron en la cocina, pues la mayor cocinaba el almuerzo cuando su hija había tocado a la puerta. La dueña de los ojos verdes tomó asiento sobre un taburete, viendo a su mamá ir y venir con las cosas de la comida. Sonrío un poco.

—No podía dejarlo solo —susurró.

—Cierto, ¿qué edad tiene el niño? ¿Por qué no los trajiste contigo?

Su cuerpo se paralizó ante las preguntas. Ella no sabía nada, y lo mejor era que así continuara.

—Nueve, tiene nueve años —mintió—. Y se ha quedado dormido, por eso no lo he traído.

—¡Sakura! ¿Cómo has podido dejar a un infante solo mientras duerme? ¡Eso está mal!

Todo lo estaba, pensó.

—Estará bien, madre. He venido porque creo que debía decírtelo. Renunciaré a cuidarlo.

La mayor se detuvo en el acto al escucharla. Se giró y la estudió.

—¿Por qué? ¿Qué ocurrió, Sakura? —se extrañó, su descendiente no era de las que se rendía fácilmente. Ni a siete días de iniciar un trabajo.

—Nada mamá, solo no podré seguir cuidándolo. Es muy exhaustivo. Y ahora entiendo por qué sus padres no podían llevárselo —añadió con amargura mientras una imagen de su rostro se reproducía en su mente. Tenía las facciones de un ángel, aunque a su personalidad le acarreaba más similitud a un demonio.

—Un niño difícil, ¿no? —comprendió la otra—. Debes intentar entenderlo, querida. Estuviste emocionada todos estos días por empezar a cuidarlo y recibir la excelente paga. No puedes simplemente dejarlo por alguna pataleta que te haga. Así no eres tú.

Si supiera que dos noches atrás había estado a punto de morir asfixiada por la persona a su cuidado y desde entonces no cruzaba la puerta de su alcoba, sino que dejaba la comida en el pasillo con los medicamentos y tocaba la puerta, alejándose lo más rápido posible. Porque para su extrañeza, Sakura no había dejado de cumplir su función como cuidadora ni una sola vez. Por ello la enfermera que le habían puesto el día anterior tuvo tanto trabajo para mantenerla quieta.

Comenzaba a pensar que sufría un gran caso de masoquismo.

—No es tan fácil —habló al fin.

Después de una larga y enredada conversación con su madre, ésta la dejó regresar para que cuidara del niño presuntamente dormido.

Bastó cerrar la puerta de casa y mirar hacia los arbustos que rodeaban el frente de la fachada para saberlo. Acercándose rebuscó entre las ramas, dando con su bolso y admitiendo en silencio que pese a las circunstancias, en el fondo ella nunca quiso dejarlo.

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Estaba de regreso en aquella enorme casa que ahora solo le provocaba escalofríos. Pero igual permanecía allí. Hablar con su madre le supuso un rayo de luz. Ella no tenía que arriesgarse de esa forma, motivo por el cual en ese momento se encontraba al teléfono, esperando que Mikoto le atendiera la sexta llamada que le había hecho en el día para que estuviese al tanto de su decisión.

Iba de un lado a otro en la sala mientras la contestadora le daba una nueva bienvenida. Chasqueó la lengua, apretando el aparato con fuerza. De tratarse de un material débil ya habría quedado hecho pedazos.

Mordió su labio, sabía que ya no podía estar en aquella casa pero tampoco se creía capaz de irse sin más. Sasuke no podía quedar solo. Le echó la culpa a su sentido de responsabilidad. Porque debía ser eso, ella no podía simplemente dejar tirado un trabajo que le encomendaron, aunque ya puestos ese fuese el caso. La cosa era que no podía dejarlo sin avisar.

Intentó de nuevo, obteniendo un resultado igual a los anteriores. Gruñó de frustración mientras pegaba la pantalla de su móvil una y otra vez en su muslo como una manera para controlar su ansiedad.

Se decidió por enviar un mensaje de texto. Si no podía hablar que por lo menos leyera lo que le tenía que comunicar.

Redactado el mensaje, borrando y reescribiendo múltiples veces hasta que lo envío con premura.

Miró la pantalla de manera ansiosa, esperaba que alguna fuerza divina estuviese de su lado y salvada su conciencia, pudiese salir del sitio sin mirar atrás.

Se sentó en el borde de un sofá pardo con los codos sobre las rodillas y apoyando su frente contra las manos.

—Solo quiero largarme de aquí —admitió en voz alta con los ojos cerrados.

Y justo un instante después de eso escuchó un estruendo proveniente de la planta superior. Como ya se le estaba haciendo costumbre, no tardó en agitarse y buscar la fuente de tal sonido.

Cuando llegó al sitio de dónde provino el ruido, se encontró con lo que antes había sido un jarrón hecho añicos en el pasillo que llevaba a la habitación de Sasuke y aunque no lo creyó en su momento, un portazo resonó.

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—Entonces la escuchó —obvió Konohamaru, mirándola con calma—. ¿Tanto influyó...? ¿Cómo es que se llamaba?

—Sasuke.

Asintió en entendimiento.

—¿Tanto influyó Sasuke en su vida?

Sakura rió ante su pregunta y después negó con su cabeza, sintiendo mechones de cabello soltarse de su moño.

—Él se volvió mi vida —concertó, completamente consciente de sus palabras.

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Tuvo que botar los trozos de costosa porcelana por tres simples y sustanciales razones, la primera porque si no lo hacía dudaba que alguien más se pusiera a ello ya que allí no había servidumbre, y entendía la razón, la segunda porque tenerlo ahí era inapropiado e incómodo y nada le costaba deshacerse de ellos; pero la tercera y más atemorizante era porque temía en el fondo que algo similar a lo de la noche lluviosa ocurriese y se utilizaran como arma blanca en su contra. Paranoica quizás, pero tenía motivos. De sobra.

Con todo en perfecto estado, miró su reloj. Faltaba una hora exactamente para que al azabache le tocara la dosis diaria de medicamentos. Sin nada más que hacer, fue a la cocina por un poco de agua y luego se dirigió a la habitación que esperaba desocupar más tardar el día siguiente. Sin embargo antes de hacerlo, se detuvo a mirar la parte alta de las escaleras.

En ese momento ya no sabía qué creer o esperar.

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Transcurrieron tres días para que el mensaje que le había enviado a la señora Uchiha fuese respondido, y ni siquiera con algo favorable. Ellos simplemente tardarían otros diez días en llegar y Sakura no se podía ir... ¡Claro que podía! Pero no quería, se sentía mal el solo pensarlo. Por más miedo que le generase, continuamente se recordó que Sasuke tenía una condición especial que no escogió. Debía comprenderle, o por lo menos intentarlo.

Recién bañada, se decantó por buscar algo de material grueso que la pudiera abrigar en una mañana tan fría. Unos jeans oscuros con camisa y chaqueta fueron su atuendo para un día con temperatura tan baja.

Tan solo eran las seis y media de la mañana pero debía preparar el desayuno que el pelinegro y ella ingerirían antes que le tocase a él la primera medicina del día. Contaba con el tiempo justo.

Preparó tostadas con mantequilla y tocino y una taza de café. Ella era la única que lo bebía en aquella casa, a Sasuke no le gustaba nada de líquido que no fuese agua.

Sirvió dos platos y guardando uno cubierto en la estufa, colocó el otro sobre la bandeja, con el típico vaso con agua y la pastilla de turno. Exhaló una gran porción de aire para infundirse de valor y tomar rumbo a su habitación.

Frente a la ahora muy conocida puerta de madera, se las arregló para mantener el equilibrio de la comida con su mano y pierna izquierda mientras que con los nudillos derechos tocaba la puerta.

Ésta fue abierta con calma después de darle el primer golpe rítmico y detrás apareció él. Parecía haber tenido una mala noche. Sin decirle una palabra le quitó la bandeja y cerró la puerta en su cara.

Lo mismo se repitió por el resto del día.

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Cinco días. Sólo eso faltaba para que se completaran los veinte que se suponía debía cuidar a Sasuke. Aunque cuidar en realidad era un término ridículo, más como vigilar.

No habían cruzado palabras desde el incidente del jarrón. Sakura ya se hacía a la idea de que así sería el tiempo restante hasta su partida aunque tampoco era como si le molestara. En realidad le parecía mejor de esa manera. O así fue en un principio.

Ya solo faltaba entregarle las dos últimas pastillas del día y podría irse a dormir tranquila. Últimamente lo hacía muy temprano para nada, pues pocas horas podía dormir y luego de despertarse, así fuese a media madrugada no conciliaba el sueño de regreso.

Las conversaciones con su madre eran mucho más constantes, pero la señora Haruno seguía sin ser conocedora de la realidad.

Ino, su mejor amiga, también había dado señales de existencia los últimos días y con sus típicos planes de fiesta, hasta le sugirió en varias ocasiones hacer una pequeña reunión en aquella mansión, la de los Uchiha. Por supuesto se negó en redondo y hasta le dio lata por incitar a hacer tal cosa. No obstante, la verdad era que ya Sakura tenía muchas ganas de respirar otro aire. Su estadía en la mansión se le estaba haciendo insoportable por lo que en un principio fue motivo de alivio, la lejanía del azabache.

Era una locura dada la manera en la que él se había portado desde su llegada, pero si bien no era el ser humano con mayor disposición a una plática, era agradable.

No quería pensar en ello, pero la idea ya estaba allí. Comenzaba a extrañarlo.

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—Comenzó a sentir cosas hacia él.

—No lo quise aceptar, pero así era —admitió Sakura—. Podía fijarme en un chico caballeroso, cuerdo y sin ningún tipo de problemas psicológicos; pero no. Yo tuve que enamorarme de él.

—¿Entonces lo suyo era amor?

Sakura tosió y se recostó un poco más sobre la cama. El sueño seguía llegando.

—Lo era, Konohamaru. ¿Has escuchado eso de que en dificultades extremas los verdaderos sentimientos salen a la luz?

Él negó, porque nunca había escuchado semejante cosa. Lo de ver «tu vida pasar frente a tus ojos» sí, pero no eso.

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Tres días más y se iría de aquella vivienda ostentosa. Debía estar alegre, era eso lo que quería y lo que se repitió una y otra vez para infundirse paciencia y no flaquear.

Como venía haciendo todos los días desde que había aceptado cuidar de él, preparó el desayuno y lo llevó a su recámara. Esa mañana tocó infinitas veces, pero él nunca abrió. El que no respondiera era habitual, pero lo otro comenzaba a angustiarla.

¿Y si le había pasado algo durante la noche?

Con premura dejó la charola en el suelo y fue en busca del manojo de llaves que Mikoto le había mencionado antes de irse por si Sasuke se encerraba. Las apresó en su mano y corrió escaleras arriba. Casi se fue de boca en el penúltimo escalón y aunque su dentadura se salvó, lo mismo no le pasó a su rodilla, que impactó con el filo, generándole una corriente de dolor por todo el hueso. No se detuvo a lamentarse, otras cosas tenían mayor importancia que un simple golpe. Aún adolorida llegó hasta la puerta.

Intentó llamar de nuevo mientras ingresaba la primera llave que escogió al azar. Esa no era la indicada. Golpeó con la palma extendida, sintiendo la madera temblar bajo el azote cuando se le cayó el manojo. Maldiciendo por lo alto, entrando a la histeria, se agachó. Su rodilla replicó y ella se dobló sobre su cuerpo en un vano intento de mitigar el dolor.

—¡Sasuke, abre! —gritó desde el suelo—. Esto no es gracioso, maldita sea —se quejó, luchando contra la coyuntura para incorporarse. Abrió en el quinto intento y su sorpresa no se hizo esperar. La ventana por primera vez estaba abierta, permitiéndole apreciar el cambio drástico que le habían dado a la habitación.

Y Sakura dejó de respirar.

La cama estaba desecha con las colchas regadas de cualquier manera por el suelo, fragmentos del cubo rugby se encontraban igual, las mesas de noche estaban volteadas y el escritorio contaba con la silla a juego despedazada sobre éste, que ya no tenía los cajones, pero lo más espeluznante de todo fueron las paredes.

Había escritos por cada rincón de ellas, no se hallaba ni un centímetro en blanco o sin haber sufrido de aquel repentino vandalismo.

Sakura alzó una mano yendo a la pared de la izquierda, trazando lo que Sasuke antes había escrito. Parecían fórmulas matemáticas, anotaciones científicas, frases en otros idiomas y tablas. No entendía que graficaba, pero nada bueno debía ser. Ningún ser normal hubiese hecho esto. ¿Cuánto le habría llevado? Por el estado, no parecía ser de horas, sino de días... y probablemente noches enteras.

Asustada, registró entre el desastre que adornaba el piso y hasta debajo de la cama, buscando indicios del pelinegro. Pasando por el dolor, miró con desesperación los metros cuadrados.

Sus ojos se posaron sobre un lugar en específico que casi pasaba desapercibido por la inquietante remodelación y Sakura se dirigió a ese sitio. Soltó un nuevo quejido cuando tuvo que alzar su pierna para pasar encima de una de las mesas, y patear algunos de los libros que antes lo había visto leer con suma concentración, llegando por fin a su objetivo. Rezaba para que no estuviese con llave, no quería volver a pasar por adivinanzas de cerraduras.

Afortunadamente la manilla cedió a la primera girada, por lo que con cuidado miró dentro del cuarto de baño. La luz de la habitación se coló y le permitió ver en el interior. Solo tuvo oportunidad de distinguir el cuerpo que estaba tirado en el piso.

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—¿Estaba... muerto? —inquirió Konohamaru con un mal presentimiento.

Sakura le miró por largos segundos y al final negó, acomodando las almohadas tras su cuello.

—No. Sólo se había desmayado —sus ojos se aguaron mientras miraba sus pies cubiertos por medias blancas. Era notorio que ese recuerdo le dolía—. Pero menudo susto me dio esa vez.

Surgió un nuevo respiro para que pudiese recomponerse y continuar con su historia que hacía mucho había absorbido toda la atención del joven que no dejaba ir esa sensación de que algo malo ocurriría. Tarde o temprano.

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Arrodillada en el suelo, tocó su hombro. Se sentía tibio pero seguía sin contestar a su llamado. Con un poco de fuerza pudo voltearlo hasta ponerlo de espaldas al suelo. Sasuke solo portaba una prenda inferior de color negro, y Sakura se acercó a su pecho para escuchar sus latidos. Suspiró inaudiblemente cuando el sonido llegó a su oído. Quiso llorar, por un momento, del más puro alivio. Pero no podía hacerlo, Sasuke parecía inconsciente. Palmeó su rostro un par de veces, sin obtener respuesta. Nerviosa, lanzó un poco de agua sobre su rostro. El resultado fue el mismo.

Tenía que hacer algo, estaba vivo al menos.

Buscó por el lugar y reconoció una portátil encendida tirada de cualquier manera sobre el piso del baño, a unos pocos pies de distancia de Sasuke. La pantalla estaba encendida, y en ella un anuncio deprimente se remarcaba en grandes letras negras y mayúsculas. Sus ojos se abrieron mientras leía lo que estás decían, casi absorta por la poca información que la página le ofrecía, pero cuando hizo amago para acercarse y descubrir más, su rodilla sana chocó contra el muslo del azabache, y esa fue su señal para establecer prioridades y encargarse del hombre inconsciente al que se suponía debía cuidar.

Como pudo y aguantando su dolor en la rodilla lo tomó por la parte baja de sus antebrazos y los arrastró por el desastre de la alcoba hasta que estuvo sobre la cama de la que ella había terminado de quitar las colchas.

Tenía ganas de tirarse del cabello. Fue una tonta, ¿cómo era que no se había dado cuenta de lo que ocurría? ¿Qué clase de trabajo hizo todo este tiempo?

Mientras se recriminaba, una idea le vino a la mente.

Alcohol.

Buscó por toda la casa y cuando por fin dio con un frasco se sentía histérica, lo abrió con poco cuidado, derramando unas cuantas gotas sobre la alfombra para luego pasarlo debajo de su nariz, mirando los párpados cerrados del azabache queriendo ver algún tipo de movimiento.

Para cuando por fin los ojos ónix le dieron la bienvenida, Sakura no podía estar más aliviada y embargada de emociones.

Se lanzó a abrazarlo con efusividad mientras derramaba espesas lágrimas por su cuello.

—Sasuke —sollozó—. Me alegra que estés bien —afirmó su agarre, sin ver lo extrañado que estaba por su repentina acción—. No vuelvas a hacerme esto.

El aludido no dijo nada, solo se dedicó a mirar las paredes que lo rodeaban sintiendo un agudo dolor de cabeza abrirse paso. No recordaba haberlo hecho. Hizo una mueca mientras ella se pegaba más a él, pero al final se rindió y la envolvió con sus brazos, esperando que Sakura, con esa aura de luz que le pareció ver desde que se la topó por primera vez, pudiese espantar todas las sombras que lo acechaban.

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Ese mismo día, más tarde, Sakura ayudó como pudo a regresar la habitación a su estado original, menos las paredes, claro está, para cubrir los escritos deberían retapizarla en su totalidad.

La pelirosa seguía con su molestia en la pierna, pero no quería delatarse frente a Sasuke quien estaba más que concentrado en volver a tener todo en orden. Mientras levantaban los trozos que quedaron de la silla sobre el escritorio, Sakura pudo apreciar algo en lo que hasta el momento no había deparado. Extendió su mano para tomarlo y cuando sus dedos hicieron contacto con el frío material, tomándolo para poder verlo mejor, éste fue arrebatado bruscamente de sus dedos. Miró a Sasuke, sobresaltada, sin notar que por instinto había saltado hacia atrás. Él tenía la mirada pérdida observando la montura fotográfica, hasta que con un suspiro de dura melancolía lo guardó dentro de una de las mesas de noche que había vuelto a su sitio.

Sakura no dijo nada, y fue entonces cuando recordó el encabezado de la página en el computador de él. Podía tacharse de curiosa, pero sabía que la única manera de conseguir más información era yendo hacia esta. Y lo haría, esa misma noche se trasnocharía, de ser necesario, para averiguar más sobre Sasuke Uchiha.

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Unas cuantas horas después, ya con casi todo en su lugar y como antes, solo faltaban las paredes de la habitación. Sasuke dijo que se encargaría de eso, aunque Sakura no sabía bien a qué se refería con esas palabras.

Agotados y viendo que pasaba la medianoche, concordaron que lo mejor era irse a dormir y descansar. La pelirosa no puso quejas por dos simples razones; ella ya sentía el sueño avecinarse y además una cita con las noticias más impactantes de la comunidad estaba pautado. Porque por más cansada que estuviese, averiguaría que era eso que tanto perturbada al azabache.

En su habitación, recostada en su cama y con su teléfono en mano, tuvo un pequeño lapso de tiempo en el que se debatían dos partes opuestas de su ser. Una afirmaba que eso no era de su incumbencia y que quien buscaba lo que no debía, se enteraba de lo que no quería. Mientras, su otra parte, la noble, en contraposición con la lógica, la incitaba a indagar, descubrir, y quizás así conseguir una manera de poder entenderlo, porque Sakura dudaba que el episodio que tuvo el azabache fuera ocasionado por algún agente externo. A penas despertó él no se comportó como aquella noche lluviosa; su semblante no era para nada el de un demente. Era más pesaroso, su rostro denotando tristeza, tormento, dolor, impotencia... resignación. Pero nada de locura.

A todas las emociones que por una vez pudo ver en el rostro de Sasuke Uchiha, le atribuyó su curiosidad. Tal escena la impactó y agrandó su necesidad de querer saber más de él.

¿Quién podía culparla? Se trataba del indescifrable hijo de los adinerados Uchiha.

Sin darle más pie a su disputa interna, entró al navegador de su celular, que la llevó directamente a Google. Mordió su labio, dudando un poco más.

Pero entonces a su mente regresaba ese rostro, la combinación de todas las emociones que nunca se permitía exteriorizar. Y lo hizo. Buscó por lo que recordaba, decía el anuncio en el computador del azabache antes de que tuviese que atenderlo.

Miles de resultados aparecieron, uno más desconcertante que otro. Pero el tercero fue el que más se asemejó a su búsqueda. Cliqueó éste y esperó, su mente trabajando a mil por hora. Efectivamente, la página pertenecía a un periódico local y había sido actualizada esa misma mañana para subir aquel reportaje. La lujosa casa en la que se presumía vivían los Uchiha antes de la catástrofe estaba plasmada en la foto principal, pero no era esa misma en la que estaba. Ellos se habían mudado.

Para cuando por fin entendió de qué iba la página, sus ojos fueron directo al encabezado. No cabía duda, era la misma página que Sasuke había visitado.

Y no lo pudo evitar, el teléfono cayó hacia su pecho cuando de la impresión resbaló de su mano. Ésta fue la misma que llevó a su boca mientras sentía que algo le arrancaban con cada nueva respiración.

Los ojos jade se humedecieron y de ellos una lágrima traicionera rodó cuesta abajo por su mejilla. Sakura siempre había sido una llorona, pero esa noche más que nunca, contaba con razones para hacerlo.

¿Logró entenderlo? No se sabía a ciencia cierta, estaba hecha un revoltijo de emociones para cuando rompió en llanto.

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No le fue fácil salir de la habitación esa mañana como si todavía fuese ignorante de lo que había sucedido en aquella familia llena de secretos. ¿Cómo no pudo notarlo antes? ¿Por qué no indagó antes de aceptar el trabajo?

Cerrando la puerta de la alcoba, escuchó un sonido desde la planta superior. Corrió rápido hacia las escaleras, esperando encontrarse con algo que nuevamente la desplomara, pero tal fue su sorpresa cuando vio a Sasuke subiendo un rollo de lo que presumía era tela azul clara por los escalones, con suma dificultad, pues era un rollo entero y su escasa actividad física no ayudaba con su condición. Sakura carraspeó cuando se detuvo jadeando y con la cabeza levemente inclinada hacia el piso.

―¿Te ayudo? ―ofreció, tomándolo por sorpresa. Él miró en su dirección al instante, sus hebras azabaches moviéndose por la acción e hipnotizándola el tiempo en cámara lenta que duraba ondulación.

―No ―graznó.

Allí Sakura entendió que volvían a lo de antes. Y no le molestó, al contrario, una sonrisa alegre se abrió paso entre sus labios rosa.

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Como lo había imaginado, el rollo que resultó ser papel tapiz fue directo a la habitación del azabache, donde ella entró para llevar el desayuno, sintiendo la escena tremendamente familiar. Distinguió una espátula y algunos tipos de pegamento mientras el azabache se encontraba de rodillas en el piso haciendo los cortes pertinentes para que cada pared quedara intacta. Por la destreza que mostraba no pudo reprimirse y preguntar: ¿era la primera vez que algo así sucedía?

―Sasuke ―susurró, con la bandeja en sus manos―. Aquí tienes el desayuno y tu medicamento.

Su anuncio fue recibido con un gruñido y cero contacto visual. No le molestó, es más, se dedicó a observarlo mientras seguía en lo suyo, ensimismado.

De pronto su mente se trasladó a lo que leyó horas atrás y tuvo que abandonar la habitación cuando sus ojos se empañaron. No lo conocía en demasía, pero no era difícil adivinar que a Sasuke no le agradaría enterarse que ella ya estaba al tanto de lo sucedido, ni que sentía lastima, que no era eso, pero estaba más que segura, lo tomaría como tal.

En otra situación y quizás si el azabache se mostrara más dado al intercambio, ella lo habría abrazado. Como la noche anterior, ese calor extendiéndose por su torso cuando no la alejó y hasta por instantes le correspondió.

Qué bien se sintió cuando sus brazos la rodearon.

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Faltaban dos días para que los Uchiha regresaran y contrario a lo que pensó en un comienzo, ya ella no se sentía tan ansiosa porque ese momento llegara. Iba a extrañarlo, por más ilógico que eso resultase. Y le comenzaba a preocupar. No podía apegarse en demasía con una persona tan efímera como Sasuke, él pronto representaría un ente pasajero en su vida. Y nada más. Debería poder sacárselo de su mente con facilidad, pero aún sin saber con toda certeza lo que sentía por él, dudaba que fuese tan fácil.

Suspiró sentada en su cama después de haberle dado el almuerzo al azabache. Contaba con un par de horas libres antes de que la comida, o la próxima toma de medicamentos llegaran, así que se recostó y miró por la ventana despejada de cortinas a su derecha.

Era una tarde fresca y despejada, muy linda como para salir a tomar el sol en la enorme pero baldía piscina o hacer un picnic.

¿Accedería Sasuke a acompañarla?

Tan pronto esa pregunta fue formulada en su mente, la descartó.

Ni en sus más lindas fantasías.

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—¿Y entonces que hizo para distraerse? —pidió saber Konohamaru con sutileza mientras se ponía de pie y estiraba sus largas piernas.

Sakura lo observó pasear por la habitación.

—Repetir mi martirio... —admitió con un suspiro.

El joven enfermero que se había detenido frente a la ventana de la habitación volteó a verla con la interrogante impresa en su expresión.

—¿Repetir...? ¿Su martirio? ¿Y ese cuál era?

Sakura esbozó una sonrisa burlona mientras lo miraba sin pestañear.

—¿Has dejado de prestarme atención? ¿Acaso estoy perdiendo mi tiempo al contarte lo que nadie más sabe? Dímelo y así te podrás ir y yo dormiré hasta mañana.

Las cejas del hombre fueron a parar al inicio de su cabello por la impresión. Eso no se lo esperaba.

—Por supuesto que le estoy poniendo toda mi atención a su relato, señora Sakura.

—Pues o me estás mintiendo o eres tonto... —se encogió de hombros.

Konohamaru no se sentía ofendido, sería doble trabajo, así que con un suspiro volvió a tomar posición en el asiento a los pies de la cama de la mayor, quien parecía satisfecha.

—Leyó de nuevo la historia de los Uchiha —dictaminó después de pensarlo un poco.

Sakura le guiño un ojo.

—Muy inteligente, Konohamaru.

El aludido no le prestó demasiada atención al tono empleado y acercó la silla un poco más.

—¿Y ahora sí va a contarme sobre lo que descubrió por internet?

La mujer se echo a reír en sus narices. Medio risa, medio tos, como ya era costumbre.

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—Ten —Sakura extendió su mano con el medicamento de turno en dirección. Una pequeña sonrisa bailaba en sus labios mientras el azabache limpiaba sus manos del resto del pegamento que había utilizado para poner en completo orden su habitación. Si no hubiese sido testigo, la ojijade dudaría que algo como lo del día anterior había ocurrido. Sasuke prácticamente le arrebató las cápsulas de la palma, tragandoselas en seco, pues no se molestó en beber del vaso de agua que yacía intacto en la otra mano de la muchacha. Sakura miró el vaso lleno y luego un suspiro quedó salió de sus labios.

—Ya puedes irte —desechó el azabache tan pronto hubo tragado el medicamento, viéndola cabizbaja en medio de su habitación y sin intención aparente de mover un pie siquiera. Además algo le parecía extraño en ella... La sentía cambiante, pasiva.

—Te quedó muy bonita la habitación —respondió ella apenas alzó la mirada de regreso a los iris ónix—. Parece el trabajo de un profesional.

Sasuke frunció sus cejas con notorio desagrado.

—Vete.

Sakura parpadeó ante su tono, pero su cuerpo no respondía a las órdenes del azabache, pues permaneció en el mismo sitio.

—Yo...

—¡Fuera! —fue fulminada con exasperación.

El agua del vaso casi cae a la alfombra cuando ella saltó en el sitio, impresionada por el grito que acababa de escuchar.

—¿Qué ocurre? ¿Por qué te comportas así?

El azabache la miró con fijeza, antes de sonreír de manera ladina y un tanto amenazadora. Pero Sakura solo podía pensar en lo guapo que se veía al inclinar sus comisuras en un gesto tan difícil de ver.

—Los locos nos comportamos así, Sakura.

Ésta abrió sus ojos y separó los labios un instante antes de ver como él, decidido a no prestarle mayor atención, se puso a recoger los materiales que había estado empleando durante todo el día. No era idiota, él podía no siempre visitar el exterior, pero sabía categorizar la personalidad de un individuo con solo observarlo un par de minutos. Con la pelirosa no había sido la excepción por lo que había utilizado tales conocimientos para hacer que lo dejara a solas en su alcoba. Ese lugar que casi siempre lo hacia sentir seguro, pero en el que ahora contaba con una extraña sensación. Dudaba que tuviese que ver con las paredes, era más por la compañía que tenía y los recuerdos de uno de sus pocos momentos débiles. Nunca debió permitir que lo abrazara ni mucho menos corresponderle, para él el contacto físico era sinónimo de algo malo. No obstante, su confusión se daba al no sentir esa sensación, sino una totalmente opuesta... una que le susurraba al oído que si se daba la oportunidad, algo bueno podría pasar. Hasta que la escuchó hablar y todo pensamiento agradable fue reemplazado por la furia y el desconcierto.

—Tu no eres un loco. Sólo has pasado por situaciones difíciles que te han hecho...

Sasuke no la dejó terminar, pues inmediatamente había corrido en su dirección. Sakura se dio cuenta de su fatal error cuando la tomó con fuerza por los antebrazos mientras su mirada paseaba por los orbes verdes de manera desenfrenada.

El agarre de sus dedos se intensificó y su visión comenzó a oscurecerse por los bordes. De pronto el rostro de Sakura era lo único que alcanzaba a enfocar.

—¡¿Qué has dicho?!

Sakura gimió de dolor e intentó separarse, más el pelinegro no se lo permitió.

—Yo... solo he dicho lo que pienso. Tú no eres más que... una víctima —balbuceó con miedo.

—¿Qué es lo que sabes? —gruño, fuera de sí.

—Nada...

—Lo preguntaré una puta vez más —siseó—. ¡¿Qué es lo que sabes?! —mientras expulsaba cada palabra la apretó y zarandeó con violencia, sin importarle las lágrimas que iban acumulándose en los ojos de Sakura.

—Lo sé todo. Investigue por internet y... supe todo.

—¿Qué es todo para ti?

—Sé —pasó saliva cuando las lágrimas descendían por sus mejillas—, sé lo de tu hermano... Me enteré que los secuestraron cuando tenías siete años de edad y él diez... que por defenderte cuando iban a asesinarte murió y tu lo viste... todo.

Cayó sentada al piso cuando él la soltó y de repente no tuvo fuerza para mantenerse por si sola. Y lloró mucho más.


Música de suspenso cuando terminen de leer, por favor xD

Aquí ya está la segunda parte de mi historia, solo falta una y terminamos. ¿Qué les ha parecido hasta el momento?

Ojalá sea de su agrado.

Saludos.