Capitulo 1
Los Ángeles, 2011
Terrence Grandchester recorría los pasillos del hospital Cedars-Sinai Medical Center. A medida que avanzaba con paso firme, cada mujer que se encontraba allí volteaba a verlo. Resultaba casi imposible para un hombre como él pasar desapercibido para el género femenino. De 1.85 metros de altura, bajo el traje de diseñador se podían percibir los fuertes músculos de su torso. Con el cabello color castaño, a la altura de los hombros, peinado hacia atrás y unos ojos de un color azul profundo, fácilmente podría confundirse con uno de los más famosos actores de Hollywood.
Se detuvo frente a la puerta de una de las habitaciones privadas del segundo piso. Dio un largo suspiro antes le golpear.
Una joven enfermera pelirroja de unos 25 años abrió la puerta.
- Señor Grandchester, buenos días – Lo saludo la enfermera tímidamente.
- Buenos días señorita. – Contesto cortésmente. - ¿Cómo se encuentra el Señor White?
- Acabo de aplicarle las medicinas. Esta despierto en estos momentos si gusta pasar a verlo.
- Muchas gracias – Dijo dirigiéndose al interior de la habitación, en tanto que la enfermera salía.
- Sólo puede quedarse 10 minutos. – Dijo la enfermera antes de cerrar la puerta.
La habitación era bastante amplia y confortable para tratarse de un cuarto de hospital. Estaba pintada en tonos claros. En uno de los rincones había un sillón chippendale del siglo XVIII, y cerca de él se encontraba una pequeña mesita Luis XIV. Para Terry, era un escenario un tanto cómico, puesto que esos dos muebles no tenían relación alguna con la enorme cama ortopédica y los demás aparatos. Aunque probablemente un enfermo cardiaco como Jeremy White daría poca importancia a la decoración de una habitación.
Jeremy estaba postrado en la cama conectado a todos esos aparatos vitales para él. Terry no podía entender como un hombre fuerte y poderoso como lo era Jeremy se encontraba en esa situación. Pero hacia un par de años, su corazón había comenzado a fallar. Su cardiólogo había atribuido aquello al estrés al cual Jeremy había estado expuesto desde que heredara los negocios familiares. Jeremy había dedicado su vida entera a ello, desde que había sido puesto al mando, el patrimonio de las empresas White había crecido considerablemente. Por todo ello, Terry admiraba a aquel hombre.
Terry había crecido en el barrio de Queens, en Nueva York. Había tenido que superar muchos desafíos para convertirse en el hombre que era. De niño, vivió en una pequeña casa que apenas tenía los servicios básicos. Su padre había sido un hombre borracho y golpeador que había muerto cuando Terry tenía 19 años, en un enfrentamiento con la policía. Aun por las noches, cuando se acostaba en su cama y cerraba sus ojos, podía escuchar los gritos desesperados de su madre rogando que no la matase. Terry también había sufrido en carne propia los maltratos de su padre cuando inocentemente le pedía que no lastimase a su madre. Por ello, al enterarse de su muerte, no fue capaz de derramar ni una sola lagrima por él.
Luego de ello, las cosas no fueron mejores. Terry tuvo que dividir su tiempo entre los estudios y el trabajo para poder mantener a su madre, y cuando por fin logro licenciarse en leyes, fue muy difícil para él conseguir un puesto de trabajo. Por esta razón decidió mudarse a Los Ángeles junto a su madre. Allí conoció a Jeremy White, casi accidentalmente. Terry había ido a pedir trabajo a una de sus empresas pero lo habían rechazado. Al salir, se encontró con Jeremy, quien vio algo especial en aquel joven de 23 años. De esa forma le dio trabajo como su asistente y le fue enseñando todo lo que debía saber, hasta que logro convertirse en su mano derecha.
A los 28 años, Terry era considerado un hombre con mucha influencia dentro de la empresa. Él era la única persona en la que Jeremy White confiaba plenamente.
Se acerco a Jeremy, quien al abrir los ojos y verlo a él, gesticulo una débil sonrisa.
- Terry... ¿Cómo estás? – Le pregunto esforzándose al pronunciar cada palabra.
- Creo que eso tendría que preguntártelo yo a ti.
- No, Terry... sé que no me queda mucho tiempo.
- No diga eso – Terry sabía que era cierto. La salud de Jeremy había ido decayendo progresivamente. El último infarto que había tenido casi termina con su vida. Según los médicos, era un milagro que aun siguiera respirando.
- Lo sé, lo sé – Jeremy levanto su mano para que lo dejara hablar. – Sé que estoy muriendo, Terry. Sólo quiero saber si averiguaste lo que te pedí.
- Si. De hecho, no ha sido muy difícil.
- Entonces... ¿La has encontrado?
- Ella está aquí, en Los Ángeles.
- ¿Qué está en Los Ángeles dices? – Pregunto Jeremy sorprendido.
- El investigador que he contratado me lo ha dicho. – Contesto Terry – Al parecer su familia se ha mudado a esta ciudad hace aproximadamente 12 años. Las cosas en ese pueblo en que vivían... Lakewood, no habían ido muy bien. Tuvieron que vender su casa. El señor Britter consiguió trabajo en un bufete de abogados. Al parecer uno de los socios fue su compañero en la universidad.
- ¿Tienes su dirección?
- Por supuesto. Tengo todos los datos que puedan llegar a interesarte sobre ella y su familia. – Contesto Terry algo preocupado por el semblante de Jeremy. - ¿Ocurre algo malo? Estas muy pálido. Será mejor que llame a la enfermera.
- No, no... Estoy bien – Se apresuro a contestar – es solo que...
- ¿Qué? – Pregunto Terry - ¿Qué es lo que pasa?
- El bastardo de Britter – Respondió Jeremy con enojo en su voz. – Ese maldito bastardo ha estado cerca todo este tiempo y nunca me ha permitido conocer a mi nieta.
- ¿Nunca has intentado acercarte a ella?
- ¡Por supuesto que lo he intentado! – Grito Jeremy exaltado, preocupando aún más a Terry – Mil veces lo he intentado, pero siempre me lo prohibió. No pude hacer nada...
- Pero... ¿Qué ganaría él con prohibirte ver a tu nieta?
- El maldito de Britter siempre me ha odiado, puesto que nunca acepte su matrimonio con mi hija – Al nombrar a Faith, los ojos de Jeremy reflejaron una profunda tristeza. – Y no estaba equivocado. Faith está muerta por su culpa, y lo único que me queda de ella es mi pequeña Candice... y también me la ha quitado.
Terry miro su reloj y se dio cuenta de que el tiempo se había agotado.
- Debo irme – Le dijo a Jeremy - ¿Quieres que haga algo?
- Si – Contesto él – Necesito un último favor.
- Lo que sea.
- Necesito que traigas a Candice... Quiero verla antes de morir.
Terry se sintió compungido al escuchar sus últimas palabras. Pero si podía hacer algo más por el hombre al que le debía tanto, sin duda lo haría.
- No te preocupes... La traeré mañana mismo.
- Solo algo más – Le dijo antes de despedirse – Trata de que Britter no sepa nada. Lo conozco y sé que no permitiría que ella me visitase.
- Claro que si – Y sin más, salió de la habitación preguntándose como haría para traer a aquella niña al hospital.
En la sala de una modesta casa en el barrio de Northridge, en Los Ángeles se estaba produciendo una acalorada discusión entre dos miembros de la familia.
-¿¡Por qué lo has hecho! – Gritó la rubia de ojos verdes, mientras agitaba nerviosamente sus brazos.
- Ya te lo he dicho, Candy... No fue mi culpa, solo sucedió... – Contesto la morocha de ojos azules despreocupadamente con una sonrisa ladina en los labios.
- ¡No es cierto! Lo has hecho a propósito.
- Claro que no – Contesto su hermana con fingida inocencia – No entiendo por qué crees esas cosas de mí.
- No es necesario que sigas fingiendo, Annie.
- ¿Qué es lo que pasa aquí? – Pregunto una voz tras ellas.
- No es nada mamá – Contesto Annie – Sólo lo de siempre, Candy me acusa de cosas que no he hecho.
- ¡Eso no es cierto! – Dijo Candy dirigiéndose a su madre. – Annie me ha traicionado, se ha estado viendo con Archie. – Candy ya no pudo contener las lágrimas en sus ojos.
- ¿Es eso cierto Annie? – Pregunto su madre.
- Bueno... es que... – Annie comenzó a sacar sus mejores dotes de actriz, y sus ojos también se llenaron de lágrimas. – Lo siento tanto... es que Archie y yo... simplemente nos hemos enamorado.
- No es cierto. Lo has estado acosando desde que te enteraste que era mi novio. – Protesto Candy.
- ¡Ya basta! – Dijo su madre para evitar que las jóvenes siguieran discutiendo. – Annie, ve a tu habitación. Candy, ven a la cocina, allí podremos hablar más tranquilas.
- Pero mamá... – Protesto Annie.
- Ya te lo he dicho Annie, en un rato estoy contigo.
- Esta bien – Annie subió a su habitación, no sin antes lanzarle una sonrisa de triunfo a su hermana.
- Ven Candy.
Una vez en la cocina, Caroline le preparo un té de manzanilla a Candy para que se tranquilice. Se lo entregó, y Candy comenzó a beberlo con unos pequeños sorbos.
- Ahora dime – Le dijo Caroline colocando una mano encima de la de Candy. - ¿Qué fue exactamente lo que paso?
Candy dejo la tasa sobre la mesa, y miro a Caroline.
- Hoy... en la escuela... – Comenzó a decir Candy – estábamos en el receso y... yo me dirigía hacia el salón de Patty – Dijo refiriéndose a Patricia O'Brien, una de sus mejores amigas. – entonces... en uno de los pasillos algo me llamo la atención, y entonces... los vi – A Candy comenzaba a quebrarse la voz a medida que recordaba la imagen de su novio y su hermana juntos – Archie y Annie... se estaban... besando.
- Oh! Candy... – Le dijo Caroline en tono maternal – Lo siento mucho... pero tú eres muy joven, estoy segura que encontraras a alguien que te merezca de verdad.
- ¡Pero no es justo! Yo amaba a Archie... y ellos me engañaron.
- Lo sé querida, pero es mejor que te hayas dado cuenta ahora y no cuando sea demasiado tarde.
- ¡Eso lo dices porque Annie es tu hija!
- ¡Claro que no! – Contesto Caroline – Yo las quiero a ambas por igual.
- No es cierto – Dijo Candy poniéndose de pie. – Tú y Charles siempre la han preferido a ella. Yo solo soy una bastarda.
- No Candy, no digas eso... – Caroline se puso de pie e intento abrazarla, pero ella no se lo permitió.
Candy salió corriendo de la cocina y se dirigió a su habitación. Era cierto que Caroline siempre había intentado tratar a ambas por igual. Pero Candy notaba que cuando la miraba a ella, sus ojos no brillaban de la misma manera como cuando miraba a Annie. Y lo mismo sucedía con Charles. A pesar de ser su padre biológico, Candy no podía llamarlo papá.
De pequeña, Candy siempre se había sentido relegada en su propia familia. Sus abuelos prácticamente la ignoraban cada vez que iban de visita. Cuando le preguntaba a Charles por su madre, él esquivaba la conversación inmediatamente. Solo sabía que se habían conocido en la universidad y se habían separado antes de saber que su madre estaba embarazada. Luego se había casado con Caroline, aunque para Candy los números no cuadraban, ya que su hermana era solo 3 días menor que ella, lo cual quería decir que Charles había embarazado a ambas casi al mismo tiempo. Po supuesto que él siempre había ignorado sus preguntas acerca del tema, hasta que Candy se canso de preguntar.
Pero lo que más le dolía a Candy, era no tener siquiera una foto de su madre, ni saber donde estaba enterrada. Su padre nunca quiso contarle nada acerca de ella.
Y por supuesto, después estaba Annie, su perfecta hermana. Annie siempre había tratado de quitarle todo a Candy, sus cosas, el amor de sus padres y abuelos... y ahora a Archie. Pero ya era suficiente, eso era lo último que le permitiría a su hermana.
Entró a su habitación. Era la más pequeña de las tres habitaciones del segundo piso. Sus padres, por supuesto, ocupaban la habitación matrimonial, mientras que Annie se había apoderado de la más espaciosa de las dos restantes. La habitación de Candy estaba pintada de color rosa. Solo había espacio allí para una cama de algarrobo con un edredón del mismo color que las paredes, un escritorio con varios libros, un armario, y una pequeña mesita al lado de su cama.
Candy se dirigió hacia el armario y saco de allí un pequeño bolso que tenía preparado con sus cosas para ir a las clases de Ballet. La discusión con Annie y la charla con Caroline la habían retrasado, y tenía que apurarse si quería llegar a tiempo a su clase, de lo contrario, sabía que Madame Romanovsky se enfadaría mucho.
Recogió sus cosas, y sin despedirse de nadie se dirigió a la parada de autobús.
Candy practicaba Ballet desde los 5 años de edad y había descubierto que esa era su verdadera pasión. Desde hace 10 años había estado estudiando con Inga Romanovsky, una mujer de unos 50 años que de joven había formado parte del Ballet Imperial Ruso. Era una mujer muy estricta, pero Candy sentía cariño por ella.
Los ensayos habían comenzado con el precalentamiento en la barra, después de que Madame Romanovsky riñera levemente a Candy por haber llegado 5 minutos tarde. Luego de ello, la clase siguió con normalidad.
Al terminar, Candy estaba en el vestidor charlando con Tara Hobbs, otra de sus mejores amigas.
- Entonces dices que Archie te ha estado engañando. – Dijo Tara como una afirmación más que pregunta.
- Si. Y con Annie.
- No me extraña de ella... siempre te ha envidiado.
- ¿Eso crees?
- Claro que si – Dijo mientras se ponía un Sweater. – Ella no quiere a Archie. Solo lo quería porque tú lo tenías. Si me preguntas... creo que estas mejor sin él.
- Eso mismo me dijo Caroline.
- Ya verás que encontraras a alguien mejor que Archie.
Cuando terminaron de vestirse, se dirigieron hacia la salida. Pero no se dieron cuenta del Mercedes negro que estaba aparcado frente al edificio, ni del hombre que estaba parado junto al vehículo, quien al ver salir a la rubia se acerco a ella.
Candy se quedo sorprendida al verlo. Ese hombre era, sin duda, el más apuesto que había visto en su vida.
- Buenas tardes, señorita Britter – Dijo aquel hombre extendiéndole la mano. – Mi nombre es Terrence Grandchester.
Continuará...
