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Reto por: Shouty-shoutmon. King Shoutmon x Agumon. Yaoi +18


Insubordinados

No eran ni las diez de la mañana y el salón del palacio del rey era un hervidero. Los sirvientes y guardias hablaban entre ellos, se hacían preguntas pero nadie conseguía soltar respuestas convincentes. Todos especulaban esto y aquello, pero no había nada claro. Ni el rey ni sus guardianes habían aparecido todavía, y las preguntas no hacían más que multiplicarse.

Pasada media hora de bullicio y dudas, las puertas macizas que se ubicaban tras el gran asiento real se abrieron lenta y pesadamente. Todos callaron al instante y se volvieron silenciosa y respetuosamente. Shoutmon puso ambos pies en el salón y los servidores del lugar se inclinaron con respeto ante su señor. A su lado le acompañaban su mejor amigo y consejero, Ballistamon, y su guardaespaldas, Agumon. Generalmente el rey se veía acompañado por un tercer digimon, pero el mismo que estaba ahora ausente era el causante del escándalo y las dudas. Shoutmon cerró con fuerza su puño y contuvo un gesto furioso.

—Ese mocoso…—murmuró evitando chirriar los dientes.

Echó a andar seguido de sus acompañantes, atravesando el salón con toda su servidumbre despidiéndole en silencio, mientras el rey abandonaba su castillo. En las puertas del palacio, Knightmon aguardaba arrodillado la llegada de su señor. Un segundo digimon, alto y vestido de negro le acompañaba en la espera. Ambos saludaron al monarca, quien les devolvió el gesto y preguntó:

— ¿Qué noticias hay?

—Nuestros guardias le vieron escabullirse hacia el poblado y arrojarse al río, mi señor—explicó Knightmon sin levantar los ojos del suelo—. Le perdieron la pista en este punto, pero algunos pueblerinos aseguran haberle visto cerca de la aldea. Nos lo acaban de informar nuestros mensajeros más rápidos.

—Es probable que ese enano ya esté masticado y digerido—soltó Agumon atrás con cierta sorna—. Los digimon que viven en el DigiQuartz se vuelven aún más peligrosos y agresivos que los de esta parte del mundo digital.

—Y es probable que te arranque la lengua si sigues haciendo esos comentarios, Agumon—le acalló el rey enviándole una mirada severa y regresando su atención a los otros dos. Agumon solo frunció el ceño y no dijo nada.

— ¿Desea que vaya por él, alteza?—preguntó Gokuumon mirándole seriamente desde arriba—Después podré llevárselo a Sanzomon: hace mucho tiempo quiere hablar con él.

—No—sentenció Shoutmon, ajustándose un poco la bufanda y echando a caminar—. Yo iré por él. Ese mocoso empieza a agotar mi paciencia y tengo que enseñarle quién manda.

Cerca del atardecer, los guardias vislumbraron la silueta del rey acercándose por la entrada principal que conducía al castillo. Venía arrastrando un bulto por tierra, pero su paso era firme y constante. Varios se adelantaron a recibirle, Ballistamon y Dorulumon entre ellos. Su guardaespaldas por el contrario, se quedó en las puertas cruzado de brazos y esperando. Los guardias recibieron a su señor y los amigos con su viejo camarada.

—Tardaste un poco más esta vez—comentó Dorulumon sonriendo y mirando al digimon que venía tirado por la cola.

—Se escabulle como la mejor de las sabandijas—respondió el rey tironeando al otro abajo—. Pero no tiene nada nuevo que enseñarle a este perro viejo.

— ¡Y aunque lo tuviera no lo aprenderías!—exclamó Gumdramon golpeando el suelo con sus puños, en una especie de pataleta. Estaba tan debilitado por la paliza que le había dado su señor que apenas consiguió levantar un poco de polvo del suelo.

—Ya—le respondió Shoutmon—, cuando tengas algo interesante para mostrarme, estaré encantado de verte hacer el ridículo.

El digimon le entregó el furibundo dragón púrpura a Knightmon, quien se lo llevó al interior del castillo seguido de otros guardias. Repondrían sus heridas y le darían un largo sermón sobre lo que había hecho, siempre remarcándole lo importante de su posición como el protegido del rey y las grandes oportunidades que Gumdramon estaba desperdiciando de no querer aceptar su custodia y entrenamiento. En cuanto pasaron por su lado cargando al capturado, Agumon le observó alejarse de reojo. Gumdramon captó su mirada pesada, se tiró el párpado inferior y le enseñó la lengua. Como respuesta, Agumon le despidió con un gesto displicente y un guiño: no era él quien pasaría encerrado las próximas cuatro horas escuchando hablar a los más viejos sobre su comportamiento.

Se volvió en cuanto el rey y sus dos compañeros pisaron la entrada del palacio. Agumon saludó a su señor con un gesto de cabeza.

—Puedo sugerir un collar y una cadena—apuntó el dinosaurio naranja apuntándose el cuello.

—Puedo sugerir que te calles—espetó Shoutmon, arriscando la nariz y entrando al lugar, seguido de Ballistamon.

Dorulumon se quedó atrás para intercambiar unas palabras con el irreverente servidor del rey.

— ¿Cómo es que le haces enfadar tanto y aun así te tiene como su guardaespaldas?—quiso saber el lobo, frunciendo un poco el ceño y contrariado de la situación.

Agumon se encogió de hombros y se cruzó de brazos.

—Con todos haciendo exactamente lo que él dice, creo que al rey le viene bien tener a alguien que le contradiga alguna vez y no lo complazca como todos por aquí.

—Creía que Gumdramon ya se encargaba de eso.

—Es que Gumdramon no está a mi altura—respondió el otro, cerrando los ojos y entrando al castillo.

Y no estaba muy lejos de la verdad.

Gumdramon era especialista en hacer enfurecer a Shoutmon con sus escapadas, pero los comentarios mordaces de Agumon al respecto podían malograrle el día entero y hacer que se preocupara aún más por el dragón más joven. Sin embargo y en el fondo, Shoutmon siempre se sorprendía de escucharle decir algo nuevo respecto al digimon morado y a ratos salía con jugadas muy divertidas, que lejos de irritarle, le hacían sonreírse solo cuando se acordaba de ellas.

Sin embargo, el rey tenía a ese sardónico y frío servidor por motivos también personales. Conocía mejor que nadie el desinterés de Agumon por servirle. Jamás le había pedido nada, y hasta la fecha no parecía interesado ni en poder ni en título de ningún tipo. Su lealtad era incomparable y eso que llevaba conociéndole menos tiempo que a sus viejos camaradas con los que ayudó a salvar el mundo digital. Era absolutamente capaz de cualquier cosa por Shoutmon, incluso forzarse a sí mismo a llevarse bien con el insufrible de Gumdramon y enseñarle sus trucos. No todos por supuesto: no podía entregar a su rival todas sus armas así sin más.

Los otros motivos que Shoutmon tenía para tolerar al digimon eran desconocidos aún para los más allegados del rey: un motivo en específico que solo conocían Agumon y él.

—Se te va a escapar de nuevo—soltó el dinosaurio naranja, tamborileando con sus garras en la puerta.

El rey lo miró por sobre el hombro y desató la bufanda amarilla de su cuello sin prestarle más atención.

—No es que eso te importe o te preocupe—le respondió simplemente y sabiendo lo que pasaba por la cabeza del otro.

—Cierto. Por mi ese gusano puede perderse para siempre en el DigiQuartz o se lo puede comer cualquier aberración nacida por allí—respondió abierta y honestamente, como era su costumbre—. Pero temo que si eso pasa alguien va a deprimirse durante días. Tal vez semanas o meses—se cruzó de brazos y se detuvo a la mitad de la habitación en penumbras—. Te preocupas demasiado por una rata callejera.

—Y tú le tienes celos a esa rata callejera—respondió el rey moviendo un poco la cabeza con su cuello soltando un ruido no muy agradable. Luego miró de nuevo por sobre su hombro con una sonrisa despectiva.

Agumon estaba tan serio como no lo había estado antes. El comentario le había sentado fatal.

—Él no es mejor que yo—sentenció cerrando sus garras en un puño apretado.

—Lo será.

—No lo será. Ni ahora ni nunca.

Shoutmon se sentó al borde de la gigantesca cama e hizo un gesto con la mano que daba a entender que sí, le seguía la cuerda. Fuera lo que Agumon dijera, estaba bien. Esto por supuesto fue una provocación que el otro no pudo tolerar. El digimon rojo procedió a quitarse las orejeras, pero no alcanzó a dejarlas sobre la mesa de noche. Su brazo se quedó estirado en el aire, mientras los brazos más fuertes de Agumon le rodearon por la cintura y lo presionaron contra el digimon a su espalda. Sintió el peso del otro sobre su cola y su aliento caliente en el cuello.

— ¿Por qué lo haces?

— ¿Hacer qué?—preguntó el rey, haciéndose el desentendido.

—Ponerlo a él por sobre mí. Preocuparte tanto por él; él ni siquiera quiere tu atención.

— ¿Qué caso tiene que me preocupe por ti?—preguntó el rey por segunda vez y mirando al techo. Las manos de Agumon se cerraron con fuerza en torno a él, probablemente herido por el comentario. El digimon mayor sonrió—Eres diez veces más fuerte que él. Tal vez unas veinte.

— ¿Entonces?—quiso saber el otro, despegándose ligeramente y tratando de contener su enfado. No podía ver una razón en aquello.

—Tengo esperanzas puestas en ese chico. Grandes esperanzas. Sé que llegará a ser muy grande un día, y él también quiere serlo.

— ¿Y qué se supone que tienes para mí?—preguntó Agumon, ofendido.

Shoutmon sonrió para sí y cerró los ojos. Con su mano libre sostuvo la cabeza de su guardián que asomaba por sobre su hombro. Dejó caer las orejeras al suelo y con su otra mano ahora libre, sostuvo la de Agumon y la deslizó por su estómago.

—Para ti tengo otras cosas.


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