Hacía ya prácticamente un año que viajaba con el Doctor. O eso es lo que creo, pues cuando te dedicas a viajar por la línea espacio-temporal resulta bastante complicado conseguir un calendario y controlar los días que van pasando.
Durante todo ese tiempo pude estar observándole y aprendiendo sobre él. Me había enterado de que él también era un extraterrestre, que había tenido muchísimas compañeras – lo que por alguna razón no me hacía demasiada gracia – y visto muchos mundos, y también me había explicado cómo llegó a destrozar todo su planeta y encerrarlo en una guerra llamada La Guerra del Tiempo. Y cuanto más sabía de él, cuanto más conocía y más le comprendía, comprendía lo muy solo que debía sentirse y lo muy sabio que debía ser, más notaba que no quería separarme nunca de él… Por mucho que, de alguna forma, tenía la sensación que algo iba a salir mal. Pero aun así preferí ignorarlo, pensar que solo era miedo o nervios, porque aun que me engañara a mi misma pensando que lo que sentía era solo admiración, en el fondo de mi corazón sabía que no era eso, ya que tenía miedo: miedo a no ser más que otra compañera, miedo a que ya hubiera estado enamorado de alguna de ellas y no la hubiese podido olvidar, miedo a no ser suficientemente buena. Y de eso os voy a hablar, del día en que cruelmente fuimos separados.
Aquel día yo había estado limpiando la Tardis y quejándome de lo desordenado que tenía todo aquello, cuando encontré un cachivache muy extraño. Era redondo, con una bola parecida a una bombilla en su centro, y varios botones a sus lados.
- ¿Doctor? –le llamé mientras me acercaba a la terminal de la Tardis, dónde él se dedicaba a golpear botones con machetes y accionar palancas. - ¿Qué es esto? No parece un destornillador sónico…
- ¡Un momento! – exclamó antes de golpear otro botón con su machete y mirar lo que llevaba en la mano. – Oh, eso es… ¡Espera! ¡No deberías tocar eso! – dijo, arrebatándolo de mis manos. – De verdad, eres tan curiosa como ella…
- ¿Ella? ¿Quién? – fruncí el cejo, llena de curiosidad.
- Nadie, no es nada, lo importante es que no debes tocar esto.
- De acuerdo, de acuerdo, pero… ¿Qué es? – volví a preguntar.
- Es un Colector de Mónadas. – respondió, pero al mirarme comprendió que debía explicarse mejor. – Podríamos decir que es una bomba que al activarse captura el alma de cualquier ser viviente, venga de donde venga.
- ¿Así que es cierto que los seres vivos tenemos alma? – me sorprendí. – Y pensaba que a ti no te gustaba nada utilizar armas…
- Sí, bueno, creo que vuestro concepto de alma está algo equivocado. Es una substancia simple, pero formada por átomos que no son físicos, si no metafísicos… - como siempre, iba moviendo la mano que tenía libre de un lado al otro mientras se explicaba, pero era obvio que por muy lista que fuera, yo no estaba entendiendo nada, así que dejó de hablar. – Bleh, todo eso es palabrería. Lo que importa es que esta es una de mis armas secretas por si los Daleks volvieran. – asentí al recordar el momento en que me explicó quién eran los Daleks.
- Entiendo… Un momento, ¿una de mis armas secretas? ¿Acaso tienes otra?
- Sí, bueno, es una larga historia… - murmuró a la vez que agarró el machete de nuevo y golpeó otro botón.
Esta vez la Tardis reaccionó sacudiéndose, hábilmente tirándonos a ambos por los suelos y centrifugándonos. No fue hasta después de unos cinco minutos que paró, y para entonces ya nos habíamos agarrado el uno al otro, resultando esa conexión en un abrazo en el suelo, aun que no nos diéramos cuenta hasta que el temblor ya había acabado. Nos miramos a los ojos durante un segundo y poco más antes de que el Doctor se levantara rápidamente, sacudiéndose la ropa que había estado llevando desde el día de su decimosegunda regeneración, que consistía en una americana a cuadros color beige agrisado con cuatro bolsillos, unos pantalones gris casi negro, un pin con forma de botón del que se había encaprichado la vez que visitamos Japón enganchado en la solapa izquierda de la americana, un chaleco color salmón apagado ... y unas gafas de esas grandes y casi cuadradas, como él decía, "para decorar".
- Vaya, aun no me he acostumbrado a este nuevo cuerpo… - se quejaba mientras volvía a dirigirse a la terminal de la Tardis para escanear los alrededores. - Es tan torpe… Y encima tampoco es pelirrojo…
Sin esperar a que confirmase que no había ningún extraterrestre fuera, salí de la Tardis. Parecía que habíamos aterrizado en más o menos el mismo año en que me fui con él. Di vueltas en círculos, intentando inquirir sobre la ciudad o pueblo en el que estábamos, y llegué a la conclusión de que debía ser algún pueblecillo a las afueras de Cardiff.
- Parece que alguien está interfiriendo con las ondas del escáner… - oí como decía el Doctor a lo lejos.
- ¿El qué? – pregunté, sin haber entendido lo que me había dicho, cuando de repente empecé a sentir como un pitido se introducía en mis orejas.
Me las tapé rápidamente, ya que me estaba dando una sensación extraña, cuando empezó a dolerme la cabeza.
- Doctor… - murmuré. - ¡Duele!
- ¡No puedo oírte, espera un momento, Violet! – respondió desde dentro de la Tardis.
- El dolor… de cabeza… - aun que decía eso, aquello fue más que un dolor de cabeza: me estaba debilitando, cada vez me costaba más sostenerme de pie. – Doctor… Ayuda… - fue lo último que recuerdo haber dicho antes de que todo se volviese negro y oyese un gran golpe.
Cuando fui capaz de volver a mí y analizar mí alrededor parar mentalizarme de dónde estaba, un montón de escalofríos recorrieron toda mi espalda. No podía tocar el suelo con los pies. Estaba atada de manos, colgando del techo, en lo que parecía un gran almacén oscuro y abandonado. Forcejeé, intentando escurrir las manos a través de las cuerdas, pero me fue imposible. Cuando hube abandonado esa idea, me decidí a llamar la atención de lo que fuera que me había raptado y llevado hasta ahí. Miré a i alrededor una vez más, y esta vez observé un gran barril de acero a escasos metros hacia la derecha. Mordí mis labios, consciente de que la fricción de las cuerdas iba a dolerme y mucho, pero también sabía que podía ser la única manera de hacerles venir, así que empecé a balancearme. Al principio solo conseguía moverme unos centímetros, pero con el paso de los minutos llegué a avanzar un metro, sentía como la cuerda rascaba mis muñecas bruscamente. Aun así, cuando conseguí darle una buena patada al barril y hacerlo caer, provocando así un gran estruendo, tan solo tenía ganas de reír, sintiéndome victoriosa.
- ¡BIEN! – exclamé muy fuertemente, intentando engañar a esos extraterrestres.
- Alerta, alerta, detectamos un movimiento peligroso en la habitación de la prisionera. – de nuevo, el pitido volvió a mis oídos, pero esta vez no era aturdidor, era solo… ruido. Miré hacia la puerta de la que provenía esa voz, una voz mecánica y aguda. En ese momento, el portón acabó de abrirse y de él empezaron a aparecer docenas de unas cosas muy extrañas, parecía máquinas que se movían encima de lo que guardaba un gran parecido a la base de una tabla de planchar, tenían grandes bolas enganchadas por todo el metal, y unas cuantas antenas. – Falsa alarma. La prisionera sigue atrapada. La prisionera ha intentado engañar a los Daleks.
- ¡Hey, que tengo un nombre…! – pero antes de decir ni una palabra más, paré de hablar. Mi respiración se ralentizó, y casi podría decir que mi pulso también. ¿Habría oído bien? - ¿…Daleks? Sois… ¿Daleks?
- Afirmativo. Los Daleks ya esperábamos que poseyeras información sobre nosotros. Somos conscientes de quién eres. Representas un peligro para los Daleks. Hay que exterminarte. – respondió otro de ellos.
- ¿Qué sabéis quién soy yo…? ¿A qué os referís..? – les intenté preguntar, confundida.
- ¡SILENCIO! ¡La prisionera no tiene permiso para ejecutar más preguntas! – gritó el primero que había hablado. - ¡EXTERMINAR!
En ese momento no sabía qué pensar. No sabía si debía tener miedo, si estar convencida de que aquellos eran mis últimos segundos de vida, si dentro de poco dejaría de sentir el frío y la humedad, o si debía tener fe. Os preguntaréis en qué podía tener fe en esa situación, ¿cierto? Podía tener fe en…
- ¡Daleks! – se oyó una voz retumbar desde la misma puerta por donde habían entrado los extraterrestres. – Os ordeno que la dejéis ir.
- El Doctor, el mayor enemigo de los Daleks, ¡el Doctor! – empezaron a menearse todos, esta vez mirando hacia él y reculando: parecían verdaderamente agitados.
- Así es, esto no es lo esperabais, ¿verdad? – dijo con tono satisfecho, dirigiendo su mirada hacia mí y guiñándome el ojo. En ese momento sentí una sonrisa hacerse camino entre todo el miedo que había tenido.
- Por mucho que nos ordenes eso, no hay poder en el universo que pueda parar a los Daleks. ¡Daleks, hay que exterminarla! ¡OBEDECED! ¡INMEDIATAMENTE!–gritó el mismo de antes. Sin embargo, los demás se miraban los unos a los otros, confusos ante la presencia del Doctor, quien iba avanzando lentamente hacia ellos. - ¡He dicho inmediatamente! – uno de ellos se giró hacia mí, apuntándome con esa especie de pistola de rayos láser.
- ¡Esperad! - exclamó el Doctor. De nuevo, todos los Daleks parecían paralizados ante el sonido de su voz. Era casi espeluznante: en sus ojos mecánicos se podía leer lo mucho que le temían y odiaban a la vez. – Estoy aquí para proponeros un intercambio. – dijo totalmente serio, alzando sus manos en dirección a aquel mini ejército, pero mirándome a mí por unos segundos, pero no era capaz de entender qué era lo que tenía planeado. Aun así, empecé a sentir más y más pánico.
- …Habla.- dijo de nuevo el mismo, esta vez más interesado en el Doctor que en matarme.
- Os cambio a la chica… - explicó, señalándome. – Por mí mismo. El Doctor. Tendréis el honor… de matar al Doctor.
Todos los Daleks volvieron a mirarse entre sí antes de hacer una piña y empezar a murmurar cosas, discutiendo. Aproveché esos momentos para mirarle frunciendo el ceño, exigiendo explicaciones, pero él solo me sonreía y levantaba el pulgar. Finalmente los extraterrestres volvieron a escamparse, todos de cara al Doctor.
- Los Daleks aceptan el trato. – respondió uno de ellos.
- Bien. Entonces si me lo permitís, la desataré. – dijo mientras empezaba a caminar en mi dirección.
Todos los Daleks se apartaban, haciéndole camino pero sin quitarle su único ojo de encima. En cuanto estuvo en frente mío, sacó su destornillador sónico del bolsillo y lo apuntó a la cuerda, apretando el botón. Gracias A la diferencia de altura él podía mirarme a los ojos por mucho que yo no pudiera ni siquiera tocar el suelo. Entonces fue cuando apartó un mechón de pelo de mi oreja, puso su mano libre sobre mi espalda y me acercó a él, situando su boca casi a tocar de mi oreja, y empezó a susurrarme.
- Violet, necesito que me escuches. Es crucial que hagas todo lo que te voy a decir, paso por paso, sin saltarte nada. En cuanto acabe de desatarte voy a darte mi destornillador sónico. En este he instalado un botón nuevo, es azul oscuro y lleva grabado "ON". Necesito que, en cuanto estés libre, salgas corriendo del edificio, tan rápido como puedas, busques una ventana baja que dé a esta sala y observes. Y lo último que necesito es que, cuando yo dé la señal, presiones el botón. – la cuerda se rompió y me dejó ir, provocando que cayera bruscamente y el Doctor tuviera que sujetarme con la mano que tenía en mi espalda. Apoyó su frente sobre la mía y me miró directamente a los ojos, colocando suavemente el destornillador en mis manos.
- ¿Pero cuál será la señal? – pregunté horrorizada, era la primera vez que pasaba ese miedo, aquello realmente era temor genuino.
- Lo sabrás en cuanto la veas. Confía en mí… soy el Doctor. – respondió, suavemente. – Tan solo quiero decirte una cosa más, una última cosa, por favor… - murmuraba mientras volvía a acercarse a mí para susurrarme algo al oído, y es que nunca olvidaré esas palabras, las que de alguna forma le dieron sentido a todo. – Solo hay un motivo por el que le confiaría a alguien mi destornillador sónico. – me aparté un poco para poder mirarle, notaba como mis ojos se iban llenando de lágrimas y negaba instintivamente con la cabeza. – Y no necesita ser dicha.
- Se acabó el tiempo de las despedidas. Los sentimentalismos son inútiles. Huye, humana. – reclamó otro de los Daleks antes de que yo saliera corriendo sin mirar atrás, tal y como me había pedido el Doctor.
Una vez estuve fuera del almacén empecé a buscar alguna ventana, y cuando por fin la encontré me di cuenta de que yo estaba llorando. Hacía mucho que no lloraba de verdad. Pero aun así, eso ahora no era lo más importante: me asomé por la ventana poniéndome de puntillas, para ver como los Daleks tenían al Doctor rodeado e iban cerrando el círculo lentamente. También podía observar como el Doctor iba hablándoles de alguna cosa que no podía oír. Y finalmente, cuando dejó de hacerlo y los Daleks estaban a un escaso metro de él, miró hacia la ventana y me sonrió. La sonrisa más triste que nunca antes había visto. Y sin embargo en ese mismo instante lo supe: era la señal. Así que me mordí un puño para evitar gemir mientras lloraba, agarré el destornillador sónico y pulsé el botón.
De uno de los cuatro bolsillos de su americana empezó a salir un objeto que brillaba con una luz intensamente celeste. Ese objeto empezó a alzarse y alzarse, hasta que llegó un punto en el que se detuvo. Entonces logré reconocerlo: era el Colector de Mónadas. Abrí los ojos fuertemente y me pegué a la ventana gritando, suplicando, al darme cuenta de lo que iba a pasar. Los Daleks intentaban escaparse, sin existo, ya que antes de que pudieran lograrlo el colector produjo una gran onda expansiva y unas luces empezaron a escaparse por sus ojos, entrando dentro de la esfera del aparato. También podía ver como una pequeña luz blanca salía del pecho del Doctor, y estoy segura de que nunca podré borrar esa imagen de la cabeza. Una vez el colector volvió a cerrarse y cayó al suelo junto con todos los Daleks y el Doctor, entré al almacén de nuevo. Fui corriendo hasta él y me arrodillé a su lado, tomando su cabeza entre mis brazos.
- ¡Vamos! ¡Regenérate! – gritaba en desesperación. - ¡Sé que puedes hacerlo! No puedes… No puedes volver a dejarme sola…
De repente vi como su mano se alzaba y me acariciaba una mejilla. Aun así, fui incapaz de dejar de llorar.
- Ningún ser vivo podría regenerarse sin un alma… - me explicó con voz débil. – Escúchame, necesito que hagas una última cosa por mí… - le miré a los ojos y asentí.
Él cerró los ojos, y de alguna forma yo ya sabía lo que debía hacer. Cerré también los míos y fui acercando mi rostro hacia el suyo, podía sentir su leve respiración contra mi piel, cuando nuestros labios se unieron. En aquel mismo momento noté como algo entraba en mí, y aun teniendo los ojos cerrados podía ver una luz, una luz dorada que iba creciendo en mi interior, tomando la forma de un órgano vital. Sentí como si toda yo estuviese siendo modificada, como si cada célula de mi cuerpo estuviera siendo mutada, como si hubiera un torbellino en mis pulmones… todo eso en unos escasos minutos.
Y cuando todo cesó, aun que me sentía extraña, pude abrir los ojos. Me reincorporé y le miré por última vez, ya estaba totalmente inmóvil. Le dejé suavemente en el suelo y cogí sus gafas. Me levanté para recoger alguno de los vidrios de las puertas que habían sido destrozadas, agarré mi melena y la corté. Sentía como un viento, un viento que golpeaba mi piel, pero de forma diferente. Sentía como si pudiera controlar ese viento, como si pudiera controlar cada uno de los latidos de mis dos nuevos corazones, como si pudiera controlar absolutamente todo lo que había a mi alrededor. Y llegué a una conclusión: Así es como se siente un Señor del Tiempo.
