CAP.1 EL SEÑOR DE LAS HADAS
Usune corría a toda velocidad a través del bosque de la niebla. Sabía que si paraba en algún momento se perdería pues esa era la maldición de aquel lugar, aquel que dudara se quedaría perdido para siempre. Una vez lo cruzara hallaría el valle de los lagos, tendría que pedir ayuda a las hadas que habitaban el lugar para encontrar la cueva donde en esa época del año habitaba Ama-lur. Sólo la Dama blanca, la dama de la luz, podría ayudarle a encontrar la forma de salvar al príncipe Hodei.
Cuando el príncipe cumplió la mayoría de edad un extraño mal le adoleció. Sus brillantes y vivaces ojos se apagaron y un halo de aflicción envolvió su persona. El príncipe ya no sonreía y su carácter cada vez estaba más... "ensombrecido".
Pero su mayor pena no era que el príncipe dejara de estar tan alegre como siempre. Aunque todo el pueblo lamentara su mal, pues tenía la capacidad contagiar sus sentimientos al pueblo de una manera casi mágica, su mayor pena era que ella también estaba dejando de sonreír. Desde que sus padres murieron cuidar de su hermana pequeña había sido su única preocupación. Los reyes, en su bondad, se ocuparon de ellas, permitiéndoles vivir en palacio como parte del servicio. Allí, Alaia había conocido al príncipe Hodei, haciéndose inseparables. Cuando Hodei enfermó ella también calló en una horrible depresión pues la empatía del príncipe era más intensa en ella que en el resto de los súbditos del reino. Por eso Usune se había propuesto salvarlos a ambos aun a costa de su propia vida.
Corría y corría sumida en sus propios pensamientos para evitar que las nieblas de aquel bosque mágico turbaran su razón. El camino, cada vez más angosto, dificultaba su avance mientras la bruma se espesaba impidiéndola ver más allá de sus propias narices.
Una rama traicionera se cruzó en su camino haciéndola caer. Se levantó veloz consciente de que el menor despiste sería su perdición, pero en el momento en el que dio un nuevo paso se precipitó por una pequeña hendedura en el camino golpeándose la cabeza y perdiendo el conocimiento.
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Oía voces, pero no sabía bien si era fruto de su imaginación o no.
— Mi Señor... ¿qué cree que es?
— No lo sé White, nunca antes vi un ser similar.
— Y... ¿qué quieres hacer con él?
— Me lo llevaré, si está en mis dominios es mío.
Las voces se hicieron lejanas. Apenas sentía su cuerpo pero tenía la sensación de que se estaba moviendo. Abrió ligeramente los ojos encontrándose con dos enormes pupilas de un color verde oliva intenso que la observaban de cerca. "¿Quién eres? ¿Estoy soñando? Murmuró justo antes de volver a perder el conocimiento.
Cuando Usune despertó ya no se encontraba en el bosque, o al menos en la base del mismo. Estaba en lo que parecía ser la morada de un ser mágico: un pequeño palacete construido sobre la copa de un gran árbol, una secuoya seguramente. Toda la construcción estaba hecha con ramas y hojas del gran árbol, incluso la jaula donde despertó.
— ¡Mirad! ¡Ya está despertando!
— Sshh West, mejor no la asustemos. — Un grupo de extrañas hadas la observaban. Eran cuatro y, si no fuera por sus orejas puntiagudas y sus alas de libélula, podrían haber pasado por chicas normales del pueblo, eso sí, de una belleza excepcional.
— ¿Dónde estoy? — acertó a preguntar Usune, todavía algo traspuesta por el golpe y, seguramente, por el viaje hasta allí.
— Estas en la morada de nuestro Señor en el bosque de la nada. — Habló un hada de cabellos y ojos celestes que parecía ser la más seria de todas ellas. — Ahora que has despertado te llevaremos ante él, pero primero hemos de prepararte, no puedes presentarte ante nuestro señor así de andrajosa.
Era cierto, la caída o el viaje hasta allí, o quizás ambos, había hecho harapos su ropa. Incluso su capucha estaba hecha jirones. Una de las hadas, que le recordaba ligeramente a su hermana por su larga cabellera rubia y ojos azules, abrió la jaula acercándose a ella con un vestido en sus manos. El primer instinto de Usune fue alejarse temerosa.
— No tengas miedo... — Su voz era suave y tranquilizadora. — Lo dejaré aquí y volveremos en un rato para llevarte con nuestro Señor. Te hemos dejado un cuenco con agua tibia para que puedas asearte un poco también.
Tal y como prometieron, la dejaron sola.
El salón en el que el Señor de las hadas de aquel bosque la esperaba estaba tallado en el propio tronco del árbol. Era curioso como mediante lo que parecían vidrieras de ámbar habían conseguido llenar de una tenue luz el lugar.
El "Señor" estaba sentado en su trono en actitud relajada, apoyando sus piernas sobre uno de los brazos del asiento mientras jugueteaba con una rama de nogal y otra pequeña hada, mucho más diminuta que las cuatro hadas que acompañaban a Usune. Al igual que las ellas, lo único que lo diferenciaba de cualquier chico del pueblo eran sus puntiagudas orejas y sus alas, las de él ligeramente más grandes y con un juego doble más, como diferenciándo así su estatus. Vestía de negro, con una larga chaqueta que le llegaba casi a los pies. Sus dedos eran largos y su cabello oscuro, de un negro azabache puro. Pero lo que más llamó la atención de Usune fueron sus ojos, unos enormes y expresivos ojos de color verde oliva. Aquellos ojos... los había visto antes... ¡fue él quien la recogió del bosque!
Las hadas dejaron a la joven frente al trono. La curiosidad que causó en su Señor se hizo evidente al momento. Tampoco era de extrañar. Usune era una de las jóvenes más bellas del reino, tenía un largo cabello castaño claro, color calabaza, su padre incluso solía decirle cariñosamente así "calabacita". Sus ojos eran de color avellana, intensos y vivaces, mostraban sin palabras el tipo de mujer decidida y fuerte que era, así, mientras el joven la observaba ella le mantuvo la mirada sin titubear. Los ropajes de hada, en tonos azules y blancos, destacaban sus rasgos y acentuaban la figura de mujer que, con su mayoría de edad, había empezado a delinear con exquisita armonía sus curvas.
— Eres una hembra — dijo al fin el Señor —pero no eres un hada...
— Tú tampoco pareces un hada. — Se atrevió a replicarle la joven, lo que desconcertó al Señor del lugar. Los murmullos del resto de hadas hicieron eco de la osadía de la muchacha.
— ¡Por supuesto que no soy un hada! — un ligero tono de molestia se hizo evidente en su voz. — Soy un duende, uno de los más poderosos del reino, soy el Duende Negro, rey de las hadas y Señor del bosque. Pero tú... nunca antes vi un ser como tú...
— ¿Nunca antes habías visto un humano?
"¿Ha dicho un humano?"" Sí, sí un humano..." las vocecillas indiscretas de las hadas nuevamente intervenían en la conversación.
— Es evidente que no... - respondió el muchacho. — Y... ¿tienes nombre?
— Claro — la extraña y desconfiada forma en la que le hizo aquella simple pregunta, la confundió. - Me llamo Usune.
"!Oh, tiene nombre! ¡Le dijo su nombre al Señor!" el murmullo de las hadas se hizo especialmente intenso esta vez.
— ¿Qué ocurre? ¿Acaso vosotros no tenéis nombre?
— No, por supuesto que no. Un nombre da poder a tu enemigo. Por eso no tenemos nombre. Ellas simplemente son las Hadas del Norte, del Sur, del Este y del Oeste, y esta pequeña es la Hada Blanca. Eres muy osada diciendo tu nombre tan a la ligera...
— No lo sé... para los humanos un nombre es sólo eso, un nombre...
Usune miraba extrañada al joven duende que por unos segundos quedó pensativo.
—Y... ¿Qué te atrajo a mis dominios? — Cambió de tema.
— Cruzaba el bosque para llegar al valle de los lagos. — Usune pensó que tal vez siendo sincera podría obtener su ayuda, al fin y al cabo, aquel duende, a pesar de su lúgubre aspecto, estaba acompañado por hadas por lo que seguro era un ser de luz. Su madre la enseñó a confiar en los seres de luz. — Necesito encontrar a la Señora Ama-lur.
"¡Ohhh!" exclamaron las hadas al unísono.
— ¿Y para que buscas a la Dama Blanca?
— Es la única que puede ayudarme a salvar a mi señor, al príncipe Hodei. — La joven ocultó sus verdaderos motivos, consideró que si aquel plan no funcionaba, era mejor q a aquel ser desconociera la existencia de su hermana.
— Y... ese príncipe... ¿Es humano como tú? — El Duende Negro la dio la espalda regresando a su trono. Usune asintió ante su pregunta. — Y... ¿es muy importante para ti?
— Es lo más importante en mi vida. — El silencio se hizo entre ambos.
— Baa... no creo que mi madre quiera ayudar a un ser inferior como tú. — Su tono había cambiado de repente, era más arrogante y... cruel.
— ¿Por qué dices eso? La Dama Blanca es buena y siempre ha cuidado de nuestro reino... - Usune ignoró su cambio de actitud. — Por cierto, ¿has dicho que es tu madre? ¿Podrías ayudarme e interceder ante ella?
Al oír su reclamo el muchacho dejo escapar una enorme risotada de la que hicieron eco las hadas allí reunidas, exagerando su emoción.
— ¡Silencio! — gritó antes de continuar. — ¿por qué iba a querer ayudarte?
— Porque tú también eres un ser de luz ¿no? Los seres de luz sois buenos y cuidáis de los humanos.
— Yo no soy como el resto de seres de luz... ¿acaso no lo notaste?
"¡Qué tonta!" "Mira que pensar que nuestro Señor es como los demás" las voces de las hadas continuaban interviniendo, eran como una radio encendida y olvidada al fondo de la habitación.
— No he estado con muchos seres de luz...
— Entiendo... de todos modos no es posible que te ayude.
— Entonces déjame seguir mi camino, por favor... — Usune ya no sabía qué carta jugar con el extraño. Sus cambios de humor la confundían.
— No puedo.
La joven levantó la vista, esta vez fue ella quien cambió su actitud, desafiándole con la mirada.
— No puedes impedírmelo.
— Si puedo. Ahora me perteneces.
La rabia de la incertidumbre por la dirección que estaba tomando la conversación casi hace perder los estribos a la castaña, pero logró sosegarse. Tenía que ser inteligente si quería escapar de allí.
— Nadie pertenece a nadie. Nuestra libertad es el don más preciado de todo ser que habita este mundo.
El joven la miró intrigado por sus palabras y la determinación con que la chica las había pronunciado.
— Me gusta tu osadía... quizás te dé una oportunidad...
"¡Ooohhh!" exclamaron las Hadas "¡El Señor quiere jugar!¡Nos encantan los juegos del amo!"
Usune no entendía bien qué estaba ocurriendo, aún así, permaneció callada mientras el Duende Negro meditaba su siguiente movimiento. Desde que aquella curiosa entrevista había comenzado su interés y curiosidad por aquel joven había aumentado, llegando incluso a turbarla.
— De acuerdo, te daré una oportunidad. Además... parece que mis hadas están emocionadas con la idea. — La sonrisa ladina que mostró la hizo estremecer. — Te doy cinco días. Cinco, con sus días y sus noches, para adivinar un acertijo. Si antes de esos cinco días lo resuelves, serás libre.
— ¿Así de simple? - Aquello no le sonó mal a Usune, aun así la sonrisa que se dibujó en el rostro del muchacho le hizo arrepentirse de su comentario.
— Cada noche repetiré el acertijo y, si no lo aciertas, durante el día serás mi sirvienta y me tratarás como a tu Señor.
Por unos segundos las miradas de ambos se enfrentaron. Aquellos orbes oliva lograban turbar a la valiente joven, era como si pudiera leer su alma, lo que la asustó. ¿Por qué aquel ser le resultaba tan perturbador y atrayente? Se recriminó por lo pensamientos que distraían su mente.
— Me parece un trato justo. — respondió altiva.
— Excelente... — El joven rey duende se dejó caer sobre su trono. Miraba al techo mientras entrelazaba los dedos de sus manos en gesto pensativo. Después de un largo suspiro, dio un brinco para quedar frente a su recién adquirida propiedad.
— Ya lo tengo... "Cuando dices mi nombre, dejo de existir ¿quién soy?"
Usune no respondió.
(Continuará)
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Mi querida Sumi-chan... el OS se me fue de las manos, pero espero terminarla mañana.
Hasta aquí llegó la sorpresa por hoy, como te dije, la historia no era lo que parecía inicialmente. Pero creo que también te gustará como estos dos cabezotas se retan...
¡Estoy muy feliz de poder celebrar este día tan especial contigo aunque sea desde la distancia! Love u so so much mi personita especial del año!
Espero lo disfrutes.
Iri.
