¡Hola de nuevo! He recibido varios reviews, para mí mas que suficiente para comenzar a publicar esta historia ya. No os podeis imaginar la cantidad de veces que he leído y releído esto, buscando fallos, huecos, agujerillos… Creo que no me dejo ninguno, pero si vosotras encontrais algo, dejadmelo saber en los comentarios por favor. Publicaré todos los domingos sobre las 21:00 hora de España.

Gracias por vuestro temprano apoyo, ¡Sois geniales!

Capítulo 1

– ¡Hermione, cielo, baja de una vez! –Exclamó su madre por el hueco de las escaleras–. ¡A este paso llegaremos tarde al planetario!

– ¡Voy, mamá! –dijo azorada. Tomó con sus manos un poco más de la poción que estaba aplicando a su pelo, y sus rizos poco a poco fueron desenredándose–.

Ya habían transcurrido nueve meses desde que Hermione no había vuelto a Hogwarts el uno de septiembre. Era el 5 de junio y ella debería haber acabado el año escolar por ese entonces. Aquello parecía poner algo triste a su hija, ya que por estas fechas estaría de vuelta en el Hogwarts exprés con sus amigos. La guerra del mundo mágico hizo que ella no pudiera volver a estudiar, a pesar de que hubieran resultado vencedores, debido al miedo de sus padres de que su hija volviera a hechizarlos y desaparecer. Sus padres, para animarla, había decidido ahorrar para regalarle algo que deseaba desde hacía muchísimo tiempo y no podían haber hecho sin ella: Visitar el planetario y observatorio de Londres. Pasarían todo el día en las instalaciones, visitando galerías y observando estrellas, y comerían en el restaurante del edificio antes de culminar su visita con una vista de las estrellas desde una manta de picnic, en el jardín botánico. Parecía un plan ideal para su hija, que deseaba hacer esa excursión desde que cumplió los once años. Y ahora, sin tener que asistir al colegio Hogwarts de Magia y Hechicería, por fin podrían hacer que su deseo se cumpliera.

O eso pensaban ellos.

El timbre de la puerta les sorprendió de buena mañana, pues tan solo eran las 7. Con cierta inquietud, la señora Granger abrió y se encontró con un joven realmente mal conjuntado que llevaba un zurrón con cartas colgado del hombro. Llevaba una en la mano, y leía mientras esperaba a que abrieran la puerta.

– ¿Desea algo, señor? –preguntó la madre de Hermione cortésmente–.

–Si, busco a la señorita Hermione Jane Granger. ¿Es este su domicilio?

-Sí, es mi hija. ¿Ocurre algo? –Preguntó la mujer–.

–No, señora, solo vengo a entregarle una carta oficial. Del ministerio –aclaró–. Aquí tiene, solo debe firmar aquí –añadió, tendiéndole un portafolios. La señora Granger estampó su firma y el chico se alejó, con un breve saludo inclinando la visera de su gorra azul.

–Hermione, cariño, ha llegado una carta del Ministerio de Magia para ti. Parece oficial –comentaba la mujer mientras observaba la tinta morada con interés.

Hermione bajó las escaleras corriendo, casi sin fijarse en como pisaba los escalones, y recogió el sobre en sus manos.

¿Se habría metido en algún lio? Seguro que era por un error, no había hecho nada malo, que ella recordase. Temblorosa, abrió el sobre y leyó la carta que contenía:

Estimada señorita Granger:

Se le informa por la presente misiva que queda usted citada en el Ministerio de Magia el día 5 de Junio del año que transcurre, a las 15:00 horas, para tratar un tema legal relacionado con usted y otra familia de magos. Rogamos que traiga su documentación oficial y sea puntual. La esperamos en el Departamento de Aplicación de la Ley Mágica, en la subdivisión del departamento de Registros Legislativos.

Una vez allí tanto usted como la otra u otras partes implicadas serán debidamente informadas y tuteladas sobre el tema que concierne.

Con mis mejores deseos:

Henry Baldwin,

Departamento de registros legislativos,

Aplicación de la Ley Mágica

Ministerio de Magia.

– ¿Qué dice la carta, Hermione? –Preguntó su padre, mientras se peinaba con la raya hacia un lado frente al espejo de la entrada de su casa–.

–Es… una citación oficial. Debo presentarme en el departamento de Registros Legislativos (el juzgado de los magos) hoy a las tres. Me parece que se nos ha estropeado el día de diversión…

–No te preocupes, Hermione, podemos cambiar el día de nuestras entradas. Cualquier otro fin de semana bastará, son ajustables a toda la temporada de verano.

–Gracias, papá –sonrió ella–. Debo apresurarme entonces, tendré que comer en el tren para llegar a tiempo al Ministerio de Magia.

– ¿Vas a ir sola? –Preguntó inquieta su madre–.

–No os tienen permitida la entrada, mamá, así que iré sola, pero no te preocupes. Ningún funcionario salvaje me conseguirá morder –bromeó–. ¡No quisiera contagiarme y adoptar ese horrible horario de oficina!

–Está bien, cielo –dijo su padre, pero le extendió la mano bocabajo y ella se la tendió. Había un billete de 20 libras–. Pero comerás algo fuera, y el resto será para sacarte un bono de metro, ¿De acuerdo?

–Está bien –dijo con una sonrisa–.

Allí, sentada y con manos y piernas cruzados, se hallaba Hermione esperando su turno en el despacho. Esperando frente a aquella puerta, había mucha gente que ella conocía muy bien: Estaba Hannah Abbott con Neville, quien tras unas breves explicaciones sobre su estudio de la Herbología y el sueño de Hannah de convertirse en medimaga, concluyó su conversación entrando en el despacho del registro; algunos patriarcas de familias importantes, como los MacMillan, a quien Hermione reconoció por ser la viva imagen de su hijo, y el señor Weasley, que la saludó con algo de prisa de camino a su propio departamento, en la misma planta. También, muy a su pesar, rondaba por ahí Draco Malfoy, pero por supuesto no cruzaron palabra, y no estuvieron mucho tiempo juntos en el mismo espacio.

Ya eran pasadas las tres cuando Neville y Hannah salieron del despacho. Hermione se incorporó de su asiento, y esperó pacientemente a que mencionaran la cita de las tres en punto. En cuanto oyó al funcionario, hizo ademán de entrar en el despacho, pero Draco Malfoy la detuvo con una sonrisa socarrona.

–Permíteme, Granger. Mi cita es a las tres.

–La mía también es a las tres –dijo ella, mostrando su carta–. Así que perdona, pero a no ser que hayas traído tu carta, debería ser yo quien entrara primero.

– ¿Esta carta, te refieres? –Dijo él entonces, mirando como la cara de Hermione cambiaba de color en vista de la misiva que colgaba de sus dedos–. Mira, entremos y preguntemos si ha habido algún error, y asunto solucionado. No hay necesidad de montar un espectáculo en el departamento de Ley Mágica.

Hermione, por primera vez y aunque le pesara, estuvo de acuerdo. Ambos pasaron (Malfoy fue lo suficientemente caballeroso como para cederle el paso a ella) y el funcionario les ofreció asiento.

–Verá, señor Baldwin, hemos recibido una citación a las tres. Los dos –aclaró Hermione–. Y nos gustaría saber qué tipo de error ha ocurrido y quien de los dos debería acudir en una cita posterior.

–No ha ocurrido ningún error, Señorita Granger, han sido citados a la vez. Si son tan amables, me gustaría confirmar su identidad con su documentación personal. Es pura rutina, así que no se preocupen.

–Oiga, esta noche celebro mis 17 años –explicó Draco, mientras ambos facilitaban su identificación y se les era devuelta– hay una gran fiesta en mi mansión, y a mi madre le dará algo como no esté allí a las cinco para prepararlo todo con ella. Entiende, ¿Verdad? Necesito que liquide este asunto cuanto antes.

–Claro, señor Malfoy, comprendo que su tiempo sea limitado pero esto no me llevará mucho tiempo. Hace relativamente poco tiempo, en el año 1692, dos hombres hicieron un pacto –comenzó a explicar el hombre–. Este pacto quedó registrado como una profecía, pues a pesar de que ninguno de los dos era adivino realmente, al parecer era inevitable que este pacto se llevase a término. Siendo así, lo único que deben oír es el registro de la profecía hallado en el departamento de misterios.

El anciano hombre, de pelo canoso y facciones amigables, abrió un cajón y sacó de él una esfera de cristal, con una nube oscura en su interior. Así, la colocó en un pie frente a los chicos, en su mesa, y dio unos golpecitos con la varita.

"– ¿Sabe usted una cosa, Sir Edgar? No me parecería tan mala idea, al fin y al cabo, que en caso de que coincidiera el nacimiento entre un varón y una pequeña damisela en nuestras familias al mismo tiempo y sin demasiado margen de edad, pudiera darse una unión entre ellos y enlazar de un modo tan amigable nuestras familias.

Muy cierto, señor Malfoy, ¡Muy cierto! –Rió Sir Edgar–. Puedo prometer, y prometo, que si en mi seno nace una niña al tiempo que en el de su familia naciera un varón, y siempre que existan medios suficientes para que esta unión fuese honrosa y válida, se hará como usted ha dicho, señor Malfoy. Es para mí un honor sellar este pacto con usted con un apretón de manos y una buena copa de coñac."

–El pacto es inquebrantable, de tal modo que si no es cumplido una maldición caerá sobre ambas familias, impidiendo seguir engendrando herederos y, finalmente, desapareciendo –explicó el hombre–. Además, es ilegal oponerse a cumplir un pacto mágico vinculante, ¿Entienden la situación, Señor Malfoy, Señorita Granger?

Hermione lo había entendido todo a la perfección. Al parecer la cara de Malfoy expresaba todo lo contrario, pues tal vez se le escapara el detalle del hombre que estaba hablando con su lejano familiar. Pero Hermione, que sabía qué hacía varios centenares de años su familia pudo tener alguna relación con la familia real de Inglaterra, supuso perfectamente que el hombre que compartía nombre con su padre debía ser un miembro de su familia.

–Está usted diciendo que estamos obligados a contraer matrimonio o el patrimonio Malfoy se perderá, ¿No es así? –Preguntó con lentitud–.

–Eso es lo que estoy diciendo, si –afirmó el funcionario, incómodo–. Señorita Granger, está usted callada, ¿Qué puede decir sobre esta revelación?

–Que no sería ninguna desgracia que el patrimonio de la familia Malfoy se perdiera –confesó–. Mucho menos el mío, puesto que nosotros somos una humilde familia muggle de dentistas.

–Cielos… ehm, señorita Granger, es posible que no lo sepa puesto que pertenece a una familia muggle, pero en el caso de darse un pacto de estas características, en los que se implica una familia de sangre mágica tan importante como los Malfoy… no tiene realmente mucha elección, pues la alternativa sería ser arrestada –explicó el hombre–. No puede rehusar de un pacto mágico irrompible, porque de eso se trata precisamente. No se puede romper.

– ¿Quiere usted decir…? –Preguntó ella entonces, palideciendo y adivinando la respuesta–.

–Ambas familias deben unirse, o lo que es lo mismo, ustedes dos deben contraer matrimonio antes de que cumpla dos meses de la mayoría de edad del señor Malfoy, el menor de los dos, o ambos serán arrestados y sus familias perderán la oportunidad de perpetuar su existencia. Dicho esto, la reunión ha concluido. Hagan lo que consideren pertinente para organizar la ceremonia en cuestión, y con esto me refiero a que debe ser licita, frente a un tribunal del Ministerio de Magia con invitados y testigos.

–Pero…

–Puede retirarse, señor Malfoy. Señorita Granger –añadió, y les señaló la puerta con la mano.

Levantándose con lentitud, aún sin entender lo que acababa de ocurrir, Hermione y Malfoy salieron de la sala. La siguiente persona en la lista del señor Baldwin fue llamada y entró en la sala apresuradamente tras salir ellos. Se quedaron inmóviles, de pie de espaldas a la puerta, sin saber qué decir o cómo reaccionar. Al final, Hermione fue la que rompió el hielo:

–Esto será una broma de mal gusto, ¿Verdad? –Preguntó, mirándole entre asqueada y aterrada–. No puede ser verdad.

–No se puede falsificar un juramento así, y menos si viene desde adentro mismo del Departamento de Misterios –dijo el chico, mirándola con desdén–. Me temo que, por mucho que nos desagrade la idea, ese matrimonio deberá llevarse a cabo. Los matrimonios se pueden romper, solo tendremos que esperar el tiempo necesario…

–A mí me importa poco el patrimonio de los Malfoy y que se perdiera si no ocurriera… "eso" –eludió–.

–No sé tú, Granger, pero a pesar de que a mí tampoco me importa que una familia de muggles se disuelva, yo no quiero ir a Azkaban ni pasar a disposición judicial, ¿Y tú? –preguntó–.

–Cielos… –suspiró ella. Metió sus manos en sus bolsillos y encontró el billete de diez libras que le habían sobrado de su viaje en tren–. Malfoy, ¿A dónde vas a ir ahora? –inquirió–.

– ¿Y a ti que te importa? –Preguntó con desprecio–.

–Necesitamos tenerlo todo atado y listo, para vernos lo menos posible. Yo pensaba comer en la ciudad, y traigo una libreta de notas –señaló en su bolso–. Si lo tenemos organizado todo hoy, no tendremos que vernos más, solo cartearnos.

El chico la miró de punta a punta, planteándose si no habría quedado algo trastornada tras la guerra. ¿Él comiendo con una sangre sucia en una ciudad de muggles? ¿En público? Por otro lado, pensó que si esa era la única manera de librarse de ella, y así no tener que verle la cara hasta el fatídico día de su firma de documentos, tal vez podría merecer la pena.

–De acuerdo, Granger. Pero yo elijo el lugar –añadió–.

–Me parece bien. ¿Has venido en la red flú? –preguntó–.

–Si, pero podremos salir de aquí andando y caminar hasta el Caldero Chorreante. Allí podremos entrar en el callejón Diagón.

–Tendré que ir a Gringotts a cambiar mis libras… pero bien –aceptó ella.

Sin esperar a que terminara de acomodarse el vestido, Malfoy echó a andar hacia la salida, dejándola atrás. Evidentemente, no quería que los vieran juntos, y tal vez Hermione quisiera o pensara lo mismo que él, puesto que no le alcanzó hasta haber salido por la entrada de invitados, en la cabina telefónica. Una vez fuera, Malfoy se dispuso a caminar, pero Hermione se sentó en un banco que había en la calle, muy pegado al borde de la acera.

– ¿Qué estás haciendo, Granger? –

–Esperar el autobús. Hay bastantes kilómetros hasta el Caldero Chorreante, y yo no pienso caminarlos todos –espetó–. Y como llevo dinero muggle, esperaré al autobús que pasa por allí, que llega en 10 minutos, y en otros 10 estaré en la puerta. Puedes quedarte o andar, tú eliges.

–No tengo dinero muggle –espetó–.

–Ni tampoco pareces tener sentido de la lógica. ¿No te he dicho que yo tengo dinero? –replicó. El chico bufó sonoramente, pero no se sentó–. Deja de ser tan orgulloso y siéntate.

–Tú a mí no me das órdenes.

–Bien –aceptó, y colocó el bolso en el asiento de su lado, con un ruido sordo–. Haz lo que te dé la gana.

El chico se quedó de pie unos segundos, en los que intentaba curar su orgullo herido, y después muy lentamente se acercó y se sentó en la parada de autobús.

No paso mucho tiempo desde que se sentaron y el autobús llegó. Pagando el billete de los dos, Hermione subió rápidamente seguida de Draco Malfoy, que se sentó en el asiento tras ella y evitando por completo que los relacionaran, a pesar de que todos habían visto como ella había pagado por los dos. Al llegar a la parada, ambos bajaron y entraron al callejón Diagón a través del Caldero Chorreante. Allí, se sentaron en un bonito bar cercano a la tienda de Flourish & Blotts, y mientras esperaban a que sirvieran la comida, comenzaron a hablar sobre lo ocurrido.

– ¿Qué le vas a decir a tus padres? –Preguntó Hermione–.

–Lo mismo que tú a los tuyos, que me obligan a casarme bajo pena de perder el apellido y patrimonio familiar –masculló, comiendo su salmón–.

–Yo no voy a decirles nada de eso, Malfoy –replicó–. A mí y a mis padres nos da igual todo lo que acabas de decir. Pero a lo mejor debería replantear mi pregunta. ¿Cómo se lo vas a decir?

Aquella definitivamente era una buenísima pregunta, acertó a pensar Malfoy mientras la observaba comer su pollo. ¿Cómo iba a decirles a sus padres, de sangre pura y realmente interesados en la continuación de su linaje mágico, que debía casarse con una Sangresucia o nunca ocurriría tal cosa? En ese sentido, continuaba el hilo de sus pensamientos, sí que era él quien salía perdiendo.

–No sé cómo se lo voy a decir, pero desde luego no va a ser sencillo. ¿Se enfadarán contigo los señores Granger? –inquirió–.

–No lo creo, al fin y al cabo no es culpa nuestra. Tal vez tú deberías recalcar mucho eso cuando se lo cuentes al señor Malfoy –aconsejó. Bebió un sorbo de su té helado y dejó los cubiertos en la mesa–. Al principio se me ocurrió que podríamos decírselo los dos juntos a nuestros padres, pero…

– ¿Pero qué? –Preguntó, deseoso de saber por qué una idea tan genial que repartiría el enfado entre dos personas había sido rechazada–.

–Pero no tengo ninguna forma de entrar en la mansión Malfoy sin que tus padres me echen a patadas en cuanto huelan mi presencia –finalizó, con una risita–. Así que, por una vez, deberás ser valiente y enfrentarte a la situación solo.

–Pues vaya fastidio –masculló Malfoy. Terminó su plato por completo, y levantó la mano para pedir postre al camarero, que volvió con un helado de chocolate y fresa para él. Hermione también había terminado su plato, y tanto el camarero como el rubio esperaban con impaciencia a que eligiera un postre ella también. Al final, el chico no pudo más y preguntó–. ¿Vas a pedir ya el postre, Granger, o piensas esperar a la hora del té?

–No voy a pedir postre –anunció, extrañada por el comportamiento de ambos hombres–.

– ¿Algún motivo en especial?

–Pues porque no me alcanza el dinero –explicó llanamente–.

Entonces el chico volvió a alzar su mano y, con un asentimiento, el camarero le sirvió un pastel a Hermione.

–No puedo pagarlo –repitió ella–.

–No vas a pagarlo, pagaré yo. Cuando un chico y una chica comen juntos, el chico debe pagar la cuenta, por modales –dijo él, recalcando lo mucho que fingía disgustarle aquel hecho.

–Si insistes, no diré que no, a pesar de lo retrógrada que me resulta esa idea. Al fin y al cabo también vuelvo a casa en autobús, y así no tendré que ponerle pucheros al conductor para que me permita viajar gratis –aceptó ella.

Realmente, Draco Malfoy se sentía un poco culpable, puesto que Hermione había tenido que pagar por dos billetes de autobús y él, que no había parado de criticarla, insultarla y menospreciarla, había sido sin embargo objetivo de la generosidad de la chica, incluso si no se llevaban bien. Comprendió que el plato que ella había pedido era el más barato de la carta y que aun así era de precio razonablemente caro, y apartó con una sacudida de su cabeza el pensamiento de que tal vez debería haber elegido un lugar menos elegante para comer.

Ambos se levantaron de la mesa, dispuestos a marcharse, y cuando ya habían llegado a la puerta del Caldero Chorreante, Hermione le pidió a Tom el tabernero un pergamino y apuntó la dirección postal de su casa.

–Yo vivo aquí. Si necesitas comunicarte conmigo, no intentes usar la red flú, porque no tenemos la chimenea conectada –explicó–. De hecho, usamos estufa de gas.

– ¿Debería darte la mía o…?

–No tengo lechuza, así que solo puedo recibir mensajes y contestarlos con tu propia lechuza, y ella seguro que se sabe el camino a casa –dijo agudamente–. Adiós, Malfoy.

–Adiós, Granger… –contestó.

Realmente, la situación no podría haber sido más tensa, incómoda, inoportuna y molesta. ¡Casarse con una Sangresucia! Y con Granger, nada menos. Cogió de nuevo el pergamino y leyó la dirección. No estaba muy lejos de su condado, así que su búho podría volar esa distancia sin problema. Guardándose la pieza escrita en el bolsillo de su pantalón de la túnica, sacó su pequeño zurrón de polvos flú y utilizó la chimenea de la taberna para aparecer en la chimenea de su enorme dormitorio.

Éste se componía de una cama adoselada, un escritorio de roble, con dos butacas de chintz a juego y una silla, y una gran librería donde todos los libros de Hogwarts que había ido comprando a lo largo de los años estaban ahí, acumulando polvo.

Aquél día la mansión de los Malfoy estaba completamente fuera de control, puesto que era el decimoséptimo cumpleaños del primogénito de los Malfoy. Por fin el joven Draco Malfoy cumplía la mayoría de edad, y su madre especialmente esperaba que todo saliera perfecto e impoluto. Había arreglos de flores, una cena de al menos tres platos al aire libre, un concierto de música clásica y un baile. Y por supuesto, un gran pastel. Todo estaba siendo minuciosamente vigilado por Narcissa Malfoy, y lo que su hijo tenía que decirle iba a desestabilizar sus ya sensibles nervios, pero aun así debía hacerlo cuanto antes.

Respirando hondo, se armó de valor y abrió la puerta de su dormitorio.

–Mamá, papá, ya estoy en casa –anunció Hermione.

Había ido a su casa caminando. No estaba tan lejos del Caldero chorreante, y necesitaba pasear para aclarar sus ideas. Ella nunca había pensado en el matrimonio, y de hecho nunca se había interesado por ningún chico en especial. No sentía ningún deseo de vincular su vida a otra persona, ella quería ser libre, ver mundo y vivir incluso más aventuras (y más agradables) de las que ya había vivido. Y ahora tenía que casarse, por obligación, con un Malfoy y en menos de dos meses.

No tenía idea de lo que iba a decir, pero se decidió a contarles todo a sus padres lo antes posible. Así que se adentró en el pasillo del recibidor y giró hacia el salón, donde se encontraban sus padres. Allí, Hermione se sentó en el butacón frente al sofá largo, donde estaban sus padres tomando una taza de té, y respiró profundamente.

–Hija, se te ve agitada, ¿Has venido caminando desde el centro? –preguntó su madre, inquieta–.

–Sí, mamá. Necesitaba pensar. Ya he asistido a la citación del Ministerio de Magia.

– ¿Qué era, cielo, de qué se trataba? –preguntó su padre comprensivamente. Al ver el aspecto sombrío de los ojos de Hermione, ambos se dieron la mano en señal de apoyo mutuo–.

–Pues… no sé por dónde empezar. ¿Tenemos, por casualidad, el libro que heredaste de tu abuelo, papa? El que narra tu ascendencia –especificó–.

–Sí, ahora lo… –su madre se levantó, y corrió escaleras arriba para volver con un pesado y viejo libro bajo los brazos. Se sentó de nuevo y le tendió el libro a Hermione–. Pero cariño, ¿qué tiene que ver todo esto con…?

–Déjala buscar, Holly –dijo el hombre–.

Hermione ojeó rápidamente hasta llegar a quien le interesaba: Edgar Granger. Volvió el libro y lo expuso frente a sus padres, que miraban el retrato de la página.

–Este hombre es Edgar Granger. Él es ascendiente de papá, y vivió en la época en la que magos y muggles importantes se relacionaban entre sí. Este caballero hizo un pacto con una familia de magos –explicaba Hermione. Conforme se iba acercando a la resolución del tema, se ponía más nerviosa, y le sudaban tanto las manos que se las iba secando en el vestido–. En ese pacto, juraron que si nacía una hija en la familia Granger al tiempo que había un hijo en la otra familia, estos deberían casarse al cumplir los diecisiete años.

–No me lo digas –dijo su padre, pasándose una mano por los ojos y suspirando roncamente–. Hay un hijo varón de esa familia.

–Exacto, papá.

– ¿Pero eso quiere decir que… que tienes que casarte? ¿Cómo es posible? Deberías poder negarte, ¿no? –Preguntaba compulsivamente su madre–.

–No, mamá, romper un pacto mágico vinculante implica que puedes ir a la cárcel –le explicó ella–. Pero sospechamos que, una vez casados y esperado un tiempo prudencial, podríamos divorciarnos, separarnos o algo que pusiera fin a esa pesadilla –resumió ella–.

Por un momento, tanto Hermione como los señores Granger guardaron silencio, pensativos y preocupados. Realmente el matrimonio no era algo para tomar a la ligera, y sin embargo no había más remedio que tolerar que Hermione se casara. Pronto, el temperamento inquieto de su madre se hizo eco en su ánimo, y sin poder callar, comenzó una nueva tanda de preguntas:

–Pero hija, ¿Estás preparada para todo esto? –inquirió–. Es mucha responsabilidad…

–Mamá, ya te he dicho que disolveremos la unión en cuanto sea posible –contestó ella, sonriendo para reconfortar a su madre–. Simplemente tendremos que convivir cierto tiempo, y luego todo volverá a ser como siempre.

–Pero, ¿Y cuándo tendrá lugar, qué hay que planear?

–Pues…

– ¿Y quién es el chico en cuestión? –interrumpió su padre. Hermione le miró con cautela, sabiendo que la respuesta no le iba a gustar.

–Pues, bueno, él es… ¿recordáis al chico rubio y alto que tiene mi edad más o menos, y que iba conmigo al mismo curso en Hogwarts?

–No puede ser –dijo la señora Granger, indignada–. Pero ¡Si ese chico era de lo peor! Es grosero, intransigente, presumido, y…

–Mamá, todo eso ya lo sabemos, pero no hay más remedio que hacerlo.

–Bueno –el señor Granger se encendió su pipa y dio varias caladas antes de continuar–. Bueno –repitió–. Escribe una carta, Hermione, hija. Debemos conocerle cuanto antes.

Sabiendo que ningún momento era bueno para contar tal cosa a su pobre madre, Draco Malfoy abrió la puerta del invernadero, donde su madre estaba indicando a los ayudantes del preparador de fiestas cuáles eran las flores que debían cortar y cómo colocarlas en los adornos florales. Temiéndose lo peor, saludó calmadamente.

–Buenas tardes, madre. Si no te importa, me gustaría que dejaras eso un segundo y vinieras con padre al salón. Tenemos que hablar de algo importante.

– ¡Por Merlín, sabía que algo iba a pasar! –Exclamó dramáticamente, limpiándose las manos llenas de mantillo en el delantal–. ¿Qué ha sido? Se ha quemado la cena, ¿no es así? ¡Que vamos a hacer ahora!

–Madre, no tiene nada que ver con la fiesta –la tranquilizó–.

–Hijo mío, menudo susto me has dado –le reprendió ella. Se quitó el delantal y los guantes y siguió a su hijo por el sendero de arena hasta la casa–. Podrías haber empezado por ahí. ¿Qué tal te ha ido en el ministerio de Magia?

–De eso precisamente quería hablaros, madre –dijo, abriéndole la puerta. El mayordomo les indicó que el Señor Malfoy ya se hallaba en el salón principal, con una copa de coñac ("madre va a necesitar otra" –pidió el chico al criado–) –.

–Draco, hijo, nos tienes preocupados –dijo su padre, Lucius Malfoy, que se hallaba apoyado con un brazo en la repisa de la chimenea–.

–Sentaos, por favor. El ministerio tenía noticias para mí, noticias un tanto… perturbadoras –calificó. Esta palabra mantuvo alerta y en silencio a los señores Malfoy, quienes ya habían recibido otra copa por parte del servicio. Draco esperó a que saliera, y continuó–. Veréis, en aquella época en la que magos y muggles se relacionaban, al genuino y chalado Séptimus Malfoy se le ocurrió la gran idea de hacer un pacto mágico vinculante con un muggle de la alta nobleza inglesa, Sir Edgar Granger.

–Un momento, ¿Granger? –Preguntó escandalizado Lucius, temiéndose el resto–.

–Sí, padre, Edgar Granger. El pacto consistía en que si un hijo y una hija de estas dos familias respectivamente nacían a la par (más o menos, no sé con detalle los pormenores) éstos debían casarse para unir las familias, o no podrían perpetuar su apellido ni su patrimonio.

–Eso quiere decir…

–Que debo casarme con ella, madre –terminó por ella–.

–Pero, ¿Con quién? –Preguntó entonces Narcissa Malfoy–.

–Con Hermione Granger –respondió, para sorpresa de su esposa, el señor Malfoy–. Esto no va a quedar así.

–Pero, querido, no puedes…

–Voy a presentarme ahora mismo en el Ministerio de Magia y… –relataba Lucius–.

–Ah, no, querido, no vas a hacer nada de eso. Esta noche, dentro de cuatro horas, es la fiesta de cumpleaños más importante que va a recibir tu hijo jamás, y no pienso tolerar que arruines eso. Draco, cariño –se dirigió entonces la mujer a su hijo–, tengo entonces entendido que esa chica es bruja, a pesar de ser hija de muggles, ¿No es así?

–Sí, madre, es hija de muggles. Unos muggles muy muggles –recalcó–. Aunque imagino que habría sido mucho peor si ella hubiera nacido muggle también –reflexionó–.

–Bueno, pues hay que organizar con mucho cuidado todo lo referente a este lamentable asunto, cariño –le explicaba ella, mientras pensaba–. No podemos celebrar una fiesta de compromiso sin que nadie te haya visto con ella previamente. Y, según tengo entendido, existe un tiempo límite, ¿no es así?

–Sí, de dos meses –aclaró el rubio–.

La señora Malfoy se levantó de su asiento y apuró de un gran trago su copa de coñac. La dejo en la mesa de café y comenzó a pasear, con la cabeza baja y la mano en su barbilla, bajo la atenta mirada de ambos magos. Ninguno podía siquiera remotamente imaginar qué estaría cociéndose en aquella cabeza femenina, hasta que al fin, su madre se detuvo.

–Hm… Sí, no hay más remedio –concluyó. Miró a su hijo a los ojos–. Tendrás que invitarla a tu fiesta de cumpleaños.