Una especie de exhibición.

Los lunes, los miércoles y los viernes, la primera clase de Sakura era del dibujo natural. Cuando entró en el estudio, su amiga Ino ya estaba allí y había colocado dos caballetes frente a la tarima del modelo. Sakura descargó la carpeta de su hombro, se quito el abrigo y la bufanda y comentó:

-Me han acosado.

Su amiga arqueo una ceja con la maestría que poseía para ese tipo de gestos, y que tanta envidia provocaba en Sakura. Ella no lograba mover las suyas de forma independiente, lo que restaba intensidad a sus expresiones de desconfianza y desdén.

Ino transmitía ambos sentimientos a la perfección, pero en este casi se trataba de un movimiento mas sutil, de mera curiosidad.

-No me digas que el zopenco ha tratado de asustarte otra vez .

-Está pasando por una fase vampírica. Me mordió el cuello.

-Vaya con los actores- refunfuñó Ino- lo que deberías haces es defenderte de ese fracasado con un Taser. Para que aprenda a no ir por ahí saltando encima de la gente.

-No tengo una pistola de esas- Sakura no añadió que tampoco la necesitaba; era perfectamente capaz de defenderse sin electricidad. Había recibido una educación muy especial.

-Pues consigue una. De verdad. El mal comportamiento debe ser castigado. Y además, sera divertido. ¿No crees? Siempre he querido disparar una. ¡Zas!- Ino se agitó como si sufriera convulsiones.

Sakura sacudió la cabeza.

-De eso nada, pequeña salvaje, no creo que fuera divertido. Eres terrible.

-Yo no soy terrible. Dei si. Dime que no tengo que recordártelo- Ino clavó la mirada en Sakura- Promèteme que ni estas ni siquiera considerando perdonarle.

-Te lo prometo- afirmó Sakura- Solo intento que él lo crea.

Dei no concebía que una chica decidiera renunciar a sus encantos. Y ella que no había hecho mas que reforzar su vanidad durante los meses que había durado su relación, mirándole con ojos soñadores, entregándole... ¿todo? Sakura pensaba que sus actuales intentos de cortejarla eran mero fruto de orgullo, para demostrarse a si mismo que podía conseguir lo que quisiera. Que las decisiones las tomaba el.

Quizás Ino tenia razón. Tal vez debería electrocutarle.

-Cuaderno de bocetos- ordenó Ino extendiendo la mano como el cirujano que solicita el escalpelo.

La mejor amiga de Sakura era tan autoritaria como menuda: solo superaba el metro y cincuenta cuando se calzaba sus botas de plataforma. Sakura media 1,70, aunque parecía mas alta, igual que las bailarinas, con sus delicados cuellos y extremidades esbeltas. Su complexión se asemejaba mucho al de una bailarina, pero no así su estilo. Pocas bailarinas llebaban el pelo rosa pálido o un rosario de tatuajes por el cuerpo, y Sakura lucia ambos.

Al sacar el cuaderno de bocetos y entregárselo a su amiga, los únicos tatuajes que quedaron expuestos fuero los de sus muñecas; una sola palabra, a modo de brazalete, en cada una: historia y real.

Cuando Ino tomó el cuaderno, otros dos estudiantes, Kiba y Shino, se acercaron rápidamente para escudriñar por encima de su hombro. Los cuadernos de Sakura eran objeto de culto en la escuela, y cada día pasaban de mano en mano para ser admirados. Este, el numero 92 de una serie que abarcaba toda su vida, estaba sujeto con gomas y, tan pronto como Ino las retiró, se abrió de golpe. Las páginas estaban tan cubiertas de yeso y pintura que las tapas apenas podían contenerlas. En aquel abanico de hojas surgieron los personajes habituales de Sakura, profundamente extraños y representados con maestría.

Allí estaba Tsunade, serpiente de cintura para abajo y mujer de cintura para arriba,con los pechos turgentes y desnudos de las tallas del Kama Sutra, la capucha y los colmillos de una cobra y un rostro bondadoso.

Nagato, con cuello de jirafa y encorvado con su lupa de joyero incrustado en el ojo entrecerrado

Shizune, con pico de loro, ojos humanos y una cascada de rizos azabaches que escapaban del pañuelo que le cubría la cabeza. Esta vez aparecía con una bandeja de fruta y una jarra de vino.

Y por supuesto, Jiraya, la estrella de sus dibujos. Lo había representado con Gamakichi posado en uno de sus enormes cuernos de carnero. En las historias fantásticas que Sakura relataba en sus cuadernos, Jiraya traficaba con deseos. En ocasiones, lo apodaba Traficante de Deseos, en otras, simplemente el Gruñón.

Sakura dibujaba aquellas criaturas desde que era pequeña, y sus amigos solían hablar de ellas como si fueran reales.

-¿Que ha hecho Jiraya en este fin de semana?- preguntó Ino.

-Lo habitual- respondió Sakura- Comprar dientes a asesinos. Ayer un repugnante fugitivo somalí le llevó dientes de cocodrilo del Nilo, pero el muy idiota trató de robar a Jiraya y estuvo a punto de morir estrangulado por su collar de serpiente. Tiene suerte de seguir vivo.

Ino encontró la escena ilustrada en las ultimas paginas dibujadas del cuaderno: el somalí, con los ojos desencajados y una delgadísima serpiente comprimièndole la garganta como la soga de un garrote. Sakura le había explicado que para entrar a la tienda de Jiraya, los humanos debían acceder a colocarse una de las serpientes de Tsunade en torno al cuello. De aquel modo, resultaba sencillo atajar cualquier maniobra sospechosa (por estrangulación, que no siempre era mortal, o, en caso necesario, con una mordedura a la garganta, que sí lo era).

-Estas como una cabra, ¿como te inventas todo esto? -preguntó Ino con asombro y envidia.

-¿Quien ha dicho que me lo invente? No dejo de repetirte que es real.

-Ya, y tu pelo crece de ese color de forma natural, ¿no?.

-Claro que sí- afirmó Sakura pasando un largo mechón rosa entre sus dedos.

-Ya, lo que tu digas.

Sakura se encogió de hombros y recogió su cabellera en u embarañado moño, que se sujetó a la nuca con un pincel. Su pelo crecía realmente de aquel color, tan rosa, como el color de las mejillas de los bebés, pero lo afirmaba con un toque de ironía, como si fuera absurdo. Con el paso del tiempo, había descubierto que bastaba con una sonrisa lánguida para que su sinceridad pasara desapercibida. Resultaba mas sencillo que recordar un montón de mentiras, así que quedó integrado en su forma de ser: Sakura, la chica de sonrisa irónica y desbordante imaginación.

En realidad, todas aquellas locuras no nacían de su imaginación, sino de su propia vida - el pelo rosa, Jiraya y todo lo demás-.

Ino alargó el cuaderno a Kiba y comenzó a pasar las hojas del enorme bloc de dibujo en busca de una hoja en blanco.

-¿Quien posará hoy?

-Seguramente el Sr. Sarutobi.- respondió Sakura-. Hace bastante que no lo tenemos de modelo.

-Lo se. Y espero que se haya muerto.

-¡Ino!

-¿Que? Es un vejestorio. Seria lo mismo dibujar un esqueleto que a ese decrépito saco de huesos.

Disponían de unos doce modelos, masculinos, femeninos y de edades y complexiones diversas, que se turnaban a lo largo del curso. Abarcaban desde la corpulenta señora Akimichi, cuyas carnes se asemejaban mas a un paisaje que a una figura, hasta la frágil Karui, con su cintura de avispa, la preferida por los chicos de la clase. El Sr Sarutobi era el que menos agradaba a Ino, que afirmaba tener pesadillas cada vez que debía dibujarlo.

-Parece una momia sin vendas-se estremeció-. Dime si mirar a un viejo desnudo es una forma adecuada de empezar el día.

-Mejor que ser atacada por un vampiro- replicó Sakura.

De hecho, a Sakura no le importaba dibujar a el Sr. Sarutobi, por una razón en concreto: era tan miope que nunca establecía contacto visual con los estudiantes, lo que suponía una ventaja. A pesar de los años que llevaba dibujando desnudos, todavía le perturbaba esbozar a un modelo joven y encontrar sus ojos clavados en ella al levantar la mirada después de realizar un estudio de su pene -un estudio necesario; no se podía dejar la zona en blanco sin más-. Muchas veces, al notar que las mejillas le ardían, Sakura se había ocultado tras el caballete.

Aunque aquellas situaciones no tardarían en quedar reducidas a insignificancias, comparadas con la mortificación que le aguardaba.

Estaba afilando el lápiz con una cuchilla de afeitar cuando Ino exclamó con voz extraña y disgustada:

-¡Dios mío, Sakura!

Supo lo que ocurría antes incluso de alzar la vista.

Una exhibición, había dicho el. Que inteligente. Levantó los ojos del lapicero y vio a Dei, de pie junto a la profesora Yugao. Iba descalzo y vestido con una bata, y con su larga cabellera dorada, minutos antes revuelta por el viento y cubierta por brillantes copos de nieve, recogida en una coleta. Su rostro mostraba una perfecta combinación de rasgos eslavos y líneas sensuales: pómulos que parecían torneados por un cortador de diamantes, y labios que invitaban a rozarlos con la yema de los dedos para comprobar si tenían tacto de terciopelo. Sakura sabia que así era. Estúpidos labios.

Un aluvión de susurros invadió la estancia. Un nuevo modelo, Duos mio que guapo...

Un comentario destacó entre el resto:

-¿No es el novio de Sakura?

Ex, deseó replicar ella con brusquedad. Absolutamente ex.

-Creo que sí. Mírale...

Sakura estaba mirándole, con la expresión congelada en lo que deseaba que fuera una mascara de tranquilidad impenetrable. No te ruborices, se ordenó a si misma. No te ruborices. Dei, le devolvió la mirada con ojos perezosos y divertidos, y una sonrisa que le dibujaba un hoyuelo en una de las mejillas. Y, cuando estuvo seguro de contar con su atención, le guiñó un ojo con descaro.

Un estallido de risitas envolvió a Sakura.

-Maldito bastardo...- musitó Ino.

Dei se subió a la tarima del modelo, miró directamente a Sakura mientras se desataba el cinturón y, sin retirar los ojos de ella, se quitó la bata. Entonces apareció, delante de toda la clase, el cuerpo de su ex novio, increíblemente bello y desnudo como el David de Miguel Ángel. Y sobre su pecho, justo encima del corazón, un nuevo tatuaje.

Una elaborada S en cursiva.

De nuevo se escucharon risas ahogadas. Los estudiantes no sabían a quien mirar, si a Sakura o a Deidara, y dirigían los ojos de uno a otro, esperando que estallara el conflicto.

-¡Silencio!- ordenó consternada la Profesora Yugao, sin dejar de dar palmadas hasta que se sofocaron las risas.

En ese momento, Sakura sintió como el rubor encendía su cara. No pudo evitarlo. El calor le invadió primero el pecho y el cuello, y luego todo el rostro. Dei no dejaba de mirarla y, cuando percibió la reacción de Sakura, la satisfacción marcó aun mas el hoyuelo de su mejilla.

-Deidara, por favor, posturas de un minuto- solicitó Yugao.

Dei adoptó la primera postura y fue cambiándola, como correspondía a ese tipo de ejercicio dinámico: torso girado, músculos tensos, extremidades estiradas simulando acción. El objetivo de estos primeros bocetos era trabajar el movimiento y líneas sueltas, y Dei aprovechó la oportunidad para exhibirse. Sakura pensó que no se escuchaban muchos lápices rasgando el papel. ¿Estarian las demás chicas de la clase tan estúpidamente embelesadas como ella?

Bajó la cabeza, tomó el lápiz afilado -imaginando otros usos a los que le encantaría dedicarlo- y comenzó a dibujar. Líneas rápidas y fluidas y todos los bocetos en una sola página, solapadas para dar la sensación de una ilustración de danza.

Dei se movía con elegancia y, como había dedicado tanto tiempo a contemplarse en el espejo, sabía utilizar su cuerpo para impresionar. Era una herramienta mas del actor, como el mismo había afirmado, igual que la voz. Dei era una actor pésimo -por eso se ganaba la vida haciendo visitas turísticas fantasmagóricas y participando en alguna producción de bajo presupuesto de Fausto-, pero resultaba un modelo magnífico. Sakura lo sabía bien, ya que lo había dibujado en numerosas ocasiones.

Desde el primer momento que lo vio... Expuesto..., le había recordado una pintura de Miguel Ángel. Al contrario de algunos artistas renacentistas que preferían modelos delgados y amanerados, Miguel Ángel optó por modelos de hombros robustos a los que, de alguna manera, consiguió representar con elegancia y sensualidad. Así era Dei: sensual y elegante.

Y embustero. Y narcisista. Y, sinceramente, algo tonto.

-¡Sakura!- cuchicheo Helen, una estudiante británica, tratando de llamar su atención con insistencia- ¿Es él?

Sakura la ignoró y siguió dibujando como si no ocurriera algo excepcional. Otro día mas de clase. ¿Y el hoyuelo insolente en la mejilla del modelo, que no le quitaba los ojos de encima? Trató de sobreponerse a ello lo mejor que pudo.

Cuando el timpre señaló el descanso de la clase, Dei recogió con parsimonia la bata y se la puso. Sakura esperaba que no se atreviera a pasear por el estudio a sus anchas. Quedate en donde esatas, le suplicó mentalmente. Pero no le hizo caso, y se dirigió hacia ella.

-Oye, zopenco- le espetó Ino- ¡Cuanta modestia!

Dei ignoró el comentario y preguntó a Sakura:

-¿Te gusta mi nuevo tatuaje?

Los demás compañeros se habían levantado para salir del aula, pero, en vez de dispersarse para fumar un cigarrillo o acudir al baño, se mantuvieron a una distancia que les permitiera escuchar la conversación.

-Claro- aseguró Sakura con voz suave-. S de Sasori, ¿no?

-Que graciosa. Sabes de sobra lo que significa.

-Dejame que piense- caviló adoptando la postura de El pensador-. Existe una persona a la que quieras realmente, aparte de ti, claro está, y su nombre empieza con S. Pero se me ocurre un lugar mas adecuado que el corazón para colocar esa letra.- cogió el lápiz y, en su ultimo boceto de Dei, escribió una S sobre su trasero de escultura clásica.

Ino soltó una carcajada y Dei tensó la mandíbula. Como la mayoría de los vanidosos, odiaba convertirse en el objeto de burla.

-Yo no soy el único que lleva un tatuaje, ¿verdad, Sakura?- dijo él- ¿Te lo ha enseñado?- le preguntó a Ino.

Esta dirigió a su amiga un suspicaz arqueo de cejas.

-No se a cual te refieres- mintió Sakura sin inmutarse- tengo un montón de tatuajes.

Para demostrarlo no exhibió las palabras historia y real de sus muñecas, ni la serpiente enroscada en torno a su tobillo, ni ninguna de las otras obras de arte que se ocultaban en su cuerpo, sino que colocó las manos abiertas delante de su cara. En el centro de cada palma había un ojo perfilado con tinta color índigo, lo que convertía sus manos en hamsas, esos antiguos amuletos contra el mal del ojo. Los tatuajes de las palmas de las manos suelen perder intensidad con el tiempo, pero los de Sakura se mantenían intactos. Estos ojos la acompañaban desde siempre y, por lo que sabia de su origen, podría haber nacido con ellos.

-Esos no- replicó Dei- Me refiero al que tienes justo encima del corazón, con la palabra Deidara.

-Yo no tengo un tatauaje asi- respondió con aparente contrariedad, y desabrochó los botones superiores de su jersey. Debjo llevaba una camiseta de tirantes, que bajo unos reveladores centímetros para demostrar que no había ningún tatuaje sobre su pecho. En esa parte de su pecho la piel era blanquisima.

Dei parpadeo sorprendido .

-¿Pero como lo has hecho?

-Ven conmigo.

Ino cogió a Sakura de la mano y la arrastró. Al pasar entre los caballetes, todos los ojos se clavaran en ella con curiosidad.

-Sakura, ¿habeìs roto? - susurró Helen en inglés.

Ino levantó la mano con gesto imperioso y la obligó a callar, antes de sacar a Sakura del estudio y empujarla hasta el baño de chicas. Allí, con las cejas aun arqueadas, le preguntó:

-¿Que demonios ha significado eso?

-¿A que te refieres?

-¿Que a que me refiero? Prácticamente te has desnudado delante de él.

-No exageres.

-No importa. ¿Y que era eso del tatuaje sobre tu corazón?

-Tu misma lo has visto, no tengo ningún tatuaje en el pecho.

Sakura prefirió omitir que dicho tatuaje si había existido; prefería fingir que nunca había sido tan estúpida. Además, habría resultado difícil explicar como se había desecho de el.

-Bueno, mejor. Solo te faltaba tener el nombre de ese idiota grabado en el cuerpo. ¿Has visto su comportamiento? ¿Piensa que pavoneándose de ese modo vas a salir corriendo detrás del él?

-Así es- afirmó Sakura-. Esa es su idea de un gesto romántico.

-Lo único que tienes que hacer es comentarle a Yugao que es un acosador, y le echará de una patada en el culo.

Sakura había considerado esa opción, pero negó con la cabeza. Estaba segura de que encontraría una forma mas adecuada de hechar a Dei de su clase y de su vida, ya que disponía de medios que la mayoría de la gente no poseía. Pensaría en algo.

-A pesar de todo, no resulta ningún sacrificio dibujarlo - Ino se acerco al espejo y retiro lo mechones rubios que caían sobre su frente-. Eso hay que admitirlo.

-Si. Es una pena que sea tan imbécil.

-Un enorme y estúpido gilipollas- añadió Ino.

-Un caraculo con boca y patas.

-Caraculo- río Ino- Me gusta.

De repente, una idea asaltó a Sakura, y una sonrisa ligeramente maliciosa iluminó su rostro.

-¿Que pasa?- preguntó Ino al percibir el gesto.

-Nada. Es mejor que volvamos.

-¿Estas segura? No tienes porque hacerlo.

Sakura asintió con la cabeza.

-Claro que si.

Dei había disfrutado de toda la satisfacción que obtendría de su pequeño ardid. Ahora le tocaba a Sakura. De vuelta en el estudio, acarició el collar multicolor de varias vueltas que rodeaba su cuello, elaborado con lo que parecía cuentas africanas. Sin embargo, eran mas que eso, no mucho mas, pero suficiente para los planes de Sakura.