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La Soledad Duele como la Mordida de un Perro Rabioso.-

La seguridad de una aldea oculta de las dimensiones e importancia histórica de Konoha, era para los encargados de mantenerla, una autentica pesadilla logística. No sólo se trataba de tener guardias en todas las entradas y los batallones listos para responder ante las emergencias. Mantenerse a salvo tras los altos muros de piedra implicaba establecer toda una delicada y compleja red de inteligencia y contrainteligencia, en donde intervenían poderosos intereses internos, que incluían al resto del País de Fuego y al propio Daimyo.

Sólo después de lidiar con los intríngulis de la seguridad interna, los servicios de inteligencia podían ocuparse de diseñar las estrategias y planes de contingencia para contrarrestar los posibles riesgos provenientes del exterior. Era un hecho registrado en la historia que los peores ataques vienen siempre desde dentro, así que lo prudente era ordenar bien la propia casa antes de preocuparse por vigilar la del vecino.

Como parte de ese sistema de inteligencia, el rol de Morino Ibiki estaba muy claro. De su escuadrón dependía el flujo constante de información sensible a todos los niveles. Interrogar y torturar, eran dos verbos que no distinguían a los sujetos por nacionalidades o lealtades sino, claro está, por el valor de la información que se deseaba obtener.

De hecho, la mayoría de la población ignoraba las muchas instancias en las que cada uno de ellos era sometido a sutiles controles por parte de su equipo de interrogación, quienes monitoreaban regularmente todas las actividades de la aldea, siguiendo cualquier pista que pudiera conducir a una situación de riesgo. 'Saberlo, antes de que suceda', era el objetivo fundamental de los servicios de prevención.

Era por eso que, ahora mismo, Ibiki se sentía particularmente contrariado. La aldea había sido vulnerada durante varias horas por dos infiltrados, sin que ellos tuviesen ningún indicio de la situación hasta que les reventó en la cara.

Con largas zancadas el experto torturador avanzaba por los corredores del laberinto ANBU como una quilla cortando las olas del mar. A su paso todos se apartaban como si pudieran sentir que su humor empeoraba a la misma velocidad de su marcha. Claro que la gente se apartaba de él independientemente de su estado de ánimo, lo cual le resultaba conveniente a un hombre en cuya naturaleza estaba el desconfiar hasta de sí mismo.

Luchando contra el dolor de cabeza que ya comenzaba a latir en sus sienes, Ibiki trató en vano de borrar de su mente las últimas dos horas de su vida. Los amargos reclamos de los miembros del Consejo hacían eco con sus propios reproches. Si él creyera en encontrar excusas para sus fallos, diría como atenuante que los invasores no eran shinobis ordinarios, sino de dos miembros de la misteriosa organización Akatsuki –uno de ellos el infame desertor y ex-ANBU, Uchiha Itachi. Sin embargo, después del reciente ataque de Orochimaru y la muerte del Sandaime como consecuencia, no había justificación posible ante este nuevo vacío de información.

A diferencia de lo que ocurrió con el sannin, la visita de los dos fugitivos le dejaba el inquietante sabor de la incertidumbre. ¿Por qué correr semejante riesgo? Maito Gai le había asegurado que buscaban el legado del Cuarto Hokage –de acuerdo a lo que ellos mismos habían declarado, pero Ibiki sospechaba que había mucho más en la sorpresiva visita que el tratar de echar mano del Kyuubi.

Llegando por fin a su oficina, se dejó caer en una desgastada silla de cuero que protestó como siempre bajo su familiar peso. Frente a él, una pila de reportes con los testimonios completos de los testigos y su análisis ya estaban esperándole para ser revisados. Mañana tendría que enfrentar otra ronda de explicaciones frente al Consejo y quería estar preparado.

Iba a ser una noche larga y miserable.

Cuando se disponía a comenzar, unas voces se colaron por la puerta entreabierta de su oficina, llamando su atención de inmediato.

"…medidas de seguridad…"

"¡…y una mierda!"

Una acalorada discusión se estaba sucediendo, y a juzgar por la forma en que las voces aumentaban en volumen, dicha discusión se dirigía directamente hacia él.

"Le digo que este no es ni el lugar, ni el procedimiento que debe cumplir. Tiene que comprender…"

"¡Lo único que comprendo es que tú sigues en mi camino!"

Para bien o para mal, Ibiki reconocería ese particular ladrido en cualquier lugar.

"No puede entrar sin…"

"¡Puedes comértelo Kuromaru!"

"¡Ahhhggg!"

Batiendo la puerta con fuerza, una maraña de cabello salvaje y filosos colmillos entró como una tromba, echando las manos a la cintura tan pronto le vio.

"¡Así que aquí te escondes!"

"Lo siento mucho Morino-san, traté de detenerla pero…" arrastrando al enorme perro que mordisqueaba una de sus piernas, el desafortunado oficial de turno se asomó a la oficina como pudo, sosteniéndose del marco de la puerta para no ser devorado. Ibiki levantó su mano enseguida, deteniendo las excusas pero sería Tsume quien ganaría el derecho de palabra, típicamente.

"Como le dije a este idiota," señaló con una afilada garra al aludido, "me pidieron que viniera para ser interrogada sobre lo ocurrido y claro, pensé: 'lo mejor será ir directamente con el Jefe de Interrogación,' que eres tú, ¿no es así?" preguntó con falsa gentileza.

"Así es". Ibiki no pudo contenerse. Las comisuras de sus labios se levantaron unos milímetros en respuesta a su total descaro. "Ahora, si tiene a bien soltar a mi oficial, podemos comenzar enseguida a tomar su testimonio".

"La verdad es que tengo información… sensible, que de seguro no es prudente compartir con más de un par de orejas".

En esta ocasión, Ibiki estaba no sólo preparado para seguirle el juego sino para apostar fuerte a ganador y llegar al fondo del asunto. ¡Tal vez su noche aún tenía salvación!

Asintiendo su aprobación, vio como la kunoichi se volvió enseguida sobre su víctima, una sonrisa de triunfo aplastada en su rostro.

"¡Ya déjalo Kuromaru!" el niken obedeció enseguida, soltando la maltratada pierna con un gruñido triste, como si perdiera con ello su hueso favorito. "Pero no bajes la guardia; estos tipos no son de fiar."

Eso último lo dijo mirándole directamente él.

Entonces, como si fuese dueña y señora del lugar, empujó a su oficial afuera sin ceremonia, dejando a su niken de guardia en la puerta con la orden de 'no permitir que ningún idiota-huele-culos les moleste de nuevo', antes de cerrar con el sonoro y distintivo clic del seguro.

Desde luego, mujeres como ella no había muchas. Ibiki aún no decidía si eso era bueno o no.

"Por favor, tome asiento, Inuzuka-san" acompañó la invitación con un gesto de su mano.

"Llámame Tsume." Con un guiño, ignoró por completo la silla que le había señalado frente a él en favor de sentarse a su lado, justo sobre su escritorio. Ibiki tomó entonces unos segundos para estudiarla a detalle, desde su olor hasta el color de sus labios. Tenía que admitir que aun usando el reglamentario y aburrido uniforme jounin, su atractivo femenino y particularmente salvaje era tan innegable como intoxicante; más teniéndola tan cerca. Ella por su parte parecía mirarle con igual intensidad, sus extrañas pupilas alargadas dilatadas en absoluta concentración.

"Entiendo que tomaste parte en el equipo que persiguió a los fugitivos, Tsume."

"No vas a encontrar mejor nariz" dijo señalándola con un par de golpecitos de su dedo. "Aunque debo admitir que fueron muy rápidos y astutos al cubrir sus huellas. No nos llevaban más de diez minutos de ventaja, pero luego de cruzar el río les perdimos sin remedio".

"Ya veo…" asintió pensativo frotando su mentón. "¿Emplearon algún jutsu distintivo?"

"Ninguno que hayamos podido identificar, pero sí que dejaron una pequeña pista para ti."

Ibiki levantó las cejas, intrigado, y ella sonrió complacida al haber logrado el efecto que evidentemente deseaba. Inclinándose ligeramente hacia él, se lamió levemente los labios antes de pronunciar la palabra:

"¡Sangre!"

"No tengo reportes de que alguno de los dos fugitivos haya sido herido…" de inmediato comenzó a rebuscar los papeles en su escritorio, algo confundido con la noticia.

"No lo fueron," la nota de repentina seriedad en su voz le dio pausa. Sus ojos se encontraron. "No era un rastro lo que hallé, sino unas pocas gotas mezcladas con saliva. Olía a enfermedad… decaimiento. Sin duda uno de ellos tiene la muerte pisándole los talones." De nuevo se tocó la nariz enfatizando con ello la seguridad de sus palabras. "Mi dinero está en el Uchiha."

Ibiki se acomodó mejor en la chirriante silla, entrelazando las manos sobre su cintura. Esto sí que era información no sólo sensible, sino extremadamente valiosa. Mirando de nuevo a una satisfecha Tsume, él no pudo sino reevaluar sus impresiones respecto a la irreverente mujer a su lado. No era casual que hubiera acudido directamente a él con ese particular pedazo de información. Y una mujer como ella no necesitaba de tales excusas si lo que quería era verle para continuar con las insinuaciones de la última vez.

De nuevo, sus motivos no estaban claros y su cabeza se llenaba con un sin fin de por qués.

"¿Por qué me dices esto a mi? Pudiste declararlo con cualquier oficial…"

"Claro que pude" interrumpió, descartando su pregunta con un batir de su mano. "Pero te encuentro a ti mucho más interesante que al cara de morsa que me siguió hasta aquí."

Inclinando su cuerpo hacia él, Tsume parecía vibrar con la intensidad de un depredador a punto de dar el salto decisivo hacia su cena.

"Además no soy mujer que se echa para atrás ante un reto y realmente quiero saber que hay detrás de tu mala cara."

Ibiki pasó su lengua por sus colmillos.

"¿Y si no te gusta lo que ves?"

La respuesta a esa pregunta nunca llegaría. Era quizás un sin sentido entre ninjas de élite ponerse a comparar cicatrices y esperar que las de uno fuesen más profundas o terribles que las del otro, como si se tratase de un macabro concurso donde nunca hay ganadores. Como si ello les diese alguna justificación a sus amarguras o algún sosiego al dolor de sentirse solos rodeados de iguales. Todos tenían esqueletos guardados en el fondo del closet; no era prudente asumir que unos eran perores que otros.

Por lo pronto, lo que veía Ibiki con claridad era su propia soledad reflejada en la de ella. ¿Era eso lo que les atraía del otro? ¿Reconocer una necesidad y aprovechar la oportunidad?

Ahora, con las afiladas garras clavadas en su espalda, y los labios trancados en una lucha a muerte, era muy difícil pensar en ello con total claridad.

En cualquier caso, vivir para el momento era lo que hacía girar al mundo ninja día y noche.

¿Quién era él para negarse?

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Quien Anda con Lobos, muy Pronto Aprende a Aullar a la Luna.-

Siempre era ella quien iba hasta él.

Ella la que le buscaba, la que tomaba la iniciativa, la que lo acorralaba. Y eso, era evidente, estaba bien para él, que tenía miedo de asumir afectos que consideraba debilidades.

También estaba bien para ella, porque así estaba siempre en control.

Antes que su propio placer, antes que su propia vida, estaba siempre su familia. Sus dos hijos eran lo más importante que tenía y bajo ninguna circunstancia ella pondría en riesgo la armonía de su manada. Mucho menos, por una relación sin perspectivas. Los amantes adúlteros y clandestinos como ellos siempre terminaban sus historias con amargas lamentaciones, cuando se empeñaban en exprimir el jugo de las piedras.

Si alguna ventaja le daban los años, era haber perdido todo rastro de romanticismo a favor de una practicidad casi quirúrgica. Así que no tenía grandes expectativas, sólo necesidades inmediatas y muchas ganas de satisfacerlas.

No hay decepción si no hay esperanzas.

Así vivía toda su vida. Sin deberle nada a nadie, sin esperar nada de nadie. Independiente y orgullosa. ¡Irreverente hasta la última mordida!

Claro que ella sabía lo que muchas mujeres susurraban a sus espaldas; sentía las miradas atravesadas, los dedos apuntados en reproche. Tampoco se trataba de algo nuevo. Tsume nunca fue lo que se esperaba de ella. Desde niña desafiaba las normas de su Clan bien fuese superando la fuerza de los niños o confrontando a sus ancianos con los colmillos desnudos. Su sinceridad era grosería; su carácter fuerte una amenaza. Sólo con el pasar de los años comprendería que justo en esas diferencias, estaba su mayor fortaleza.

Por ello ahora sentía un inmenso placer en ignorar a quienes criticaban sus decisiones, en batir las garras a quienes trataban de decretar la forma en que debía vivir.

Estar en un largo matrimonio con un hombre sin ambición y por las razones equivocadas también le había enseñado eso. Unidos en principio por sus hormonas irrefrenables y la ingenuidad de los adolescentes, no pasaría mucho antes de que una hija concebida a destiempo y el optimismo del primer amor pusieran el sello definitivo a una condena de frustraciones. Sería la primera y última vez que Tsume sería presionada a hacer algo por las expectativas de los demás.

Sin embargo, no había en ella arrepentimiento. Sus hijos eran lo mejor de su vida y si algo, las experiencias de su pasado sólo la habían fortalecido. De hecho cuando su esposo se marchó –literalmente con el rabo entre las piernas– su ausencia no afectó particularmente a su núcleo familiar. Desde el principio él no había sido mucho más que una figura de fondo, asistiendo a sus vidas como espectador más que como participante, dejando en ella todas las decisiones, todo el peso de sacar adelante la familia. Al menos había sido un buen padre, cariñoso y siempre atento a sus pequeños.

Algunas veces aún se preguntaba si tal vez había sido demasiado exigente, si su personalidad brusca y brutalmente honesta habían sido inaguantables para un hombre como él, algo inseguro y despreocupado. Pero enseguida Tsume desechaba esa noción. Si un hombre no podía manejar a una mujer como ella, con mucho carácter y personalidad a juego, no se merecía recibir remordimientos de ningún tipo.

Ahora, el hombre atrapado bajo sus piernas, podía parecer a ratos confundido y quizás algo intimidado por ella y sus acciones espontáneas e impredecibles. Pero, tras puertas cerradas, en la intimidad que ambos compartían, no había lugar para las dudas. Él podía no sólo manejarla, sino dominarla sin dificultad y darle justo lo que ella más necesitaba.

¡Nada podía excitarla más!

Kami la proteja, pero ella nunca había conocido antes a un hombre al que respetase lo suficiente como para cerrar los ojos, abrir las piernas y, simplemente, dejarse llevar.

Pasando la lengua por la extensión de su cuello, eligió con cuidado el lugar donde lo mordería esta vez, proporcionándole así el dolor que ella sabía le gustaba y que invariablemente le hacía correrse con más intensidad.

Un centelleo de dientes, un batir de sus caderas y ambos caían un poco más en la trampa.

Sin expectativas. Sin esperanzas.

Con la boca manchada de sangre, Tsume arqueaba la espalda, volviendo el rostro hacia el cielo, gimiendo su nombre con fuerza al cobijo de la noche.

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NDA: A más interesante y prometedor el personaje femenino, menos le vemos en el manga. Lo que en el fondo es mejor, considerando lo que les hace el Kishi cuando les pone atención… Parte dos de tres lista!