Dos clases habían pasado desde que el día empezó. Para Snape y su curiosidad innata -o su impasible incertidumbre ante cualquier suceso que interrumpiera el hábito- el hecho ocurrido el día anterior, Lunes, le había llenado de curiosidad más de lo que él hubiera dejado interesarse.
Era Martes, tres clases diferentes antes de que se anunciara la hora de comer. Para grupos diferentes, en esencia tres clases de lo mismo: pociones básicas para primeros auxilios.
¿Se aburría alguna vez el profesor Snape? Sí. ¿Qué lo mantenía atento? Sucesos como el del Lunes, derrames de poción que provocaban en la piel de los alumnos espantosas ampollas, trabajos sobresalientes de uno que otro y en ésta ocasión, jóvenes misteriosas.
El profesor Snape no evitó privarse de buscar con una fugaz mirada algún indicio del supuesto misterio. No halló nada. Tranquilizó su curiosidad recordar lo que solía decirle Dumbledore "A veces eres muy paranoico, Severus, y no te juzgo, es virtud que halago... no sabes cuanto lo agradece la Orden..."
Poco faltaba para que la última clase terminara, Snape, sentado en su mesa, corregía los errores de los ensayos de la clase anterior. Lo terriblemente habitual.
Un grito mudo le hizo levantar la vista, nadie más había prestado atención al gemido contenido que venía del fondo de la mazmorra. En la mesa más apartada daba la espalda un delgado cuerpo coronado de una larga cabellera negra. Snape se levantó de la silla sin moverse de su lugar, la miró, y sin perder el paso largo presencial caminó ondeando su capa hasta el lugar. Se detuvo cuando quedó justo a un paso detrás de su cuerpo, hasta su nariz de pocionista llegó un olor peculiar, el olor que delataba el motivo del grito: la poción antinflamatoria que se realizaba en aquella mesa había empezado a hervir a causa de una mala elaboración.
Extendió el brazo e hizo a un lado el cuerpo con la tosquedad acostumbrada, sin mirar aún a la responsable.
"Tonta" dijo Snape entre dientes y con la mueca colérica mientras tomaba dos abichuelas y con el cuchillo las rebanaba cuidadosamente.
Algunos mechones negros le cubrieron la vista. Pasó con rapidez la mano y se quitó el cabello de la cara, lo que descubría su cara y también la cara de la estudiante. El rápido reconocimiento del rostro que intentó hacer en dos segundos fue suficiente para hacer que se cortara el dedo.
Al tiempo mismo sonaba el cucu del reloj que marcaba el término de la clase, no hacía falta dar alguna indicación porque los alumnos estaban apresurándose en salir. Entre el enfado de Snape al oír sonar el reloj y el griterío a la entrada de la mazmorra, perdió por unos segundos el conocimiento de su dedo ensangrentado.
Con un sobresalto volvió y se dio cuenta de su nueva condición.
"Profesor Snape... "Apenas logró escuchar el suavísimo y extraño tono de la voz de la estudiante cuando sintió una gélida mano tomar con decisión la suya y llevar el dedo hasta su boca. Snape enmudeció y apenas respiró, la lengua rodeó con suavidad por todo el dedo. Las caricias que la lengua daba al dedo índice de Severus, lejos de parecer alguna succión de sangre, aparecían para Severus como inundaciones de precaución y procura. Snape se permitió cerrar los ojos y apretarlos un poco para concentrarse en lo que le estaba ocurriendo y en lo que había ocurrido. Entreabrió los ojos de golpe y alejó su mano.
"Largo... de aquí.." Fue todo lo que pudo decir.
