Capítulo 2
Carruaje a la vista
Era radiante en la ciudad champiñón, la gente paseaba por las calles y compraba en los centros comerciales, la tienda de té estaba abarrotada de toads que solos o en familia disfrutaban de una taza de té real caliente. La paz se extendía más allá del lago de la ciudad hasta el castillo de Peach donde un grupo de toads obreros trabajaban decorando el castillo sin descanso; colgaban banderines y cintas decorativas a los torreones, podaban setos, movían cajas de un lugar a otro, barrían el suelo del interior del castillo y limpiaban la vidriera de la entrada del palacio.
La sala del trono estaba casi vacía, solo quedaba una muchacha. La chica era rubia, con una larga melena, su tez era blanca y sus ojos azules. Llevaba puesto un vestido rosa de campana y una pequeña corona dorada descansaba en su cabeza.
La joven estaba limpiando con un plumero rosa el trono cuando una voz la interrumpió a sus espaldas.
-¡Santo koopa, princesa! ¿Qué hace usted limpiando? ¿No le dije que nos lo dejara todo a nosotros? Creí haberle dicho al señor Toadbert que no le quitara el ojo de encima…
-Pero maestro Kinopio, no quiero que mis pobre toads se maten a trabajar mientras yo estoy aquí sentaba tomando té-intentó disculparse ella-sé que lo podéis hacer estupendamente, pero al menos dejadme algo para limpiar.
El hombrecillo masajeó con la palma de la mano su bastón.
-Parece que la he educado demasiado bien princesa y pensar que hace nada usted era un bebé… ¡cómo pasa el tiempo! Pe-pero no se preocupe, no permitiré que nada salga mal.
-Ya, ya-le consolaba la princesa haciendo esfuerzos por no reír-.
El anciano se atusó el bigote y sacó un pañuelo para secarse la lagrimilla.
-Por cierto, ¿dónde diantres está Toadbert?
-Hará media hora dos toads le avisaron de que habían encontrado algo "horroroso" y salió corriendo con ellos, me dijo que me quedará aquí.
-Me pregunto de que se trataría. Aunque la juventud de hoy en día considera horrorosa hasta una mancha de café en la ropa, ¡mentira! ¡En mis tiempos que se te cayera la tostada al suelo con la Goombantequilla al suelo sí que era una tragedia!
Mientras hablaban una voz a sus espaldas les llamó la atención.
-¡Princesa, princesa, princesaaaaa! ¡Por las estrellas, tiene que decir hacemos con esto!
El maestro Kinopio suspiró.
-Ah Toadbert, justo estábamos hablando de usted.
-Vaya se lo agradezco maestro Kinopio jeje,pero tengo algo que mostrarles en el jardín trasero del palacio, ¡no se debe pasar por alto!
-Está bien, llévenos.
El grupo de tres anduvo por los pasillos del castillo hasta llegar a la puerta del jardín trasero, una vez allí anduvieron un rato hasta llegar a unos matorrales con una estatua en el centro. Se trataba de una estatua en un gran pedestal de la princesa, era casi como ella salvo que al llegar a la cabeza el panorama se enturbiaba, una cara deforme en piedra dejaba ver unos anteojos enormes y una sonrisa grotesca.
-Encantador…-comentó el maestro Kinopio-.
Toadbert se adelantó a ambos.
-¿Qué hacemos princesa? esa cara es la de ese tipo, ¿no?
-De-destruidla-tartamudeó la chica con algo de sudor en la frente-quiero esa cara fuera de mi vista.
-Princesa, ¿se encuentra bien?-preguntó el maestro Kinopio algo perplejo-.
-Si, si… no es nada. Venga sigamos, aún hay mesas que limpiar.
Mientras se iban Toadbert transmitió a una cuadrilla de toads las órdenes de la princesa y se llevaron la estatua con ellos.
-Un asunto menos-se felicitó-.
La princesa volvió a la sala del trono seguida del maestro y se sentó en el trono.
-Bien, bien… ¿Así que ya llegó el día, eh?
-Eso parece princesa, muy pronto nuestra paz se expandirá al reino vecino, ¡este viejo Toad lleva esperando esto mucho tiempo!
-Me alegro, pero a todo esto, ¿Mario y Luigi van a venir no?
-Por supuesto princesa, los señores Mario y Luigi fueron ya avisados con mucho tiempo de antelación, aunque estoy seguro de que llegarán tarde.
-Jeje, siempre se la arreglan para aparecer en el último momento así que estarán bien.
Toadbert entró en la sala algo nervioso sujetando un reloj de bolsillo.
-¡Los preparativos están listos! ¡Por las estrellas princesa, ya casi es de noche y están al llegar!
La chica se levantó sobresaltada del asiento y corrió a la entrada principal del castillo.
-¡Ah, ah, ahhhhh!-medio gritaba la chica-¡maestro Kinopio! ¿Cómo estoy? ¿Debí de haberme puesto algo más elegante? ¡Creo que todavía hay tiempo para peinarme!
-Princesa-le cortó en seco el maestro-si encuentra algo más elegante que su vestido de princesa avíseme y en cuanto a su pelo… ¡creo recordar que hace media hora vi a cinco toads con peines a dos manos!
-Ahhhhh, cierto-admitió la mujer rascándose la cabeza-es que lo nervios…
-¡¿Y ahora dónde está el señor Toadbert?!
-¡Aquiiiiiiiií estoy!-gritó mientras se ajustaba una pajarita azul-. El carruaje de su alteza está atravesando el puente y los invitados ya están dentro.
-¿Todos?-preguntó mordiéndose los labios el maestro Kinopio.
-Bueeeeeeeeno… puede que los señores Mario y Luigi todavía no hayan llegado.
-Es demasiado tarde no creo que lleguen a tiempo.
El ruido de las puertas exteriores del palacio abriéndose interrumpió la conversación.
Un carruaje azul tirado por dos choomp-cadenas también azules avanzó hasta quedarse frente al gran portón del camino donde estaban ellos.
La princesa y los dos toads se quedaron de pie, rígidos como palos sonriendo.
-Ya están aquí-murmuró entre dientes el maestro Kinopio sin mover un solo músculo de la cara-sonreiiiiid.
Un hombrecillo de la altura de un bebé toad vestido con frac saltó de la repisa de donde azuzaba a las bestias, y pasito a paso llegó a la puerta de carruaje.
-No… os… riais-dijo la princesa mientras hinchaba los mofletes para contenerse-.
El minúsculo hombre saltó para llegar al picaporte de la puerta.
-Yo… no aguanto más-murmuró Toadbert que se había puesto colorado como un tomate-.
El hombre alcanzó el picaporte y lo giró, la puerta se abrió y un joven salió al exterior.
Le siguió una mujer mayor con el ceño fruncido.
El chico tenía el pelo negro, corto excepto el flequillo, algunos mechones traviesos le caían entre los ojos marrones, iba vestido con un traje azul cielo y llevaba puestas unas botas hasta las rodillas. Su cabeza la adornaba una pequeña corona plateada ladeada.
-Menuda pieza-dijo por lo bajo el maestro Kinopio-.
La princesa suspiró y miró hacia otro lado.
-Los he visto mejores.
La mujer por su parte llevaba un vestido de gala de campana como el de la princesa rojo cereza. Tenía varias arrugas por la cara y unas bolsas en los ojos verdes medio hundidos que casi parecían apagarse, parecía que el maquillaje podía hacer poco por ella. Llevaba el pelo cano recogido en un moño con redecilla. Una corona dorada descansaba encima de su cabeza.
Cuando ambos se bajaron la princesa y sus "secuaces" se acercaron. Todos intercambiaron unas miradas, sobre todo la mujer que venía con el joven.
Toadbert tragó saliva y comenzó a hablar:
-Esto… bienvenidos al castillo del Reino Champiñón, les va a atender la princesa Pe…
-Suficiente-le cortó la mujer-acabemos con esto cuanto antes. Yo soy Edna, la reina de… bueno, del reino Rocalimón y este es mi hijo-dijo mientras señalaba al muchacho y este saludaba tímidamente con la mano-el príncipe Meta.
La princesa volteó los ojos y cogió aire.
-Encantada, soy la princesa Peach, la que manda por alguna forma aquí.
-Oh querida ¿te gusta este lugar?-dijo la reina señalando los alrededores-.
-Sí, mucho.
-Pues muévete y vamos.
La reina se les adelantó y cruzó las puertas del palacio. El príncipe corrió detrás de ella mientras hacía un ademán de disculpa y agachaba la cabeza.
-Menudo par-comentó el maestro Kinopio-.
-Si no saben a dónde van…-añadió Toadbert con un hilillo de voz-.
La princesa se llevó una mano a la cabeza.
-Esto va a ser difícil…
(Sí, sí, lo admito... la historia se ha puesto pastosilla, tendremos que subir el Gracómetro mucho)
