Me ha sorprendido la acogida del primer capítulo así que aquí os traigo el segundo. Es un poco más largo que el primero, pido perdón ya por eso. Y, además, tiene contenido subidito de tono (avisados estáis, guarrillos míos), por lo que si no queréis leer como dos señores se dan lo suyo, este capítulo no es para vosotros.

Los personajes no me pertenecen, son propiedad de AMC, Robert Kirkman, Greg Nicotero y Frank Darabont (entre otros). Yo sólo los voy a usar para nuestro disfrute personal (y el de ellos, seguro)

Esta vez el capítulo es POV de Daryl

Enjoy!


El porche estaba a oscuras pero las luces del salón estaban encendidas. Yo estaba de pie frente a la casa, dudando si llamar o no a la puerta. Di un paso adelante y volví a quedarme quieto. Si picaba al timbre a esas horas de la noche Aaron iba a preguntar qué quería. Y no lo sabía.

Recé para que no me hubiera visto ahí parado como un imbécil y eché a andar hacia mi casa. Con las luces de dentro encendidas y la oscuridad de la noche era poco probable que me hubiera visto, pero aceleré el paso. Me sentía aun más patético que la noche anterior, porque al menos entonces no me había quedado parado como un psicópata delante de ninguna casa, sólo se me había ocurrido la genial idea.

Habían pasado ya cuatro o cinco días desde nuestro viaje al taller y no habíamos vuelto a cruzar palabra. Me sentía culpable y aliviado a partes iguales, por lo que alguna vez se me había pasado fugazmente por la cabeza el disculparme. Pero yo no soy una persona que acostumbre a pedir perdón por esa clase de tonterías. Y como era una gilipollez, pues me fui a casa.

El día siguiente fue más de lo mismo. Ni siquiera le vi la cara. Pero por la noche ahí estaba yo, pasando por delante de su casa, camino a la mía. Esta vez las luces estaban todas apagadas e interpreté eso como una señal. Cada día me parecía más estúpida la idea. Si él hubiera querido saber de mí me hubiera hablado, así que quizás era mejor así. Pero por la mañana las cosas se veían muy diferentes en mi cabeza.

Pensé que por qué cojones estaba siendo tan cobarde cuando lo único que necesitaba hacer era usar su garaje para reparar mi moto. Tumbado en mi casa, con las sábanas revueltas a mi alrededor, miré al techo y me decidí a hacerlo, a picar a esa puerta de una vez. Que no era la puerta del infierno ni nada, que sólo era una jodida casa. Además, que lo que había pasado sólo tenía importancia si se la dábamos, y yo cada vez le daba menos. Así que crucé la comunidad subido en mi moto y me volví a plantar en la puerta de su casa, sólo que esta vez a plena luz del día. Las dudas volvieron, claro está. Pensé que quizás no quería verme, que Eric estaría dentro y que a lo mejor lo sabría, que tal vez ya no era bienvenido en esa casa. Tuve que reunir todo mi valor para subir los escalones que llevaban a la puerta y picar.

Dudé de si salir corriendo o no todo el rato que Aaron tardó en ir hasta la puerta. Al menos me había abierto él y no Eric, porque, sinceramente, no sabía qué cara ponerle.

- ¡Daryl!

- Hola- le contesté sin más. No quería dramas.

- ¿Qué haces aquí?- Preguntó. Entonces, sin darme tiempo a responder, siguió:- Yo pensaba... No sé... ¿Qué quieres?

- Mmm... Necesito tu garaje para arreglar mi moto y... por eso he venido.

Aaron se me quedó mirando. Yo aun estaba en el porche y él aun estaba dentro de su casa con la mano en el pomo de la puerta. Por un segundo tuve miedo de que la cerrara en mi cara. No le habría culpado. Parecía realmente sorprendido de verme ahí y, aunque ya no tenía sentido tener ganas de largarme de ahí, seguía queriendo hacerlo. Lo de la moto no era una excusa, era verdad, pero no era la única razón por la que estaba ahí. Dentro de mí sabía que lo único que quería era estar bien con Aaron y poder volver a ser normales el uno alrededor del otro. Por la cara que me ponía no estaba muy seguro de que él quisiera lo mismo. Parecía cansado y, cuando habló, su voz no me sonó tan alegre como de costumbre.

- Esta debe ser la primera vez que me pides permiso para entrar en mi garaje.

- No quería molestaros- admití, aunque la realidad era que no estaba seguro de si aun podía usar su casa-. No sabía si tú, o Eric, estaríais ocupados o...

- Eric no está- contestó tajante-, así que pasa si quieres y haz lo que tengas que hacer.

Entré en la casa sin darle más vueltas al tema, porque el ambiente entre nosotros estaba tenso y no quería que la cosa se volviera aun más incómoda. Fui directo al garaje, sin preocuparme de si él venía detrás de mi o no. Mientras bajaba los cuatro escalones que había me maldije otra vez a mi mismo por la gilipollez del supermercado. ¿En qué cojones estaba pensando? Aaron era una de las pocas personas de Alejandría que parecían valer la pena y, por mi culpa, ahora no sabía cómo comportarme a su alrededor. La había jodido pero bien. Y me lo merecía, porque Daryl Dixon no tiene ni idea de cómo tener una jodida relación social normal con nadie.

Me puse a lo mío rápidamente. Entré la moto por la puerta del garaje y me entretuve con la faena. Tener algo que hacer y tener que estar concentrado me hizo olvidarme por un rato de lo idiota que había sido. Intenté pensar en mis cosas, como en la ampliación de Deanna que Rick quería hacer en Alejandría y en cuantas cosas quedaban por hacer aún. Pensé en Carol, en cómo parecía la más contenta por tener una vida "normal" pero en cómo era la que peor llevaba ese tipo de vida. Era una tía fuerte, pero ramas más gruesas había visto doblegarse. Y, como siempre que estaba nervioso o enfadado, pensé en Beth. En cómo ella disfrutaría Alejandría, el no tener que correr o esconderse, el poder hacer cosas normales y aburridas. Ella se merecía todo eso, el poder disfrutar de todo la vida que le quedaba por delante. No era justo que hubiera acabado así, tan pronto y tan mal. Aunque, si a mí me dieran a elegir cómo prefería morirme, escogería mil veces antes el que todo se acabara en un segundo a terminar devorado por una panda de caminantes. Me quedaba el consuelo de que seguramente ella no se habría enterado de nada y no habría sufrido, pero eso no se llevaba ni un poco la culpa y el dolor. La muerte puede llegar así, en un parpadeo, y pensar en eso me ayudaba a entender que Aaron tenía razón y que tenemos que coger lo que queremos y sacar de nuestra vida lo que no, antes de que sea demasiado tarde.

Por eso decidí que quería a Aaron en mi vida, al Aaron de siempre, y que iba a hacer un esfuerzo por que todo fuera normal otra vez. Le había besado y la había cagado, en un arrebato idiota que seguía sin entender. ¿Qué narices me había pasado? A mí no me gustaban los hombres, yo no era un mariquita. ¿Entonces por qué había besado a otro tío? Buena pregunta. Me gustaría tener la respuesta. Pero lo único que se me ocurría era que me sentía solo y Aaron había sido amable y simpático, y que yo era patético. Me dije a mi mismo que no pasaba nada mientras no pasara más y me quedé más tranquilo. Me lo repetí. Él podría convertirse en un muy buen amigo si yo decidía dejarle acercarse un poco más a mí. Joder, me costaba admitirme a mí mismo que alguien me importaba, pero en el fondo yo lo sabía.

Él no me molestó en toda la mañana así que trasteé en la moto todo lo que quise hasta que estuve satisfecho. El carburador había encajado perfectamente y sólo me quedaba probar la moto dando un par de vueltas para comprobar que no la había cagado. Quería que Aaron lo viera, ya que me había ayudado a encontrar la pieza, pero antes quería lavarme las manos. Estaban llenas de grasa, y seguro que me había llenado también la cara y la ropa.

Salí del garaje pero no parecía haber nadie en casa. Crucé el salón camino al baño y ni Aaron ni Eric estaban ahí. Bueno, pues me lavaría las manos y saldría de ahí con mi moto arreglada. Ya tendría tiempo de presumir. Abrí el grifo del lavabo y me llené las manos con jabón. Me hacía sentir un poco incómodo lo limpio que estaba todo siempre en esa casa, como si nadie viviera ahí. En el lavabo no había ni una mancha, nada fuera de su sitio, ni un pelo. Ensucié la jabonera cuando la toqué y ensucié el mando del grifo cuando lo levanté. Cuando me froté las manos cayeron churretones de grasa negros, ensuciando la cerámica blanca. Sonreí. Iba a dejarlo tan limpio como pudiera, pero ver la suciedad me gustó.

Cuando ya pensaba irme vi a Aaron a través de una de las ventanas que daba al patio de atrás. Me paré a mirarlo y no tenía pinta de estar muy alegre. Estaba regando las plantas como a cámara lenta, y parecía más ocupado con lo que tenía en la cabeza que con lo que tenía en las manos. Estaba solo, así que salí por la puerta de la cocina. No pareció oírme salir porque no me hizo ni caso.

- He terminado con la moto.

Él se giró como si se hubiera asustado. Estaba claro que no se había dado cuenta de que estaba en el patio con él. Dejó la regadera encima de una mesa.

- ¿Funciona?- Me preguntó.

- Eso iba a ver- me di la vuelta para volver a entrar en la casa-. ¿Te vienes?

Dijo que sí con la cabeza y entró conmigo en la cocina. Cuando entramos en el garaje sentí una especie de jodido deja vu a unos días atrás, cuando desperté a Aaron y bajó al garaje en ropa interior. Un deja vu a ese maldito día en el que tuve la genial idea de pedirle que me acompañara a buscar un carburador. Ese día en el que me dejé llevar por un arrebato absurdo. Ninguno de los dos abrió la boca hasta que arranqué la moto. Quería que Aaron viera mi esfuerzo y se sintiera aunque fuera un poco orgulloso. En realidad la moto era suya, las herramientas eran suyas y tenía el carburador gracias a él. Quisiera o no era parte de ello.

- Me alegro de haberte ayudado.

- Sí, gracias- contesté mientras abría la puerta del garaje que daba a la calle. Él me miraba cruzado de brazos-. Voy a salir a probarla ahora. ¿Quieres venir?

Dije las últimas palabras rápido y sin mirarle. Él no contestó enseguida, si no que siguió mirándome levantando una ceja. Entonces me arrepentí de haber dicho aquello. Quizás era demasiado pronto, o de verdad no quería tener nada más que ver conmigo. Me puse nervioso y supe que a lo mejor mis esfuerzos no servían de nada. Cuando iba a insistirle, porque no iba a rendirme tan rápido, habló:

- ¿En la moto?

- Sí. Quiero ir a fuera. Probarla de verdad.

- ¿Los dos en la moto?

Empecé a sacar la moto del garaje, dándole la espalda, porque a mí no me gusta que me mareen. Si no quería venir, que lo dijera y punto. Ya está, joder, sin más. No había que darle tantas vueltas a todo como le gustaba a ese hombre. Algunas cosas se hacen cuando se tienen que hacer y punto. ¿Para qué pensárselo todo tanto?

- Te dije que te daría una vuelta. Pero no tiene que ser ahora si no quieres.

- Sí quiero- dijo a mi espalda. Paré en seco y le dejé seguir:-. Hace un buen día y salir no puede sentarme mal.

Entonces sí me giré a mirarlo y le vi sonreír por primera vez en toda la mañana.


Una media hora más tarde Aaron y yo íbamos con la moto por las carreteras que te alejaban de Alejandría. Yo iba conduciendo y disfrutando del viento y el sol en mi cara mientras él iba detrás de mí con un casco que había cogido de su garaje. Había insistido también en meter agua y algo de comida en la mochila, "porque cuando sales nunca sabes cómo vas a acabar", había dicho. Le dejé hacer, porque, claramente, si uno de los dos iba a ser sensato no iba a ser yo.

Cogí una curva a la derecha, porque realmente no sabía a dónde iba y sólo conducía la moto por caminos al azar. Me sentía bastante orgulloso de que haber hecho un esfuerzo hubiera funcionado. Quizás ese paseo en moto arreglaba mi cagada y todo volvía a ser como antes. Sentí una punzada en el estómago al pensar eso, como si hubiera sentido nervios por un momento. Pero entonces un tramo largo de carretera recto apareció delante de mí y sonreí. Iba a poder probar a esa cabrona como tocaba. Di gas y aceleré, olvidándome por un momento de que llevaba paquete detrás.

La moto aceleró bruscamente y noté los brazos de Aaron apretarse más alrededor de mi cintura. Sus manos se agarraron fuerte de mi chaleco y noté perfectamente como su cuerpo se tensaba en mi espalda. Pensé que quizás sentiría hasta miedo de ir por una carretera tan secundaria a esa velocidad, pero yo me sentía libre como hacía mucho tiempo que no me sentía. Alejandría tenía todo lo que uno podría desear en los tiempos que nos había tocado vivir, pero cuando salía con mi moto me sentía como cuando te dejan salir de permiso un día de la cárcel. Jodidamente libre.

Fui a esa velocidad hasta que no me quedó más remedio que reducirla para coger una curva. Pero, aunque volví a una velocidad normal, Aaron ya no aflojó sus brazos y me agarró todo el rato como si fuera a caerse. A nuestra derecha apreció un tramo sin árboles y a lo lejos se veía una especie de terraplén o acantilado, porque no se veía tierra. Decidí, sin pensarlo más de un segundo, acercarme ahí y quizás hacer una parada. Habría conducido ya alrededor de una hora y tampoco tenía por qué alejarme tanto.

Aaron pareció muy contento de poder poner los pies en suelo firme otra vez. Cuando se quitó el casco pude ver su cara de alivio y agradecimiento.

- Vale. Definitivamente la moto va bien. Demasiado bien.

Fingí una mueca de fastidio y él me sonrió en respuesta.

Dejé la moto apoyada con el pedal y me acerqué al acantilado. Aaron dejó el casco encima de la moto y me imitó. No era la vista más bonita que había visto en mi vida, pero el cielo a lo lejos, lleno de nubes y con el sol brillando, era bastante agradable. Se veía bosque abajo y, entre los árboles, una cabaña bastante destrozada. No parecía haber nada interesante ahí abajo, así que descarté la idea de bajar.

Aaron me golpeó el brazo con la mano y me señaló el cielo. Dejé de mirar abajo para mirar a dos águilas que volaban a lo lejos.

- Es precioso- dijo siguiendo a los dos animales con la mirada.

- Supongo.

- ¿Supones?- Entonces se giró a mirarme- Las cosas como esta son lo único que me hace olvidar por un momento el horror en el que vivimos- volvió a mirar al cielo-. Me hacen sentir como si hoy fuera un domingo cualquiera y estuviera aquí simplemente disfrutando del sol y del viento.

- No seas dramático. Las noches de pasta en tu casa también hacen que me sienta un poco más en el mundo real, ¿sabes?

No me contestó. Se quedó mirando al horizonte con la mirada fija y, por un momento, creí ver como su cara se entristecía. Pero nunca he sido bueno con esas cosas, con notar a qué se debía el dolor de los demás. La empatía no es lo mío. Pero sí sabía que quizás era algo de lo que yo había dicho.

- ¿Estás bien?- Sentí la necesidad de preguntarle. Tampoco lo pensé mucho antes de abrir la boca.

- Sí.

- Pues no lo parece.

Hizo una pausa y cogió aire. Aunque yo le miraba a la cara, él seguía mirando el cielo.

- He estado mejor.

- ¿Quieres hablar de ello?

- No.

Me senté en el suelo, justo en el sitio donde había estado de pie. Si Aaron no quería hablar de ello, tema zanjado. Cuando yo no quería hablar de algo, no quería y punto. Así que le respeté. Tardó unos segundos, pero se sentó él también en el suelo.

Entonces nos quedamos en silencio. Si no teníamos nada que decirnos, mejor mantener la boca cerrada. Sabía que no tenía que hacerlo, pero quería mirar a Aaron. Mientras que yo estaba cruzado de piernas él mantenía las dos rodillas flexionadas contra el pecho, y las rodeaba con sus brazos. Miraba al cielo como si esperase tener una revelación mística o algo. Me sorprendía como siempre, fuera la hora del día que fuera, parecía recién afeitado. Me pregunté si su cara sería suave y entonces me odié por hacerme esas preguntas de mierda y me obligué a mirar al cielo de las narices.

- No tiene nada que ver con lo que pasó el otro día entre nosotros- dijo entonces, sacando el único tema que yo no quería sacar-. Si es eso lo que te preocupa.

- Nah, no me preocupa.

- Pues a mí sí- me contestó. Esta vez fui yo quién no le miré, aunque sabía que él me estaba mirando-. No quiero que eso cambie nuestra relación.

- Ni yo.

- Y no quiero que te quedes con la sensación de que fue algo malo o incorrecto- siguió hablando, dándole vueltas al tema.

- Mira. No tengo ningún problema con los gays, ¿vale?- Ya estaba, me había hecho hablar tanto sí como no- Es sólo que yo... a mí no...

- A ti no te gustan los hombres.

- A mí no me gusta nada.

Aaron río, con una carcajada como nunca le había visto reír. Genial. Al menos se había tomado a broma una frase que yo, sinceramente, creía pero que no había dicho jamás en voz alta.

- Lo que tú digas.

- Oye, no he crecido precisamente en un ambiente pro gay- le expliqué-. Las personas que me criaron odiaban con toda su alma a los maricones, como ellos les llamaban.

- Ah, es mucho más común de lo que parece.

- Se pasaron la vida diciéndome que si hacer eso es de mariquitas, que si hacer lo otro es de mariquitas- seguí, intentando explicarme sin ofenderle-. Era una costumbre de mi padre que a mi hermano no le costó mucho imitar. Yo nunca he pensado así, pero algunas cosas se te quedan dentro y cuesta mucho que no salgan.

Aaron estaba a mi lado callado y escuchándome. Por su cara supe que estaba pensando en algo, así que no seguí hablando. Yo también pensé, en mi padre y mi hermano, e incluso mi madre, y en cuantas veces me habían llamado mariquita cuando me dolía algo, cuando no era lo suficientemente fuerte para hacer alguna cosa o simplemente no podía. La voz de mi hermano sonaba a veces en mi cabeza llamándome "Darylina" y aun, después de años, seguía oyéndolo llamarme mariquita como había hecho tantas veces. Porque su trabajo, siempre me lo decía, era convertirme en un hombre, en uno de verdad. Yo no podía ser débil, llorar o tener sentimientos. Yo tenía que ser un tipo duro y a los tipos duros no les gustan otros tíos. Por eso a mí no me gustaban. A los tipos duros les gustan las tías buenas. Pero a mí tampoco me gustaban.

- Tú ya me conoces un poco- me dijo Aaron entonces, sacándome de mis pensamientos destructivos-. Y sabes que lo que me guste no tiene nada que ver con quién soy o las cosas que hago. A cada uno le gusta lo que le gusta, o no le gusta nada. Y eso no cambia quién eres de verdad.

Asentí y seguí callado. No quería seguir hablando de lo que me gustaba o lo que no, aunque lo que Aaron acababa de decir me dio bastante en lo que pensar. Cuando volví a hablar cambié el tema y hablé de la moto. Escuché las quejas de Aaron sobre la velocidad y la seguridad en la carretera y seguimos la conversación sin que ninguno de los dos volviera a sacar el tema. Él parecía más animado y eso me hizo animarme a mí. Nos comimos los sándwiches que Aaron había preparado por si acaso y el tiempo nos pasó volando. Cuando nos dimos cuenta el sol empezaba a tener ganas de irse.

Durante el camino de vuelta, claro está, volví a correr más de la cuenta. No por tener prisa, si no por el simple placer de molestar a Aaron y notarlo pasándolo mal agarrado a mí. Estaba bastante satisfecho de haber podido solucionar las cosas con él. Mi idea del paseo en moto, aunque me había parecido bastante estúpida al principio, había sido eficaz. Él también parecía estar mejor al volvernos que cuando habíamos salido de Alejandría, así que todos ganábamos.

Seguía dándole vueltas en la cabeza a las palabras de Aaron. ¿Lo que te gustara no tenía nada que ver con quién eras? Dicho así tenía todo el sentido del mundo, pero no es algo que se me hubiera ocurrido nunca pensar. En el esquema mental que me habían enseñado a hacerme existían los hombres de verdad y los mariquitas. Si no encajabas en la categoría de tipo duro sólo te quedaba la otra parte. Los gays no eran tipos duros, no peleaban, no se hinchaban a cervezas toda la noche en el bar, no sabían de coches o de futbol y no podías fiarte de ellos, porque sólo pensaban en follar culos, eran afeminados, lloraban, horneaban tartas y movían las manos al hablar. Esas eran las verdades como puños que me había tocado oír toda mi vida. Y, en realidad, nunca había conocido lo suficiente a ningún gay como para ajustar esas ideas a la realidad. Bueno, hubo un chico una vez. Se llamaba Mike y nos ponía las cervezas durante una temporada en un bar de moteros a la afueras de mi pueblo. Era un tío normal que jugaba con nosotros al billar, hablaba con pasión de motos y fumaba tanto o más que nosotros. Creo que a mi hermano y a sus amigos les caía tan bien como a mí, casi le consideraban uno más. Hasta que una noche, al cerrar el bar, lo vieron con otro chico. Entonces Merle empezó a decir que nos había engañado fingiendo ser lo que no era, y que seguramente nos había mentido para conservar ese trabajo de mierda porque nadie quiere contratar a un maricón. Empezaron a molestar a Mike con esas cosas hasta que la situación se fue de madre y acabaron a hostias. Mi hermano chuleó durante tiempo de haberle dado una buena paliza a ese maricón de mierda. A mí, que no había participado en ninguna de aquellas bromas, eso se me quedó grabado para siempre en la memoria. Nunca más vimos a Mike.

Y ahí estaba yo, siempre en medio de las dos cosas. No me sentía del todo cómodo siendo el tipo duro que se esperaba que fuera, y no estando tampoco en el otro banco porque a alguien como yo no podían gustarle los hombres. Y por eso no me gustaban. Punto.

Cuando llegamos a Alejandría dejé a Aaron y a la moto en su casa y fui hasta la mía dando un paseo. Me encendí un cigarro y me tumbé en el sofá nada más llegar. Si era verdad que conocía a Aaron, como él decía, no me encajaba tampoco en la categoría de gay que yo tenía. Bueno, no era el hombre más macho que hubiera conocido, pero tampoco era afeminado ni la mayoría de cosas que se espera de alguien como él. A pesar de lo mucho que le gustaba el drama no encajaba del todo.

Tal vez era verdad que daba igual lo que te gustara y yo había vivido toda mi vida con una venda en los ojos. Aaron era fuerte, inteligente y decidido. Cuando salíamos yo confiaba en él porque me había demostrado que podía. La única cosa que le hacía parecer gay era ese novio que tenía. Pero ese era otro tema a parte. Entre esa clase de pensamientos me quedé dormido en el sofá, con el cigarro en la mano y la ceniza ardiendo cayendo sobre la alfombra.

Soñé con Mike y mi hermano, seguramente por todo lo que me había acordado del incidente ese día. Fueron pesadillas donde veía a Merle golpeando una y otra vez, pero en vez de pegar al camarero, me estaba pegando a mí. Casi pude sentirlo en la carne, cada golpe, y en la cabeza, cada insulto. Esa noche apenas pude dormir. Ni siquiera cuando lo intenté en la cama. Si cerraba los ojos ahí estaba otra vez mi hermano llamándome Darylina.


Los dos o tres días siguientes me sentí mejor. Vi a Aaron un par de veces e incluso empezamos a planear nuestra próxima salida. Él quería ir hacia el norte, a una ciudad por la que paraba mucha gente de paso y en la que había encontrado a viajeros algunas veces. Me pareció bien porque él era el experto en la zona y las personas y yo sólo era experto en rastrear. Sentí mucho alivio porque habíamos podido volver a hablar y comportarnos con normalidad el uno con el otro. Un problema menos.

Uno de esos días pasé la tarde con Rick y Abraham en las obras de ampliación de los muros. Hacían falta todas las manos que fueran posibles porque era un trabajo que había que hacer rápido y bien. La construcción nunca ha sido lo mío pero yo tenía mucha fuerza y muy pocas ganas de estar sin hacer nada. Así que pasé varias horas cortando madera, clavando clavos y armando cemento. Pura diversión. Cuando ya se hizo oscuro y nos costaba ver lo que estábamos haciendo Rick nos mandó a casa y yo no iba a ser quién protestara.

Atravesé el pueblo sin prisa y pensando en mis cosas. Lo que más me apetecía en ese momento, más que comer, era una cigarro. Me llevé la mano al bolsillo pero mi paquete de tabaco estaba vacío, así que seguí andando hasta casa de Carol. Era pronto aún como para que se hubiera acostado y me alegré cuando vi que las luces del porche estaban aun encendidas. Piqué al timbre sin pensar un momento y Carol no tardó en aparecer por la puerta. Esa mujer estaba siempre alerta de verdad. Le pedí el cigarro y se sacó el paquete del bolsillo con una cara que pretendía ser advertencia, pero que a mí me pareció graciosa.

- ¿Un día duro?- Me preguntó, sentándose en el banco que tenía a un lado del porche.

- No. Sólo un día cansado- La imité y me senté, encendiéndome el cigarro y encendiendo otro para ella-. ¿Y el tuyo?

- Muy tranquilo.

Entonces nos quedamos ahí uno al lado del otro, consumiendo nuestros cigarrillos sin decir nada. A veces era muy fácil estar con Carol porque no necesitaba estar hablando todo el rato y podía sentarme tranquilamente con ella y pensar en mis cosas, o en nada. Pero parecía que esa noche había otros planes.

- ¿Sabes qué les ha pasado a Aaron y a Eric?

- ¿Yo?

- Pasas mucho tiempo con Aaron- explicó ella, dándome un golpecito en el brazo con su hombro-. Pensé que quizás te lo había contado.

- Joder, paso tiempo con él, pero no nos contamos nuestra vida amorosa- mentí.

- Pues he estado hoy en la despensa y Eric estaba ahí, contándole sus cosas a Olivia. Y no me he enterado de todo, pero estaba bastante alterado porque Aaron lo ha dejado.

- ¿Cuándo te has convertido en una vieja tan cotilla?

- Sólo te he preguntado si sabías algo- me dijo, levantándose del banco-. No hace falta que te pongas así.

Entonces ella me dejó solo y se metió en su casa. Y yo me quedé ahí, como con el cerebro apagado y el cigarro soltando la ceniza al suelo de madera del porche. La vi irse pero no reaccioné porque estaba asimilando lo que Carol acababa de soltarme. Ella no sabía, claro está, que lo que ella me contaba como quien habla del tiempo era como una bomba nuclear para mí. No quería repetir sus palabras en mi cabeza, porque si lo hacía se convertirían en algo real. Y joder, no entendía una mierda. ¿Aaron dejando a Eric?

Eché a andar hacia mi casa y tiré el cigarro nada más pisar la calle. Yo ya sabía que la tontería del supermercado iba a traerme problemas, pero no pensaba que fueran algo tan grave. Aaron y yo volvíamos a estar bien y de repente me enteraba de eso. ¡Aaron había dejado a Eric! Vale, me había dicho que tenía dudas sobre eso pero, hostia, no había podido elegir peor momento. No sabía cómo me sentía exactamente por la noticia pero lo que estaba claro es que me estaba cabreando. Si Aaron había confundido mi amabilidad con otra cosa y por eso había dejado a su novio iba muy equivocado. Yo le había besado, sí, pero luego le había dejado claro que yo no quería nada. Clarísimo. Y no se me pasó por la cabeza en ningún momento que quizás no todo tiene que ver conmigo y que Aaron no tenía porque pensar en cómo iba a sentirme yo. Sólo me cabreé.

Me cabreé tanto que, cuando estaba a punto de llegar a mi casa, me di media vuelta, pateé una piedra, y me decidí a ir a casa de Aaron a decirle cuatro cosas. Si ese se pensaba que yo iba a estar comiendo de su mano estaba flipando. Cuanto más cerca estaba más enfadado me sentía y más me costaba pensar. No sabía qué iba a decirle, ni qué motivo iba a darle para estar así de molesto. En realidad no era mi maldito problema. Yo no había prometido nada y punto. Pero aún y así necesitaba ir a pedirle explicaciones.

Cuando llegué a su casa ya no era capaz de razonar. Me dio igual si las luces estaban apagadas o encendidas, si iba a molestar, si alguien iba a verme o si seguía sin ser mi problema. Subí las escaleras del porche de dos zancadas y golpeé la puerta con el puño cerrado. Los timbres no son para gente enfadada. Mi paciencia duró cinco segundos y, como no había respuesta, volví a golpear con rabia. Al tercer puñetazo la puerta se abrió y casi le doy a Aaron, que apareció por la puerta con una servilleta en la mano y masticando algo. Los ojos se le abrieron como platos cuando me vio tan rabioso.

- ¿Daryl...?

Pero no le di tiempo a decir nada más porque entré en la casa de tal forma que tuvo que apartarse para que no le empujara. Ni siquiera era capaz de mirarlo.

- ¿Has dejado a Eric?- Le escupí la pregunta.

Aaron cerró la puerta y se me quedó mirando. Se limpió la boca con la servilleta sin decir nada, y yo me sentí la sangre hervir. Yo parecía un león enjaulado, moviéndome de un lado a otro sin poder evitarlo, y él estaba tan calmado que me dieron ganas de pegarle a ver si reaccionaba.

- ¿Qué pasa con eso?

- ¡Joder, Aaron!- Le grité, buscando las palabras a toda leche- ¿Por qué? ¿Por qué coño tienes que liarla tanto? ¡Dejar a Eric ahora! ¡Vamos, no me jodas!

Y se rió. ¡Joder, se rió en mi cara! Como si yo fuera un niño que acababa de hacer alguna burrada y a él le hiciera gracia.

- Daryl, esto no tiene nada que ver contigo.

- ¡Y una mierda no!

- Ya te conté que no estaba bien con él y...

- ¡Y nada!- No le dejé ni acabar la frase. Necesitaba soltarlo todo- Te besé en ese supermercado de las narices pero yo no te he prometido nada. ¡Te dejé claro que yo no quiero nada! ¿Y tú decides que es el mejor momento para dejarlo con tu novio?

Aaron no me respondió. Dejó la servilleta encima de la mesa y se cruzó de brazos, dejándome hablar tanto como quisiera. Y yo estaba embalado.

- Si te crees que ese beso de mierda significó algo es que estás flipando, ¿vale? Estábamos bien... ¿Por qué haces esto? Has dejado a tu novio para nada, joder.

- Daryl, cálmate- me pidió-. He dejado a Eric porque quería hacerlo. Y no, no tiene nada que ver directamente contigo. ¿Y por qué ahora? No lo sé, la verdad. Ya sé que tú no me has prometido nada, y no te estoy pidiendo nada, pero me has enseñado cosas.

- ¡Yo no te he enseñado nada! Menuda cagada, joder.

- Me di cuenta de que no estaba enamorado, y de que puedo sentir otras cosas con otras personas.

- ¡Pues yo no sentí una mierda!- No podía más- ¿Me oyes bien? ¡No sentí nada!

- Y si no sentiste nada ni me has prometido nada, ¿por qué te importa tanto?- Me peguntó él, levantando la voz por fin.

Y por primera vez desde que había entrado por la puerta no sabía qué decir. Genial, cinco minutos y ya había conseguido callarme la boca. Me sentí como si encogiera delante de Aaron, como si de repente midiera veinte centímetros. Literalmente no sabía qué contestar a eso porque ni yo sabía la respuesta. ¿Por qué me importaba tanto? ¿Porque mientras Aaron siguiera con Eric yo no tendría por qué plantearme las cosas?

Ni siquiera había tenido los cojones para responderme a mí mismo la pregunta de por qué le había besado en el supermercado. ¿Porque se me cruzaron los cables? Eso no era una respuesta válida y, en mi interior, yo lo sabía. No era la jodida verdad, pero era lo más fácil para decirme a mí mismo. Mucho más bonita y aceptable que el verdadero motivo, ese que no me atrevía ni a pensar. Porque dolía. Mucho.

Dolía porque sólo pensar en ello volvían a mi memoria golpes, insultos, decepción, vergüenza y una interminable lista de cosas. Y volvía a sentirme como un adolescente de quince años que se dice a si mismo que lo que quiere está mal, que no es de hombres, que no es de machos, que es una asquerosidad y que le jodería la vida. El que siempre apartaba la vista y evitaba los pensamientos "malos". Ese adolescente luchaba ahora por salir y vivir lo que yo siempre le había prohibido, y estar ahí delante de Aaron, me hacía el trabajo más difícil que nunca.

Él seguía ahí de pie, cruzado de brazos y esperando una respuesta por mi parte. Lo que no sabía era que dentro de mío había un infierno en ese momento. Casi podía sentir las llamas quemándome el estómago y por un momento sentí náuseas.

- Tienes razón- le dije-. No me importa una mierda.

- Sí que te importa. Si no, no estarías aquí gritándome y pidiéndome explicaciones.

Apreté los puños y me cansé, se me acabó del todo la paciencia. No pensaba quedarme ahí a dejar que Aaron me diera lecciones morales de las suyas. Ni hablar. Me iba a largar de ahí cagando leches y que se quedara él con sus tonterías, solo y soltero. A mí me daba lo mismo. Empecé a andar y, cuando ya estaba a punto de llegar a la puerta, él habló a mi espalda:

- Sí que sentiste algo, ¿verdad?

- ¡Cállate!- Me giré a gritarle a la cara, olvidando las ganas que tenía de salir de ahí.

- Y por eso estás tan enfadado, porque sentiste y no quieres.

- ¡No tienes ni idea de lo que yo siento! ¿Me oyes?

Aunque grité esa última frase, Aaron no parecía molesto. Es más, parecía casi sonreír. No me había dado cuenta de cuánto me había acercado a él para gritarle, hasta que vi que no le costó nada acercar su cara a la mía y besarme. A traición. Rápido y sin darme tiempo a reaccionar. Pero fue un beso muy distinto del que yo le di en el supermercado. Aaron sabía lo que quería y lo que iba a provocar en mí. Me estaba retando y le estaba funcionando, porque cuanto más se movía su boca contra la mía más perdido me sentía. Sus manos agarraron mi camisa y tiraron de mí, acercándome a él. Entonces sí me sentí ese adolescente de quince años que luchaba contra sí mismo, inexperto y torpe, pero gritando por salir. Y cuando ya me había rendido Aaron se separó de mí.

- ¿Nada?- Me preguntó a centímetros de mi cara.

Le miré a los ojos por primera vez desde que había entrado en su casa y pude ver cómo algo se encendía en ellos. Quise contestarle algo que me hiciera ser el ganador pero, como no soy una persona de muchas palabras, mi única respuesta fue volver a besarle. Porque, joder, claro que había sentido algo, pero antes prefería morirme que reconocerlo. Agarré su cara con las manos y le besé con todas las ganas que, sin ser consciente, había estado guardando. ¿Ya qué más me daba? Si lo hacía, iba a hacerlo bien.

Aaron mordió mi labio y fue como el detonante. Todos los nervios de mi cuerpo parecieron despertarse y ya sólo pude pensar en una cosa. No sé cuánto rato estuvimos besándonos pero el tiempo no parecía pasar de forma normal. Sus manos se movían por mi cuerpo, por mi espalda, mis brazos y mi pecho. Yo no era capaz de dejarme llevar y hacer lo mismo, no sabría por dónde empezar, así que me dediqué a disfrutar de todas las sensaciones. Dejé a Aaron hacer sin oponer ninguna resistencia porque, para qué negarlo, me estaba gustando más de lo que había imaginado. Dejó de besarme para atacar mi cuello a la vez que sus manos agarraban mi culo y me apretaban contra él. Joder, sentí todo su cuerpo pegado al mío y supe que no podía estarme ahí de brazos cruzados. Quería hacer tantas cosas a la vez que no era capaz de pensar. Quería arrancarle la ropa y ver qué había debajo de su camisa de cuadros y esos pantalones enormes y a la vez quería huir corriendo de ahí y no tener nada que ver con eso.

Cuando me di cuenta estaba contra una mesa con Aaron pegado a mí. Volvió a besarme como si fuera a devorarme y yo empecé a desabrochar los botones de su camisa. Yo estaba ya tan cachondo que lo único que me importaba era desnudarlo, nada más. Me dio tiempo a desabrochar tres botones antes de que Aaron abriera la boca:

- ¿Estás seguro de esto?

- Shhhht...- le pedí que se callara e intenté besarle, pero no me dejó.

- Daryl... - no iba a parar.

- Que sí.

Y para ese entonces todos los botones de su camisa estaban fuera de los ojales y pude seguir a lo mío. Lo mismo pasó con la camiseta que llevaba debajo, que desapareció en cuanto pude tirar de ella para arriba. Yo me sentía embalado ya y notar su paquete contra mi cuerpo tampoco estaba ayudándome en nada. Por un momento me sentí mal porque me gustara tanto tener a un tío sin camiseta delante de mí, pero lo estaba disfrutando. Aaron estaba mucho más en forma de lo que parecía con la ropa puesta, tenía buenos hombros y los brazos fuertes, pero no pude mirar mucho porque volvió a pegarse a mí.

Me sentía como un pantano al que le han abierto las compuertas de golpe y ahora el agua no dejaba de salir. Había estado negándome a ello tanto tiempo que ahora nada iba a pararme. Cuando Aaron me preguntó, susurrándome al oído, que si prefería subir a su dormitorio, mi cerebro no fue capaz de pensar en nada más que en un enorme sí. Preferí no plantearme demasiado lo que estaba haciendo y bloqueé los pensamientos negativos que tenía tanto como pude.

Las escaleras se me hicieron eternas a pesar de subirlas a toda prisa. Nada más llegar a la habitación Aaron se pegó a mí y empezó a quitarme la ropa, dejando claro que los dos teníamos más o menos las mismas ganas. Me empujó a la cama y se tiró encima de mí, volviendo a besarme como si le fuera la vida. Cada cosa que me hacía era jodidamente buena y yo intentaba estar a la altura, pero claramente estaba nervioso. Debí parecerle un pardillo total.

- Vamos a hacer un trato- me dijo entonces, mirándome a los ojos y sonriendo-. Voy a hacerte todo lo que yo quiera, y tú vas a hacerme a mí lo mismo, lo que te apetezca. ¿De acuerdo?

Sentí mucha vergüenza de golpe, como si el oír esas cosas en voz alta las hiciera más reales que simplemente haciéndolas. Le aparté la mirada y asentí, sabiendo que la cosa se ponía seria en ese momento. Sabiendo que iba a follarme a otro tío.

Pero todo volvió a importarme una mierda cuando Aaron metió una mano dentro de mis calzoncillos. A partir de ahí las cosas empezaron a ir muy despacio o muy deprisa, volviéndome loco a cada nuevo movimiento. Estaba quedando claro que yo no tenía ni idea y de que Aaron sabía perfectamente lo que hacía. Mientras su mano se movía arriba y abajo en mis calzoncillos clavó los dientes en uno de mis pezones. No pude aguantarme un gemido y eso pareció gustarle, porque siguió besando y mordiendo todo mi pecho, bajando por mi cuerpo. Sabía lo que iba a venir a continuación, pero la realidad superó a mi imaginación cuando Aaron bajó mis calzoncillos y empezó a chupármela.

Miré al techo todo el rato, porque no tenía narices a mirar para abajo y encontrarme con él. Me podía la vergüenza una vez más. Pero podía notar la lengua de Aaron contra mi piel, sus labios y sus manos haciendo maravillas. Me di cuenta de que, si la cosa seguía así, iba a correrme enseguida, demostrando, una vez más, que era un jodido inexperto. Y no me daba la gana, así que tiré de él hacia arriba y volví a besarle. Ahora era mi turno de hacer lo que me apeteciera.

Lo empujé hacia un lado para que se tumbara y poder ponerme yo encima. Desabroché su pantalón y me espabilé para deshacerme del resto de su ropa. Me senté a horcajadas sobre él y puse ambas manos a los lados de su cabeza. Sentía su cuerpo caliente y suave debajo de mí y empecé a frotarme contra él.

Me sorprendió un poco lo diferente que me parecía Aaron en ese momento con el que veía normalmente, tan calmado y racional. Ahora estaba siendo apasionado y decidido, nada que ver con el tontaina que se estresaba por dos caminantes. Joder, menudo cambio. Aunque, teniendo en cuenta mi falta de experiencia, o dominaba él la situación o estábamos apañados.

Y eso hizo. Dejó de besarme y metió uno de sus dedos índice dentro de mi boca, obligándome a chuparlo. Y eso me puso más cachondo que cualquier otra cosa que hubiera hecho antes. Mirándome a los ojos Aaron llevó la mano hasta mi culo y metió el dedo lentamente en mí. Yo agarré fuerte la almohada con las dos manos y cerré los ojos. La sensación no era la mejor del mundo pero tampoco era desagradable, aunque despertó mucha curiosidad en mí. De golpe tenía prisa por sentirlo todo. Besé a Aaron mientras el dedo seguía entrando, más adentro, y de golpe empezaba a salir, pero para volver a entrar. Dentro y fuera, y yo tenía la polla más dura que nunca en mi vida.

Sacó el dedo de mí y automáticamente lo eché de menos. Era como si estuviera metiéndome una droga y necesitara cada vez más para sentir lo mismo. Necesitaba más. Y entonces fue él quien chupó su dedo, esta vez el corazón. Sabía lo que eso significaba y, joder, lo estaba deseando. Pero volvía a sentir que tenía que hacer algo, que no podía estarme ahí mientras él lo hacía todo. Así que me atreví a hacer algo que llevaba rato pensando y agarré su pene. Y, al ritmo de sus dedos entrando en mi culo, empecé a mover mi mano arriba y abajo. Un pequeño paso que era un mundo para mí. Escuché a Aaron gemir por primera vez y me sentí ganador, porque al menos había sido capaz de provocar eso.

Yo tenía cada vez más calor y me costaba más respirar. Sentí un vuelto en el estómago cuando Aaron dijo mi nombre entre gemidos. Nunca pensé que esa tontería iba a volverme tan loco. Hubiera hecho cualquier cosa por ese hombre en ese momento. Quería ser suyo, pero no de la forma romántica, si no de la física. Él dejó que fuera a mi ritmo, sentado sobre él y controlando la situación. Sentí cosas nuevas y sorprendentes, porque no dolió ni fue incómodo. Fue entre besos y suspiros y, cuando cogí el ritmo, fue jodidamente genial.

Después de literalmente años viviendo por ahí, en el bosque o donde fuera, sin apenas intimidad y siempre corriendo de un lado a otro, eso era como si de repente me pusieran delante una langosta con salsa para mojar. Ahí fuera desahogarse uno mismo era jodido y, cuando pasaba, no podía compararse a eso ni de broma.

Yo subía y bajaba encima de Aaron, apoyado a ambos lados de su cabeza en la cama, mientras él me masturbaba más o menos al mismo ritmo. Para mi vergüenza, pasados unos minutos sentí que iba a correrme. Yo no le dije que parara y él no paró. Y pasó, me corrí encima de él, intentando callarme los gemidos que sabía que se me escapaban de todas maneras. Dejé de moverme porque el orgasmo me había partido por la mitad. Lo sentí en cada parte de mi cuerpo, desde la cabeza hasta los pies. ¿Quién iba a decirme a mí que los orgasmos eran tan brutales cuando tenías una polla metida en el culo?

Caí a un lado de Aaron, tirándome en la cama. Tenía los ojos cerrados porque, literalmente, no me atrevía a abrirlos. Sólo quería descansar un momento y calmar mi respiración. Acababa de hacer algo que pensaba que no haría en mi vida. Algo que si alguien me hubiera dicho que iba a hacer le hubiera partido la cara. Y sólo podía decir que la experiencia había sido buena, muy buena. Aaron se abrazó a mí y me besó y yo me dejé hacer sin participar. No sabía si él se habría corrido o no, porque no me había preocupado en absoluto. La situación había sido demasiado para mí.

Tampoco me siento orgulloso de decir que, al poco rato, Aaron se fue al baño y yo busqué mi ropa y salí corriendo de allí, como un cobarde total.


Bueeeeeeeno, pues esto ha sido todo... Tengo que decir que el capítulo se me fue de las manos un poco. Pensaba que fueran diez páginas de Word, como el primero, pero acabaron siendo trece porque me enrollo más que las persianas. Pero quería un lemmon bueno y bien explicado, y esto es lo que ha salido. Es la primera vez que escribo sexo gay en mi vida (espero que no se note mi falta de experiencia leyéndolo o escribiéndolo) y creo que es el más guarrote que he escrito nunca. Por eso es importante para mí que me déis vuestra opinión sincera al respecto (y del resto del capítulo también, please)

Y bueno, aunque creo que esto puede estar de más, quiero decir que las opiniones de Daryl en este capítulo sobre los gays no son para nada las mías. Sólo he supuesto las cosas que él habría tenido que vivir y pensar, y se alejan muuucho de mis ideas. Más que nada porque no tengo opiniones prejuiciosas hacia los gays (o procuro no tenerlas) porque considero que cualquiera puede ser gay, tenga la personalidad que tenga o sea quien sea.

Paso a responder reviews:

NioneKanagaki: Sé que este capítulo te va a encantar jajajajaj Daryl es súper uke... Y yo también me muero de amor... cuando veo capítulos o vídeos donde salen se me queda una cara de tonta mirándolos...

Aigo Snape: Espero que en esta ocasión también te parezca que he interpretado a Daryl fielmente, porque es importante para mí que Daryl suene como él. Debo reconocer que me ha sido mucho más difícil que con Aaron. Gracias por leerme y por comentarme

Marumieta: Tú ya lo has leído pero, conociéndote, seguro que te pasas por aquí. Gracias por corregirme pequeños fallitos y por darme siempre tu opinión. Te quiero

LSW8059: YO TAMBIÉN TE AMO! Gracias por leerme y por escribirme. Espero estar expresando bien tus deseos de Daaron con este fic, porque también son los míos jajajaja

lostinmybed: Aquí tienes más, y aun mejor y más fuerte! Gracias por leer y comentar

Sukasve22: Espero que este capítulo calme tu sed! Gracias por comentarme

Gracias también a todos los que han favoriteado el fic, lo han puesto a seguir o simplemente lo han leído. No seais tímidos y comentadme, anda

Besitos y nos vemos en el capítulo tres (si es que lo escribo, que no lo tengo muy claro). OS QUIERO!