Capítulo I — "between the darkness and your voice"


Había una vez una Salvadora que cayó en la oscuridad...

Todos sabían que ella podía ir por ese camino, así lo habían sentido durante el último tiempo. Había sido una realidad casi palpable, como si sólo necesitara dar un paso en falso para hundirse en ese mar de dolor y descontrol que todos le presagiaban. Sus padres lo temían desde siempre y habían tratado de evitarlo por todos los medios posibles, inclusive los incorrectos. Snow había tenido una visión al respecto y el resultado de una Emma con oscuridad dentro de sí era el peor escenario posible.

Regina había visto en ese viaje al que se embarcó con Emma el brillo de una decisión que la llevaría por ese camino. Atestiguó como la Salvadora apuntaba con un arma al pecho de una vieja amiga, de rodillas, indefensa ante ella y entregada a lo que fuera a ocurrir. El arma tiritaba por sonar, por dejar salir esa bala. El dedo de Emma en el gatillo se tensaba, con deseos de presionar tan solo un poco más. Hubiera bastado un instante y el sonido, ese aturdidor y seco ruido que hace un arma al ser disparada se hubiera hecho espacio en la realidad. Esa bala se movía peligrosamente entre las posibilidades, con el solo deseo de existir fuera de aquel arma de fuego. Hubo un momento en el que parecía que iba a escapar y Emma parecía querer ceder ante esa oscuridad que se cernía sobre ella, pero Regina logró traerla de vuelta de un tirón. La sacó del abismo al que se aventuraba justo cuando estaba por saltar. No tenía idea de cómo lo había logrado, pero lo había hecho.

Aunque el destino —ese que Emma odiaba— parecía inevitable y la Salvadora debía convertirse a la oscuridad. Pero, ¿cómo se convierte a alguien que es pura luz en alguien oscuro?

La única forma de someter a un héroe, es por medio del heroísmo. Lo supo en el momento en que vio a Regina ser absorbida por esa entidad negra y aparentemente indestructible que la sofocaba. Tenía la daga en la mano y lo supo. Fue consciente de lo que debía hacer para salvarla, con seguridad, como si alguien le susurrara la solución en el oído. Era algo que debía ocurrir, aunque no lo quisiera, aunque lo deseara menos que cualquier cosa en el mundo.

Estaba dándole la razón a esas estúpidas profecías. Sentía como si le estuviera dando la mano al destino y diciéndole: "bien jugado, me ganaste", y esa promesa implícita que habían hecho con Regina antes de salir de viaje, sobre romper con lo inevitable y ganarle una partida a la vida parecería jamás haber existido.

Ella odiaba aquello y todo lo que significaba. Pues que algo fuera así de inevitable y absoluto, significaría entonces que no importaba cuanto ella luchara por algo, cuanto se esforzara o cuanto lo deseara... simplemente iba a ser como debiera, por una fuerza ajena a ella misma. Entonces fue que vio a Regina sofocarse, ahogarse dentro de ese torbellino de oscuridad y ni siquiera lo dudó. Fue hacia el abismo y saltó.

La vida de Regina estaba llena de injusticias y, por mucho que ella se esforzara, siempre algo le truncaba su felicidad, de algún modo todo se caía a pedazos frente a sus ojos. No importaba si la reina hacía las cosas bien o mal, si tomaba buenas decisiones o se dejaba llevar por la oscuridad. Siempre las cosas resultaban en su contra. Parecía ser su destino y, con ese pensamiento, Emma una vez más odió la palabra.

Destino, destino, destino. Se repitió mil veces con resentimiento mientras caminaba hacia esa masa negra desigual que se retorcía alrededor de la alcaldesa. Decidió que, si eso era una partida de ajedrez, jugaría con los mismos trucos. Movería las piezas a su antojo, por una vez, aún si perdía toda su defensa. Sacrificaría un Caballo por la Reina.

Le dio a la historia su Salvadora Oscura, pero le quitó una victoria más sobre la Reina Malvada.

Y cuando ella misma era rodeada por la escencia de la maldad misma —en lugar de su, últimamente, amiga—, vio a Regina volver a Robin Hood y ser rodeada por sus brazos, como si deseara protegerla del mismo peligro del que Emma acababa de librarla. , se dijo para si misma, en ese momento valía la pena el sacrificio. Y los observó unos momentos, se permitió realmente apreciar la imagen de aquello por lo que había cambiado su luz hasta que ya nada de eso la rodeó.

De pronto se encontró a si misma en algún agujero oscuro, de algún refugio conjurado al que no recordaba haber accesado. Sólo recordaba desear no ser vista cuando la luz se hubiera ido de su corazón. Bajo ningún punto. Ni sus padres que habían sacrificado cosas innombrables para garantizar su luz. Ni Hook que la amaba. Ni Regina o ese final feliz que ella le había garantizado.

Recordó las pocas veces que había estado en el abismo y no le gustó lo peligroso que podía ser, la sensación de tener poder sobre alguien y querer utilizarlo. No. Odiaba como se sentía y como la miraban sus seres queridos cuando ella se entregaba a esos instintos. Asique deseó con todas sus fuerzas no estar ahí. Le pidió a esa oscuridad que pasaría a formar parte de ella que, por favor, la sacara de allí antes de que la daga tuviera su nombre escrito. Y así fue, cuando volvió a abrir los ojos, ya no había nada ni nadie delante de ella, sólo una sensación abrumante de repentina soledad.

Era un agujero, donde se imaginaba sólo una rata viviría. No se veía nada más que la oscuridad jugando a las sombras a su alrededor, sobre las rocas que formaban las paredes, techo y suelo del lugar. Parecía una cueva de algún tipo. Cada superficie que llegaba a observar estaba constantemente húmeda y el único sonido que la traía a la realidad era el de una gotera que parecía querer enloquecerla.

—Oscuro, te ordeno que te presentes ante mí —había ensayado la voz de Regina, retumbando por cada rincón de su mente, un par de horas después de que Emma se viera en ese lugar.

Cada palabra pareció rasgar su piel y tirar de ella hacia donde fuera que estuviera siendo llamada, pero aún no sabía como transportarse, no tenía idea de qué hacer y esa sensación de que debía estar en otro lugar le quemó el cuerpo y pareció vaporizar sus entrañas.

Quizá ese era el castigo que se sufría por no responder al llamado de la daga, supuso.

La situación se repitió varias veces, variando entre la voz de su madre y la de Regina, causándole una agonía insoportable en la que sólo deseaba poder caer inconsciente por el dolor y despertar cuando todo hubiera terminado. Pero no, nunca pasaba. Estaba tortuosamente consciente cada maldita vez que el llamado ocurría. Era como vivir el infierno y sus castigos eternos por la desobediencia. Y Emma gritaba, porque aquello era simplemente insoportable.

Pasó el primer día encerrada y sin atreverse a moverse más de lo suficiente para que sus calambres se disiparan. Cuando nadie la invocaba y causaba esos horribles dolores inconscientemente, sufría de espasmos que resonaban por todo el lugar, haciendo ecos de sus gritos de dolor y de un sonido diferente, como el lamento de una bestia, o el gruñido de algo oscuro que trataba de ser reprimido. Emma se retorcía mientras sentía su cuerpo entero arder y se preguntó si Rumplestillskin habría sufrido de esa manera al asimilar la oscuridad. Ella sentía calambres por todo el cuerpo, punzadas y, sin miedo a sonar exagerada, en ocasiones sentía como si su cabeza estuviera por deshacerse ahí mismo en un uniforme charco de sangre, sesos y esa sustancia oscura que había entrado en ella. Era la peor sensación del mundo. Aunque probablemente al antiguo Oscuro no le había ocurrido de tal manera. Emma sentía como si aquello fuera una batalla interna y su cuerpo el campo de batalla. Luego de la primer semana ahí dentro, llegó a la conclusión de que probablemente era su luz natural batallando contra la más reciente entidad que trataba de tomar el control.

Con bastante tiempo de observación había descubierto que en el día lograba ver algunas sombras en las rocas de las paredes de ese agujero, aunque no sabía exactamente de dónde se filtraba la luz que hacía aquello posible y tampoco le apetecía buscar. Por las noches no veía ni siquiera su aliento en el aire. Había pasado su mano frente a su rostro un par de veces sin lograr distinguir nada más que el frío aire correr más rápido por el movimiento. En ocasiones incluso le costaba reconocer si tenía los ojos cerrados o abiertos dada la nula diferencia.

Al cabo de la segunda semana los calambres y casi todos los dolores se habían ido y Emma no sabía si aquello se debía a que alguna de las dos partes había resultado ganadora, pero lo agradecía. Aunque los espasmos continuaban y no distinguía ni un sólo halo de luz provenir de esas corrientes de energía que emanaban de ella durante cada sacudida. Eso le daba mala espina. Temía que eso que había creído durante esos últimos años sobre que la luz es más fuerte que la oscuridad no era tan así después de todo. Le aterraba que su ser hubiera sucumbido a las tinieblas...

A la mitad de esa segunda semana dio con ese charco que se había formado de esa gotera del infierno que no la dejaba tranquila y que ya sonaba incluso en sus sueños. Se quiso mirar en ella, tratando de que la poca luz que entraba le diera una imagen, pero no hubo mucho. Aunque lo poco que llegó a ver la horrorizó.

Ese no era el reflejo luminoso que solía ver en el espejo cada mañana. La piel blanca y brillante que había heredado de sus padres no era más que un simple recuerdo que temía no volver a ver nunca. Pero sólo había llegado a notar ese único cambio, incapaz de reunir valor para volver a asomarse a descubrir si habían más. Sólo se abrazó a sus piernas y sollozó hasta quedarse dormida con un único pensamiento derrotista: la oscuridad había ganado.

Despertó pensando en Henry y en lo que él diría si la veía en esas condiciones. Recordó todas las veces que él la había llamado héroe y cada una de esas ocasiones pesó sobre su cuerpo como una realidad de la que ella ya no era partícipe. Como si hablara de alguien más. La Salvadora era la representación del caballero de armadura blanca y espada resplandeciente en la mente de su hijo. Ella ya no era un ser de luz, ya no era la Salvadora. Ella era el nuevo Oscuro.

Entre la tercer y cuarta semana, o alrededor de esa fecha —había perdido la cuenta—, comenzó a oír las voces.

Se había preguntado cómo habría adquirido Rumplestiltskin esa habilidad de siempre saber cuando alguien lo nombraba. Recordó la voz de Regina diciéndole que la magia eran sentimientos, deseos, emociones; que simplemente queriendo algo y canalizando energía de la forma adecuada podía conseguir casi cualquier cosa.

Lo intentó una vez, con determinación, y nada diferente de una gota de agua golpeando el suelo ocurrió. A la segunda vez lo intentó con más ganas y casi ocasiona un derrumbe por el exceso de magia que utilizó, o quizá fuera que no tuviera control de sus poderes. Lo que hubiera sido, la aterró. ¿Y si eso ocurría cerca de Henry o del pequeño Neal? Se hundió en un abrasador sentimiento de tristeza, viendo como una posible realidad el no ser capaz de regresar a casa jamás. Por el bien de todos.

—Es Emma de quien hablamos —escuchó la voz de su hijo decir su nombre y levantó la vista hacia adelante—. Ella estará bien, estoy seguro —volvió a oír y, de inmediato, comenzó a buscarlo en todas direcciones. Incluso se puso de pie dispuesta a salir a su encuentro.

—Lo sé Henry —Regina fue la que respondió y Emma se permitió sumergirse en ambas voces, comenzando a creer que algo había funcionado, que su intento por avanzar en controlar la nueva naturaleza de su magia estaba dando resultado—. Prometo no dejar de buscarla hasta dar con ella.

Emma sonrió sabiendo que había logrado algo, aunque fuera insignificante, y se entusiasmó con aquella pequeña victoria. Buscó la voz de sus padres, pero nada ocurrió. Quizá no estaban hablando de ella y por eso no lograba oír nada. Probablemente eso sólo funcionara si alguien estaba hablando de ella en ese preciso momento.

—Pero Emma —una voz distinta sonó en su mente. Le parecía haberla oído antes, pero no la reconoció. Era una mujer, eso era obvio. Su tono de voz era agudo y algo chocante por lo mismo, pero decidió darle la debida atención—, ella es tu pareja, ¿no sería esto engañarla?

Aquello hizo saltar todas sus alarmas.

—Lo sé, amor —respondió la voz de Killian y el corazón de la Salvadora se hizo pequeño un momento. Ya no quiso seguir escuchando, ya no quería ese poder. La alegría que había sentido al descubrir su nueva habilidad se esfumó tan rápido como había llegado—. Pero Emma no está aquí, y la quiero, probablemente la quiera siempre, pero ya lleva tanto tiempo sin estar presente que este sentimiento parece tan solo un recuerdo —entonces Emma se tapó los oídos, negándose a oír una sola palabra más mientras sentía algo en su mente gritar, y hacer eco, y esos ecos hacer un eco propio dentro de su cabeza hasta que sintió que algo estallaba.

Una onda de energía oscura salió disparada de su cuerpo y fue a chocar incontrolable contra los muros de aquel agujero, penetrando en las paredes de piedra húmeda, rompiendo todo a su paso, causando definitivamente que ese derrumbe que había amenazado días antes se diera por realizado. Y junto con la sensación del engaño sobrevino una más fuerte, un dolor más punzante, un pensamiento pesimista que le gritaba que no, que quizá nunca lograría domar ese poder oscuro que trataba de hacerse del control de su cuerpo. ¿Y si ocurría como había sido con Rumplestiltskin? Esa entidad había arrasado de tal manera con la humanidad de aquel hombre que casi había extinguido el brillo de su corazón, toda la luz existente. Casi había matado su alma y tomado el control absoluto.

Emma puso ambas manos sobre su rostro y lloró, con fuerza, con ganas, con abandono mientras decidía que jamás saldría de aquel agujero.

—¿Crees que Emma esté bien? —la voz de Ruby fue la siguiente en aparecer, sonaba preocupada e hizo sonreir a Emma. Luego de haber llorado por horas, era como una caricia escuchar la voz de un amigo— Regina me ha pedido ayuda para seguir sus rastros por olfato y ver si podía dar con ella.

—Esa mujer no tiene descanso —respondió su abuelita—. Ayer la vi recorrer los bosques a pie con un grupo de búsqueda —agregó y Emma pudo imaginarla moviendo la cabeza de un lado a otro, en negación, como la abuelita hacía siempre que algo le parecía incorrecto.

—Lo sé, le expliqué que ya había probado con Mary Margaret varias veces, pero insistió que lo intentara una vez más —contestó Ruby—. A veces pienso que...

Y la conversación se deshizo en los oídos de Emma.

Aprendió con el pasar de los días que sólo era capaz de escuchar lo que dijeran por quince segundos o menos luego de que hubieran dicho su nombre. Luego consideró que quizá eso sólo era posible si hablaban específicamente de ella, pues aunque habían pasado varios días de que descubriera que podía hacer aquello, no habían llegado a ella conversaciones accidentales refiriéndose a Emma Watson o alguna otra persona con la que compartiera nombre.

Oyó también las plegarias que las monjas le dedicaban a ella, donde pedían por su bienestar y pronto regreso. Escuchó a Regina pronunciar su nombre en medio de varios conjuros en latín, de lo que Emma no conocía ni una palabra, y otros idiomas crípticos de los que no se sabía ni siquiera el nombre. Disfrutó de las historias que la abuelita le contaba al pequeño Neal sobre los actos heróicos de su hermana mayor. Killian la mencionó un par de veces más, mientras conversaba con David y Mary Margaret sobre los avances en su búsqueda. También otras veces lo escuchó hablarle a esa nueva mujer que frecuentaba, sobre sus penas, entre alcohol y otros sonidos que prefería borrar de su memoria. Mary Margaret lloraba con frecuencia y siempre con su nombre en sus labios. En una ocasión incluso oyó a su padre gritar su nombre, furioso, mientras discutía con Hook y le siguieron los sonidos de lo que parecía una pelea. Luego estaba Henry... Lo que más le dolía era cuando su hijo hablaba de ella. El niño que ella no podía dejar de ver en su mente ya no era tan pequeño, lo sabía por el tono de su voz, por las cosas que decía. Ella lo oía y la nostalgia la llevaba a ver nuevamente ese pequeño de diez años que había golpeado a su puerta alguna vez.

Emma había tenido la desdicha de adquirir esa tormentosa habilidad y no podía controlarla, no podía desconectarse de ella y había dado sin querer con una discusión de Henry con algunos de sus compañeros de la escuela.

—¡Mi mamá no es un villano! —había gritado él y, Emma lo sabía por el tono de su voz y el leve quiebre, que aquello había salido con lágrimas en sus ojos— ¡Ella es la Salvadora! —gritó una vez más y un murmullo creció alrededor de su hijo, mientras escuchaba su respiración agitada alejarse de esas voces.

Se quedó pendiente de aquello, con el corazón pendiendo de un hilo mientras el silencio la rodeaba, hasta que alguien volvió a hablar.

—Estaban hablando de Emma —su hijo de nuevo, esta vez sollozando sonoramente—. Decían que estaba bien que no regresara, que ella ahora era un villano y sólo traería destrucción —el corazón de Emma se encogió en su pecho y sus latidos se convirtieron en punzadas. Hubo silencio un momento y sólo escuchó el sollozo de su hijo ser aplacado.

—Emma regresará —fue la voz de Regina—. Con o sin oscuridad ella es un héroe y si alguien va a decir que tu madre es un villano, más le vale que se refiera a mí —la alcaldesa sonaba dura y firme, tanto que hubiera convencido a cualquiera de que los arcoiris eran monocromáticos si así lo decidía. Pero ella ya no supo si Henry había dejado de llorar, si Regina había seguido hablando o si había ido a abofetear a quien fuera que hubiera hecho llorar a su hijo. El silencio la rodeó nuevamente y no supo qué más hacer.

Otras veces escuchó a una Ruby ebria confesarle a algún extraño lo mucho que extrañaba verla llegar por su almuerzo a Granny's. En otra ocasión oyó la voz de Robin gritar su nombre y a Regina gritarle de vuelta que no era de su incumbencia. Emma supo que era el centro de una discusión conyugal de la que no sabía por qué formaba parte. Y los rezos de las monjas que se hacían algo casi diario.

—Sé que puedes oírme, Emma —se sorprendió ella un día oyendo la voz de Regina hablarle directamente—. Gold siempre podía y estoy casi segura de que tú también —hubo un silencio durante un momento y Regina pareció seguir hablando, aunque sin mencionar su nombre, por lo cual la rubia no pudo seguirla y simplemente se resignó a no saber qué era lo que la morena iba a decirle. Quizá pensaba contarle sobre cómo iban sus días con Henry, Robin y Roland. Cómo evolucionaban las cosas con Zelena. Si había visto al pequeño Neal y, seguramente, se habría reído de cómo el niño parecía más hijo suyo que de Mary Margaret por momentos. Extrañaba más que a la mayoría de las cosas en Storybrooke, sus charlas con Regina. Sus momentos con su hijo. A sus padres. A su hermano.

Pasado el tiempo ya no oía a casi nadie nombrarla. Sólo sus padres dándose consuelo mutuamente en ocasiones. Su hijo en alguna explicación a alguien que jamás llegaba a responder sobre de qué consistía su Operación Mongoose II, y el ocasional repiqueteo de palabras en idiomas perdidos de Regina.

Su existencia en Storybrooke se redujo a esas cuatro personas y nadie más.

—Ahora sí, Emma —la voz de Regina le llegó de nuevo, como si hablara con ella directamente—. Belle me mostró algunos pergaminos que describían las habilidades más comunes que poseían los Oscuros de la historia —se detuvo un momento y la rubia casi pudo sentir su sonrisa en ese silencio—. Emma —la volvió a nombrar simplemente, sin más que decir y la aludida sonrió también, sabiendo que la morena había dado con el problema—. Los escritos dicen que puedes oírme siempre que te nombre regularmente, asique te aviso, Emma, que cuando te encuentre debes tener una muy buena razón para estar ignorando mis invocaciones.

Emma rió, sabiendo que si aquello llegaba a ocurrir, de verdad estaría en problemas.

Se puso de pie y miró a su alrededor, no recordando la última vez que había intentado salir de ahí, sintiendo que quizá ya era hora. Los espasmos se habían detenido casi por completo y esas ondas de energía que se disparaban de su cuerpo se debían al estrés de determinadas situaciones. Quizá podía volver a salir. Claro, el problema en ese momento era que no encontraba una salida por ningún lado. No desde que sus posibilidades se habían visto reducidas por el derrumbe que había tenido lugar días antes.

—¡No es Emma! —Regina gritó en su mente tiempo después, quizá días— ¡Eres tú! ¿No lo ves, Robin? Son todos ustedes, están cambiando —Emma se puso de pie, como si fuera a escuchar mejor por acercarse a la oscuridad delante de ella que quedándose en el suelo.

—¡Claro que es por Emma! —le había respondido el ladrón— Siempre es Emma. Emma aquí, Emma allá. Que si la señorita Swan necesita de esto, o de aquello. Pasas más tiempo en tu bóveda tras alguien que probablemente no quiere ser encontrada que con tu familia. ¡Emma es todo lo que te importa últimamente! —Robin no paraba de gritar y, de pronto, la acusada se sentía hervir, y las marcas en su cuerpo se movían visiblemente como si circulara brea caliente por sus venas.

—De todas las personas en esta asquerosa ciudad, pensé que tú me apoyarías en la búsqueda —espetó Regina en respuesta—. Tú, que eres capaz de estar conmigo gracias al sacrificio que Emma hizo.

—Lo que el Oscuro da, el Oscuro lo quita, dicen, ¿no? —dijo él con veneno en su voz y rió con sarcasmo— Ella te consiguió una oportunidad de ser feliz, y ahora por su causa la estás perdiendo.

Hubo silencio un momento y Emma pudo imaginar la expresión de Regina ante aquello.

—¿La estoy perdiendo? —preguntó Regina, varios tonos de voz más abajo, como si de repente sintiera un miedo arrasador. Emma sabía lo que la felicidad significaba para ella, también Robin lo sabía y que le dijera aquello no había sido al azar. Era su forma de decirle, palabras más palabras menos, que ese era su ultimátum.

—Tú dime —contestó él, secamente.

Ya no supo más qué ocurrió allí. Ninguno volvió a nombrarla inmediatamente y aquella discusión de la que ella era el centro pasó a serle ajena una vez más. Volvió a estar sola en la oscuridad.

Robin Hood, pensó con rabia. De pronto el hombre no le agradaba y comenzaba a hallarle defectos por doquier. Quizá había hecho mal en dejarle a Regina en bandeja de plata. Podría haber intentado buscarle un final feliz con otra persona, no con semejante ficha. Haber cruzado kilómetros en búsqueda de aquel hombre de repente parecía como una mala idea y una pérdida significativa de tiempo. Ese remedo de bandido no valía ni las pocas monedas que robaba. Un ladrón para una reina, ¡que broma! Y sólo porque un estúpido tatuaje con forma de león le decía que era su destino...

Apretó la mandíbula con fuerza y maldijo esa palabra por milésima vez desde había acabado en esa situación.

Alrededor del mes y medio —¿o ya eran dos meses? No estaba segura de nada a esa altura y consideraba seriamente abandonar la cuenta— escuchó a Regina como hacía tiempo no la sentía. Triste, abatida, derrotada. Estaba sola, lo sabía, porque sollozaba y ella jamás hacía eso frente a otras personas. No habían palabras en otros idiomas, ni conjuros, ni repasos en voz alta de informes de las búsquedas como había sido en el pasado. Le hablaba directamente a ella, como había ocurrido en varias ocasiones, pero no era amistosamente como cuando le hablaba de Henry, o de Neal. Esta vez era un reclamo.

—¡Te ordeno que aparezcas! —exclamó, seguramente con la daga en sus manos y Emma apretó los ojos con el dolor que le causaban aquellas invocaciones— ¡Vuelve, demonios! Emma, por favor... —dijo y, seguido, el sonido que hace algo metálico chocar contra una superficie dura llegó a sus oídos. La Salvadora ya no sentía dolor físico y tomó aquello como señal de que la alcaldesa había dejado caer la daga.

—No puedo —contestó, como si Regina pudiera oírla—. No sé cómo...

—Por favor, Emma, todos se están rindiendo contigo —volvió a hablar, la Salvadora se hizo pequeña en su lugar y abrazó a sus piernas, saboreando aquella amargura que desprendían las palabras de la morena—. Henry te necesita, las cosas no van bien para él y... —la sintió quebrarse y su corazón se retorció un momento, como si fuera un papel que está siendo arrugado.

Emma se enderezó al escuchar el nombre de su hijo, pero el silencio que le seguía a pocos segundos de oír esas conversaciones ajenas se hizo presente una vez más.

La desesperación la invadió por un momento. ¿Qué ocurría con Henry? ¿Acaso algo había pasado?

—¡Emma! —Regina volvió a gritar su nombre, seguido de palabras en latín y un sollozo audible que, si la rubia no reconociera el tono de voz de la reina en ese otro idioma desconocido, hubiera jurado que no era ella— Esto es una locura, por favor... ¡Eres un jodido héroe! ¡Demuéstralo!

Entonces la situación superó a la Salvadora, a la Oscura, a la persona. Toda su realidad la azotó de golpe y se negó a convertirse en nada. Ella era un héroe, como decía su hijo, como le repetía Regina. Debía recordarlo para no sucumbir ante el poder de las tinieblas.

Usó la voz de Regina como ancla para aferrarse a aquel lugar al que era invocada, sintió su piel estirarse, agrietarse y romperse, su esencia se volvió humo por tan sólo un segundo, pero nada más ocurrió. No lo logró. Su intento de llegar a ella se quedó en la nada y sólo supo gritar en respuesta, con rabia, con frustración.

Con el pasar de los segundos el sollozo de Regina desapareció del aire y Emma lloró, reemplazando los lamentos de la reina por los propios mientras temblaba y se abrazaba con más fuerza a sus piernas.

Deseó con todas sus fuerzas que Regina estuviera ahí también, que la ayudara a controlar su magia, que le enseñara a dejar de oír las voces que la atormentaban. Que simplemente estuviera ahí, un momento al menos, para no volverse loca en medio de ese oscuro y desolado agujero. Y, un segundo después, su deseo se cumplió.

Sintió ese chispeo que la magia de Regina en cercanía a la propia provocaba resonar delante de ella.

Levantó la vista apenas un poco y ahí estaba: con sus ojos chocolate abiertos de par en par y la sorpresa dibujada en todo su rostro, en su postura. En todo su ser se podía leer una absoluta y repentina confusión. No entendía nada.