Capítulo 2
Vuela lejos, como el ave libre que seas, pero no te hagas adicto a aquella libertad, o te dolerá cuando se te vea arrebatada.
Despertó.
Lo primero que noto, y no fue porque pudiera acordarse de otra cosa que no fuera esa, es que su cuello dolía a horrores. Lo segundo, es que su camiseta estaba mal colocada, y unos cuantos botones se habían arrancado ¿Cómo? No sabía con exactitud, pero presentía que había sido para tratar la herida de su pecho, la cual se la habían provocado los cinturones de seguridad.
Miro a su alrededor, dándose cuenta que estaba en una habitación pequeña, muy pequeña, y unos cuantos sillones estaban alrededor de tres paredes. Scott descansaba en uno de estos, durmiendo aparentemente. Cian y Lyam no estaban por ningún lado, no obstante; y eso le provocaba unos cuantos malos presentimientos.
Aquellos gemelos Irlandeses, eran sus guardaespaldas—aunque él diría niñeras—, y jefes de seguridad, y como su nombre lo decía, eran los encargados de velar por su salud. Sin ellos, jamás se había sentido más indefenso. Es cierto que en el palacio se le daban clases y disciplinas variadas, y se había entrenado en esgrima desde pequeño por motivación propia, pero, ¿En serio piensan que encontraría una espada que usar en su defensa si los secuestradores entraban por la puerta y le lastimaban? ¿O que, si de casualidad encontrara algo que usar como una, les pudiera defender contra las armas de fuego? Por Dios, que él era británico, pero no era James Bond.
Contrólate Arthur, se dijo, mientras respiraba una y otra vez, tratando serenarse. Mantener la cabeza fría, pensaba, no podía razonar con los sentimientos involucrados. Cuando hubo calmado a su cabeza, pensó que podría hacer para salir de esta situación. Obviamente, por cómo eran los sujetos que había visto antes de caer inconsciente, que no se trataba de algo más que un secuestro, o una manera de asegurar la libertad del preso, en todo caso. Sí, no había otra explicación, ¿Cierto?... Eso significaba que no podía quedarse con los brazos cruzados sin hacer absolutamente nada. Eso no era lógico.
De manera frenética, giro su cabeza lo más rápido que pudo, buscando algo conque defenderse, como había visto miles de veces en las series policiacas estadounidenses—al menos esa cultura había sido de utilidad para algo—. Encontró un jarrón en una mesa al lado de la puerta. En ese mismo momento, escucho pasos acercarse en dirección de la habitación, alertando a todos sus sentidos que gritaban autoprotección.
Tomo todo el aire que pudo y se colocó al lado de la puerta, justamente por donde esta se abría. Respiro hondo, antes de escuchar el pestillo retraerse con un clic y una nariz asomarse por la puerta de madera. Alzo el objeto sobre su cabello, tomándolo con fuerza y listo para usarlo, cuando la cara del hombre apareció. Grito antes de estrellar el jarrón contra la cabeza del intruso.
— ¿Pero qué demonios…—escucho una voz, pero el solo podía ver la cabellera naranja tirada en el suelo, y pensar que se le hacía irritantemente familiar.
Miro levantando un poco la nariz, viendo como parecía haberlo noqueado con el golpe. Por la puerta, sin embargo, entraron otros dos sujetos, y uno de ellos tenía la misma cabellera anaranjada que el inconsciente. Aunque el solo conocía a dos personas con ese extravagante color… Ops.
—Arthur—llamo Cian, o probablemente era Lyam, no estaba seguro; mirándole severamente y con los brazos cruzados, a su lado estaba un hombre rubio con uniforme de oficial—, ¿Me puedes explicar porque demonios golpeaste a Cian en la cabeza?
—Fue en defensa propia—trato de hacerse el inocente, mientras ponía sus manos detrás de su espalda y le miraba parpadeando dulcemente—. Pensé que era un hombre malo.
—Y no niego que lo sea, pero eso fue demasiado hasta para un sin vergüenza como él.
Suspiro, o más bien bufo, mientras su mirada viajaba a la puerta, para darse cuenta que un hombre entraba por ella. Era rubio, alto aún más que él, y con los ojos entre azul y violeta detrás de lentes redondos, que le miraban con cierto toque que le decía que estaba nervioso ante su presencia. Llevaba una camiseta de color azul, pero aún conservaba la gorra del uniforme de policía que llevaba en la tarde. Si bien se había desmayado, aun recordaba al preso y al oficial que lo secuestraron...
Sin perder tiempo, Arthur se acercó corriendo hacia una nueva posible arma, la mesa donde había estado el jarrón, levantándola apenas unos centímetros del suelo y preparándose para lanzarla lo más fuerte posible contra el de gorro policial. Una mano detuvo sus intentos, tomando una de las patas de la mesa y dejándola en el suelo con un golpe.
Subió la mirada, con el ceño fruncido, molesto por su intento inútil de querer defenderse. Se topó con unos ojos enmarcados por lentes, llenos de furia, quienes le regresaban la mirada molesta con ese impresionante color zafiro brillante que le advertía silenciosamente el tratar de hacer cosas estúpidas. Trago saliva, viendo al dueño de esos ojos azules, demasiado parecido al sujeto de la gorra de policía, con cabello rubio desordenado y piel más bronceada que la suya.
—Yo que tu no haría eso, dude—dijo el de ojos azules, mirándole con una sonrisa peligrosa que le hizo sentir nervios naciendo en el estómago. Estadounidense, sin duda.
Sin embargo, no demostró su nerviosismo en ninguna ocasión, y en lugar de ello, le sonrió con una soberbia que hubiera dejado a su padre orgulloso de él. Oh si, el ego Kirkland siempre presente.
— ¿O en serio? —dijo, tratando de que su acento inglés sonara aún más marcado de lo usual—. Porque yo no soy tú, idiota.
—Tienes agallas—reconoció el americano, aunque sonó más bien a una burla—, pero estas entrando en terreno peligroso que, obviamente, no conoces.
No se había dado cuenta que habían comenzado a acercarse de manera retadora hasta que sonrió ladinamente.
—Me agrada lo desconocido—y ahí iba otra mentira—. Ponme a prueba.
—Oh por el amor de…—exclamo Cian, tomándose el pelo de las sienes y jalándolo levemente—. Si van a coquetear de esa manera tan descarada, por lo menos avisen para irme de aquí.
Se sonrojo sin proponérselo, pero no le dio importancia, alzando una ceja con los ojos en blanco, dijo: —Idiota.
—Bueno—comenzó el rubio de lentes redondos, y pudo notar un acento diferente al inglés sin duda, pero parecido demasiado al estadounidense que le pareció intrigante. El sujeto hizo una reverencia exagerada, y dejo ver todo el nerviosismo que sentía—, lamento si le hemos molestado, su majestad. Debe de saber que le he traído a mi humilde morada en cuanto vi que no era de gravedad sus heridas, pues no era una opción dejarlos ahí en el coche hasta que los paramédicos llegaran.
—¿Por qué? Pienso que sería mejor que me hubieran dejado en el coche, ya que los médicos no hubieran tardado en llegar. Además, supongo que ustedes no son precisamente personas con relaciones amistosas con las leyes.
El de ojos azules le miro con estos entrecerrados, mientras que el otro solamente se sonrojo levemente.
—Pues ciertamente no, no somos amistosos con la autoridad—suspiro el de gorra, mirándole avergonzado—. Pero no somos unos salvajes que dejaríamos morir a personas inocentes por ser daños colaterales.
—Pero…—iba a replicar, pero el estadounidense le interrumpió.
—Nada. Somos los que los sacamos y eso es todo. No les dejaríamos sufrir nuestras acciones a inocentes.
Cian suspiro, dándose cuenta que Arthur sabía que era una conversación perdida. Él también había tenido sus dudas cuando despertó en una habitación menos pequeña que esta, y también se había alertado al saber que su hermano y él pudieron haber sido secuestrados, y peor aún, que los príncipes lo habían sido también.
A él y a Liam les habían criado de una manera impecable, siendo solamente útiles para la defensa personal y estrategia, pero poseyendo un instinto bromista y travieso que garantizaba su eficacia de una manera impresionante. Su actitud infantil era, además de desesperante, competitiva, y esta aseguraba que siempre buscarían sobresalir de una manera en cualquier cosa. Fue un alivio cuando su madre se enteró que habían aplicado esa cualidad para encontrar trabajo en el servicio secreto británico, y un orgullo para su padre cuando les asignaron el cuidado de la familia real por ser los mejores.
Por lo mismo, su sentido de supervivencia se había activado en cuanto supo que no se hallaban los jóvenes príncipes con ellos, y mucho más cuando los chicos rubios entraron por la puerta con agua y trapos húmedos.
Cian se levantó de manera rápida, pero sintió un golpe brutal en el costado cuando lo hizo. Nadie le había tocado, sin embargo, y viendo la zona adolorida, se dio cuenta que había sangre en su chaqueta negra. Liam no estaba en mejores condiciones que él, pues tenía el hombro y brazo demasiado flácido como para considerarse normal. Se lo había dislocado.
—¿Quiénes carajo son? —gruño, sosteniéndose el costado con una mano y apretándola con la otra. El de ojos violetas le miro con nerviosismo.
—Soy el oficial Williams, asignado como guardia a la prisión local—dijo, dejando las vendas en el suelo y acercándose a él con lentitud—. Él es…
—Soy Alfred—contesto el otro, con una sonrisa—, Alfred F. Jones, y soy su salvador.
—¿De qué coño hablas? —dijo Liam a su lado, y se percató que, tanto el vocabulario de él como el de su hermano, era muy mordaz y vulgar—. Salvador y una mierda, nos han secuestrado.
—No—negó Williams, poniendo las manos hacia ellos y las palmas hacia arriba—. Verán, vimos como su camioneta se volcó, y también como estuvo a punto de salirse del puente, también. Entonces el coche estaba soltando gasolina, y una pequeña llama se prendió en el cofre. Por miedo que explotara, los sacamos inmediatamente.
— ¿A todos?—inquirió Liam, mirándole con alarma. La cabeza de Alfred descendió unos centímetros, y pudo ver la decepción en sus ojos azules cuando oculto su mirada con su flequillo—. ¡¿No sacaron a todos?!
—Uno de ustedes… ya estaba…—Williams titubeo, y sus ojos se llenaron de lágrimas—. Hicimos todo lo que pudimos pero…
—¿Quién?
—¿Eh?
—¿Quién murió? —pregunto Cian, de manera cortante, y sintiendo el nudo en la garganta que evitaba a toda costa,
—El que conducía—las lágrimas al fin salieron de los ojos de Williams, y nunca antes tuvo tantas ansias de enterrarle el puño en la cara a alguien.
Ellos no eran nada para Richard, y Richard no era nada para ellos. No deberían de sentir tristeza. No deberían…
—Deja de llorar—gruño su hermano a su lado, llamando la atención de los otros dos—. Si hicieron lo que pudieron, está totalmente bien. No deben sentirse culpables, tampoco tristes, ustedes no los conocían. No es necesaria su muestra de emociones, y no devolverá a Richard a la vida. Ahora cúrennos antes de que nos pierdan también.
Sin decir nada, comenzaron a hacer lo que le había dicho. Su herida del costado no era muy profunda, y fue curada con rapidez y vendada, el grito ahogado de Liam cuando sintió su hueso reacomodarse de manera ruda fue lo único que pensó en esos momentos. Richard ya no estaba, y como había dicho, ya nada se podía hacer para cambiarlo.
Sin embargo, el grito de dolor que Arthur dio cuando se enteró, no fue algo que alguien pudiera ignorar.
Nini: Perdón por el retraso, pero tenía bloqueo mental. Bueno, en otras palabras, gracias por su apoyo y aceptación con esta historia, y agradezco que les haya gustado. Ahorita les envió esto desde mi clase de informática, pero tratare que en el siguiente capítulo se explique mejor la situación y que sea más largo que este. Solo era para no dejarlos tanto tiempo sin actualizar, y lamento si querían saber del pasado de Alfred, pero me parece que tendrán, tanto Arthur como él, suficiente protagonismo en el futuro. Además, me gusta Cian (Irlanda), no lo puedo evitar. Gracias de nuevo, y espero que me sigan leyendo.
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