Capítulo 2: La llegada

Empezaron a caer hacia abajo con rapidez. Pero cuando se encontraron abajo no se dieron ningún fuerte golpe. Úrsula acabó encima de Max, y este gruñó, enfadado.

—¡Quítate de encima! —siseó, empujándole hacia el otro lado.

—No creas que me apetece estar a tu lado —escupió ella, levantándose del suelo y limpiándose los pantalones de suciedad.

La espada de Max se encontraba cerca de Úrsula. Ella se miró las manos para asegurarse que tenía los guantes puestos. Se tranquilizó al ver que así era. Max se levantó enseguida y cogió la espada. Preocupado por lo que podía hacerle esa chica.

—Bah —murmuró ella—. Aunque deseo matarte no puedo.

—¿Y por qué no? —inquirió él, sujetando la espada con las dos manos.

—¿Eres cortito, eh? —se burló ella—. Te recuerdo que para salir de este mundo tenemos que intentar con todos los medios llevarnos bien de verdad. Lo veo imposible, pero no podemos hacer otra cosa más. Y si alguno mata al otro, el que sobreviva se quedara aquí para siempre. Así que tendremos que limitarnos a insultarnos y mirarnos con mala cara.

—¿Qué? ¿Has dicho llevarnos bien? —El chico río, guardándose la espada—. Eso no creo que suceda jamás.

Úrsula se encogió de hombros.

—Entonces nos quedaremos en este lugar… ¿cómo han dicho que se llamaba? —cerró los ojos, tratando de acordarse—. Ah, sí, el valle de los lobos. Y que tenemos que encontrar una torre. No sé qué harás tú, pero yo voy a buscarla.

Max se había quedado un momento quieto. Ahora que se daba cuenta, su espada no le había rechazado como cuando estuvo en el palacio de esa princesa. Eso le gustó, ya que no sabría qué hacer si a Úrsula se le ocurría de repente atacarle con magia. Su única protección en esos momentos era la espada.

—Qué raro —murmuró ella, cruzándose de brazos—. Si recuerdo bien, en nuestro mundo era día…

—… Y aquí es de noche —terminó la frase él—. Supongo que es normal. No en todas partes tiene que ser la misma hora. Por cierto—cambió de tema—, ¿tú que usas, eso a lo que llaman magia negra?

—Sí, ¿y adivinas qué? No solo se utiliza para matar, también para torturar.

—¿Es una amenaza? —frunció el ceño.

—Significa que como me molestes mucho actuaré como me dé la gana —respondió—. Soy muy buena en hechizos de tortura, y sobre todo con la gente que no soporto. Y mira por donde, tú tienes esa habilidad desde la primera vez que nos vimos.

Max sonrió y sacó la espada, clavándola en el suelo con fuerza.

—Esta espada es capaz de detener tus hechizos cuando me los lances —dijo, orgulloso—. Por una vez, estamos empatados.

—¿Y qué vas hacer, llevar esa espada a todas horas en las manos? —río.

—Tengo una idea mejor: Quítate los guantes —contestó él.

Ella abrió la boca para decir algo, pero se lo pensó mejor. Lo que sí que tenía claro es que los guantes no abandonarían sus manos en ningún momento. No conocía ese mundo, y mucho menos el bosque que les rodeaba, necesitaba su poder por su había algún peligro.

Finalmente respondió a Max:

—Nunca —sentenció, juntando las manos.

—¡Pero eso no es justo! —discutió—. Tienes razón conque no puedo llevar la espada todo el rato entre las manos. Así que por lo menos, guárdate los guantes.

—Tranquilo, no te voy hacer daño —sonrió ella—. Por ahora…

—Cada segunda que paso contigo te odio más —siseó.

—Mira qué casualidad, me ocurre lo mismo.

Úrsula le miró a los ojos, tratando de averiguar cuál sería el siguiendo movimiento de Max. Este le sostuvo la mirada sin pestañear, con seriedad. Hasta que de repente cambió, parecía que estaba calculando algo. Como cuando alguien tiene un problema en la cabeza. Puso una de las manos en la barbilla y ladeó la cabeza.

Entonces Úrsula se dio cuenta de lo que sucedía.

—¿Estás evaluando mi cuerpo? —bramó—. ¿Pero de qué vas?

Él sonrió y ladeó la cabeza de un lado a otro.

—No está mal, no está mal… —murmuró—. Tal vez con otro color de pelo, más largo. Los ojos miel o verdes. No sé… Es que no me gusta que tengan los ojos del mismo color que yo, ¿sabes?

Ella abrió la boca, pero en vez de contestar algo, le golpeó con la mano abierta en la mejilla. Max abrió los ojos al máximo y se tocó el lado rojo. Aunque le dolía, la sonrisa no se borró.

—Valió la pena —se encogió de hombros.

—Y alégrate de que no haya usado mi magia —siseó—. Ahora mismo ese guantazo no es nada comparado con mi poder.

—Solo he sido sincero.

Úrsula respiró hondo y, sin hacer caso a los comentarios de Max, empezó a caminar hacia delante. Tenía claro su trayecto. Tendría que encontrar una torre e intentar quedarse ahí. Esas fueron las últimas palabras que escuchó antes de aparecer en ese lugar, y eso haría.

Max la siguió enseguida. Aunque nunca lo admitiría, eso de quedarse solo en un lugar desconocido le producía temor. Y parecía que esa chica no tenía miedo a nada. Pero claro, el tener magia te hace tener más confianza.

Yo tengo una espadapensó. No por ello se tranquilizó.

Por mucho que caminaran, lo único que veían era más bosque. Y al estar oscuro su vista no llegaba a ver mucho más.

De repente escucharon unos aullidos cerca. Máximo pegó un bote, pero Úrsula no les chico ni caso y siguió caminando. Él la alcanzó.

—¿Qué ha sido eso? —preguntó, aun sabiéndolo.

—Lobos —contestó ella; se fijó en el muchacho y río—. ¿Te asustan unos simples lobos? No me lo puedo creer.

—Seguro que me da más miedo verte por la mañana —contratacó él.

—Espero que si vienen los lobos te devoren a ti primero.

—¿Crees que están… que están cerca? —tartamudeó.

Ella sonriendo, asintió y señaló detrás de unos arbustos.

—Sí, mira, ahí hay uno, ¿no lo ves? —río.

Max miró hacia donde señalaba ella y tembló. Ella siguió riéndose y caminó de nuevo. Max se dio cuenta de la mentira y se cabreó. Iba a decir algo, pero al escuchar de nuevo los aullidos, tragó saliva y decidió callarse.

Cuando estuvieron ya cerca y vieron la torre que se alzaba delante de ellos, se detuvieron y sonrieron. Después de tanto tiempo caminando por ese lugar desconocido por fin la encontraban.

—Ahora a ver si nos dejan entrar —comentó Max.

—Dudo mucho que dejen a dos muchachos tirados en el bosque —respondió.

—Espero que tengas razón.

Se encontraban delante de una verja, alta. Úrsula trató de apartarla, pero le fui imposible. Iba a utilizar sus poderes, pero se lo pensó mejor. Era una mala idea. No podía enseñar su magia a cualquiera.

Miró a Max, que él miraba hacia arriba. Seguramente a todas esas luces que se mostraban de las ventanas de la torre. Úrsula supuso que serían las habitaciones, o cualquier estancia donde había gente.

—Max, voy hacer algo, ¿de acuerdo? —susurró ella.

—¿El qué? —preguntó él, mirándola.

—No conocemos para nada a las personas de aquí —explicó ella—. Y creo que deberíamos inventarnos una historia. Pero eso lo decidiremos más tarde. Voy a crear un vínculo telepático entre tú y yo. Así podremos hablarnos sin que nadie lo escuche.

—Me parece bien —asintió él.

—Para comunicarnos de esa manera solamente hay que pensar —finalizó.

Los guantes de Úrsula empezaron a brillar. Max notó, de nuevo, ese poder oscuro que le recorría el cuerpo. Lo mismo que cuando estuvo en el palacio. Y algo le vino a la mente. Intentó coger la espada, pero de nuevo un chispazo le quemó la mano.

—Imposible… —susurró; Úrsula no le escuchaba, estaba en medio de un hechizo—. ¿Qué querrá decir esto…?

Se miró las dos manos, ahora quemadas. Cada vez que la magia negra se mostraba cerca de él le sucedía eso tan extraño. No lo entendía, y no había podido preguntarle a su padre. Y ahora estaba solo.

¿Me escuchas?

Úrsula había abierto los ojos y le miraba, esperando una respuesta.

Te escucho perfectamente. El hechizo que has hecho va bien.

Yo nunca fallo.

Max sonrió y se giró para volver a ver la Torre. Se olvidó por un momento de sus manos y de lo que sucedió antes, ya que eso solo le haría pensar.

—Lo mejor será decir que somos hermanos —comentó ella.

Él se giró como movido por un resorte.

—¿Qué? ¿Está loca? —Úrsula rodó lo ojos—. ¡Nadie se creerá que somos hermanos! ¿No te das cuenta de lo diferente que somos? Además de lo mal que nos llevamos.

—Los hermanos no se parecen siempre, Max —dijo ella—. Y además, los hermanos siempre discuten. Es la mejor excusa. ¿O acaso vamos a decir que venimos de otro mundo, que somos de distintas razas y hemos venido aquí por culpa de un absurdo castigo?

Él tardó un poco en aceptar ese acuerdo.

—De acuerdo —le costó bastante decir esas palabras—, hermanita.

—¿Cómo que hermanita? ¿Qué edad tienes tú? —indagó.

—Mi padre me ha dicho que tienes dieciséis —respondió, sonriendo—. Y yo soy dos años mayor que tú. Así que puedo permitirme el lujo de llamarte hermanita.

Los dos se callaron al sentir como la verja se abría lentamente. Alguien se acercaba a ellos con paso ligero y seguro. Cuando ya estuvo a su lado, se fijaron en que era una mujer de pelo pelirrojo largo.

—Buenas noches —saludó Úrsula—. ¿Esta es la torre del valle de los lobos?

La mujer asintió y les invitó a entrar.

—Ahí fuera hace frío —explicó—. Adentro hablaremos mejor.

Los dos muchachos asintieron y siguieron a la mujer. Esta se dirigió hacia la torre. Cuando entraron, los dos se quedaron sorprendidos. Era muy grande a simple vista. Ahora entendían porque sus padres le habían indicado que tenían que ir hasta allí. Para hospedarse hasta que llegara el día en que volvieran a su mundo.

La mujer les llevó hasta una amplia cocina.

—Os he traído aquí por si tenéis hambre —dijo.

Qué tontería, si hace apenas unas horas que me metí un buen desayuno.

Recuerda que, si hablamos en términos de tiempo, aquí ya debe ser muy tarde. De todas formas con que rechacemos la hospitalidad de esta mujer bastará. Tampoco hace falta ser tan borde, Max.

—No gracias —sonrió Úrsula—. Perdone por mi poca información, pero… ¿esta torre que es exactamente?

La mujer frunció el ceño. Mucha gente conocía la torre del valle de los lobos, sin embargo esos dos muchachos hablaban en serio.

—Lo primero de todo: me llamo Salamandra —presentó—. Esta es una torre de alta hechicería, donde se aprende magia. Todo el mundo que la posea puede aprenderla. Y aunque no la tengáis podéis hospedaros aquí durante todo el tiempo que queráis. Según he comprobado, por vuestras venas corre la magia…

Úrsula sonrió. Eso ella ya lo sabía perfectamente. Todos los de su raza tenían magia dentro del cuerpo, pero solo la podían hacer funcionar mediante los guantes que ahora llevaba. Pero, para Max la noticia no la recibió muy bien.

Se mareó un poco y fue la mujer el que le ayudo a no caerse.

—¿Estás bien, joven? —preguntó.

¡Eso es imposible! Yo… yo… yo no poseo magia. Lo sabes perfectamente, Úrsula. Soy de la otra raza, la de las espadas. Mi gente mata a los de tu raza… No puede ser.

¿Quién sabe? A lo mejor hay algo en tu familia que te han contado.

Yo no poseo magia.

Esa mujer parece poderosa y estoy segura que es capaz de ver la magia dentro de las personas. No puedo decirte nada sobre lo que sucede en tu cuerpo, porque no tengo ni idea. ¿Quién sabe? A lo mejor aquí consigues desarrollar tus poderes.

¿Cuántas veces te lo tengo que repetir? ¡Yo nunca he tenido el poder de la magia!

Salamandra los miraba a los dos sin entender nada. Esos dos chicos eran muy extraños. Parecía que con las miradas se comunicaban tranquilamente. Salamandra se echó hacia atrás y espero a que los dos volvieran a la realidad.

—¿Está segura? —Preguntó Max—. Lo de la magia, quiero decir.

—Claro —asintió—. Y en ti, muchacho, está bastante débil. Seguramente por no haberla usado. No te preocupes, en esta Torre la mejorarás. Y tú también —miró a Úrsula—. ¿Queréis quedaros? Os daremos una habitación a cada uno.

No puedo quedarme aquí, Úrsula. Va contra mis principios.

Te recuerdo que nuestros padres nos dijeron que teníamos que venir hacia aquí. Por algo sería. Si tu padre ha dejado que vengas, incluso sabiendo que es de magia, debe ser por un buen motivo.

Sigo sin comprender nada.

Después de haber mantenido una larga conversación telepática sobre las últimas palabras de lo padres, los dos se dieron cuenta que Salamandra les miraba asustada, como si les sucediera algo.

—Es que estamos muy agradecidos de que nos deje quedarnos aquí —se inventó una excusa enseguida Úrsula—. De verdad, gracias.

—Tranquilos. Aquí hay muchos alumnos que, cuando vinieron, estaban como vosotros. Y bueno. Contadme un poco sobre nosotros.

—Ella se llama Úrsula —la señaló—. Y yo Máximo, pero puede llamarme Max.

—Somos hermanos —añadió ella, al ver que él no estaba dispuesto a decir esa palabra—. Y hemos venido para aprender el arte de la magia.

—Bien. Acompañadme, os enseñaré vuestras habitaciones.