A pesar de estar medio adormecida, necesitó de un par de leves llamadas de atención para espabilarse por parte de Priestly. Estaba demasiado a gusto, la piel de su abrigo era en exceso cálida mas parecía que se había aferrado a ella como un niño agarra un peluche. No quería enfrentarse al frío de la calle, aunque solo fuese por unos segundos, sin embargo, decidió que enterrarse en la vestimenta de la mayor no sería una buena idea si no quería parecer infantil.
-Arriba te dejaré descansar lo que quieras, lo prometo –abrió la puerta del coche, consiguiendo que Andy emitiera una especie de quejido al notar el viento frío de golpe contra su rostro. Se levantó súbitamente y con torpeza, aun medio adormilada. La siguió dentro.
No parecía un hotel en exceso ostentoso, tampoco tenía demasiado bullicio dentro. Lucía como un lugar discreto al que la gente con dinero podía escaparse de vez en cuando o al menos eso aparentaba.
Miranda se acercó al mostrador y sin ni siquiera mencionar palabra, la llave de la habitación le fue entregada. Andy solo podía pensar en que o en verdad imponía o todo esto había sido preparado con antelación. A pesar de ser muy obvio, a veces dudaba seriamente del poder que la mayor podía ejercer en la gente.
La habitación no estaba adornada en exceso y no era lujosa en absoluto, más bien recatada. Tenía una cama de matrimonio situada en el centro, con unas colchas color miel a juego con las paredes y la moqueta. Las sábanas, sin embargo, eran de un blanco impoluto y resaltaban por encima de todo.
Una mesa y una silla de madera situadas frente a la ventana, de lo más simples, terminaban de darle el punto de sencillez a la habitación
-¿Estás cansada? Puedes dormir un rato, si quieres. No se lo diré a tu jefa –Andrea levantó la mirada, sorprendida ¿Miranda estaba intentando bromear?
-¿Qué es eso que tienes para mí? –preguntó, exponiendo su curiosidad sin tapujo alguno. Se acercó a la mayor y se deshizo despacio de su abrigo, desabrochándolo y deslizándolo por sus hombros. No pudo si no morderse el labio de impaciencia cuando comprobó la transparencia de la blusa que había debajo.
-Tengo una tarde contigo- respondió, contraatacando con las mismas armas, desabrochando también el abrigo de la joven, aunque con reparo. Quería ir despacio, disfrutar de la menor cuanto la fuera posible y sin necesidad de prisas. Además, cada vez con Sachs se la antojaba como la primera.
Andy tomó entre sus manos el rostro de Miranda y lo atrajo contra el suyo, besándola con cautela, esperando el momento propicio para aumentar la intensidad si Priestly lo permitía y así fue.
Tomándola de la cintura, la atrajo hacia ella y continuó con aquel juego, entreabriendo los labios, dejando pleno acceso a la menor para aventurarse en su boca.
A pesar de que Sachs hacía lo posible por volver el beso algo apasionado, Priestly no la daba pie a ello. Ralentizaba sus movimientos, desquiciándola. Siempre tenía que llevar el control hiciese lo que hiciese y en ese momento no iba a ser menos.
Decidida a no dejarse hacer por esa vez, Andy aventuró las caricias bajo la ropa, por el vientre de Miranda, disfrutando del contraste de sus frías manos con la tibia piel de la mayor.
Priestly emitió una especie de quejido ante el tacto, a pesar de ello, Sachs continuó subiendo más y más hasta dar de lleno con el sujetador de encaje negro que minutos antes había divisado entre transparencias. La blusa decidió no entorpecer más y acabó adornando el suelo.
-¿Qué pasará con la revista si me regalas la tarde? –preguntó, sin cesar en el intento de dejar sin ropa a Miranda. Tanteó su espalda, en busca del broche de aquella maldita prenda.
-Nos entretuvimos en una visita, solo eso –Priestly también quiso disfrutar de la desnudez de la contraria, por lo que comenzó a deslizar lentamente la cremallera de su vestido- Te sienta bien, es un diseño bastante simple pero de igual modo- añadió, refiriéndose a la prenda - me agrada elegir tu vestimenta de vez en cuando, debería hacerlo más a menudo.
El vestido de la menor cayó a sus pies, volviéndose un montón grisáceo de tela en el suelo. En esos momentos, a ninguna de las dos les importaba el estado de sus ropas.
-Ignoraba que lo habías elegido tú –susurró, mientras hundía el rostro en su cuello y comenzaba a morder y succionar lentamente cada trozo de piel expuesta. Era una zona delicada y sabía cuánto hacía perder el control a la mayor. Lentamente, deslizó la punta de la lengua de forma ascendente hasta tener el lóbulo de la oreja a su alcance. Sentía como Miranda estaba perdiendo poco a poco la estabilidad, como su respiración se agitaba cada vez más y más a la vez que sus mejillas tornaban rojas poco a poco.
Decidida a no dejarla caer, la guió entre besos a la cama y ya allí pudo sin dificultad deshacerse de la falda de tubo negra que no hacía más que molestar. El sujetador de encaje, de igual manera, terminó siendo parte de la habitación.
-Y-yo acostumbro a elegir gran parte –no puedo evitar que aquel rotundo gemido escapara de entre sus labios- del vestuario que te es dado -intentó que su voz sonara firme, a pesar de aquel sensual sonido que profirió segundos antes, mas no lo consiguió. Que Sachs estuviera jugueteando con su lengua en zonas altamente delicadas de su pecho no era en absoluto una gran ayuda.
La joven tanteó sobre la única prenda que vestía Miranda, comprobando el efecto que sus caricias, besos y lamidas podían provocar en ella. Acarició sobre la tela y en el acto, la espalda de la mayor se arqueó, presionando inconscientemente contra su mano, buscando más contacto.
-No creas que…te dejaré seguir así por mucho tiempo –inquirió, tomando entre sus manos la cadera de Andy, pegándola contra aquella humedad. Aquel gemido entre dientes consiguió que la sangre la hirviese de excitación de tal manera que cualquier indicio de cordura hiciera el amago de desaparecer.
-M-miranda- tomó ente los dientes sus labios, mordiéndolos pícaramente casi sin quererlo, incitando a la mayor a continuar con aquello. Aunque tampoco es que fuera a pensárselo demasiado.
El pelo suelto, ondulado, cayéndola por los hombros. La tez rojiza, caliente. Los ojos cerrados, disfrutando a ciegas del placer que la otorgaba en esos instantes.
Definitivamente, el Diablo no podía resistirse a aquel Ángel.
-Si sigues viéndote tan bien, me plantearé seriamente si regalarte la noche- murmuró, como si a pesar de estar solas en la habitación fuese una confidencia entre ambas.
