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Capítulo 2.

La cartilla con los resultados de la primera ronda estaban por todas partes. En el fichero que había empotrado el entrenador Quinn en el pasillo que daba a sus habitaciones, en la entrada al lujoso comedor del Hotel, en cada periódico mágico; incluso en las calles, camufladas como propaganda de una poco creíble píldora para dieta hechas con jugo de manzana.

Él se había detenido fugazmente frente a cada cartilla, la cual se plegaba y desplegaba, mostrando en cada movimiento dos grupos paralelos de cuatro selecciones de Quidditch alistadas bajo unas letras que parecían flotar al ritmo de una tonada repetitiva y que Harry supuso, era el himno del mundial. La cartilla volvió a desplegarse, mostrando esta vez los grupos G y H. En el primero, el cuarteto era liderado por la veloz selección de la República Popular China, seguido del equipo local. En el grupo H, Inglaterra estaba en la punta por sobre Suiza.

El fino pergamino de la cartilla dio una sacudida poco elegante para desaparecer el entintado de las listas y aparecer a continuación el próximo encuentro. Harry leyó.

"China y USA...", pasó la vista de largo. "Hungría y…", deslizó los ojos más abajo y se detuvo justo frente a una elegante "F". Aquella que había esperado: "Francia y Brasil: 15 pm". Sonrió suavemente y a un lado vio el: "Inglaterra y Suiza: 20 pm" que ya conocía. Así mismo repasó rápidamente la fecha y entonces pronunció, sin emitir un solo sonido, el nombre del estadio: "Estadio Le Fleuve, Toulouse".

Él sabía que más abajo, allí donde podía ver por el rabillo del ojo unas letras bailarinas, aparecían las conexiones de traslador oficiales, pero no les dio mayor importancia. De todas formas no le eran útiles.

Entonces volvió a deslizar la vista sobre la pulcra letra, sobre las horas y la fecha, y el brillito luminiscente que parecía rodear a todo lo "Made in France", le recordó la suerte -casi siempre esquiva e inadvertida- que tenía por pertenecer ambos a grupos paralelos. No se enfrentarían, pero se verían por lo menos durante la primera ronda.

"La siguiente fecha, en cuatro días más…". Suspiró, retomando su camino.

Pronto ingresó al distinguido comedor, de manteles blancos y servilletas de tela, de ventanas altas y descorridas cortinas forradas por donde entraba ese poderoso "Sol Francés". Con la mente un poco más despejada del sopor matutino, se sentó junto a la algarabía de Parks y Lamont, que mantenían una animada conversación sobre las nuevas estrategias de los suizos. Ahora que más de la mitad de los jugadores eran nuevos, todo en ellos lo hacía más impredecibles.

Un desayuno completo se le apareció delante. Un plato de crêpes dulces, tostadas, láminas de jamón y queso, cereales, jugo, leche… tartaleta de frutas… mermelada… té, café…

Todo lucía delicioso y atractivo, pero nada podría tener mayor importancia que aquello que tenía en el bolsillo de su pantalón. Y como ya iba tornándose una costumbre, sacó de él un repasado pedazo de pergamino y detalló un nombre que ya se sabia de memoria, "Hotel Le soulier sacré" -que había averiguado estaba junto al Hotel muggle De Ville Louis Pradel, hacia la Plaza de la Comedie-. Lo cierto es que habían pasado tres días desde que se encontraron él y el rubio, en el estadio de Le Vert Flacon y a pesar de la ansiedad, todavía no se animaba a comunicarse con él. O sea, sí se había animado, pero no quería parecer desesperado.

Claro, como si existiese la remota posibilidad de que Malfoy supiera que estaba al borde de una apoplejía por llamarlo.

El día siguiente de la victoria, Quinn les había dado jornada libre. Para que todos pudieran descansar y pasar la resaca; y como Harry había supuesto que Malfoy estaría en una situación similar, se había contenido de comunicarse con él. Al segundo día, la idea de que fuese "muy pronto" y de dar la impresión de "desesperación", le habían cortado la inspiración. Pero ese día estaba decidido, no podía seguir estirando la espera. Presumía que el equipo francés comenzaría las concentraciones de cara al siguiente encuentro, sin contar de los entrenamientos de su propio equipo y además, pronto habría cambio de ciudad sede. No podía seguir esperando, no, sobre todo por salud mental.

"Ésta noche. Ésta noche" se repitió, al tiempo que masticaba un trozo de crêpe relleno de dulce de pimiento verde.


Eran cerca de las siete cuando solicitó desde su habitación, conexión vía chimenea al Hotel Le soulier sacré. Una mujer de apariencia madura se formó en las brazas rojo opaco -de un fuego falso, por estar en pleno verano-, su voz aburrida y el burocrático trámite de seguridad le cercenaron ese púber anhelo que le chispeaba en los ojos. La valentía y la ansiedad, fueron carcomidos por el tiempo de espera. Genial. La larga melodía de unas campanitas danzando entre las brazas mustias y las cenizas, apenas le entretuvieron después del "No des-encante, le vamos a conectar".

-¿Potter?- la voz del rubio le sobresaltó, enfocando sus ojos nuevamente hacia las brazas, vio la extraña silueta del rostro de Malfoy.

-Hola.- le soltó demasiado rápido. La palabra "desesperado" sonó en su cabeza; por eso fingiendo que sucedía algo detrás suyo, aclaró su mente y regresó a su tan bien estudiado desinterés. -Dije que llamaría.- volvió su rostro hacia el fuego falso.

-Claro…- sonó con algo de sorpresa, -la verdad, pensé que la invitación había sido sólo por cortesía. Un "no llames, yo te llamo"… con ninguna intención de hacerlo.-

-Acostumbro cumplir mi palabra…- musitó con su conocida voz ronca, suavemente aterciopelada, mientras reía en su interior. Esa frase era tan de machos y si Malfoy aún tenía el mismo estereotipo de ligues que en la escuela, la personalidad que se había forjado entre el Harry de siempre y la estudiada construcción frente al espejo, los gestos y las frases prefabricadas, harían un buen trabajo.

-Ah, claro…- el rubio esbozó una media sonrisa, trágicamente indescifrable para Harry y el silencio que le siguió lo estaba poniendo un poco incomodo.

-Vale.- pasó una de sus manos por sus rebeldes cabellos castaños. –Te dije que podríamos salir, ¿recuerdas?-

-Ehm… sí…- pareció dudar.

-¿Te interesa aún? ¿Tienes tiempo hoy?- dijo directo al punto, si se iba a tirar a la piscina iba a ser con todo.

-¿Es en serio?-

-¿Por qué no?- preguntó como si fuese algo obvio, pero lo cierto es que habían miles de respuestas a por qué era una mala idea. Y aunque no deseaba rogar de manera insistente y lastimosa, no podía perder esa oportunidad. –Vamos… pensé que podría estar bien. No voy a morderte.- se alzó un poco de hombros y termino con otro: -¿Te interesa o no?- y es cierto que Malfoy podía decir que no, que no le importaba un comino, pero la pregunta estaba hecha de forma tan secretamente impositiva y declaratoria, que el simple deseo de ser gentil inhabilitaba cualquier negativa.

-Ah… Sí, claro, ¿a qué hora?- ahí estaba, a pesar de lo extraño que era ver a un Potter invitando a un Malfoy.

-¿Nueve treinta?… tengo reunión con el equipo– mintió descaradamente, -seguro tardará hasta las nueve y algo.- la idea de una salida nocturna con el rubio se le hacia sumamente atractiva.

-Bien, entonces a las nueve y treinta. ¿Dónde?-

El ruido de la puerta a espaldas de Harry lo hizo voltearse, Lamont, su compañero de habitación lo miró a él, luego dentro de la chimenea y frunció levemente el ceño.

-Ehh…- y el rubio sólo pudo ver que Potter desaparecía del fuego por unos segundos, antes de regresar con una media sonrisa socarrona y su voz un par de decibeles más baja, más grave y definitivamente mas aterciopelada. -Dime tú… no conozco Lyon…- murmuró antes de sentir a Lamont acercarse con decisión.

-Está bien.- Malfoy pareció pensar unos instantes. -Lo más fácil es que pidas red Flu al café de Bellecour, queda al sur de tú hotel, a sólo un par de cuadras.-

-Ok.- el codazo en las costillas de un indignado Lamont le hizo sonreír. -Lo siento…- respondió al rostro extrañado de Malfoy. Estirando la mano hacia su compañero le atrapó el cuello y luego bajó el brazo hacia él. -Me están fastidiando…- rio acercando a su amigo para que fuese visible para el rubio.

-¡Suéltame Potter…!- bufó molesto, antes de reconocer al hijo del conocido mortifago Lucius Malfoy en el fuego. -¡Es-

-Nueve treinta. Ahí nos vemos.- dijo rápidamente y cortó.


Convencer a Lamont para que cerrara la boca y le guardara el secreto del entrenador Quinn había resultado más difícil de lo que había esperado, más, cuando Murray había entrado a la habitación alertado por la discusión que ya se escuchaba desde el pasillo. Los "Por Merlín" y los "Enfócate, Potter" corrieron a lo largo de toda la conversación en diferentes tonos de advertencia y reproche. No había contemplado la posibilidad de verse retenido por sus compañeros, pero tras más de media hora de tiras y aflojas, agradecía el descaro con que había mentido durante la conversación con Malfoy. Su intención no había sido ser preventivo, pero al menos aún tenía tiempo para arreglarse decentemente.

-Insisto en que está confraternizando con el enemigo.- gruñó su compañero de habitación, amortiguada su voz por el pasillo, a través del cual era arrastrado por su capitán.

Pasadas las ocho había salido duchado y afeitado del baño, apenas cubierto por la algodonosa toalla del hotel. Sacudió la cabeza, dispersando el exceso de agua que insistía en gotear a través de su cuerpo y caer sobre la alfombra gris del dormitorio. Un par de gotas habían golpeado el espejo cuerpo entero colgado junto al armario de caoba… vio su pecho, fuerte y trabajosamente logrado, subir y bajar en un suspiro elocuente. Entonces, tomando la toalla de sus caderas la pasó sin mucho cuidado por la superficie pulida del vidrio, limpiándolo del agua que apenas habían avanzado cuesta abajo. Así se miró desnudo de pies a cabeza y con unas ganas enormes de pajearse… desde ya tenía la loca esperanza de follar con Malfoy… oh, sí, una real pero lejana esperanza de joder con él. Quizás una mamada o un magreo… casi se lo podía imaginar, pero era seguro que esa misma noche no sucediera nada y las ganas que tenía justo ahora eran tan fervientes…

Merlín, que ganas de pajearse.

Desnudo como estaba caminó hacia su bolso donde guardaba el equipo de Quidditch, de uno de los bolsillos laterales sacó la revista con las conocidas fichas de cada selección, ésta se abrió casi instantáneamente en las malogradas páginas del equipo francés. Sin mucho esfuerzo encontró un tubo con aceite para calmar las lesiones.

-Esto es enfermo…- se encerró con una sonrisa, de regreso en el baño.


El café Bellecourt tenía un ambiente similar a los otros muchos cafés que había visto a lo largo de sus paseos por Francia, especialmente como los que en Paris parecían multiplicados por cien. Lucía entre bohemio, minimalista, orgánico, lleno de lujo y de ese inigualable toque elegante, que hacia hasta a una piña medio seca parecer pulcra y única. Magnífica.

Él había llegado con bastante tiempo de anticipación, tiempo en que ocupó en detallar el local y buscar un lugar adecuado para ubicarse. Observó dándose cuenta que todo era madera y cristal, negro, blanco y algunos tonos de rojo, algunas mesas ratonas y vidrieras con variadas botellas de licor o frascos de café en grano, las sillas como poltronas de cuero blanco y patas negras, que parecían arañas acechantes en torno a las mesas de una madera extrañamente negra. La barra de la cafetería era un largo mesón de madera negra y cuero a tono, estanterías de cristal, cafeteras de porcelana y aluminio pulcramente pulido, tazas, tacitas y tazones conformaban un especial ornamento que se le hacía extrañamente muggle, a pesar de la mujer con túnicas, visiblemente estrafalarias. Lo cierto es que era un lugar cómodo.

Caminando hacia el mesón expendedor de café, vio un milagro hacia el fondo del local, donde la luz parecía especialmente mortecina y con un cierto tono rojizo. Un increíble y delicioso milagro a sus ojos: cerveza.

Era inevitable, era necesario como el agua o como el aire. Mientras los franceses se regodeaban catando sus cien tipos de cepas de vino, saboreando el cuerpo intenso, la persistencia de los taninos, el magro o suave sabor de la cepa perfectamente reposada, el carmín oscuro, a media tinta o clara, los ingleses sazonaban la vida con la cerveza. ¿Para qué el agua, para qué el té, o un wiskey, o una bebida cola, o el agua mineral?, si había cerveza. Siempre era hora de cerveza, malta negra, dorada, lager, a las dos, a las cinco, a las siete de la tarde, a las diez de la noche, después del trabajo, a la hora de un partido de quidditch, solo o acompañado. Inglaterra era de tardes con cerveza y Harry sonreía afortunado, sentándose en el taburete de cuero junto a la barra, pidiendo una "Inglesa" botella de "Inglesa" malta negra London Porter (*), al mago con delantal. Se sintió como en Grimmauld Place al saborear su áspera frescura.

Para las nueve treinta y uno Harry vio a través de la vidriera, entrar por uno de los accesos de la red flú, a una cabellera rubia platinada, tan conocida y tan extrañada. Aunque no lo reconociera en voz alta. Bebió un largo trago directamente de su segunda botella, vaciándola de paso.

Con un deje despreocupado pero metódicamente controlado, deslizó uno de los mechones castaños tras el pabellón de la oreja, de su recién conocida compañía. Él le sonrió con un gesto coqueto, iluminando su rostro de hermosos rasgos italianos. Franccesco sentado a su lado, se le había acercado al poco rato de llegar, con su sonrisa sensual pero guardando un cierto respeto, había tanteado el terreno y hallado en Harry una especial correspondencia. Se habían tomado una cerveza bajo una animada conversación, ya que por fortuna el chico hablaba un inglés fluido, que a Harry le había servido para calmar los nervios.

Después del: -Me encanta como vistes.- y el, -Me gustan tus ojos… y todo lo demás…- que Franccesco le había regalado con su gesto incitador y que Harry sólo pudo responderle con una sonrisa ladeada, maliciosa y sugerente, fue que el moreno había entrado en confianza y alcanzado una especial seguridad de si mismo. Después de todo había demorado y sufrido lo indecible escogiendo qué vestir. Recordó una vez que una de sus "locas" amigas le había gritado:

-Merlín en panties, necesitas un "Fashion Emergency", Harry. No puedes pasar por la vida luciendo constantemente desaliñado, vistiendo jeans azules, camisetas holgadas y zapatillas roñosas…- y había suspirado melodramáticamente, mientras lo arrastraba a una lujosa tienda muggle de marca reconocida. -Harry cariño, con todo el dinero que tienes… no seré el jodido te-haré-maravillas Clinton Kelly (**), pero te juro que te dejaré como nuevo…-

Y debía admitir que después de memorizar un par de reglas del "buen vestir" y sobre la forma y proporciones de su cuerpo, ahora hacia maravillas. Su armario se había ampliado como nunca en su vida y actualmente sabía qué lucir en cada ocasión. Como ahora, luego de consultar con uno de los empleados del hotel, qué tipo de local era el café Bellecourt, había terminado decidiéndose por vestir de negro: camisa ligera manga larga negra y casualmente desabotonada, pantalón de tela en negro, zapatos de traje y cinturón de piel negro. Se dejó el cabello debidamente desordenado y rebelde, pero cerrando el conjunto, su orgullosa última compra hecha precisamente en Paris, una semana antes. Cubierta de los conocidos brillitos de lo "Made in France", un reloj Cartier Roadster, grande, de acero, de esfera negra y números romanos. Una preciosa maravilla, única y elegante. Hermosamente masculina.

Y si Franccesco era honesto, debía verse como se sentía: jodidamente sexy. Así, bajo el amparo de su propia suficiencia, había coqueteado con el italiano, incluso ahora que veía a Malfoy acercarse a ellos a través del angosto pasillo junto a la barra, justo detrás de Harry.

-Bueno, si tu cita no llega…- había comenzado Franccesco luego que Harry le deslizara el cabello detrás su oreja. Malfoy ya estaba demasiado cerca como para no oír, -podríamos ir a otro sitio…-

-Quién sabe…- Harry se volteó de nuevo al camarero del delantal, ordenando con una mano su tercera botella.

-Hay una discoteca mágica cerca de aquí…- se le acercó descaradamente y Harry pudo jurar que Draco hacía sus pasos cada vez más lentos, -y mi departamento está a sólo dos cuadras de ahí…-

En ese momento el barman apareció con su botella recién destapada, liberando ese vaho de la cerveza helada y llevándose consigo la botella vacía. Entonces y con un gesto casual, Harry desvió la mirada e insufló un gesto de pura y fingida sorpresa.

-Hola...- se irguió en su taburete, mirando disimuladamente a un muy bien vestido Draco Malfoy. »Como siempre«, pensó. El rubio siempre había sido hábil y distinguido con su vestimenta. Otra de esas cosas que lo hacía tan encantador.

Y no quiso hacer comparaciones, pero entre el exquisito conjunto de dos botones que definitivamente era Armani, -ahora que Harry sabía que Armani era un diseñador universalmente conocido y no una marca de pasta dental-, sobre una pulcra camisa blanca, que le quedaban deliciosamente a medida, haciéndolo ver tan alto, tan delgado y tan sexy… comparada con la chaqueta de multitienda y los jeans urbanos de Franccesco…

-Hola.- su característica ceja alzada pasó de Harry a su inesperada compañía masculina, que ahora parecía un tanto irritada. -¿Molesto?-

-No, claro que no.- pero en la cara del otro chico había pintado un enorme "¡Sí!", bastante inquietante. -Ya nos veremos en otro momento.- le sonrió Harry a Franccesco antes de alejarse con su botella en la mano. Obviamente no existía un posible "otro momento".

Ambos caminaron hacia el frente del café, Harry desde atrás, podía detallar la estilizada figura del rubio, que se movía con increíble gracilidad hacia la zona de las mesas y las poltronas de patas negras. Ambos terminaron situándose cerca de una esquina de muros cubiertos por fotografías mágicas; justo donde Draco se había sentado cómodamente, había una hilera de imágenes de la ciudad de Lyon de noche, muchas de ellas con parejas besándose en primer plano. Le resultó un poco irónico e incómodo.

Draco le miraba aun con una ceja alzada, sin disimulo.

-Una Nostradamus (***)- soltó en inglés, al ver que el camarero le consultaba en ese idioma. Seguramente asociándolo con el moreno frente suyo, -pequeña.- y Harry supuso que ese "pequeña" iba ligado a un implícito "no tardare mucho aquí".

Harry se había dejado caer desparramado, de espaldas al escaparate. Al otro lado del vidrio, la fresca noche parecía menguada apenas por los faroles en la acera, iluminando con intensidad, incitando el inicio de una noche larga.

»Ojalá fuera larga…« pensó apenas, sintiendo inquisidora esa ceja nuevamente arqueada.

-Y bien, a qué debo realmente el honor de la invitación.- se recargó con elegancia sobre la poltrona y Harry quedó atrapado en el suave movimiento de la punta de sus cabellos rubios, rozándose contra el cuello blanco de la camisa y el borde de la chaqueta de diseñador.

-Nada especial…- tenía la botella apoyada despreocupadamente sobre su rodilla, acariciando de vez en cuando la boquilla de vidrio oscuro. -Supongo que me sorprendió verte después de… ¿tres, cuatro años?- comentó haciéndose el desentendido, claro que sabía cuánto tiempo había transcurrido. El mismo desde la batalla final.

-Casi cinco años.- entrelazó ambas manos sobre su estomago y miro por sobre el hombro de Harry hacia la calle. -Entonces, ¿esto es como esas reuniones de "amigos" para ponerse al día?- el rubio le miró y él le contestó con una risa gruesa.

-Es más como "olvidémonos de la guerra y vivamos en paz". ¿No te parece mejor?- alzó la botella y se sirvió un trago, justo en ese momento apareció el camarero con el pedido de Draco. -¿Qué has hecho aquí en Francia?- preguntó de repente, antes que el rubio le replicara algo que lapidara aquel encuentro.

-¿Vivir?- sopesó con cierta burla. -Te imaginarás que Inglaterra y los Malfoy, actualmente, ya no son compatibles.-

-La guerra ya terminó y muchas cosas están cambiando. Deberías darte una oportunidad de regresar.-

-Sí, claro. ¿Te suena, "ni olvido, ni perdón"?- dijo antes de beber un trago corto y hacer un movimiento con los labios, como si paladeara el sabor seco y a cuero de la cerveza. Los verdes ojos del moreno se detuvieron en el gesto detenidamente.

-Bueno, supongo que no arriesgarás lo que has construido aquí… con una posible pérdida, allá.-

-Supones bien.- bebió otro trago. –La verdad es que esto es raro, ¿no lo crees?- de nuevo ese movimiento en sus labios, -el hecho de estar conversando civilizadamente con el niño dorado del mundo mágico… y la peste mas desagradable de mi estancia en Hogwarts.- recargó su cuerpo sobre su codo, apoyando su cuerpo contra uno de los brazos de la poltrona –Es realmente inesperado.-

-Una agradable sorpresa diría yo.- Harry sabía que Malfoy estaba tratando de picarlo con sus palabras, pero no se molestó. De hecho, habría jurado que su voz sonó estereofónica, pronunciando sus palabras con ese tono grave y profundo, que esperaba estremeciera al rubio. Entonces se sumergió nerviosamente en un largo trago de cerveza. -¿Cómo van los entrenamientos?- volvió su mirada hacia el rubio, recompuesta su fachada autosuficiente.

Draco le miró con los ojos entrecerrados, inquisidores y analíticos, por segundos que le parecieron eternos. Eternos.

-Perfectamente, Potter.- y el moreno casi podía percibir el muro entre ambos. Que Draco pronunciara su apellido lleno de imparcialidad, sólo confirmaba el distanciamiento.

-No sabía que estabas en Francia… que te habías nacionalizado.- dijo, intentando establecer lazos de paz. Tal vez un poco menos de aspereza oculta bajo tonos displicentes.

-Para que veas…-

Pero lo cierto es que el rubio se la estaba poniendo difícil.

-Excelente atrapada.- añadió.

-No te gastes en halagos de cortesía, Potter, no es como si los necesitara. No viniendo de ti.-

-¿Quién dice que son sólo por cortesía?- le sonrió e incluso alzó las manos, pasivo.

-Por favor.- respondió irónico, como si el moreno le estuviera tomando el pelo. -¿Ahora nos pondremos a recordar nuestras fantásticas experiencias de infancia?, ¿nuestros queridos viejos profesores y lo magnifico que fue estar en Hogwarts? ¿Todos los buenos recuerdos de nuestra vida escolar, antes de la guerra?- Harry sonrió sin permitirle a Malfoy cortar con esa esperada conversación, aunque tenga que aguantarse las pullas y su sardónica agresión verbal. Aunque tenga que morderse la lengua ante la mención de la guerra. Suspiró suavemente y continuó hablándole con el mismo entusiasmo.

-Bueno, has mejorado bastante como buscador… mucho desde nuestro último partido en el colegio.- Harry no lo dejaría abandonar. Tenía la firme intención de hacerlo hablar, de compartir un momento juntos, de hacerlo ver y re-conocer a este nuevo Harry Potter.

El rubio continuaba mirándolo con su expresión imperturbable, indagadora, no fiándose del todo… como si esperara que en cualquier momento Harry le soltara una carcajada burlona y se riera en su cara. Seguro que Draco prefería estar a la defensiva, que pecar de ingenuo.


Pasada la una y treinta Harry regresó al Hotel, después de cuatro horas de una conversación que nunca creyó compartir con Draco Malfoy. Y si bien al principio todo pareció áspero y grosero, lograron entablar una tirante conversación sobre Francia, luego un poco de ellos mismos y todo el tiempo que había trascurrido desde la última vez que se vieron. También hubo silencios tensos, ironías y algo de charla sobre quidditch, sobre el mundial y de sus entrenamientos, un poco después hablaron de sus partidos en Hogwarts e inevitablemente se remitieron al pasado. Se mostraron ceños fruncidos, labios apretados y hombros cuadrados, pero con un poco de voluntad y mucha renuencia conversaron sobre el Ministerio inglés, sobre sus nuevas políticas y la economía mágica, con ayuda de bastante alcohol en el cuerpo, pudieron hablar de la guerra. Y es cierto, que si bien al final se pudieron instalar en una cómoda charla ligera, a veces y en algunos temas, habían logrado hasta algo de intensidad y profundidad. No mucho, pero había que ser positivos.

Porque considerando los años pasados y la enemistad que los había unido, Harry podía hacer cuentas positivas, ya que el diálogo había sido inesperadamente generoso y de verdad confortable, hasta el grado de dejar pasar al imperceptible tiempo con singular rapidez.

En su momento, cuando habían llegado al amplio tema que abarcaba el quidditch, con el mundial sobre ellos y sus propias carreras en las ligas nacionales, un bufido de Draco lo había cortado en medio de su discurso contra una norma especialmente desagradable dentro de los requerimientos de pertenencia a la selección Inglesa.

-¿Qué?- le preguntó.

-Nada importante.- y giró su rostro hacia la pared -Me decías sobre la norma de…-

-Venga Malfoy, qué pasa.- rebuscó en la mesita llena de botellines vacios, su London Porter a medio consumir.

-…- el rubio le miró de forma extraña antes de decidirse a contestar. -El idiota de allá.- indicó con un ligero movimiento de cabeza.

Harry distinguió sin mucha dificultad a un tipo joven, bastante apuesto y de buen vestir, que les había estado observando desde hacía rato, pero no le había tomado importancia hasta ahora. Había supuesto que era algún tipo de fanático o algo semejante.

-Dern, éramos compañeros en el Dubler.- se pausó. -Salí con él y ahora no ha dejado de mirarme… haciendo gestos con sus ridículas cejas.-

-Ya- rio, encontrando su botella. El burro hablando de orejas. Realmente no sabía que decir sobre el asunto. Bebió de su botella y dijo: -supongo que tú los andas dejando a todos loquitos por ahí.- tan pronto como lo dijo, recibió un ceño fruncido.

-Soy todo un espécimen, por si no lo sabías.- soltó molesto por la falta de credibilidad.

-Lo sé, no te molestes…- sonrió consoladoramente. -¿Y qué?, ¿hubo romance y una dramática separación?- frunció el ceño girando la botella en su mano, había tomado suficiente… ya estaba comenzando a marearse de verdad.

-¿Interés en mi vida romántica?- se mofó con arrogancia, de pasó cambiando completamente de tema. -Que yo recuerde, la última vez que conversamos me gritabas "maldito promiscuo anormal" y otras cosas más subidas de tono.-

-Bueno, por eso te dije que algunas cosas habían cambiado.- miró al tipo llamado Dern, algo de él se le hacía conocido, aunque no sabía qué. -Inglaterra ya no es la misma maldita reina Frígida.-

No se volteó a ver a Draco, pero supuso que su expresión sería un poema. "Reina Frígida", repitió en su mente, la lengua se le estaba aflojando.


-Acuéstate de una maldita vez, Potter…- recriminó Lamont. La línea de luz que se filtraba del baño, dejaba ver su silueta en la cama, la almohada sobre su cabeza intentando conciliar nuevamente el sueño.

-Ok, ok…- se desvistió con rapidez y apagó las luces.

A pesar de algunos altos y bajos y cejas alzadas y disimuladas risas irónicas, el moreno había logrado quedar en el mudo acuerdo de reunirse a tomar algo, mientras durase el mundial.

-…y mientras Inglaterra pueda mantenerse en competencia…- Draco le había sonreído con malicia, ambos delante de la chimenea de acceso al café.

-Veamos si pueden mantenernos el paso.- le contestó con los polvos ya en la mano, -Wilkinham Hotel.- se despidió en medio de una llamarada verde.

Harry tenía cerca de cuatro semanas, que era la duración del mundial, para meterse en la cama, los calzoncillos y la mente de Draco Malfoy. Antes de regresar a la gris urbanidad de Londres.


Continuará.

Las cosas recién se vienen entibiando, pero al menos el rubio no le ha dado la completa patada al necesitado de Potter XD

¿Me merezco un comentario? =)

(*) London Porter: es una conocida cerveza inglesa.

(**) Clinton Kelly: pertenece al programa de buen vestir "¡No te lo pongas!".

(***) Nostradamus: es una cerveza de origen Belga, que también es bastante conocida en Francia.