Summary: Camus sabe que ha caido bajo el influjo de una fuerza avasalladora: Milo, la cuestión, que será siempre el paradigma de su vida, es el por qué de esa pasión desbordada.
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ÉROTISME: GOÛT
(fr. Erotismo, gusto, sentido del.)
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Como consideraba que había nacido para el bello sexo, lo he amado siempre y me he hecho amar por él cuanto he podido.
Giacomo Casanova.
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Para IGR,toujours…
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¿Ahora que pretexto? ¿Algo se le había atravesado… o alguien? Porque las historias de que había tenido que hacer una diligencia importante para el Patriarca, ya no se las creía, la excusa de que "se le pasó el tiempo" tampoco, lo de que simplemente se quedó charlando con Mu… ¡Tampoco! Tenía que ser realmente estúpido para creerse algo de ese abanico de excusas peregrinas…
Y muy ingenuo…
¿Para qué molestarse? Ya estaba acostumbrado, solía pasar… porque una vez que le abrió las piernas… después de un tiempo, se aburrió… o algo que no comprendía sucedió y se alejó… lo peor era que él seguía esperando, en su templo… esperaba que apareciera, aunque fuese un momento, breve, seguía dejando encendida la luz de la mesita de lectura, cerca de la cámara privada… por si en algún momento volvía… para que no se tropezara… ¡Qué miserable era pensar en eso!... y después de regodearse en su miseria… se cabreo… ¡Claro que sí!... Apretó los puños y de inmediato la temperatura en el thòlos de Acuario descendió dramáticamente, en sus manos comenzó a formarse una película cristalina, brillante: hielo.
Por él, que le arrancaran la pija vivo, que se la metieran en la boca llena de mentiras y después, que Caronte le dejara ir el maldito remo en el culo… y pensaba de todos modos que eso sería un castigo menor.
¿Por qué seguía ahí con él?
Porque lo quería, pese a todo… le gustaban sus malas bromas, sus guarradas, su risa fácil, su capacidad de seducir… su belleza sin par… podía tener la puntada de enlistar una a una las cualidades hasta hacer un largo pergamino… lo quería… y también se odiaba por ello, por permitir que Milo hiciese de él un don nadie, un débil… un blandengue… el melio había conseguido pasarse años de lealtad, de respeto, de celibato, por salva sea la parte, aquel griego había conseguido convertir el inmaculado thòlos de Acuario en un centro de diversiones, cámara de pornografías, ¿y qué había hecho él? ¡Abrirle las piernas, gustoso! ¡Cómo si fuesen las Panateneas con todo el público invitado! ¡Había pagado siglos de historia, tradición y buen nombre de los hijos de Sadalsuud, corriéndose como desquiciado, jadeando como ramera!
¡Su ramera!
Se cabreó toda vía más, aun con todo eso… él seguía gustando de ser su fulana, le encantaba… algo en Milo Kyrgiakos lo volvía loco de frenesí pasional, lo excitaba hasta el dolor… y de la misma manera lo resquebrajaba más y más.
Cerró los ojos, suspiró… vio el reloj de pulso, eran ya las 9:56 de la noche… la cena se había enfriado… se llevó la mano a la frente, retiró los cabellos pelirrojos que caían desordenados.
—Ni hablar Milo, te jodes… —sentenció.
Se levantó de la mesa y recogió el otro plato, lo dejó pulcramente acomodado en la cocina, el suyo, lo llenó con lo que había preparado. Cocinar, para él era una terapia, le gustaban los olores de los condimentos, le relajaba, y dada su quisquillosa personalidad, le entretenía decorar todo delicadamente… gesto inútil, pues de todo el jodido Santuario, Milo ni siquiera reparaba en ello.
Se rio con ironía, Aioria le hubiera repetido esa ridiculez de "eres una buena esposa, ¿eh?", broma que la primera vez le hizo arrojar humo por las orejas y después, le causó hilaridad. Mejor hubiese invitado al griego a cenar, no estaría solo, se habría reído de sus muchas tonterías… y al final acabaría bien cogido… porque le daba la impresión de que si Aioria se acercó a él… era para algo más que la charla casual.
Al carajo sus sueños romanticoides.
Sirvió la sopa de cebolla, metió el plato al horno de microondas, cortó una porción del lomo de cerdo con ciruelas y acomodó el guiso de verduras a un lado, luego apiló el plato mayor sobre el de la sopa, calentó todo junto para no esperar.
Recargado contra el breve desayunador cerró de nuevo los ojos, rememoró los labios del griego hijo de puta, sus labios que rodaban tan felices por su cuerpo, que lo besaban, lo mordían… luego lo lamían… tenía que reconocerle eso: que sabía lo que hacía…
El repiqueteo del horno le trajo de vuelta.
Milo por su parte se apresuraba, le restaba todavía atravesar la explanada y de ahí, escaleras arriba… se le había hecho tarde como siempre… distrayéndose en cualquier tontería, sobre todo, deteniéndose en cualquier puesto del mercado que ofreciera algo que comer en lo que llegaba… cientos de veces había bajado por ahí, y se detenía por todos lados, mientras Camus lo miraba alucinando diciéndole: "Joder, a este paso vamos a llegar en tres días al puerto", a lo que él se encogía de hombros y simplemente contestaba con cinismo "si mañana morimos al menos me quiero ir a la mierda con la barriga llena".
También era cierto que se había tomado una cerveza en cierto bar… la verdad fueron dos… o tres… y una pequeña inhalada… breve… sólo porque estaba muy campechano haciendo charla con una mesera y viéndole las tetas redondas que se asomaban por los botones abiertos de la camisa, incluso… había lanzado discretamente unas ondas cósmicas, logrando que ella entrara un poco en calor… sólo para ver sus pezones erectos a través del sujetador, botones breves y discretos…
—Es una putada subir todos estos escalones… ¿A nadie se le ha ocurrido poner un condenado elevador? Ya que vivimos anacrónicos en templos clásicos con luz, agua corriente y televisión por cable… —gimió empezando el ascenso por Aries.
Al final de cuentas acabó llegando hasta Acuario cerca de las once, y eso porque, para variar, se detuvo en leo, a charlar… cháchara absurda y gilipolleces, como siempre.
Ni siquiera había tenido tiempo de sacarse el uniforme de entrenamiento, así había bajado a la ciudad y así había vuelto a subir… se sacó las muñequeras con lentitud mientras se adentró al templo circular, las dejó tiradas por ahí, luego se quitó de encima la protección del pecho y también la dejó tirada.
Todo en silencio, todo a oscuras.
Olisqueo el aire mientras caminaba a la cocina, olía bien, como siempre que el marsellés cocinaba algo… seguramente esa noche sería una de esas en las que cenaría algo exquisito y luego se cenaría al francés… hasta que no pudiese sentarse al otro día…
Se adentró a la cocina… su plato estaba pulcramente cubierto, con una servilleta encima, cuando la quitó… se quedó perplejo… ¡Dos hot dogs fríos!
—¿Qué carajos…?
—Buenas noches, Arconte Alacrán… —saludó irreverente el marsellés sorprendiéndolo por la espalda, llevaba ya puesta la pijama oscura, satinada.
—¿Esto… cenaste? —inquirió arqueando una de sus rubias cejas.
—No, la verdad es que cené otra cosa, pero como no llegaste, me acabé lo que preparé y te hice eso —le indicó, pasó de largo, abrió el frigorífico y sacó una botella de vino a medio abrir, tomo un vaso, ni siquiera una copa, lo llenó y se lo alargo.
—Estás de broma, ¿vino y esto…?
—Si no quieres… creo que por ahí en tengo un refresco sin gas…
—Noto cierto sarcasmo… —ironizó el melio mientras mordisqueaba de mala gana lo que tenía en el plato y tomaba el vaso de vino.
—Vienes cuando quieres, me coges cuando quieres… y luego te vas… déjame decirte, mon ami, que aquí se cena a cierta hora y después de ella… te vas a la mierda…
El rubio sonrió ante el ataque de histeria del francés, se llevó el vino a los labios, le dio un trago.
—¿También se coge a cierta hora?
Por toda respuesta le lanzó el contenido del vaso con vino que él mismo tenía en la mano, todo, el líquido granate resbaló por el rostro del griego, pillado, furioso.
Camus dio la vuelta, muy divertido, sin duda. Ni siquiera se quedó a escuchar la retahíla de maldiciones de su compañero, se refugió en su habitación, echó el pestillo y se acomodó en la cama, esperaba que se largara, y él… se haría acompañar por el porno en internet y su mano… no sería la primera vez.
—Hijo de la gran puta… ¡La puta que te parió! —gritó el melio.
Se llevó la botella que había quedado en la mesa, se la empinó en la boca, empapado como estaba fue hasta la cámara privada, aporreo la puerta, gritó… y al final, acabó perforando con su aguijón la cerradura, abrió de par en par, entró como un huracán.
—Vas a pagar por esa reparación… —murmuró Camus entornando los ojos— ¿Qué quieres?
—Cabrón… —farfulló, le dio otro trago directo a la botella, se limpió los labios con el dorso de la mano—, ya te desquitaste, ¿no?
—Cierra la puerta cuando te vayas… o lo que queda de ella.
—Muy bien…
En vez de irse se lanzó contra él en la cama, tratando de besarlo, a la fuerza si era necesario, y no pasó mucho antes de que el marsellés le propinara un golpe, luego dos, luego una bofetada…
Grave error…
Milo acabó riendo como loco, y luego sí que se le fue encima.
De alguna manera… se calentaba cuando lo abofeteaban… nunca entendió el por qué… sólo sucedía…
—Patético… —le escupió el pelirrojo.
Aunque para entonces el griego le sostuvo de las muñecas por encima de la cabeza, con sus propias piernas separó las del otro, el francés empezó a congelar sus manos.
—Joder… déjate de pavadas…
—Quítate de encima y ve a jalártela… al fin que el que sobra en la habitación soy yo… —ladró.
Su sonrisa maligna, depravada… su sonrisa… siempre rememoraba ese gesto suyo cuando estaba excitado… cuando sabía que podía contagiar ese deseo desbordante, avasallador… se sabía irresistible, guapo… sabía que tenía un cuerpo perfecto, un rostro divino… y algo entre las piernas que hacía jadear a cualquiera…
Las mejillas y el cuello del marsellés empezaron a teñirse de un ligerísimo rubor… su propio cuerpo lo traiciona, una y mil veces, y es que el condenado melio tiene algo que lo vuelve loco, que lo hace irresistible, un solo toque basta, su sola cercanía es para enchinarle la piel.
Es el rubio quien le suelta primero, con los dedos congelados, sólo un poco de cosmos para descongelarlos, si le hubiese querido congelar de verdad, la mano se le hubiera caído… abre de golpe el saco de la ropa de cama, haciendo que vuelen los botones, Camus jadeó brevemente, porque sabía lo que le esperaba, lo que venía, cuando los dedos del rubio, sobre su pecho, frotaron sus pezones para levantarlos dolorosamente, se apiñó contra él, contar su cuerpo de Apolo.
Si hicieran un aprueba con luces especiales por su templo… se darían cuenta de que había restos de semen por todos lados, por todos los malditos rincones en los que habían follado como animales en brama…
Camus, con los pezones tensos, erguidos, se devana los sesos pensando en que es lo que quiere: que se los chupe… eso quiere… y que le chupe la entrepierna, la mera idea le excita tanto… que contrae los muslos…
Milo arde, arde como siempre por esa belleza brutal, impoluta, que se encuentra debajo de su cuerpo, su piel blanca que enrojece ahí donde toca, se entibia… esconde el rostro en el cuello, lo lame, sabe a perfume caro de diseñador, el gusto le queda amargo en la boca, respira jadeando, sus manos comenzaron a tirar hace rato del pantalón fino y de la ropa interior… para dejarlo completamente desnudo, vestido sólo por su cabello rojo, de fuego…
La imagen deja sin aliento al amante griego, cuyo cabello rubio cae por su espalda musculosa, no hace falta que Camus le desvista, él solo ya se ha ido despojando de la ropa, digno de maestría, ni Zeus Olímpico se desnudaba tan rápido delante de sus muchas conquistas.
Una oleada brutal de desenfreno les invadía.
Otra vez, Camus se detestó por ello, porque no importaba cuanto deseara ponerle un "hasta aquí", no podía, Milo era como las drogas mismas: imposible de dejar sin rehabilitación.
Por un instante mientras uno de los pezones del Arconte de Acuario, estaba atrapado entre la boca lasciva del melio, éste pensó en echarle encima de los pezones la pequeña dosis de cocaína que tenía guardada en un bolsillo oculto del uniforme… pensó en ponerla alrededor de la torturada areola y luego inhalarla… lo mismo que le había hecho una vez a Aioria… ebrios de lujuria… y a lo que el otro primero se escandalizó y luego… simplemente se dejó llevar… pero dedujo que no era buena idea, Camus probablemente se cortaría y le arrancaría el miembro, luego lo echaría medio congelado escaleras abajo…
Contra el vientre liso del francés frotaba su sexo erguido, y acariciaba el del otro, el marsellés se ceñía al cuerpo del griego para sentirlo con más intensidad, le acariciaba con los muslos abiertos, lo provocaba, lo invitaba… total, ya había mancillado su orgullo, ¿realmente importaba una vez más?
Sintió la mordida en su vientre, primero en el ombligo, luego más abajo, en el pubis, le dejaba la piel marcada y ensalivada, el sólo hecho de imaginarse lo que seguía: sexo oral… sentía que así sin más, iba a implotar y desaparecer de esa cama consumido por su voraz lujuria… afortunadamente para él, la luz estaba apagada, solo se filtraba una mortecina luz desde afuera… y es que le seguía dando reparo el estar bajo la luz así, gozando como un maldito fauno.
Sintió humedad… cuando abrió los ojos se dio cuenta de que estaba empapado, le habían vaciado encima la botella de vino tinto y el otro estaba ocupado lamiéndolo de su piel, embriagándose, acariciándolo, besándolo… lo que fuera, las manos no le alcanzaban para hacerle todo lo que le quería hacer.
Pronto los dos se vieron nadando y revolcándose entre un charco de vino con las sábanas húmedas, en resumen, hechos un asco…
Los labios de Milo, sus labios… su lengua, lo atrapaba, lo succionaba, lo dejaba sin aliento, si por él fuera, podría vivir así, con él chupándosela hasta dejarlo con un dolor de bolas soberbio… sus dedos, minutos atrás, se habían perdido en el interior de su cuerpo, tocando, ajusticiando, abriendo…
Sus jadeos, espasmos generados por el placer incontenible, ahorcaba entre sus dedos las sábanas de la cama, la espalda arqueada contra el colchón… ni siquiera le dio tiempo de tocarlo, de acariciarlo… cuando se dio cuenta ya lo tenía otra vez entre las piernas, besando sus labios, llevando el inconfundible sabor de su piel, de su sexo… volvía a hacer eso que le volvía loco… el pasearle la punta del ariete por ahí… por el lugar que ocuparía… le palpitaban las sienes… y si el condenado rubio no se lo dejaba ir ya… era capaz de arrojarlo a la cama y él mismo hacerse dar… tanto así lo deseaba, tanto así lo volvía loco… apenas lo sentía cerca y necesitaba tenerlo dentro… era como si tuviese una reacción muy peculiar a la cercanía de Milo…
Levantó las caderas para exponerle su cuerpo excitado, para invitarlo… ahogó un gemido prolongado volviendo el rostro contra la almohada, si no lo hacía seguramente todos hasta el Pireo se iban a enterar de que estaban teniendo un gran polvo.
Se hundió lento primero, lento… centímetro a centímetro, aunque la verdad es que Milo estaba deseando sodomizarlo con fuerza y a cuatro, sólo por la chistosada de la cena y por haberle arrojado el vino a la cara… claro que deseaba sacarle los ojos y bombeárselo duro... aun así se contuvo, lo suficiente para no joderlo hasta que no se pudiese sentar… mordió sus labios, ahogó su propio gemido en ellos.
Camus gemía, jadeaba, se retorcía… los muelles de la cama hacían ese peculiar sonido, como un himno órfico, el presagio del orgasmo que todo lo devastaba, el presagio del fin, la mano del melio se perdió entre ambos cuerpos para apretar entre los dedos el sexo firme de su amante, para acariciarlo, sabía cómo hacerlo, a qué velocidad… lo hace correrse, ahora están navegando entre vino, sudor y semen; acaba entonces por empotrarlo con más fuerza contra la cama, una, dos, tres veces, hasta que tiembla y ahoga a su amante con la prueba inequívoca de que ha llegado al éxtasis.
Poco a poco va perdiendo la firmeza, lentamente va saliendo de su cuerpo, ambos están tan flácidos en la cama, como sus propias sarissas, la habitación huele extraño, antes de acabar por bajarse de encima de Camus, el griego lame una gota de semen que se quedó atrapada en el ombligo del francés, junto a otras gotas de vino, la mezcla es rara, pero no sabe mal… mientras lo contemplaba recuperar el resuello se sintió mal por dejarlo ahí votado… pero es que… algunas veces no podía evitarlo… muchas veces… y sabía de antemano que una vez que el marsellés se durmiera, probablemente saldría de su cama antes del amanecer… lo sabía, como Ariadna sabía que Teseo no iba a volver…
