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Capítulo 1. Nubes de tormenta
Un sonrisa.
Qué difícil mostrarla en ocasiones y qué sencillo conseguirla en otras. Él lo sabía bien. Por eso, cuando cada mañana recibía cómo saludo de buenos días aquella deslumbrante expresión de felicidad en el rostro de ella, se sentía el ser más afortunado del mundo. Incluso era capaz de olvidar la oscuridad que envolvía su pasado. Jamás se lo había dicho, pero aquella desbordante felicidad le hacía sentirse más vivo.
Quizás su expresión denotaba demasiado que estaba pensativo, porqué ni tan siquiera advirtió la mano que venía a toda velocidad por detrás de su cabeza...
¡¡BOOMM...!!
Sólo sintió el dolor en la cara cuando su rostro impactó contra el pupitre. Tardó unos instantes en asimilar lo que había ocurrido, pero en lograrlo la ira le invadió los sentidos. Se levantó de un salto con los puños cerrados y miró a la chica rubia con llamas en los ojos.
・¡PERO BUENO, ¿SE PUEDE SABER QUÉ TE HE HECHO YO A TÍ?!
・Vaya, pero si estás despierto, cabeza de mandarina -respondió Uo con una sonrisa de oreja a oreja.
・¡MACARRA, ME PONES NEGRO! -gritó el chico, temblando de rabia.
Tooru y Yuki suspiraron con resignación (Hana ni siquiera se inmutó). Estaban en el descanso de las clases de la mañana y Kyô ya empezaba a mostrar signos de su habitual mal humor. Y, claro, Uo no le ayudaba demasiado. La rubia le dirigió una sonrisa maliciosa, de esas que crispaban los nervios del pobre chico.
・Hoy no pareces tú -le dijo con toda la intención- Estás muy raro... Pareces hasta más humano de la normal, Kyô-Kyô.
・¡QUE NO ME DOBLES EL NOMBRE! -gritó el chico mientras se le estremecían las espaldas.
Tooru esbozó una sonrisa alegre. Había aprendido a convivir con las rabietas de Kyô. Le preocupaba mucho más que el chico estuviera callado. La hiperactividad de Kyô era como una señal de que era feliz. Para ella, verle pelearse con Uotani, aún más frecuentemente con Yuki, era más significativo de su felicidad de lo que podría ser una sonrisa. Le divertía comprobar que Kyô tenía tantas energías tan temprano.
・Sus ondas son inusualmente positivas ésta mañana -comentó Hana, observando a Kyô con su habitual inexpresividad.
・¿Pero eso también lo notan las ondas? -exclamó Tooru.
・Por supuesto -repuso Hana entornando los ojos- las ondas lo saben absolutamente todo... -concluyó mirando a Kyô, asegurándose de que él la oía.
El muchacho hizo una cara de terror y después la miró con enfado.
・¿Por qué me miras así? -preguntó bruscamente.
・Tú deberías saberlo... -musitó la chica de cabellos negros con calma- Porque, para tí...una sonrisa es lo más importante, ¿no? -dejó caer, sonriendo ligerísimamente.
Kyô la miró unos instantes, tratando de asimilar el impacto de sus palabras. ¿Cómo sabía ella...? El silencio se hizo eterno. Tooru miraba ahora a Kyô ahora a Hana. Se dirigió al chico con desconcierto.
・¿Sabes de qué habla, Kyô? -preguntó con expresión perdida.
El muchacho se quedó como en blanco, con los ojos desorbitados, mirando a Tooru. Después, rápidamente, su rostro adquirió un tono rojo intenso. ¿Qué le pasaba...? ¿Se estaba ruborizando? Era inexperto en aquel tipo de sensaciones, así que simplemente...
Estalló.
- ¡¡Y SE PUEDE SABER POR QUÉ TENGO QUE SABER DE QUÉ HABLA?! ¡DEJÁDME EN PAZ, ME VOY A CASA!
Kyô salió como un huracán del aula, llevándose por delante todo lo que encontraba a su paso. Los cuatro se quedaron de piedra, observando el lugar donde había estado el chico. Tooru estaba horrorizada, y comenzó a gritar sin orden ni sentido que aún quedaba una clase y algo sobre si debería ir a buscar a Kyô. Yuki dibujó una expresión de resignación y bajó la mirada con un sonido de aburrimiento.
・Siempre está igual... No hay quien le aguante por las mañanas -comentó.
En ese momento, aparecieron en el umbral de la puerta dos chicos. El rubio de ojos castaños observó el exterior del corredor y después dirigió una mueca de desconcierto al interior del aula.
・¿Se puede saber qué le ocurre hoy a Kyô? -preguntó- Ha sido incluso demasiado violento para ser él... Se parece más a Kagura.
・Ah, Momiji, Haru -saludó Tooru con una ligera sonrisa.
・No te preocupes por él, Momiji -dijo el otro chico, de cabellos blancos parcialmente negros- Simplemente tiene un nudo en el corazón. Se nota enseguida que no está enfadado, sólo confundido.
・¿Un nudo en el corazón? -preguntó el rubio, confundido.
・Para alguien como Kyô, tan desacostumbrado a sentir, le enfurece más su propia inexperiencia que cualquier rabieta que pueda coger -explicó Haru con dejadez.
Tooru escuchaba en silencio. ¿Sentir...? ¿A qué se referían? ¿Quizás había hecho o dicho algo que le molestara a Kyô? ¿Por eso se había ido de aquel modo? Sin ni siquiera despedirse, la chica salió a toda prisa del aula.
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Maldita sea, ¿qué le ocurría ése día? Primero aquél sueño y después se ruborizaba por una tontería. No entendía nada: era un día muy raro. Suspiró y se dejó caer de espaldas, observando como las nubes pasaban por encima de su cabeza. Recostó su mano izquierda sobre su frente, para cubrirse los ojos de los rayos del sol.
Tooru... ¿Por qué no podía evitar actuar como un idiota delante de ella? Cada vez que veía aquella dulce sonrisa, perdía el control y era incapaz de contener sus nervios. No lo entendía. ¿Tan importante era esa chica para él?
・¡Kyô! -exclamó una voz muy cerca de su oreja.
Se incorporó de un salto, con un sonido de espanto. Giró sobre sí mismo para encontrarse el rostro sonriente de Tooru. Sólo pudo reaccionar a gritos.
・¡NO ME DÉS ESOS SUSTOS, CARAMBA! -gritó de mal humor.
・¡Lo siento mucho, Kyô...! -murmuró Tooru nerviosamente como disculpa- ¡Es que te has ido tan enfadado que yo he pensado que...!
・No te disculpes -la interrumpió de repente el muchacho.
・¿Qué...? -se detuvo Tooru.
La chica contempló al muchacho en silencio. Kyô tenía sus brillantes ojos rojizos mirando al suelo, en una expresión pensativa que muy pocas veces mostraba su rostro. Una viento suave removió los cortos mechones anaranjados que cubrían los ojos del chico. Decididamente, Kyô estaba mucho más distante de lo normal ése día.
No es que habitualmente fuera abierto. Kyô era muy reacio a mostrar abiertamente sus sentimientos. Tooru lo sabía bien. Cuando sufría, trataba de ahogar ese dolor encerrándolo en sí mismo. Conocía ése método, pues ella misma lo había utilizado durante mucho tiempo después de la muerte de su madre. Pero también sabía que eso sólo conducía a sentirse más triste y solo, a más sufrimiento.
・Kyô... -dijo en un susurro- Si te ocurre algo, puedes decírmelo a mí... Yo trataré de ayudarte.
・No me ocurre nada -susurró el chico sin levantar la mirada- So sólo...soy un idiota. Estoy de mal humor y siempre acabo pagándola con vosotros...¿Sabes? Odio ser así -admitió, llevándose una mano a la frente y dibujando una sonrisa cínica- En estos momentos, me odio a mí mismo...
・No digas eso -rogó Tooru con una sonrisa- Yo sé que no lo haces con mala intención, Kyô. Sé que tienes muchas cosas buenas. Y esta manera de ser forma parte de ti mismo. Para aceptarte a ti, debemos aceptar tu carácter. Y, créeme, todos lo hacemos de muy buena gana.
El chico no dijo nada, pero, al cabo de unos instantes, levantó la mirada y una deslumbrante sonrisa apareció en su rostro.
・No sé cómo lo haces, pero siempre consigues animarme... -murmuró.
La chica se quedó unos instantes contemplándolo, con un ligero rubor en sus mejillas, pero al final le acompañó con una inocente y blanca sonrisa. Kyô no pudo dejar de advertir la belleza de aquella expresión. Quizás Tooru era la única capaz de calmar su espíritu. Se quedaron unos instantes sonriendo, pero después Tooru agachó la cabeza, avergonzada.
・Esto, Kyô... ¿Podrás ayudarme a bajar de aquí? -preguntó tímidamente, señalando con un dedo los tres pisos que separaban el suelo del tejado en el que se encontraban.
・¿Cómo se te ocurre venir a buscarme aquí arriba sin saber cómo bajar después? -masculló el chico fingiendo enfado- Si has subido, también sabrás bajar...
・Lo siento mucho... -dijo Tooru sinceramente.
Mientras Kyô sostenía a Tooru de los brazos para ayudarla a descender por la escalera, sintió una vez más que tenía muy cerca aquella luz capaz de disolver en la nada la oscuridad de su pasado. E, inconscientemente, juró proteger aquel resplandor, no separarse jamás de él.
Luchar si era necesario por conservarlo.
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Un día normal en la vida de Kyô Soma. O al menos eso creía él, cuando con una sonrisa volvió a casa acompañado de Tooru y Yuki, con fuerzas para enfrentarse al mundo entero.
¿Quién seria capaz de imaginar que alguien iba a romper de una manera tan cruel la rutina a la qual había aprendido a amar de aquel modo?
-o-o-o-o-o-o-o-o-o-
El chico de los largos cabellos plateados había perdido toda su seguridad.
Siempre mostraba una estoica indiferencia ante las noticias graves, pero aquella en particular era tan espantosa que incluso había trastocado su carácter. Aquello que le habían anunciado ya lo conocía de antemano, pero jamás había reparado en qué sentiría cuando llegara el momento. Aquel hecho no le afectaba directamente, sin embargo se sentía implicado, como uno de los "doce" que era.
Cerró los ojos unos instantes. Vio a aquel niño de cabellos anaranjados jugando en un jardín, hiperactivo, despreocupado. Le había visto caer en las sombras, extinguirse por completo y renacer de sus cenizas para brillar más que nunca.
- ¿En qué piensas, Ayame? -susurró una voz femenina y extrañamente tétrica.
El aludido levantó la mirada y abrió sus ojos de un verde agudo. Ante él estaba una chica de indudable y aturdidora belleza. Sus ojos eran de un azabache oscuro, profundo e inacabable. Sus largos cabellos negros parecían danzar por un repentino viento salvaje que se había levantado. Vestía casi prácticamente de negro. Un crucifijo dorado pendía de su cuello en una fina cadena, acomodándose perfectamente en su pecho. Tenía una aura distinta, algo tenebroso, misterioso, tétrico que la rodeaba como una siniestra aureola. El chico esbozó una sonrisa irónica.
・No entiendo, Rin -confesó gravemente- ¿A qué se debe tu pregunta?
・A que tú no sueles pensar, Ayame -dijo la chica con total indiferencia.
Ayame sonrió irónicamente.
・Eso ha sido un golpe bajo, ¿no crees? -sugirió maliciosamente.
Pero la chica no le devolvió la sonrisa. Simplemente se quedó de pie al lado de la baranda en la cual estaba sentado Ayame.
・Ayame, ¿vais a permitir que Akito haga lo que se propone? -preguntó en un susurro.
・Akito es el cabeza de familia; lo sabes bien, Rin -suspiró Ayame, apartando la vista- Todos nosotros vivimos para acatar sus órdenes. Sus decisiones son ley. Es como un dios para nosotros.
・Pero quizás por una buena causa valga la pena retar a dios en persona... -susurró la chica fríamente.
Ayame la miró en silencio. Ella tenía la vista perdida hacia el suelo. Era habitual en ella. Jamás había seguido los patrones establecidos por el resto de los doce. Actuaba a libertad, apareciendo y desapareciendo en el misterio, como si se la hubiera tragado la tierra. Pero, aquella vez, había acudido sin falta.
・No irás a decirme que te preocupa "él", ¿verdad? -sugirió la serpiente- Apenas has tenido relación con ese muchacho, al igual que con todos nosotros. Sueles alejarte mucho de nosotros. Demasiado.
・No importa si le conozco o no -murmuró ella- Pero... ¿Cómo te sentirías si lucharas toda tu vida por conseguir la libertad, la felicidad, venciendo angustias, ganando batallas contra los recuerdos, y cuando crees que lo has conseguido lo pierdes todo en un sólo instante, en el momento en el que tu libertad se despedaza?
・Tampoco importa lo que sienta, sólo lo que Akito crea conveniente -aseguró Ayame, más serio que nunca.
La chica alzó lentamente la cabeza, clavando aquellos ojos profundamente negros como pozos en su persona.
・Está bien, Ayame. Sé que no puedo convenceros ni a ti, ni a Hatori, ni aún menos a Shigure. Pero si de verdad la maldición de ésta familia puede tener solución,.si no estamos condenados definitivamente a las sombras, habrá alguien que luchará por nuestra libertad. Por la libertad de los "trece"...
La chica apoyó una mano en la baranda y, de un salto, se dejó caer al jardín de abajo. Antes de que marchara, pero, sintió la voz desafiante del muchacho que la llamaba.
・Por cierto, ¿también Kureno va a venir? -dijo.
La chica levantó la mirada y una repentina ráfaga de viento revolvió sus largos cabellos negros, confiriéndole un aspecto etéreo.
・Lo que Kureno haga o deje de hacer no cambiará el resultado de lo que se avecina -concedió simplemente- Más que tú, más que Hatori e incluso más que Shigure... Kureno pertenece sólo a Akito, aunque su espíritu clame libertad. Las cadenas que le unen a Akito son férreas y nadie ha podido romperlas aún...
-o-o-o-o-o-o-o-o-o-o-o-
Sólo era mediodía, pero ya hacía un calor considerable. Para Kazuma Soma, sin embargo, la temperatura no era un impedimento para sus clases. Sus alumnos se esforzaban por alcanzar sus expectativas, tal vez esperando que, con una agradable sonrisa, su maestro les diera su aprobación. Miró por la ventana, distrayendo su atención unos instantes del dojo. Hacía días que Kyô no aparecía por allí. Seguramente debía estar demasiado ocupado con las clases. Se le alegraba el corazón con el mero hecho de recordar la sonrisa del muchacho al lado de aquella chica, Tooru Honda. No se equivocó cuando le confió a ella el secreto más bien guardado del gato. Sólo alguien con semejante bondad en el corazón hubiera sido capaz de aceptar la realidad de aquel modo.
・¡Maestro...! -le llamó una voz conocida.
Kazuma volvió de golpe a la realidad y vio a un muchacho de pelo castaño con judogui acercarse a él a toda prisa.
・¿Qué ocurre, Konimitsu? -preguntó él amablemente.
・No se lo he dicho de inmediato, pero ésta mañana ha habido una llamada, maestro -informó el chico- Era de alguien que no conocía, no me ha dicho quién era, sólo que tenía un mensaje importante para usted, sensei.
・¿Y bien? -preguntó el hombre con calma.
・He creído que era una broma, maestro, por eso no le he prestado atención -confesó Kunimitsu. Levantó la mano, en la cual llevaba un pedazo de papel- Pero...alguien acaba de dejar en la entrada ésto, sensei. Aseguraría que es la misma persona.
Kazuma alargó las manos y cogió el pedazo entre los dedos. Lo desdobló cuidadosamente y leyó.
El tiempo pareció detenerse para él. El corazón le dió un doloroso salto. Las manos le temblaron violentamente, hasta el punto que el papel resbaló de entre sus dedos y cayó al suelo. El chico no dejó de notarlo.
・¿Le ocurre algo, maestro? -preguntó.
・Quédate al cargo de todo, Kunimitsu -exhaló Kazuma, corriendo hacia la salida- No sé cuanto tardaré en regresar, pero eres el encargado del dojo hasta entonces.
Kunimitsu observó como su maestro salía precipitadamente de casa, acelerando el paso. No entendía qué había ocurrido, pero había visto miedo, angustia, oscuridad en los ojos de su maestro.
Con cuidado, movido por la curiosidad, se agachó y recogió el trozo de papel. Sabía que no era correcto leer los mensajes ajenos, pero la curiosidad le venció. Desdobló de nuevo el fragmento y lo leyó.
Tan sólo vio cinco palabras que escaseaban de sentido para él.
"Van a cazar al gato..."
