Capítulo 2: La jedi remisa
Darin Meers era la propietaria de la taberna In-sha, que en el idioma principal del planeta significaba algo así como "El Renegado" . Era, indudablemente, la mejor taberna de las que había cerca del puerto espacial de Moresby, la ciudad más importante de Orc´said. Y aún así no era un sitio particularmente agradable.
Detrás de la barra los días habían pasado sin mayores sobresaltos para Darin Meers. Sí, había peleas a diario, pero era casi como un ruido de fondo en su vida. Sus buenos empleados zabrak, casi todos soldados retirados de rostro serio y pequeños cuernos de aspecto duro, se hacían cargo de todo lo rudo y ella agradecía no tener que mezclarse en peleas.
Odiaba las peleas. Sus dos hermanos mayores y su padre habían muerto en manos de las mafias del exterior de la galaxia. Ella había podido regresar a su planeta natal, Orc´said, y pudo usar los ahorros familiares para poner esa taberna, la manera más rápida — y no tan indecente — de hacer dinero en ese lugar. Casi por milagro había podido adquirirla cerca del puerto espacial, el lugar más codiciado por todos los comerciantes honrados por estar bajo la tutela del Consejo Regente y no de las mafias.
Bueno, no por milagro exactamente. Darin Meers era sensible a la Fuerza, y la usaba cuando le convenía. Aunque un sentido de respeto la movía a no abusar.
Llevaba cinco años establecida allí con su familia, y le había ido mejor de lo que hubiera esperado en toda su vida. Su marido también trabajaba en la taberna. El negocio había sido tan bueno hasta el momento que incluso le estaban proporcionando una educación a sus hijos, algo raro en el planeta. El mayor ya estaba listo para graduarse de ingeniero en droides en un planeta del interior, nada menos que Naboo, un lugar decente.
Aquella tarde la taberna presentaba un aspecto tranquilo, y Darin había dado permiso a los zabrak para retirarse. No había tanta clientela, quizás por las carreras de vainas que se estaban celebrando en la arena de la ciudad. Sólo algunas cuantas criaturas, la mayoría pilotos mercantes que hacían su ruta hacia los planetas del interior, descansaban bebiendo y comiendo antes de proseguir la marcha. Por una vez el piso del local estaba limpio, las mesas estaban ordenadas y nadie gritaba desenfrenadamente.
Darin Meers se apoyó en la barra para darse un respiro. El plastoacero del mesón estaba tan limpio que ella pudo ver su reflejo. El rostro que vio no le gustó: a pesar de ser un híbrido entre humano y togruta, lo que la hacía verse más joven de lo que se vería si fuera una humana pura, había notado las finas arrugas que empezaban a salir de sus ojos, juntamente con las ojeras siempre presentes por trabajar hasta tarde.
Lo estaba sintiendo hace algún tiempo: ahora que tenía todo lo que desde su exilio había deseado, algo le faltaba. Los días eran iguales, uno tras otro. Era como si eso fuera el responsable del paso de los años por su piel. Le parecía que sus músculos, sus células, que en el Templo Jedi de Coruscant se habían acostumbrado a vibrar con la Fuerza, necesitaban sentirla otra vez. Pero era absurdo: ahora lo tenía todo.
— Darin, atiende a esos clientes — le susurró su marido, un hombre alto y algo gordo de rizos negros, pasando a su lado con una bandeja.
La mujer hizo un gesto cansino y se empezó a mover pesadamente dejando un trapo sobre la mesa.
¿Qué era eso que estaba sintiendo? Llevaba décadas sin sentirlo. Al acercarse a la mesa de los nuevos clientes, a los que no había puesto demasiada atención, la sensación de frío en su interior se iba incrementando. Pero ella rehusaba a hacerse consciente del todo.
Había dos hombres de negro en una mesa, con máscaras de acero. Eso no era nada raro: las personas ocultaban sus rostros por una infinidad de motivos en Moresby. Desde los fugitivos, pasando por seres que se avergonzaban de su aspecto, hasta aquellos que no podían respirar la atmósfera del lugar, muchos hacían un asiduo uso de máscaras y cascos diversos. Algunos eran más máquina que criatura biológica.
Pero ellos eran distintos. La mujer se detuvo a medio camino y los observó. Sentía algo así como una tormenta negra que salía de ellos en rizos y espirales y se expandía por el local hasta hacer vibrar su interior. Ella podía sentir a muchos clientes, pero estos eran diferentes a todos. No había percibido algo similar desde que estuvo frente a…
«No puede ser» se digo Darin, regresando a la cocina. Sentía una opresión en la boca del estómago, y su corazón había empezado a bombear con intensidad. Si ella los había sentido, ellos también podían haberla percibido.
— Amor, necesito que te vayas de aquí ahora — dijo a su esposo, que se afanaba lavando platos. El hombre la miró con sorpresa. Iba a decir algo, pero entonces vio el rostro de su mujer, y palideció.
— Sal por la puerta de atrás. Toma el speeder, ve a casa y prepara a los niños. Si no llego a casa en un par de horas prepárate para escapar del planeta...y avisa a los Guardias de la Regencia que hay una pelea en el In-sha.
El hombre todavía la miraba inmóvil, con los labios temblorosos, sin saber qué responder. El conocía muy bien las corazonadas de su esposa. Pero también conocía su secreto. Ella le había dicho que esto podía pasar tarde o temprano, y a lo largo de los diez años que llevaban juntos habían planeado mil veces el escape.
— ¡Ahora! — gritó Darin. Había visto a través de la pequeña ventana de la cocina que uno de los hombres se había levantado y caminaba hacia la barra. El marido de Darin reaccionó frente al grito de su mujer y corrió, desapareciendo por la puerta trasera. Un segundo después Meers sintió el ruido familiar del speeder alejándose.
— ¡Cantinera! — gritaba el hombre de negro que se había allegado a la barra, golpeando el mesón con la palma — ¿Es que nadie atiende en este antro inmundo?.
¿Sería posible que no la hubieran sentido? ¿Sería todo una casualidad? Darin recordó que nunca fue demasiado buena usando técnicas de ocultación. Ni con el sable láser. Pero existía la posibilidad de que ellos no estuvieran atentos a la Fuerza. Sin duda eran poderosos en la Fuerza, pero parecían muy jóvenes. Los jóvenes son distraídos, y no acallan sus pensamientos para centrarse en su interior.
Empezó a caminar hacia la puerta de la cocina, pero antes de salir , metió la mano entre sus ropas, y sacó el sable láser que por casi treinta y cinco años había llevado oculto, sin separarse de él un sólo día. Lo sostuvo con la mano derecha detrás de sí, tapado sólo por el delantal. Sintió el tacto y el peso del tubo metálico. Hacía más de treinta años que no lo sentía de esa manera, como el objeto del que su vida iba a depender.
Darin había practicado sagradamente una hora casi todos los días con su sable desde que huyera de la galaxia, al instaurarse el Imperio. Pero al no tener con quién hacerlo, no se sentía totalmente confiada. Y ellos eran dos. Pensó en escapar, abandonando el negocio. Pero se sintió bastante convencida de que, si no estaban seguros, su extraña desaparición les convencería. Y además estaba el local. De ese local dependía la vida de sus hijos. No era tan simple abandonarlo.
— ¿Qué desea, señor? — preguntó acercándose lento, muy lento, procurando serenarse para que la voz no le temblara.
— Deseo que vengas acá, mujer. No me gusta gritar mis órdenes. — dijo el hombre. Su amigo permanecía sentado, pero la observaba fijamente. Darin lamentó que, justo ese día, no tenía un bláster a mano. Si se convencía de que estaban distraídos, podría matarlos allí mismo. Pero eso sería difícil de justificar, y la pena por el asesinato en Moresby era la muerte.
Ambos hombres se cubrían con capas negras. Seguramente allí debajo estaban los sables de luz. La podían cortar en dos partes en una fracción de segundo. Simplemente, no podía acercarse más.
— Perdón Señor: he trabajado todo el día, y estoy muy cansada. Ya estamos cerrando. Le agradecería darme su orden o, de lo contrario, regresar mañana.
El hombre estiró la mano, y Darin sintió que La Fuerza la atraía hacia él, separando sus pies del suelo. Reaccionó de inmediato y consiguió resistir, balanceando la energía del atacante. Pero con eso se había delatado.
— ¡Es ella Kemo-Ren! — gritó el primero, saltando la barra. El zumbido de los sables de Darin y su enemigo rasgó el ambiente, y las armas chocaron. El otro hombre venía rápidamente hacia ellos, pero Darin extendió la mano y lo lanzó lejos, volcando algunas mesas, ganando preciosos segundos.
— ¿Cuchillas rojas aquí? — gritó un parroquiano, al tiempo que comenzaba una desbandada general por la puerta. Nadie que supiera lo que en otros tiempos habían sido los cuchillas rojas se iba a quedar para ser desmembrado. Y los que no lo sabían empezaron a imitar los mayores, confusos. Una cosa era segura: nadie iba a arriesgar el pellejo por ayudar a su cantinera. Ni siquiera llamarían a los Guardias.
Darin se batía con toda la calma de la que era capaz. Pero no tenía la condición física de otros tiempos, y el joven la hacía retroceder hacia la cocina con un estropicio de platos y muebles. La mujer se dio cuenta de que el otro guerrero se había levantado, pero no aparecía. Supo que venía por la puerta trasera, rodeando el local. La atraparían en medio en ese pequeño espacio, y empezó a sentir pánico.
Sus sables de luz habían rasgado las paredes, los muebles de acero, y las estufas, y todo empezaba a incendiarse. Darin sintió al enemigo que venía entrando, y de un salto se agarró de la lámpara. El segundo hombre de negro entró y ella le descargó un golpe en la cabeza desde arriba. Sorprendido, el joven apenas alcanzó a reaccionar, pero el golpe le hizo perder el arma. Meers no desaprovechó la oportunidad y se lanzó por la puerta. Rodó por el suelo, salió hacia el oscuro callejón y se levantó. Por un instante creyó que escaparía. Pero entonces vio con horror que había otro hombre de negro delante de ella. Este vestía de una forma similar a los anteriores, pero su sable carmesí tenía tres hojas, y se protegía con la Fuerza. Estaba atrapada por tres enemigos en el espacio relativamente pequeño del callejón.
No le quedaba más opción que luchar, ya que le cortaban todas las salidas. Se lanzó contra el que tenía enfrente. Las hojas de luz roja y amarilla hicieron un fuerte ruido eléctrico al chocar varias veces, pero Darin de inmediato sintió que este rival era más fuerte que los anteriores. No logró sobrepasarlo, y otro enemigo la atacó. Tuvo que bloquearlos a ambos. Si el tercero entraba en ese momento…
Darin se sintió proyectada por la Fuerza hacia atrás, de regreso a la cocina en llamas. Cayó de espaldas entre los tres enemigos. No le quedaban muchas oportunidades. Alcanzó a ponerse de pie y bloquear dos golpes de dos enemigos, pero el tercero se le escapó y le quemó el hombro derecho. Gritó de dolor y empezó a correr para huir, con la imagen de sus hijos en la cabeza procurando llegar al Porta de Los Banthas, que se alzaba cerca, en la pequeña curva. Pero los enemigos la atraían hacia ellos entre los tres, con las manos extendidas. Sus piernas parecían de plomo mientras resistía. No podía aguantar más. Había llegado su hora.
En ese momento la fuerza que la tiraba hacia la muerte se aflojó, y ella cayó de rodillas sobre el inmundo suelo de adoquines. Los tres hombres se miraban.
— Skywalker está aquí. Se acerca. Y no está solo. Viene otro jedi muy poderoso con él.— Dijo el del sable triple
— ¿Nos vamos, Kylo-Ren? — preguntó otro.
— Veo que son muy valientes para pelear cuando son superiores en número. — dijo Meers, que también sentía a los que se acercaban — esperen un poco, para que peleemos en igualdad de condiciones.
— No huiré frente a Skywalker ni frente a ningún jedi — dijo el del sable triple, que parecía algo indeciso — luego agregó para sí mismo, levantando el rostro como si le llegara nueva información desde el aire — Conque también vienes tú...
Kylo-Ren reflexionó unos instantes, que Darin Meers aprovechaba para serenar su mente con una rodilla en tierra, respirando pausadamente. La cantinera había notado debilidad en aquellos hombres. Ya no creía que la mejor estrategia fuera huir. A los cuchillas rojas había que eliminarlos si era posible.
El líder pareció tomar una decisión. — Pronto recibiremos ayuda — dijo —Lucharemos a la defensiva, procurando separar a la chatarrera de los jedis de verdad. Concéntrense sólo en eso: en aislar a la más joven. Ahora, ¿qué esperan para matar a esa? Está herida — dijo apuntando a Darin con el sable.
Los otros dos se miraron, como si dudaran. Aparentemente su maestro hablaba con desprecio de la joven que casi lo había matado hacía menos de un año. Y no les parecía que el plan de Kylo-Ren tuviera demasiado sentido: seguramente Skywalker se quedaría con la joven, y el otro jedi apoyaría a la cantinera. Cuatro contra tres. Y Kylo sólo pensaba en aprovechar la oportunidad que inesperadamente se le presentaba para atraparla.
Sin palabras decidieron acabar con la cantinera, que ya se había puesto de pie y les aguardaba. Sintieron que la mujer se había serenado a pesar del dolor, y percibían la Fuerza en ella, actuando en sus músculos, sin duda fortaleciéndola y dándole rapidez.
Pero después de todo, si la cosa se ponía muy fea, siempre podían apuñalar a Kylo y pasarse al bando rival.
(Continúa en el siguiente capítulo)
