Los personajes se sobreentiende que son propiedad de Stephenie Meyer, por desgracia (ya me gustaría que Edward, Jasper o Carlisle me pertenecieran). La historia original es de Richard Paul Evans, que a su vez, le pertenece a una mujer americana. Así que no se dejen engañar, de alguna forma u otra, esto sí ocurrió.

-------

CAPÍTULO I

Esme despertó a un nuevo día. Como era costumbre, estaba sola en la cama. John, su esposo, se encontraba de viaje desde hacía una semana. Se desperezó un poco, aún con algo de sueño, ya que la noche había estado ocupada atendiendo a su hijo, el pequeño Edward, quien había sufrido un ataque de asma. No fue tan grave como otras veces, pero si lo suficiente para haberse quedado despierta cuidando de él.

Se levantó y abrió la ventana. Era verano, y aunque generalmente en Forks hacia frio la mayor parte del tiempo, hoy era un día un poco cálido. El cielo estaba despejado, y seguro podría pasar el día con sólo una chaqueta ligera. Sonrió, y se dirigió al cuarto de Edward, a revisar cómo estaba.

Edward dormía tranquilo, respirando con un poquito de dificultad, pero Esme se sintió tranquila. Era normal en un niño con asma. Le besó el broncíneo cabello despeinado, y fue a la cocina a prepararse un café.

Esme vivía en una preciosa mansión de principios de siglo XX, de tres plantas, que formaba parte de un complejo de tres casas, siendo su casa la más grande, seguida de una casa un poco más pequeña, y por último, un departamento de sólo una habitación. Desde que se casó con John, y él la llevó a conocer su casa, que fue un regalo de bodas, le encantó. A ella le gustaba mucho el libro de El Gran Gatsby, y así era como se imaginaba la mansión del pobre Jay. Ella se había encargado de decorarla, ya que una de sus pasiones era el diseño de interiores. Le quedó preciosa, y cuando sus amigas ocasionalmente la visitaban, quedaban encantadas con ella. Esa casa era el hogar que siempre había soñado. Era su sueño hecho realidad. Se había casado con un hombre maravilloso, dueño de una de las más importantes empresas de vino a nivel mundial, y tenía una casa preciosa. A Esme nunca le interesó el dinero, ella se casó por amor. Pero muy pronto, ese hermoso sueño había terminado.

Su amante esposo, un apuesto hombre de cabello cobrizo y ojos miel, al año de casados, ya no era muy amante. Pasaba la mayor parte del tiempo viajando, atendiendo los asuntos de su negocio, y cuando estaba en casa, los pocos días que se lo permitía, por más afecto que le mostrara Esme, la maltrataba. Inició insultándola, tal vez unos jalones de más, y unos pequeños empujones; maltratos que se convirtieron en terribles golpizas que tardaban días en sanar. También se aprovechaba de ella, con violencia. Luego, se iba nuevamente de viaje. Esme pensó en irse, en salirse de su jaula de oro, pero poco después de un año de matrimonio, cuando estaba dispuesta a irse, con las maletas hechas y todo, se enteró que estaba embarazada. John cambió. Dejó de maltratarla, y ella creyó ver que todos los golpes pasados habían sido sólo un mal sueño. Él se comportaba más cariñoso, más atento, y estaba feliz con la idea de tener un hijo. Seguía viajando, pero cuando estaba en casa, para Esme era como una segunda luna de miel. Nació su bebé, un precioso niño de cabello cobrizo, como su padre, y ojos verdes, como su madre. Edward, como lo llamaron, resultó ser un bebé especial, y sus padres lo adoraban. Pero estaba enfermo, tenía asma. Esme, con amor infinito, lo cuidaba tiernamente cada vez que estaba enfermo, y John se sintió celoso. Dejó de portarse cariñoso con Esme, pero no volvió a golpearla. Ahora el maltrato era más bien psicológico. La trataba de manera indiferente, evitaba al niño enfermo lo más que podía, y sólo se portaba lindo con Esme cuando se acostaba con ella.

Esme entendió las intenciones de John, y dejó de prestarle atención. Le dolía que se desentendiera de su hijo, y le pidió el divorcio. Él se rió en su cara.

-¿Qué clase de broma es esta?

-No es broma, John. Tú ya no me quieres, ni quieres a tu hijo. ¿Para qué me quieres tener atada a ti?

-Yo te quiero Esme, sólo que me molesta que le prestes más atención a ese niño que a mí. ¡Yo soy tu esposo!

-¡Y él es nuestro hijo! -le gritó Esme. John la abofeteó, y la tomó del rostro, con delicadeza, pero firmemente, para que lo viera.

-Esme, tú sola no podrías mantenerlo. Necesitas trabajar para pagarle el servicio médico, pero no puedes trabajar por cuidarlo. Así que quédate aquí, no te falta nada, cuida a tu hijo, atiéndeme cuando esté aquí, y listo. Tu vida está arreglada. No te daré el divorcio. ¿Recuerdas lo que dijimos al casarnos? "Hasta que la muerte nos separe..." La muerte, Esme...

Esme lo odió por ello, pero sabía que tenía razón. Edward necesitaba mucha atención, y ella sola no podría sacarlo adelante. Así que se resignó a quedarse en esa jaula de oro, su preciosa mansión de Gatsby, cuidando a su hijo, a su tesoro, y tratando de aferrarse a la vida sólo por él.

Tenía siete años de casada, veintisiete años de edad, un hijo de cinco años con asma, un esposo que nunca estaba en casa, y una amiga, su cuñada.

Rosalie era la hermana de John. Era de la edad de Esme, tres años menor que su hermano, y no se parecía mucho a él. Ella era alta, delgada, rubia, ojos color ámbar, y muy, muy bella. Rosalie siempre supo de los maltratos de su hermano hacia Esme, y siempre estaba del lado de ella. Eran mejores amigas. Al principio no se había caído bien, pero luego del fallido matrimonio de Rosalie, un tipo que estuvo a punto de matarla a golpes, Esme la apoyó durante el divorcio, y eso le granjeó el afecto de la rubia. Eran prácticamente vecinas, ya que Rosalie era la inquilina de la casa mediana del complejo. Rosalie le aconsejaba que dejara al idiota de su hermano, pero no la convencía. Esme estaba decidida a quedarse, por el bien de su niño.

Se tomó su café, y se dirigió a su estudio, donde pintaba. Le gustaba pintar los lugares de sus sueños, hermosos prados, cabañas en la campiña, y flores. Era buena pintando, y aunque Rosalie le ofrecía vender sus cuadros, Esme sólo pintaba por placer. Miró su cuadro favorito, el cuadro de una virgen vestal, y las lágrimas acudieron a su rostro.

Ella sólo quería amor. Quería dar amor, y sentirse amada. Ella añoraba a un hombre que la sintiera sentirse especial, no sólo usada en la cama. Un hombre que la amara incondicionalmente, que la acompañara el resto de su vida. A ella y a Edward. Un hombre que no se sintiera desplazado por un niño, sino que lo amara como suyo propio. Quería a su príncipe azul...

Pero esos pensamientos la torturaban, más que el maltrato de John, así que se obligó a dejar de pensar en ello, y a seguir resignada a su vida. Casada, sola, cuidando a su amado hijo, y encerrada en su bella mansión de principios de siglo XX.

--------

Espero sus comentarios, críticas y opiniones… No se olviden de dejar un review por aquí.

¡Saludos!