Capítulo 1.

Era el año 1815 cuando recién llegaba con las pocas pertenencias que tenía guardadas en el pequeño bolso color café que mi tía me había obsequiado algún día de Navidad, no guardaba más que mis pocos recuerdos y algunos centavos que para ese entonces eran mi único capital.

El viaje incómodo en el vagón de carga más alejado de la maquinaria para que el conductor no se percatara de mi presencia duró unas horas lo que a mí me parecieron años, pues mi espalda baja quedo en contra de un centenar de fierros viejos y oxidados que desprendían un fuerte aroma pero que me previeron de calor cuando la nieve comenzó a caer.

Las calles del lugar al que llegaba, el pueblo de Hogsmeade parecían agradables, con sus muchos puestos a los lados y hostales baratos que por tres centavos ofrecían estancia y una comida al día, usted elegía cual hacer, para el desayuno pan y tomate, el almuerzo pan y cebolla, la cena pan y queso si es que quedaba algo de la noche anterior, no había mucho que elegir, la miseria era general, todos padecían de lo mismo aunque yo buscaba una oportunidad, algo más grande que solo pan y complementos, pero estaba acostumbrado a todo eso.

Pasé mi infancia a lado de mi tía y mi tío en una pequeña choza en la avenida Privet Drive, tenían un hijo mi primo, un tanto ruidoso de molestos hábitos que se la vivía molestándome recordándome cada día la penosa muerte de mis padres a manos de un delincuente que una noche sin piedad les arrebató la vida, pero no a mi, yo viví y si lo había hecho seguro que había sido por una buena razón.

Ahora aquel niño andrajoso y mal tratado al que obligaban a fregar trastos y pisos ajenos para obtener unos centavos era libre y podía hacer lo que se me placiera, tenía edad suficiente para conseguir un empleo y así ganar solo para mí el dinero que fuera para permitirme vivir.

Recorrí las calles por horas buscando el lugar más apropiado que me permitiera resguardarme por un tiempo, el clima era más frío a esas horas de la tarde y la nieve se hacía espesa con cada paso que daba.

"Cabeza de puerco"

Hostal, hay vacantes, pase usted.

El letrero dibujaba un gran cerdo casi degollado con sangre brotando de la herida, aquel viejo letrero me daba lo que muchos viajeros decían mala espina, quien se alojaría en un lugar donde su letrero publicitario es un cerdo a medio morir en medio de sangre coagulada y de apariencia fétida que aunque no se notaba a simple vista podía ver con claridad al entre cerrar los ojos, aunque bien todo podría haber sido parte de mi imaginación.

— Te cobraré solo la mitad chico, si te animas, tengo cerveza y estofado caliente en la estufa, es más de lo que cualquiera de estos tontos te podría ofrecer.

— Cómo es que tiene estofado en la estufa acaso usted...

— No todo el estofado debe llevar carne chico — levanto una gran hacha en el aire, el peso de esta lo obligó a caer de forma pesada sobre sus talones, trastabilló y la nieve lo hizo deslizarse hasta el suelo.

— Esta usted bien — me acerqué al anciano que ya había lanzado el hacha con fuerza hasta dejarla bien clavada en la nieve. — deje que...

— Oye chico aún soy fuerte — me arrebató su propio brazo y se levanto con pesadez, la que suelen cargar las personas cansadas más que de los años de los Dolores del alma, podía ver en sus ojos la soledad que lo acogía.

— Creo que el estofado sin carne será una buena cena — busque las tres monedas para poder colocarlas en su mano.

— No se paga por adelantado — dio unos pasos hacia la puerta — pagaras el día en que te vayas de acuerdo — me miró con firmeza, sus ojos brillaban de pronto note las arrugas más marcadas en su rostro duro y afligido a la vez. — puedes llamarme Aberforth Dumbledore.

— Y usted puede llamarme Harry, Harry Potter.

Capítulo 2.

El lugar era pequeño, apenas con unos cuantos muebles viejos de madera desportillada por las polillas y los ratones, las velas ardían en lo alto de un antiguo candelabro plateado que parecía ser lo único fino dentro de la habitación.

— Por qué no tiene luz eléctrica señor — pregunte al verlo encender una nueva vela y remplazar la que estaba por extinguirse

— No, esas cosas solo son pérdidas, quien necesita de la electricidad teniendo esto, funciona igual, mis ojos pueden ver mucho mejor en esta luz, he visitado lugares con eso que le llamas luz eléctrica y lo único que me gano es un ardor terrible en los globos oculares que pareciera que me fueran a explotar. — soplo el fósforo que dejó una ligera nube perfumada — me gusta lo que tengo aquí, es bueno.

Camino por el pequeño espacio, parecía que daba vueltas en círculos llevando, cubiertos, vasos y paños que colocaba con prontitud en la mesa del centro del salón, una jarra de agua fresca y por último la cacerola humeante de vapor perfumado a hierbas y verduras cocidas.

Hundió el cucharón hasta el fondo y sirvió en el plato hondo todo el contenido de la cuchara y lo coloco frente a mí, patatas y espárragos flotaban en un poco de agua salada, hasta el fondo champiñones en cubos finamente picados alcanzaron a salir y ningún rastro de carne.

Aun así el anciano había tenido razón, su estofado era mucho mejor que lo que ofrecían en otros lugares, era incluso mejor de lo que tía Petunia había cocinado en su vida entera, con un sazón especialmente distinto que te daba gusto probar, compartimos la única hogaza de pan y un pequeño trozo de queso que según me dijo le había quedado de la merienda.

— Dormirás en la cama del fondo — dijo mientras levantaba los platos vacíos de la mesa — yo dormiré en aquel pajar — su cabeza se inclinó para señalar el montón de paja que se acumulaba en una de las esquinas más obscuras.

— No lo hará soy su huésped, seré yo quien duerma en la paja.

— No rezongues chico, tomaras la cama hoy, quizá mañana me toque a mí — esbozo lo que parecía una muy ligera sonrisa.

Los días pasaban, la nieve cada vez se espesaba más, Aberforth y yo convivíamos de forma cordial y alegre se había convertido en un gran mentor, sabía de cosas que no imaginaba que alguien en su condición supiera, pero hablaba de los grandes eruditas de siglos atrás como si el mismo los hubiese conocido, era un hombre de fina educación aunque cada que preguntaba sobre su familia se negaba a tocar el tema.

— Era una familia ordinaria Potter, nada particular — pásame el hacha grande

— Pero señor no tiene acaso un hijo, un hermano, sobrino...

— Nada — corto el primer tronco — nada queda de los Dumbledore en esta tierra olvidada y ya no hagas más preguntas acaso yo he querido saber más acerca de tu aburrida vida pasada — dijo con el tono de voz que solía usar una mezcla de sarcasmo y honestidad que solía confundir a la gente del pueblo.

No volví a preguntar aunque varias noches mientras él creía que yo dormía lo descubrí observando un pergamino viejo, y después se limpiaba el rostro lleno de lagrimas como si un secreto grande se ocultara en aquel antiguo pedazo de papel.

El frío del invierno golpeaba con fuerza, la escasez del carbón y cera cada vez era más grande entre los pueblerinos, la gente sufría de pobreza mientras en las altas sociedades se respiraba la calma y paz del calor de un buen fogón a la luz de enormes bombillas que brillaban cegando con el color dorado que iluminaba los salones amplios en donde los banquetes que siempre solían ser bastante sofisticados y excedentes de comida que muchas veces en su mayoría sobraba y eran aquellas sobras el alimento de los perros, o de los cerdos dejando a los empleados de aquellas dinastías aún con más mal sabor de boca.

Había conseguido un empleo en el palacio mayor, un día Aberforth llegó a casa con una notificación entre las manos.

— Mañana comienzas a trabajar muchacho — dijo mientras yo terminaba de leer la premisa — me sorprende que sepas leer — torció la boca con soltura — esa tía tuya no era tan mala después de todo.

— No fue ella quien me enseñó — respondí sin dejar de mirar aquella letra. De escritura fina, letra perfecta y bien definida, la ortografía era perfecta incluso caía en lo superior.

" Queda a mi bien decir que el señor Harry Potter será recibido para comenzar con sus labores en el castillo de Hogwarts mañana a primera hora, deberá acudir a los salones principales donde se le otorgaran sus deberes.

Con atención. Albus Percival Wulfric Brian Peverell".

Doble de nuevo la carta por la mitad justo como estaba cuando me fue entregada, Aberforth me observaba encorvado con las manos sobre el respaldo de la silla esperando mi reacción, sonreí lentamente y me correspondió de la misma manera.

— No sé cómo lo ha conseguido señor, pero muchas gracias. — le estreche en un buen abrazo que de inmediato corto de tajo alejándose de mi.

— Aprovéchalo muchacho, créeme que no todos pueden entrar a ese lugar.

— Dígame, realmente es un castillo, es decir ahí vive un rey o algo así.

— Desde luego que sí — comenzó a servir la cena — un rey un tanto soberbio y también quisquilloso — volvía a pasear por la sala — que no te sorprenda si lo crees un hombre noble y amable, sabe muy bien lo que quiere y sobre todo cómo conseguirlo. — se quedó mirando el fuego un par de minutos y prosiguió — Albus Peverell — dijo casi para sí mismo, sí, es un gran rey.

Terminamos de cenar casi al dar las nueve y después me fui a la cama, la mañana llegaría pronto para mí.

Capítulo 3

...No había luz, ni vela que iluminara tanto como su presencia al andar.

— Con todo respeto señor Potter usted no parece ser de la clase de mayordomo que se requiere, es bastante joven a mi parecer.

Un hombre alto de ceño fruncido y cabellos negros azabache pegados a la cabeza me escrutaba con cuidado.

— Para ser honesto no tengo experiencia como mayordomo — me miró con sorpresa — pero puedo aprender, puedo aprender a hacer cualquier cosa que usted me pida, puedo si quiere ser un mozo, jardinero, lo que sea, pero déjeme trabajar aquí.

El hombre seguía mirándome en completo silencio, tanto que podía escuchar su respiración agitada mientras meditaba su respuesta.

— De acuerdo, Potter, tomare tu palabra serás mozo entonces y después si cumples bien con tus labores podrás ser algún día un mayordomo.

Comencé a trabajar de inmediato, me había dejado en la cocina, cargaba enormes costales de cebollas, patatas y lechugas, perseguía gallinas y pollos, recogía las eses de los perros del rey, y cargaba los picos y palas de los jardineros.

— Así que tú eres Harry — escuche un día mientras llegaba a mi turno

— Sí, Harry Potter — un joven pelirrojo me saludaba con alegría — y tú eres...

— Ronald Weasley — me extendió la mano — pero llámame Ron, comienzo a trabajar esta tarde — se acercó más a mi oído para susurrar — ya la conoces...es guapa, dicen que es tan hermosa que casi se asemeja a un ángel, dime es así.

— No sé a quién te refieres Ron — empecé a levantar los costales.

— No lo sabes, todo el pueblo habla de ella, apenas llego hace unos días, creía que ya la habías visto, la princesa...es la nieta de Peverell y debe de ser un sueño, mi hermano George dice que jamás había visto a una mujer más bella y elegante que ella, aunque Fred dice que es muy flacucha que él las prefiere tú sabes — me guiñó un ojo — un tanto voluminosas — colocó las manos imitando las formas femeninas del pecho — como sea yo quiero conocerla, aunque sea verla a lo lejos porque seamos realistas Harry jamás se fijaría en mozos como nosotros.

—Imagino que sería imposible — coloque el costal en mi hombro — pero si tanto te interesa por qué no vas a buscarla.

— Si eso haré — hecho a correr — te veré pronto Harry.

Rumbo a la cocina medite las palabras de Ron, había una joven hermosa paseando por el castillo y yo jamás la había visto, llevaba unos días metidos solamente entre los jardines y la cocina, yendo y viniendo con cajas, costales y herramientas, si la hubiera visto claro que hubiera llamado mi atención pero no estaba para distraerme pensando en mujeres ni menos en una princesa nieta del dueño de ese inmenso castillo.

Mi jornada había terminado y me dirigía a casa cuando la descubrí por casualidad, postrada sobre la escalera principal con las manos entre lazadas una a la otra, la mirada clavada en la pesada reja de metal pintada de negro, parecía que buscaba algo, a alguien, me quedé mirándola a la distancia, realmente era hermosa, el vestido ceñido a su cintura, el escote que dejaba ver su blanquecina piel y en su pecho un diminuto diamante que colgaba de su cuello, el cabello castaño calleándole ondulado sobre la espalda, no parecía un ángel, era algo más que eso, era la mujer más bella y fina, debió sentir que la observaba pues en un segundo dirigió sus ojos hasta mi, me quedé congelado hasta que dejó de mirarme cuando un carro color marrón entraba por la puerta grande.

Seguí el camino de frente hasta que no quedó rastro del castillo a mis espaldas. Aquella noche mis sueños llevaban sus ojos, sus labios rosados, palabras inexistentes que a mis oídos susurraban sin detenerse, pero todo era un sueño, solo un sueño.

Como era de esperarse se celebraría un gran banquete, la gente de más altos rangos estaban invitados, los mozos trabajábamos el doble de horas puesto que todo necesitaba estar en completo orden para aquel día, en el que se presentaría a la princesa ante las sociedades de Hogsmeade, las cocineras andaban vueltas locas cocinando los manjares, un cerdo había sido llevado desde Londres solo para aquella ocasión, patos y lechones ya hacían sobre la mesa listos para ser entregados a los invitados que poco a poco iniciaron su arribo, mientras yo seguía arrastrando las hojas secas del recién cortado césped.

— Oye...— escuche que alguien me susurraba — Harry ven aquí.

Ron me llamaba desde el sótano con una sonrisa maliciosa entre los labios.

— Debes venir ahora

Acudí a su encuentro dejando los costales de hojas en medio del jardín.

— Qué sucede Ron, debemos estar trabajando sabes lo que nos harán si nos descubren...

— Por eso debes bajar la voz — dijo y comenzó a quitarse la ropa, lo mire con extrañeza — que esperas no me mires así me pones nervioso.

— No lo haré si me explicas que es lo que pretendes.

— Nos colaremos...al baile Harry — apuntó con dos dedos a su cien derecha.

— Es una locura — dije mientras miraba la ropa tendida en el suelo, un par de trajes negros, limpios aunque al parecer antiguos permanecían listos para ser usados, era una locura querer colarse a la fiesta, a demás no existía una razón del todo poderosa para hacer aquello. — no lo haré, sería arriesgarse demasiado, que hay de Snape, seguramente se daría cuenta de que estamos ahí.

— No lo hará — dijo tomando el corbatín de moño — llevaremos máscaras, vamos comeremos bien por una vez en nuestras vidas y podremos ver de cerca a la princesa, después de eso volveremos aquí, nos cambiamos y nadie sabrá nada jamás. Qué dices — me miró de nuevo, los ojos verdes le brillaban, quizá tenía razón, que más daba un poco de locura.

Tome el traje que sobraba y comencé a vestirme, aunque me quedo un poco largo el pantalón nada que no se pudo remediar con subirlo más de la cintura.

Me entrego una máscara, negra el antifaz cumbia gran parte de mi rostro sería difícil que alguien me reconociera llevándola puesta. Ron se colocó la suya y salimos tratando de aparentar ser como los caballeros que nos rodeaban.

Saludábamos con la cabeza a seres extraños de máscaras multicolores que no dejaban distinguir quién era quién si no es que ya antes habías tenido el placer de conocer, fue sencillo colarnos entre la multitud que de repente abarrotó el salón principal en donde una especia de melodía sonaba, las parejas comenzaron a reunirse al rededor de la pista, el baile comenzó.

Las siluetas se movían de lado a lado al ritmo melodioso de cada nota y en el fondo, el vestido de tela vaporosa se movía con cada paso que ella daba, como no reconocerla, aquellos ojos inolvidables solo le podían pertenecer a ella, mi princesa.

Sonreía de la mano de un hombre de máscara de pájaro que sostenía su mano como si fuera el más grande trofeo y quizá lo era, dentro de aquella sala no había nadie más bella, más misteriosa y elegante que ella, llevaba el cabello recogido en lo alto, algunos caireles le adornaban el cuello de donde el diminuto diamante volvía a pender y se agitaba con cada movimiento, sabía bailar, llevaba el ritmo, conocía a la perfección cada paso, como si lo hubiera estudiado y practicado desde antes solo para provocar, para seducir de forma discreta como lo estaba haciendo.

Ron se separó de mí para charlar con la duquesa Lovegood y su prima la recién llegada condesa Lavender Brown quienes reían a carcajadas de sus chistes, yo seguí paseando por el salón, sin despegar los ojos de ella y su figura delicada.

— Vaya pero que traje tan elegante — di de frente con una bella joven que me habló sin vergüenza — acaso lo conozco señor...

Tenía que pensar rápido si decía mi nombre alguien me descubriría, decidí usar el nombre de mi padrino, Sirius Black.

— Sirius Black — le tome la mano y la lleve a mis labios imitando un gesto de cortesía — y perdóneme el atrevimiento pero con la mascara no le reconozco usted es...

Sonrío — soy la princesa Cho Chang — hizo una simpática reverencia — y dígame acaso es usted un duque, un conde...

— No, yo solo soy...

— Un príncipe sin duda .

Deje de escuchar a la chica cuando ella pasó frente a mí, llevaba en la mano derecha un abanico que movía con frenesí mientras seguía riendo, se detuvo justo a lado de la mujer que me hablaba y le saludó con un beso en ambas mejillas seguido se sujetaron las manos contentas.

— Creí que jamás llegarías querida — la escuche hablar, fue como el trino de las aves en mis oídos — dime que pasaras este verano en el castillo, estoy tan aburrida desde que llegue, extraño tanto mi otra vida.

Debió sentir mi mirada por qué volvió los ojos a mí y los clavo fijamente en los míos, sentí que temblaba, las piernas estaban por traicionarme, baje la cabeza en forma de saludo, ella se inclinó de inmediato y me sonrió de forma sincera.

— Usted es... — dijo mientras estiraba la mano para que la tomará, pero seguía tan petrificado que mis extremidades parecían de roca sólida.

— Es el príncipe Sirius Black — respondió de inmediato la señorita Chang.

— Principe — inclinó la cabeza y por fin logre reaccionar para tomar su mano que pase por mi boca y bese con suavidad, su piel perfumada me dejo su esencia en los labios.

— Y estoy a sus servicios — dije de forma apasionada tomando más en serio mi papel en aquella sociedad.

— Pues debería de invitarle a bailar la siguiente pieza Principe — abrió la boca Cho

— Sería un honor que me acompañara usted ya que la siguiente pieza no la tengo comprometida con nadie — dijo mi princesa dejándome casi sin poder respirar.

— El honor será todo mío.

Levante el brazo y deje que lo sujetará, la conduje hasta la pista de baile, las parejas se alistaron y la música comenzó, con ritmo tome su cintura y mi mano tembló aún más al sentir la suya entrelazándose, aferrándose a mi.

Bailaba como una ninfa volando entre los árboles, con ligereza y pasión, con cadencia y estilo, los giros precisos que ejecutaba me robaban el aliento al dejarme respirar el aroma de su perfecta piel color marfil, las emociones se me escapaban y comencé a reírme con soltura, ella me imito, como un par de locos reíamos de todo y de nada a la vez que seguíamos moviéndonos por la pista entera, delante de las miradas de todos los presentes, los que dejaron de importarme al tenerla tan cerca de mi.

La pieza termino, pero ella seguía riendo tomada de mi mano.

— No tengo idea qué es lo que a sucedido querido príncipe — se levantó la mascara para limpiarse el rostro y la contemple, era realmente hermosa — es usted una monada, debe volver algún día — me tomo las manos entre las de ella — prométamelo, prometa que volverá a visitarme algún día.

No podía negarme a tal invitación, era ella quien me lo pedía a súplicas que volviera, y yo desde luego que no podría negarme a su compañía, acepte verla de nuevo.

— Pero por favor déjeme verle el rostro.

La primera reacción fue la de salir huyendo pero que hombre haría tal grosería a una mujer como aquella, por otro lado si alguien me reconociera.

— Me temo princesa que no será posible, no delante de tanta gente.

Sin decir una sola palabra me tomo del la mano y salimos del salón hasta el jardín trasero en donde pude ver el costal de hojas que seguía tirado esperando por mi.

— Bien señor Black ahora no hay mirones podría usted retirarse la mascara para mí.

Me quite la mascara y deje que me viera, me volvió a sonreír de forma amplia y se llevo uno de los caireles detrás del oído como un gesto de coquetería.

— Volverá pronto no es así. Vendrás a verme Sirius — me sorprendí cuando después de tutearme me toco la mano.

— Desde luego que volveré, pronto.

Él rechinido de la puerta me sobresaltó y la mascara volvió a mi rostro enseguida, Severus Snape nos observaba con aquella mirada rencorosa y llena de misterio.

— Su abuelo la busca princesa, hágame el favor de ir en seguida al salón principal donde le esperan.

Me miró rápidamente, sujeto su vestido y corrió de vuelta al salón, aunque no pensaba volver ahí decidí entrar de nuevo por un último vistazo a mi princesa.

Se encontraba a lado de Albus quien levantaba su copa llena de vino brindando por aquella joven a la que amaba, su heredera y su más hermosa posesión, fue como la llamo al nombrarla la princesa Hermione Granger Peverell advirtiendo a cualquiera que la pretendiera que no sería fácil de ganar su mano, alguien valiente y honrado, un hombre sin duda de sociedad. De su sociedad.

— Ahora mi querida por qué no nos deleitas a todos con tu talento.

El abuelo condujo a la nieta hasta el gran piano y le ayudó a tomar asiento, Hermione comenzó a tocar, notas dulces como ella misma, delicadas como los movimientos de sus dedos sobre las finas teclas negras y blancas, sabía lo que hacía, tocaba y todos la admiraban más, la emoción me sacudía el interior viéndola ahí, mientras cerraba los ojos y sentía el ritmo de su melodía que conocía a ciencia cierta de memoria.

Me dejaba llevar por aquella música maravillosa que envolvía todo mi ser, era como poseerla ahí mismo y solo eran sus manos tocando la más hermosa canción.

— Esta por terminar el baile debemos irnos — Ron me tiro del saco para que le prestara atención — escúchame Harry es hora de irnos.

Sin dejar de mirar a Hermione seguí a Ron hasta la salida, solo así pude volver en mis cinco sentidos que se habían envuelto por completo en ella, en sus notas, entre sus dedos.

— Eso estuvo increíble Harry — Ron se tiro de los cabellos con emoción — la viste — colocó su mano en mi hombro.

— A la princesa...

— No, es decir si pero no a ella a la ardiente prima de la duquesa Lovegood, dios parece que emana néctar de sus pechos.

— Es en serio que estuviste con ella, te permitió siquiera tomarle de la mano.

— La mano, el brazo, el cuello y demás, debemos volver algún día por aquí

— Has olvidado que trabajamos aquí.

Le bajó el animo y volvió a su control dejamos las cosas en su lugar, en el mismo lugar en donde la encontramos, Ron me confesó que todo aquello lo había encontrado Fred un día que aseaba el pórtico, mencionó que pudieron llevárselo pues sin duda les darían una buena cantidad de dinero pero su madre no lo permitiría jamás así que todo volvió a su lugar.

Aberforth no me espero a cenar, lo encontré tirado sobre su cama, roncaba con frenesí lo que me decía que llevaba un buen rato durmiendo, me tire en el pajar y cerré los ojos, pude sentir el calor de Hermione muy cerca del mío, sentir el roce de su mano sobre la mía y su figura, aquellas perfecta cintura y caderas torneadas que apenas si sentí entre mis dedos, pero de pronto una nube obscura se acercaba y me la arrebataba de pronto ya no era más ella, era una simple sombra que buscaba robarme la vida, como un enorme fantasma de prendas raídas colgándole bajo los pies y me perseguía, me besaba y el dolor de los recuerdos me inundaban de repente me dejaba en un mar de llanto sofocado entre mis propios sollozos casi gritando de terror.

Una premonición de algo malo, abrí los ojos después de ver en las cuencas vacías de aquellos seres la luz de mi posible muerte.

Capitulo 4

Trataba de ocultar el rostro cuando entraba en el castillo, como explicaría que no era la persona que creía que era, si no un simple mozo que barría las hojas y cargaba los alimentos, pero la vi pasar de brazo de Cho Chang ambas entre risas misteriosas recorriendo el jardín en el que trabajábamos esa mañana, no podía acercarme desde luego, no me arriesgaría a quedar en ridícula o peor aún en un engaño de mi parte, me mantuve casi oculto hasta que las tuve demasiado cerca, me encorve y deje que el cabello me cubriera parte del rostro, aún así podía escuchar la charla.

Hablaban de un hombre, apuesto al parecer y de altos rangos, con una gran haciendo y bastante poderío, según mis propios oídos era el heredero de una gran dinastía, una de las más importantes, sino que la mayor de todas, pero en un momento Hermione titubeo al responder alguna de las preguntas de su amiga.

— No me digas querida que aún piensas en él — se detuvieron muy cerca de mi — no sabemos nada de aquel príncipe deberías de olvidarlo y concentrarte en el príncipe Malfoy que sin duda es el mejor partido, ya quisiera yo que me pretendiera como contigo lo hace, mira que regalarte un hermoso corcel no es cualquier cosa.

— Sé que Draco Malfoy es la mejor opción, cualquiera quisiera estar con él, pero entiéndeme Cho, ese príncipe, al bailar con él, fue como pasear en una nube — se emocionaba al hablar mientras yo sonreía con discreción — cómo puedes olvidar a alguien así, jamás había sentido lo que sentí por Sirius, si al menos supiera algo de él, si me visitara.

— No lo hará querida, despierta, vive y deja de soñar con el amor real, ese que se nos ha escrito en las tontas novelas, cariño no existe, no en nuestra vida, Sirius no volverá y te tomará como su esposa, mejor resígnate y acepta la propuesta del príncipe Malfoy, es lo mejor.

Estaba justamente a mis espaldas, podía sentir su presencia muy cerca, incluso percibía su aroma, a magia, a bondad, a amor. Quería tocarla, decirle que estaba ahí, que era suyo pero que podía hacer, sin las ropas elegantes no era más que Harry Potter, Sirius Black se había ido y tenía que aceptar que aquella mujer no era para mí aunque ella también me quisiera.

Siguieron caminando hasta volver al castillo, la vi mientras se alejaba.

— Si yo estuviera en tu lugar volvería por ella — me dijo Ron mientras arrancaba la hierba

— Es imposible lo sabes, será mejor que la deje y que cada quien viva como debe en donde debe.

— Eres un tonto — tiro con más fuerza — un completo idiota que esperas ve por ella, llévatela de aquí yo lo haría

— A dónde la llevaría, dime has pensado en que ella tiene todo aquí y yo no tengo ni siquiera un lugar propio en donde vivir, no tengo nada que ofrecerle.

— Entonces niégame que no mueres por estar con ella aunque sea una sola vez

— Claro que muero por tenerla cerca de mi aunque sea un segundo, con eso me bastaría, con eso sería inmensamente feliz.

— Que esperas, de donde salieron ese par de trajes, hay más, ve yo te cubro.

Deje de dudarlo, era cierto quizá no podría tenerla para mí, pero un segundo a su lado me bastaría, con verla de frente, ver sus ojos mirándome con esa dulzura y candor.

Busque algo que luciera decente, un abrigo algo roído del forro pero que no alcanzaba a notarse, un sombrero de copa y la camisa de seda, era de nuevo el príncipe Sirius Black. Con sigilo me escabullí despacio hasta las habitaciones en las que suponía se encontraba, tomaba el té cerca del atardecer, llame a la puerta, alguien me permitió entrar y entonces volteo el rostro lleno de sorpresa, dejo caer su taza de té y corrió hasta mi sonriendo, la estreche entre mis brazos, respire profundamente el aroma de su cabello, sentí sus manos tomándome con fuerza de los hombros, aquello era más fuerte de lo que pensaba.

— Espero me disculpe princesa por llegar sin dar un aviso es solo que pasaba por aquí y decidí visitarla, debo decirle adiós.

— Pero por qué se va, no por favor — y ahí estaba esa mirada que esperaba con ansias ahí estaba frente a mí, derritiéndome poco a poco — no debe irse acaso es cosa de negocio, algo que no puede esperar, dígame si volverá pronto.

Su rostro casi desencajado me volvía vulnerable, parecía una chiquilla desesperada por haber perdido su tesoro más preciado, me suplicaba con la mirada que tuviera piedad de ella cuando era yo quien le suplicaba se fijara en mí como realmente era, ansiaba gritarle que no era quien ella creía pero que la esencia, mi esencia era la que la buscaba con frenesí, la que la quería a su lado, siendo yo, siendo Harry Potter.

— No puedo hacerle una promesa ahora princesa, sería precipitado pero por favor no olvide que en mí siempre tendrá un amigo.

Di media vuelta y salí del salón no podía dejarla atrás pero debía hacerlo, esa tarde llegue temprano a casa, Aberforth me esperaba ya en la mesa como si presintiera mi estado de ánimo, sin preguntar nada sirvió la cena.

— Crees en la magia chico — pregunto mientras se llevaba la sopa a la boca

— Habla usted de aquella que los charlatanes hacen en los espectáculos baratos — mordí un trozo de pan.

— Desde luego que no esas son puras tonterías hablo de lo que estoy viendo en tus ojos, lo puedo reconocer cuando lo veo, no porque me veas viejo y solo creas que jamás ame, una vez hubo una señora de Dumbledore, así que puedo ver magia en tus ojos, pero también veo que lo quieres reprimir, por qué dime de quién se trata.

No lo diría, qué sentido podría tener, sería mi secreto, el más agradable hasta ese día, no sé si alguien más pudiera llegar, pero ahora mi mente, mi alma e incluso mi cuerpo le pertenecían a ella, la miraba en el firmamento estrellado, en el atardecer, en la sonrisa de los niños que pasaban contentos jugando, incluso la veía en las flores que comenzaban a crecer bajo su ventana, aquella desde donde cada mañana miraba hacia el horizonte, como si se perdiera entre las montañas, con esa mirada ligera y fresca propia de su juventud y belleza, propias de una mujer como ella.

Los días siguientes la escuchaba, su melodía sonaba por todo el jardín una y otra vez sus notas me tocaban robándome el aliento, regresándome la vida al mismo tiempo, era un enamorado de aquella magia que hacía al tocar el piano, cerraba los ojos y la podía ver con claridad, tan cerca de mi, su perfume llenándome los vacíos del alma, sus dedos que ya no tocaban las teclas ahora me recorrían a mí con suavidad, lento y suave.

Decidí que no podía seguir trabajando ahí después de todo tenía que esconderme cuando ella se acercaba y no era eso lo que buscaba, hacía más pesada mi labor de mozo, sin embargo la paga era demasiado buena como para dejarla ir con facilidad, Aberforth no podía seguir manteniéndonos a ambos, mis ingresos hicieron las deudas ligeras inclusive pudimos comprar algo de carne para finales de primavera.

Una mañana decidido a enfrentar las consecuencias, escuchaba a Hermione al piano, me acerqué con sigilo al salón en donde se encontraba, de pie a su lado un hombre de aspecto rudo la contemplaba con un dejo de lujuria en los ojos que se le habían clavado en el discreto escote del vestido rosa pastel que le venía perfecto, me quedé en la puerta contemplándolos a ambos sin sonreír no perdía de vista a aquel hombre que de pronto colocó su mano blanca sobre el hombro de mi princesa y lo estrujo, ella reaccionó retirándose con educación y elevando una sonrisa discreta.

El hombre le buscaba el rostro, intentaba un acercamiento que sin duda ella negaba de forma cordial pero le fue inevitable el roce de sus dedos, las manos que se entrelazaron y un rayo pareció partirme el alma, salí dejándolo todo atrás, no quería volver a verla, me sentía traicionado y ni siquiera tenía una razón para sentir aquello, pero era un dolor que me atravesaba el cuerpo entero, en mi vida el dolor había sido tan fuerte.

Tome la pala y cabe sin sentido mientras veía la tierra pasar de un lado a otro, con rabia, con rencor hacia algo que no me pertenecía, era un sufrimiento en vano, sin importancia pero que me estaba matando por dentro.

— Disculpa...no te parece que es demasiada tierra ya, plantaras un gran árbol acaso...

Aquella voz, la voz melodiosa, llena de dulzura y consideración, la voz del ángel que me estaba matando sin saber lo que hacía me estaba llamando directamente. Dude en voltear el rostro pero ya no sería un cobarde me enfrentaría y aceptaría el posible castigo por engañar a todos aquel día del baile.

— Princesa yo... — ahí estaba ahora frente a ella, lleno de tierra y lleno de ira también — pensaba colocar más flores en este lugar.

Me miró sorprendida, su cara de perplejidad lo decía todo, se llevó las manos al rostro pero sus ojos aún se mantenían en los míos.

— Eres tú, tienes que serlo — dio un paso sobre el montón de tierra en donde sus zapatos se hundieron y dio un traspié, su mano se sujetó de la mía antes de que tocara por completo el suelo mojado.

Su mano sujetaba la mía, nuestros ojos seguían unidos, no hablaba que podía decirle teniéndola tan cerca mi cerebro parecía que había dejado de funcionar y ahora solo sentía, sentía su calidez como aquel día que tuve su cuerpo al bailar tan cerca del mío.

— Dime por favor que eres tú — me acarició el rostro con ternura — dime que eres tú con quien sueño cada noche, por quien espero cada día, dime que no eres tan solo una imagen creada por mi imaginación, y que lo que siento es realmente tu presencia junto a mí.

— Princesa yo...le he engañado, el día del baile me hice pasar por alguien que no era, por alguien que la puede tener y la tuvo, pero la verdad es que no soy más que un simple mozo que trabaja para su abuelo, llevando los costales de verdura, sembrando las flores del jardín.

Aún permanecía en mis brazos como si tratara de encontrar el sentido en todo aquello que acababa de decirle, me veía con la misma dulzura de antes.

— No es usted un príncipe entonces...

— No lo soy, soy solo esto mí nombre no es Sirius Black, el fue un buen hombre yo soy solo Harry Potter un recién llegado con necesidad y hambre, desesperado por conocerla, tanto así que cometió la fechoría de hacerse pasar por alguien importante solo para estar cerca de usted.

— Y valió la pena señor Potter — su gesto ahora era de una molestia incontrolable. — dígame, lo valió.

— Cada segundo a su lado valió la pena — dije sin pensar, sin esperar respuesta, mi sorpresa fue que su mano derecha golpeó con fuerza mi mejilla después de aquellas palabras.

— Eso fue por engañarme señor...Potter y esto es por lo que me ha hecho sentir.

Se acercó a mi rostro y cerró los ojos, me di cuenta de sus intensiones cuando sentí su boca rozando la mía, me besaba, mi princesa me besaba con pasión desenfrenada, buscando entre mis labios el sabor de mi ser, hice lo mismo y la bese entonces yo, mordiendo de forma suave sus labios exquisitos que sabían a fresa y menta recién cortada, y mientras mantenía los ojos cerrados me dejaba sentir con cada visera dentro lo que despertaba en mi su presencia.

No había nadie al rededor, podíamos entregarnos en aquel beso de forma eterna y silenciosa, como tanto desee desde hacía tiempo, cuando la veía ir y venir con un libro en las manos, con una sonrisa entre dientes, o cuando pasaba corriendo por los pasillos tras escuchar la llegada de su abuelo que sin duda era el hombre al que ella más amaba, yo la veía escondido entre los arbustos, en los rincones cada que podía hacerlo.

— Mi querido Harry Potter prométeme una cosa — su mano me tomaba la. Ja y las miraba — vuelve esta noche, búscame después del atardecer.

— Pero princesa que es lo que está diciendo, acabo de confesarle que soy un simple mozo sin más oficio y usted me pide que tenga el honor de verle de nuevo.

— No lo deseas acaso, por qué tus labios acaban de decirme otra cosa.

Su pulgar acariciaba mis labios recorriendo el contorno de cada uno de ellos, como poder negarse ante tal suplica, sus finas manos, sus largas uñas tocándome.

— Lo deseo con todo mi ser, deseo verle de nuevo en donde usted me diga, a la hora que guste.

— Ven entonces — se alejó de mí unos pasos — búscame en mi alcoba — dio unos pasos más lejos de mi — ven esta noche te estaré esperando.

Corrió por el pasillo empedrado levantando su vestido hasta los tobillos, parecía un Ángel rodeada de hermosos velos translúcidos, su cabello se agitaba con el viento, se detuvo antes de entrar en la casa y me miró de nuevo, una enorme sonrisa le iluminó el rostro por completo y después desapareció atra es de la puerta.

Capítulo 5.

Que ideas más descabelladas las que saltaban en mi interior, tener a la más hermosa de las doncellas entre mis brazos, como un sueño, un delirio de mi ser, algo tan imposible que me resultaba enfermo pensar.

Pero al fin era lo que quería y no perdería aquella oportunidad de tenerla más cerca de mi, no salí cuando mi turno termino, me quedé oculto entre las flores y los árboles traseros, era bueno con los escondites, nadie se percataba de mi presencia.

Y la vi, asomándose por su ventana, el cabello le caía sobre los hombros, miraba al cielo, como si intentara hablar con los santos o los seres celestiales, como si pidiera algo en completo silencio, yo la miraba desde abajo, sin hablar, me gustaba contemplarla, los gestos que hacía, el movimiento constante de sus ojos, su apacible respirar, colocó una mano sobre su mejilla y después limpio con la Palma sus ojos fue hasta entonces que me miró, no sonrío de inmediato sino un par de segundos después cuando me indicaba que subiera trepando por la maleza.

No era un experto trepador pero lo conseguí, puse un pie dentro de su habitación y la mire bien, llevaba un gran camisón largo color marfil y no iba Calzada, se acercó a mí y me envolvió en un abrazo, aspire el aroma frutal de su cabello, era como estar en el paraíso.

— No está molesta princesa, por lo que le he dicho.

— Como podría estar molesta contigo Harry, si cada noche solo he pedido por ti, por tenerte otra vez a mi lado.

Pase la mano de forma inconsciente por su cabello, era terso como tocar la más fina de las telas, su figura me parecía más delgada ahora que la tenía sin el enorme vestido que la cubría y ella se aferraba a mí como no queriendo que me fuera, pero lo que ella no sabía era que yo no me quería ir de ahí jamás.

— Ahora estoy aquí y para ser muy honesto, no quisiera irme.

— Sé que tendrás que hacerlo en algún momento, pero por ahora solo disfrutemos de lo que tenemos, por qué el tiempo en cualquier momento nos traicionara y nos alejara de forma cruel.

— El tiempo es cruel, pero nosotros seremos ágiles y viviremos lo que sea antes de que nos alcance.

Permanecimos en silencio uno a lado del otro, su cabeza se colocó sobre mi hombro y mi mano le acarició con paz, no había que intercambiar palabras, estaba ahí con ella que más se podía pedir.

— Cuéntame de ti Harry Potter, cuéntame de tus sueños y tus pasiones, no me digas de dónde has llegado, ni que ha sido de tu pasado si este te atormenta como me atormenta el mío, déjame ver tu futuro y vivir a travez de tus ojos lo mismo que tú esperas.

— Todo parece que ha desaparecido al tenerle tan de cerca.

— No me llames más princesa ni me hables de usted, los títulos mobiliarios siempre me han parecido vamos y sin sentido, carentes de emociones reales y limitantes entre seres humanos que sienten lo mismo.

— Como debo llamarle entonces, sin sentir que le incomodó.

— Hermione es mi nombre, creo que ya lo conocías, puedes llamarme así si es que te agrada.

Las manos me temblaban y a pesar de aquello logre tomar la de ella entre las mías y estrecharla un poco, ella suspiro y volvimos a mirar hacia delante.

No tenía mucho que contarle, le dije de lo poco que había vivido junto a Aberforth y sus guisados deliciosos sin la necesidad de muchos ingredientes, le conté que fue idea de Ron el que llegáramos aquella noche al baile y después le dije lo mucho que la pensaba, que cada que la escuchaba tocar me escondía para poder mirarla sin que se percatara de mi presencia, de lo mucho que maldecía mi destino por no poder ser quien ella creyó que era.

Entonces se levanto con un aire confuso y volvió los ojos a mi, su rostro estaba apacible, era como mirar lo más honesto su desnudes de alma y de cuerpo, dejo caer el camisón hasta el suelo, no pude evitar mirarla unos segundos y por el respeto que le tenía desvíe la mirada, pero ella se adelantó hasta mi, yo solo miraba sus pies, me tomo el rostro y lo dirigió al de ella.

— Supe que no eras un príncipe cuando te vi, sabía quién eras desde un principio, pero disfrutaba del juego aquel que decidiste jugar, cada que paseaba por el jardín era a propósito, solo para que me notarás, cada que dejaba la puerta entre abierta cuando me sentaba al piano era solo por qué necesitaba que aparecieras ahí, detrás de mí y yo cuando sentía tu presencia tocaba con más pasión, para que tú y solo tú lo escucharas, algo nació entre nosotros aquella vez que me miraste a lo lejos mientras esperaba el carruaje de mi abuelo.

Si Harry Potter ya sabia quien eras cuando te vi hablando con Cho Chang aquel día del baile, por eso te busque, por eso quería bailar contigo, para saber si tú también sentías lo mismo que yo y no hay duda de que lo sientes.

Ella colocó mis manos sobre sus pechos, comencé a respirar con dificultad, la deseaba tanto, la acaricie siguiendo los movimientos que ella misma me enseñaba a seguir, con su cuerpo totalmente desnudo sobre su cama, la mire, las piernas torneadas y la forma delgada de sus brazos que dejó a los lados para que la sintiera, recorrí con la punta de los dedos su vientre, sus caderas, bese su cuello con frenesí y sus labios, quería devorar sus labios.

Se detuvo un segundo en donde creí que había dudado y me sentí avergonzado de mí mismo, pero simplemente buscaba retirar las viejas prendas que me cubrían, con desesperación me retiro la camisa y la arrojó lejos, el pantalón no le costó trabajo y lo dejé caer de inmediato, estaba apunto de ser mía y lo fue, la tenía entre mis brazos, sofocando los gemidos que se querían escapar de su boca mientras mordía mis brazos con fuerza y yo la aferraba más a mi, la necesitaba demasiado.

La pasión se consumó, quedó tendida sobre su lecho apacible como nuestros cuerpos que se perdieron entre las sábanas blancas con las que nos cubrimos, la vi quedarse dormida lentamente sobre mi pecho mientras mis dedos se perdían entre sus cabellos ahora alborotados por lo que acababa de suceder, pero aun así lucía hermosa, como podría dejarla después de eso que acababa de pasar, como sacarla de mi, como seguir con mi vida rutinaria ahora que Hermione había sido mía.

Me levante silenciosamente y salte por la ventana, la deje dormida y yo quede lleno de esperanzas.