Sé que prometí subirlo el lunes y estamos a jueves, pero hubo problemas técnicos ante los que no se podía hacer nada y me fue imposible. ¡Lo siento mucho!
2. Jueves y viernes:
Tal vez la hoja sea demasiado afilada
La calma que había cubierto el miércoles con su manto de pétalos rosas y sonrisas pasadas por sudor se evapora hasta convertirse en polvo cuando el jueves Iwaizumi pone un pie dentro del instituto, con Oikawa a su lado sujetándole la mochila para que pueda quitarse los zapatos —porque si se la deja puesta arrastra por el suelo gracias a su altura de hobbit—, y todas las conversaciones que estaban teniendo lugar se silencian.
No es complicado localizar el motivo. La mirada de Oikawa se vuelve peligrosa en cuestión de segundos y, de repente, en la entrada donde las hileras de taquillas se alinean no hay ni una sola chica. Iwaizumi camina con sus zapatos en la mano, tratando de ignorarlo incluso a él. Las letras están pintadas en rosa fluorescente, con spray barato y desdibujadas pero legibles. Ocupan no sólo su taquilla, que es la más afectada, sino también dos adyacentes. La pintura aún está fresca.
El mensaje no es nada nuevo. Iwaizumi ha leído ese "aléjate de él" cien veces escrito a boli en su libreta, en su mesa, y también rayado con la ayuda de alguna llave en las puertas de sus anteriores taquillas. Es uno de los más repetidos, salvando los insultos cortos y fáciles, junto con el "no te lo mereces" y "déjalo en paz".
La diferencia aquella vez radica en que, al abrir la puerta, encima del muy esperado montón basura (que ese día no puede identificar porque seguramente ha sido tomada de un contenedor cercano) hay un trozo de papel del tamaño de una tarjeta de visita, de color celeste, con letras negras escritas con un rotulador cuya tinta empieza a secarse.
Antes de que sea demasiado tarde.
—Es suficiente —dice Oikawa, quitándole el papel de las manos—. Vamos a hablar con el director.
Iwaizumi consigue enganchar la manga de su camisa antes de que Oikawa comience a recorrer con sus enormes zancadas el camino al pasillo de la derecha, donde está el despacho del director. Extiende el brazo, arruga el papel y, junto a la basura que había en su taquilla, lo tira todo a la papelera.
—Tres días —musita. Oikawa frunce el ceño—. No quiero tener problemas para tres días que me quedan. Esto no es nada. Por favor.
Su voz es suplicante y Oikawa no tarda en ceder, derrotado por sus ojos.
—Al menos avisémosle de la pintada. Tendrán que limpiarla.
—Innecesario —dice una voz tras ellos. Makki aparece con el móvil en la mano y un cuaderno de matemáticas bajo el brazo—. Ya he avisado yo. Mi taquilla también está rosita ahora y no os equivoquéis, me encanta el rosa, pero no ese rosa. Ese es horroroso.
Su presencia parece distraer un poco a Oikawa de su firme intención de recorrer el instituto haciendo interrogatorios a diestro y siniestro sobre las causantes de aquello. Durante la mañana, varios profesores entran y salen de las aulas, llevándose a diferentes chicas fuera durante un rato, pero para cuando la tercera hora acaba y les dan una de estudio libre todo el mundo comenta lo mismo: que siguen sin saber quién ha sido. La profesora de Lengua Japonesa la mira desde su mesa durante un buen rato antes de hacerle una disimulada seña para que se acerque.
—¿Tú sabes quién puede haber sido, Iwaizumi?
Iwaizumi mira hacia otro lado, incómoda. La verdad es que hay tantas posibilidades que nunca ha podido identificar a quien ha hecho cada cosa.
—No. Lo siento.
Iwaizumi quiere decirle todos los nombres. Cada una de esas chicas que sabe que han hecho algo, pero no qué, ni cuándo, ni cómo. Esas que, durante los escasos días que no ocurre nada, le dicen entre clases que disfrute de su tranquilidad mientras pueda. Iwaizumi lleva años preguntándose si lo hacen adrede. Si se coordinan para que no sepa cuántas son, ni quién hace qué, o si sólo es casualidad porque el grupo de fans de Oikawa es inmenso, pero ya está cansada y ha dejado de darle vueltas.
La profesora le devuelve una mirada cargada de compasión.
—De acuerdo.
Cuando vuelve a su sitio revisa dos veces el asiento, aún a sabiendas de que es imposible que hayan puesto nada en ese minutos y medio sin que la profesora se haya dado cuenta. Le ha dicho a Oikawa que sólo son tres días y que puede con ello y lo cree de verdad. Ha pasado cuatro años soportándolo, tres días debería ser un paseo en barca, pero lleva las tres horas más difíciles que ha pasado en el Aoba Johsai desde que entró, y quiere entenderlo pero no lo entiende.
—Iwa-chan.
La cabeza le da un bote al alzarla tan rápido. Todos los ojos están ahora sobre Oikawa y ella. Más sobre Oikawa.
—¿Qué haces aquí?
—Tenemos hora de estudio libre —contesta, cogiendo una silla que no está ocupada y poniéndola frente al pupitre de Iwaizumi, de cara a ella—. Y me han dejado venir.
A qué profesor le has comido la oreja para ello.
—Estoy estudiando, anormal.
—Ya —canturrea Oikawa, agachándose para buscar en su mochila el libro de inglés. Lo pone sobre la mesa, evitando tapar el libro de Iwaizumi lleno de palabras y pronunciaciones. Después, como leyéndole la mente, continúa—. Y yo estudio contigo. Takamura me ha dejado venir con la condición de que me sepa las cuatro últimas páginas de vocabulario para el final de la hora —asiente, orgulloso de su trato.
—Takamura-sensei —le corrige la profesora de literatura de Iwaizumi, desde su mesa. Oikawa se ríe por lo bajo y se disculpa.
—Se te ha ido la cabeza —bufa Iwaizumi, pasando rápidamente las páginas de su libro de inglés, subrayado en amarillo y naranja, hasta llegar a las últimas—. Son más de trescientas palabras, Tontikawa.
—Ya, es que soy un chico muy listo —contesta, guiñándole un ojo. Iwaizumi está acostumbrada a sus guiños e insinuaciones, pero ese gesto le provoca un cosquilleo en el estómago y que sus mejillas se tiñan de rojo—. Y si estoy contigo me concentro más.
Ya. Pues a mí me pasa lo contrario.
—Vale, lo que tú digas. Pero no me distraigas.
Iwaizumi estira las piernas bajo su pupitre y reposa los pies sobre las piernas cruzadas de Oikawa, en el hueco que queda entre sus gemelos. El contacto la relaja y le permite coger el libre de Japonés Avanzado sin que le tiemblen las manos. Oikawa está allí con el único propósito de hacerle saber a ella —y al mundo— que quiere protegerla. Que ella es importante para él y, mientras puede hacer algo, evitará cualquier daño que pueda sufrir. Inconscientemente acaricia con su pie la tibia de Oikawa. Él la mira. Y le sonríe.
Te quiero tanto que es aterrador.
Pasan la hora en un silencio cómodo y tranquilo, con el sonido de las conversaciones en susurros de fondo y las páginas de papel plástico yendo hacia delante y hacia atrás. Cuando el timbre suena en el pasillo sienten que no debería hacerlo. Tienen más la sensación de estar en casa, estudiando juntos como hacen siempre, que en una clase en la que ahora tienen que separarse. Oikawa espera a que la profesora abandone el aula antes de estirarse por completo. La camisa se le levanta lo suficiente como para dejar ver el comienzo de los abdominales.
—Vente a comer a casa —le dice Iwaizumi mientras se está levantando—. Y después vamos a la peluquería.
La sonrisa de Oikawa va con toda la intención de molestarla. Se muerde la lengua antes de finalmente soltar lo que quiere decir.
—¿Pero y si te hacen un flequillo horrible? —pregunta con falsa alarma en la voz.
Iwaizumi ya tiene la respuesta preparada.
—Me quedará mejor que a ti, al menos.
Y, al parecer, Oikawa ya se la esperaba y tiene algo mucho mejor y peor a la vez en la punta de la lengua.
—Pero es que todo lo mío te queda mejor que a mí, Iwa-chan —dice, no en voz suficientemente baja—. Empezando por mis camisetas.
Iwaizumi se escarpia como si fuera un gato asustado por un pepino colocado maliciosamente tras su plato de comida por un amo cruel con un sentido del humor retorcido. Dos conversaciones a su alrededor se han apagado. Su cara refulge en rojo y la sonrisa de Oikawa no ayuda a que encuentre palabras para rebatirle. Le da una patada por debajo de la mesa, más fuerte de lo que querría, pero él se ríe en lugar de quejarse, aunque cuando se pone en pie musita au, au, au muy rápido mientras da saltitos.
El muy imbécil. Lleva todo el día diciendo cosas fácilmente interpretables como lo que no son, como si quisiera clamar sobre todo el instituto que tienen una relación cuando ni siquiera ellos se han puesto de acuerdo. No le ha pedido salir. Ni siquiera se ha confesado de una manera decente, e Iwaizumi creía que no iba a tener que recordárselo, pero parece ser que sí.
—No te enfades, Iwa-chan. —Su voz tiene un toque infantil, travieso, como el que tenía de niño al hablar de formas de quedarse despiertos hasta tarde sin que sus madres se dieran cuenta—. Es para que todo el mundo sepa lo mucho que te quiero.
Hay ocasiones en las que Iwaizumi pagaría por no conocerlo tan sumamente bien.
—Pues me gustaría saberlo a mí antes, la verdad.
Cruza los pies debajo de la mesa. Oikawa, de pie frente a ella, la mira desde las alturas. La distancia ya de por sí grande aumenta en unos veinte centímetros y es como contemplar un gigante desde el suelo. Así debió sentirse Eren al mirar al Colosal la primera vez, piensa Iwaizumi. Sólo que ella no quiere cortarle el cuello a Oikawa. No las veinticuatro horas del día, al menos.
—Lo sabrás.
Iwaizumi arruga la nariz cuando los dedos de Oikawa atrapan la punta y la sacuden un poco, antes de marcharse de la clase con el final de una carcajada silenciosa en la boca. Por el calor que desprenden sus mejillas, Iwaizumi sabe que sigue sonrojada y no encuentra forma humana de ocultarlo. Agacha la cabeza y apoya ambos brazos a los lados mientras las charlas en la clase se reanudan con un tono algo distinto.
No se ha olvidado.
No se ha olvidado, ni tampoco ha fingido que no pasó. No ha querido hacer como que las peticiones entre líneas de Iwaizumi —pídeme salir; dime que me quieres— no calaron en él y pasar directamente a la siguiente base, en la que ya están saliendo sin más palabras de por medio. Cuando lo piensa con algo de frialdad, Iwaizumi se plantea si entre ellos debería ser así, sin más. Que ocurriera y punto. Si no debería haber dicho lo que dijo.
No sabe si Oikawa lo sabe. El motivo por el que se lo dijo. Espera que no, porque sería vergonzoso que descubriera lo celosa que ha estado siempre de todas esas chicas a las que él les pedía citas con palabras dulces y les decía con tono risueño "la verdad es que me gustas mucho". Iwaizumi ha fantaseado cientos, miles de veces que es a ella a quien se lo dice. "Me gustas mucho, Iwa-chan", o tal vez que le pedía una cita, algo fuera del habitual vamos a tomar un helado y más parecido a hay un restaurante al que quiero llevarte.
Se sentía ridícula deseándolo hace dos años y se siente ridícula ahora que lo recuerda, pero cuando la posibilidad está tan cerca su corazón late desbocado ante la idea de que por fin pueda ocurrir. Y pasa eso. Que su rostro adquiere temperaturas fuera de lo normales, las manos le sudan frío y la respiración se le agita, secándole la garganta. Intenta tragar y su saliva le hace daño al rascar la garganta.
La última hora de repaso (inglés) pasa en una nube. Iwaizumi nunca ha pronunciado tan bien como ese día y siente que los ojos le brillan y las comisuras de la boca le tiran hacia arriba incluso mientras lee el texto de ejemplo del libro que, cree, habla sobre una chica inglesa que ha hecho un viaje a Tokio y cuenta lo que más y menos le ha gustado de la ciudad. Luego es el turno de otra persona, y de otra, pero ella ya no está escuchando.
Oikawa la espera frente a su taquilla —cuyas manchas de pintura rosa han sido lavadas pero aún se aprecian en las zonas donde las gotas se han condensado y es más difícil borrarlas—, ya con los zapatos puestos y la corbata aflojada. Nada más salir del Aoba Johsai, Iwaizumi le escribe un mensaje rápido a su madre avisándola de que Oikawa llegará con ella y lo mira con las cejas alzadas.
—Ya he avisado a mis padres —responde con una sonrisa de autosuficiencia—. Mi madre dice que te hagas flequillo, como cuando ibas a secundaria.
Iwaizumi lo recuerda. En secundaria se cortó el flequillo recto, rozando las cejas. A la madre de Oikawa le había encantado y le había dicho la suerte que tenía de tener su pelo. "En un corte que siempre he querido llevar", había suspirado, "pero con este pelo es imposible". Oikawa había heredado el cabello castaño y ondulado de su madre, por lo que los flequillos estaban fuera del alcance de la mujer.
—El flequillo es incómodo —suspira Iwaizumi, tocándose los mechones de pelo más próximos a la cara y estirándolos hacia delante—. Te deja la cara llena de granos, se engrasa enseguida y además cuando hace aire no puedes ir bien peinada nunca. —Niega con la cabeza—. Lo siento por tu madre, pero me parece que no.
La risa armoniosa de Oikawa la acompaña incluso cuando él deja de reír. De camino se preguntan qué habrá para comer y si, cuando Oikawa llame a la peluquería, tendrán sitio para Iwaizumi, aunque él está muy convencido de poder conseguirle un hueco. Al menos hasta que Iwaizumi le dice que no flirtee con la peluquera para ello y su rostro pasa a una duda más sincera.
—Pero Iwa-chan, es por un bien mayor —recapacita—. ¿No? —Iwaizumi niega con la cabeza—. ¿Te pondrías celosa?
—No.
—Yo creo que sí.
Oikawa le pone ojitos de cachorro e Iwaizumi aparta la vista porque le falta muy poco para admitírselo. Le quiere decir que si tanto le gusta ella, que no debería tontear con otras chicas, pero cuando suena en su cabeza le parece tan patético que al final se calla. La mano de Oikawa se posa en su cabello y resbala hasta su hombro, buscando acariciarle la mejilla por el camino e Iwaizumi se da cuenta de que no hace falta que se lo diga.
Oikawa va directo al teléfono en cuanto entra a su casa, saludando a su madre al pasar por la puerta de la cocina. Mientras Iwaizumi pone la mesa lo escucha marcar el número desde su móvil. Unos segundos después saluda con su tono de voz de relaciones públicas y dice su nombre, y acto seguido empieza a preguntar algo más meloso y habría un hueco para otra persona. Iwaizumi acaba de poner los vasos sobre la mesa y su madre trae dos platos con la carne en salsa de puerro. Ambas vuelven a la cocina a por el plato que falta y la bebida.
—Pero Nishimura-san, ¿no podrías buscar un hueco? ¿Pequeñito? Es una amiga muy especial.
La frase no tiene nada de especial, es la forma en la que lo dice. Cómo se curva contra la pared mientras su voz escurre miel contra el auricular. A Iwaizumi le arden las orejas y cuando su madre la mira con una sonrisa ladina se acerca a zancadas a Oikawa, evitándole los ojos. Llega a su lado en el momento en el que él cuelga el teléfono y se gira hacia ella con una sonrisa triunfante.
—Eres una mujer afortunada, Iwa-chan. Nishimura-san ha accedido a quedarse durante un rato para cortarte el pelo a la vez que a mí.
Está tan genuinamente contento que Iwaizumi no puede decirle nada. Las palabras se le atragantan y se pone de puntillas para darle un zape en la nuca con algo de dificultad. Oikawa la sigue al comedor preguntando qué ha hecho esa vez para merecerlo si Nishimura-san es un chico, no cuenta como tontear, ¿no?
Iwaizumi ve a su madre paralizada en la mesa. Ya se lo explicará, en otro momento. Quizás cuando mañana la arrastre definitivamente a un salón de belleza para que, al menos, le arreglen las uñas, como lleva intentando convencerla toda la semana. Pone los ojos en blanco y pretende no responderle, pero cuando ve que Oikawa no le quita los ojos de encima no quiere creer que la pregunta va en serio.
—Supongo que no —musita al final—. Aunque tú eres capaz de ponerte a ligar hasta con un cactus.
Oikawa finge ofenderse y gira el rostro, dolido.
—Pero porque los cactus me recuerdan a ti, Iwa-chan, siempre haciéndome daño.
Su madre se ríe y la conversación pasa del victimismo exagerado de Oikawa a cómo Iwaizumi debería ser un poco más buena con él y no golpearle tanto para terminar hablando del pijama monísimo que le compró hace dos días en una tienda de ropa interior que, precisamente, tiene dibujitos de cactus con caritas felices y hasta le compré las braguitas a juego.
—Ese dato era innecesario, mamá.
Oikawa pone una cara que dice lo contrario, pero tiene la decencia de callárselo, al menos delante de su madre. Terminan de comer entre cosas algo menos vergonzosas que su nueva ropa interior. Se quedan solos media hora más tarde. Iwaizumi sube a su habitación con Oikawa detrás, pero le cierra la puerta en las narices al grito de "¡voy a cambiarme!". Lo escucha soltar un bufido que quiere camuflar una risa.
—¡Ponte las braguitas de cactus, Iwa-chan!
Se embute los pantalones vaqueros largos —la humedad aún deja sensación de frío en el ambiente, a pesar de que el cielo se ha despejado y todo lo que se ve en él son nubes blancas y cada vez más lejanas— y una camiseta roja de manga francesa con la silueta de Godzilla en la espalda. Abre la puerta mientras se calza las deportivas blancas y Oikawa se deja caer contra el marco de la puerta.
—Te falta la gorra para ser una entrenadora Pokémon, Iwa-chan.
—Al primero que metería en una pokéball sería a ti, así sólo te vería cuando me apeteciese.
—Aw, ¿me escogerías como tu Pokémon inicial sin dudar? Con lo difícil que es esa decisión.
—¿De dónde sacas la habilidad para volver cualquier insulto a tu favor?
Oikawa se encoge de hombros medio riendo y le mete un poco de prisa. A cambio de hacerle un hueco a Iwaizumi en la agenda de la peluquería ha tenido que adelantar un poco la cita. Corretean por el jardín hasta la bicicleta. Iwaizumi casi no tiene tiempo de aferrarse bien a Oikawa antes de que éste empiece a pedalear. Tardan quince minutos en alcanzar el sitio, sólo porque una señora tenía problemas con la compra y se han parado a ayudarla. Como si fueran niños pequeños, la mujer les ha dado caramelos con sabor a miel y limón en agradecimiento, que se ha comido de inmediato.
—Prefiero los de regaliz —dice Iwaizumi, cambiando el caramelo de un lado de la boca a otro, mientras entran en la peluquería—. Estos tienen un sabor raro.
—Es el sabor del amor de abuela, Iwa-chan.
Las peluqueras los saludan al entrar, a Oikawa por su nombre, y le preguntan con voz insinuante quién es ella. Entre tartamudeos, Oikawa consigue responder que una amiga, con duda en la voz, y la mira, buscando su aprobación. "¿Y me lo preguntas a mí?", ante lo que se queda más confuso y sin saber qué decir, pero las chicas parecen entender la situación y no lo hacen sufrir de más.
Es curioso. Iwaizumi habría pensado que las peluqueras (tres chicas jóvenes, seguramente de no más de veinticinco años, guapas y con un porte elegante) estarían babeando por Oikawa nada más abriese la puerta, pero en cambio tienen la misma actitud que Kumiko —la hermana mayor de Oikawa, a la que hace tiempo que no ve porque vive con su marido y trabaja demasiado— para con él. Como si quisieran cuidarlo de todo mal y sólo se preocupasen porque Oikawa no meta la pata cada vez que da un paso, en lugar de intentar que meta otra cosa en ellas.
Nishimura-san es uno de los dueños del local, junto con su hermana pequeña, que no está en la peluquería en ese momento. En un chico que roza los treinta, no muy alto pero de constitución delgada y algo desgarbada. Tiene el pelo rapado casi a cero, como el rematador que va de matón del Karasuno, pero los ojos grandes y una expresión de buena persona que no encaja del todo con el aspecto que ofrece. Saluda a Oikawa con efusividad.
—¡Pensé que nunca conocería a Iwa-chan! —exclama. Dos de las peluqueras le dan la razón y la tercera admite que ella tenía esperanzas de que la llevase alguna vez. Iwaizumi está confusa—. Dale gracias a su insistencia porque no teníamos ni un hueco.
—Siento las molestias —se disculpa en voz baja, todavía sin saber qué pensar de que todo el mundo allí haya oído hablar de ella.
Nishimura le resta importancia con un gesto de la mano y los guía a ambos hasta las pilas donde les coloca alrededor del cuello un protector de plástico negro y una toalla blanca. Una de las chicas que acaba de terminar de peinar a una señora mayor y le está cobrando se acerca tras despedirse de la mujer y se coloca tras Oikawa, permaneciendo Nishimura detrás de Iwaizumi.
El agua templada sobre su pelo la adormece, y los dedos largos y expertos que recorren su cuero cabelludo limpiándolo y masajeándolo sólo acrecientan la sensación. Iwaizumi es de las personas que siempre ha confiado en su madre para cortarse el pelo, porque no es complicado cortar el pelo en recto, pero entiende que a gente como Oikawa —que, aunque él repita hasta la saciedad que no, es pijo hasta decir basta— le gusten esos mimos en el pelo. Ella no le va a hacer ascos, eso es seguro.
—Iwa-chan, no te duermas.
Oikawa lo murmura con una voz que apenas le llega por encima del sonido del agua en sus oídos, también adormilado. Iwaizumi abre los ojos, que ha cerrado sin querer, y gira el rostro para mirarlo. Se nota que le pesan los párpados tanto como a ella y tiene una sonrisa que le cuelga en la boca como las que se le forman tras echar una cabezada. Iwaizumi quiere estirar el brazo y borrarle el sueño de los ojos, pero aunque lo hiciese no cree que llegue a alcanzarlo.
Iwaizumi le responde con una mezcla de gruñido, suspira y gemido de placer. Cuando el agua vuelve a sustituir las manos y siente el jabón abandonarle el pelo puede despejarse un poco. Caminan hasta sus respectivas sillas, una al lado de la otra. Nishimura le quita la toalla de la cabeza y deja que su pelo caiga por sus hombros. La peina con cuidado hasta que está totalmente desenredado, lo que comparado con el pelo de Oikawa es un paseo en barca, porque su pelo es un nudo gigantesco y la peluquera que lo peina tiene una paciencia infinita.
—¡Yoshida-san, me vas a dejar calvo! —gime lastimero, apretándose las rodillas para aguantar los tirones que le da el peine.
—Deja de quejarte, Tontikawa —le gruñe ella desde su silla—. Me das dolor de cabeza.
Yoshida y Nishimura, e incluso las chicas que están atendiendo a otros clientes, se ríen por lo bajo. Iwaizumi nota que se pone roja y no entiende por qué, si siempre trata a Oikawa igual sin importar dónde estén, pero en ese lugar se siente especialmente observada y parece que cada cosa que hace o dice la esperan para reír como si estuvieran observando a dos colegiales en su primera cita y diciendo de lejos "míralos, qué cucos".
Oh. Espera.
Quizás es eso exactamente lo que está pasando. Que Oikawa y ella son dos colegiales que se gustan y es algo evidente a ojos de todo el mundo, sobre todo de personas que te dan conversación mientras te cortan el pelo para que no te aburras y a saber qué les ha contado Oikawa de ella, de ellos. A lo mejor saben desde hace tiempo lo que Oikawa le dijo hace apenas dos días y ahora entiende por qué se pone roja.
—Os dije que era cruel conmigo —se queja Oikawa, una vez su pelo está desenredado.
—¿Cómo lo quieres? —le pregunta Nishimura, mientras Yoshida le dice a Oikawa que Iwaizumi no es cruel, sólo tsundere. Iwaizumi no tiene ni idea de qué es eso, pero lo buscará cuando llegue a casa—. ¿Sólo puntas?
—No. Por la mitad del cuello. —Se señala la altura con la mano—. Más o menos.
Se le pasa por la cabeza la idea del flequillo, pero finalmente la desecha.
—¿Recto o escalonado?
—Recto.
Es un corte sencillo, pero Nishimura le imprime cuidado a cada mechón que recoge, peina y corta al llegar al final. El corte de Oikawa es a navaja, y el frufrú que hace el metal contra su coronilla en las zonas en las que lo tiene más corto es hipnotizante.
—Me voy a Tokio, Iwa-chan.
Es tan inesperado que, durante unos segundos, Iwaizumi no sabe de qué está hablando. Que se va a Tokio. ¿A qué? ¿Tiene algún conocido allí? ¿Un amigo o familiar que ella no conocía? ¿Vacaciones? Y, tras el cortocircuito mental, cae en la cuenta de que está hablando de la universidad. No puede mirarlo porque Nishimura le ha pedido que mantenga la vista al frente, pero ve parte de su rostro, nervioso, reflejado en el espejo. Sonríe.
Oikawa tenía cartas de varias universidades de Miyagi que lo habían visto jugar durante años y conocían su potencial, pero sólo una de Tokio, la universidad de Tokio, cuyo reclutador, al parecer, había querido desafiar a la competencia de la región interesándose por él, apostando por su potencial. Era la misma universidad que había fijado su objetivo en Ushijima y que, finalmente, se lo había llevado. Iwaizumi sonrió.
—¿Con Ushijima?
Oikawa bufa como si fuese un gato. Ha aceptado la solicitud pero le va a costar meses (e Iwaizumi espera que no sean años) adaptarse a compartir equipo con él. Iwaizumi sabía lo duro que era el examen de ingreso para la Universidad de Tokio —ella misma lo había intentado y no había pasado el corte— y no podía hacer más que admirar a Oikawa por haberlo conseguido. El rostro de Oikawa, sin embargo, está congestionado. Empieza a ponerse morado.
—Respira —le ordena Iwaizumi, aunque suena más a petición. Oikawa no le hace caso—. He conseguido entrar en la Aoyama.
Por suerte, Yoshida tiene buenos reflejos y retira la navaja antes de que Oikawa se gire en el asiento, que rueda hasta hacerle dar una vuelta completa sobre sí mismo. A través de los mechones húmedos de su pelo, Iwaizumi distingue una sonrisa de felicidad acompañando un gesto de puro alivio, hasta que Yoshida lo obliga a sentarse de nuevo recto porque tiene que terminar de cortarle el pelo o le quedará cada lado de una forma y luego le echará las culpas a ella. Oikawa obedece, pero sus dedos no dejan de golpear su rodilla y el pie derecho se mueve compulsivamente contra la barra de hierro que le sirve de apoyo.
—Creía que ibas a quedarte en Miyagi.
—Ya, bueno —Iwaizumi se encoge levemente de hombros, intentando no incomodar a Nishimura con el gesto. El crujido de su pelo al ser cortado se escuchaba ya en su nuca—, tuve que tirar de instinto porque algún idiota decidió que era buena idea no decirme nada.
Oikawa se muerde el labio inferior. Intenta ocultar su evidente felicidad porque se siente culpable, pero no lo consigue. Empieza a disculparse con un rostro para nada arrepentido.
—Lo siento —dice. La peluquería se ha quedado en silencio y seguramente todo el mundo está escuchando su conversación pero qué importa, si nadie los conoce. A no ser que lean las revistas de vóley adolescente, claro. Oikawa quiere decir algo más, disculparse en profundidad, pero no sabe cómo hacerlo de manera que Iwaizumi no le vaya a echar la disculpa para atrás—. Lo has hecho por mí.
Sí. Y no. A Iwazumi le da vergüenza responderle en voz alta cuando hay gente escuchando. La tijera corta justo por debajo de su oreja izquierda y Nishimura empieza a repasar cada mechón y a retocar las zonas que se han escapado de la primera criba. A su lado, Yoshida sacude el pelo de Oikawa, eliminando los pelos que ha cortado y se han enredado con los que se quedan y dándole volumen.
—No lo he hecho por ti —contesta en voz baja, porque ahora que ya no hay tijeras ni navajas cortando pelo y nadie está usando un secador, Oikawa la escucha perfectamente—. Lo he hecho porque yo quería estar contigo. Es totalmente distinto.
Así es como te declaras a alguien, Mierdikawa. Pero eso ya no se lo dice. Yoshida se ríe un poco más fuerte que las veces anteriores.
—Oikawa-san, te has puesto rojo.
Oikawa le chista para que baje la voz y deje de reírse. Nishimura coge el secador y la aísla durante unos minutos del resto del mundo. El secador de Oikawa se enciende también y el calor les envuelve el rostro, dándoles una excusa para justificar las mejillas coloradas que tienen ambos cuando se levantan de las sillas y se quitan las protecciones, de las que caen trozos de pelo mojado hasta el suelo. Oikawa insiste en pagar por ambos, escudándose en que él la invitó, e Iwaizumi se cansa de renegar a la segunda vez. Mientras Yoshida pasa su tarjeta por el datafono y Nishimura se despide de ellos al salir, Oikawa le acaricia el pelo.
—Qué horror ese flequillo que te han hecho.
—A ver si te voy a despeinar.
—¿Pero llegas siquiera, Iwa-chan?
Lo peor es que, cuando lo intenta, Oikawa intercepta sus brazos y es capaz de mantener su pelo recién arreglado lejos de sus manos, al menos hasta que Yoshida le pide que introduzca el pin de la tarjeta y tiene que soltarla, pero lo único que hace Iwaizumi cuando se pone de puntillas y sus manos alcanzan la cabeza de Oikawa es arreglar los mechones de pelo que se han cambiado de lado con el movimiento. Se despiden de las peluqueras con una promesa de volver que no saben si van a poder cumplir y el aire de fuera es frío en comparación al del local. Iwaizumi se frota los brazos.
Abrazar a Oikawa cuando se suben a la bicicleta es como abrazar un cojín térmico. Hunde el rostro en su espalda todo el camino hasta su casa y quiere llevárselo dentro y seguir abrazándolo para seguir robándole calor, pero se termina bajando sola de la bicicleta. Se queda frente a Oikawa, que baja una pierna y apoya los brazos sobre el manillar. La mira con una sonrisa que no llega a ser completa y pestañea más veces de las necesarias. Iwaizumi no sabe por qué no está haciendo ya camino a su porche.
Cruza y descruza los pies. Sabe que quiere decirle algo pero no encuentra el qué, así que al final retrocede, sin darle la espalda del todo.
—Nos vemos mañana.
—Aquí estaré.
Se da cuenta cuando se empieza a poner el pijama que el corazón le late deprisa, mucho más deprisa de lo que debería. Oikawa le pone un mensaje en cuanto llega a su casa ("he llegado vivo, Iwa-chan /^-^/"), como si los tres minutos en bici que separan sus casas pudieran matarlo. Le contesta un "mala hierba nunca muere" que, a su vez, es respondido con un emoticono triste seguido de "¿entonces te gusta comer hierba mala, Iwa-chan?", que decide ignorar por su salud mental y la integridad física de Oikawa.
Sus padres se dan cuenta, primero durante la cena y al día siguiente mientras desayunan. Le hacen preguntas sutiles sobre Oikawa, sobre si van a ir juntos a la graduación —como si no lo supieran ya—, si después van a hacer algo juntos, e Iwaizumi entiende por dónde van los tiros y ella es la primera que quiere decirles que sí, que ya pueden llamar a Oikawa yerno y quitar el tono de broma posterior, pero no puede, porque Oikawa todavía no le ha dicho nada y el nudo que tiene en el estómago sólo se hincha cuando habla de esas cosas. Le recuerda a cuando les preguntó a sus padres, siendo muy pequeña, si podía casarse con Oikawa cuando fuesen mayores y años después se moría de la vergüenza cuando lo recordaban oportunamente delante de él.
—Va a ir a Tokio al final —es lo único que puede decir—. A la Universidad de Tokio, así que no estaremos en la misma universidad, pero sí cerca.
A la Universidad de Tokio y la Aoyama Gakuin las separa media hora en coche y dos líneas de metro, en caso de que ninguno de los dos encuentre el momento de sacarse el carnet, aunque ella tiene intención de hacerlo durante las vacaciones de verano. Sus padres la reprenden, otra vez, por no haber buscado piso en Tokio a las alturas que están y, aunque aún quedan dos semanas, Iwaizumi sabe que tienen razón y que debería haberlo hecho, incluso si no sabía qué haría Oikawa hasta hace unas horas.
Con la falda y las medias sucias tiradas a la basura y un uniforme nuevo, Iwaizumi se reúne con Oikawa en la calle frente a su casa. Los rayos del sol renovado les arrancan brillos del pelo, de esos que sólo se ven cuando uno ha ido a la peluquería hace poco. El día es perfecto. Tal como anunciaron en el telediario, las temperaturas han subido, al punto que Iwaizumi cree que podría prescindir de las medias, y al final se retiran a un callejón y tira de ellas hacia abajo, apoyada en Oikawa, y las guarda en la mochila tras meter los pies de nuevo en los zapatos.
El aire le seca el sudor de las piernas mientras andan hacia el Aoba Johsai. Han empezado a hablar de la universidad, ahora que saben que ambos irán a Tokio. De qué sitios tienen que visitar cuando tengan tiempo de ver la capital, si deberían pasarse a ver a los del Nekoma, porque Kageyama le ha hablado mogollón a Iwaizumi de Kenma Kozume, Kuroo Tetsurou y Yaku Morisuke, y los dos últimos son de tercero, por lo que van a empezar la universidad y quizás formen parte de algún equipo rival de Oikawa. Kageyama asegura que Oikawa se llevaría bien con Kuroo, e Iwaizumi consigue convencerlo para un día hacerles una visita a los antiguos gatos, con un "pero te encantan los gatos" que Oikawa tiene que aceptar, aunque incide en que siguen siendo seres humanos.
El ambiente se enrarece en cuanto cruzar la verja principal. Todos los alumnos, que normalmente remolonean por los alrededores hasta que quedan cinco minutos para entrar a clase, están agrupados en la entrada principal. Muchos tienen algo que parece un folio en la mano y todas las miradas se vuelcan hacia ella cuando una sola persona la reconoce y da la noticia de que ha llegado. A Iwaizumi se le encoge el corazón y a Oikawa el ceño.
—¿Tenéis el móvil de adorno o qué? —gruñe Makki, que se ha acercado a ellos a zancadas, agitando su teléfono frente a la cara de Oikawa—. Os he puesto como diez mensajes.
Oikawa tiene ocho y ella, siete, esperando por ser leídos. Lo único que ponen es que no vayan al instituto. Conforme más se acercan, ignorando a Makki que les dice que se vayan y lo dejen, escuchan los gritos de profesores y las risas, en su mayoría femeninas. Las voces masculinas hacen comentarios obscenos sobre el culo de Iwaizumi que, hasta donde ella sabe, no ha visto nadie allí. Excepto Oikawa, y la última vez que eso ocurrió tenían seis años.
La ve cuando pone un pie en la escalera. La fotografía. El suelo está plagado de ellas, a pesar de que los profesores y muchos alumnos se esfuerzan por recogerlas, pero da igual, porque en cuanto alguien abre su taquilla otro montón resbala hasta el suelo, inundándolo de nuevo.
La resolución de la imagen es baja, hecha con el móvil a escondidas. Debe tener unos meses, por el largo de su cabello, y el ángulo no es demasiado revelador, pero está totalmente desnuda, en proceso de subirse las bragas, que se ven encima de sus rodillas. Iwaizumi se ve a sí misma, estática en la fotografía, sentada en uno de los bancos de madera del vestuario tras una clase de deporte. En efecto, lo que más se le ve es el culo, porque está inclinada hacia delante. Entre el brazo y el torso se intuye la curvatura de sus pechos y el pelo, mojado y tras la oreja para que no le molestase, no deja lugar a dudas sobre su identidad.
Antes de darse cuenta está llorando. Le duele la garganta y el pecho y le cuesta respirar. Escucha a Oikawa rugir, pero no sabe lo que dice. Finalmente, tras lo que parece una eternidad, la campana suena y todos los alumnos son obligados a desalojar el lugar. Los profesores les retiran cada fotografía que ven, pero Iwaizumi está segura de que hay alguna en alguna mochila, escondida entre libros y libretas, o tal vez dentro de la agenda, con la intención bien de humillarla más adelante o servir de material masturbatorio esa noche. A esas alturas cree que prefiere la segunda opción.
—Iwaizumi-san —Fujita-sensei, su profesora de literatura, tiene el gesto agotado y entristecido—, Iwaizumi-san, ¿estás bien? —Iwaizumi atina a asentir, pero la profesora pasa a dirigirse a Oikawa—. Llévala a la enfermería, Oikawa-kun.
Oikawa no se ha calmado. Si abre la boca le gritará a la profesora, así que se limita a hacer un gesto brusco con la cabeza y coge la mano de Iwaizumi con delicadeza. No tira de ella, sólo la guía. Los pies de Iwaizumi se mueve solos, siguiendo el sonido de esos pasos que conoce tan bien. Hay fotografías por todos lados: en los pasillos, en las paredes, colgadas en los paneles de corcho por encima de las calificaciones de los últimos exámenes. Cuando llegan a la enfermería Oikawa la alza por la cintura y la sienta en una de las camas. Por las gotas que caen sobre su falda sabe que sigue llorando, pero no hace fuerza para ello. Las lágrimas caen solas como un río que fluye sin pausa, alimentado por la nieve derretida de primavera.
Necesita que la abrace, pero Oikawa es un perro enjaulado en ese momento. Está furioso, es capaz de sentir su aura incluso cuando se separa y empieza a dar vueltas por la enfermería, intentando relajarse. Vuelve delante de ella y le posa las manos en los hombros, que tiemblan tanto como el resto de su cuerpo. Escucha su primer sollozo como lejano y, entonces sí, comienza a llorar.
Le duele la mandíbula porque la aprieta cuando salen las lágrimas, a borbotones. Se le tapona la nariz y cada músculo de su rostro y su cuello se resiente cuando intenta dejar de llorar y no lo consigue, recayendo de nuevo en sollozos ahogados. Busca a Oikawa y lo acerca a tirones hasta él, llenándole la camisa de lágrimas y mocos y pelos cortos de los que no se han quedado en la almohada desde el corte de ayer. Él la abraza, tenso, y parece entender durante el momento que Iwaizumi lo necesita tranquilo más que enfadado en ese momento.
—Iwa-chan. —Su voz le recuerda a cuando eran niños. Ojalá pudiera volver a la escuela primaria y quedarse allí, donde todas las burlas giraban en torno a "tienes nombre de chico, Iwaizumi"—. Iwa-chan, mírame.
Iwaizumi levanta la vista despacio. Las lágrimas van remitiendo poco a poco, hasta ser un par de gotas de vez en cuando. Se frota la nariz para quitarse la congestión y busca papel, que encuentra frente a sus ojos porque Oikawa ya ha cogido un rollo y lo ha puesto a su lado. Quiere darle las gracias o sonreírle como sustitutivo, pero no le salen ninguna de las dos cosas. Después de sonarse y conseguir respirar un poco mejor se vuelve a dejar caer contra Oikawa, a pesar de que le ha pedido que lo mire. Prefiere sentirlo que verlo.
—Antes de que sea demasiado tarde —susurra con voz burbujeante. Hipa y no atina a ponerse la mano frente a la boca, así que vuelve a rodear a Oikawa con ambos brazos.
Es lo que había escrito en el papel dentro de su taquilla el día anterior. Iwaizumi sabe que hasta hace media hora estaba feliz, contenta, pensando en la vida que tendría en unas semanas en Tokio junto a Oikawa, pero es incapaz de encontrar ese sentimiento ahora. Sólo quiere desaparecer, borrar su existencia de la faz de la Tierra para que nadie la mire cuando salga al pasillo ni le lleguen mensajes al móvil de diversa índole, pero nunca buena. ¿A quién del instituto ha dado su número? ¿Puede confiar en que éste no empiece a circular por ahí? Aprieta la camisa de Oikawa entre sus dedos.
—Quiero irme a casa.
—Lo sé. Voy a irme contigo.
No hay opción a réplica. Iwaizumi tampoco quiere replicar, todo sea dicho. La profesora Fujita tarda diez minutos en aparecer en la enfermería y les dice que han llamado a sus padres, les han contado la situación y su padre pasará a recogerla dentro de poco. No pone ningún problema a que Oikawa se vaya con ella, y les asegura que están haciendo todo lo que pueden para encontrar a quien lo ha hecho, y que esto, no como una pintura, no puede quedar sin castigo. Cuando termina de hablar, la pregunta es implícita. E Iwazumi no sabe quién es, pero hay algo que sabe seguro.
—La foto la he tenido que sacar alguna chica de mi clase —murmura, con la voz rota— porque el entrenador Irihata está siempre en el gimnasio cuando nos cambiamos en el vestuario antes y después del club, así que nadie ha podido entrar sin ser visto. Ha tenido que ser después de clase de deporte.
La profesora asiente con una leve sonrisa, le repite que encontrarán a la responsable y se va con paso ligero. Cuando vuelven al pasillo la mayoría de las fotos (excepto aquellas que está colgadas muy alto) han desparecido, pero el sentimiento de opresión no cambia hasta que se sube a su coche, e incluso allí dentro sólo se hace más suave ante la presencia únicamente de personas que la quieren. Su padre se gira desde el asiento delantero con la pesadumbre escrita por toda su cara. Comprende sin necesidad de palabras que su hija no necesita que le digan nada en ese momento, sólo que la saquen de allí.
Conduce un poco más rápido de lo que el código de circulación le permite legalmente y deja que Oikawa e Iwaizumi se baje antes de meterlo en el garaje. Su madre ya está en casa y la abraza en cuanto la ve, tan fuerte que a Iwaizumi se le escapa el aire y empieza a tener dificultades para respirar.
La conversación con ellos, con Oikawa de fondo, alejado de la reunión familiar pero presente en el lugar, como su pilar fundamental para que no se derrumbe mientras habla, es pesada y costosa. Se siente culpable por no haberlo dicho antes y da igual las veces que sus padres le dicen que deje de preocuparse por eso, que lo importante es que está bien, el sentimiento no se esfuma. Al final se da cuenta de que tiene la garganta seca, y prefiere ir ella a por un vaso de agua a que Oikawa se lo lleve.
—Lo siento mucho —dice él cuando Iwaizumi ha desaparecido tras la puerta corredera de la cocina. Los padres de Iwaizumi, que Oikawa considera unos segundos padres para él, lo miran confusos y algo consternados—. Todo ha sido por mi culpa y ni siquiera me di cuenta. Tendría que haber prestado más atención.
Su voz suena ahogada. Tiene tantas ganas de llorar como Iwaizumi pero sabe que no lo merece, así que se contiene. El único reflejo de ello se queda en su garganta, como un dolor punzante y constante hasta que la madre de Iwaizumi le pone una mano en el brazo y le sonríe con dulzura. No se parece en nada a la sonrisa de Iwa-chan, pero también es bonita. Y reconfortante. Es la sonrisa de una madre.
—Nadie piensa que sea tu culpa, Tooru. Hajime no lo hace y nosotros tampoco, así que tú no deberías hacerlo. Nosotros somos sus padres y no nos dimos cuenta, pero no podemos lapidarnos por ello. Lo que tenemos que hacer es apoyarla.
Oikawa aprieta los labios. La culpa sigue ahí, estancada en su pecho, pero ahora es como un ente extraño que no debería alojarse en él y al que siente que debe echar con la mayor rapidez posible. Iwaizumi sale de la cocina, con una botella grande de agua a la que le queda la mitad del contenido, y los mira a todos con los ojos rojos. Su madre le da un último apretón al brazo de Oikawa y se dirige a su hija. El padre de Iwaizumi toma el relevo.
—Te está permitido llorar, lo sabes, ¿no?
Oikawa no necesita más aliciente para que las lágrimas empiecen a hacer su camino por sus mejillas. Intenta que sus sollozos no sean muy audibles y no cruzar miradas con Iwaizumi, que se acerca a él mientras se está secando la cara. Sus padres los miran unos segundos antes de entrar al salón y dejarlos solos en el pasillo. El tic tac del reloj se hace más audible.
—Vamos a mi cuarto —musita Iwaizumi, tironeando de su única mano disponible, porque con la otra Oikawa intenta sin éxito detener las lágrimas.
Cuando Oikawa la ha visto llorar, siempre ha terminado llorando con ella. Es una de esas cosas que le ocurren exclusivamente con Iwaizumi y que no puede evitar. Ella tiene el efecto contrario; ver a Oikawa llorar significa que su fuente de lágrimas se corta al instante, quizás porque sabe que si ella no para, él no podrá hacerlo tampoco. Cuando cierra la puerta de su habitación busca apartarle los dedos de la cara, mirar sus ojos. Oikawa tiene suerte, no se le enrojece la esclerótica como a casi todo el mundo, más bien al contrario. Parece que se le hace aún más blanca.
—Lo siento —solloza, apenas comprensible—. Iwa-chan, lo siento. Lo siento.
Se lo repite tantas veces que pierde la cuenta. La abraza. Tiene que encorvarse para esconder la cabeza en su hombro, e Iwaizumi lo empuja hasta que cae sentado en la cama y no tiene que retorcer su espalda para abrazarla como quiere. Se hace un hueco entre las piernas de Oikawa y lo escucha llorar hasta que consigue calmarse un poco.
—Me siento un imbécil.
—A buenas horas te das cuenta.
Oikawa no puede creer que Iwaizumi sea capaz de meterse con él incluso en esa situación, pero la simple frase hace que el mundo sea más liviano y puede respirar de nuevo con naturalidad. Sorbe un poco por la nariz y al final se le escapa una risa floja.
—Quería protegerte y al final me has estado protegiendo tú todo este tiempo, así que me siento inútil además de imbécil.
Iwaizumi se encoge de hombros.
—Como cuando me decías siendo pequeños que matarías esa araña para que no me picase y al final tenía que sacarla yo al jardín porque a ti te daba miedo.
La comparación es tan estúpida que, cuando Oikawa empieza a reírse, Iwaizumi lo acompaña sin querer. Las carcajadas van subiendo de intensidad hasta llenar la habitación. Con Oikawa sentado en la cama y ella de pie sus rostros están a la misma altura, e Iwaizumi aprovecha para regodearse en los detalles de la cara sonriente de Oikawa que no puede ver de normal. Cómo una comisura de la boca se le alza más que la otra. La forma en la que uno de sus párpados forma un pliegue menos que el otro. El pequeño hoyuelo que se le forma en el pómulo izquierdo, bajo el ojo, apenas perceptible. Adora cada uno de esos detalles, aunque los vea menos de lo que querría.
—¿Iwa-chan?
Lo mira a los ojos. Donde empiezan las pestañas aún hay pequeñas gotas, rastros ínfimos de lágrimas enormes que han estado cayendo hasta hace unos minutos. Oikawa tiene tanto miedo de hacer o decir algo que no debe que Iwaizumi tiene la sensación de estar tratando con un jarrón de cristal al que le tiene un aprecio desmedido y puede romper en cualquier momento.
—Estoy bien —suspira. Tiene su boca justo enfrente, más cerca de lo que la ha tenido nunca—. Esto no me afecta tanto, nunca lo ha hecho. Creía que podía pasar el instituto sin que llegase a estos extremos y contártelo después, cuando fuese sólo una anécdota, y ahora me pregunto qué habría sido distinto de habértelo dicho antes. Pero no me arrepiento. Hice lo que creía mejor y tú también, así que no tienes nada por lo que disculparte.
Oikawa sacude la cabeza. Entiende lo que le quiere decir, pero es más complicado que eso.
—No soporto que todo el mundo te haya visto. —Iwaizumi abre la boca para replicar, pero él se adelanta—. Sólo tú deberías decidir quién te ve y quién no y esto no lo has decidido y eso, eso, Iwa-chan, es lo único que no puedo quitarme de la cabeza. La de cosas que te han hecho hacer en las que tú deberías tener la única palabra y no la has tenido.
Iwaizumi es consciente de que lo ha adorado siempre, pero en ese momento le parece que lo hace más. Ha tenido miedo de Oikawa cuando ha dicho esa primera frase y, como si no lo conociera, lo primero que ha pensado es que iba a ponerse celoso de los potenciales chicos que puedan haberla visto desnuda. Dios, si tú eres imbécil, yo qué soy.
Abre la boca. Díselo. Las palabras no le salen. Quizás Oikawa está demasiado cerca, o tal vez, simplemente, no tiene que ocurrir en ese momento.
—Mi madre me ha dicho que no tengo que ir a la graduación si no quiero.
Oikawa asiente, completamente de acuerdo con la señora Iwaizumi.
—Puedes saltarte la ceremonia y venir después a la fiesta. Te entraré en volandas y diremos que nos hemos casado.
—Quiero ir —interrumpe, en parte porque es lo que ha querido decir desde el principio y en parte porque no quiere escuchar a Oikawa hablando de bodas todavía—. Y quiero ir contigo —termina, con la entereza que le queda.
—Iwa-chan —Oikawa sonríe de lado, ni rastro del rostro lloroso de hace un momento—, ¿quieres presumirme?
—No hay nada decente que presumir de ti —se escuda. Por un segundo recuerda que aún no ha buscado lo que significa tsundere y lo anota mentalmente para preguntárselo después a Oikawa.
—Bueno, aunque sea para humillarme con tu flamante nuevo corte de pelo —dice, irónico, porque Iwaizumi no se ha cambiado el pelo desde la secundaria. Igual que él—, como el caballero que soy no puedo rechazar la invitación de mi amada.
Iwaizumi le da un golpe seco entre las costillas y luego lo abraza hasta que el calor de sus mejillas se funde con la risa hueca de Oikawa. Aun en ese momento, no quiere separarse y no lo hace, y Oikawa empieza a deslizar un dedo por su columna, delineando las vértebras hasta el final de la espalda y subiendo de nuevo. Iwaizumi se nota el cansancio de la mañana, de haber llorado como hacía mucho tiempo que no le ocurría y, sobre todo, el cansancio de algo que lleva ocurriendo años y que está a punto de terminar. Se le cierran los párpados y se le entreabren los labios. Está a punto de caer dormida contra Oikawa cuando el móvil de él vibrar en el bolsillo trasero del pantalón.
Ni corta ni perezosa, Iwaizumi mete un par de dedos en la tela y lo desliza fuera.
—Es Makki —le dice tras revisar la pantalla, cuyo fondo es una foto de Oikawa y ella la Navidad pasada, ataviados con narices de reno rojas y cuernos falsos.
Oikawa revisa los mensajes con el gesto torcido, dejándose empujar dentro de la cama. Iwaizumi se las arregla para escalar encima y tumbarse sobre él. Vuelve a ese estado a medio camino entre la consciencia y la inconsciencia cuando Oikawa habla.
—Han pillado a la chica que ha fotocopiado las fotos. Es de segundo. Tsukino.
—Ah —bosteza Iwaizumi—, la vicepresidenta de tu club de fans.
Oikawa tiene un club de fans. En toda regla. Con Twitter, página de Facebook e incluso grupo secreto, al que tienen acceso gracias a una cuenta falsa que se hicieron Makki y Mattsun en la que se hacen pasar por una chica de otro instituto. Tsukino Akane es la vicepresidenta, pero Iwaizumi sabe que, aunque ella haya hecho el estropicio, quien sacó la foto debió ser otra persona.
—Quiero dormir —musita, desperezándose una última vez antes de acurrucarse al lado de Oikawa, usando su brazo de almohada—. Despiértame para comer.
En lugar de Oikawa, lo que la levanta de la cama es el olor. Huele a carne buena y a aceite caliente. Baja las escaleras hasta la puerta de la cocina y se le escapa una sonrisa involuntaria cuando ve a Oikawa usando una tapa de escudo mientras echa patatas cortadas en el aceite hirviendo. Su madre le dice que no tenga miedo, que aunque salte un poquito no se va a quemar, pero él parece casi no escucharla. Al lado, en la plancha larga de teflón, hay cuatro filetes gruesos haciéndose poco a poco.
—¿Bistec y patatas fritas? ¿De verdad? —ríe. Oikawa se gira sorprendido—. No hace falta.
—Y salsa barbacoa —añade, señalando con la cabeza un tarro de cristal con una salsa marrón de textura gelatinosa—. Tu favorita.
A Iwaizumi se le derriten las quejas cuando Oikawa abandona la cruzada contra las patatas, donde toma el relevo su madre, y vierte la salsa barbacoa sobre los filetes calientes, inundando del olor dulzón toda la estancia. Inspira aire en abundancia y el estómago le ruge. "Llorar da hambre". Su madre se lo repetía siempre. Aunque si se pone a recordar, todo da hambre.
Durante la comida Iwaizumi les dice a sus padres que quiere ir a la graduación, como si nada hubiera pasado. Las expresiones de preocupación no le pasan desapercibidas, pero ellos respetan su decisión y le aseguran que estarán allí con ella, fingiendo que todo está normal, tal como ella quiere. Supone que en parte, comprenden que quiera pasar su último día de instituto sin incidentes, aunque duda que pueda evitar miradas furtivas a toda aquella chica que le parezca sospechosa de estar metida en todo ese lío.
Oikawa sigue recibiendo mensajes de Makki (o Iwaizumi supone que son de Makki, pero no lo sabe) a lo largo de la comida y un poco después. No le dice nada y ella no pregunta. Es posible que no quiera saberlo. A esas alturas, cuando ya no se puede parar, no. Acumulará un rencor que no le servirá de nada contra una persona sobre la que no podrá descargarlo, y lo cree inútil. Le parece un mejor plan pasar unas horas con su madre, dejando que la arrastre al salón de uñas y a un montón de tiendas en las que no se comprará nada.
Oikawa insiste en irse a su casa andando, pero su madre no lo deja. Lo acercan en coche y después ponen rumbo al centro comercial al que van siempre. Un silencio tenso se forma entre ellas, uno que Iwaizumi intuye que no tiene nada que ver con lo que ha pasado esa mañana. Su madre camina por el centro comercial fingiendo estar distraída y, de repente, está delante de una tienda de ropa interior, mirando en el escaparate un conjunto demasiado revelador en un sugerente tono rojo.
—Es bonito —opina su madre.
—Mamá, por favor, no quiero saber lo que papá y tú usáis en la intimidad.
Ella se ríe y entra en la tienda. Iwaizumi la sigue abochornada e intentando no mirar donde está toda esa ropa que, supone, se ponen las chicas cuando un chico como Oikawa les pide una primera cita, como si las fuese a llevar a un hotel para quitarles la ropa a mordiscos. Recuerda que ha pensado depilarse un poco más allá y, ahora, se pregunta también si debería comprarse ropa de esa, y el simple pensamiento la hace querer morir.
—Yo ya no tengo edad para estas cosas —dice su madre, aunque es joven y tiene la constitución de un insecto palo. Iwaizumi la comparte, justo con esa maravillosa cualidad de ausencia de pecho—, pero tú sí.
—Mamá, lo que quieras decirlo, suéltalo ya. Te está comiendo por dentro.
Su madre se hace la tonta un poco más. Escoge dos conjuntos que, dentro de lo que hay, son bastante discretos y francamente bonitos, y son negros, no rojos, lo cual es un punto a su favor, opina Iwaizumi. Pero luego cambia de parecer y los coge en diferentes colores, uno blanco y el otro en un turquesa apagado.
—¡Los colores del Seijoh! —exclama emocionada.
—Mamá. No.
—A Tooru le gustarían.
Ah. Ahí está. Iwaizumi también ha heredado la sutileza de ella, al parecer. Suspira y mira la ropa interior, y se da cuenta de que no sabe qué responder a eso. No sabe si a Oikawa le gustan esas cosas o no, o si le gustaría que ella las llevase, o si le gustan esos colores o está harto de verlos en su uniforme después de tres años llevándolo o si quizás le gustarían porque sería como tenerla de animadora personal pero con un toque porno que le pone los pelos de punta.
—Tal vez —concede—. No tengo ni idea de lo que le gusta a Oikawa —admite.
Es un grito desesperado de ayuda. Mamá, no sé qué hacer, y sé que le gusto pero quiero gustarle más. La abrumadora cantidad de chicas con las que ha salido Oikawa le golpea cada vez que intenta imaginar cómo es estar con él, o cómo tiene que ser. Qué le gustará a Oikawa en una chica y si ella podrá cumplir esos estándares. Y su madre no necesita que le diga lo que pasa por su mente. Vuelve a colgar la ropa donde estaba y le sonríe.
—No creo que necesites nada de esto. En cambio, esas uñas…
Qué obsesión con sus uñas. Al menos consiguió dejar de mordérselas a pesar del estrés, ¿no era eso algo a tener en cuenta? El salón al que van queda al final del centro comercial y se dedica exclusivamente a manicura y pedicura. Huele a esmalte y acetona cuando entran, mezclado con la fragancia de azahar del ambientador que no consigue tapar los productos químicos. La mujer que está tras el mostrador les pregunta si tienen cita, a lo que su madre responde que sí.
—¿Desde cuándo? —pregunta Iwaizumi en voz baja. No había aceptado ir hasta hace unas horas.
—Mujer previsora vale por dos —contesta ella.
Podría escribir un libro con todo el refranero que se sabe y cómo utilizarlo en las mejores situaciones. Iwaizumi se ve arrastrada hasta una mesita donde le limpian, liman y nacaran las uñas. Luego le sacan un repertorio gigantesco de esmaltes de cien mil colores y no sabe qué hacer. Tiene que intervenir su madre, pidiendo una manicura francesa simple porque "va a llevar el uniforme pero no sabe qué se pondrá después" y ¿se iba a cambiar el uniforme para después? ¿Por qué?
—Me quedaré con el uniforme —dice, confusa. Todo lo que obtiene son unos ojos en blanco que le advierten que se está equivocando.
"La depilación lo último", y ella no tiene ni voz ni voto. Está un poco perdida entre tanta tienda y ropa y de verdad que no entiende aún por qué tiene que cambiarse de ropa. Y la explicación de que es una fiesta que su madre le repite hasta la saciedad no la convencen, ni siquiera cuando añade a una fiesta no se va en uniforme escolar.
—Me gusta marcar tendencia —prueba Iwaizumi.
—No es necesario que sea un vestido —insiste su madre—, pero cómprate algo. Estarás más cómoda con una camiseta y unos pantalones que con la camisa y la falda.
—Pero ya tengo pantalones y camisetas.
Se siente ignorada. Corretea detrás de su madre, mirando y desechando prendas, hasta que su señora progenitora levanta un pantalón corto verde militar y una camiseta negra de tirantes anchos en los cuales hay un patrón de escamas verdes oscurecidas. Iwaizumi le tiene que admitir que lo ha intentado con ropa algo más formal, más "de chica", colores pastel y flores, pero no hay nada en ese centro comercial que pueda competir con la camiseta que tiene delante. Y el pantalón le queda bien.
—Vale, este sí.
No es lo que esperaba, pero la señora Iwaizumi está satisfecha. Con el nuevo conjunto en una bolsita y la premisa de que le quedará fantástico con las botas de estilo militar que se compró el invierno pasado, Iwaizumi se dirige a su último destino, cuyo cartel naranja no le parecía tan intimidante la última vez. Se pregunta si una vez dentro podrá pedir que la depilen más o tiene que decirlo ahí, delante de su madre. Decide arriesgarse, y sólo avisa a su madre de que tal vez tarde un poco más.
Admito que está revisado de manera muy rápida porque quería subirlo cuanto antes, así que si veis algo que corregir no dudéis que decírmelo.
De nuevo, siento la espera de más. No sé cuándo podré subir el siguiente capítulo (los problemas técnicos), pero no serán más de dos semanas. El tercero será el último capítulo.
Reviews:
Lexie:¡Me alegro mucho de que te haya gustado! Me disculpo por tercera vez por la tardanza. Me hace mucho ilusión que le hayas dado una oportunidad al fic a pesar de que no es lo que habitualmente te suele gustar, y más aún que te haya gustado a pesar de ello. Muchas gracias por el comentario (L).
Raila: ¡Otra vez, lo siento! Pero ya está aquí el segundo capítulo. Espero que lo disfrutes como el primero. Muchas gracias por el comentario y por pasarte a leer, me alegra que te haya gustado (L).
Muchas gracias a todos por leer y por esperar el capítulo. Un review no va a solucionar los problemas técnicos pero sí hace muy feliz a una servidora n_n~
