Fricciones.
Peeta y yo nos alejamos de Ram y Haymitch. Salimos del vagón principal y llegamos a uno que es básicamente un pasillo con cuadros abstractos. Él se detiene frente a mí.
—Por ahora te recomiendo descansar un poco —dice, más como una orden que como recomendación—, debes tener la mente clara para todo lo que sigue.
Veo la asolada habitación; con más decoraciones de las que podría haber en mi casa, pero nada que me pueda ayudar.
—Estoy listo —digo sin darme cuenta del momento en que salen las palabras.
Peeta da un sobresalto; no se lo esperaba… creo que ni siquiera yo lo esperaba. La verdad es que no puedo evitar pasar por esto, y tal vez Ram tenga razón; el tiempo aquí es oro.
—¿Estás seguro Erie?
Siento sus fríos ojos excavando en los míos, como si buscara mis dudas dentro de mí. Avanzamos hasta un sillón del último vagón, en el que hay con ventanas que lo envuelven, por las cuales podemos ver todos los árboles que dejamos atrás.
—Te diré lo que Haymitch nos —da una pausa y parece espaciarse por un momento—… que me dijo el día que subimos al tren. Debes de ganarte al público; esa es la clave de los juegos.
Exhalo por la nariz y desvío la mirada.
—¿Sucede algo, Erie?
Mojo un poco mi labio inferior.
—Si hay algo en lo que soy malo es en gustarle a la gente —volteo a verlo con calor en las mejillas, a su rostro imperturbable que enamoró a Panem el año pasado—. En mi distrito la poca gente a la que llamaba amigos me olvidaba al primer instante, jamás he podido atraer a una chica lo suficiente como para gustarle —el golpe de mis sentimientos reprimidos me hace sacar un grito— ¡Ni siquiera puedo hacer que mi padre me quiera! ¡¿Crees que voy a poder agradarle a un país entero?!
El vagón se queda en silencio, sólo interrumpido por el sonido de las manecillas de un reloj del cuál ignoro su ubicación. Me concentro en el rostro del chico, parece querer decir algo; algo que al mismo tiempo intenta esconder, mantener dentro.
—Si no hay algo que pueda hacer que le gustes al público —comienza Peeta—, debes de ganarlos con una buena mentira.
Levanto la mirada. No está mintiendo, ni burlándose de mí. Ésta vez, creo percibir que sus ojos se ponen vidriosos.
—¿Quieres decir que tú y…?
—No —me interrumpe como si estuviera a la defensiva, agita su cabeza y por primera vez veo cómo no puede encontrar un lugar para postrar la mirada—. Yo sí la amaba… hubiera dado cualquier cosa por…
Muerde sus labios y toma más aire del que sus pulmones necesitan.
—Entonces ella no —me obligo a decir, y aunque me da lástima su situación, creo saber cuál es el punto al que quiere llegar—… ¿Qué me recomiendas decir para ganarme al público?
Peeta se intenta componer y se acerca un poco más a mí, sospecho que para concentrarse mejor en el tema. Su cabello rubio se ha alborotado un poco en su frente, haciéndolo ver más joven que cuando lo conocí; en ese momento me doy cuenta, él tiene mi edad o incluso es menor que yo; y ya ha sido capaz de amar a una persona con toda su alma. Creo que jamás había conocido a alguien permitirse hacer tal hazaña…
—¿Tienes algún problema al hablar o actuar en público?
Nunca he sido bueno, y no creo estar cerca de la definición de "confiado". Aun así, no sé por qué digo:
—No tengo problemas.
—Muy bien —comienza Peeta, acercándose un poco más a mí, como si quisiera decirme un secreto muy importante. Nuestras rodillas se tocan. Él no la retira, y mi piel se eriza de pies a cabeza; quito la mía al momento. Creo que el contacto de otro ser humano conmigo es tan ajeno a mí, que mi cuerpo reacciona de formas extrañas—. El Capitolio ama los excesos, las extravagancias, lo raro y llamativo. Debemos de concentrar eso en ti. Portia se encargará de hacerte parecer más excéntrico y teatral que los demás.
—¿Portia?
—Es una de los dos estilistas de doce —dice—. Portia y Cinna, ellos diseñaron todo lo que usamos —parece parar, pero pronto continúa— …que usamos en los juegos pasados. Portia continuó conmigo en el tour de la victoria. Es una mujer con exceso de creatividad, y siempre está dispuesta a dar lo mejor de sí para ayudar a otros. Estoy seguro de que te agradará.
Muerdo mi labio. ¿Por qué le mentí sobre mis capacidades sociales? ¡Esto es un juego en el que me matarán si no hago las cosas bien! Por otro lado, no sé qué diría si me retracto a estas alturas.
—Peeta —comienzo, tallo mis pulgares entre sí—… ¿Es difícil? ¿Salir frente al público?
El chico da un suspiro profundo.
—Uno sólo lo hace, no te das cuenta el momento en el que estás nervioso y el momento en el que realizas que ellos están de tu parte —da una pausa, después me da una palmada en el hombro que parece cargarme de electricidad—. Deberías comer algo, necesitarás consumir todo lo posible para la Arena.
Entramos al vagón principal. Haymitch y Ram intercambian preguntas y respuestas agitadas; creo escuchar que Haymitch le recomienda a Ram sólo tener aliados que podrían ayudarlo en la Arena, ya que el chico insiste. Por un momento siento un vacío en mi estómago, y que todo ese tiempo platicando con mi mentor ha sido inútil.
—No te preocupes Erie —me dice Peeta con un susurro que hace sonar su voz muy grave. Retira su mirada como si se sumergiera en sus propios pensamientos y pasa al vagón siguiente, dejándome con mi compañero… mi competencia.
Camino por el lugar. Incómodo, observo la comida que hay en platos de plata; son frutas, pasteles, vinos y quesos. Paso mis dedos por la pulida mesa que refleja todo lo que hay sobre ella.
—Por ahora hay que parar aquí —reconozco la voz de Haymitch—. No hay por qué extenuarse en las primeras horas de los juegos.
—Concuerdo contigo —Ram arrastra su silla para ponerse de pie— ¿Es ilegal que los tributos beban un poco de eso?
—No lo sé —vuelve a hablar Haymitch, puedo percibir que también se retira—. Sería hipócrita de mi parte no dejarlos probar lo que el magnífico Capitolio nos brinda.
Escucho cuando Haymitch traspasa la puerta. El silencio vuelve y yo continúo viendo un grupo de uvas apiladas en una cornucopia que hay en la mesa. No quiero verlo. No he visto a los ojos a Ram, y quiero que todo esto siga así. Con suerte saldrá hacia su habitación y podré quedarme sólo para pensar en todo lo que Peeta me dijo.
—Debe de ser una mesa muy interesante.
Dejo de respirar. Me está hablando. Me paralizo al escuchar que sus pasos se acercan hacia mí y volteo hacia la ventana.
—¿Qué tal es Mellark como mentor? —su voz proviene justo detrás de mí, y su tono es casi despectivo hacia Peeta, bien podría ser una burla.
—Peeta me ha dado ideas para avanzar y sobresalir en los juegos —respondo como usualmente lo haría ante cualquier pregunta—. ¿Y Haymitch?
—Es un alcohólico, pero tiene concejos que no había considerado —camino hacia la ventana, no quiero continuar con la conversación—. Oye ¡mira!
Por instinto giro hacia él me doy cuenta que acabo de hacer justo lo que quería evitar. Su cuerpo se encuentra más cerca de lo que pensaba, y es más alto de lo que parecía; si no supiera que es del doce, pensaría que es de un distrito profesional. En sus manos tiene dos manzanas.
—¿Alguna vez habías visto una manzana tan grande y roja como estas? —parece compararlas, luego me volta a ver y descubro que sus ojos son pardos, enmarcados por pestañas negras— ¿Has comido algo?
Dudo en contestar, estoy seguro que él es muy capaz de romperme el cuello en cualquier momento. Ram pone una amplia sonrisa y me avienta la manzana con suavidad. La intento atrapar, pero se me resbala de las manos. La fruta da un golpe en el suelo. Me limito a mirarla. Acabo de mostrarle que soy un inepto. No tiene de qué preocuparse de mí. Vuelvo mi mirada a la ventana para ver los árboles y esperar su burla, o incluso que se vaya sin decir más; ni siquiera como aliado le serviría.
—Oye, está bien que ahora estés rodeado de comida, pero no es bueno desperdiciarla —volteo para ver que ha recogido la manzana y me la ha vuelto a ofrecer, esta vez a un paso de distancia— ¿Por qué tanto enigma, chico misterioso?
Tomo la manzana y le lanzo una mirada furtiva.
—No estamos en un programa de amigos —le digo— ¿Y qué no sólo deberías juntarte con tributos que te puedan ayudar en la Arena?
—¡Oye, tranquilo chico misterioso! —dice Ram mientras mastica un pedazo de la manzana— como sólo vamos a estar nosotros por un tiempo, creo que sería muy aburrido si no habláramos.
Veo su mano postrarse en mi hombro y yo utilizo la mía para quitarla de un empujón.
—¿Crees que no conozco a los sujetos como tú? —le digo, sin retractarme un solo paso.
—¿Las personas como yo? —Ram traga lo que tiene en la boca—. Y exactamente ¿qué tipo de sujeto soy?
—De los que sin sus enormes músculos no son nada.
—¿Entonces tú me harás perder los juegos, no? —Ram se acerca, intentando intimidarme con su tamaño.
—No te tengo miedo. —le digo con el tono más venenoso que puedo hacer.
La puerta del vagón se abre. No logro ver quién es, mis ojos están concentrados en los de Ram; y los de él en los míos. Ahora mismo podría saltarle encima sin importarme nada; él es todo lo que siempre he odiado.
—Erie, Ram—reconozco la voz de Effie—, debemos dirigirnos a la habitación de la televisión para ver las demás cosechas. ¡Este es un momento muy importante que no nos podemos perder!
—¿Pasa algo? —ahora es Peeta el que habla. Me enderezo un poco más para que vea que no le tengo miedo a Ram, ni a ningún otro sujeto, y después me separo sin perderlo de vista.
—Chichos, chicos —dice Haymitch— para la Arena faltan aún días y ¿ustedes ya están discutiendo?
No le respondo. Él seguro está muy aliviado de poder ser mentor de ese sujeto.
Todos nos encaminamos al vagón del televisor, me aseguro de ver en dónde se sienta Ram para irme al otro extremo de la habitación, que por suerte para mí, Peeta también está sentado ahí. Ignoro por qué, pero su presencia me ayuda a estar más tranquilo. Como la primera vez que sale el sol, después de una larga tormenta.
N/A
¡Hola de nuevo peques! Aquí les traigo el segundo capítulo. He visto que varios han comenzado a leer, espero leer sus opiniones en review :]. Por ahora ¿Cómo ven la situación de Erie?
Muchas gracias por leer :}.
